El Cataclismo – Capítulo Doce

Cuando Malfurion recuperó el sentido, el dolor invadió hasta el último rincón de su cuerpo. Eso estuvo a punto de sumirlo de nuevo en la oscuridad de inconsciencia, pero una sensación de premura lo empujó a mantenerse despierto. Poco a poco, el druida fue percibiendo algunos sonidos y, de manera muy significativa, la falta de otros.

Abrió los ojos y se topó con el suave manto de la noche. Por una vez, Malfurion dio las gracias por poder evitar el resplandor de la luz diurna y se incorporó, a pesar de que le dolía todo el cuerpo, hasta sentarse. A continuación, escrutó la zona.

Lanzó un grito ahogado.

A algunos metros y medio enterrado en un cráter, generado sin duda por la colisión, yacía inmóvil el dragón Korialstrasz.

—E-está vivo… —acertó a decir una figura arrugada que se alzó como un espectro de la tumba—. E-eso te lo puedo asegurar fácilmente.

¿Krasus?

El mago avanzó trastabillándose hacia él, más pálido y demacrado que nunca.

—No… No esperaba que volviéramos a encontramos en estas circunstancias.

Tras agarrar al anciano taumaturgo, Malfurion lo llevó hasta una roca, donde lo obligó a sentarse.

¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo es posible que estés aquí?

Después de respirar hondo, la figura ataviada con una túnica le explicó cómo había engañado al dragón Negro para que lo persiguiera a él, con el fin de intentar que el elfo de la noche y el orco pudieran ganar algo de tiempo. Mientras hablaba, Krasus pareció recuperar gran parte de sus fuerzas, algo que el elfo de la noche atribuyó a los asombrosos conocimientos y poderes de este.

Entonces, Malfurion se acordó de su otro camarada.

—¡Brox! —exclamó, a la vez que miraba a su alrededor— ¿Está…? —El orco sigue vivo. Creo que su piel y su cráneo son más duros incluso que los de un dragón. Se me acercó justo cuando recobraba el conocimiento. Creo que ha ido a buscar comida y agua, ya que nuestras provisiones se destruyeron con el impacto. —Krasus hizo un gesto de negación con la cabeza y continuó—: También debemos dar las gracias a Korialstrasz por seguir, más o menos, sanos y salvos.

Hizo lo que pudo para protegemos (incluso realizó un hechizo con premura) y pagó un alto precio por ello —el mago dijo esto último con orgullo.

— ¿Debería intentar curarlo como hice en una ocasión anterior? W No… La última vez extrajiste energías de una tierra sana. Aquí, tendrías que aportar gran parte de tus propias fuerzas. Él lo entendería. Hay otra manera. B-Krasus no le explicó a qué se refería, sino que cambió de tema—. Respecto a cómo nos encontramos él y yo, Korialstrasz me encontró mientras yacía en el suelo, recuperándome tras haber escapado por los pelos del dragón Negro. Tras haber asesinado a un guardián de Alamuerte, lo invadió el temor (acertadamente, tal y como pudo comprobar después) de que el plan de robar el disco no hubiera salido bien.

Con Krasus montado horcajadas sobre el dragón, habían tomado una ruta enrevesada para evitar tanto a Alamuerte como a los demás centinelas que podría haber apostado este y, a renglón seguido, habían seguido el revelador rastro mágico que había dejado el Alma Demoníaca y que había detectado Krasus. Por desgracia, no habían dado con ambos hasta después de que esos tipos del palacio los hubieran capturado y arrebatado el disco.

—Tu hermano iba con ellos, ¿verdad, Malfurion?

El druida agachó la cabeza.

—Sí. Él… ¡No sé qué decirte, Krasus!

—Han corrompido a Illidan —aseveró sin rodeos el mago—. Sería mejor que lo tuvieras muy presente y lo recordaras bien.

A pesar de que había algo en su tono de voz que parecía insinuar que sabía más sobre el gemelo de Malfurion de lo que dejaba entrever, Krasus no se explayó más.

¿Y ahora qué hacemos? ¿Vamos a por el Alma Demoníaca?

—Creo que es eso lo que debemos hacer…, pero primero tienes que contarme todo lo que puedas sobre lo que acaeció antes de mi llegada.

Tras asentir, Malfurion le contó con todo detalle cómo los habían capturado a Brox y a él, cómo les habían arrebatado el malévolo disco y cómo habían llevado a cabo ese arduo viaje. Cada vez que tenía que mencionar a Illidan, Malfurion casi se ahogaba.

Krasus escuchó el relato impertérrito, incluso cuando el elfo de la noche le explicó lo mejor que pudo con qué fin pretendían usar el Alma Demoníaca. Solo cuando Malfurion concluyó, el mago respondió:

—Nos hallamos en una situación más horrenda de lo que había imaginado… —masculló, como si hablara más para sí que para su interlocutor—. Ese será su plan…, pero aun así…, aun así, tal vez aún haya alguna esperanza…

¿Alguna esperanza?

Malfurion no podía ver apenas ningún rayo de esperanza en lo que le acababa de relatar.

—Sí… —Krasus se puso en pie. Juntó las puntas de los dedos de ambas manos y apoyó la barbilla sobre ellos mientras meditaba—. Si pudiéramos lograr que nos hicieran caso.

¿Quién?

—Los Aspectos.

El elfo de la noche se mostró incrédulo.

¡Pero no podemos! ¡ Se han aislado del resto del mundo, ni siquiera tú puedes contactar con ellos! Si Korialstrasz estuviera consciente, entonces…

—Ya —le interrumpió el mago dragón—. Y es Korialstrasz quien, en parte, puede ayudamos a sacarlos de su aislamiento… si conozco a Aquella Que es la Vida tan bien como creo.

A pesar de que esas palabras no tenían mucho sentido para Malfurion, este ya se había acostumbrado a ello en cierto modo. Si Krasus tenía algún plan en mente, el elfo de la noche haría todo lo posible para ayudarlo.

El ruido de unas piedras sueltas anunció el regreso de Brox. Desgraciadamente, el orco volvió con las manos vacías.

—No he hallado ningún arroyo… ni un charco siquiera. Ni comida… ni siquiera insectos —les informó el guerrero—. He fracasado, anciano.

—Lo has hecho lo mejor posible, Brox. Esta es una tierra sombría, a pesar de hallarse tan lejos del dominio de Alamuerte.

Al oír mencionar el nuevo nombre de esa plaga negra, Malfurion se tensó.

¿Crees que aún podría venir a por nosotros?

—Me sorprendería si no lo hiciera. Debemos intentar hacer algo antes de que eso suceda. —Krasus miró hacia atrás, para contemplar al inmóvil Korialstrasz—. Doy gracias a ese tal capitán Varo’then por haber utilizado el Alma Demoníaca de una manera tan precipitada; si no, todos seríamos ahora cenizas. Korialstrasz se recuperará, lo sé bien, pero somos nosotros quienes debemos contactar con los Aspectos. Y con nosotros me refiero a ti, elfo de la noche.

¿A mí?

Al entornar Krasus los ojos, Malfurion se dio cuenta, por primera vez, de que tenían una forma bastante reptiliana.

—Sí. Debes caminar de nuevo por el Sueño Esmeralda. Debes hallar a su señora, a Ysera.

—Pero si ya lo hemos intentado desde que los dragones fueron ahuyentados por el Alma Demoníaca y se ha negado a responder. —Entonces, esta vez debes decirle a Alexstrasza que debe saber que Korialstrasz se está muriendo.

Espantado, Malfurion contempló ese enorme cuerpo. De inmediato, Krasus negó con la cabeza.

¡No! Confía en mí…, yo sería el primero en temer por su vida. Tú díselo a Ysera, pues se verá obligada a avisar a Aquella Que es la Vida.

¿Quieres que mienta a la señora del reino del sueño?

—No nos queda más remedio.

Después de pensarlo bien, el druida se dio cuenta de que lo que decía su camarada tenía sentido. Solo una advertencia de tal magnitud podría captar la atención de uno de los Aspectos; además, no creerían que Malfurion sería tan necio como arriesgarse a sufrir su ira contándoles una historia falsa.

No obstante, todavía quedaba pendiente por resolver la cuestión de qué pasaría cuando la dragona descubriera que, efectivamente, había mentido.

Sin embargo, Malfurion no podía plantearse tales posibilidades. Confiaba en el buen juicio de Krasus.

—Lo haré.

—Intentaré velar por ti. Brox, te encomiendo la tarea de protegernos a los dos si es necesario.

El orco hizo una reverencia.

—Será un honor, anciano.

Tal y como había hecho en el pasado, Malfurion se sentó con las piernas cruzadas y despejó su mente, sellándola ante cualquier perturbación externa, y luego se centró en calmar sus dolores. Mientras el dolor menguaba, se centró en el mítico reino.

A pesar del estado en que se hallaba en esos momentos, al elfo de la noche le resultó muy fácil entrar en el Sueño Esmeralda. La única sensación inquietante que notó fue un cierto calor en los puntos donde le habían salido dos pequeñas protuberancias en la frente- Malfurion sintió la tentación de tocárselas para ver si se había producido algún cambio, pero no lo hizo, ya que sabía que dar con Ysera estaba por encima de todo lo demás.

Se planteó la posibilidad de buscarla por todo ese paisaje ele mental y, entonces, se dio cuenta de que, al ser ella quien era, lo único que tenía que hacer, en teoría, era llamarla; no obstante, que el Aspecto respondiera o no era harina de otro costal.

Señora del Sueño Esmeralda, la llamó mentalmente Malfurion. Soberana del Sueño… Ysera…

Aunque el druida no percibió ninguna otra presencia, sabía que debía insistir. Estaba aquí, en algún sitio… o en todas partes. Ysera lo escucharía.

Ysera…, traigo unas noticias funestas para Aquella que es la Vida… El consorte de Alexstrasza…, Korialstrasz…, se está muriendo…, Malfurion se imaginó la escena, intentando así proporcionar a aquella con la que pretendía contactar alguna pista de dónde yacía el dragón. Korialstrasz se está muriendo…

Aguardó. Seguramente, ahora aparecería la Señora del Reino del Sueño. ¿Cómo no iba a investigar, al menos, tal posible tragedia?

Aunque el tiempo era un concepto nebuloso en el Sueño Esmeralda, seguía transcurriendo. Malfurion esperó y esperó, pero siguió sin percibir de ningún modo la presencia de la dragona verde.

Llegó un momento en que fue consciente, al fin, de que esperar más tiempo habría sido una mera necedad. Desaminado por ese fracaso, el druida regresó a su cuerpo.

Los ojos ansiosos de Krasus se clavaron en los suyos.

¿Ha respondido?

No…, no hubo respuesta alguna.

El mago apartó la mirada y frunció el ceño.

—Pero debería haber respondido —murmuró para sí en gran parte— . Sabe lo que eso significaría para Alexstrasza…

—He hecho lo que me dijiste —insistió el druida, quien no quena que Krasus le achacara ese fracaso por algún fallo suyo. Le he dicho todo lo que me sugeriste.

La figura vestida con una túnica le dio unas palmaditas en el hombro.

—Sé que lo has hecho, Malfurion. En ti he depositado toda mi fe-Es una…

¡Un dragón!

Oyeron el grito de advertencia de Brox justo antes de que el coloso irrumpiera entre las nubes. Malfurion se centró en esas nubes, con la esperanza de poder instarlas a actuar contra el atacante.

Pero no era el dragón Negro quien se aproximaba, sino que se trataba de alguien que hizo que Krasus estallara en carcajadas. Tanto el elfo de la noche como el druida miraron preocupados a su vetusto compañero.

¡Es ella! ¡Debería haberme dado cuenta que ella misma en persona intentaría descubrir si esa espantosa noticia era cierta o no!

Una dragona carmesí del tamaño de Alamuerte planeaba por encima de ellos. Mientras Malfurion la observaba con detenimiento, se percató de ciertas características suyas que le indicaron que había visto antes a esa giganta en particular.

Alexstrasza, el Aspecto de la Vida, aterrizó nerviosa junto al cuerpo de Korialstrasz. A pesar de su aspecto de reptil, el elfo de la noche reconoció en ella todos los indicios normales que señalaban que estaba preocupada y asustada.

¡No puede estar muerto! —bramó—. ¡No lo permitiré!

Krasus se acercó a grandes zancadas al dragón postrado boca abajo y se presentó ante la hembra roja.

¡No lo está, como puedes ver con claridad, mi reina!

La consternación dio paso a la confusión y luego a la ira en la dragona. Alexstrasza arremetió con su cabeza contra el diminuto mago, de tal modo que sus fauces quedaron a solo un brazo de distancia de este.

¡De todos los que me conocen tú sabes mejor que nadie lo pesada que ha sido esta broma! Temía que… que tú… y él…

—No será porque el Alma Demoníaca no lo ha intentado —replicó Krasus—. Si su portador actual no hubiera estado tan poco versado en su manejo, ahora nos verías a los cuatro aquí muertos.

—Ya te explicarás en breve —le espetó la dragona—. Primero, debo verlo.

Se inclinó sobre Korialstrasz y desplegó las alas cuan anchas eran, para abarcar con ellas todo el cuerpo del dragón. Mientras hacía esto, un fulgor dorado rodeó a la gran Aspecto, el cual envolvió rápidamente a Korialstrasz también. Malfurion notó una delicada sensación de calidez, lo cual serenó sus atribulados pensamientos Se dio cuenta de que se hallaba ante un ser que formaba tan parte del sendero de su vocación como Ysera, quizá incluso más. Los druidas colaboraban con las fuerzas naturales y vitales del mundo y ¿quién las representaba mejor que Alexstrasza?

—Ha sufrido mucho —afirmó la dragona, con un semblante más relajado—. Esa abominación, a la que te has referido con el adecuado nombre de el Alma Demoníaca, le ha causado un gran daño…, pero sí, se recuperará por completo… si se le da la oportunidad.

El aura dorada se esfumó. Girando su cabeza descomunal hacia el cielo, Alexstrasza lanzó un gran rugido.

Para sorpresa del grupo, dos gigantescos dragones rojos más descendieron a través de las nubes. Trazaron un círculo en el cielo y, acto seguido, se posaron cada uno cerca de un extremo distinto de Korialstrasz. En cuanto se encontraron próximos a ella, comprobaron que eran más pequeños que su reina, pero de tamaño similar al dragón inconsciente.

— ¿Qué ordenas, mi reina?

—Llévenlo a la guarida y métanlo en la Gruta de la Rosa Sombra. Ahí se curará mejor en cuerpo y alma. Trátenlo con delicadeza, Tyran.

El más grande de los dos recién llegados agachó la cabeza con sumo respeto.

—Por supuesto, así obraremos, mi reina.

—Descubrirás que sufre algunas lagunas de memoria —señalo Krasus, a quien la presencia de tantos dragones no lo abrumaba en absoluto. Pero claro, era uno de ellos, se tuvo que recordar a si mismo Malfurion—. No recuperará jamás esos recuerdos —apostilló el mago.

—Tal vez sea lo mejor —replicó la dragona, contemplando a esa diminuta figura con un cariño infinito.

—Eso pensaba yo.

Krasus retrocedió cuando los dragones (quienes, al parecer, eran los otros consortes de Alexstrasza) cogían a Korialstrasz con sumo cuidado y, a continuación, se elevaban en el aire. Entretanto, el Aspecto centró toda su atención en la figura encapuchada. El cariño ahora se mezclaba con el enfado.

¡Este truco que has empleado no me ha resultado particularmente agradable! Ysera me ha alertado inmediatamente y, en contra de mi buen juicio, he acudido a investigar al instante… ¡como sabías que haría!

—Si he sido negligente —replicó Krasus, haciendo una profunda reverencia—, acepto tu ira y tu castigo.

La enorme dragona bufó.

—Bueno, ya que estoy aquí y me has contado que el Alma Demoníaca está en manos de otro, dime: ¿Cómo ha podido acaecer todo esto?

Sin más preámbulos, el mago inició su relato. Alexstrasza cambió de expresión varias veces y su enfado menguó en parte. Para cuando concluyó la historia, la incredulidad era la emoción que más la dominaba.

¡Entraron en el santuario del mismísimo Neltharion! ¡Resulta asombroso que sigan vivos! —Ladeó la cabeza mientras contemplaba detenidamente a Krasus—. Pero de ti cada vez me sorprenden menos tales actos. No obstante, es una pena que, después de tanto esfuerzo, el disco haya acabado en las garras de aquellos que son tan monstruosos a su manera como se ha vuelto el Guardián de la Tierra. —Aun así, este aparente desastre nos abre la puerta a salvar, al menos, alguna parte de Kalimdor, mi reina. La gran meta a la que aspiran es traer a nuestro mundo a su amo, a Sargeras…

¡Y utilizarán al Alma Demoníaca para conseguirlo!

—Sí…, lo cual implica que no podrán emplearla con otro propósito en el momento en que lleven a cabo ese intento. —Krasus le lanzó una mirada desafiante a la giganta—. Los dragones no tendrán nada que temer en esos instantes, pues será entonces cuando la Legión será más vulnerable…

—Pero el disco…

—También será la única oportunidad que tendrán de hacerse con él —señaló—. Si no pudieran destruirlo, seguramente podrán ponerlo a buen recaudo, de tal modo que Alamuerte nunca pueda utilizarlo de nuevo.

—Alamuerte —gruñó la dragona—. Qué nombre tan adecuado para él. Ya no existe Neltharion, ya no existe el Guardián de la Tierra. En verdad, es Alamuerte…, y tienes razón: no tendremos otra oportunidad de cercioramos de que su creación infecta no nos cause más problemas.

Aunque, sin lugar a dudas, se le pasó por alto a Alexstrasza, Malfurion se percató de que la expresión de Krasus se tomaba fugazmente sombría. De algún modo, el mago no había sido del todo sincero con la dragona. El elfo de la noche no dijo nada, pues confiaba en que, fuera cual fuese el secreto que guardaba Krasus, lo guardara por una razón.

—Lamento decir que Malygos no nos será de ninguna ayuda— murmuró la gigantesca dragona roja—. Y el Atemporal sigue desaparecido, aunque su vuelo nos apoya. Además, el vuelo de Ysera y el mío volarán unidos… —Alexstrasza asintió—. Sí, es posible. Tienes razón. Hablaré con ella y las consortes de Nozdormu. Debería ser capaz de convencerlas.

—Espero que lo consigas con rapidez.

—Solo puedo prometerme que lo intentaré. —Acto seguido, desplegó las alas, pero antes de que la dragona pudiera despegar, Krasus llamó su atención con una seña—. ¿Tienes algo más que decir?

—Solo esto. Los dioses antiguos también pretenden valerse del disco; además, están manipulando a la Legión.

Se le desorbitaron tanto los ojos a la giganta que Malfurion se quedó estupefacto. En cuanto Alexstrasza recobró la compostura, inquirió:

— ¿Estás seguro de eso?

—Aún hay algunos interrogantes que despejar..,, pero sí.

—Entonces, debo asegurarme aún con más ahínco de que convenzo a los demás. ¿Eso es todo o me tienes reservada alguna otra sorpresa?

Krasus hizo un gesto de negación con la cabeza.

—Lo único es señalar que es primordial que regresemos con la hueste e intentemos convencer a su comandante de que se coordine con los vuelos. Todo podría torcerse con suma facilidad si no lo hacemos. ¿Podrías ayudamos a hacer ese viaje? Temo que, en estos momentos, no puedo fiarme del todo de mis poderes.

La reina caviló al respecto.

—Sí, puedo hacer algo en ese sentido inmediatamente. Aléjense todos bastante.

Mientras Krasus y los demás obedecían al instante, Alexstrasza extendió una vez más las alas. Al mismo tiempo, el fulgor dorado reapareció, solo que cien veces más fuerte; no obstante, ahora se concentraba casi por entero justo por detrás de la dragona. Era tan brillante que la sombra perfectamente definida de Alexstrasza se proyectó sobre los tres, cubriendo el paisaje donde Korialstrasz había yacido.

A pesar de que la reina de los dragones pronunció unas palabras que no tuvieron ningún sentido para Malfurion, este pudo percibir el poder que contenía cada una de esas sílabas. Alexstrasza lanzó un hechizo de una potencia tremenda…, pero ¿con qué propósito?

El suelo situado delante del elfo de la noche emitió un ruido sordo. Brox gruñó, al mismo tiempo que contemplaba la tierra como si fuera un enemigo. La dura superficie se elevó…

Con un chirrido, un fragmento muy vasto de suelo se separó del resto. Había algo en él que le resultaba familiar al druida, pero únicamente cuando otra porción similar se disgregó aún más lejos del resto, Malfurion comprendió lo que estaba pasando.

Eran alas. La tierra levantada encajaba perfectamente con la silueta de la sombra del Aspecto. A la vez que esas alas de roca aleteaban por primera vez, otra sección más dura se sumó a ellas y cobró vida; de inmediato, abrió las fauces para proferir un grito con un tono idéntico al que antes había lanzado Alexstrasza.

Una réplica de piedra de la reina de los dragones se separó del suelo. En todos los sentidos, parecía una talla perfecta de la gran dragona roja, salvo por el color. Hasta sus ojos reflejaban la misma sabiduría, el mismo cariño, que él había visto en los de la giganta.

Los dos gigantes se encontraban el uno al lado del otro, mientras la reproducción contemplaba al original. El fulgor se desvaneció y Alexstrasza centró su atención en Krasus.

—Hará por ustedes lo mismo que yo haría por ustedes.

El mago asumió una actitud humilde.

—No soy digno de ti, mi reina.

Alexstrasza resopló.

—Si no lo fueras, yo no estaría aquí.

La versión de piedra alzó la cabeza en una actitud que podía interpretarse claramente como júbilo y, a continuación, posó la mirada sobre Krasus.

—Partiré ahora para convencer a los otros —añadió la dragona roja— . Estoy segura de que todo irá como esperamos.

¡Tengan cuidado! ¡Alamuerte todavía desea recuperar esa abominación!

Ella le lanzó una mirada cómplice.

—Le conozco desde hace mucho, mucho tiempo. Impediremos que interfiera.

Tras pronunciar estas palabras, Alexstrasza se elevó de un salto en el aire. Trazó un círculo sobre el grupo, con los ojos clavados en Krasus en particular. Entonces, con un último movimiento circular, el Aspecto ascendió hasta las nubes.

—Si hubiera podido decirle… —susurró la figura encapuchada.

¿Decirle qué?

Krasus frunció el ceño, al mismo tiempo que contemplaba al druida.

—Nada… Nada que me atreva a cambiar. —La determinación volvió a imperar en su semblante—. ¡Contamos con los medios necesarios para regresar con celeridad con nuestros camaradas! No perdamos más el tiempo…

Pero Malfurion no había quedado satisfecho con esa contestación.

—Krasus…, ¿quiénes son esos «dioses antiguos» a los que has mencionado?

—Un mal terrible. Y aunque no voy a contar más al respecto, debes saber esto: si derrotamos a la Legión, los derrotaremos a ellos.

A pesar de que Malfurion dudaba que eso fuera tan sencillo, el elfo de la noche optó por no insistir más en el tema…, al menos por el momento.

El dragón de piedra se agachó en cuanto los tres se le aproximaron. Malfurion se maravilló ante la agilidad de la criatura, la elegancia con la que esa cosa era capaz de imitar a la vida de verdad. El hecho de que fuera capaz de crear una imitación tan maravillosa de sí misma era una demostración del poder del Aspecto.

Con Krasus encabezando el grupo, el trío se encaramó a aquel ser y se colocó cerca de la zona de los hombros. Una vez a bordo, la diferencia de tamaño entre Alexstrasza y Korialstrasz quedó aún más clara.

—Se darán cuenta de que las escamas tienen la misma movilidad que en un dragón de verdad —les explicó Krasus—. Metan los pies por debajo de ellas para sujetarse mejor y, después, afeitarse fuertemente como suelen hacer. Esta dragona será más veloz que Korialstrasz.

Su montura aguardó a que los tres se hubieran acomodado y, a renglón seguido, con un rugido digno de la reina de los dragones, batió sus pesadas alas y despegó. Krasus no había estado exagerando. Incluso antes de que el gólem se nivelara, está ya había recorrido cierta distancia.

Cubrieron kilómetros y kilómetros a una velocidad pasmosa. El elfo de la noche, que no estaba aún acostumbrado a volar, sobre todo tan alto, miró por encima del hombro de la giganta de piedra.

— ¿No podríamos haber seguido a Illidan y los demás y haberles arrebatado el disco? —preguntó al mago.

—Aunque les hubiéramos dado alcance, lo más probable es que hubiéramos sufrido un destino similar, si no más letal, que el que sufrimos previamente. Me sorprendería que no hubieran llegado todavía a unas tierras dominadas por la Legión. Por muy frustrante que me resulte decir esto, lo cierto es que tendremos muchas más probabilidades de vencer en cuanto entreguen el Alma Demoníaca en palacio.

Malfurion se quedó callado. Si bien todo lo que decía Krasus tenía sentido, el mero hecho de dejar que los demonios se quedaran el disco (aunque solo fuera a modo de distracción y por un tiempo) era una idea que repugnaba al druida inmensamente.

Aun así, no le repugnaba tanto como el hecho de que era su propio hermano el que personalmente se había encargado de que tal espantoso suceso fuera posible.

Me haz complacido mucho…, dijo la rechinante voz que procedía del interior del portal. Sí, muchísimo…

Illidan y el capitán Varo’then se arrodillaron ante el agujero ígneo, sin que el hermano de Malfurion revelara ninguno de sus pensamientos mientras escuchaba los halagos del señor demoníaco. Tanto él como el lacayo de Azshara habían dejado al resto del grupo atrás en cuanto habían entrado en las devastadas regiones conquistadas por la Legión. Hasta ese momento, Illidan no se había atrevido a lanzar un hechizo de teletransportación, ya que tenía un gran respeto a las habilidades mágicas del dragón Negro. El Guardián de la Tierra podría haber interferido en el hechizo y haberlos transportado hasta él, lo cual no era un destino muy tentador.

El dúo se había materializado en esa misma cámara ante las mirada de un sorprendido Mannoroth; la expresión de desconcierto del demonio de alto rango fue toda una recompensa inesperada no solo para el hechicero, sino también para Varo’then, al parecer. Sin embargo, antes de que la sorpresa de Mannoroth pudiera transformarse por entero en furia, Sargeras había entrado en contacto desde el más allá para preguntar si sus siervos habían completado la misión.

Tras informarle de su éxito, Sargeras ahora se estaba prodigando en halagos. Eso lo único que logró fue que la frustración del teniente del señor demoníaco fuera en aumento, pero su devoción (y su temor) a Sargeras obviamente se imponía a su animosidad. Sin embargo, como, sin duda alguna, quería tener también su momento de gloria, Mannoroth exclamó de inmediato:

— ¡En efecto, muy bien hecho, mortales! —Al instante, tendió una zarpa enorme a Varo’then—. Ahora, denme el artefacto para que pueda preparar el encantamiento del portal.

Aunque se mantuvo impertérrito, a Illidan le dio un vuelco el corazón. Ahora, menos que nunca, el hechicero no albergaba ningún deseo de entregarle el disco a un demonio. Todavía de rodillas, alzó la vista tanto hacia el gigante que aguardaba a que le entregaran el Alma como el portal.

—Con todo respeto, lord Mannoroth, será mejor que yo mismo me ocupe de manipular la intricada magia de la creación de dragón, puesto que ahora la entiendo mejor gracias al don que me ha concedido nuestro amo.

Para enfatizar lo que acababa decir, Illidan se levantó la venda. Incluso Mannoroth esbozó una mueca de repugnancia al verlo.

—Es un argumento muy válido —señaló el capitán—. Pero como en estos momentos soy yo el portador del disco, sugiero respetuosamente que sea el Magno quien decida quién lo sostendrá a la hora de reforzar el portal.

Tanto el hechicero como el demonio fulminaron con la mirada al militar, quien tenía la mirada clavada en el abismo y ya no les prestaba atención a ninguno de ellos.

—Por supuesto, es Sargeras quien debe decidir —admitió rápidamente el gemelo de Malfurion.

—Nadie más —apostilló Mannoroth.

Solo hay un ser capaz de manejarlo, aseveró el señor demoníaco. Y ese ser… seré yo…

Si bien esa aseveración los pilló a todos con la guardia baja, a Illidan más que a los demás. Esto no iba a (no podía) acabar así. Todo dependía de que fuera él quien manipulara el disco.

Prácticamente en el mismo instante en que pensó eso, Illidan revisó de inmediato los escudos mentales que había levantado alrededor de sus pensamientos más íntimos. Una vez estuvo seguro de que Sargeras no había podido detectar nada, se concentró en ese nuevo problema. Tenía que haber algún modo…

—Con todo respeto, Magno —se atrevió a decir el hechicero—. El portal es una creación de los elfos de la noche, por lo cual a la hora de manipularlo con el disco…

El portal ya no es una preocupación, no ahora que tenemos eljuguete del dragón…

Esas palabras reverberaron en las mentes de cada uno de ellos. Illidan, el capitán Varo’then y Mannoroth miraron fijamente el monstruoso agujero, sin comprender nada. Incluso los Altonato, quienes continuamente estaban haciendo el esfuerzo de mantener abierto el portal, estuvieron a punto de cejar en su empeño, por mor de la estupefacción.

El disco abrirá el camino, tal y como estaba planeado, pero a través de un medio más fiable que este patético agujerito… El agujero palpitó. Uno mucho más poderoso, que seguramente resistirá cuando se una al poder que me han traído… Me refiero, por supuesto, al propio Pozo…

Regresar al índice de La Guerra de los Ancestros III – El Cataclismo

Share

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.