El Cataclismo – Capítulo Diez

Krasus lanzó un juramento en cuanto percibió el desastre que se había producido en la guarida del dragón Negro. Había intentado hacer todo lo posible para detectar todos los intrincados hechizos que Alamuerte había tejido sobre el escondite del Alma Demoníaca y sabía que Malfurion había hecho lo mismo, pero a pesar de todo su adversario había sido más inteligente que ellos.

Y lo que era aún peor: el enlace mental con el druida y el orco se había roto y no por culpa de algún sortilegio lanzado por el dragón Negro. Alguna fuerza igual de terrible, a su manera, que Alamuerte se había interpuesto entre el mago y sus compañeros…, y Krasus creía que tenía una vaga idea sobre qué podía ser.

Los dioses antiguos eran únicamente una leyenda incluso para la mayoría de los dragones, que habían nacido en los albores del mundo.

Krasus, que era tremendamente curioso por naturaleza (o, como señalaba Rhonin, un tremendo metomentodo) sabía que eran mucho más.

Según contaban las leyendas, tres entidades oscuras habían gobernado un sangriento caos que ni siquiera los señores demoníacos de la Legión Ardiente eran capaces de imaginar. Habían gobernado el plano primordial hasta la llegada de los creadores del mundo. Entonces, estalló una guerra de proporciones cósmicas y, al final, los dioses antiguos habían caído.

Los tres habían sido condenados a ser encarcelados eternamente y el lugar de su confinamiento se había ocultado a toda la existencia y sus poderes se habían anulado hasta el fin de los tiempos. Esa debería haber sido la última línea que se escribía en esa saga, pero ahora Krasus sospechaba que los dioses antiguos habían hallado, de algún modo, la forma de alcanzar el plano mortal y buscar aquello que pudiera liberarlos.

Todo comienza a tener sentido, se percató el mago mientras escalaba ese paisaje rocoso en busca de sus amigos. Nozdormu…, la grieta en el tiempo, el haber llegado a la era de los elfos de la noche y la Legión Ardiente…, el Pozo de la Eternidad… e incluso la forja del Alma Demoníaca…

Los antiguos estaban creando la llave que abriría las puertas de su prisión… y, si eso ocurría, incluso Sargeras acabaría suplicando por hallar la paz de la muerte.

Si lograban desgarrar el tiempo, conseguirían destruir su prisión. Tal vez hasta hubieran planeado cambiar el resultado de su anterior derrota. Le resultaba muy difícil imaginarse el alcance exacto de los planes de los dioses antiguos, ya que eran muy superiores a él, tanto como él era superior a un gusano. Aun así, al menos su objetivo inicial era comprensible.

¡Debo advertir a Alexstrasza!, pensó de manera instintiva Krasus.

Los Aspectos eran las criaturas más poderosas de todo el plano mortal. Si alguien tenía alguna oportunidad ante los dioses antiguos, esos eran ellos. Maldijo la locura que había transformado a Neltharion el Guardián de la Tierra en Alamuerte el Destructor. Si unían fuerzas, no cabía duda de que los cincos Aspectos conformaban una fuerza capaz de derrotar a esos seres antiguos. Si no fuera por Neltharion…

Krasus se resbaló y estuvo a punto de caerse de la cumbre que estaba recorriendo en esos momentos. ¡Qué laberínticos eran los planes de los dioses antiguos! Ellos eran quienes habían manipulado mentalmente a Neltharion… ¡y con más de una intención aviesa! Los dioses antiguos lo habían convertido en un títere que los ayudaría a escapar y, al mismo tiempo, habían dividido (y, por tanto, debilitado) a sus únicos enemigos en potencia. Sin Neltharion, los otros cuatro Aspectos apenas eran una gran amenaza.

Y lo que era aún peor: tenían a Nozdormu muy ocupado; sin lugar a dudas, eso también formaba parte de su plan. Krasus se detuvo y se dejó caer hacia atrás hasta apoyarse en la ladera de la montaña. Aquello lo abrumaba. Los oscuros antiguos habían invertido mucho tiempo y esfuerzo en esas maquinaciones. Habían colocado a muchos peones en su sitio y habían ocultado sus intrigas muy bien. ¿Cómo iba a poder alguien (y mucho menos él) frustrar sus malévolas conspiraciones?

¿Cómo?

Krasus se hallaba tan ensimismado con esas revelaciones tan abrumadoras que no reparó en la presencia de una colosal sombra negra hasta que esta llevaba ya un tiempo cubriendo toda la zona que lo rodeaba.

Alamuerte tapaba el cielo entero.

— ¡TÚ!

El monstruoso dragón exhaló.

Si se hubiera tratado de otro, la persecución habría acabado ahí, con un montoncito de huesos calcinados rápidamente al ser engullidos por un torrente humeante de tierra fundida. Pero como se trataba de Krasus, quien conocía a Alamuerte demasiado bien, este reaccionó a tiempo… por muy poco.

Mientras la furia demencial de Alamuerte se derramaba sobre él, la figura ataviada con una túnica alzó un muro de pura luz dorada. Si bien la descarga del dragón Negro golpeó ese escudo que parecía muy delicado sin piedad…, este aguantó. La tensión dominó a Krasus, quien tuvo que hacer un esfuerzo para mantener el equilibrio y rompió a sudar. Todas las fibras de su ser le pidieron a gritos que se rindiera, pero no lo hizo.

Al final, fue el terror alado del cielo quien detuvo su ataque, pero únicamente para lanzar otra descarga horrenda. Sin embargo, ese instante de vacilación por parte de su rival era lo único que necesitaba Krasus.

El foco de la ira de Alamuerte alzó los brazos… y se desvaneció

No podía enfrentarse a ese espeluznante coloso cara a cara, pues el resultado de ese combate era muy obvio. Incluso en plena forma Krasus era meramente el consorte de un Aspecto, no uno de los cinco grandes dragones. El valor era un atributo muy valioso, pero no servía de nada cuando uno se enfrentaba a algo imposible.

El mago reapareció en una montaña cercana, al sur de la que había huido. Jadeando, Krasus se desmoronó sobre una roca. El esfuerzo que había hecho para bloquear el asalto de su adversario y transportarse mediante un hechizo lo había dejado extenuado. En verdad, esperaba haberse materializado mucho más lejos del otro dragón.

— ¡Te encontraré! —vociferó el leviatán negro, cuyos gritos reverberaron—. ¡No escaparás de mí!

El único factor que Krasus sabía que obraba a su favor era que Alamuerte se hallaba tan dominado por la ira que era incapaz de concentrarse para emplear sus poderes como era debido. El mago notó que su adversario estaba sondeando mágicamente el entorno, pero de una manera rápida y somera, haciendo unos barridos tan veloces y amplios que su presa fue capaz de esconderse con gran facilidad.

Tras obligarse a ponerse en pie, Krasus se puso en marcha. Cuanto más cerca se hallará del suelo, mejor estaría.

El mago no sabía qué había sido de sus compañeros. Aunque estaba seguro de que habían escapado de Alamuerte, ya que, si no, el dragón Negro no le habría molestado a él. Sin lugar a dudas, Alamuerte todavía seguía buscando su valioso disco y ahora creía que lo tenía Krasus.

Mejor. Si tenía que sacrificar su vida para que los demás pudieran llevarse el Alma Demoníaca, que así fuera. Rhonin sabría qué hacer con ella.

Descendió con dificultad por la ladera; a pesar de que se hallaba exhausto, se movía con más agilidad que cualquier elfo de la noche o humano. En todo momento, Krasus permaneció con los oídos bien abiertos, para saber por dónde estaba volando el iracundo titán.

En un instante concreto, Alamuerte pasó volando justo por encima de él, pero la figura vestida con túnica se pegó rápidamente a un afloramiento y el gigante alado pasó de largo. Alamuerte lanzó varias descargas al azar sobre el paisaje, sin ser consciente de que su propia furia obraba en su contra.

Entonces, el dragón hizo lo que Krasus había temido que hiciera. Al parecer, tras decidir que ya había escrutado bastante la zona, Alamuerte se ladeó y se dirigió de vuelta a su santuario de la montaña. Krasus dudaba seriamente que el dragón Negro hubiera abandonado la búsqueda tan pronto…, lo cual significaba que Alamuerte buscaría ahora el Alma Demoníaca en otra parte.

Temeroso por el destino de Malfurion y Brox, Krasus contempló esa silueta que se alejaba y se concentró.

Por todas partes, los escombros que habían generado las anteriores descargas del coloso negro salieron volando por los aires, bombardeando así a Alamuerte. Unos fragmentos descomunales, algunos tan grandes como la cabeza del dragón, impactaron contra él de manera violenta. Sobresaltado, Alamuerte lanzó un rugido mientras viraba de un modo demencial hacia una montaña, contra la que evitó colisionar en el último momento.

Krasus se giró y echó a correr.

El grito que atronó a sus espaldas demostró ampliamente que Alamuerte había mordido el anzuelo. Krasus ni se molestó en mirar hacia atrás, pues sus sentidos ya le estaban advirtiendo de que el leviatán negro volvía con suma celeridad.

Krasus tenía que hacer todo el movimiento preciso si quería que su plan tuviera éxito. Tenía que sentir el nauseabundo aliento del Aspecto en la nuca…

— ¡Te quemaré! ¡Te reduciré a cenizas! —bramó su monstruoso enemigo—. ¡A cenizas!

Alamuerte no temía dañar su valiosa creación, puesto que el Alma Demoníaca está diseñada para sobrevivir a unas condiciones tan extremas. Lo más irónico de todo era que sería una escama de la Piel del dragón la que demostraría cuán frágil era el disco…, ya que una parte física del propio Alamuerte era lo único que podía destruir ese monstruoso juguete.

Si bien Krasus se había planteado la posibilidad de dar con alguna manera de provocar la destrucción del Alma Demoníaca aquí, en el pasado, temía que tal acto pudiera ser la gota que colmara el vaso para una línea temporal que ya estaba sometida a un terrible estrés. Era mejor dejar que los dragones se la quedaran, tal y como había planeado, y esperar que la historia siguiera su curso como era debido…, siempre que eso aún fuera posible.

Alamuerte se acercó más… y más… El gigante negro quería cerciorarse de acertar en el blanco con su siguiente descarga, sin duda alguna.

Lo hará en cualquier momento, pensó el mago, quien se tensó y preparó para actuar.

Oyó el revelador sonido que le indicó que su perseguidor estaba a punto de lanzar otra oleada de rocas fundidas.

Krasus apretó los dientes…

Tras el estruendo que acompañó a ese líquido expulsado con fuerza…, la zona donde la figura envuelta en una túnica había estado quedó anegada por la lava humeante.

El Guardián de la Tierra se elevó muy alto en el aire y sus carcajadas fueron tan intensas como su locura. Circundó la región, que ahora se encontraba iluminada por esas rocas naranjas y ardientes. Las fuerzas mágicas puras que formaban parte inherente de la masa ígnea que había vertido hacían que fuera imposible localizar el disco en esos momentos, pero Neltharion podía esperar.

Se regodeó en la espeluznante manera en que había fallecido el misterioso mago dragón; el perrito faldero de Alexstrasza que había estado muy cerca de frustrar sus planes desde un principio. Era una pena que no quedara nada de la criatura, puesto que al dragón Negro le habría encantado poder llevarse un recuerdo que poderle presentar a su compañera Aspecto antes de convertirla en su concubina. Neltharion había percibido que tenían una relación muy estrecha, puesto que daba la impresión de que la dragona apreciaba al tal Krasus tanto como a sus consortes; sobre todo, como al insípido e irritante Korialstrasz.

Aun así, lo único que realmente importaba era que esa criatura estaba muerta y el disco volvería a ser suyo. Simplemente, tenía que ser paciente. Sin duda, el Alma se hallaba cerca de él, enterrada bajo el magma, aguardando a reunirse con él.

Pero entonces…, un pensamiento que lo reconcomía lo sacó de su ensimismamiento. Neltharion sabía que su presa era astuta y artera y era consciente de que tanto él como sus compañeros habían sido lo suficientemente hábiles como para robarle el disco.

El dragón descendió aún más, intentando percibir la presencia de su querida creación a través de las energías caóticas que solo ahora comenzaban a decaer. Aunque seguía sin poder detectar el disco, tenía que estar en algún lugar ahí dentro. Tenía que estar ahí…

Krasus se materializó a cierta distancia, sufriendo todavía las consecuencias del insoportable calor al que le había sometido Alamuerte con su ataque. Se tendió en el suelo, siendo consciente de que, una vez más, no había logrado alejarse tanto como le hubiera gustado.

Esperaba que el coloso negro lo diera por muerto y que creyera que había enterrado al Alma Demoníaca con él. Como también era un dragón, Krasus era consciente de la gran cantidad de energía que consumía un congénere suyo durante un ataque, por lo cual creía que el asalto que acababa de llevar a cabo Alamuerte en su contra demoraría al Aspecto en su búsqueda del elfo de la noche y el orco. Cada valioso minuto que le sacaran de ventaja, otorgaría más posibilidades de éxito a los dos.

En cuanto a la situación del propio Krasus, ahora que su enemigo creía que había perecido, podría descansar el tiempo suficiente como para recuperar las fuerzas necesarias para tele transportarse hasta donde se encontraban sus compañeros. El mago agradeció que su plan hubiera funcionado, ya que dudaba de que hubiera sido capaz de hacer otra cosa si Alamuerte hubiera descubierto la treta.

De hecho, Krasus sospechaba que, en esos momentos, habría tenido suerte si hubiera conservado el poder suficiente para encender una vela, por lo cual no hubiera podido defenderse de ese Aspecto demente de ningún modo.

Agotada, la figura vestida con una túnica yacía sobre el suelo rocoso. Los primeros rayos de luz se extendían por lo poco del horizonte que podía ver. En este lugar tan oscuro, lo único que podían hacer esos haces de luz era marcar la vaga diferencia entre el día y la noche. Sin embargo, Krasus les dio la bienvenida, pues era un ser de la Vida y la Vida florecía mejor bajo la luz del sol. Mientras se le adaptaba la vista a esa nueva iluminación, el mago por fin se permitió el lujo de relajarse, al menos por un momento.

Fue entonces cuando alguien con una voz grave que procedía de allá arriba bramó triunfal:

— ¡Ah! ¡Por fin te he encontrado!

El hambre se estaba adueñando del estómago de Tyrande, lo cual no era una buena señal en absoluto. Aunque la Madre Luna le había proporcionado sustento durante mucho tiempo, Elune tenía tantas necesidades que atender por todo Kalimdor que no se podía concentrar tanto en una mera sacerdotisa; además, siempre se esperaba que las sacerdotisas fueran las primeras en sacrificar sus vidas siempre que fuera necesario.

Tyrande no se sintió traicionada, sino que dio las gracias a Elune por todo lo que había hecho la deidad. A pesar de que ahora todo dependía de su excesivamente frágil carne mortal, el adiestramiento que había recibido por parte de la hermandad la ayudaría a seguir adelante.

Todas las noches, cuando llegaba la puesta de sol, uno de los Altonato le traía un cuenco con comida. Lo que contenía ese cuenco (unas gachas que Tyrande sospechaba que eran las sobras de las comidas de sus captores) permanecía en el suelo cerca de la esfera sin ser tocado. Lo único que Tyrande tenía que hacer era decirle a uno de sus captores que tenía hambre y la esfera descendería mágicamente, lo cual permitiría que, a continuación, la cuchara de marfil que siempre acompañaba al cuenco pasara con el alimento a través de la barrera.

Teniendo en cuenta que lady Vashj la quería ver muerta, Tyrande se sentía doblemente agradecida por no haber comido nada hasta ahora. Sin embargo, en esos momentos, esa fría sustancia cuajada y helada del cuenco parecía ser tan apetitosa. Lo único que necesitaba la sacerdotisa era darle un solo mordisco para mantener sus fuerzas otro día más; el cuenco entero le habría ayudado a conservarlas una semana más, o quizá más.

No obstante, no podía comer si no le ayudaba alguien y no tenía ninguna intención de pedir ayuda a nadie, puesto que sería un síntoma de debilidad que los demonios aprovecharían, sin lugar a dudas.

Alguien abrió la puerta. Tyrande apartó la mirada con rapidez de la comida, ya que no quería dar ninguna pista que indicara que estaba flaqueando.

Con una expresión torva, un guardia abrió la puerta, por la que apareció un Altonato al que la cautiva no había visto nunca. Sus llamativas prendas eran espléndidas y no cabía duda de que sabía perfectamente que poseía un rostro muy hermoso. Al contrario que muchos de su casta, tenía una constitución bastante atlética. Aunque lo que más llamaba la atención era su pálida piel violeta y, sobre todo, su pelo… de un color castaño rojizo con mechones dorados, algo que Tyrande nunca había visto. Sin embargo, como todos los Altonato, mostraba una expresión de absoluto desdén, que se tomó aún más intensa cuando se dirigió al guardia.

—Déjanos a solas.

El soldado, que ansiaba marcharse para alejarse de la presencia del hechicero, cerró la puerta tras él y se alejó.

—Santa sacerdotisa —la saludó el Altonato, con un tono mucho menos condescendiente que el que había empleado con el guardia—, esta situación podría volverse mucho menos incómoda para ti.

—Ya tengo a la Madre Luna para reconfortarme. No necesito ni deseo nada más.

La expresión del Altonato sufrió un cambio muy sutil, y Tyrande creyó atisbar algo que tal vez pudieran llegar a ser unos remordimientos, o eso pensó la sacerdotisa. Procuró que el desconcierto que había despertado en ella ese descubrimiento no se notara Había dado por sentado que todos los Altonato se habían convertido en esbirros, en una suerte de esclavos del señor demoníaco y Azshara, pero el que tenía delante le había revelado que eso tal vez no fuera así.

—Sacerdotisa… —acertó a decir.

—Puedes llamarme Tyrande —le interrumpió, intentando así abrirse a él—. Tyrande Susurravientos.

—Señora Tyrande, soy Dath’Remar Caminante del Sol —replicó el Altonato, con un cierto orgullo—. Pertenezco a la vigésima generación de mi familia que sirve al trono…

—Un linaje muy ilustre. Tienes razones para estar orgulloso de él.

—Lo estoy. —Aun así, mientras Dath’Remar pronunciaba esas palabras, una sombra planeó fugazmente sobre su rostro—. Como debería ser —añadió.

Tyrande vio un rayo de esperanza en esas palabras. No cabía duda de que Dath’Remar quería algo.

—Los Altonato siempre han sido los dignos protectores del reino, pues han velado tanto por el pueblo como por el Pozo. Estoy segura de que tus ancestros serán capaces de apreciar tus esfuerzos y no verán nada malo en ellos.

Una vez más, esa sombra apareció brevemente. De repente, Dath’Remar miró a su alrededor.

—He venido para ver si podía instarlos a comer algo, santa sacerdotisa. —Cogió el cuenco—. Yo te ofrecería más, pero es lo único que me permiten.

—Gracias, Dath’Remar, pero no tengo hambre.

—A pesar de lo que alguno pudiera desear, no contiene ningún veneno ni ninguna droga, señora Tyrande. Te lo puedo asegurar. —El bien vestido Altonato se acercó la punta de la cuchara a la boca y comió un poco de esa sustancia marrón. Al instante, mostró un gesto de repugnancia. Lo que no puedo asegurarte es que tenga buen sabor… y me disculpo por ello. Te mereces algo mejor.

La elfa de la noche caviló por un momento y, entonces, decidió jugársela todo por el todo, por lo que dijo:

—Muy bien. Comeré.

Al oír esas palabras, la esfera descendió. Dath’Remar no apartó en ningún momento los ojos de la sacerdotisa. Si su corazón no hubiera tenido ya dueño, Tyrande habría hallado a ese Altonato muy atractivo. Carecía en gran parte de la afectación que había visto en muchos miembros de su casta.

Dath’Remar llenó la cuchara de comida y se la acercó a Tyrande. El cubierto y su contenido brillaron levemente al atravesar el velo verde que la rodeaba.

—Debes inclinarte hacia delante un poco —le explicó—. La esfera no permitirá que mi mano pase.

La sacerdotisa hizo lo que le había pedido. Dath’Remar había dicho la verdad cuando había comentado que la comida no tenía un gran sabor; no obstante, Tyrande se alegraba en su fuero interno de poder degustarla. De improviso, su hambre pareció multiplicarse por diez, pero fue lo bastante precavida como para no revelarle esto a su captor. Aunque El Altonato tal vez se compadeciera de ella, seguía siendo un siervo del señor demoníaco y Azshara.

Tras el segundo bocado, el elfo de la noche se atrevió a hablar de nuevo.

—Si dejarás de resistirte, todo sería mucho más fácil. Si no, acabarán cansándose de tenerte aquí. Y si eso ocurriera, señora, me temo que sufrirías un destino no muy agradable.

—Debo seguir el camino que creo que la Madre Luna pretende que recorra, pero te doy las gracias por la franca preocupación que muestras por mí, Dath’Remar. Resulta reconfortante ser objeto de tales sentimientos en el palacio.

El Altonato ladeó la cabeza.

—Hay otros que comparten ese sentimiento, pero sabemos cuál es el lugar que nos corresponde y no hablamos imprudentemente.

Tyrande lo observó con detenimiento y decidió que había llegado el momento de presionarle aún más.

—Pero tu lealtad a la reina es incuestionable.

La alta figura pareció sentirse insultada.

— ¡Por supuesto! —Entonces, con una actitud menos beligerante añadió—: Aunque tememos que su juicio se haya nublado y ya no sea el que era. Ya no nos escucha… a nosotros, que somos quienes conocemos profundamente el Pozo y su poder. Solo tiene oídos para esos forasteros. ¡Ha despreciado todo nuestro trabajo y está obsesionada con traer a este mundo al Señor de la Legión! Nos habíamos esforzado tanto por lograr que…

Cerró súbitamente la boca, puesto que se acababa de dar cuenta del tono que estaba empleando. Con una determinación sombría, Dath’Remar siguió dándole de comer en silencio. Tyrande no dijo nada, pero ya había visto suficiente. El Altonato había venido hasta ese lugar más que por ella por él mismo. Dath’Remar pretendía confesarse para poder así calmar en parte el caos que reinaba en su mente.

Sin que fuera consciente de ello, el cuenco había quedado vacío. Dath’Remar hizo ademán de retirar el recipiente, pero la sacerdotisa, que pretendía que se quedara unos instantes más, le preguntó rápidamente:

— ¿Podrías darme un poco de agua?

Cuando habían traído la comida, también habían traído un odre de agua, pero al igual que con la comida, Tyrande nunca había bebido de ella. Con un ansia que dejaba translucir que él tampoco deseaba poner punto final a ese encuentro, Dath’Remar cogió el odre con celeridad. Le quitó el tapón y se lo acercó; sin embargo, la barrera impidió que el odre llegara a sus labios.

—Perdóname —murmuró—. Lo había olvidado.

El Altonato vertió un poco de agua en el cuenco y, acto seguido, tal y como había hecho con la comida, le dio una cucharada del líquido elemento. Tyrande aguardó un segundo antes de atreverse a hablar de nuevo.

—Debe de resultar extraño tener que trabajar junto a los sátiros, quienes antes eran igual que nosotros. He de confesar que me perturban un poco.

—Son los afortunados que han sido elevados por el poder de Sargeras, para servirle aún mejor.

Esa respuesta brotó de sus labios de una manera tan automática que la sacerdotisa no pudo evitar tener la sensación de que Dath’Remar la había repetido muchas veces…, tal vez incluso a sí mismo.

— ¿Y cómo es posible que no estés entre los elegidos?

La mirada de su interlocutor se tomó más dura.

—Me negué, aunque la oferta era muy… tentadora. En primer lugar y por encima de todo, estoy al servicio de la reina y el trono. No tengo ningún deseo de ser uno de esos mo…, uno de ellos.

Sin previo aviso, apartó el cuenco y la cuchara. Tyrande se mordió el labio y se preguntó si se había equivocado con él. Después de todo, no tenía muchas más opciones. Dath’Remar Caminante del Sol era su única salida.

—Debo marcharme ya —aseveró esa figura tan bien vestida—. He permanecido aquí demasiado tiempo.

—Esperaré impaciente tu próxima visita.

El Altonato hizo un vehemente gesto de negación con la cabeza.

—No regresaré. No. Yo no.

Dath’Remar se giró, pero antes de que pudiera marcharse, la sacerdotisa le dijo:

—Soy el oído de Elune, Dath’Remar. Si alguna vez quieres decir algo, mi deber es escuchar. Y lo que me cuentes nunca escapará de mis labios. Nadie sabrá jamás lo que me has dicho.

El hechicero miró hacia atrás, la contempló y, aunque en un primer momento no dijo nada, Tyrande pudo ver que le había llegado muy hondo. Al fin, tras muchos titubeos, Dath’Remar contestó:

—Intentaré ver qué se puede hacer para que la próxima vez puedas degustar algo más sabroso, señora Tyrande.

—Que la bendición de la Madre Luna recaiga sobre ti, Dath’Remar Caminante del Sol.

El elfo de la noche agachó la cabeza y, a continuación, se marchó. Tyrande escuchó cómo esas pisadas se alejaban. Entonces, esperó a que entraran los guardias para comprobar cómo estaba, pero cuando regresaron, se limitaron a ocupar sus posiciones, como era habitual. En ese instante, por primera vez desde que la habían capturado, Tyrande Susurravientos se permitió el lujo de esbozar una breve sonrisa.

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