El Cataclismo – Capítulo Siete

Archimonde vio cómo sus guerreros eran obligados a retroceder en todos los frentes. Observó cómo morían a decenas bajo las hojas de los defensores o desgarrados por las monturas felinas de los elfos de la noche. Se percató de que decenas y decenas más perecían ante la fuerza bruta de las demás criaturas que se habían aliado con la hueste.

Archimonde lo contempló todo… y sonrió. El adversario ya no contaba con la ayuda del druida ni los magos…, ni siquiera estaba ahí presente el fornido combatiente de piel verde cuya furia primordial le parecía tan admirable al demonio.

—Ha llegado el momento… —se dijo a sí mismo entre siseos.

Jarod continuaba intentando despertar a Rhonin, pero el mago no reaccionaba. Lo único que había hecho el humano hasta ahora era abrir los ojos, pero esos ojos no veían, ni siquiera permitían ver el más mínimo atisbo de que hubiera una inteligencia tras esa mirada.

Aun así, siguió intentándolo.

— ¡Maestro Rhonin! ¡Debes despertar! ¡Algo va mal, lo sé! —El capitán echó agua al taumaturgo pelirrojo en la cara, la cual goteó por su rostro sin provocar ninguna reacción—. ¡El señor demoníaco trama algo!

Entonces, un ruido muy peculiar llamó su atención. A Jarod le recordó a cuando antaño solía ver a una bandada de pájaros aterrizando en los árboles. El aleteo de un gran número de alas retumbó en sus oídos.

Alzó la vista.

El cielo estaba repleto de guardias apocalípticos.

—Madre Luna…

Cada uno de esos demonios voladores portaba una carga en los brazos, un recipiente pesado del que emanaba humo. Estos recipientes eran tan grandes y pesados que ningún elfo de la noche habría podido llevarlos, e incluso daba la impresión de que a los guardias apocalípticos les costaba sujetarlos, pero aun así, lo hacían.

Jarod Cantosombrío observó detenidamente a ese enjambre y vio cómo volaban a la máxima velocidad posible hacia las líneas de los defensores…, a las cuales iban a acabar sobrevolando. Era muy poco probable que muchos hubieran reparado en ellos allá abajo, pues la batalla era sumamente feroz. Incluso era probable que Ojo de Estrella únicamente viera a los demonios moribundos que tema delante.

Tenía que advertir al noble. Para Jarod, eso era lo único que tenía sentido. Nadie más podía hacerlo, puesto que Krasus se había ido.

El capitán agarró al inerte Rhonin y lo subió a una gran roca. Colocó al mago en el lado opuesto, de tal manera que no se le podría ver desde el campo de batalla. Con suerte, nadie atisbaría a esa figura ataviada con una túnica que se hallaba ahí.

—Por favor… Por favor, perdóname —le imploró el soldado a esa figura inmóvil.

Jarod se subió de un salto a su montura y se dirigió hacia donde había visto por última vez el estandarte del noble. Pero en cuanto abandonó la zona donde había escondido a Rhonin, los guardias apocalípticos más avanzados sobrevolaron súbitamente a los elfos de la noche. El capitán vio cómo el primero arrojaba lo que contenía su recipiente.

Un líquido rojo e hirviente cayó sobre los soldados desprevenidos. Sus chillidos fueron espantosos. La mayoría de aquellos sobre los que cayó esa lluvia mortífera se desplomaron y retorcieron en el suelo. Con lo vertido desde un solo recipiente, casi una veintena de elfos de la noche habían acabado quemados y mutilados, algunos incluso habían sufrido heridas mortales.

A continuación, el resto de los demonios alados vertieron el contenido de sus respectivos recipientes.

— No… —dijo con voz entrecortada—. ¡No!

Un diluvio de muerte cayó sobre los defensores.

El caos se desató en una hilera tras otra de soldados, ya que cada uno de ellos luchaba para protegerse del horror. Se habían enfrentado a hojas y garras (a peligros que podían combatirse con un arma), pero contra ese terror hirviente que la Guardia Apocalíptica había desencadenado, no había nada que hacer.

Mientras esos gritos retumbaban en su mente, Jarod espoleó a su montura para que corriera al máximo. Divisó el estandarte de Ojo de Estrella y, a continuación, después de unos instantes muy tensos, al mismo noble.

Lo que Jarod vio lo desanimó por completo. El esbelto elfo de la noche se hallaba a lomos de su felino, con una expresión de espanto dibujada en su cara. Desdel Ojo de Estrella se encontraba sentado como si estuviera muerto sobre la silla de montar. Observaba el desmoronamiento de su gran plan sin ninguna intención obvia de hacer algo que pudiera salvar la situación. A su alrededor, el estado mayor y los guardias miraban fija e impotentemente a su comandante. Jarod vio la desesperanza en sus rostros.

Tras lograr aproximarse con su sable de la noche, el capitán se abrió paso a empellones entre los guardias anonadados y un noble al que le temblaban las manos para poder alcanzar al comandante.

¡Mi señor! ¡Mi señor! ¡Haz algo! ¡Tenemos que derribar a esos demonios!

¡Es demasiado tarde, demasiado tarde! A—balbuceó Ojo de Estrella, sin mirarlo—. ¡Todos estamos condenados! ¡Esto es el fin de todo!

—Mi señor…

Por pura intuición, Jarod miró hacia el cielo.

Un par de demonios flotaban allá arriba, con sus recipientes aún llenos.

Jarod agarró al noble del brazo y gritó:

¡Lord Ojo de Estrella! ¡Muévete! ¡Rápido!

La expresión del otro elfo de la noche se endureció y apartó el brazo de un modo desdeñoso.

¡Suéltame! ¡Mantén la compostura, capitán!

Un incrédulo Jarod contempló a Ojo de Estrella.

—Mi señor…

¡Lárgate antes de que ordene que te encadenen!

Como era consciente de que no podía hacer nada para convencer al noble, Jarod tiró de las riendas con fuerza, para obligar a su montura a alejarse.

Eso fue lo que le salvó.

El torrente que cayó sobre Ojo de Estrella y los demás les abrasó la carne y derritió el metal. En medio de sus estertores de muerte, el sable de la noche del comandante se revolvió, lo que provocó que el cadáver achicharrado de su jinete saliera despedido por los aires. El noble aterrizó sobre una montonera monstruosa, con sus arrogantes facciones deformadas por el horror hasta ser casi irreconocibles. Sus colegas nobles y los guardias no salieron mucho mejor parados; los que no habían sido asesinados de una manera horrible yacían en el suelo retorciéndose, con el cuerpo destrozado, profiriendo unos chillidos capaces de helar el alma.

Y Jarod no podía hacer nada por ellos.

La Guardia Apocalíptica continuaba sobrevolándolos sin que los defensores hubieran hecho mella alguna en ella. Alguna flecha disparada esporádicamente por algún arquero aquí y allá lograba derribar a algún demonio que otro, y algunos perecieron de tal modo que, sin lugar a dudas, la Guardia Lunar era quien había provocado su muerte, pero no había un contraataque coordinado. Aunque Jarod se sintió estupefacto ante tal falta de organización, enseguida recordó que Ojo de Estrella había reemplazado a todos los oficiales de su predecesor por sus propios aduladores acólitos.

No obstante, lo más incomprensible de todo es que había diversos elementos de las fuerzas de los elfos de la noche que todavía no habían entrado en acción. Dominadas por la ansiedad, seguían a la espera, aguardando unas órdenes que nunca serían dadas. Jarod se dio cuenta de que no sabían que lord Ojo de Estrella había muerto y, probablemente, pensaban que el noble las llamaría en cualquier momento.

Se aproximó velozmente a uno de los contingentes. El oficial al mando lo saludó.

¿Con cuántos arqueros cuentas? —preguntó Jarod.

¡Con sesenta, capitán!

No eran suficientes, pero al menos era algo.

¡Que esos arqueros se preparen! ¡Quiero que apunten con sus flechas a esos guardias apocalípticos ahora mismo! ¡Que el resto forme un cuadro defensivo para protegerlos!

El otro elfo de la noche dio la orden. Jarod miró a su alrededor en busca desesperadamente de algo que pudiera utilizar contra el enemigo. Pero en vez de eso se encontró con que otro jinete se acercaba cabalgando hacia él El recién llegado lo saludó de una manera que dejó claro de inmediato que Jarod era el primer elfo de la noche que había visto que pareciera ser realmente un oficial.

¡La cuña ha perdido su punta y la línea apenas se mantiene en pie gracias a nosotros! —Acto seguido, señaló hacia un lugar situado a sus espaldas, cerca del medio—. ¡Lord Del’theon ha muerto y un suboficial ha asumido el mando! ¡Me ha enviado en busca de alguien que pueda prestamos refuerzos!

Para entonces, las tropas sobre las que Jarod había asumido el control ya se habían reorganizado. Mientras el capitán cavilaba sobre qué podía hacer para resolver ese nuevo problema, vio cómo casi una decena de guardias apocalípticos caían del cielo, lo cual le hizo albergar una leve esperanza, al menos.

Al final, se dirigió al recién llegado, al que le sugirió:

¡Dirígete con tu montura hacia donde se hallan los tauren! ¡Diles que el capitán Cantosombrío pide a la gente de Huln que le presten algunos soldados para que te acompañen a reforzar la cuña! —En ese instante, Jarod se acordó de otra cosa más—. También pídele que te preste a sus mejores arqueros…

En cuanto acabó de hablar, el otro elfo de la noche, con una expresión de menor consternación dibujada en su cara, se alejó para cumplir sus órdenes. Jarod apenas tuvo tiempo de volver a centrarse en sus pensamientos antes de que llegaran otros dos más. El capitán supuso que, como le habían visto organizando la resistencia, alguien había creído neciamente que él hablaba en nombre del difunto Ojo de Estrella.

A pesar de que eso no era así, Jarod no podía dejarlos en la estacada. Les escuchó con atención e intentó dar con alguna solución que satisficiera sus necesidades, aunque fuera temporal.

Para su sorpresa, un guardia lunar se presentó ante él un poco después. Aunque se trataba, sin duda alguna, de uno de los taumaturgos de más edad y rango, la figura vestida con una túnica pareció sentirse aliviada al encontrarse con el capitán Cantosombrío.

— ¡Los arqueros están impidiendo que esos adversarios alados sigan provocando tantas bajas entre nuestras filas! ¡Hemos sido capaces de reorganizamos, aunque tres de los nuestros han muerto y dos más han quedado incapacitados! ¡Estamos intentando lidiar con los enemigos del cielo y los brujos de la lejanía, pero para poder hacer eso necesitamos más protección!

Jarod procuró no tragar saliva. Con la esperanza de evitar que el hechicero se percatara de lo inseguro que se sentía, fingió clavar su mirada en el extremo más alejado del flanco izquierdo. Ahí divisó a varias hileras de soldados que se apiñaban mientras intentaban dar alcance a los demonios que se aproximaban. La presión que ejercía ese mar de cuerpos que tenían delante evitaba que los de atrás pudieran hacer algo útil; de hecho, a menudo la retaguardia empujaba a la vanguardia a caer sobre las hojas del enemigo.

Sacó a uno de los soldados de esa formación en cuadro.

— ¡Tú! ¡Ve cabalgando con él hasta ahí y saca a un pelotón de esas tropas! ¡Di al resto que retroceda un paso y apoyen a la vanguardia cuando sea necesario!

Siguió recibiendo una petición tras otra, lo cual impedía que Jarod pudiera recuperar el aliento. Llegó un momento en que incluso los terráneos y el resto de aliados empezaron a pedirle consejo. Como Jarod no pudo dar con nadie de más alto rango, contestaba siempre a sus ruegos y rezaba para implorar que no estuviera enviando a ningún inocente al matadero.

El capitán esperaba que en cualquier momento esa horda pasara por encima de los suyos, pero de alguna manera los elfos de la noche lograron mantener su posición. Los esfuerzos combinados de la Guardia Lunar y los arqueros diezmaron de tal modo a los demonios alados que estos huyeron volando, muchos de ellos con sus recipientes todavía repletos. Aunque la hueste había sufrido muchas bajas, ahora que la batalla había amainado un poco, Jarod esperaba que algo de lo que había hecho hubiera evitado que estas fueran aún mayores.

En cuanto el capitán tuvo por fin la oportunidad de regresar adonde se hallaba Rhonin, iba seguido por media decena de subordinados. A pesar de que no había pedido que lo acompañaran, varios oficiales de la hueste habían insistido en que se quedaran con Jarod por si acaso este necesitaba alertarlos sobre algo. Al antiguo oficial del Cuerpo de Centinelas su presencia le resultaba perturbadora, ya que lo trataban como si tuviera el mismo rango que Cresta Cuervo u Ojo de Estrella. Jarod Cantosombrío no era noble y, ciertamente, tampoco un comandante; si la hueste había logrado recuperarse tras haberse asomado al precipicio del desastre, eso era debido principalmente a los mismos combatientes.

Se sintió tremendamente aliviado al comprobar que el mago seguía vivo e ileso. Por desgracia, parecía que continuaba sin ver ni oír nada, a pesar de que daba la sensación de que estaba despierto.

Jarod intentó una vez más obligarlo a beber agua, pero fue inútil. Frustrado, se volvió hacia uno de los soldados, al que espetó:

¡Tráeme a algún guardia lunar de alto rango! ¡ Deprisa!

Aun así, el jinete cuando volvió no se presentó con uno de esos hechiceros, sino con un par de figuras ataviadas con armadura de la Hermandad de Elune. Y lo que era aún peor, la sacerdotisa de mayor rango no era otra que Maiev.

¡Nunca habría podido imaginarme que se referían a ti cuando me han dicho que el oficial al mando necesitaba un taumaturgo, hermanito!

El capitán Cantosombrío no estaba dispuesto a perder el tiempo escuchando a su hermana hablar con su típico tono autoritario.

¡Déjate de comentarios ingeniosos, Maiev! ¡El mago se halla bajo algún hechizo que creo que ha lanzado alguno de esos demonios que dominan la magia con maestría! ¿Puede Elune liberarlo de su influjo?

Ella lo miró con curiosidad durante un instante y, a continuación, se arrodilló junto a Rhonin.

—Nunca he tenido que tratar a uno de su especie, pero doy por sentado que es lo bastante parecido a nosotros como para que la Madre Luna me conceda la oportunidad de sanarlo. Jia, ayúdame. Veamos qué podemos hacer.

La otra sacerdotisa se colocó al otro lado de Rhonin. Las dos alzaron las manos hasta la altura del pecho con las palmas hacia fuera y, acto seguido, juntaron las yemas de los dedos. En cuanto las sacerdotisas entraron en contacto una con otra, un leve fulgor plateado surgió de sus manos. El brillo se extendió con rapidez por sus brazos y el resto de sus respectivos cuerpos.

Maiev y su compañera entonaron unos cánticos. A pesar de que esas palabras no tenían ningún sentido para Jarod, este sabía que la Hermandad de Elune tenía un leguaje especial propio que empleaban para entrar en comunión con la deidad lunar.

El resplandor que envolvía a ambas mujeres fluyó hacia el mago, cuyo cuerpo se estremeció ligeramente para, al instante, relajarse.

Otro jinete se sumó al grupo.

— ¿Dónde está el comandante?

Varios de los mensajeros que se habían presentado ante el capitán anteriormente se habían dirigido a él empleando ese título, a pesar de que este había insistido una y otra vez en que no lo hicieran. Enfadado por esta interrupción en un momento tan delicado, se giró y le espetó:

—Más te vale mantener la boca cerrada y esperar hasta que te diga que es el momento adecuado para hablar…

A esa figura sentada a lomos de su montura se le desorbitaron los ojos. Fue entonces cuando el capitán vio el ribete dorado y esmeralda de los hombros y el emblema de la coraza.

Jarod había insultado a un noble.

Pero en vez de ofenderse, el jinete asintió a modo de disculpa y permaneció callado. Para intentar disimular su estupor, Jarod rápidamente centró de nuevo su atención en lo que estaba haciendo su hermana.

Maiev estaba sudando. La otra sacerdotisa tembló. Rhonin se estremeció y su piel, que ya era muy pálida, dio la sensación de ser tan blanca como la luna.

De repente, el mago se incorporó. Abrió la boca para lanzar un chillido silencioso; entonces, por primera vez desde que había sido derribado, Rhonin parpadeó.

Un gruñido se le escapó al humano de los labios. El mago se habría vuelto a caer hacia atrás y se habría golpeado otra vez contra la piedra, probablemente en la cabeza, si no fuera porque el capitán reaccionó a tiempo y colocó su mano entre la roca y su testa.

Tras proferir un suspiro, el mago cerró los ojos. Su respiración se volvió regular.

— ¿Está…?

—Ya no se encuentra bajo el influjo de ese demonio, hermano — respondió Maiev con una voz un tanto temblorosa—. Descansará el tiempo que sea necesario. —Se puso en pie—. Ha sido muy duro, pero Elune ha sido generosa, loada sea.

—Gracias.

Una vez más, su hermana lo contempló con curiosidad.

—Tú menos que nadie debes darme las gracias. Vamos, Jia. Hay muchos que necesitan ser curados.

Jarod observó cómo Maiev se marchaba y, a continuación, centró su atención de nuevo en el noble.

—Perdóname, mi señor, pero…

El jinete hizo un gesto con la mano para indicarle que no debía disculparse.

—Mis problemas pueden esperar. No me había dado cuenta de que habías buscado ayuda para sanar al hechicero extranjero. Soy lord Bosque Negro. Te conozco, ¿verdad?

—Soy Jarod Cantosombrío, mi señor.

—Bueno, comandante Cantosombrío, yo, por ejemplo, sí me siento agradecido de que no perecieras junto a lord Ojo de Estrella y los demás. Según se cuenta, intentaste salvarlo incluso al final.

—Mi señor…

Bosque Negro ignoró la interrupción.

—Estoy intentando reunir a algunos de los demás. No cabe duda de que la estrategia de Ojo de Estrella ha sido un fracaso; oh, que la Madre Luna perdone cualquier falta de respeto a los muertos. Esperamos que se nos ocurra algo mejor… si queremos sobrevivir.

Aunque, claro, querrás estar ahí presente, para guiar las deliberaciones, o eso doy por supuesto.

Esta vez, Jarod fue incapaz de hablar. Se limitó a asentir, más por puro reflejo que por otra razón. Al parecer, el noble interpretó ese gesto como que se mostraba decididamente de acuerdo y, agradecido, asintió a su vez.

—Entonces, con tu permiso, haré los preparativos en mi tienda e iré reuniendo al resto —dijo Bosque Negro, a la vez que asentía una vez más; acto seguido, obligó a girar a su montura y se alejó cabalgando. —Parece… Parece que… has ascendido en el escalafón —comentó alguien con una voz ronca.

Bajó la mirada y vio que Rhonin había recuperado la consciencia. El mago todavía estaba pálido, pero no tanto como antes. Jarod se agacho al instante y le dio agua de un odre. Rhonin bebió con ansiedad.

—Temía que el hechizo hubiera dañado tu mente. ¿Cómo te encuentras, maestro Rhonin?

—Me siento como si un regimiento de infernales me estuvieran machacando el cráneo desde dentro…, lo cual es una mejora, comparado con lo anterior. —El humano se incorporó—. Supongo que todo se complicó después de que fuera derribado.

El capitán se lo contó todo, intentando ser lo más breve posible y procurando no darse demasiada importancia. Sin embargo, a pesar de eso, el mago contempló a Jarod con una clara admiración.

—Según parece, Krasus acertó contigo. Esta vez, has hecho mucho más que salvar la situación. Es más que probable que hayas salvado al mundo, al menos por el momento.

El elfo de la noche, al que se le oscurecieron las mejillas, negó vehementemente con la cabeza.

— ¡Yo no soy un líder, maestro Rhonin! Lo único que he hecho es procurar sobrevivir.

—Pues ha sido todo un detalle por tu parte que nos hayas ayudado a los demás a sobrevivir mientras estabas centrado en tu propia supervivencia. Así que Ojo de Estrella ha muerto. Lo siento por él, aunque no tanto por la hueste. Me alegra ver que algunos nobles han recuperado el buen juicio. Quizá aún haya esperanza.

—No creerás que voy a reunirme con ellos, ¿verdad? —Jarod se imaginó a Bosque Negro y los demás rodeándole, con sus ojos clavados en él—. ¡Solo soy un oficial del Cuerpo de Centinelas de Suramar!

—Ya no… —Aunque el mago intentó ponerse en pie, al final tuvo que hacerle una seña a su compañero para que lo ayudara. Mientras se enderezaba, Rhonin miró a Jarod a los ojos. Los ojos únicos del humano se clavaron en los del elfo de la noche—. Ya no.

Korialstrasz aún no había aprendido a ser tan paciente como Krasus, su yo más anciano, por lo cual estaba inquieto. El dragón rojo era perfectamente consciente de que pasaría algún tiempo antes de que i los tres regresaran {si es que alguna vez lo hacían) y, aunque intentó serenarse mientras aguardaba, fue incapaz de lograrlo. Tenía demasiadas cosas en la cabeza: Alexstrasza, la Legión Ardiente, las consecuencias de la presencia de Krasus en esa época y muchas más. También recordaba a la perfección el castigo al que le había sometido I las garras de Neltharion. Ahora que su otro yo se aproximaba raudo y I veloz al santuario de ese enemigo, le preocupaba bastante que Krasus pudiera acabar siendo una presa más del Alma Demoníaca.

Frustrado, el gigante rojo arañó la ladera de la montaña con una de sus garras. Unos fragmentos descomunales de piedra y tierra que no eran más que meros guijarros para el dragón cayeron al valle situado allá abajo. Esto, no obstante, solo mantuvo entretenido a Korialstrasz durante una hora. Más nervioso que nunca, fue lanzando miradas a ese cielo oscuro, a la vez que se preguntaba si sería seguro o no surcar el firmamento unos minutos.

Un tenue rugido retumbó por las montañas.

Korialstrasz pasó de estar frustrado a hallarse alerta. Descendió del lugar donde se encontraba posado y pegó todo su enorme cuerpo a la ladera del pico. Elevó la vista en busca de la fuente de ese bramido

Una forma oscura lo sobrevoló lentamente. Se trataba de un pequeño dragón Negro. El ritmo al que volaba el otro leviatán le indicó que tenía que ser un centinela.

Korialstrasz siseó levemente. Si ese otro coloso se hubiera dirigido volando a otro lugar, no habría tenido ninguna razón para preocuparse. Sin embargo, el hecho de que el dragón Negro merodeara por esa región en particular podía poner en peligro el plan.

Con todo, se debatía entre si debería permanecer escondido o ir en busca del guardián. Si aún no habían detectado a los demás, atacar al dragón Negro podría acabar siendo un error fatal, ya que el centinela podía escapar y advertir a su amo. No obstante, si no hacía nada, el otro gigante alado podría descubrir a Krasus y al resto en su vuelo de regreso.

Korialstrasz se aferró con fuerza a la ladera mientras intentaba tomar rápidamente una decisión. Si el dragón Negro se alejaba demasiado, el dragón rojo quizá no sería capaz de darle alcance…

La pared de la roca cedió ante sus garras.

Como esto le pilló desprevenido, Korialstrasz se cayó de la montaña a la vez que toda la ladera se derrumbaba. El dragón extendió las alas de manera instintiva y se enderezó, de tal modo que solo recibió el duro impacto de unas pocas piedras, las cuales formaban parte de esa avalancha descomunal que había provocado sin querer. Agitó la cabeza de lado a lado, para despejarse mentalmente.

El rugido que reverberó en sus oídos fue la única advertencia que recibió antes de que el dragón Negro lo golpeara por la espalda.

A pesar de ser un poco más pequeño, el atacante de Korialstrasz lo atacó con una furia terrible. El dragón rojo salió disparado hacia el suelo irregular a una velocidad atroz. Rozó las rocas con el ala izquierda y sintió un hondo dolor.

Korialstrasz logró estirar una pata delantera hacia otro pico, en el que clavó profundamente sus garras. Por mor del impulso, arrancó toneladas de rocas de la otra montaña, pero eso ralentizó su descenso lo suficiente como para darle tiempo a pensar. El dragón rojo se ladeó, lo que sobresaltó a su enemigo y provocó que el dragón Negro perdiera su asidero.

Mientras el otro dragón se caía hacia atrás, Korialstrasz se enderezó. Aunque intentó volver a ascender, no pudo hacerlo, ya que su adversario todavía le tenía agarrado por la espalda con un par de sus garras. Si bien el peso extra hizo que la tensión fuera terrible, Korialstrasz no se rindió.

Aleteando lo más fuerte que pudo, se retorció en el aire. Valiéndose de su cola, el dragón rojo arrojó a su rival contra el pico más cercano.

El dragón Negro se estrelló violentamente, desatando una tormenta de rocas. Por fin, soltó al coloso rojo, pero no sin antes arrancarle varias escamas. Korialstrasz rugió y notó que un reguero de sangre le recorría la pierna.

Por un momento, ambos gigantes se olvidaron de batallar mientras se recuperaban de sus heridas. Después, el enemigo de Korialstrasz se le abalanzó sobre el cuello. Sin embargo, el dragón de mayor tamaño logró alzar un ala a tiempo, apartando de un golpe al dragón Negro.

El impacto le quitó las ganas de seguir combatiendo al sirviente de Neltharion. Tras lanzar un rugido desafiante, el leviatán de ébano viró y se alejó de Korialstrasz.

— ¡No!

Ahora que habían entablado batalla, no se atrevía a dejar que el otro dragón huyera, puesto que el centinela alertaría a su amo, quien, a su vez, sospecharía que el dragón rojo no era el único que merodeaba por los alrededores.

Como el dragón Negro era más pequeño, era, por tanto, más veloz; no obstante, Korialstrasz era muy astuto y artero. Mientras su adversario doblaba la esquina de un pasaje, Korialstrasz optó por seguir una ruta distinta. Había pasado bastante tiempo con-templando ese paisaje mientras esperaba como para saber dónde se hallaban los diversos valles.

Atravesó las montañas volando. Por delante de él vio una bifurcación y se sintió tentado a girar a la izquierda, pero Korialstrasz sabía que era el de la derecha el que lo llevaría de vuelta hasta su presa.

En la lejanía, escuchó el fuerte aleteo de las alas de su enemigo. La preocupación se adueñó del dragón rojo. A esas alturas, ya debería haber dejado atrás a su rival; sin embargo, ese ruido cada vez más débil le indicaba que el dragón Negro estaba abriendo aún más distancia.

Haciendo un esfuerzo brutal, Korialstrasz se acercó al punto que habían estado buscando. Solo debía cubrir una corta distancia. Aunque ya no podía escuchar ese aleteo, estaba seguro de que por fin lo había adelantado.

Se adentró en otro valle…

Estuvo a punto de producirse una colisión entre sus alas. Ambos dragones rugieron, más por sorpresa que furia. Korialstrasz dio dos vueltas sobre sí mismo y el dragón Negro se estrelló de costado contra un pico pequeño, cuya cima hizo añicos.

No obstante, el impulso favorecía en esta ocasión al más pequeño de los dos. El dragón Negro se elevó en el aire y siguió volando.

Al mismo tiempo que negaba con la cabeza y maldecía su mala suerte, Korialstrasz lo persiguió. Atraparía al otro dragón, daba igual lo que tuviera que hacer para lograrlo. Ya había perdido demasiado en esta lucha…

Con una mayor determinación si cabe, Korialstrasz rugió una vez más y prosiguió la cacería.

Sin embargo, mientras perseguía a ese objetivo tan obvio, al leviatán rojo se le había pasado por alto algo más pequeño que encontraba abajo. Ahí, unos ojos (los de aquellos que tenían ojos) contemplaban cómo esas dos enormes bestias se esfumaban en la distancia.

—Una impresionante exhibición aérea, ¿no crees, capitán Varo’then?

El desfigurado elfo de la noche resopló.

—Una lucha bastante justa, aunque muy corta.

—Supongo que, desde tu punto de vista, no se ha derramado suficiente sangre.

—Nunca es suficiente —respondió el sirviente de Azshara—. Pero basta de cháchara, maestro Illidan. ¿Acaso esto no demuestra que estamos al fin cerca?

Con cierta indiferencia, Illidan se ajustó la venda que le tapaba esos ojos destrozados. Para él, la batalla entre esos dos titanes había sido mucho más interesante, puesto que esas grandes criaturas tenían un origen mágico, por lo cual el cielo se había llenado de unas energías asombrosas y unos colores brillantes. El hermano de Malfurion había llegado a admirar sus nuevos sentidos, ya que le revelaban un mundo que nunca había sido consciente de que existiera.

—Creo que eso es obvio, capitán, aunque, ¿no te parece interesante que no solo haya un dragón Negro por aquí cerca sino también uno rojo? ¿Por qué crees que este último estaba en esta zona?

—Tú mismo lo dijiste. En este lugar es donde viven esas bestias.

El hechicero hizo un gesto de negación con la cabeza.

—Dije que este era el lugar donde hallaríamos la guarida del gran dragón Negro. El rojo estaba aquí por una razón muy concreta.

El desfigurado rostro de Varo’then se tomó más horrendo en cuanto este se dio cuenta de qué era lo que estaba insinuando su compañero.

¡Los demás dragones quieren el disco! ¡Es lo único que tiene sentido!

—Sí… —Illidan espoleó a su montura para que avanzara y el oficial le siguió. Detrás de ellos iban los demonios guerreros—. Sería tan fácil capturarlos. Ya has visto lo machacados y magullados que estaban. —Caviló aún más—. Y creo que he reconocido a ese dragón rojo por sus peculiares rasgos.

¿Y eso qué más da? ¡Todas esas bestias son iguales!

—Hablas como un Altonato. —Illidan se frotó la barbilla mientras meditaba—. No, creo que con ese me he encontrado antes… y, si eso es así, podríamos tener compañía más adelante, una que me resulta muy familiar.

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