El Cataclismo – Capítulo Ocho

Malfurion observó al goblin abrirse paso por las estrechas fisuras y, aunque comprendía por qué Krasus había tenido que reanimar el cadáver, eso seguía enervándolo. Ni siquiera el hecho de que el mago le hubiera asegurado de que se trataba de un hechizo muy poco utilizado por sus homólogos, ya que nunca deseaban usarlo, calmó del todo al elfo de la noche.

De esta forma, procuró no mostrar sus emociones de ningún modo y se limitó a permanecer lo más lejos posible de la criatura. De un modo curioso, los movimientos del goblin se fueron volviendo más ágiles a medida que pasaba el tiempo, hasta casi llegar a un punto en que dio la impresión de que realmente había vuelto a la vida.

Para sorpresa del druida, fue Krasus el que primero expresó en voz alta lo que los demás llevaban tiempo pensando.

— ¿Queda mucho más? —musitó la pálida figura vestida con una túnica—. Tener que abusar de los principios de la vida cada vez me repugna más y más…

A modo de respuesta, el goblin se agachó súbitamente. Malfúrion miró a Krasus, pensando que tal vez el mago se había hartado tanto de lo que había estado haciendo que, por fin, había liberado al cadáver del hechizo. Sin embargo, la expresión contemplativa de su compañero indicaba algo muy distinto.

—Observen… —murmuró Krasus—. Observen…

El goblin reanimado tocó una piedra que se encontraba cerca de la base de la montaña. A ojos de Malfurion, la piedra parecía ser una más escogida al azar, la cual había caído del pico algún tiempo atrás sin lugar a dudas.

No obstante, en cuanto la criatura la giró ligeramente a la derecha toda la pared de la roca brilló… y más de la mitad desapareció.

Brox lanzó un gruñido. Krasus asintió.

—Muy ingenioso —comentó—. Miren, donde antes había piedra ahora hay, a la izquierda, un estrecho pasaje que atraviesa el mismo pico.

Siguieron a su macabro guía durante varios minutos más y, entonces, Krasus obligó al goblin a detenerse de una manera repentina.

—Escuchen…

Pudieron oír el parloteo incesante de unos goblins y el martilleo constante del metal procedente de algún lugar lejano.

El druida se tensó.

—Hemos llegado.

—Entonces, ya podemos poner punto final a esta obscenidad… — Krasus agitó una mano en el aire y el goblin se giró. La figura reanimada trepó hasta una roca y desapareció de la vista. Un instante después, el mago dragón hizo un gesto, como si hubiera cortado algo—. Lo acabarán encontrando…, pero después de que hayamos completado nuestra misión.

Krasus hizo ademán de avanzar, pero Malfurion lo agarró de repente del brazo.

—Espera —susurró el druida—. No puedes entrar ahí.

Pudo atisbar que había sorprendido al mago con la guardia baja, lo cual no era nada habitual. Krasus lo miró fijamente.

— ¿Tienes alguna razón para afirmar eso cuando ya hemos avanzado tanto en nuestra gesta?

—No se me ha ocurrido hasta hace bien poco. Krasus, será más fácil que repare en tu presencia que en la nuestra. Perteneces a su especie. Estará esperando que los dragones intenten robarle el Alma Demoníaca.

—Pero mis congéneres son los más susceptibles a ser dominados por su poder, por lo cual, con casi toda seguridad, se mantendrán alejados de ella. Además, me he ocultado muy bien.

Aunque Malfurion asintió, prosiguió con su razonamiento: —Y tu especie es la que más tiene que perder mientras el disco siga en sus manos. Los dragones tienen la obligación de intentarlo al menos…, y eso es lo que el Guardián de la Tierra también pensará. Ahí dentro, seguramente estará alerta por si detecta alguna magia de dragón, sobre todo si se trata de sortilegios de ocultación.

—Además, es un Aspecto… —la delgada figura frunció los labios. Malfurion esperaba que Krasus explicara de manera elocuente por qué el razonamiento del elfo de la noche era incorrecto, pero no lo hizo, sino que el mago ataviado con túnica se limitó a replicar—: Dices la verdad. Lo intentaríamos y él esperaría que lo intentáramos. Lo conoces bien. Es algo que debería haber considerado anteriormente, pero sospecho que deseaba ignorarlo con toda mi alma. He tenido suerte de poder haber llegado tan lejos, pero su guarida seguramente estará preparada para atrapar a cualquier otro dragón que no sea él.

—Como pensaba.

—Lo cual no quiere decir que Brox y tú lo vayan a tener más fácil — le recordó Krasus—. Sí, tal vez no espere que dos miembros de unas razas inferiores se atrevan a entrar a hurtadillas en su mismo santuario y no los detecte, aunque solo sea por muy poco.

—Brox debería quedarse contigo.

—No, será mejor que el orco te ayude. Encontrarán muchos peligros de índole física, y el menor de ellos será que se toparan con muchos más goblins que los que nos hemos encontrado hasta ahora. Tendrán que concéntrense en hacerse con el Alma Demoníaca y, aunque los ayudaré tanto como pueda desde aquí fuera, alguien tendrá que vigilarte las espaldas ahí dentro.

—Nadie le hará daño —murmuró Brox, quien alzó el hacha y sonrió de oreja a oreja—. Me compondrás una buena canción, ¿verdad, anciano?

Krasus le brindó una sonrisa, lo cual no era habitual en él.

Empezaré a componerla en el mismo instante en que salgamos de este lugar.

Como era incapaz de dar con ninguna otra razón con la que defender que debería entrar solo, Malfurion aceptó que el orco lo acompañara. En verdad, el elfo de la noche se alegraba de poder contar con él. Gracias a la constitución robusta y el poderoso brazo de Brox adentrarse en la guarida del dragón resultaba menos sobrecogedor.

Un poco menos.

Pero Malfurion sabía que había que hacerlo y creía que era él quien tenía más posibilidades de lograrlo. No lo hacía por puro ego, sino porque tenía la sensación de que todo lo que había estudiado lo convertía, de algún modo, en la elección idónea.

Se decidió que sería Brox quien encabezaría la marcha en un principio y que Malfurion lo relevaría en esa función en cuanto empezara a reconocer ese entorno. En el primer tramo del camino, Brox llevó el hacha a la espalda, ya que el pasaje era demasiado estrecho como para poder usar esa enorme arma como era debido. En vez de eso, el orco empuñó una daga larga, que blandía con una indudable destreza.

—Yo vigilaré desde aquí —les prometió Krasus mientras partían—. Al menos, eso puedo hacerlo sin que el dragón Negro se percate de ello.

Por suerte, los goblins utilizaban el túnel para traer minerales en bruto, ya que, si no, incluso Malfurion habría tenido problemas para poder entrar en él. De hecho, Brox tuvo que llevar los brazos pegados al cuerpo casi todo el rato. El orco avanzaba con la daga en ristre, al mismo tiempo que observaba y escuchaba con atención.

Los ruidos que oían ahí delante se volvieron más incesantes. Malfurion esperaba que ese barullo les beneficiara. Si el ruido que armaban distraía a los propios goblins, tal vez no repararan en la presencia de ambos.

Al fin, una tenue luz iluminó el túnel que se curvaba. Brox se tensó visiblemente. Malfurion lo agarró del hombro.

—Si estoy en lo cierto —susurró el druida—, en cuanto entremos en las cavernas, el pasaje que siguió el dragón debería hallarse a la izquierda.

Brox gruñó para indicarle que le había entendido y prosiguió encabezando la marcha. El sendero se fue iluminando cada vez más y el ruido llegó a ser demencialmente intenso.

Lo que contemplaron sus ojos era más caótico que lo que Malfurion había presenciado anteriormente. Ahí había, al menos, el doble de goblins que antes y todos ellos iban corriendo de aquí para allá como si la vida les fuera en ello…, lo cual probablemente era así. Varios se afanaban en partir las enormes pilas de mineral en bruto, mientras que otros lanzaban combustible a esos altos hornos. Mediante un sistema de recipientes descomunales que se desplazaban gracias a unas cadenas, un flujo incesante de metal fundido era vertido en unos moldes gigantescos. Más allá, unos vastos tanques de agua aguardaban a los moldes que ya se habían llenado. Unos goblins sudorosos bañados en vapor se afanaban en colocar bien y de un modo seguro un molde que ya estaba dentro de uno de los tanques.

Lejos, a la derecha de ambos, dos placas colosales que ya estaban forjadas yacían en el suelo tras haber sido descartadas; se trataba de varias pruebas anteriores que habían sido un fracaso. Como el metal estaba surcado por unas fisuras muy finas, no servían para cumplir la finalidad que el dragón deseaba que satisficieran, fuera cual fuese.

—Sigo sin entender para qué quieren todo esto —murmuró Malfurion—. ¿Acaso el dragón pretende forjarse una armadura?

El orco frunció el ceño.

—Con ese ser, cualquier cosa es posible…

A regañadientes, el elfo de la noche decidió olvidarse por el momento de ese enigma y observó con detenimiento lo que tenían a la izquierda. No cabía duda de que ahí había un sendero que recorría el borde en dirección hacia un gigantesco pasaje; el mismo por el que, según recordaba, se había metido Neltharion.

— ¡Por ahí! ¡Debemos seguir por ahí!

Brox asintió, pero impidió que Malfurion saliera del túnel.

—Hay goblins ahí abajo. Debemos esperar.

Las criaturas en cuestión estaban muy ocupadas limpiando los restos de mineral que habían quedado ahí. El druida se fijó en cómo avanzaban con esa tarea y se dio cuenta enseguida de que los goblins seguirían muy atareados en ese sitio mucho tiempo.

—Tenemos que lograr que se vayan o se distraigan, Brox.

—Con un hechizo, tal vez.

Malfurion repasó mentalmente qué era lo que llevaba en las faltriqueras y, a continuación, escrutó la caverna. Había un par de cosas que quizá podrían llegar a funcionar…

Sin embargo, en cuanto metió la mano en una de las faltriqueras, se oyó la monstruosa voz de Neltharion, lo cual provocó que la enorme cámara temblara.

— ¡Meklo! ¡Ya he regresado! Más te vale que lo próximo funcione o si no, me cenaré a todos los miserables miembros de tu especie… ¡y tú serás el aperitivo!

Desde el extremo más lejano de la cámara, el goblin vestido con un mandil, al que Malfurion había visto previamente, apareció súbitamente corriendo. Propinó varias patadas a algunos de los trabajadores, para conminarles a obrar con más velocidad y, acto seguido, se dirigió raudo y veloz hacia el alto pasaje. En todo momento, iba mascullando entre dientes algo que Malfurion pudo escuchar gracias a su agudo oído: le dio la impresión de que estaba haciendo cálculos.

No obstante, antes de que Meklo pudiera alcanzar el túnel, el dragón Negro emergió de este repentinamente.

A pesar de que a Brox se le escapó un juramento (puesto que él no había visto aún cómo la transformación había consumido aún más a Neltharion), por fortuna, los bramidos del gigante lo taparon.

¡Meklo! ¡Maldito gusano bastardo! ¡Estás colmando mi paciencia! ¿Tienes las nuevas placas o no?

¡Tengo dos! ¡Dos, mi señor! ¿Lo ves? ¿Lo ves?

Hizo un gesto para señalar el lugar donde varios trabajadores se afanaban en sacar un par de piezas metálicas descomunales de unos moldes. A pesar de haber estado sumergidas en los tanques de agua, todavía crepitaban por mor del calor residual; un calor más que capaz de provocar graves quemaduras.

¡Espero que sean más robustas que las últimas, las cuales fueron un miserable fracaso!

Sin dejar de mover la cabeza arriba y abajo, el goblin canoso afirmó:

¡Es la mejor aleación de metales posible! ¡Más fuerte que el acero! Además, gracias a las energías con las que las has imbuido, serán capaces de soportar cualquier tensión, ¡aunque serán tan ligeras como una pluma!

Como si quisieran enfatizar esas últimas palabras, los goblins que estaban trabajando en la primera de las placas la llevaron con suma facilidad de aquí para allá, a pesar de que Malfurion se había imaginado que necesitarían ser diez veces más para transportarla.

Un ansioso Neltharion contempló la placa. Se le aceleró la respiración al ver cómo ese metal aún rojo pasaba cerca de él.

—Lo único que necesitamos es dejarla reposar en el tanque de agua un breve espacio de tiempo. Después…

¡NO! —exclamó el Guardián de la Tierra.

El goblin se estremeció.

¿D-disculpe, mi señor?

Con unos ojos de demente, el dragón continuó mirando fijamente la placa.

¡ Quiero que me la coloquen ya!

¡Pero el calor que aún conserva será otro factor que someterá a tu organismo a aún más estrés! ¡Los tomillos tienen que estar calientes por necesidad! Realmente, lo más prudente sería esperar…

El leviatán de ébano pisoteó el suelo…, y el impacto se produjo a escasos centímetros de Meklo.

—Ya…

¡Sí, mi señor Neltharion! ¡De inmediato, mi señor Neltharion! ¡Muévanse, haraganes!

Meklo les espetó estas últimas palabras a los goblins que seguían manipulando la placa.

Al mismo tiempo que estos se giraban, el dragón se dirigió hacia un amplio espacio abierto situado frente a la pared más lejana. Mientras Malfurion y el orco observaban la escena con suma curiosidad el leviatán se acomodó y expuso su flanco derecho. Las grandes y enormes grietas que recorrían su cuerpo seguían ardiendo.

¡ Sujétenla bien! —vociferó Neltharion—. ¡ Sujétenla bien!

¿Qué pretenden hacer con eso? —masculló el elfo de la noche Brox hizo un gesto de negación con la cabeza, pues estaba tan perplejo como él.

¡Preparen los tornillos! ¡Preparen los tornillos! —ordenó Meklo— . ¡Que estén tan calientes como sea posible!

Dos grupos compuestos de una docena de goblins cada uno introdujeron un par de pinzas en un homo. Mientras el druida observaba, sacaron de ahí un tomillo colosal que era al menos tan grande como el orco.

¡Que la cuadrilla del martillo prepare la máquina!

Oyeron un crujido a la derecha. Una veintena de goblins tiraban de lo que, en un principio, parecía ser una catapulta muy peculiar, que arrastraban hacia el dragón. No obstante, esa máquina no tenía una cuchara, sino más bien una gigantesca cabeza de metal que estaba plana en un extremo, la cual estaba conectada a unas cadenas y poleas, cuyo propósito Malfurion era incapaz de imaginar.

¡La placa! —A Neltharion se le estaba agotando la paciencia—. ¡Colóquenla en su sitio! ¡Se los ordeno!

Haciendo un gran esfuerzo, los frenéticos goblins obedecieron. Se tambalearon adelante y atrás varias veces mientras se acercaban al flanco del dragón; no por culpa del peso de la placa, sino más bien por culpa de la respiración de Neltharion, la cual, al parecer, hacía que la zona donde pretendían posarla se moviera más de lo recomendable para desgracia de esas diminutas criaturas. Por fin, tras hacer Meklo una señal, se inclinaron hacia delante y la placa cayó sobre la piel escamosa.

Los dos espectadores retrocedieron anonadados al ver cómo la carne y el metal colisionaban. El ruido desgarrador de la quemadura retumbó por la caverna. Si bien la terrible grieta que había debajo hizo que la placa temblara, esta no se soltó.

— ¡Por ahora, aguanta! —anunció Meklo a todos—. ¡Deprisa! ¡Traigan el primero de los tornillos!

Malfurion apenas podía creerse lo que estaba viendo.

—Realmente… ¡Realmente, se la van a incrustar en su propia carne! ¡Eso es una locura! ¡Una locura!

Brox no dijo nada; se limitó a entornar los ojos, a la vez que aferraba con tanta fuerza la daga que sus nudillos adquirieron un tono blanquecino.

El Guardián de la Tierra parecía hallarse prácticamente en la gloria. En esa gran boca se había dibujado una sonrisa de reptil y tenía esos ojos carmesíes medio velados. El pecho se le elevaba y descendía a un ritmo cada vez mayor, por mor de la expectación.

Los goblins que manipulaban las pinazas llevaron un tornillo gigantesco hasta uno de los varios agujeros situados alrededor del borde de la placa. Tras echar un rápido vistazo, el elfo de la noche concluyó que esta contaba al menos con una decena de esos agujeros. ¿Acaso cada uno de ellos alojaría un tomillo que se clavaría profundamente en esas escamas?

Una vez más, el balanceo del cuerpo del dragón provocó que la tarea se les complicara a los goblins. Al tercer intento, lograron acertar en uno de los agujeros superiores. El tomillo se introdujo en parte en él, y las criaturas emplearon las largas pinzas para mantenerlo ahí de la mejor manera posible.

Al instante, Meklo hizo un gesto con la mano a la otra cuadrilla.

¡Coloquen el martillo en posición! ¡Prepárense para golpear de inmediato!

Acompañados de un coro de gruñidos y gemidos, los goblins colocaron el artilugio delante de Neltharion. Con la mirada medio perdida, el ansioso gigante contempló cómo sus sirvientes ajustaban la posición de la máquina.

Meklo se subió a ella de un salto, con una agilidad sorprendente para su edad, y clavó la mirada en el tomillo. Antes de bajar de un brinco, ordenó a la cuadrilla que hiciera una leve corrección.

¡Tiren! —gritó el líder goblin.

El mismo grupo que había llevado la máquina hasta ahí ahora manipulaba las cadenas, de las cuales tiraba de diversas formas el druida no alcanzaba a comprender cómo funcionaba exactamente ese invento de los goblins, pero entendía perfectamente cuáles las consecuencias de sus actos.

El extremo plano de esa colosal cabeza de metal golpeó con fuerza el tomillo.

La colisión provocó un estruendo demoledor. El tomillo se hundió profundamente, casi hasta la cabeza.

Neltharion rugió, pero fuera cual fuese el dolor que sentía, su grito se mezclaba con una satisfacción indudable.

¡Una vez más! —bramó el dragón—. ¡Una vez más!

Meklo se encaramó al artilugio, examinó dónde se encontraba el tomillo y, una vez más, ordenó a sus subalternos que movieran la máquina. Satisfecho, descendió de un salto y exclamó al aterrizar:

¡Tiren!

Los demás goblins tiraron de las cadenas. Las diversas poleas giraron aquí y allá…, y el martillo volvió a caer.

Esta vez, el grito de Neltharion ahogo al golpe. El tomillo se hundió aún más.

¡Está dentro! —gritó el jefe goblin.

La única respuesta a esas palabras fueron las tremendas carcajadas del dragón Negro.

¡Dense prisa con el siguiente tornillo! —ordenó Meklo. ¡Dense prisa, he dicho!

En el túnel, Malfurion, quien todavía se estaba estremeciendo, se dejó caer sobre la pared.

¡Pretende que le incrusten todas esas placas! ¿Por qué? ¿Por qué? —Para protegerse… —respondió el orco—. Son fuertes y ligeras. Ya lo has visto. —Brox se encogió hombros—. También quizá para evitar que esas fuerzas lo desgarren por dentro…

¡Pero el dolor…! ¡Ya has visto lo dentro que ha entrado ese! Y la misma placa… ¡sigue estando caliente!

—Está loco…, aunque quizá su locura nos ayude, druida.

Había despertado el interés de Malfurion.

¿Qué quieres decir?

Brox señaló al interior de la caverna.

—La mirada de los goblins…

En un primer momento, el druida no estuvo seguro de a qué se refería el orco, pero entonces se percató de que todas y cada una de esas criaturas habían dejado de hacer lo que estaban haciendo para observar esos acontecimientos tan asombrosos. Aunque no se les podía echar en cara que reaccionaran así, esto daba la oportunidad a ambos de hacer lo que pretendían hacer.

—Tenemos que calcular bien los tiempos para cuando el siguiente tornillo esté preparado —aseveró el druida.

—Sí. Y eso será pronto, druida.

Los goblins de las pinzas ya habían regresado al lugar donde se fabricaban los tornillos. Cogieron uno y lo llevaron hasta el homo. Incluso desde donde se encontraba Malfurion, podía notar el calor que desprendía y no le sorprendió que, cuando las criaturas sacaron de ahí el tornillo, este refulgiera al rojo vivo.

—Debemos preparamos —le instó Brox.

Contemplaron cómo los goblins acercaban el tornillo hacia Neltharion. El dragón solo tenía ojos para esa labor. Miraba el tornillo como si se tratara de un amante.

—Deprisa… Deprisa… —bramó el Guardián de la Tierra. Mientras elevaban el tornillo hasta una posición situada en el extremo opuesto de la placa, Malfurion y Brox se armaron de valor. Con suma lentitud, la pieza metálica se acercó al agujero…

Mientras se deslizaba en parte hasta dentro, ambos avanzaron. Empuñando su hacha en vez de la daga, Brox encabezó la marcha. El orco estaba preparado por si se daba el caso de que algún goblin saliera del gran pasaje y entrara en la caverna. Debajo de los dos, Meklo vociferaba a los que manejaban la máquina. Los crujidos que hacía el artilugio al ser movido taparon cualquier mido que pudieran hacer los intrusos.

Casi había completado la mitad del camino cuando los goblins colocaron su invento en posición. Un silencio repentino reinó en la cámara, lo cual provocó que Malfurion y su compañero se pararan en seco.

El druida tenía una mano muy cerca de la faltriquera que había escogido antes. Si los goblins reparaban en su presencia, tenía ciertos objetos dentro con los que podría llevar a cabo un hechizo que mantendría a esas criaturas y a su amo ocupados mientras ambos huían, o al menos eso esperaba.

Sin embargo, Meklo volvió a lanzar órdenes a voz en grito y la actividad se reanudó, tal y como había esperado. Mientras preparaban el martillo, primero el orco y luego el elfo de la noche, llegaron al final del camino.

A sus espaldas, pudieron oír al goblin líder exclamar una vez más con su aguda voz:

— ¡Tiren!

El estruendo del martillazo retumbó en la cabeza de Malfurion mientras tanto Brox como él corrían por el pasaje. Las imágenes infectas que se le habían quedado grabadas a fuego en su memoria acerca de lo que el dragón se estaba haciendo a sí mismo lo asaltaron de un modo más estruendoso si cabe. En verdad, la demencia había consumido a Neltharion; por tanto, el nombre por el cual se solían referir a él sobre todo Krasus y Rhonin parecía más adecuado que nunca para esa bestia.

Alamuerte.

Brox aminoró la marcha, de tal modo que permitió a Malfurion darle alcance.

—Druida…, a partir de aquí, tú marcas el camino.

El elfo de la noche ya había reconocido algunas partes de ese pasaje, las suficientes como para creer que, realmente, sería capaz de localizar el escondite del disco. Aunque eso no quería decir que ambos fueran a tener éxito en su misión, puesto que se toparían con otros peligros en la guarida del Guardián de la Tierra, sin duda alguna.

Detrás de ellos, oyeron otro estruendo metálico, seguido de las carcajadas escalofriantes del leviatán negro. La última instó especialmente a Malfurion a acelerar el paso.

Tardaron más de lo que había esperado en llegar al primer recodo. Malfurion no había tenido en cuenta que, o bien que la zancada del dragón era mucho más larga, o bien su propia capacidad (en su forma onírica) de planear por el aire con facilidad y suficiente velocidad como para mantener el ritmo de la bestia. Eso significaba que el viaje les iba a llevar mucho más tiempo que el que tenían previsto.

Le comentó esto mismo al orco, quien, como era típico en él, se limitó a encogerse de hombros y replicar:

—Entonces, habrá que correr más rápido.

Y eso fue lo que hicieron. A pesar de todo, pareció transcurrir una eternidad hasta que llegaron al primer recodo e incluso más tiempo aún para llegar al segundo. Aun así, se animó al comprobar que cada vez reconocía más y más detalles de aquel lugar. A esas alturas, se hallaban ya a medio camino de su objetivo…

De repente, Brox agarró al elfo de la noche del hombro y lo empujó hacia la pared del túnel. Aunque Malfurion hizo ademán de hablar, el guerrero negó con la cabeza.

El druida oyó entonces unas pisadas atronadoras, que eran el motivo de preocupación del orco. Mientras ambos se pegaban lo máximo posible a la pared curva del alto túnel, una forma difusa surgió de otro pasaje para adentrarse en el suyo.

Era un ser bípedo y poseía una silueta vagamente similar a la de los dos intrusos. Unas protuberancias brotaban de todo su cuerpo y avanzaba con un andar muy peculiar. Tenía la cabeza desfigurada y, en un principio, Malfurion no pudo verle los ojos.

En cuanto se acercó más, el elfo de la noche estuvo a punto de lanzar un grito ahogado.

La criatura estaba hecha de roca, pero no de la misma manera que los terráneos o los infernales. Más bien, lo que se encontraba ante ellos era como si alguien hubiera colocado unos cantos rodados uno encima de otro, para crear una suerte de estatua muy basta. Así y todo, a pesar de su aspecto, se movía con la suficiente velocidad como para que Malfurion fuera consciente de que, si los llegara a ver, se verían obligados a escapar.

La figura de piedra se detuvo y dio la sensación de que escrutaba la zona. En realidad, sí tenía ojos, si es que los dos agujeros negros que tenía en la cara podían pasar por eso. Con especial interés, dirigió su mirada hacia el lugar donde se escondían ambos… y luego siguió progresando para examinar otra parte del sendero.

El guardián (no podía ser otra cosa) dio dos pasos más, lo cuales lo llevaron directamente hacia el druida y el guerrero. Como era tan alto como un dragón, el elfo de la noche parecía un enano en comparación. Al observar cómo pisaba el suelo con uno de esos pies rocosos, se imaginó cómo quedaría si lo aplastara con él.

Durante varios instantes plagados de ansiedad, ese ser analizó con detenimiento el entorno. Malfurion cada vez estaba más convencido de que intuía la presencia de ambos, pero al final el gigante prosiguió, avanzando en la dirección por la que ellos dos habían venido.

Cuando lo perdieron de vista, el druida y su compañero abandonaron su escondite.

— ¿Crees que volverá? —preguntó Malfurion.

—Sí…, así que debemos damos prisa.

Siguieron recorriendo esos pasajes sinuosos, y el elfo de la noche se detuvo en más de una ocasión para poder orientarse. En una ocasión, después de avanzar ambos varios metros por un túnel, Malfurion descubrió que se había equivocado de camino.

Sin embargo, al final se toparon con una angosta caverna que Malfurion nunca podría olvidar. Se detuvo en la entrada, perplejo ante el hecho de que, por fin, hubieran alcanzado su destino.

—Está ahí arriba. —El elfo de la noche señaló a la protuberancia falsa—. Justo en eso que sobresale. A la izquierda de esa grieta.

A pesar de que, sin lugar a dudas, Brox no lo veía, dejó el hacha en el arnés de la espalda y dijo:

—Daré tu palabra por buena, druida.

Sin embargo, aún tenían que superar la dificultad de llegar hasta ahí arriba. Una vez más, lo que había sido tan fácil de lograr mientras portaba su forma onírica era mucho más difícil de conseguir ahora, pues lo que buscaban se encontraba muy, muy arriba. Para alcanzar el escondite del Alma Demoníaca, iban a tener que realizar un ascenso muy duro y no menos peligroso.

De fondo, todavía podían oír el martilleo y los rugidos ocasionales del dragón. Espoleados por eso, ambos se dispusieron a trepar. Malfurion, que era más ágil, encabezó la escalada, pero Brox, gracias a su fuerza y resistencia, enseguida estuvo trepando a un ritmo parecido al suyo.

—Hay… Hay una pequeña cueva justo debajo de ese punto, a la izquierda—le indicó el druida- Podemos… podemos descansar ahí.

—Bien —gruñó el guerrero de piel verde.

Ninguno de los dos miró hacia abajo, pues eran conscientes de que eso podría hacerles perder el equilibrio. La diminuta cueva, que probablemente sería capaz de albergarlos a los dos, los tentaba a entrar en ella.

Sin previo aviso, una voz muy familiar resonó en su mente:

¡Cuidado con los trolls!

El elfo de la noche tardó un momento en darse cuenta de que se trataba de una advertencia de Krasus. Si bien el hecho de que el anciano taumaturgo hubiera mantenido su enlace mental con él no le sorprendió, la advertencia del mago era absolutamente absurda. ¿Trolls? ¿Qué quería decir?

Una leve nube de polvo le cayó en la cara a Malfurion, a quien se le irritaron los ojos y parpadeó.

A través de las lágrimas pudo ver una larga cabeza cadavérica, con unas orejas similares a las de un elfo de la noche y un mechón que le pendía de la frente. Dos colmillos amarillentos le brotaban de la quijada. Tenía incrustada una reluciente gema negra justo en mitad de la frente; sin ningún género de dudas, ese era el método que empleaba Alamuerte para mantener a tales guardias bajo su control.

La criatura era mucho más alta que un goblin, incluso un poco más alta que Malfurion. Su piel gris oscura y rojiza se mimetizaba muy fácilmente con la pared de la roca.

—Hola, cena… —le saludó burlonamente el troll, que se agachó con la clara intención de empujar a Malfurion de la pared al vacío.

El druida se apartó hacia atrás lo máximo que pudo, de tal manera que las afiladas uñas del troll no le rasgaron la cara por un pelo. Aunque Malfurion intentó tomar un desvío por la cueva, el troll se aferró a la pared de la roca y, como si fuera una araña, descendió hacia su presa.

Entonces, oyó que Brox profería un gruñido de furia y vio, por el rabillo del ojo, que otro troll se acercaba a la posición del orco por debajo. Y lo que era aún peor: un tercero y un cuarto habían salido de otros agujeros; cada uno de ellos se dirigió a un intruso en concreto.

—Vas a ser una bonita mancha en el suelo, cena… —le espetó socarronamente el primer troll—. ¡Me comeré tus sesos crudos y cocinaré tu hígado para celebrar algo especial!

Intentó alcanzar a Malfurion una vez más y, esta vez, logró agarrarle de la muñeca al druida. Con una fuerza sorprendente, el troll procuró arrancarlo de la pared.

Ninguno de los hechizos que le habían enseñado al elfo de la noche parecía serle de alguna utilidad en esos momentos a Malfurion, quien se esforzó todo lo posible por seguir agarrado, clavando los dedos en la piedra con tanta fuerza que estuvo seguro que se iba a quedar sin piel en ellos.

Entonces, se oyó un chillido que procedía de allá abajo y que distrajo al troll. Brox había dado un buen uso a su daga y se la había clavado a su propio atacante en el hombro. El troll se soltó de la pared y se precipitó hacia una muerte segura. Por desgracia, se llevó consigo el puñal del orco.

Con un gruñido, el que tenía agarrado de la muñeca al druida tiró de él con más violencia si cabe. Mientras Malfurion luchaba por seguir aferrado, se percató de que el segundo de sus enemigos trepaba hacia él; sin ningún género de dudas, pretendía golpearle en la pierna al elfo de la noche para que perdiera el equilibrio. Malfurion tendría muy pocas posibilidades de mantenerse agarrado si eso ocurría.

El druida se dio cuenta de que un escarabajo pequeño recoma la pared justo por encima de donde se aferraba el troll. Malfurion se concentró con suma celeridad, rezando para poder seguir agarrado el tiempo suficiente.

Tal y como esperaba, el escarabajo se giró y se dirigió hacia el malévolo adversario del elfo de la noche. Y lo más importante de todo: otros insectos surgieron de las rocas y todos se congregaron debajo del troll.

En un principio, el enemigo de Malfurion no reparó en que estuviera sucediendo algo raro, pero entonces esa criatura caníbal se empezó a retorcer de manera muy incómoda. Aunque intentó ignorar lo que pasaba, al final resultó ser un gran incordio. Tras lanzar un bufido de frustración, el troll soltó a Malfurion y se dispuso a quitarse de encima a golpes a los insectos que ahora se arrastraban por su pecho. Malfurion lanzó un puñetazo. A pesar de que únicamente logró rozarle el brazo al troll, fue suficiente. Como los escarabajos lo habían obligado a adoptar una postura muy incómoda, el leve golpe bastó para que el troll se soltara al instante.

Con un grito, la criatura cayó. Por suerte para el druida, el troll colisionó con su compañero de abajo. Como el segundo troll fue incapaz de soportar el tremendo peso que se le vino encima, también se soltó.

Malfurion apartó la mirada cuando impactaron contra el suelo y posó sus ojos en el orco.

— ¡Ve! —bramó Brox, quien seguía enfrentándose al último de los trolls—. ¡El disco! ¡Ve a por él!

Tras un breve momento, Malfurion obedeció a regañadientes. Había visto a Brox combatir contra demonios en peores circunstancias. El orco era más que capaz de lidiar con el trol que aún seguía vivo.

Ten cuidado…, oyó decir a Krasus. ¡Aunque he eliminado algunos de los hechizos que lo protegen, tendrás que enfrentarte a otros!

El druida ya podía percibirlos. Algunos de ellos eran muy obvios otros estaban muy bien escondidos. Estudió la naturaleza de cada uno de esos sortilegios y, usando ese conocimiento, los suprimió o anuló. Le sorprendió que esa parte de la misión pudiera llevarla a cabo con tanta rapidez. Malfurion esperaba más de Krasus.

De repente, se oyó otro grito; un grito de trol. El elfo de la noche ni se tomó la molestia de mirar, puesto que pudo oír a Brox gruñir mientras ascendía.

La falsa tapa aguardaba a Malfurion. La sondeó con su mente… y descubrió unos nuevos encantamientos, pero no era nada que no pudiera contrarrestar.

Miró hacia abajo y vio que Brox había alcanzado la cueva que habían buscado en un principio. El orco echó un vistazo dentro.

—Noto viento… Tal vez sea una salida, druida.

Todo aquello que les permitiera pasar menos tiempo en ese lugar era toda una bendición. Malfurion asintió y volvió a centrar su atención en esa falsa tapa. Por el momento, habían tenido suerte de que el estrépito de las labores de colocación de esa demencial armadura que le estaban incrustando a Alamuerte hubiera tapado los ruidos que habían hecho los trolls al morir, pero la fortuna no les iba a sonreír a los dos eternamente…

Tras superar los últimos hechizos de protección, tiró de la falsa roca. Era pesada, tal y como había esperado, pero logró sacar el lado más cercano a él lo suficiente como para poder entrar ahí dentro.

— ¡No tardaré! —exclamó.

Brox asintió.

Aunque Malfurion esperaba toparse con la oscuridad en su interior, lo que halló fue una luz brillante que al principio le cegó dolorosamente, pues tenía una vista muy sensible, y luego, de algún modo, sintió una sensación de alivio.

Cuando sus ojos se adaptaron a esa luminosidad, el elfo de la noche vio que a escasos metros de él se encontraba el Alma Demoníaca. Se encontraba en un trapo rojo y regio del tamaño de la vela de un barco, en el que se hallaba envuelto como un recién nacido. El disco era tan pequeño que incluso Malfurion podía sostenerlo con una sola mano. Parecía un objeto muy sencillo, a pesar del fulgor que irradiaba. Aun así, como conocía la clase de poder que anidaba en él, el elfo de la noche trató a la creación del dragón con el mayor respeto y cautela posible.

El druida observó con detenimiento las fuerzas que envolvían al Alma demoníaca y no vio nada que pudiera ponerle en peligro. No cabía duda de que Alamuerte creía que su tesoro estaba tan a salvo ahí dentro que no se había tomado la molestia de colocar más sortilegios en su interior.

Malfurion se agachó sobre el disco. Esa cosita tan pequeña albergaba tanto poder… Aunque en la pata del dragón hacía parecido ser mucho más grande, sabía que no había cambiado de tamaño.

— ¡Druida! —oyó gritar súbitamente a Brox—. ¡Algo se acerca! ¡Creo que es el ser de piedra!

Malfurion se imaginó al monstruoso gólem y eso le espoleó a no perder más tiempo, por lo cual cogió el disco con un solo movimiento muy ágil.

Fue entonces cuando fue consciente del terrible error que había cometido.

La cámara se llenó con lo que parecían ser los chillidos de centenares de dragones moribundos. Malfurion cayó de rodillas, ya que esos gritos lo abrumaron momentáneamente. Tuvo la sensación de que la esencia de todo dragón que había contribuido a la creación del Alma Demoníaca pedía ahora a gritos ser liberada; no obstante, sabía que, en realidad, lo que estaba oyendo era la última e ingeniosa alarma que se hallaba oculta alrededor del disco de un modo tan sutil como para ser invisible ante sus agudos sentidos.

A medida que los primeros se desvanecían, un ruido aún peor reverberó por las cavernas.

El rugido furioso y frenético de Alamuerte.

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