El Cataclismo – Capítulo Nueve

El dolor era todo un placer para Neltharion, ya que cada tornillo clavado en su piel escamosa suponía un paso más hacia la divinidad. Con la armadura y el disco, sería invulnerable a cualquier amenaza…

— ¡Deprisa! —les exigió de nuevo el dragón—. ¡Deprisa!

Los goblins prácticamente habían colocado ya la máquina de martillear en su sitio. Meklo estaba aferrado al artilugio y dirigía los últimos ajustes antes de lanzar un nuevo golpe…

Entonces, el sonido que el Guardián de la Tierra nunca creyó que fuera a oír resonó por las cavernas, un sonido que horrorizó tanto al leviatán que dio una patada sin pensar, haciendo que la máquina, Meklo y el resto de la cuadrilla de goblins salieran despedidos volando.

— ¡Mi disco! ¡Mi Alma de Dragón! ¡Alguien está intentando robarlo!

Lanzó un temible rugido que provocó que el resto de los goblins abandonaran esa colosal cámara donde estaban trabajando.

Neltharion se levantó. Como solo estaban ajustadas a medias, una tercera parte de sus placas metálicas se agitaron adelante y atrás mientras se giraba hacia el pasaje. Con los pies y la cola, el gigante negro golpeó mesas, forjas y moldes, que acabaron desperdigados por toda la caverna. Estallaron varios incendios y un homo explotó, bombardeándolo todo con misiles ardientes.

Sin embargo, a Neltharion no le importaba nada tanto caos destrucción. Alguien se había atrevido a intentar arrebatarle lo era más valioso para él. ¡No lo permitiría! Lo atraparía y lo asesinaría… pero lenta y agónicamente. Era lo menos que se merecía por tal afrenta.

El hecho de que un intruso cualquiera hubiera llegado a sortear las diversas trampas, así como a los diferentes guardianes y variados hechizos, con que había protegido a su valioso artefacto encolerizó al Guardián de la Tierra. Tenía que tratarse de un ataque conjunto llevado a cabo por los otros vuelos de dragón. Sí, haría que todos ellos sufrieran, como había hecho con los dragones azules.

Bramó de nuevo y se apresuró a entrar en el túnel.

¡Aquí viene!, le advirtió Krasus innecesariamente. ¡Aquí viene!

Entonces, el enlace mental entre los dos se vio interrumpido de un modo inesperado. Malfurion temía que algo le hubiera sucedido a

Krasus, pero sabía que no podía preocuparse ahora por su amigo. Lo más importante era escapar con el Alma Demoníaca.

¡Druida! ¡Ven! ¡Deprisa!

Metió el disco en una faltriquera, cuya luz se desvaneció en cuanto Malfurion la cerró. Al salir del agujero, vio que un ansioso Brox lo esperaba junto al borde más cercano de la cueva del primer trol. Con gran rapidez, el elfo de la noche se dirigió hacia la otra abertura. Brox lo agarró y tiró de él hacia dentro. Sin darle tiempo siquiera a tomar aire, el orco arrastró a su compañero al interior de la cueva.

¡Quizá haya aquí una salida! El viento podría indicamos dónde está.

La guarida del troll estaba llena de huesos y desechos. Malfurion intentó no mirar esos restos óseos, a pesar de que probablemente eran de goblins.

No obstante, sus esperanzas de hallar un sendero que los llevara a la libertad se esfumaron rápidamente. Las otras dos cámaras que hallaron no llevaban a ninguna parte y la comente de aire que Brox había notado entraba a través de unas pequeñas grietas.

—Tendría sentido que el dragón ni siquiera hubiera dejado una vía de escape abierta a sus esclavos trolls —murmuró el elfo de la noche—. Estamos atrapados…

Oyeron unas fuertes pisadas procedentes del exterior, pero no eran las propias de un dragón. Malfurion echó un vistazo por el recodo de la cámara y distinguió la forma descomunal del gólem de piedra.

—Alamuerte no puede estar muy lejos…

Ningún otro nombre podía definir mejor ya al dragón Negro, no después de lo que el druida había presenciado.

—Entonces, les plantaremos cara —replicó Brox de manera estoica— . Que vean que no tenemos ningún miedo.

El disco… Usa el disco…

Malfurion se sobresaltó. Aunque la voz se esfumó con tal celeridad que no tuvo tiempo de identificarla, era obvio que tema que ser la de Krasus. Aun así, el elfo de la noche siguió vacilando, pues era consciente de los tenebrosos poderes que poseía el Alma Demoníaca. Había visto lo que el disco le había hecho al dragón por el mero hecho de utilizarlo; ¿acaso no podría afectarle a él de una manera similar?

Se oyó un rugido que hizo que la cueva temblara. Varias rocas se desprendieron del techo; algunas de ellas eran lo bastante grandes como para aplastarle el cráneo a un elfo de la noche. No tenía tiempo para pensar…

—Druida, ¿qué planeas hacer? —preguntó un nervioso Brox al ver que Malfurion sacaba el Alma Demoníaca, cuya luz inundó la cámara y, por desgracia, se extendió mucho más allá. Si el gólem había ignorado hasta entonces dónde estaban, ahora, ciertamente, sí que lo sabía… y, por tanto, pronto lo sabría Alamuerte.

—Es nuestra única esperanza… —Malfurion alzó el disco en dirección hacia la fisura más grande por la que pasaba el aire. Como no tenía ni idea de cómo funcionaba el Alma Demoníaca, simplemente, intentó imaginarse que generaba una abertura lo bastante grande como para que ambos pudieran escapar.

Pero no sucedió nada.

Debes unirte al Alma… Deja que ella sea tú y tu seas ella…

Una vez más, el enlace mental se interrumpió, pero al menos ahora el elfo de la noche tenía una pista sobre cómo debía obrar. Malfurion se concentró en el disco y se adentró en él con sus pensamientos. De inmediato, percibió su perturbadora naturaleza. No se trataba de un objeto que perteneciera al plano mortal. Las fuerzas que Alamuerte había invocado procedían en gran parte de otro lugar. El druida estuvo a punto de cejar en su empeño, pero sabía que no se atrevería a hacerlo.

Únete al Alma, le había dicho Krasus. Malfurion intentó abrirse al Alma Demoníaca, para dejar que el poder del disco tocara el suyo.

Y de ese modo… lo logró. Las fuerzas que fluyeron a través del elfo de la noche lo llenaron de tal confianza que se sintió tentado a salir a enfrentarse contra Alamuerte, el gólem y cualquier otro dragón que hubiera en la guarida. Lo único que evitó que obrara así fue que era consciente de que su propia muerte supondría, seguramente, el fin de todas las esperanzas de aquellos por los que tanto se preocupaba.

El orco lo observó con recelo.

—Druida…, ¿estás bien?

—Estoy bien —le contestó un tanto bruscamente. Tras respirar hondo, Malfurion lanzó una mirada suplicante a Brox para pedirle disculpas y, acto seguido, volvió a centrar el Alma Demoníaca en esa grieta por la que entraba el aire—. Abre el camino… —susurró el elfo de la noche.

El fulgor que rodeaba el disco se volvió más intenso… y, de repente, la roca de la parte superior se transformó en vapor. No dejó ningún escombro, ningún rastro en absoluto. El Alma Demoníaca había incinerado la piedra y la tierra sin hacer ningún esfuerzo. Aunque no podían ver cuáles eran las fuerzas mágicas que estaban actuando ahí, los dos se maravillaron ante su obra. El nuevo túnel se elevaba hasta muy, muy arriba, hasta desaparecer de la vista.

—Continuará hacia arriba hasta que el camino esté totalmente despejado —aseveró Malfurion, aunque era incapaz de explicar cómo podía saberlo—. Deberíamos iniciar el ascenso.

De improviso, la diminuta cueva tembló por mor de lo que parecía ser un trueno. Brox miró rápidamente por el recodo.

¡Ese ser de piedra está intentando entrar excavando!

No perdieron más tiempo. Malfurion se adentró de un salto en el pasaje creado mágicamente, con Brox pisándole los talones. La montaña siguió estremeciéndose por culpa de lo que estaba haciendo el malévolo guardián.

Y lo que fue aún peor: cuando ambos únicamente habían dado unos pocos pasos, oyeron la voz atronadora del dragón:

¿Dónde están? ¡Le desollaré vivos, les clavaré agujas en todos los nervios! ¡Aparta!

Esa última palabra precedió a un tremendo estruendo, el cual Malfurion dio por supuesto que tenía que tratarse del gólem, a quién su amo había apartado de un empujón.

¡Esta montaña será su tumba! —bramó Alamuerte desde el interior de la caverna.

Se oyó un fuerte estrépito (como el de un géiser que un Malfurion más joven había visto entrar en erupción en su día), seguido de un espantoso aumento de temperatura.

¡Ponte delante de mí! —exclamó el druida.

Mientras Brox lo adelantaba con un brinco, Malfurion señaló con el Alma Demoníaca hacia detrás y sumó toda su fuerza de voluntad al poder del siniestro disco.

Una fortísima corriente de aire gélido descendió a gran velocidad por el túnel. Chocando a una corta distancia con un ardiente aluvión de tierra fundida que ascendía rápidamente. Ese monstruoso flujo se ralentizó hasta avanzar arrastrándose… y, a continuación, se detuvo a menos de un metro de Malfurion.

Lanzando un grito ahogado, el elfo de la noche retrocedió con celeridad. Brox, con los ojos desorbitados, ayudó a Malfurion a subir por ese sendero. El orco parecía hallarse tremendamente sobrecogido por las fuerzas que su camarada era capaz de manejar, sobrecogido y bastante preocupado.

—Ten cuidado con eso, druida. No confío en algo de forma tan engañosa que contiene tal poder.

—E-estoy totalmente de acuerdo.

A pesar de liberar tal poder había sido muy estimulante tal vez Malfurion se había equivocado; tal vez debería haberse dado la vuelta para enfrentarse al dragón Negro. Si hubiera derrotado Alamuerte, habría acabado con una de las mayores amenazas para Kalimdor. Después de eso, la Legión Ardiente no habría parecido un peligro tan terrible, ya que Alamuerte, gracias al Alma Demoníaca había lidiado con ella con bastante facilidad.

La magia que albergaba el disco siguió asombrándolos mientras ascendían. A lo largo de todo el camino, se toparon con un suelo que había sido moldeado para que pudieran andar por él sin problemas. Gracias a eso, los dos pudieron avanzar a más del doble de ritmo que antes.

—Noto un viento —comentó Brox con cautela—. Un viento fuerte. Sus esperanzas aumentaron y redoblaron sus esfuerzos. Malfurion oyó un ruido que, en un principio, creyó que era un siseo, pero entonces se dio cuenta de que se trataba de ese viento que el orco había mencionado.

— ¡Ahí! —gritó con voz ronca el elfo de la noche—. ¡Ahí hay una abertura!

En efecto, el Alma Demoníaca había hecho justo lo que le había pedido. Emergieron en la ladera de la montaña y una brisa fresca que agradecieron sobremanera los recibió al abandonar esa guarida infernal.

Sin embargo, aún no estaban sanos y salvos. Tarde o temprano, Alamuerte se percataría de que habían logrado salir y su vuelo y él iniciarían la persecución.

—Será mejor que lo guardes de nuevo —sugirió el vetusto guerrero— . Podrían ver el fulgor.

Malfurion ni se molestó en mencionar que Alamuerte podría ser capaz de percibir el disco, aunque lo llevara en la faltriquera. No obstante, si lo guardaba ahí, al menos tendrían más oportunidades de sobrevivir, aunque fueran escasas. El druida se despidió a regañadientes del Alma Demoníaca y cerró la bolsa con fuerza.

Una vez más, fue Brox quien encabezó la marcha. El orco daba cada paso con suma precaución en esa pendiente cubierta de nieve, en más de una ocasión, descubrió algún punto donde podrían haber acabado despeñándose hacia una muerte segura si no hubiera sido tan cauteloso. Por ahora, Brox seguía llevando su hacha bien sujeta, con el fin de evitar que cualquier tropiezo pudiera hacerle perder esa arma tan valiosa.

Por fortuna, el hecho de que el dragón quisiera incrustarse una armadura había supuesto que Alamuerte tuviera que utilizar las cavernas situadas en la parte inferior de la montaña. Si bien el camino era peligroso, al menos no tenían que intentar descender el pico entero. Malfurion albergaba la esperanza de que llegasen al fondo mucho antes de que despuntara el alba.

Sin embargo, su suerte pareció cambiar a peor una vez más cuando una gran silueta los sobrevoló y cayó en picado. Tanto Brox como Malfurion se arrojaron a la nieve inmediatamente, intentando así protegerse mientras el dragón pasaba cerca de ellos.

Se trataba, efectivamente, de Alamuerte y tal vez lo único que había salvado a los dos era la locura del dragón. Alamuerte peinaba la zona con un ansia demencial, lanzando unas erupciones colosales de lava a los diversos picos que encontraba a su paso. Cada una de esas descargas impactaba con tal violencia contra las montañas que partes enteras de estas salían despedidas, de tal manera que unos fragmentos enormes caían cual lluvia sobre el paisaje. No parecía estar sondeando el entorno con sus sentidos mágicos, porque si no, seguramente, ya los habría detectado a esas alturas.

Malfurion alzó la cabeza.

—Creo que vuela hacia…

Alamuerte viró de un modo abrupto y regresó en dirección hacia ellos.

¡Muévete! —gruñó Brox.

Abandonaron sus escondites de un salto y corrieron hacia un afloramiento que tenían delante. El elfo de la noche miró para atrás y vio cómo la silueta del enorme dragón Negro iba creciendo con gran celeridad. A pesar de que, por la expresión del dragón, era imposible saber si los había visto o no, estaba seguro de que se estaba acercando demasiado para nada bueno.

Mientras sorteaban el afloramiento de un brinco, el druida oyó el mismo ruido horroroso que había anunciado cada una de las anteriores descargas de lava.

¡Aquí! —exclamó el orco, quien señaló a un saliente. Este tenía un borde que podría brindarles cierta protección, pero ¿sería suficiente?

El afloramiento se desvaneció por entero y sus fragmentos llovieron por doquier. La temperatura aumentó tanto que la nieve se derritió. Unos grandes trozos de hielo muy antiguo cayeron, estrellándose contra el suelo. Unos charcos hirvientes moteaban aquí y allá la ladera del pico.

Alamuerte sobrevoló la zona, contemplando la devastación. La gran bestia se acercó aún más y, acto seguido, resopló asqueada. Con un rugido salvaje, se dio la vuelta y se alejó; esta vez, trazando círculos alrededor de la montaña que albergaba su guarida.

Bajo lo que quedaba de ese borde y medio enterrados entre el suelo y la nieve fundida, se encontraban Malfurion y Brox, quienes, excavando, lograron salir de esa capa de tierra. El elfo de la noche tosió varias veces y, al instante, palpó la faltriquera. En cuanto notó la familiar forma del disco, suspiró aliviado.

Sin embargo, Brox no se mostraba tan contento.

—Alamuerte volverá, druida. Debemos alejamos de este lugar antes de que eso ocurra.

Tras sacudirse el barro que aún tenían pegado, reanudaron el descenso. De vez en cuando, oían los rugidos furiosos del dragón, pero el leviatán negro no reapareció. No obstante, ambos no aminoraron el ritmo.

Mientras se acercaban al fondo, el elfo de la noche escrutó el valle que se hallaba allá abajo.

—No sé dónde estamos. No reconozco este sitio. Creo que nos encontramos lejos de Krasus. —Cerró los ojos—. Tampoco puedo percibirlo.

—Como el dragón Negro está deambulando furioso por ahí fuera, el anciano puede que se esté ocultando.

—Pero tenemos que dar con él de algún modo.

Acordaron que hasta que no llegaran a la base de la montaña no se preocuparían más sobre ese tema, puesto que, con casi toda seguridad, Krasus estaría mejor que ellos.

El valle era un lugar donde reinaba una oscuridad perpetua, debido a que esos altos picos lo envolvían en sombras. Aunque el elfo de la noche encabezaba la marcha, Brox se mantenía cerca de él. Seguían estando lo bastante cerca del dominio de Alamuerte como para que los goblins continuaran siendo motivo de preocupación.

Tenían que girar a la izquierda para alcanzar el lugar donde se habían separado de Krasus, pero cuando únicamente había avanzado unos pocos metros en esa dirección, el dúo se encontró con el borde de una montaña que se superponía a la otra. Si bien Malfurion se planteó la posibilidad de utilizar el Alma Demoníaca, sospechaba que un hechizo de esa índole atraería seguramente la atención de Alamuerte. Además, cada vez que el druida empleaba el disco, le resultaba más difícil volverlo a guardar.

—Me da la sensación de que, si vamos en la dirección contraria, tal vez podamos llegar al mismo sitio dando la vuelta—sugirió Malfurion.

—De acuerdo.

Su nuevo camino los obligó a trepar por algunos de los escombros que había dejado a su paso el furioso dragón, pero afortunadamente había huecos aquí y allá que les facilitaron su avance.

Otro rugido les advirtió de que Alamuerte regresaba. Malfurion y el orco se pegaron a la base de la montaña, a la vez que observaban cómo el gigante pasaba volando justo por encima de ellos. Aunque Alamuerte escrutó la región con sumo detenimiento, siguió sin reparar en su presencia. Permanecieron escondidos hasta que el dragón se perdió totalmente de vista.

Es raro que solo lo hayamos visto a él. ¿Dónde se han metido los demás dragones?

Brox contestó al instante:

—Si hallaran el disco, podrían tratar de convertirse en el líder.

La paranoia del dragón Negro obraba a favor de esos dos seres a la fuga, ya que Alamuerte no iba a permitir que otro miembro de su vuelo pudiera dar con el Alma Demoníaca antes que él. Por lo poco que sabía Malfurion acerca de su poder, creía que un dragón inferior armado con ella podría incluso llegar a derrotar a esa poderosa criatura.

Aunque avanzaban raudos y veloces, se toparon con un sendero que les jugaba malas pasadas. Por mucho que lo intentaron, el elfo de la noche y el orco se vieron obligados a alejarse de su objetivo.

La frustración dominó al druida.

— ¡ Debería haber usado este maldito objeto para que nos llevara hasta Krasus!

—Entonces, el dragón Negro nos habría localizado al instante.

—Lo sé… Es que…

Una figura monstruosa, vestida con una armadura, colisionó con el orco.

Al mismo tiempo, una criatura lupina del tamaño de una sable de la noche se abalanzó sobre el druida. De la espalda de esta brotaban un par de feroces ventosas que no paraban de retorcerse, las cuales intentaron clavarse de inmediato en el pecho del taumaturgo.

Era una bestia vil.

Malfurion oyó el entrechocar metálico de las armas, lo cual le dejó bien claro que Brox no podría ayudarlo de manera inmediata. El druida se resistió como pudo mientras el espantoso demonio que tenía encima intentaba arrancarle la cabeza. Malfurion estuvo a punto de ahogarse, puesto que el hedor del aliento de la bestia vil era insoportable.

Una hilera tras otra de colmillos amarillentos ocupó todo el campo de visión del elfo de la noche. Le cayeron encima las babas del monstruo; cada gota quemaba como si fuera ácido. Malfurion empleaba una mano para evitar que todo el peso de la criatura lo aplastara, mientras que con la otra apartaba a golpes las dos hambrientas ventosas.

Sin embargo, una de ellas logró esquivar sus maniobras defensivas y se le adhirió a la piel gracias a los afilados dientes que esta albergaba en su interior.

Malfurion gritó al sentir que empezaba a succionarle el poder. Daba igual que el taumaturgo fuera un hechicero, un mago o un druida, la magia que absorbían pasaba a formar parte rápidamente de esas bestias. Al arrebatarles la magia a sus víctimas, la bestia vil también les devoraba la energía vital. Si se le daba el tiempo necesario para dar buena cuenta de su impía comida, la bestia vil dejaría a su presa reducida a un mero cascarón vacío.

El elfo de la noche no tuvo tiempo para pensar en hechizos. Mientras el dolor iba en aumento, buscó a tientas alguna faltriquera…, cualquiera de ellas.

El demonio aprovechó que su víctima estaba distraída para adherirle la segunda ventosa. Malfurion estuvo a punto de perder el conocimiento, pero sabía que, si eso sucedía, sufriría una muerte terrible.

Rozó una bolsa con los dedos (en la que se hallaba el disco) y, al instante, oyó unos susurros en su mente.

Cógelo, úsalo, utilízalo…, le decían las voces. Es tu única esperanza, tu única oportunidad… Coge el disco… El disco…

Una de ellas le recordaba a esa voz que había creído anteriormente que era la de Krasus. Malfurion agarró con desesperación la bolsa y, al apretar, el Alma Demoníaca se deslizó hasta caer en su mano.

De inmediato, notó que su confianza aumentaba. El elfo de la noche lanzó una mirada iracunda al semblante malévolo que se hallaba sobre él.

—Así que quieres magia…, ¡pues yo te daré magia!

Rozó uno de sus tentáculos con el Alma Demoníaca.

A la bestia vil se le salieron los ojos de las cuencas. El cuerpo se le hinchó como un saco que se hubiera llenado de repente hasta estar a punto de reventar. Presa de la desesperación, desenganchó las ventosas adheridas al pecho de Malfurion.

Un instante después, explotó.

A pesar de que múltiples trozos de carne de demonio salpicaron a Malfurion, este apenas se percató de ello. El druida se puso en pie y empleó el poder del disco para quitarse de encima esos restos y limpiarse al instante. Echó un vistazo a su alrededor y vio que Brox continuaba combatiendo no contra uno, sino dos bestias guardias viles. Aunque uno de ellos estaba herido, no cabía duda de que el orco todavía estaba en desventaja.

Con suma indiferencia, Malfurion apuntó con el Alma Demoníaca a aquel al que podía ver con más claridad.

Una llamarada de luz dorada brotó del artefacto, envolviendo al guerrero demoníaco, quien rugió… y, acto seguido, se transformó en un montón de polvo.

El otro guardia vil titubeó. Y eso fue lo único que Brox necesitó. El hacha encantada del orco le abrió un profundo tajo al demonio en el pecho, atravesando armadura y carne.

En cuanto el segundo atacante cayó, Brox se giró. Malfurion, con una gran sonrisa de satisfacción dibujada en la cara, se acercó a su compañero.

—Al final, ha salido todo bien —comentó.

Pero Brox no parecía tan satisfecho. El veterano guerrero posó sus ojos en el disco.

De repente, esa mirada llenó a Malfurion de desconfianza. Las voces regresaron más fuertes que nunca.

Desea el disco… Lo quiere para él…, pero te pertenece a ti…, solo tú puedes usarlo para imponer el orden en el mundo…

—Druida —dijo el orco—, no deberías usarlo más. Es maligno.

— ¡Pero si nos acaba de salvar la vida a los dos!

—Druida…

Malfurion retrocedió, sosteniendo en alto el Alma Demoníaca.

¡Tú lo que quieres es poder! ¡Quieres hacerte con él!

¿Yo? —Brox negó con la cabeza—. Yo no lo quiero para nada. — ¡Mientes! —Las voces lo alentaban, le decían que debía decir—. ¡Quieres arrebatarle el control de la Legión Ardiente a Archimonde y su amo! ¡Quieres que conquiste Kalimdor en tu nombre! ¡Pero no permitiré que eso suceda! ¡Antes veré el mundo arder en llamas!

¡Druida! ¿Oyes lo que estás diciendo? Esas palabras… son totalmente absurdas…

¡No permitiré que sea tuyo!

Entonces, apuntó con el disco al orco.

Debe ser destruido… Todos deben ser destruidos… Todo aquel que desee el disco… Todo aquel que quiera arrebatártelo…

Brox se mantuvo firme. No cargó contra el elfo de la noche, ni siquiera alzó el hacha para atacar o defenderse, sino que se limitó a observar y esperar, dejando así su destino en manos de Malfurion.

Entonces, por fin, el druida se dio cuenta de lo que había estado a punto de hacer. Había estado a punto de asesinar a Brox para poder quedarse con el Alma Demoníaca.

Asqueado, Malfurion arrojó al suelo ese disco siniestro y retrocedió para alejarse de él. Volvió a mirar a su compañero, al mismo tiempo que intentaba dar con alguna manera de disculparse adecuadamente con él por lo que casi había llegado a suceder.

El guerrero canoso hizo un gesto de negación con la cabeza, para indicarle al elfo de la noche que no le culpaba de nada.

—El disco —gruñó—. Es el disco.

A Malfurion no le hacía ninguna gracia la idea de tener que tocarlo otra vez, pero tenían que llevárselo consigo. Seguramente, Krasus sabría mejor cómo manejar la monstruosa creación del dragón Negro. Lo único que tenían que hacer era dar con él.

Tras hallar un trozo de tela suelto, Malfurion se agachó para recoger el Alma Demoníaca. Aunque sabía en lo más hondo de su corazón que la tela no le ofrecía ninguna protección real ante sus tentaciones, era lo único que podía hacer. Para luchar contra él (contra las voces insidiosas que parecían seguir al disco), el elfo de la noche intentó centrar sus pensamientos en sus seres queridos. Si caía víctima del Alma Demoníaca, todos ellos lo pagarían con sus vidas. La primera en que pensó fue Tyrande, quien ya era una víctima de ese artefacto. Malfurion dudaba mucho de que gracias al Alma Demoníaca pudiera llegar a salvarla de algún modo, sino que lo más probable era que el druida acabara asesinándola, como casi había estado a punto de matar a Brox.

Le dio las gracias a Cenarius, cuyas sabias y generosas enseñanzas le habían ayudado a ser lo bastante fuerte como para rechazar las voces. El Alma Demoníaca era una abominación para la naturaleza y, por tanto, una abominación desde el punto de vista druídico.

—Tenemos que huir de este lugar, Brox —dijo, a la vez que se enderezaba—. No hay manera de saber cuántos demonios más podría haber por esta zona…

Se le desorbitaron los ojos al ver que unas manos grotescas cobraban forman en el duro suelo alrededor de sus pies. Con una rapidez asombrosa, agarraron a Malfurion de los tobillos, impidiéndole moverse de ese sitio.

El orco profirió un gruñido e hizo ademán de ir a ayudarlo. Sin embargo, Brox apenas había dado un paso cuando algo lo cogió de los pies de un modo similar. Impertérrito, le dio un hachazo a una mano que lo sujetaba, a la que hizo añicos. No obstante, únicamente pudo dar un solo paso más, ya que dos nuevas manos se aferraron a la extremidad que había logrado liberar.

Entretanto, Malfurion se debatía entre dos opciones: usar el Alma Demoníaca (que seguía sosteniendo, envuelta en esa tela, en la palma de la mano) o invocar las fuerzas de la naturaleza que Cenarius le había enseñado a aprovechar. Pagó cara esa vacilación, puesto que un velo de oscuridad le cubrió de improviso los ojos y algo que parecía ser una mordaza de hierro le tapó la boca. Sobresaltado, soltó el Alma Demoníaca, que rebotó estruendosamente en el suelo.

Oyó rugir a Brox con furia, así como el estrépito del hacha al golpear la piedra. Entonces, se oyó un violento golpe sordo y el orco se quedó aterradoramente callado.

Unos jadeos, que Malfurion reconoció que pertenecían a unos sables de la noche, advirtieron al druida de que los atacantes se aproximaban. Pero la Legión Ardiente no utilizaba panteras para transportarse. Por lo que recordaba, solo su propio pueblo lo hacía. ¿Podía tratarse de alguien del palacio?

—Les has dejado vivir. ¿Por qué? —preguntó alguien con una voz que, en efecto, pertenecía a un elfo de la noche, pero que tenía el tono de un demonio.

—Nuestro señor se mostrará muy interesado en estos dos…

Malfurion se quedó anonadado al oír esa segunda voz. ¿Podría ser él?

Oyó que algo se posaba con ligereza en el suelo y, acto seguido, unos pasos que se acercaban a él. Percibió unos chirridos mientras esa figura cercana recogía lo que solo podía ser la infecta creación del dragón.

—Por su aspecto, no parece gran cosa —comentó el que se encontraba cerca de Malfurion, quien, casi por casualidad, añadió algo que ratificó los peores miedos del druida—. Hola, hermano…

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