El Cataclismo – Capítulo Seis

Lord Desdel Ojo de Estrella tenía un plan maravilloso.

Así es como lo presentó a todos los que les incumbía. Lo había concebido él mismo, así que era infalible. La mayoría de sus colegas nobles asintieron con vehemencia y lo vitorearon alzando copas de vino, mientras el resto se mantenía ajeno a todo eso. Los soldados que conformaban las líneas estaban demasiado cansados como para preocuparse por esas cosas y a los refugiados lo único que les importaba era sobrevivir. Los pocos críticos con Ojo de Estrella eran ahora solo un puñado, y Rhonin era el más crítico de todos. Por desgracia, las continuas idas y venidas de Krasus habían hecho que el saludable temor que el comandante tenía a esos forasteros menguara. En el mismo momento que había dado la impresión de que el humano estaba a punto de señalar algún fallo en esa grandiosa estrategia, Ojo de Estrella había sugerido educadamente que el consejo se ocuparía de sus propias obligaciones y que el mago tenía otros deberes que cumplir. También había doblado el número de guardias que se hallaban dentro de la tienda, a los que había dejado muy claro que, en caso de que Rhonin se negara a cumplir lo que le había sugerido, deberían actuar.

Como no deseaba que se produjera una confrontación que amenazara con desestabilizar a la hueste, Rhonin abandonó la tienda. Jarod se encontró con él cerca de donde habían acampado los tauren; Huln acompañaba al oficial.

El elfo de la noche leyó su rostro como si fuera un libro abierto —Sucede algo malo…

—Quizá… o quizá me he vuelto demasiado cínico con respecto a todo lo relacionado con ese aristócrata criado entre algodones. En general, su plan parece demasiado sencillo como para poder funcionar.

—Lo sencillo puede ser bueno —señaló Huln— si tiene una base lógica.

—No sé por qué, pero dudo que Ojo de Estrella siga alguna lógica. No entiendo por qué Cresta Cuervo y él se llevaban tan bien.

Jarod se encogió de hombros.

—Pertenecen a la misma casta.

—Oh, entonces todo tiene mucho sentido. —Al ver que el elfo de la noche no captaba el sarcasmo, Rhonin hizo un gesto de negación con la cabeza—. No importa. Tendremos que estar atentos y esperar que ocurra lo mejor…

No tuvieron que esperar mucho. Ojo de Estrella puso su plan en marcha antes de que se pusiera el sol. Los elfos de la noche redistribuyeron sus fuerzas, creando tres cuñas. Siguiendo su ejemplo, los tauren y las demás razas hicieron lo mismo. El noble retiró a la retaguardia gran parte de la caballería, a la que envió al flanco izquierdo, donde se mantuvieron a corta distancia de la hueste principal.

En la vanguardia de cada cuña había un gran número de picas, seguidas por espadas y otras armas de mano. Tras esto, había unos arqueros, protegidos desde todos los ángulos. Cada cuña también incluía a guardias lunares distribuidos de manera proporcional. Los hechiceros tenían la misión de proteger a la hueste de los eredar y demás taumaturgos.

Las cuñas tenían que avanzar con la máxima violencia posible, para abrirse paso entre las líneas de la Legión Ardiente como si fueran unos dientes horadando la carne. Los demonios atrapados entre las cuñas serían el objetivo de los arqueros y los espadachines. Los elfos de la noche progresarían de manera coordinada, sin que ninguna cuña se adelantara a otra. La caballería se mantendría a la espera, por si había que apoyar a cualquier punto débil que se generara.

Entre los terráneos y los tauren reinaba cierto escepticismo, pero como no tenían experiencia en cuestiones de estrategia en grandes conflictos bélicos, dieron por sentado que los elfos de la noche poseían un conocimiento muy superior al suyo en esta materia.

Jarod cabalgaba junto a Rhonin mientras la hueste avanzaba. Los demonios vacilaban, de un modo que no era para nada normal, lo cual Ojo de Estrella interpretó como un buen presagio, pero que el mago y el oficial interpretaron como una razón más para mostrarse más cautelosos.

—He hablado con la Guardia Lunar —informó el mago a su compañero—. Tenemos unos cuantos ases en la manga que podrían ayudar a que el plan de su señoría fructifique. Yo coordinaré esos ataques.

—Huln ha prometido que los tauren no cejaran en su empeño y creo que el fúrbolg ha comentado algo en el mismo sentido —replicó el capitán—. Aunque me preocupa que Dungard Cortahierro no cuente con tropas suficientes como para que sus líneas se mantengan firmes. —Si luchan como un enano al que conozco llamado Falstad — comentó Rhonin, rememorando el pasado—, ese será el menor de nuestros problemas.

En ese momento, resonaron los cuernos de batalla. Los soldados que encabezaban la marcha se armaron de valor de inmediato y aceleraron el paso.

¡Prepárense! —gritó el mago, cuyo felino avanzó aún más rápido. —Ojalá pudiera volver a Suramar antes de que todo esto…

El paisaje descendió en pendiente, de manera que por fin pudieron ver con claridad lo que les esperaba ahí delante.

¡Madre Luna! —exclamó Jarod con voz entrecortada.

¡Mantengan la calma!

Sonó un cuerno, que dio la señal de ataque. Lanzando un grito muy potente, los elfos de la noche echaron a correr. A la derecha, los tauren y los fúrbolgs profirieron unos graves rugidos. Un curioso estallido de aullidos marcó el avance de los terráneos.

La batalla se desató.

La primera línea de la Legión cedió casi de inmediato ante intenso asalto. Las cuñas se adentraron directamente en las formaciones de los demonios. Decenas y decenas de guerreros cornudos cayeron por mor de las picas.

A Jarod lo embargó la emoción.

¡Lo estamos logrando!

¡Es una cuestión de pura inercia, pero nuestro avance se ralentizará!

Y así fue; después de retroceder varios metros, la Legión Ardiente reaccionó. Aunque no consiguió detener por completo la masacre, obligó al enemigo a pagar muy caro cada paso que daba muy lentamente.

Sin embargo, los elfos de la noche seguían avanzando.

No obstante, eso no quiere decir que estos no corrieran mucho peligro o no sufrieran amplias bajas incluso al principio del asalto. Unos cuantos guardias apocalípticos los sobrevolaron, intentando sortear así las picas y atacar a los arqueros. Algunos de los demonios fueron derribados por quienes eran sus objetivos, pero otros lograron mantenerse flotando sobre los defensores. Armados con unas largas mazas y otras armas, descendieron, machacándoles el cráneo o destripando a los elfos de la noche que estaban distraídos con otros blancos. Sin embargo, pronto se vieron obligados a retirarse ante la arremetida de los arqueros y la Guardia Lunar.

En otro lugar, las líneas demoníacas se abrieron para dejar paso a un par de infernales que arremetieron contra la cuña que progresaba por esa zona. Los soldados que intentaron bloquearlos acabaron aplastados y la cuña perdió su punta, la cual casi se invirtió. Aunque la Guardia Lunar logró derribar a uno de los infernales, no pudo impedir que varios arqueros perecieran. El otro prosiguió desatando el caos entre los elfos de la noche incluso después de que consiguieran sellar la brecha que este había abierto a su paso.

A pesar de que Rhonin intentó centrarse en ese demonio solitario, había demasiados soldados alrededor de la criatura. Cada vez que el mago pensaba que podía lanzar un hechizo, se arriesgaba a asesinar a varios elfos de la noche.

De la nada, surgieron tres terráneos. Estos enanos se abrieron paso disparados a través de las hileras de tropas hasta alcanzar al infernal. Cada una de esas rechonchas pero musculosas figuras portaba un martillo de guerra con una enorme cabeza de acero.

El infernal se abalanzó sobre el trío, pero no alcanzó su objetivo. Un enano se deslizó bajo las piernas del monstruo de piedra y se las golpeó. Otro arremetió contra el demonio desde un flanco. El infernal logró darle un golpe con el dorso de la mano a este segundo atacante, pero lo que habría matado a un elfo de la noche, al quebrarle todos los huesos, únicamente dejó conmocionado al terráneo por un instante. El infernal al fin se enfrentaba a unas criaturas con una piel tan dura como la suya.

Entonces, los tres enanos atacaron con sus martillos. Allá donde golpeaban al demonio, esas armas pesadas dejaban grietas y fisuras. Al infernal se le desmoronó la pierna izquierda, de tal manera que hincó una rodilla en el suelo.

Lo último que vio Rhonin fue que los tres terráneos iban a golpearle con sus martillos en la cabeza al demonio.

El mago se percató de que Jarod Cantosombrío se acercaba hacia él a lomos de su montura. Rhonin ni siquiera se había dado cuenta de que el capitán se había marchado.

¿Has sido tú quien los ha llamado?

¡Sí, he pensado que tal vez ellos tendrían más posibilidades de acabar con él!

Rhonin asintió, mostrando así su aprobación. Acto seguido, observó la batalla con detenimiento. Tras recuperarse de ese breve revés, la hueste volvía a empujar a la Legión Ardiente. Los demonios se mantenían desafiantes, a pesar de que se veían obligados a retirarse, pero todo lo que hacían solo servía para detener fugazmente el avance decidido de los elfos de la noche.

—Después de todo, el maldito plan está funcionando —masculló el taumaturgo—. Da la impresión de que he subestimado a su señoría.

¡Y eso es bueno, maestro Rhonin! ¡Me estremezco al pensar en lo que podría haber pasado si hubiera fallado!

—Pues sí…

Rhonin profirió un alarido al notar que una intensa fuerza parecía querer aplastarle la misma sesera. Se cayó de su montura antes de que Jarod pudiera agarrarlo y se estrelló contra el suelo con tal fuerza que se le estremecieron todos los huesos. Al instante, el elfo de la noche desmontó e intentó ayudar al mago a levantarse.

Rhonin sentía un espantoso dolor de cabeza. El fragor de la batalla pasó a ocupar un segundo plano. Con los ojos vidriosos, pudo ver que Jarod le hablaba, pero no podía oír su voz.

La jaqueca se tomó más y más intensa. En medio de esa agonía, Rhonin se dio cuenta de que lo habían atacado con algún hechizo, aunque se trataba de uno más sigiloso que cualquier otro que hubiera conocido en el pasado. El mago pensó brevemente en los Nathrezim, quienes poseían el poder de reanimar a los muertos; sin embargo, esto no parecía ser obra suya.

La agonía se volvió abrumadora. Aunque Rhonin intentó sobreponerse a esa sensación de aplastamiento, era consciente de que estaba perdiendo. Estaba a punto de perder el conocimiento y, si eso «Hedía, temía que nunca se despertaría de nuevo.

En medio del ataque, una voz carente de emoción reverberó en los pensamientos: No puedes resistirte a mí, mortal.

No hacía falta que nadie le explicara al mago quién era el que ataba hablando. Al final, a Rhonin le fallaron las fuerzas y, mientras la negrura lo reclamaba, el nombre de ese demonio retumbó por sus sentidos que se desvanecían.

Archimonde…

Con suma rapidez, Jarod Cantosombrío arrastró al inmóvil mago hasta colocarlo tras las líneas. El elfo de la noche buscó frenéticamente alguna herida en Rhonin, pero no halló nada. El humano estaba totalmente ileso, al menos por fuera.

—Brujería —masculló Jarod, con gesto de contrariedad.

Como no era un entendido en la materia, tenía un sano respeto a los taumaturgos. No cabía duda de que fuera lo que fuese lo que había afectado a Rhonin de tal modo debía tener su origen en una fuente muy poderosa. En su opinión, solo podía tratarse del más poderoso de todos los demonios a los que se habían enfrentado hasta entonces, aquel al que llamaban Archimonde.

El hecho de que Archimonde hubiera sido capaz de localizar al mago inquietaba sobremanera al capitán, ya que el demonio debería haber estado tremendamente ocupado intentando mantener el orden entre sus fuerzas que se batían en retirada. Allá donde Jarod había posado la mirada, la Legión Ardiente había estado a punto de desmoronarse. El plan de lord Ojo de Estrella había resultado ser un gran éxito…

Al elfo de la noche se le desorbitaron los ojos.

¿O no?

Brox se agarraba tan fuerte como los otros dos mientras Korialstrasz los llevaba volando hasta su destino. Si bien el orco había vivido en una época en la que su pueblo dominaba a los dragones rojos, él nunca había volado en uno de ellos. Ahora gozaba de esa sensación y, por primera vez, verdaderamente se compadecía de esos dragones que habían sido esclavizados. El hecho de que, después de haberse sentido tan libres y de haber vivido en el cielo, hubieran acabado teniendo que morir como unos perros por culpa de otros seres…, ese era un destino capaz de hacer que hasta un orco se estremeciera. De hecho, sentía cierta afinidad con los dragones, puesto que, en verdad, su pueblo también había sido esclavizado en cierto modo, cuando sus instintos más básicos fueron corrompidos hasta extremos grotescos por un demonio de la Legión Ardiente.

En su momento, Brox simplemente había deseado morir. Ahora, estaba dispuesto a enfrentarse a la muerte, a morir pero con un propósito en mente. Ya no luchaba simplemente para defender a su pueblo, que existía en un lejano futuro, sino para defender a todos aquellos a los que los demonios pretendían aplastar. A pesar de que serían los espíritus quienes decidirían si tenía que sacrificarse y per der la vida, Brox esperaba que esperaran un poco más, para que pudiera dar unos cuantos golpes más muy decisivos… y, sobre todo para poder ver cómo esta misión era completada con éxito.

Las colinas dieron paso a las montañas, que al principio le recordaron a las que había cerca de su hogar. Sin embargo, las montañas pronto cambiaron y, con ellas, algo cambió en el aire. El paisaje se tomó desolado, era como si la vida temiera o no deseara estar en este lugar. Korialstrasz había mencionado a un mal antiguo y el orco, quien tal vez estaba más en sintonía con el mundo que la mayoría, percibió que esa maldad lo impregnaba todo. Se trataba de una vileza peor que la que propagaban los demonios y que hacía que quisiera agarrar el hacha que llevaba atada a la espalda.

De repente, el dragón descendió entre un par de picos húmedos, oscuros y afilados. Korialstrasz planeó sin hacer esfuerzo alguno entre los estrechos valles, en busca de un lugar adecuado para aterrizar.

Al final, aterrizó bajo la sombra de una montaña particularmente siniestra, una que le recordaba a Brox a un monstruoso guerrero que alzara un pesado garrote, dispuesto a golpear. El escabroso borde superior del pico contribuía a intensificar esa abrumadora sensación de estar siendo observado por unos poderes tenebrosos.

—Esto es lo más cerca que me atrevo a volar—informó el dragón a sus pasajeros mientras estos desmontaban—. Pero podré seguiros por tierra un tiempo más.

—No estamos lejos —comentó Malfurion—. Recuerdo esta zona. Krasus contempló el mismo pico que había llamado tanto la atención al orco.

¡Cómo no! Es una morada muy adecuada para Alamuerte.

—Has pronunciado ese nombre anteriormente —observó el druida— . Y Rhonin también.

—Así es como llamamos al Guardián de la Tierra allá de dónde venimos. Su locura está muy bien documentada, ¿no es así, Brox?

El veterano guerrero gruñó para mostrarse de acuerdo.

—Mi pueblo también lo llama Sombra de Sangre… pero sí, todas las criaturas vivas lo conocen como Alamuerte, para su consternación. Malfurion se estremeció.

¿Cómo vamos a evitar que nos detecten? Yo evité que repararan en mi presencia gracias a lo que Cenarius me había enseñado, pero no todos podemos viajar al Sueño Esmeralda.

—Tampoco tendría sentido —replicó Krasus—, ya que no podríamos tocar el Alma Demoníaca desde ese plano. Debemos permanecer en este. Yo conozco mejor a ese monstruo. Debería ser capaz de escudamos ante cualquiera de sus hechizos de alerta. Sin embargo, eso implicará que el resto tendrán que hacerlo Brox y tú.

—Lo estoy deseando.

—Yo también. —El orco alzó su hacha mágica—. Si debo, le arrancaré la cabeza del cuello al dragón Negro.

El mago se rio entre dientes brevemente.

—Y se compondrán canciones para celebrar esa gesta, ¿verdad?

En un principio, Korialstrasz encabezó la marcha, puesto que el dragón era quien mejor podía defenderlos a todos; una opinión que incluso Brox compartía. Sin embargo, enseguida, el sendero se estrechó, hasta que al final el leviatán no pudo seguir arrastrándose por ahí.

—Tendrás que quedarte aquí —decidió Krasus.

—Podría trepar y sortear las montañas…

—Estamos demasiado cerca. Incluso si lográramos esquivar los hechizos, no descartaría la posibilidad de que Alamuerte haya apostado algunos centinelas, los cuales te verían.

El dragón no podía rebatir este razonamiento tan lógico.

—Los esperaré aquí, entonces. Si me necesitan, llámenme. —Entornó sus ojos de reptil—. Incluso si es para enfrentarme a él.

Al principio, el hecho de que Korialstrasz se hubiera marchado había provocado que el grupo cambiara de actitud. Los tres avanzaban con más cautela, observando con detenimiento todos los recovecos y todas las sombras. Malfurion cada vez reconocía más y más puntos de referencia, lo cual era un indicio de lo cerca que se hallaban de su meta. Brox, que ahora lideraba la marcha escrutaba toda roca que encontraban en el camino, para determinar si algún enemigo se escondía ahí o no.

El día dio paso a la noche y, aunque ahora Malfurion podía ver mejor, se detuvieron para poder dormir. El druida estaba seguro de que se hallaban cerca de la guarida, lo cual provocó hasta Brox ansiara descansar.

Mientras el orco se disponía a hacer el primer tumo de vigilancia, Krasus le reprendió: —Esta vez haremos los tumos de un modo justo, ya que todos necesitaremos hallamos en plenas facultades mañana.

El orco canoso aceptó la orden a regañadientes y se acuclilló. Con su agudo oído, enseguida percibió que sus compañeros respiraban profundamente, lo cual era una señal de que se habían dejado vencer por el sueño enseguida. También oyó otros ruidos, aunque eran muy pocos en comparación con los que había oído en la mayoría de los lugares que había visitado a lo largo de su dura vida. Realmente, esta era una tierra baldía. El viento ululaba y, de vez en cuando, algunos pedacitos de roca se desprendían de la ladera de la montaña, pero aparte de eso, ahí prácticamente no había nada.

En medio de esa quietud, Brox rememoró los últimos días de la primera guerra contra los demonios. Recordó cómo sus camaradas habían charlado alegremente sobre la carnicería que iban a provocar, sobre los enemigos que iban a caer bajo sus hachas. Muchos de ellos esperaban morir, pero, oh, qué muerte sería.

No obstante, nadie esperaba lo que sucedió a continuación.

Durante mucho tiempo después, Brox había creído que sus compañeros muertos lo seguían y atormentaban. Aunque ahora, el viejo combatiente sabía que no le culpaban por haber sobrevivido, sino que más bien lo apoyaban y guiaban su brazo. Vivían a través de él y cada enemigo muerto era un modo de honrar su recuerdo. Algún día sería Brox quien caería, pero hasta entonces, sería su campeón.

Saberlo le hacía sentirse muy orgulloso.

Como estaba muy acostumbrado a realizar este tipo de tareas, Brox sabía perfectamente cuánto tiempo había transcurrido. Ya había completado la mitad de su tumo de vigilancia. Aunque se planteó la posibilidad de dejar que los demás siguieran durmiendo, tuvo muy presente la advertencia de Krasus. A pesar de que tenía mucha experiencia, el orco era un infante comparado con el mago. Brox obedecería… esta vez.

Entonces, un mido que no había sido generado por el viento llamó su atención. Se centró en él y su expresión se endureció al reconocer lo que era: unas voces agudas que no cesaban de parlotear. Se encontraban lejos; únicamente un cambio casual en la dirección del viento le había permitido oírlas. El orco se enderezó de inmediato e intentó concretar con exactitud dónde se hallaban.

Al final, Brox divisó un pequeño pasaje lateral a un centenar de pasos, más o menos, al norte. Esas voces lejanas tenían que proceder de ahí dentro. Con el sigilo de un cazador curtido, abandonó su puesto para ir a investigar. No hacía falta que despertara aún a sus compañeros. En este lugar tan perturbador, era posible que lo que había oído fuera únicamente el viento que soplaba a través de esas antiguas montañas.

Mientras se acercaba al pasaje, la cháchara cesó. El orco se detuvo al instante y esperó. Un momento después, la charla prosiguió. Por fin, Brox pudo discernir con claridad qué era lo que estaba oyendo, lo cual hizo que avanzara con más precaución si cabe.

Valiéndose de su experiencia, el orco intentó discernir cuántos seres distintos estaban hablando. Tres, cuatro como mucho. Pero no podía precisarlo mejor.

Otros ruidos asaltaron sus oídos. Estaban excavando. No se trataba de enanos.

Brox se acercó sigilosa y silenciosamente hacia el lugar donde ese grupo tenía que estar escondido. Claramente, quienesquiera que fueran, no esperaban que hubiera nadie más en la región, lo cual le otorgaba una nítida ventaja.

Una tenue luz iluminaba la zona qué tenía justo delante. Brox echó un vistazo tras una esquina… y vio a unos goblins.

Comparados con un orco, eran unas criaturas diminutas y huesudas con unas cabezas enormes. Aparte de sus afilados dientes y sus pequeñas uñas puntiagudas, no parecían ser una amenaza. Sin embargo, Brox era perfectamente consciente de lo peligrosos que podían llegar a ser los goblins, sobre todo cuando había más de uno. Eran rápidos y arteros, y su constitución enjuta les permitía dejar atrás a un oponente más grande con gran facilidad. Uno solo podía confiar en que un goblin no haría ningún daño si este estaba muerto.

Malfurion le había comentado que unos goblins (decenas y decenas de goblins) estaban trabajando en algo para el dragón Negro. Al parecer, incluso habían jugado un papel clave a la hora de que Alamuerte creara el Alma Demoníaca. Por tanto, Brox daba por supuesto que estos formaban parte de ese grupo, pero si era así, ¿qué estaban haciendo aquí fuera?

¡Más, más! —murmuró uno de ellos—. ¡No hay bastante para otra placa!

¡La veta está agotada! —le espetó un compañero, que era prácticamente idéntico al primero. Dirigiéndose al tercero, añadió—: ¡Hay que dar con otra, con otra!

Los ruidos que indicaban que estaban excavando procedían de un pequeño túnel abierto en la montaña más cercana. Esa era la versión goblin de una mina. Mientras Brox observaba, una cuarta criatura se sumó a las demás. En una mano, sostenía un candil y, con la otra, arrastraba un saco casi tan grande como él. Si bien era cierto que los goblins eran pequeños, también lo era que son tremendamente fuertes para su tamaño.

Al contrario que los demás, este parecía estar de buen humor.

¡He dado con otra pequeña veta! ¡Con más hierro!

El resto se animó.

¡Bien! —exclamó el primero—. ¡No hay tiempo para salir a cazar! ¡Deja que eso lo hagan los demás!

Por puro instinto, Brox sintió la tentación de arremeter contra ellos, pero sabía que eso no habría sido lo que Krasus querría. El orco contempló a los goblins. Como daba la impresión de que estarían atareados durante un buen rato, podría regresar hasta donde estaba el mago y contarle lo que había descubierto. Krasus sabría qué habría que hacer, ya fuera capturarlos o evitarlos por completo…

Algo golpeó con fuerza al orco en la parte posterior del cráneo, el cual cayó de rodillas. Algo había aterrizado sobre su espalda y le estaba estrangulando. Una vez más, Brox recibió un potente golpe en la parte posterior de la cabeza.

¡Intruso! ¡Ayuda! ¡Intruso!

Esa voz aguda rasgó el velo de su dolor. Otro goblin más se le había acercado por detrás y lo había sorprendido. Como los puños de los goblins no eran tan grandes, Brox dio por sentado que lo habían atacado con un martillo o una piedra.

Aunque el orco intentó ponerse en pie, el goblin continuó golpeándolo. Un reguero de sangre goteaba por la cabeza de Brox hasta llegarle a la boca. El sabor de sus propios fluidos vitales hizo que el guerrero se espabilara. Todavía arrodillado, se echó hacia atrás.

Se oyó un graznido y, acto seguido, el pesado orco aterrizó sobre algo que se retorcía. Los golpes por fin pararon. Brox siguió aplastándolo y notó cómo el goblin lo acababa soltando.

Al incorporarse, el guerrero pudo oír otras voces de goblin muy próximas. Notó un impacto muy fuerte en el hombro y dio por supuesto que se trataba de otra pedrada. Brox oyó el característico roce metálico de un arma al ser desenvainada y supo entonces que los goblins tenían cuchillos.

Aunque buscó a tientas su hacha, no pudo encontrarla. Antes de que el orco pudiera volver a ver con claridad, una figura se le abalanzó chillando sobre el pecho y poco faltó para que lograra hacerle caer hacia atrás. El goblin se aferró a él con ambas piernas y un brazo mientras intentaba clavarle un cuchillo en el ojo.

Mientras Brox hacía todo lo posible para evitar esa hoja, un segundo atacante aterrizó en uno de sus hombros. El orco gruñó al notar que un filo le rozaba la oreja. Brox consiguió alzar el brazo para agarrar a esa criatura, a la que, tras arrancársela del hombro arrojó lo más lejos posible. Mientras el chillido del goblin se perdía en la lejanía, el combatiente intentó de nuevo quitarse de encima al que tenía en el pecho.

Casi lo había logrado cuando alguien lo agarró de las piernas Brox levantó un pie y, sin más dilación, pisó con fuerza. Con una inmensa satisfacción, el orco oyó el crujido de unos huesos. Lo que le estaba agarrando de la pierna dejó de hacerlo. Por desgracia, cuando repitió la maniobra con la otra pierna, el goblin situado ahí había cambiado de posición para evitar el golpe y seguía aferrado a él.

El que tenía en el pecho logró clavarle en el hombro el cuchillo. La malévola criatura soltó unas risitas al alzar el arma.

Presa de la ira, el orco le propinó un puñetazo con su descomunal mano, acertándole de lleno en la sien. Las risitas cesaron y fueron sustituidas por un breve balbuceo. Acto seguido, el goblin cayó.

Pero una vez más, Brox no tuvo ni un segundo de respiro. Un nuevo atacante se arrojó contra su estómago, dejándole sin aire en los pulmones. Brox cayó hacia atrás. Lo único bueno de ese desastre fue el chillido que lanzó el goblin que tenía agarrado a la pierna. Aplastada a medias por el peso de la extremidad del guerrero, la criatura se soltó.

Un segundo goblin saltó sobre el orco caído, al que golpeó con una piedra. Esta no era la muerte noble en batalla que Brox se había imaginado que tendría. No recordaba a ningún orco en ninguna gran saga épica al que hubieran derrotado unos goblins.

Entonces, los dos que terna encima del pecho chillaron al ser barridos por una luz roja. Salieron despedidos, y uno de ellos choco con otro goblin, de tal manera que acabaron hechos un amasijo de extremidades, al mismo tiempo que el segundo se estampaba violentamente contra las rocas.

— ¡Asegúrense de que los hemos neutralizado a todos! —oyó el orco ordenar a Krasus.

Sacudiendo la cabeza de lado a lado, Brox logró despejarse justo a tiempo para ver cómo los dos goblins enredados se hundían de improviso en ese suelo que hasta entonces había sido sólido. Sus gritos se interrumpieron en cuanto sus cabezas se desvanecieron bajo la tierra.

Otra de las criaturas, que o bien era más inteligente o más arrogante que el resto, tiró con una puntería infalible una piedra que impactó en la sien del mago. A pesar de que era consciente de que era demasiado tarde, Brox abrió la boca para lanzar una advertencia a Krasus… Entonces, vio que la roca no solo no impactaba contra esa delgada figura, sino que rebotaba a tal velocidad que, cuando alcanzó al goblin, le fracturó el cráneo.

De repente, al orco se le pusieron de punta los pelos de la nuca. Brox reaccionó instintivamente y atacó con su hacha a lo que tenía detrás. El goblin que había estado a punto de apuñalarlo por la espalda cayó al suelo.

Krasus permaneció impertérrito; ahora tenía los ojos cerrados. Brox se puso en pie con cautela e intentó no hacer ningún ruido que pudiera perturbar al taumaturgo.

—No ha escapado ninguno… —murmuró Krasus un momento después. Abrió los ojos y contempló con detenimiento la carnicería— . Los hemos capturado a todos.

Tras localizar su hacha, el arrepentido orco agachó la cabeza.

—Perdóname, anciano. He obrado como un niño sin adiestrar.

—La pelea ha acabado, Brox… y quizá hayas descubierto un atajo que nos llevará a nuestro destino.

Con una mano que brillaba, Krasus rozó levemente al guerrero en el hombro, curándole las heridas como si no fueran nada.

Sintiéndose aliviado porque no había hecho el ridículo por entero, Brox miró al mago con curiosidad. Malfurion también contempló a Krasus, pero con una mayor comprensión en su mirada.

—Ellos saben cuál es la mejor ruta para llegar a la guarida del dragón —le explicó Krasus, cuya mano refulgía de nuevo—. Pueden mostramos el camino.

Brox echó un vistazo a su alrededor. Todos los goblins que podía ver parecían estar muertos. Entonces, vio que el que se había estrellado contra las rocas se ponía en pie torpemente. En un principio el cansado orco se preguntó cómo era posible que esa criatura hubiera sobrevivido a tal impacto…, pero rápidamente se percató de que eso no había sido así.

—Somos los siervos de la Vida —susurró Krasus con una clara repugnancia—, lo cual implica que conocemos la muerte igualmente bien.

—Por la Madre Luna… —dijo Malfurion con la voz entrecortada.

A la vez que murmuraba una oración dirigida a los espíritus, Brox tenía la mirada clavada en el cadáver. Le recordaba demasiado a la Plaga. Sin ser consciente de ello, aferró con fuerza el mango de su hacha por si acaso el goblin atacaba.

—Tranquilos, amigos míos. Solo estoy resucitando los recuerdos del sendero que ha seguido. Caminará por él y, a continuación, todo acabará para él. No soy un Nathrezim, que se regodea cuando somete a su voluntad a los cadáveres. —Señaló al goblin muerto, quien, tras girar de un modo descoordinado, se dirigió hacia el norte arrastrando los pies—. ¡Y ahora, venid! Acabemos de una vez por todas con este asunto tan desagradable y preparémonos para entrar en el santuario de ese ser tenebroso…

Krasus siguió con suma calma a ese títere macabro. Un momento después, Malfurion decidió seguirlo. Brox vaciló y, entonces, se acordó del mal al que todos se enfrentaban y asintió para mostrar su apoyo a la estrategia adoptada por el mago. A continuación, se sumó a los demás.

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