El Cataclismo – Capítulo Cuatro

A pesar de que todavía no le habían dado de comer, Tyrande no sentía hambre. Elune aún le proporcionaba su amor de diosa de la luna, que era alimento suficiente para cualquiera. Sin embargo, saber cuánto iba a durar ese sustento era una cuestión importante. El poder de las espantosas fuerzas que habían invocado los demonios y los Altonato iba en aumento a cada momento que pasaba y, además, la sacerdotisa percibía también otra tenebrosa presencia. Una que no parecía formar parte del plan de la Legión Ardiente, pero que colaboraba con ella.

Aunque tal vez esa idea fuera solo el primer síntoma de la locura en la que iba a sumirse, Tyrande no pudo evitar preguntarse si los demonios no estaban siendo manipulados del mismo modo que ellos estaban manipulando a la reina.

Alguien estaba intentando abrir la puerta. Tyrande arrugó el ceño. No había oído a nadie acercarse. Quienquiera que estuviera en el pasillo se había aproximado en completo silencio. Además, se dio cuenta de que, desde hacía unos minutos, reinaba un silencio total entre los guardias.

La puerta se abrió. Tyrande intentó adivinar quién podría haber entrado de manera tan sigilosa.

¿Illidan?

Pero no fue el hermano del Malfurion el que entró con tanto disimulo, sino la noble que actuaba como si fuera la criada principal de Azshara. Con una mirada cautelosa, esa elfa de la noche alzó los ojos hacia la cautiva y acto seguido se cercioró de que la puerta se cerrara sin ruido. Mientras ella hacía esto, Tyrande no pudo evitar fijarse en que no había ningún guardia a la vista ahí afuera. ¿Acaso estaban fuera de su campo de visión o se habían marchado del todo?

Al mirarla la sirvienta sonrió. Si con eso pretendía reconfortar a Tyrande, lo cierto es que no tuvo un gran éxito.

—Soy lady Vashj —le recordó la recién llegada—. Y tú eres una sacerdotisa de Elune.

—Soy Tyrande Susurravientos.

Vashj asintió distraídamente.

—He venido para ayudarte a escapar.

De manera instintiva, Tyrande dio las gracias a la Madre Luna. Había juzgado mal a Vashj, pues la había tomado por una celosa aduladora de la reina. Tras acercarse lo máximo posible, Vashj continuó hablando:

—Me he hecho con un talismán capaz de abrir la esfera que te rodea y de liberarte del hechizo del demonio. También podrás usarla para ser imperceptible para ellos, como yo he hecho.

—Te… estoy… agradecida. Pero ¿por qué corres este riesgo?

—Porque eres una Sacerdotisa de Elune —respondió la otra elfa de la noche—. ¿Acaso podría actuar de otro modo?

Vashj le mostró el talismán. Era un grotesco círculo negro, en cuyos bordes había unas diminutas y crueles calaveras. De su parte central brotaba una punta de quince centímetros con unas joyas de ébano en la base.

Tyrande percibió tanto su magia como su maldad.

—Prepárate —le ordenó la sirvienta—. Obedéceme en todo si no ser por más tiempo prisionera de estos demonios.

Extendió el brazo y rozó la esfera verde con la punta del amuleto. Las joyas centellaron. Las minúsculas calaveras abrieron sus mandíbulas macabras y sisearon.

Las diminutas fauces se tragaron la esfera.

Tyrande notó que el hechizo que la retenía se disipaba. De repente, tuvo que retorcerse en el aire para evitar caer de bruces. La sacerdotisa aterrizó sobre el suelo de piedra hecha un ovillo. Para su sorpresa, Tyrande no sintió ningún dolor ante el impacto; Elune todavía la protegía.

Vashj le lanzó una mirada teñida de frustración. Ahora que la esfera había desaparecido, Tyrande estaba rodeada de un leve fulgor lunar que emanaba de su fuero interno. La sirvienta negó con la cabeza.

¡No puedes quedarte así! ¡Ese brillo revelará dónde estás en cuanto salgas de esta celda!

Tyrande cerró los ojos y rezó a su diosa, para dar las gracias a la Madre Luna por su protección, a la vez que le aseguraba que esto ahora era lo mejor. Sin embargo, en un principio, dio la sensación de que Elune no le hacía caso, puesto que notó que el hechizo de protección no se desvanecía.

¡Deprisa! —le instó lady Vashj.

Con los ojos todavía cerrados, Tyrande lo volvió a intentar. Seguramente, la Madre Luna entendería que el don que le había otorgado a su sierva la ponía ahora en peligro.

Entonces, al fin, la intensidad de la presencia de Elune fue menguando…

Y una sensación de amenaza inminente abrumó a Tyrande.

Abrió los ojos y vio cómo Vashj intentaba clavarle en la garganta el siniestro talismán. Esa aguja similar a una daga le habría abierto una herida amplia y letal…, si no fuera por todo el entrenamiento en el arte de la guerra que la sacerdotisa había recibido. Tyrande alzó la mano justo a tiempo para apartar la punta a un lado. Aunque notó un cosquilleo en la piel, había logrado evitar incluso que Vashj la hiciera sangrar.

La sirvienta de Azshara, cuya expresión era tan monstruosa como la de las calaveras, intentó arrancarle los ojos a Tyrande con la otra mano. La sacerdotisa le propinó un rodillazo en el estómago. Con un jadeo, la otra elfa de la noche cayó hacia atrás, y el talismán rodó por el suelo.

Tyrande se abalanzó sobre ella, pero Vashj también era muy rápida. Rodó hacia donde había aterrizado el talismán. Aunque Tyrande se agachó e intentó tirar de ella hacia atrás, la traicionera sirvienta ya tenía el artefacto demoníaco en sus garras.

Escupió unas palabras ininteligibles con un tono terriblemente tenebroso mientras la apuntaba con el talismán.

Súbitamente, la esfera volvió a cobrar forma alrededor de Tyrande. Al mismo tiempo, la sacerdotisa notó que Elune la protegía de nuevo, aunque eso no le servía de nada a la hora de intentar escapar de esa esfera. Tyrande golpeó la esfera, pero fue en vano.

Lady Vashj se levantó y lanzó una mirada iracunda a su némesis.

¡Habría sido mejor que te hubiera clavado la punta! ¡Nunca serás Su favorita! ¡Yo lo soy y siempre lo seré!

¡Yo no quiero ser la favorita de la reina!

Sin embargo, Vashj no parecía entenderlo. Con los ojos clavados en el talismán, susurró:

¡ Creía que esto podría funcionar, pero tendré que pensar otra cosa!

¡ T al vez logre convencer a la Luz de Luces de que no eres de fiar! ¡ Sí, eso podría funcionar!

Tyrande dejó de intentar persuadir a la sirvienta de que no deseaba servir a Azshara. Sin lugar a dudas, Vashj estaba bastante loca y sería incapaz de escuchar cualquier cosa que contradijera sus ideas preconcebidas.

¡Los guardias! ¡Pronto regresarán de esa «distracción». —Volvió a mirar a la prisionera, a la que apuntó de nuevo con el talismán—. ¡Todo debe volver a ser como era!

Una vez más, Tyrande se vio obligada a levantar los brazos y notó unas ligaduras invisibles a la altura de las muñecas. Los pies se le juntaron con fuerza.

¡Ojalá supiera más sobre este objeto! —le espeto Vashj—. Sé que podría matarte con él si conociera las palabras mágicas adecuadas…

Unos ruidos procedentes del exterior aumentaron de intensidad. La sirvienta de Azshara escondió el talismán en un pliegue de su ropa y se encaminó a la puerta. Mientras salía sigilosamente por ella, miró por última vez a Tyrande.

¡Nunca serás suya!

Una vez dicho esto, Vashj entró en el pasillo y se esfumó Los guardias reaparecieron apenas unos momentos después. Uno de ellos miro a través de la rejilla de malla de la puerta y la contempló durante mucho más tiempo del necesario. Por lo que pudo deducir de la expresión de este, estaba claro que el hecho de que ella siguiera ahí lo inquietó sobremanera. No cabía duda de que Vashj no había actuado sola.

En lo que a Tyrande respecta, lo único que pudo hacer fue reprocharse el hecho de haber perdido una oportunidad de escapar. Debería haber sido obvio para ella que no podía confiar en Vashj, pero Elune le había enseñado que uno debía esperar lo mejor de los demás. Aun así, si Tyrande hubiera actuado con más cautela, tal vez hubiera podido sorprender a la sirvienta con la guardia baja. Y en vez de haber acabado atrapada de nuevo ahí, al menos habría podido intentar fugarse a hurtadillas del palacio.

—Madre Luna, ¿qué hago?

Era consciente de que la diosa no podía intervenir, pues hasta su poder tenía límites. De hecho, era un milagro que Elune hubiera podido protegerla tanto hasta ahora.

De repente, el semblante de Malfurion irrumpió en sus pensamientos, reconfortándola e inquietándola a la vez. Sabía que intentaría salvarla, que nunca cejaría en su empeño. Él vendría a por ella, sin que le importara lo más mínimo el peligro que pudiera correr. De hecho, era perfectamente consciente de que Malfurion estaría dispuesto a sacrificarse si así lograba liberarla.

Y, al parecer, pensó una cada vez más desesperada Tyrande Susurravientos, ella no podría hacer nada para impedírselo.

La pequeña arboleda era el mejor lugar que Malfurion había podido encontrar, pues necesitaba un remanso de paz para poder intentar contactar con Cenarius. El druida se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y volvió a dar un vistazo al lastimero follaje que lo rodeaba. Aunque la legión Ardiente no había llegado a ese lugar, su corrupción se había extendido lo suficiente como para llegar a afectar a la vida de ahí. Los árboles ya percibían que un funesto destino los aguardaba y, poco a poco, se iban preparando Casi toda la fauna había huido. El silencio reinaba.

Malfurion intento ignorar esto y cerró los ojos, para concentrarse en el semidiós su consciencia. Expandió su conciencia para invocar a Cenarius, e intento imaginarse a la deidad.

Para su sorpresa, el semidiós respondió de inmediato. Una imagen del señor del bosque cobró forma, una figura colosal que se alzaba sobre los elfos de la noche, los tauren, los fúrbolgs e incluso los demonios. A primera vista se parecía bastante a Malfurion, ya que su rostro y torso eran similares a los del elfo de la noche, aunque tenía la cara más curtida y el tórax más musculoso. Aun así, aparte de eso, Cenarius era una criatura sin parangón. Por debajo de la cintura, tenía el cuerpo de un ciervo gigantesco y magnífico. Cuatro patas robustas, provistas de pezuñas, soportaban el peso de sus tres metros de altura y le dotaban de la velocidad del viento y de una agilidad con la que ningún animal podía rivalizar.

Cenarius tenía los ojos de un color dorado puro y una melena de verde musgo que le llegaba hasta los hombros. Tanto en ella como en su frondosa barba crecían ramitas y hojas. En la parte superior de la cabeza (Malfurion se percató con un sobresalto que era ahí, precisamente donde le estaban creciendo a él esas protuberancias) el señor del bosque tenía un glorioso par de cuernos.

Sé por qué me has invocado —dijo el semidiós.

¿Hay algo que pueda hacer para contrarrestar la magia del dragón negro y poderle ganar así la partida?

Es astuto, de un modo demencial —respondió Cenarius, cuya boca nunca se movía. No era nada más que una visión sobre la cual el druida se encontraba. Nada más, el verdadero señor del bosque se hallaba a kilómetros de distancia—. Pero sé cosas sobre los dragones que tal vez él no sepa que sé.

Malfurion no quiso preguntar cómo era posible que Cenarius hubiera adquirido tales conocimientos. Por lo que había averiguado, era más que probable que la deidad fuera el vástago de Ysera, la dragona verde (la Señora del Suelo), cuya especie habitaba sobre todo en el Sueño Esmeralda. Que la gran Aspecto le hubiera revelado a su hijo los secretos más íntimos de los dragones no habría sorprendido al elfo de la noche.

El Sueño Esmeralda posee varias capas, Malfurion. Niveles que se superponen. La Señora del Sueño lo descubrió explorándolo. Es probable que el Guardián de la Tierra no los conozca. Podrás utilizar un sendero de ese tipo para sortear sus defensas y no llamar su atención durante un tiempo.

Esto era algo totalmente inesperado. Las esperanzas de Malfurion crecieron. Si tenía éxito en ese aspecto, tal vez pudiera utilizar esa técnica para infiltrarse en palacio.

No obstante, tenía que ir resolviendo los problemas de uno en uno. Si bien el corazón le pedía que rescatara a Tyrande, el destino de todo su pueblo (así como el de los tauren, los terráneos y todos los demás) era mucho más importante. Ella habría sido la primera en señalárselo.

Pero eso no hacía que se sintiera menos culpable.

¿Podré aprender con rapidez a hacer eso?, preguntó al semidiós.

Tú sí. Es solo una cuestión de perspectiva…, mira…

La imagen hizo un gesto… y, de repente, alrededor de ambos surgió un paisaje idílico, que carecía de imperfecciones. Malfurion reconoció esas colinas y esos valles que en el plano mortal habían sido arrasados hasta ser irreconocibles por la Legión Ardiente. El Sueño Esmeralda mostraba cómo había sido el mundo al ser creado.

El druida miró, pero no vio nada que no hubiera percibido en ocasiones anteriores.

Percibes la culminación, pero incluso para llegar a alcanzar la perfección se necesita cubrir una serie de etapas. Contempla…

Cenarius se agachó y, con una gigantesca mano, tocó ese mundo Prístino. El señor del bosque agarró un trozo de campo… y dio la impresión de que el paisaje entero se volvía del revés.

Este se desvaneció en cuanto el semidiós lo soltó y, en su lugar, había otra vez un Kalimdor que era primitivo, pero un Kalimdor que era sutilmente distinto al paisaje anterior. Las colinas no eran tan grandes en algunos sitios y un rio que Malfurion conocía bien no discurría por la misma región que antes. Había una pequeña cordillera donde debería haber habido unas llanuras.

Antes de la creación, se produjo el desarrollo, se hicieron las pruebas, se llevaron a cabo las primeras fases. Esta es una de ellas.

Era el Sueño Esmeralda, pero al mismo tiempo no lo era. El druida se dio cuenta inmediatamente de que este lugar tenía unos límites (y, por tanto, una utilidad limitada), este Kalimdor no le permitiría alcanzar todas las localizaciones que existen en el plano mortal.

Aún así… Cenarius creía que podría ayudarlo a derrotar al dragón Negro. La imponente figura del señor del bosque señaló algo en la distancia.

Camina por este sueño como lo harías por el otro, Malfurion, pero mantente alejado de sus límites. Es un lugar incompleto y, si uno deambula fuera de él, podría acabar perdido en un limbo infinito. Y hablo con conocimiento de causa.

Cenarius no dijo nada más, pero estaba claro lo que quería decir. Si Malfurion se perdía por el camino, nadie podría rescatarlo.

A pesar de esa funesta revelación, el elfo de la noche estaba decidido a continuar.

¿Cómo regresaré?

Como siempre lo has hecho, intenta buscar el camino de vuelta a tu yo físico y el sendero se te revelará.

Era todo tan simple. siempre que uno hubiera recibido el adiestramiento que él había recibido.

La imagen de Cenarius empezó a esfumarse, pero Malfurion le pidió que esperara.

Los demás, le dijo, refiriéndose a los otros semidioses, a los compañeros del señor del bosque, ¿has sido capaz de convencerlos? Aviana ha hablado en mi favor. La suerte está echada, ahora sólo queda decir cómo.

Malfurion a duras penas pudo disimular su decepción. Había insistido en que los semidioses deberían asumir un papel más activo a la hora de ayudar a la hueste en sus desesperados esfuerzos y, si bien Cenarius acababa de señalar que sus colegas habían acordado obrar de ese modo, ahora debían debatir de qué manera iban a hacerlo. Con tales seres, ese debate podría prolongarse hasta mucho después de que la lucha hubiera concluido. Para entonces, Kalimdor podría ser un cascarón vacío y muerto.

No temas, Malfurion, dijo el señor del bosque, sonriendo con complicidad. Me ocuparé de que la decisión se tome con celeridad.

El druida había dejado expuestos sus pensamientos más íntimos, lo cual era un error propio de un principiante.

¡Perdóname! ¡No pretendía mostrarme irrespetuoso! Yo…

Cenarius, que ya se estaba esfumando, hizo un gesto de negación con esa cabeza coronada por unos cuernos, señaló con un dedo (un dedo que acababa en una garra nudosa de madera) y concluyó: Intentar instar a cumplir con sus obligaciones a aquellos que se dejan arrastrar por la pereza no es ninguna falta de respeto…

Una vez dicho esto, el dios ciervo se desvaneció.

El druida esperaba regresar a su cuerpo e informar a los demás sobre lo que había averiguado, pero el paisaje incompleto que Cenarius le había revelado seguía ahí. Malfurion temía que, si se tomaba su tiempo para regresar primero al plano mortal, podría resultarle luego más difícil de lo que el semidiós creía hallar el camino de vuelta a esta versión previa de Kalimdor.

Como ya no quería seguir refrenándose, saltó. Al igual que sucedía con el sendero que normalmente recorría Malfurion, la difusa luz esmeralda todavía lo bañaba todo. En verdad, no podía ver la diferencia entre un lugar a otro salvo por alguna variación ocasional en sus características.

Malfurion sobrevoló colinas y valles y llanuras. Gracias a Krasus, sabía en qué zona aproximadamente los dragones solían vivir. Obviamente, el Guardián de la Tierra no mantendría su santuario tan cerca de los demás, pero Krasus le había asegurado que esa raza tan antigua eran unas criaturas de costumbres. Si el druida iniciaba su búsqueda cerca de esos territorios ancestrales, había bastantes posibilidades de que descubriera algo.

Si bien el terreno se volvió montañoso allá abajo, esos picos ni eran los mismos que estaban rematados con unas cimas perfectamente puntiagudas que había visto en sus viajes anteriores ni erosionados por el paso del tiempo en el plano mortal; sino que tal y como Cenarius había dado a entender, estaban incompletos. A un pico le faltaba la cara norte; era como si un gran cuchillo le hubiera arrancado toda la tierra y la roca de esa parte. Malfurion podía ver las vetas de minerales y algunas secciones de las cavernas que albergaba en su interior. Otro pico tenía una cumbre muy peculiar; era como si alguien la hubiera estado moldeando y hubiera perdido el interés de repente.

El druida tuvo que hacer un esfuerzo para dejar de contemplar esas vistas concretas tan fascinantes y centrarse en examinar la zona en general. No cabía duda de que esto formaba parte de las tierras de los dragones. Ahora lo único que tenía que hacer era dar con algún rastro de Neltharion.

Tal y como habría hecho en el otro nivel, Malfurion sondeó el lugar con sus sentidos en busca del rastro del dragón Negro en particular. Detectó a otros dragones y, rápidamente, identificó a Ysera y a otro que Malfurion determinó que no era de su interés, pues debía de ser uno de los dragones inferiores.

El druida siguió avanzando lentamente mientras rastreaba en todas direcciones. Tras varios fracasos, se empezó a preguntar si, después de todo Neltharion no había sido tan ingenuo. Tal vez el leviatán negro estaba más familiarizado con este plano de lo que creía Cenarius y se había escondido. Si fuera así, Malfurion podría vagar por ahí eternamente sin hallar ni una sola pista.

Súbitamente, se detuvo, un rastro había descartado con displicencia, pues había considerado que pertenecía a un dragón menor, llamó de repente su atención. Había algo muy familiar en él, lo cual debería haber sido imposible. Malfurion se centró en él…

El camuflaje se vino abajo casi de manera inmediata. El rastro de Neltharion quedó revelado ante el druida. Unos hechizos que probablemente habrían mantenido oculto al Guardián de la Tierra de cualquiera tanto en el plano mortal como incluso en el Sueño Esmeralda habían demostrado ser risiblemente débiles en este lugar Sin embargo, Malfurion procuró no dejarse llevar por un exceso de confianza. Una cosa era rastrear al dragón Negro y otra muy distinta que este no le detectara, con independencia del plano en que se hallara. La locura que se había adueñado de Neltharion le había provocado una paranoia extrema que había aumentado la capacidad de percepción de sus sentidos superiores. Si el druida cometía el más mínimo error, podría ser descubierto.

Teniendo muy presente que debía extremar la cautela, Malfurion siguió el rastro, el cual lo llevó aún más lejos, hacia una región donde el paisaje se tornaba más difuso, más indefinido. Al recordar la advertencia de Cenarius de que no debía acercarse a los confines, el druida ralentizó su vuelo.

El dragón Negro se encontraba cerca. Malfurion lo percibía justo donde las montañas se empezaban a difuminar. T ambién detectó algo más, una nauseabunda corrupción que impregnaba toda la región y que parecía ser más antigua que cualquier otra cosa. Eso le recordó al druida lo que había sentido cuando había sondeado las profundidades del Alma Demoníaca. Ahí no solo había percibido la locura de Neltharion, sino algo mucho más siniestro. Aunque, entonces, había sido algo muy tenue y apenas le había prestado atención.

¿De qué podía tratarse?

Tras decidir que ahora no podía preocuparse de eso, Malfurion se aventuró a aproximarse todavía más. Se formaron unas ondas en el paisaje. .. y, de repente, su forma onírica entró de nuevo en el plano mortal.

La enorme caverna que lo rodeaba era como algo sacado de alguna pesadilla. Unas nubes de aspecto nocivo, hechas de un gas vede y gris, brotaban de unos colosales fosos de lava que moteaban el suelo. Los fosos bullían y siseaban y, de vez en cuando, el líquido humeante que se hallaba en su interior se derramaba sobre la piedra ya calcinada. La actividad volcánica dotaba a la caverna de una iluminación muy intensa, roja como la sangre y proyectaba unas macabras sombras danzarinas. En verdad era un hogar adecuado para una bestia que había masacrado a tantos con absoluto desprecio.

De repente, Malfurion se dio cuenta de que además del burbujeo, y el siseo, había otro ruido que se oía constantemente de fondo. Un martilleo. Cuanto más se centraba en él, más se percataba el druida de que no solo se trataba de un martilleo, sino de muchos, y que había aún más bullicio y estruendo. Se trataba de unas voces, unas voces que no paraban de parlotear.

Atraído por ese estrépito, Malfurion atravesó volando con su forma onírica varios metros de roca sólida. Los ruidos reverberaban por toda la montaña y estos se convirtieron en un ajetreo estruendoso, como si existiera una forja gigante en el interior de la montaña.

Entonces, la roca dio paso a una escena que hacía que, en comparación, pareciera que en los fosos volcánicos reinaba el sosiego.

Goblins. Las criaturas enjutas corrían de aquí para allá por todas partes. Algunos trabajaban en enormes contenedores y hornos, vertiendo un líquido metálico humeante en unos colosales moldes rectangulares. Otros golpeaban con unos martillos muy desgastados unas placas calientes que casi parecían formar parte de la armadura de un guerrero gigantesco. Decenas y decenas trabajaban afanosamente para fabricar unos descomunales tomillos. En todo momento, parloteaban entre ellos. Allá donde Malfurion mirara, los goblins trabajaban en un proyecto u otro. Unos pocos vestidos con unos guardapolvos sucios deambulaban de un lado para otro, dirigiendo los trabajos y, de vez en cuando, instando a los más perezosos a afanarse propinándoles tortas con toda la mano abierta justo por detrás como de sus verdes orejas puntiagudas.

Como era consciente de que no podían tramar nada bueno, se acercó flotando aún más. Aún así, a pesar de lo que vio, Malfurion fue incapaz de descubrir que era lo que los goblins planeaban.

— ¡Meklo! —bramó súbitamente alguien con una voz atronadora—. ¡Meklo! ¡Atiéndeme!

Al verse dominado fugazmente por el pánico, el druida se quedó helado en el aire. Conocía muy bien esa voz, como la conocía todo aquel que hubiera sobrevivido al primer ataque del Alma Demoníaca.

Un instante después, desde otro corredor de la caverna, emergió el mismísimo dragón Negro.

Con suma rapidez, Malfurion se colocó detrás de uno de los hornos. Aunque debería ser invisible hasta para Neltharion, ciertas experiencias pasadas le habían demostrado que esa bestia demente aún podía percibirlo a veces. El sendero que Cenarius le había mostrado a Malfurion había permitido al druida sortear los hechizos de protección de Neltharion, tal y como habían previsto, pero para poder buscar el artefacto como era debido, el elfo de la noche, por desgracia, tenía que permanecer tan cerca del plano mortal como fuera posible.

Tras un breve titubeo, los goblins prosiguieron trabajando, aunque sin charlar ahora tanto. Neltharion escrutó la zona, en busca de ese tal «Meklo» al que deseaba ver.

En todo caso, el leviatán parecía ahora incluso más monstruoso que cuando se había largado volando de ese escenario donde solo había dejado destrucción. Tenía el cuerpo deformado, estaba hinchado y en sus ojos se reflejaba una locura aún más horrible que nunca. Lo más impactante de todo era que los desgarros y fisuras que jalonaban su piel escamosa habían crecido, el fuego y la lava manaban constantemente de cada una de esas heridas palpitantes.

Prácticamente, daba la impresión de que el cuerpo de Neltharion acabaría hecho trizas.

Pero todo pensamiento sobre la aterradora transformación que había sufrido el dragón Negro se esfumó de la mente de Malfurion en cuanto vio lo que el gigante sostenía con fuerza en una colosal garra.

El Alma Demoníaca…

A pesar de que Malfurion deseaba poder volar hasta el dragón para robarle ese disco dorado, era consciente de que no solo eso era imposible, sino también suicida. Lo único que podía hacer por el momento era observar y esperar.

¡Meklo! —rugió de nuevo Neltharion, cuya cola impactó contra el suelo con un descomunal sonido sordo, que provocó que varios goblins se sobresaltaran.

No obstante, uno de ellos se mostró imperturbable ante esa exhibición de fuerza, un goblin larguirucho y de edad avanzada con un mechón de pelo en la coronilla y una expresión de tremendo despiste. Cuando paso junto al lugar donde se escondía Malfurion, el druida pudo oírle mascullar algo sobre unas medidas y unos cálculos. El goblin estuvo a punto de subirse a la cabeza gacha de Neltharion antes de por fin mirar a su amo.

¿Sí mi señor Neltharion, si?

¡Meklo! ¡Mi cuerpo chilla! ¡Ya no puede contener toda mi gloria por sí solo! ¿Cuándo estarán listos?

¡He tenido que recalcular, recalibrar y reconsiderar todos los aspectos de lo que necesitas, mi señor! ¡Esto requerirá mucha cautela, si no queremos que esto tenga unas consecuencias aún más catastróficas para ti!

El dragón empujó con el hocico al goblin, de tal modo que estuvo a punto de tirarlo al suelo.

¡Lo quiero todo listo! ¡Ya!

¡Por supuesto! ¡Por supuesto! —Meklo se alejó, hasta colocarse a una distancia donde no pudiera morderlo—. Por favor, deje que le eche un vistazo a la última placa—. Entonces, el goblin entornó los ojos al ver la garra de Neltharion—. ¡Pero mi señor! ¡Ya te lo advertí, si! ¡Te avisé de que si seguías sin soltar el disco en el estado en que te encuentras, las secuelas serían aún peores!

¡Tienes que dejarlo en algún otro sitio hasta que hayamos concluido nuestra labor!

¡Jamás! ¡Nunca me alejaré de él!

Meklo no dio su brazo a torcer.

—Mi señor, en tu estado actual te consumirá y, entonces, cualquiera se lo podrá arrebatar a tus huesos calcinados.

El dragón por fin captó del todo las implicaciones de esas palabras Neltharion gruñó y…, a continuación, asintió.

—Muy bien…, pero más te vale que placas estén listas, goblin…, ¡O serás mi tentempié!

Meklo, que no paraba de mover la cabeza arriba y abajo con rapidez, replicó abruptamente: — ¡Seguro que sí, lord Neltharion, seguro que sí! —Acto seguido a pesar de que se «nesgaba a enojar aún más a su amo, añadió—: ¡Recuerda! ¡Debe permanecer en el plano mortal! ¡La forma en que lo usaste en un principio ha desunido los hechizos más de lo que esperábamos! ¡El nuevo sortilegio necesitará varios días más para poder unirse al receptáculo físico antes de que podamos garantizar que tal cosa no vuelva a suceder jamás!

—Lo entiendo, mosquito… Lo entiendo.

Lanzando un siseo, el furioso leviatán negro se dio la vuelta y se dirigió de nuevo al corredor.

Malfurion se tensó. El dragón se iba para esconder el Alma Demoníaca en algún lugar. Al druida se le acababa de presentar la oportunidad de descubrir dónde la iba a ocultar.

Ignorando a los goblins, siguió flotando con sumo cuidado al Guardián de la Tierra. Neltharion ocupaba todo el túnel con su gran contorno, lo que impedía ver al druida lo que podría hallarse más delante, salvo que optara por rodear o atravesar volando al dragón. Como era consciente del riesgo que correría si hacía eso, el elfo de la noche hizo el esfuerzo de dominar su impaciencia.

Pero a medida que Neltharion avanzaba por ese laberinto de túneles la paciencia se le iba agotando. Mientras continuaban progresando, el druida percibió cada vez con más intensidad ese mal ancestral que había percibido antes. Allá donde fuera Neltharion, todo el mundo lo rehuía, claramente. Solo en una ocasión, el Guardián de la Tierra pasó junto a un miembro de su propio vuelo; el dragón, que era mucho más pequeño, se prostró ante su maestro. Aparte de eso, ahí no había ningún ser vivo, ni siquiera una lombriz. El Guardián de la Tierra no quería correr ningún riesgo. Su obsesión con el Alma Demoníaca era tal que desconfiaba incluso de sus propios seguidores, lo cual no era del todo de extrañar, teniendo en cuenta el poder que el disco otorgaba a quien lo empuñara.

Malfurion se fue acercando poco a poco, hasta acabar colocándose por encima de la cola que arrastraba el dragón por el suelo. Prácticamente instó al leviatán a que acelerara el paso.

El agigante se detuvo abruptamente y giró la cabeza para poder mirar hacia atrás. Malfurion voló instintivamente hasta la pared más cercana y se sumergió en el interior de la piedra. Esperó varios más segundos y, entonces, se dejó caer hasta un punto inferior, donde asomó la cabeza para echar un vistazo.

Neltharion ya había reanudado la marcha. El druida se maldijo por haber reaccionado de una manera exagerada y lo siguió.

Acababa de dar alcance al Guardián de la Tierra cuando este, de improviso giró y se adentró en una estrecha caverna. Como Neltharion apenas cabía en él, rozó las paredes con ambos costados de su enorme torso.

—Aquí… —musitó, dirigiéndose al parecer a su creación—. Aquí estarás a salvo.

A pesar de que la sensación de espanto que lo dominaba había aumentado aún más, Malfurion no cedió a la tentación de huir, pues estaba a punto de descubrir dónde y cómo el dragón escondía el Alma Demoníaca.

Con gran delicadeza, Neltharion alzó un brazo y se asió a un diminuto afloramiento. En cuanto se agarró a él, se produjo un fogonazo: había arrancado un trozo de pared y, en su lugar, había un hueco claramente tallado por alguna criatura de gran tamaño; probablemente el propio dragón.

Neltharion contempló el Alma Demoníaca, a continuación, con titubeos, la colocó delicadamente en el agujero. En cuanto lo hizo, colocó la roca falsa de nuevo en su sitio.

Una vez más, hubo un fogonazo y el área pareció ser de nuevo completamente normal. Si se hubiera hallado flotando directamente delante de ella, Malfurion nunca habría podido adivinar que no lo era. La falsa roca se había confundido perfectamente con el entorno.

Sin embargo, lo más interesante de todo era que ahora Malfurion no podía percibir la presencia del disco, cuyas energías infectas eran indetectables por mucho que intentara dar con ellas con el máximo cuidado. Tal vez el dragón no hubiera sido capaz de esconderlo más allá del plano mortal, pero había concebido una solución casi igual de buena, sin duda alguna.

Neltharion se detuvo, con la mirada clavada en el lugar donde había ocultado el Alma Demoníaca. Alzó una enorme pata otra vez y sus afiladas garras se quedaron a meros centímetros de esa falsa roca.

Tras lanzar otro siseo teñido de frustración, el leviatán negro bajó súbitamente la pata y comenzó a desandar el camino recorrido para abandonar la caverna.

El druida volvió a hundirse en la piedra, en cuyo interior esperó hasta que estuvo seguro de que Neltharion ya había tenido tiempo suficiente como para marcharse. Los segundos pasaron como si fueran horas. Cuando estuvo convencido al fin de que el dragón tenía que haberse ido ya, el elfo de la noche se atrevió a echar una ojeada. Al ver que la caverna estaba vacía, Malfurion fue flotando hasta donde se hallaba el Alma Demoníaca.

Aunque se encontraba casi pegado a la falsa roca, no sintió nada. A pesar de que deseaba hallarse muy lejos de ese maldito lugar, Malfurion decidió echar un vistazo al disco para cerciorarse de que sabía todo lo necesario sobre él y su paradero, ya que Krasus luego lo interrogaría al respecto. Se inclinó hacia delante y su forma onírica atravesó la cámara acorazada camuflada de Neltharion.

De repente, un rugido terrible retumbó por toda la caverna.

Malfurion se olvidó del Alma Demoníaca y se adentró raudo y veloz aún más en las paredes, recorriendo varios metros antes de atreverse a detenerse.

Notó cómo una fuerza intensa y monstruosa sondeaba la zona en busca de algo que no encajaba en ese lugar. Aunque aún no había dado con el elfo de la noche, este enseguida se percató de que la fuente de ese poder era el dragón Negro.

Era evidente que Neltharion se había dado cuenta de que sucedía algo raro. Sin embargo, por la manera imprecisa y amplia con la que estaba haciendo la búsqueda, cabía deducir que no sabía qué era. El druida se quedó helado, sin saber si era mejor intentar macharse o quedarse donde estaba flotando.

El barrido del sondeo mágico pasó esta vez más cerca, pero una vez más pasó al elfo de la noche de largo. Malfurion se fue relajando… y, entonces, de improviso notó que el dragón dirigía su conciencia directamente hacia él.

Inmediatamente el druida se adentró aún más en la roca y se alejó del sondeo de Neltharion. Una vez más, el dragón no lo había localizado.

No obstante, el elfo de la noche no se atrevía a arriesgarse más. Había descubierto el paradero del disco. Aunque el Guardián de la Tierra albergara algunas sospechosas, era muy dudoso que se hubiera percatado de que alguien se hallaba realmente cerca.

Malfurion se alejó de las cavernas, de las montañas. Al abandonar estas últimas, buscó el mundo inacabado que se hallaba dentro del Sueño Esmeralda. Únicamente cuando volvió a entrar en él, el druida se sintió realmente a salvo.

Esa sensación de seguridad se esfumó en cuanto percibió de nuevo la abrumadora presencia de Neltharion.

El dragón conocía la existencia de las diversas capas del reino del Sueño…

El elfo de la noche se concentró desesperadamente, concentrando toda su fuerza de voluntad en su cuerpo mortal, se imaginó regresando a él incluso mientras notaba que el Guardián de la Tierra expandía su mente en dirección hacia él…

Y justo cuando creía que la bestia demente le había dado caza…, Malfurion se despertó.

¡Estás temblando! —exclamó Rhonin; quien se encontraba a la izquierda del elfo de la noche—. ¡Y empapado de sudor!

¡Malfurion! —al instante Krasus ocupó todo el campo de visión del druida—. ¿Qué te aflige? ¿Habla?

—E-estoy bien… —Se calló para poder recuperar el aliento—. Neltharion ha… ha estado a punto de detectarme, pero lo he esquivado.

— ¿Ya has ido en su busca? ¡ Se suponía que no tenías que hacer eso! —Pe-pero surgió la oportunidad…

—Ahora, estará sobre aviso —masculló Rhonin.

—Tal vez sí, tal vez no —intervino el antiguo mentor del humano—. Lo más probable es que lo atribuya todo a las muchas sombras que cree que lo rodean. —Acto seguido, el mago le preguntó a Malfurion—: ¿Has descubierto dónde se encuentra el Alma demoníaca?

—Sí…, sé dónde está —logró contestar el druida, quien volvió a imaginarse a Neltharion, cuyo feroz rostro draconiano le dio escalofríos—. Pero temo que no seamos capaces de arrebatárselo. —Pero tenemos que hacerlo —replicó Krasus, a la vez que asentía, para indicarle que compartía la inquietud de Malfurion—. Pero tenemos que hacerlo…, da igual cuál sea el precio a pagar.

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