El Cataclismo – Capítulo Cinco

Unas manos suaves rozaron la cara de Illidan mientras le limpiaban las quemaduras y la carne destrozada. El aroma de las azucenas y otras flores llegó arrastrado por el viento hasta sus fosas nasales. Al fin, se agitó, despertando así del coma en el que se había sumido voluntariamente para escapar del dolor. Este había menguado hasta volverse tolerable, pero el hermano de Malfurion dudaba de que alguna vez fuera a esfumarse por entero.

No obstante, mientras recuperaba el sentido totalmente, su mente se vio asaltada de repente por una enloquecedora gama de colores y energías violentas. El hechicero lanzó un grito ahogado y se cubrió con los brazos ese lugar donde antes habían estado sus ojos, puesto que ya no tenía unos párpados con los que taparlos. Sin embargo, incluso eso no sirvió de nada a la hora de impedir que esas energías turbulentas y esos colores en constante cambio lo empujaran hasta el borde del abismo de la locura. Ese era el don que Sargeras le había concedido: ver el mundo desde un punto de vista demoníaco y mágico.

Entonces, Illidan Tempestira recordó las palabras del mago humano Rhonin. Concéntrate, le había insistido muy a menudo el poderoso taumaturgo. Si te concentras, lo lograrás. Esa es la clave…

Tras superar la conmoción inicial, Illidan intentó acabar lo que había empezado, aunque fuera casi imposible en un principio, ya que ahí parecía reinar un caos infinito que era demasiado abrumador como para que un mero mortal como él lo controlara.

No obstante, como la misma decisión que había hecho que ascendiera muy rápidamente en el escalafón de la Guardia Lunar, Illidan impuso orden en la vorágine. Los colores se fueron organizando, la energía fue fluyendo con cierta regularidad y propósito. Unas siluetas fueron cobrando forma a partir de las energías innatas de todas las cosas vivas o inanimadas.

Al fin se dio cuenta de que se encontraba tumbado en un diván, cuya tela era tan suave y blanda que resultaba un tanto sensual. Había tres figuras cerca, de pie; a Illidan le llevo un rato percatarse de que todas eran mujeres. Cuanto más se concentraba el gemelo, mejor podía percibir los detalles. Todas ellas eran unas jóvenes y exquisitas elfas de la noche, ataviadas con unos vestidos suntuosos a la par que sensuales.

Fue distinguiendo más y más detalles al concentrarse en la que le había estado limpiando las heridas. Illidan percibió el color plateado de su pelo (un tono que no era natural) y el aspecto felino de sus ojos. En verdad, sus sentidos eran más agudos que nunca. El hechicero pudo apreciar las más minúsculas diferencias que distinguían a cada hebra de pelo. Pudo sentir cuál era el nivel del poder que poseían estas Altonato… y, entonces, supo que, de las tres, la que le estaba limpiando las heridas era la más poderosa de lejos. Aunque incluso en ese instante, las habilidades de esta elfa de la noche no eran nada comparadas con las suyas.

La criada principal fue la primera en reaccionar. Apartó el paño húmedo y cogió lo que, gracias a las energías que lo envolvían, Illidan sabía que era un pañuelo de seda de color ámbar.

El color de los ojos que había perdido.

—Esto es para ti, lord hechicero.

Sabía perfectamente para qué era. Su nuevo y súper desarrollado sentido de la vista le había hecho olvidar por un momento, cómo le debían de ver los demás. Con una reverencia como la que habría hecho ante Cresta Cuervo, Illidan aceptó el pañuelo y se vendó con él la zona donde de antes se habían hallado sus ojos. Aunque no le sorprendió, se percató de que la venda no suponía un obstáculo para sus nuevas habilidades.

—Mucho mejor —murmuró la mujer—. Debes tener el mejor aspecto posible para la reina…

—Gracias, Vashj… —se oyó decir súbitamente a Azshara— Tanto tú como las demás pueden retirarse por ahora.

Vashj se calló de inmediato y, acto seguido, hizo una reverencia, a la vez que las otras dos y ella abandonaban la cámara.

Illidan tomó aire mientras concentraba sus sentidos en la reina. Un fulgor intenso envolvía a Azshara, un aura plateada que finalmente entendió que era una señal del poder que poseía. Illidan habría parpadeado si hubiera podido. Aunque Azshara había sido amada por todo su pueblo, algunos, como él, habían dado por sentado que poseía un dominio escaso de las artes mágicas. Siempre había creído que la reina había necesitado el poder de los Altonato para lanzar hechizos. Illidan se preguntó si el difunto lord Xavius o el viejo capitán Varo’then habían llegado a comprender alguna vez lo ducha que era su monarca en estas artes.

—Majestad.

El hechicero abandonó el diván e hincó una rodilla en el suelo.

—Por favor, levántate. No hace falta obrar de un modo tan formal en privado. —De alguna manera, se había acercado hasta él sin que Illidan se hubiera percatado de ello. La reina lo llevó de vuelta al diván—. Pongámonos más cómodos, mi querido hechicero.

Mientras se sentaban, Azshara se inclinó hacia el gemelo de Malfurion. Al sentir su mero roce, se le enardeció el alma a Iludan. Su misma presencia era casi hipnótica.

¿Hipnótica? Illidan la observó detenidamente.

El fulgor que rodeaba a Azshara se había vuelto más intenso, tanto que hasta lo envolvía a él. El hecho de que a Illidan se le hubiera pasado esto por alto hasta ahora dejaba bien claro hasta qué punto la reina dominaba sus habilidades. A pesar de ser consciente de ello, lo único que podía hacer era intentar impedir que ella lo dominara.

— ¡Me has dejado realmente impresionada, Illidan Tempestira! ¡Eres tan listo, tan poderoso! Incluso nuestro señor Sargeras es capaz de apreciarlo, ya que si no, ¿para qué te habría otorgado ese valioso don? —Con unos dedos largos y esbeltos le acarició la venda—. Aunque es una pena que hayas perdido esos hermosos ojos ambarinos… Sé que eso duele mucho…

El rostro de la reina estaba seductoramente cerca del suyo y, en ese momento, le resultó imposible no desear que se hallara más cerca.

—L-lo he soportado, majestad.

—Por favor, para ti, soy simplemente Azshara… —Con los dedos le recorrió las cuencas vacías y prosiguió con el resto de su cara—. ¡ Qué rostro tan bello! —Le acarició el hombro y le apartó la ropa—. Y qué fuerte también… ¡y, además, aquí portas la marca del Magno!

Illidan frunció el ceño y miró hacia el lugar donde la reina había posado la mano.

Tenía el hombro cubierto por un intrincado conjunto de tatuajes oscuros. Debajo de ellos y muy bien protegida, el elfo de la noche percibió una magia preternatural (la magia de Sargeras) que le impregnaba la piel. El hecho de que no hubiera notado nada hasta entonces dejó estupefacto a Illidan. El hechicero se echó un rápido vistazo al otro hombro y vio que ahí le habían dibujado un patrón similar. En verdad, Sargeras había marcado a Illidan como una criatura de la Legión.

El hermano de Malfurion ignoró a la reina por un momento y acarició con cuidado una de esas marcas. De inmediato, sintió una descarga de poder que lo atravesó por entero. Su cuerpo irradiaba una energía primordial cuya fuente sabía que era la misma que alimentaba al Pozo. Se dio cuenta de que el señor demoníaco había potenciado sus habilidades al marcarlo de ese modo.

—Es cierto que cuentas con su favor… y, por lo tanto, con el mío — susurró la reina Azshara, quién se acercó aún más de nuevo—. Y yo puedo concederte muchos favores que ni siquiera él…

—Perdona esta intromisión, tan inoportuna, Luz de Luces —dijo casi con un gruñido una figura que se hallaba en la puerta.

Aunque Illidan se tensó, Azshara se enderezó con serenidad, se echó para atrás esa suntuosa melena y contempló al recién llegado con una mirada lánguida y engañosa.

— ¿Qué sucede, mi estimado capitán?

En contraste con el seductor brillo que rodeaba a la reina, el capitán Varo’then desprendía una oscuridad que recordaba a Illidan a la de los demonios. Aunque el soldado apenas dominaba las artes mágicas, Illidan era perfectamente consciente de que podía ser tan letal a su manera como Mannoroth.

Tal vez incluso más letal en ciertas ocasiones; sobre todo, siempre que se tratara de enemigos reales o imaginarios que rivalizaran por las atenciones de la reina y que despertaran sus celos. Varo’then prácticamente echó humo al ver a Azshara e Illidan en el diván. La reina empeoró aún más las cosas al acariciar al hechicero en la mejilla mientras se levantaba.

—He venido a por él, majestad. Ha hecho ciertas promesas que nuestro señor espera que cumpla.

—Y lo haré —replicó Illidan con contundencia, devolviendo la mirada al oficial, a pesar de llevar una venda.

Pese a que Varo’then entornó los ojos de manera amenazadora, al final asintió.

—Por supuesto —intervino Azshara, quien se interpuso entre ambos y los miró con coquetería—. ¡Estoy segura de que ningún dragón tendría oportunidades si se enfrentara a los dos a la vez! Ansío de veras escuchar tus hazañas… —Acarició la coraza del capitán, lo que provocó que los ojos de este se iluminaran de lujuria—. ¡Sí, tus hazañas!

A pesar de que era consciente de que los estaba manipulando a ambos, el hechicero no pudo evitar reaccionar ligeramente ante sus encantos. Se armó de valor para no caer en sus artimañas y contestó:

—No te decepcionaré…, Azshara.

El hecho de que pronunciara su nombre sin acompañarlo de un título por delante o detrás (y el gran grado de familiaridad que eso implicaba) no le sentó nada bien al soldado. Varo’then hizo ademán de acercar la mano a la empuñadura de su espada, pero sabiamente se arrepintió en el último instante.

—Primero, debemos dar con esa bestia, lo cual afirmas que eres capaz de hacer.

Illidan agarró la escama de dragón.

—No afirmo nada; simplemente, digo la verdad.

—Entonces, no hace falta que esperemos más. Casi ha caído la noche

Illidan se volvió hacia la reina e hizo una reverencia como las que había visto hacer en el Bastión del Cuervo Negro.

—Con tu permiso…

Ella le brindó una sonrisa regia.

—Tú también puedes marcharte, mi estimado capitán.

—Gracias, alteza, Luz de Luces, Flor de la Luna… —Varo’then también se agachó, pero de un modo brusco y militar. Entonces, le señaló la puerta a Illidan—. Después de ti, maestro hechicero.

Sin dirigirle ni una sola palabra a ese hombre ataviado con una armadura, Illidan abandonó la estancia. Notó que Varo’then lo seguía muy cerca por detrás. Al gemelo de Malfurion no le habría extrañado que el capitán intentara darle una puñalada por la espalda, pero era evidente que Varo’then era capaz de controlar sus impulsos.

— ¿Adónde vamos? —le preguntó a su escolta.

—Podrás confeccionar el hechizo en cuanto salgamos de Zin-Azshari. Nuestro señor Sargeras desea que esta misión se complete lo antes posibles. Ansia hollar el suelo de Azeroth y darle su bendición a nuestro mundo.

—Azeroth es muy afortunada.

Varo’then lo observó detenidamente por un instante, intentando hallar algún significado oculto en esa respuesta. Como no fue capaz de encontrarlo, asintió al fin.

—Sí, Azeroth es muy afortunada.

El capitán lo guio a través del palacio y, al final, acabaron descendiendo por unas escaleras. Mientras se acercaban a los establos, Illidan Preguntó:

—Así que vas a ser mi compañero a lo largo de esta misión, ¿eh?

—Deberías contar con alguien que te vigile las espaldas.

—De lo cual me alegro.

—Nuestro gran señor ha insistido mucho en que ese disco será capaz de satisfacer sus necesidades, así que nos haremos con él.

—Agradeceré tu compañía —señaló el hechicero, quien en ese momento, en cuanto entraron en los establos, se detuvo al instante—. Pero ¿esto qué es?

Una decena de guardias viles se encontraban esperando cerca de los sables de la noche, en cuyos monstruosos rostros se reflejaba la sed de sangre. Dos guardias apocalípticos los flanqueaban; sin ningún género de dudas, estaban ahí para mantener el orden entre sus hermanos sin alas. Otro par de guardias viles mantenían firmemente sujeta a una bestia vil babeante, a la que agarraban de las riendas.

—Como ya he dicho —contestó el capitán Varo’then con tal vez un leve tono sarcástico—. Alguien debería vigilarte las espaldas. Estos… —señaló a esos diabólicos guerreros— te vigilarán muy de cerca. Eso te lo prometo de todo corazón, hechicero.

Illidan asintió y no dijo nada.

—No nos demoraremos, te lo prometo, Rhonin.

—No me prometas nada, Krasus —replicó el humano—. Pero ten cuidado. Y no te preocupes por Ojo de Estrella. Yo me ocuparé de él. —Él es la menor de nuestras preocupaciones. Confío tanto en ti como en el bueno del capitán Cantosombrío para mantener unida a la hueste. — ¿En mí? —Jarod negó con la cabeza—. ¡Maestro Krasus, has depositado demasiada confianza en mí! ¡Solo soy un oficial del

Cuerpo de Centinelas, nada más! Tal y como dijo Maiev, ¡la fortuna me ha sonreído! No soy mejor comandante que… que…

¿Que Ojo de Estrella? —apostilló Rhonin, con una sonrisa de satisfacción.

—Me temo que debemos contar contigo, Jarod Cantosombrío. Los tauren y los demás ven que les tratas con respeto y ellos te tratan de la misma manera. Tal vez llegue otro momento en el que, tal y como hiciste antes, tengas que tomar la decisión de actuar. Y he de añadir que eso será bueno para tu propia gente.

Con cierto aire de derrota, al elfo de la noche se le hundieron los hombros.

—Haré todo lo que pueda, maestro Krasus. Eso es lo único que puedo decir.

El mago asintió.

—Eso es lo único que te pedimos, mi buen capitán.

—Ahora que ya está resuelto este pequeño asunto —comentó el humano—, ¿cómo pretendes llegar hasta esa guarida?

—Los grifos ya no están a nuestra disposición. Tendremos que cabalgar a lomos de unos sables de la noche a los que habrá que espolear para que corran lo máximo posible.

¡Pero así tardarán demasiado! Y lo que es aún peor, ¡serán un blanco mucho más fácil para los asesinos de la Legión Ardiente!

Los demonios de Archimonde seguían y vigilaban continuamente a la hueste, con la intención de matar a Krasus y sus compañeros. Si bien Archimonde deseaba especialmente la muerte de Malfurion, puesto que el druida había sido el principal responsable de frustrar de un modo asombroso una victoria segura de la Legión, no cabía duda de que el mago dragón también estaba en lo más alto de la lista negra del demonio.

—Si empleáramos un hechizo para viajar al lugar donde Alamuerte aguarda, correríamos un gran riesgo —replicó Krasus—. Sin lugar a dudas, espera algo así y estará en guardia. Debemos viajar usando un medio de transporte físico.

—Aún así, sigue sin parecerme bien.

—Ni a mí, pero debemos obrar así —miró a sus compañeros de viaje—. ¿Están preparados para partir?

Malfurion asintió y Brox respondió con un gruñido impactante. Si bien era cierto que tanto el druida como el mago poseían unas habilidades excepcionales, Krasus era consciente de que necesitaban que los acompañara un guerrero muy diestro como era el orco, ya que los taumaturgos podían ser anulados de muchas maneras; además, Brox había demostrado ser un aliado digno de confianza.

—Danos una hora de ventaja antes de alertar a lord Ojo de Estrella. —Les daré dos.

Al ver que tanto el druida como el orco ya estaban montados, Krasus espoleó a su bestia. El elegante felino enseguida fue cogiendo velocidad, seguido muy de cerca por las monturas de los compañeros del mago. Los animales no tardaron mucho en dejar a la hueste de los elfos de la noche muy, muy lejos.

Nadie habló mientras cabalgaban, ya que los tres jinetes no solo estaban muy concentrados en el camino que tenían por delante, sino también en cualquier indicio que pudiera señalar que una amenaza se hallara cerca. Sin embargo, la noche transcurrió sin ningún sobresalto y recorrieron una gran distancia. Cuando el sol despuntó, Krasus por fin ordenó que se detuvieran.

—Descansaremos aquí un rato —decidió, mientras contemplaba esas colinas que tenía delante, en las que no abundaba la vegetación—. Preferiría entrar ahí cuando ya nos hayamos recuperado.

— ¿Crees que podríamos correr peligro ahí dentro? —preguntó Malfurion.

—Tal vez. Aunque la vegetación no es muy densa, las colinas cuentan con muchas grietas y demás que facilitan las emboscadas.

Brox asintió para mostrarse de acuerdo.

—Para eso, yo me valdría de la colina del norte. Desde ahí, se ve mejor el sendero. Deberíamos evitar esa cuando cabalguemos por ahí. —Coincido con la opinión del experto. —El mago echo un vetazo a su alrededor—. Creo que esta zona de aquí, junto a esas dos rocas tan altas, es la mejor para acampar. Ahí tendremos una buena vista del entorno y estaremos bien protegidos.

Ataron a los sables de la noche a un árbol cercano. Los felinos obedecieron todas las órdenes de inmediato y sin rechistar, ya que hacía muchas generaciones que los elfos de la noche los criaban y domesticaban. Brox se ofreció voluntario para dar de comer a los animales con las provisiones que habían traído consigo. Tendrían suficiente para tres días, pero después tendrían que dejar que los felinos cazaran. Krasus esperaba que para entonces el grupo se encontrara en un sitio mejor, puesto que ahí no abundaba la vida salvaje, sin duda alguna.

Los tres dieron buena cuenta de sus raciones. Para un dragón como Krasus, comer carne salada y desecada no era fuente de mucha satisfacción, pero hacía tiempo que había aprendido a hacer de tripas corazón. Malfurion comió algunas frutas (también desecadas) y nueces, mientras que Brox comió lo mismo que Krasus, pero con muchas más ganas; los orcos no eran muy refinados en cuestión de comida.

—Los felinos ya están descansando —afirmó Krasus después de comer—. Sugiero que hagamos lo mismo.

—Yo haré el primer turno de vigilancia —se ofreció Brox.

Como Malfurion quiso hacer el segundo, el tema de la vigilancia y seguridad quedó zanjado enseguida. Tanto Krasus como el druida hallaron sendos sitios donde descansar cerca de la más alta de las dos piedras. Brox, demostrando que era más ágil de lo que cabía inferir por su enorme tamaño, trepó con facilidad a la parte superior de la más escarpada y se sentó. Con el hacha en el regazo, escrutó el paisaje como un ave carroñera hambrienta.

A pesar de que únicamente pretendía dar una cabezada, el mago dragón se sumió en un sueño muy profundo. Estaba agotado tras haber sobrepasado con creces sus límites físicos y mentales. Lo único que había podido descansar antes no había bastado para compensar tanta tensión.

Los dragones también sueñan, y Krasus no era una excepción. Para él, soñar consistía en dar rienda suelta a su siempre presente deseo de volar libremente de nuevo, de extender las alas que no tenía y elevarse en el aire, aquí’ era Korialstrasz una vez más. Una criatura del aire al que fastidiaba hallarse atado a la tierra. El dragón siempre se había sentido cómodo en su forma mortal, pero eso había sido antes, cuando sabía que con un mero pensamiento podía transformarse y volver a ser él mismo de verdad. Ahora que había perdido esa capacidad, se sentía a menudo muy frustrado por culpa de la fragilidad de su presente forma.

En este sueño en concreto, esa maldición cayó sobre él de repente, pues esa débil carne mortal se adueñó de su cuerpo y lo aplastó hasta ser cada vez más y más pequeño. Se le aplastaron las alas contra la espalda y le desapareció la cola. Se le hundieron esas largas fauces repletas de dientes en la cara, que fueron sustituidas por ese insignificante bultito que tenía por nariz cuando portaba el disfraz de taumaturgo. Korialstrasz se convirtió de nuevo en Krasus, quien cayó en picado hacia el suelo…

Y quien se despertó bañado en sudor.

Si bien Krasus esperaba en parte que estuvieran sufriendo algún tipo de ataque, se percató de que el silencio reinaba en ese día; un silencio que únicamente quebraba la rítmica respiración de Malfurion. Se incorporó y vio que Brox continuaba vigilando. El mago dirigió su mirada al sol, para calcular qué hora era. Hacía tiempo que tendrían que haber relevado a Brox. Casi era el tumo ya de Krasus.

Tras dejar que el druida siguiera durmiendo, la figura delgada envuelta en una túnica se aferró a la roca y rápidamente trepó por ella como si fuera un lagarto. En cuanto alcanzó la parte superior, Brox se puso en pie de un salto y, con unos reflejos dignos de un dragón, blandió su hacha.

—Tú —gruñó el orco, quien lo ayudó a subir. Ambos se sentaron en lo alto de la roca y hablaron mientras hacían guardia—. Creía que estabas dormido, maestro Krasus.

—Tú sí que deberías estar durmiendo, Brox. Necesitas descansar tanto como cualquiera de nosotros dos.

El guerrero de piel verde se encogió de hombros.

—Un guerrero orco puede dormir con los ojos abiertos y un arma en ristre. No hace falta despertar al elfo de la noche. Debe dormir más. Contra el dragón, él será mucho más útil que este viejo combatiente.

Krasus contempló al orco.

—Un viejo combatiente que vale por veinte jóvenes.

Aunque el veterano guerrero pareció recibir con agrado el cumplido, replicó:

—Ya he dejado atrás mis días de gloria. Ya no habrá más relatos sobre Broxigar el del Hacha Roja.

—He vivido mucho más tiempo que tú Brox; por tanto, sé de qué hablo. Aún te quedan muchos días de gloria por delante, muchas batallas heroicas. Habrá más historias sobre Broxigar el del Hacha Roja, aunque tenga que contarlas yo mismo.

Al orco se le oscurecieron las mejillas y, súbitamente, agachó la cabeza.

—Me siento muy honrado por tus palabras, venerable ser.

Al igual que Malfurion, Brox conocía cuál era la verdadera identidad de Krasus. Para sorpresa del dragón, el guerrero provisto de colmillos lo sabía desde hacía tiempo. Como era un orco que había aprendido algunas tradiciones chamánicas, Brox había sido capaz de percibir que su compañero tenía un increíble poder y era un ser muy vetusto y, al ver cómo trataba Krasus a los dragones, había llegado a esa conclusión lógica que nadie más había alcanzado. A pesar de que el hecho de que Krasus y el dragón rojo Korialstrasz fueran el mismo ser le resultaba incomprensible, el orco lo había aceptado frunciendo levemente el ceño.

—Y como soy un «venerable ser» —respondió Krasus—, voy a insistir en que debes irte a dormir, como te corresponde. Yo haré guardia el resto del turno de Malfurion… ya que queda muy poco… y luego haré el mío.

—Sería mejor que tú.

Krasus miró al orco a los ojos muy fijamente.

—Te seguro que poseo una resistencia muy superior a la tuya. No necesito dormir más.

Al ver que iba a perder cualquier discusión subsiguiente, Brox gruño y se levantó, pero justo cuando hizo esto, Krasus, que estaba mirando algo situado más allá del descomunal guerrero, se tensó.

—Unos guardias apocalípticos. —susurró.

Brox se tiró inmediatamente al suelo. Observaron como esos tres demonios de alas ígneas se dirigían lentamente hacia las colinas. Los guardias apocalípticos iban armados con unas espadas largas y crueles y escrutaban los alrededores con la misma cautela; no obstante, por ahora no habían reparado en la presencia del trío sin duda alguna.

—Se dirigen a la zona que debemos atravesar —señaló Krasus.

—Deberíamos detenerlos ahora mismo.

Aunque el mago asintió para mostrarse de acuerdo, añadió: —Tenemos que saber si hay más, puesto que en tal caso, si acabáramos con estos tres, podríamos revelar nuestra presencia a otros que se hallaran en la zona. Deja que primero averigüe cuál es la situación.

Krasus cerró los ojos y expandió sus percepciones en dirección hacia los demonios. De inmediato, notó que unas tinieblas emanaban de cada uno de ellos, unas tinieblas tan repulsivas que incluso afectaron al dragón. No obstante, Krasus no titubeó y optó por sondearlos aún más profundamente. Tenía que saber la verdad.

Vio dentro de cada uno de ellos el mismo salvajismo y caos que había percibido en incursiones previas. Que tal maldad pudiera existir en cualquier criatura era algo que al mago aún le costaba creer. Era una locura similar a la que había dominado en su día al noble Neltharion hasta transformarlo en el nauseabundo Alamuerte.

En los monstruosos pensamientos de esas criaturas, por fin dio con lo que necesitaba saber. Los tres eran exploradores y estaban buscando algunos puntos débiles que la Legión pudiera aprovechar. Su intención no era limitar la guerra al campo de batalla, sino desatar el miedo tras las líneas de los defensores.

Tales tácticas no sorprendieron en absoluto a Krasus, pues estaba seguro de que Archimonde ya tenía otros planes en marcha, por eso mismo, precisamente, la misión de hacerse con el Alma Demoniaca era tan importante.

Escrutó la zona en busca de otros guerreros, pero no hallo ni rastro de ellos. Una vez de satisfecho, Krasus terminó el sondeo mental.

—Están solos —le informó a Brox— Nos ocuparemos de ellos, pero creo que esta vez será mejor que recurramos a la magia.

El orco gruñó satisfecho. Krasus se acercó sigilosamente a Malfurion para despertarlo.

¿Qué…? —acertó a decir el elfo de la noche, quien se calló en cuanto Krasus le indicó con una señal que lo hiciera.

—Se acercan tres guardias apocalípticos —susurró el viejo mago—. Vienen solos. Pretendo acabar con ellos…, con tu ayuda.

Malfurion asintió. Siguió a Krasus por las piedras hasta alcanzar un punto donde pudieron divisar a los demonios voladores que escrutaban las colinas

¿Qué debemos hacer? —preguntó el druida.

—Lo mejor sería que los derribara a los tres simultáneamente. Sin embargo, como no paran de moverse, podría errar. Si alguno se me escapa, lo dejo en tus manos.

—Muy bien.

Malfurion inspiró hondo y se preparó. Krasus observó detenidamente a los guardias apocalípticos, aguardando el momento en que se hallaran más cerca unos de otros.

Dos de los demonios se detuvieron para compartir información entre ellos, pero el tercero continuó observando. El mago lanzó un juramento silencioso, pues era consciente de que, a pesar de que ahora tenía la oportunidad de destruir a ambos, el tercero se encontraba muy lejos de los otros dos, por lo cual temía que ese pudiera huir.

Malfurion se debió dar cuenta de que titubeaba. No dejaré que escape, maestro Krasus.

Escuchar esas palabras fue todo un alivio para el mago. Krasus asintió y se concentró.

Al contrario que Illidan (e incluso Rhonin a veces) había vivido demasiado como para perder energías creando complejos entramados de hechizos por puro exhibicionismo. Los guardias apocalípticos eran una amenaza con la que había que acabar. Nada más. De ese primer demonio alado estalló, sin más, y después el segundo; rápidamente, los restos de ambos cayeron cual lluvia sobre el paisaje.

Pero tal y como había temido, el tercero escapó de esa trampa. Sin embargo, el demonio se mantuvo a salvo por muy corto espacio de tiempo. Mientras lo que quedaba de las dos primeras criaturas se precipitaba hacia el suelo, Malfurion alzó una sola hoja y murmuró algo al viento. De repente, una fuerte brisa sopló cerca del druida; una brisa que, con celeridad, elevó la hoja y la arrastró de manera certera hasta el guardia apocalíptico que seguía vivo.

De improviso, la hoja se transformó en muchas hojas, en centenares de ellas, las cuales giraron empujadas por el viento, rotando cada vez más y más rápido, mientras se acercaban al demonio a la fuga.

En cuanto alcanzaron al guardia apocalíptico, se fueron adhiriendo a su cuerpo. Aunque decenas y decenas de hojas se aferraron con fuerza al demonio, no parecían disminuir en número las que giraban en tomo a él. Si bien el guerrero cornudo intentó resistirse al viento, el peso cada vez mayor que lo aplastaba provocó que sus esfuerzos fueran en vano.

En cuestión de segundos, el demonio se convirtió en una momia envuelta en unas vendas verdes. El ritmo con el que batía las alas fue disminuyendo, pues era incapaz de aguantar el tremendo peso que soportaban.

Por fin, el último guardia apocalíptico cayó como una piedra al suelo.

Malfurion no vio cómo el demonio se estrellaba violentamente. Aunque había hecho lo que tenía que hacer, nunca se regodeaba.

—El camino está despejado —proclamó Krasus—. Pero debemos apresuramos, ya que nos llevará mucho tiempo atravesar las colinas…

Desde la parte superior de la roca, Brox exclamó súbitamente:

— ¡Hay algo más en el cielo! ¡Por encima de nosotros!

Unos meros segundos más tarde, una sombra planeó sobre ellos de manera fugaz…, una sombra que barrió toda aquella zona. Esa forma alada se desplazaba tan velozmente que se perdió entre las nubes antes de que cualquiera de ellos pudiera identificarla. Mientras Krasus y Malfurion preparaban unos sortilegios, el orco aguardaba con su hacha en ristre.

Entonces, volvieron a divisar de repente a ese ser colosal, que bajaba en picado directamente hacia los tres. Batía esas enormes alas coriáceas con suma facilidad mientras descendía.

Krasus exhaló, y su expresión normalmente sombría dio paso a una fugaz y amplia sonrisa.

¡Debería habérmelo imaginado! ¡Debería haberlo presentido! Korialstrasz había regresado.

El yo joven del mago aterrizó justo delante del trío. El dragón rojo era una visión magnífica que contemplar. Tenía una cresta que le nacía en la cabeza y le llegaba hasta la cola. A pesar de que era tan grande que podría haberse tragado a los tres de una sola vez, a pesar de tener unas fauces repletas de dientes, a uno solo le hacía falta mirarle a los ojos para ver que era un ser inteligente y compasivo.

Tal vez admirar a su encamación más joven fuera un poco narcisista por parte de Krasus, pero no podía evitarlo. Korialstrasz había demostrado ser un dragón mucho más experimentado y habilidoso de lo que su yo antiguo recordaba haber sido. Era como si fueran dos criaturas totalmente distintas en vez de ser la misma.

Tras dejar que el polvo se asentara, Korialstrasz saludó a los tres agachando su gigantesca cabeza. Centró la mirada especialmente en Krasus.

—He percibido unos hechizos al pasar por aquí cerca por pura suerte —afirmó con voz atronadora—. Estaba tan ensimismado, pensando en otras cosas, que lo normal habría sido que no reparara en su presencia. —Entonces, dirigiéndose al mago, añadió—. Ni siquiera la tuya.

Eso no presagiaba nada bueno.

¿Te refieres a que estabas buscando a los demás?

—Sí…, y he dado con ellos. Están intentando dar con la manera de esquivar o enfrentarse al poder del nauseabundo disco del Guardián de la Tierra, pero de momento no han hallado ninguna solución. Ni siquiera mi reina se atreve a encararse con Neltharion, sin contar con algún tipo de defensa ante ese poder. ¡Ya viste lo que les ocurrió a los dragones azules! ¡Fueron masacrados y exterminados!

Krasus pensó en los huevos que había salvado, pero decidió que no era el momento adecuado para lidiar con ese asunto.

—Alexstrasza tiene razón en mostrarse precavida. No tiene sentido atacar para ser simplemente destruidos. Ni tampoco habría honor alguno en ello.

—Pero si los dragones no ayudamos a las razas mortales, ¡no habrá esperanza para ninguno de nosotros!

—Aún puede haber esperanza. Todavía no nos has preguntado por qué estamos aquí. —Krasus señaló al druida—. El joven Malfurion ha localizado la guarida oculta del Guardián de la Tierra y sabe dónde está el Alma Demoníaca.

El gigante carmesí abrió como platos sus ojos de reptil.

¿Es eso cierto? Tal vez si lanzáramos un asalto masivo mientras duerme…

¡No! Debemos actuar con sigilo y astucia. Esperamos poder entrar a hurtadillas y robarle el disco. Si no, Neltharion podría cogerlo primero y entonces todos estaríamos muertos.

Korialstrasz comprendió que esa era una táctica sabia, a pesar de que el plan también conllevaba muchos riesgos.

¿A dónde deben ir?

Malfurion le describió lo que había visto en el Sueño Esmeralda. Krasus había logrado reconocer esa región vagamente, así que no fue sorprendente que su yo joven también lo hiciera.

¡Conozco ese lugar infecto! ¡Ahí anida una maldad más antigua que los dragones, aunque no sé de qué puede tratarse!

—Eso carece de importancia en estos momentos. Lo único que importa es el Alma Demoníaca. —La figura alta y pálida contempló las colinas—. Y si esperamos tener la oportunidad de robarla, será mejor que iniciemos nuestro viaje. A los sables de la noche les llevará un tiempo cruzar esas colinas.

¿Los sables de la noche? —replicó un perplejo Korialstrasz—. ¿Para qué los necesitan si ahora cuentan conmigo?

—Porque tú correrías más riegos que nadie —le explicó Krasus al dragón—. No puedes cambiar de forma, por lo cual eres un blanco muy claro. Aún más, podrías caer fácilmente bajo el influjo H Alma Demoníaca. Con solo desearlo, el dragón Negro podría convertirte en tu esclavo.

—No obstante, haré lo que pueda. Tienen que llegar a esa guarida a tiempo. Los felinos no son lo bastante rápidos ni tampoco pueden arriesgarse a confeccionar un hechizo de teletransportación.

Krasus era consciente de que discutir con uno mismo era una pérdida de tiempo. En efecto, Korialstrasz les ayudaría a alcanzar su meta mucho antes. Sin embargo, una vez ahí, Krasus conminaría a su yo joven a marcharse cuanto antes.

—Muy bien. Brox, prepara a los sables de la noche para que se vayan de aquí. Escribiré una breve misiva que llevará el mío. Regresarán ellos solos con la hueste y, con suerte, Rhonin podrá recibir esta información sobre nuestros avances. Coged únicamente lo que podamos llevar. Nada más.

No les llevó mucho tiempo subir sus pertenencias a lomos del descomunal dragón rojo. Después de que el mago hubiera amarrado con firmeza el mensaje a su felino, dejaron marchar a los animales. A continuación, Krasus y sus compañeros se montaron en el dragón, cerca de los hombros de este. En cuanto estuvieron todos a bordo, Korialstrasz se agitó adelante y atrás para cerciorarse de que sus pasajeros estaban bien agarrados y, entonces, desplegó las alas.

—Iré deprisa… pero con cuidado —les prometió.

Mientras se elevaban hacia el cielo, Krasus contempló con gesto torvo el paisaje que los aguardaba ahí delante. A pesar de que contar con Korialstrasz les facilitaba mucho las cosas, el éxito de esa gesta no estaba asegurado de ningún modo. Neltharion (Alamuerte) estaría alerta por si aparecían enemigos, ya fueran reales o imagínanos. Los tres tendrían que andar con sumo cuidado a cada paso que dieran una vez se hallaran en su dominio. Aun así, contaban al menos con un elemento a su favor.

Al encontrarse tan cerca de la guarida de ese ser tan espantoso, ciertamente no tendrían que preocuparse por ningún otro demonio.

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