El Cataclismo – Capítulo Tres

La Legión Ardiente reanudó su ataque con una furia que no había disminuido. Mientras que los defensores de esas tierras necesitaban comer y dormir, los demonios no tenían tales flaquezas. Luchaban día y noche matando sin parar, y únicamente se retiraban cuando el riesgo era demasiado exagerado. Incluso entonces, retrocedían haciendo que cada palmo de terreno reconquistado costara mucha sangre.

Pero ahora se enfrentaban a unos adversarios que habían recibido refuerzos. Ya no luchaban solo contra la hueste de los elfos de la noche, sino que otros la ayudaban hasta duplicar su capacidad de combate: los tauren, los enanos y otras razas habían sumado sus tuerzas a las de los defensores, quienes necesitaban su apoyo desesperadamente. Ahora, por primera vez en muchos días, era la Legión la que cedía terreno, al ser empujada a una distancia de una Suramar en ruinas que un jinete podía recorrer en una noche.

Aun así, a pesar de este triunfo, Malfurion no sintió que se reavivaran las llamas de la esperanza. No es solo que le preocupara que hubiera llegado a considerar su devastado hogar como la piedra de toque que le permitía saber si estaban más cerca de la victoria que de la derrota o viceversa, mientras el tira y afloja de la batalla proseguía bajo la atenta mirada de esa ciudad antaño hermosa sino que también le inquietaba el equilibrio de poder en el seno de la hueste. Si bien era cierto que Rhonin se las había ingeniado para obligar a lord Ojo de Estrella a aceptar a esos nuevos aliados, el prejuicioso noble había convertido lo que debería haber sido una causa común por la que luchar en una tregua sellada a regañadientes. Los elfos de la noche no luchaban realmente junto a los demás. Ojo de Estrella mantenía a los suyos en el medio de la formación y el flanco izquierda, mientras los demás ocupaban el flanco derecho. Apenas había comunicación alguna entre los diversos grupos y prácticamente no interactuaban. Los elfos de la noche solo trataban con los elfos de la noche, los enanos, con los enanos; etcétera.

Tal alianza, si es que se podía llamar así jocosamente, estaba seguramente condenada a la derrota. Los demonios acabarían compensando el hecho de que su enemigo hubiera aumentado en número y atacarían con más fuerza que nunca.

La responsabilidad de la coordinación había recaído en el desafortunado Jarod Cantosombrío. El druida se preguntaba si el capitán de los centinelas no odiaba a los forasteros, ya que no le habían traído más que calamidades. Aun así, Jarod había asumido esas nuevas tareas con la adusta dedicación con la que había asumido las anteriores, por lo cual Malfurion lo admiraba. En verdad, fuera cual fuese el bien que hacía a ese ejército la presencia de Rhonin, Brox o Malfurion, el trabajo de Jarod estaba al mismo nivel. Coordinaba todos los asuntos que surgían entre las facciones (filtrando por pura necesidad los insultos y las discusiones más graves), con el fin de poder tener unas tropas cohesionadas. En verdad, el capitán tenía al menos tanto que decir sobre la estrategia de la hueste como el pomposo Ojo de Estrella.

Malfurion rezaba para que el noble nunca fuera consciente de esto, aunque lo más irónico de todo era que daba la sensación de que el capitán Cantosombrio no lo era; desde su punto de vista, se limitaba a obedecer las órdenes.

Rhonin, que había estado descansando sobre una roca, desde la que se podía contemplar el campo de batalla, se enderezó súbitamente.

— ¡Aquí vienen de nuevo!

Brox se puso de pie de un salto, con una elegancia impropia de su descomunal tamaño. El canoso orco agitó su hacha en el aire un par de veces y, acto seguido, se encaminó hacia la vanguardia. Malfurion se subió de un brinco a su sable de la noche; una de esas enormes panteras provistas de colmillos que su gente empleaba para viajar y guerrear.

Los cuernos bramaron. La agotada hueste se tensó y se preparó para lo que se le venía encima. Diversas notas reverberaron a lo largo de las filas de las diversas facciones, mientras estas se preparaban.

Unos instantes después, se reanudó una vez más la batalla. Los defensores y los demonios chocaron con un estruendo perfectamente audible. Al instante, los gruñidos y los gritos rasgaron el aire por doquier. Rugiendo de un modo desafiante, Brox decapitó a un guardia vil y, a continuación, empujó el torso aún tembloroso contra el demonio que se hallaba detrás. El orco se abrió paso violentamente con suma rapidez, dejando un rastro sangriento, formado por más de media decena de demonios muertos o moribundos.

Montado sobre otro sable de la noche, Rhonin también combatía. Aunque no se limitaba a lanzar hechizos, sino que, al contrario que Malfurion, siempre permanecía alerta por si los eredar, los brujos de la Legión, atacaban. A pesar de que los eredar habían sufrido mucho durante las pasadas campañas, siempre eran una amenaza, que atacaba cuando uno menos lo esperaba.

Sin embargo, por ahora, Rhonin no solo empleaba su magia para batallar, sino también sus habilidades para el combate. Montado a horcajadas sobre el sable de la noche, el humano blandía unas espadas gemelas hechas únicamente de magia. Esos chorros de energía azul tenían más de un metro cada uno y, cuando el mago arremetía con ellos, desataban un caos similar al que provocaba el orco. Las armaduras de los demonios no servían de protección alguna ante esas espadas mágicas; las armas de los guardias viles se rompían como si estuvieran hechas de frágil cristal al chocar con ellas. Rhonin luchaba con una pasión que Malfurion podía entender perfectamente, ya que al mago pelirrojo se le había escapado que tenía una esposa embarazada que estaba esperando a alumbrar a sus hijos, cuyo destino dependía de la derrota de la Legión. Al igual que Malfurion luchaba por Tyrande e Illidan. Rhonin luchaba por su lejana familia.

El druida luchaba con igual ferocidad, a pesar de que buscaba la comunión con la naturaleza con sus hechizos. De una de las muchas faltriqueras que pendían de su cinturón, sacó varias semillas con espinas, de esas que se le quedan pegadas a uno cuando pasa entre algunas plantas. Se acercó a la boca la mano llena de semillas, con la palma hacia arriba y sopló con delicadeza.

Estas volaron por el aire raudas y veloces, como si las arrastrara un viento huracanado. Se multiplicaron por mil mientras se extendían sobre los demonios que se aproximaban, hasta prácticamente transformarse en una tormenta de polvo.

Rugiendo, los espantosos guerreros atravesaron la nube sin darle importancia, que lo único que le interesaba era la sangre de los defensores. Sin embargo, tras solo haber dado unos cuantos pasos, el primero de los demonios se trastabilló y se llevó las manos al estómago. Después, otro hizo lo mismo, y otro. Varios soltaron sus armas y, de inmediato, fueron dados muerte por unos ansiosos elfos de la noche.

Aquellos a los que no mataron se hincharon súbitamente de un modo tremendo. Se les expandió tanto el pecho como el estómago de una manera desproporcionada. Varias de esas figuras provistas de colmillos cayeron al suelo, retorciéndose.

Desde el interior del cuerpo de uno de ellos que todavía permanecía en pie, brotaron de decenas y decenas de pinchos afilados como dagas que le atravesaron la piel y la armadura. Se giró y, a continuación cayó muerto. Yacía acribillado… por las semillas que se habían hinchado dentro de él.

A su alrededor, fueron cayendo por decenas los demás sucesivamente. Todos sufrieron el mismo espantoso destino. Aunque Malfurion sintió ciertas náuseas al ver las consecuencias, enseguida tuvo en cuenta que el enemigo obraba de un modo inmisericordemente, malvado, por lo que no podía permitirse el lujo de compadecerse de aquellos que vivían solo para propagar el caos y el terror. Era una cuestión de matar o morir.

Sin embargo, por muchos demonios que perecieran, siempre había más. Las líneas de los elfos de la noche fueron cediendo terreno, ya que eran las que habían sufrido un mayor castigo. Eran las que habían luchado más tiempo contra la Legión Ardiente, por lo cual estaban mucho más agotadas. Archimonde era demasiado listo como para no aprovecharse de ese punto débil. Cada vez más y más guerreros provistos de colmillos arremetían en tropel contras esa parte de la hueste que se desmoronaba. Las bestias viles hostigaron a esas líneas y desde arriba los guardias apocalípticos arremetieron contra los soldados distraídos, aplastándoles el cráneo o clavándoles lanzas en el pecho o la espalda. A menudo, agarraban a un par de elfos de la noche, los subían hasta una gran altura y, acto seguido, dejaban caer a sus indefensas víctimas sobre la hueste. Al caer entre sus compañeros, los soldados se convertían en misiles que se autodestruían y acababan con los que se hallaban en el suelo.

Una explosión lanzó a varios elfos de la noche varios metros por los aires. Del enorme cráter surgió un infernal llameante. Ese demonio, que era fuerte físicamente pero débil mentalmente, solo tenía un propósito en la vida: aplastar todo lo que hallara en su camino. Arremetió contra una línea de soldados, que salieron despedidos como si fueran hojas caídas de un árbol.

Antes de que Malfurion pudiera reaccionar, Brox se colocó directamente delante del infernal. Parecía imposible que siquiera el orco pudiera ser capaz de frenar a tal gigante, pero de algún modo Brox lo logró. El infernal se paró en seco y, por el rugido que lanzó, al demonio eso le resultó bastante frustrante. Alzó un puño ígneo e intentó aplastar el cráneo del orco, de tal modo que acabara incrustado en su caja torácica, pero Brox alzó su hacha y, de alguna manera, el fino mango de su arma logró bloquear el golpe letal sin quebrarse. Entonces, Brox reaccionó con más velocidad que el infernal y apartó de un empujón el puño del demonio, al que le clavó la cabeza del hacha en el pecho.

A pesar de todo su jactancioso poder, el infernal no estaba protegido de esa arma mágica que sus colegas. La hoja se hundió varios centímetros. De la tremenda herida surgieron violentamente unas llamas verdes. Brox gruñó mientras se giraba para evitar las llamas y, a continuación, arrancó la hoja del cuerpo de su rival para propinarle otro hachazo.

Aunque se tambaleaba, el infernal no estaba derrotado. Rugió y golpeó con los dos puños a la vez el suelo. El atronador impacto generó unas ondas sísmicas que alcanzaron a Brox, desequilibrándolo y haciéndole caer al suelo.

De inmediato, el demonio cargo, con la intención de golpear al orco y aplastarlo. Pero mientras se acercaba, Brox, que se había arreglado para no soltar su arma, lo apoyó en el suelo como si se tratara de una pica.

El infernal se empaló él solo en ella. Aunque intento alcanzar a Brox, el veterano guerrero se mantuvo firme. Presa de la furia, el infernal lo empeoró todo, ya que el hacha se hundió aún más en su cuerpo, provocando una nueva llamarada que pasó a unos cinco centímetros del orco.

El enorme demonio se estremeció y, por fin, se quedó quieto.

A pesar de que estaban logrando algunas victorias en combates individuales, la Legión Ardiente seguía avanzando. Malfurion intento evocar el estado emocional que lo había permitido obligar a retroceder a esa horda en el pasado, pero no pudo. El secuestro de Tyrande lo había dejado exhausto en sentido.

Vio a lord Ojo de Estrella a la izquierda, a lo lejos. El noble reprendiendo ahí a los soldados que resistían como podían. Ojo de Estrella era todo lo contrario a su predecesor. Si bien Cresta Cuervo ojo habría acabado tan manchado de sangre y mugre como sus tropas, Ojo de Estrella tenía un aspecto inmaculado. Estaba rodeado por su guardia personal, que no permitía que nada ni nadie que no fuera digno se le acercara, ni siquiera en un momento tan crucial.

Entonces, para sorpresa del druida, una figura greñuda paso junto a él, cargando hacia la brecha cercana. Un colosal tauren tras otro lo siguieron en dirección hacia esa línea que flaqueaba, a la que apoyaron con su asombrosa fuerza. Con un entusiasmo comparable al de Brox, atacaron a los demonios, acabando con varios de esos guerreros provistos de colmillos en el primer asalto. Entre esos tauren, Malfurion pudo distinguir a Huln en la cabeza del grupo, quien estaba empalando a un guardia vil con su lanza águila con tal fuerza que la punta le salió por la espalda. Con suma facilidad, Huln se quitó de encima al demonio muerto y, acto seguido, detuvo un salvaje ataque de otro. El líder tauren esbozó una amplia sonrisa.

Y con los tauren avanzaba alguien que no parecía encajar en ese grupo. Jarod Cantosombrío, con su espada ya ensangrentada, les gritaba a los gigantescos hombres bestias que estaban con él. Para sorpresa de Malfurion, el grupo reaccionó como si estuvieran obedeciendo una orden. Se desplegaron, permitiendo a los elfos de la noche reconstruir sus propias líneas y acudir en ayuda de sus rescatadores.

También se materializaron unas sacerdotisas de Elune. Esas doncellas guerreras eran un grupo sorprendente, sobre todo si se tenía en cuenta que habían sido unas adalides del pacifismo antes de la llegada de la Legión. Aunque, al verlas aparecer, a Malfurion le dio un vuelco el corazón, ya que las llamas de la culpa que sentía por no haber sido capaz de evitar que Tyrande cayera en las garras de los demonios ardieron de nuevo con intensidad.

A lomos de sus animales, las sacerdotisas atacaban con sus espadas o arcos al enemigo. Sin embargo, entre las más diestras en el arte del combate se encontraba alguien que no era en verdad una sacerdotisa. A Shandris Plumaluna, que era más bajita que el resto, le faltaban aún un par de veranos para poder pasar a ser oficialmente una novicia. Pero como situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas, Marinda, la hermana que sustituía a Tyrande en su ausencia, había decidido permitir que Shandris pasara a engrosar sus filas; unas filas cada vez más escasas de efectivos. Ahora, ataviada con una armadura que había pertenecido a una compatriota caída y que le quedaba un poco grande, la miembro más reciente de las hijas de la Madre Luna disparó tres virotes todos los cuales dieron justo en el blanco: las gargantas de sendos demonios.

El avance de la Legión se detuvo, y los de defensores lograron que se volvieran las tornas. Malfurion y Rhonin los apoyaron con sus poderes y, de este modo, los elfos de la noche fueron recuperando el terreno perdido.

De repente, se oyó un chillido que procedía de las hermanas de la Madre Luna. Dos de las sacerdotisas cayeron, al ser aplastadas por sus propias armaduras. Incluso muertas, sus expresiones mostraban la agonía que habían sufrido al ser estrujadas por el metal.

Malfurion entornó los ojos y profirió un grito ahogado. Una de ellas era Marinda.

— ¡Eredar! —exclamó Rhonin, quien señaló hacia el noroeste.

Pero antes de que el mago pudiera contraatacar, una fuente de llamas estalló en esa misma dirección. Malfurion percibió la agonía de ese brujo lejano mientras las llamas lo devoraban.

—Mis más sinceras disculpas por haber demorado tanto mi regreso —murmuró Krasus, quien era el que había impartido ese castigo al brujo enemigo. El mago dragón se hallaba detrás de ambos, a corta distancia—. Me he visto obligado a regresar haciendo varias escalas —añadió con amargura.

Nadie se lo echaba en cara, no después de todo lo que había hecho.

Con todo esto, estaba claro que Krasus no se iba a perdonar a sí mismo tan fácilmente.

—Los hemos obligado a retroceder una vez más —señaló Rhonin, aunque no había ningún entusiasmo en esas palabras—. Como ya habíamos hecho antes, una y otra vez…

La batalla se fue alejando de ellos. Ahora que el combate se encontraba de nuevo en manos de los defensores, las Hermanas de Elune se centraron en la tarea que era su verdadera vocación: sanar a los heridos. Se esparcieron entre los soldados, e incluso unas cuantas fueron a los tauren, aunque con ciertas reservas muy claras.

El bramido de los cernos de batalla provocó que los tres miraran hacia el lugar donde se hallaba lord Ojo de Estrella a lomos de su montura.

El noble, que empuñaba su espada en alto, señaló entonces en dirección hacia la Legión Ardiente. No cabía duda de que pretendía arrogarse el mérito del último avance de la hueste. Krasus negó con la cabeza.

—Si Brox hubiera alcanzado a Cresta Cuervo a tiempo…

—Hizo lo que pudo, estoy seguro —replicó Malfurion.

—No tengo ninguna queja sobre cuánto se esforzó el orco, joven.

Es el destino con quien yo siempre batallo. Vamos, aprovechemos este receso para ver si podemos ayudar a las hermanas. Hay muchos heridos a los que atender.

En efecto, los había. A continuación, Malfurion decidió aplicar otras habilidades que había aprendido. Cenarius le había enseñado mucho sobre plantas y otras formas de vida que podían emplearse para calmar el dolor y curar heridas. Si bien no era un sanador de tanto talento como la mayoría de las sacerdotisas, dejaba a sus pacientes en un estado mejor del que se los había encontrado.

Entre los heridos, localizó a Jarod. El capitán estaba sentado cerca de su sable de la noche, que estaba descansando; mientras tanto, una hermana le curaba un tajo muy largo que tenía en el brazo.

—He intentado convencerla de que no es nada —comentó amargamente mientras se aproximaban—. La armadura me ha protegido bastante bien.

—Las armas de la Legión Ardiente suelen llevar veneno —le explicó Krasus—. Incluso la herida más leve puede resultar muy traicionera. —El pálido mago agachó la cabeza ante el oficial—. Pensaste con rapidez. Salvaste la situación.

—Le rogué al tauren, a Huln, que me prestara a algunas de sus tropas para poder salvar a las mías y luego le pedí a los enanos que se cercioraran de que no hubiera debilitado las líneas tauren en demasía. —Como he dicho, pensaste con rapidez. Los elfos de la noche y los hombres toro han luchado muy bien juntos cuando ha habido que hacerlo. Ojalá nuestro antiguo comandante hubiera podido verlo. En cuanto he llegado, me he percatado de que los aliados no estaban realmente cohesionados.

Rhonin esbozó una sonrisa de suficiencia.

— ¿Acaso esperabas otra cosa de lord Ojo de Estrella?

—Ay, no

Ante la llegada de una sacerdotisa de alto rango, la conversación se interrumpió. Era alta y se movía como si fuera un sable de la noche. Aunque su rostro no carecía de cierto atractivo, mostraba una expresión severa. La piel de esa hermana tenía una tonalidad un poco más pálida que la de la mayoría de los miembros de su pueblo. Por alguna razón, a pesar de eso, a Malfurion le recordaba a alguien.

—Me dijeron que te habían visto —le comentó a Jarod con un tono cariñoso.

El capitán la miró perplejo, como si no estuviera seguro de que ella realmente estuviera ahí.

—Maiev…

—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos, hermanito.

Ahora el parecido físico le resultó mucho más evidente. El capitán se apartó de la otra sacerdotisa que seguía curándolo y se puso en pie para mirar a la cara a su hermana. Aunque era más alto que ella, de algún modo daba la sensación de que Jarod tenía que elevar la vista para contemplar a Maiev.

—Desde que decidiste entrar al servicio de la diosa lunar y escogiste el templo de Hajiri para cursar tus estudios.

—Ahí es donde Kalo’thera ascendió a las estrellas —replicó Maiev quien se refería a la célebre Suma Sacerdotisa que había vivido siglos atrás. Muchos miembros de la hermandad consideraban a Kalo’thera casi una semidiosa.

—Fue muy lejos de casa. —de repente, dió la impresión de que Jarod acababa de recordar que los demás estaban ahí presentes. Los miró y dij o—: Esta es mi hermana mayor, Maiev, estos son…

La sacerdotisa de alto rango ignoró completamente a Malfurion y Rhonin y clavó su mirada únicamente en Krasus. Al igual que el resto de la hermandad, era evidente que sabía que era especial, aunque no comprendiera por qué. Maiev hincó una rodilla en tierra, antes de que Jarod pudiera continuar, y aseveró:

—Me siento honrada de hallarme ante ti, anciano ser.

Manteniendo una expresión pétrea, Krasus contestó:

—No hace falta que te arrodilles ante mí. Levanta, hermana, y sé bienvenida entre nosotros. Tú y tus hermanas han aparecido hoy en el momento más oportuno.

La hermana de Jarod exudó orgullo por todos los poros.

—La Madre Luna nos ha guiado bien, aunque eso haya supuesto el sacrificio de Marinda y algunas otras. Vimos que la línea se rompía. Habríamos llegado antes que los hombres toro si no hubiéramos tenido que recorrer una distancia mayor. —Miró entonces en la dirección que se habían ido los tauren—. Para ser de esa especie, reaccionaron muy bien.

—Fue tu hermano quien lo coordinó todo —le explicó el mago—.

Ha sido Jarod quien tal vez haya salvado a la hueste.

¿Jarod? —El tono que acababa de emplear Maiev denotaba cierta incredulidad pero cuando vio que Krasus asentía, se olvidó de todo recelo y agachó la cabeza ante el capitán—. ¡Un mero oficial del Cuerpo de Centinelas de la ciudad jugando a ser el comandante! La fortuna te ha acompañado esta vez, hermano.

Él se limitó a asentir, mientras miraba para otro lado.

Rhonin, sin embargo, no quiso pasar por alto el comentario despectivo de Maiev.

¿La fortuna? ¡No, el sentido común, más bien!

La sacerdotisa se limitó a encogerse de hombros.

—Hermanito, nos estabas presentando…

¡Perdóname! Maiev, el anciano mago es Krasus. A su lado se encuentra el mago Rhonin…

—Unos visitantes tan ilustres son bienvenidos en estos momentos le interrumpió—. Que Elune los bendiga.

—Y este —prosiguió el capitán— es Malfurion Tempestira, el… Maiev fulminó con la mirada al druida.

—Sí… una de nuestras hermanas, Tyrande Susurravientos, te conocía.

Teniendo en cuenta que Tyrande había pasado a ser la Suma Sacerdotisa, aunque sólo un poco antes de que fuera secuestrada. Malfurion consideró que ese comentario no era muy respetuoso.

—Sí, crecimos juntos.

—Lloramos su pérdida. Me temo que su inexperiencia la traicionó. Habría sido mejor para ella que su predecesora hubiera escogido a alguien más… curtida.

Maiev estaba sugiriendo sutilmente que era ella quien debía haber sido escogida.

Conteniendo su ira, Malfurion replicó:

—Ella no tuvo culpa do nada. La batalla se había extendido por todas partes. Vino a defenderme, pero resultó herida. Quedo inconsciente. Durante el caos subsiguiente, los siervos de los demonios se la llevaron. —En ese instante, clavó sus ojos en la fría y dura mirada dc la sacerdotisa—. Pero la rescataremos de sus garras.

La hermana de Jarod asintió.

—Rezaré a Elune pura que sea así. —Entonces, dirigió su mirada al capitán—. Me alegro de que no hayas resultado gravemente herido, hermanito. Ahora, si me perdonan, debo atender a las demás hermanas. El fallecimiento de Marinda nos obliga a escoger una nueva líder con premura. Ella aún no había elegido a su sucesora. — Con una reverencia dirigida a Krasus, Maiev concluyó—: Una vez más, que Elune los bendiga.

En cuanto la sacerdotisa estuvo lo bastante lejos, Rhonin gruño:

—Tu hermana es un dechado de alegría y simpatía.

—Ha consagrado su vida a Elune y sus enseñanzas con gran dedicación y entrega —respondió Jarod, muy a la defensiva—. Siempre ha sido muy seria.

—No se le puede echar en cara su dedicación y entrega —comentó Krasus—, siempre es eso no le impida ver que los demás también puedan escoger otros caminos.

Al regresar Brox, Jarod no tuvo que volver a defender a Maiev. El orco mostraba una amplia sonrisa de satisfacción en su amplio semblante.

— ¡Ha sido una buena batalla! ¡Con muchas muertes sobre las que se cantará! ¡Con muchos guerreros a los que alabar por la sangre que han derramado!

—Qué bonito —masculló Rhonin.

—Los tauren son buenos luchadores. Unos camaradas bienvenidos en cualquier guerra. —El descomunal guerrero verde se detuvo y apoyó el hacha—. No tan buenos como los orcos… pero casi.

Krasus miró en dirección a la batalla.

—Otro respiro temporal, como mucho, incluso aunque se nos hayan sumado otras razas. Esto no puede continuar así. ¡Debemos cambiar cl curso de la guerra de una vez por todas!

—Pero para eso, los dragones tendrían que intervenir… —señaló su antiguo protegido—. Y no se atreverán a hacer nada, no mientras Alamuerte tenga el Alma Demoniaca.

Rhonin ya no creía que hubiera razón alguna para llamar al dragón Negro por su nombre original dc Neltharion.

—No, me temo que no se atreverán. Ya vimos lo que ocurrió cuando los dragones azules lo intentaron.

Malfurion frunció el ceño. Pensaba en Tyrande. Realmente, no podrían hacer nada por ella a menos que desbarataran los planes dc la Legión Ardiente y. para lograr eso, necesitarían a los dragones sobre todo. Pero los dragones podían enfrentarse al Alma Demoníaca, lo cual implicaba…

—Entonces, tendremos que arrebatársela al dragón Negro.

Todos lo miraron muy fijamente; incluso Brox, que siempre estaba dispuesto a sumarse en cualquier batalla. Presa de la consternación. Jarod hizo un gesto de negación con la cabeza, y Rhonin contempló a Malfurion como si este se hubiera vuelto completamente loco.

A pesar dc ello. Krasus, tras superar la sorpresa inicial, lanzó una mirada inquisitiva al elfo dc la noche.

—Malfurion tiene razón, me temo. Debemos hacerlo.

—Krasus, no puedes hablar en serio…

El mago dragón interrumpió al mago humano.

—Hablo muy en serio. Yo mismo ya me lo había planteado.

—Pero ni siquiera sabemos dónde está Alamuerte. Se ha escondido incluso mejor que los demás dragones.

—Eso es cierto. He considerado recurrir a algunos hechizos antiguos, pero no creo que ninguno de ellos fuera a servir para algo. No obstante, lo intentaré y si fracaso, entonces tendré que…

—Creo que yo sí puedo hacerlo —intervino Malfurion—. Creo que podría localizarlo a través del Sueño Esmeralda. No creo que se haya aislado de ese reino como lo han hecho en el palacio.

El druida parecía haber impresionado a Krasus.

—Quizás tengas mucha razón, joven… —Caviló aún más al respecto—. Pero aunque haya cometido tal error, correrías el peligro de que Neltharion te perciba. Como tú mismo has mencionado antes, en su momento, él intentó rastrearte dentro del Sueño.

—He aprendido a ser más cuidadoso. Lo haré. Es la única manera de salvarla… salvamos.

La figura encapuchada agarró con una mano enguantada a Malfurion del hombro.

—Nosotros también haremos por ella todo lo que podamos.

—Me pondré manos a la obra inmediatamente.

— ¡No! Primero tienes que descansar. Por su bien y por el tuyo, necesitas estar en las mejores condiciones posibles. Si cometes un error o él te descubre todo estará perdido.

Malfurion asintió, pero a pesar que se sentía un tanto decepcionado, la esperanza había renacido en él. Aunque fuera levemente. En verdad, Neltharion, podría estar preparado, pero el dragón era muy obsesivo y decidido. Su megalomanía podría obrar en su contra.

—Haré lo que dices —le dijo al mago—. Pero entonces, hay otra cosa que tengo que hacer. Hay alguien con quien tengo que hablar, alguien que quizá pueda ayudarme a tener más posibilidades de éxito.

Krasus asintió con la cabeza para indicarle que le entendía y estaba acuerdo.

—Con Cenarius. Tienes que hablar con el señor del bosque.

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