El Cataclismo – Capítulo Dos

Zin-Azshari. Antaño el glorioso culmen de la civilización de los elfos de la noche. Una ciudad en continuo crecimiento, situada junto al Pozo, la base del poder de los elfos de la noche. El hogar de la venerada reina Azshara, en cuyo honor sus devotos súbditos habían bautizado la capital.

Zin-Azshari… Ahora un cementerio en ruinas, el punto de lanzamiento de la invasión de la Legión Ardiente.

Unas bestias viles lupinas olisqueaban los escombros, buscando siempre el inconfundible olor de la vida y la magia. Unos tentáculos gemelos, que les brotaban cerca de la zona donde se hallaban sus peludos hombros, se movían rápidamente de aquí para allá como si tuvieran mente propia. Las ventosas repletas de dientes situadas en el extremo de cada uno de ellos se abrían y cerraban hambrientas. Aunque a las bestias viles les encantaba absorberle la vida y el poder a un hechicero hasta dejarlo vacío, esas hileras de dientes afilados que se veían en las bocas de esos monstruos escamosos eran una advertencia de que la carne también era para ellos un bocadito sabroso.

Dos canes demoníacos, que hurgaban entre las ruinas derruidas de lo que había sido en su día una casa arbórea de cinco plantas, alzaron rápidamente la vista al oír unas pisadas de un grupo que avanzaba y el estruendo de las armas y las armaduras. Una hilera tras otra de feroces guerreros pasó por ahí en tropel, su destino era dar alcance a los elfos de la noche que se hallaban a días de distancia. La Guardia Vil conformaba la columna vertebral de la fuerza invasora, pues el resto de tuerzas combinadas no alcanzaban su número ni por asomo. Medían dos metros setenta y, aunque eran de hombros y pechos anchos, eran estrechamente estrechos, incluso flacos, en el vientre. Un par de enormes cuernos curvados brotaban de unas cabezas prácticamente desprovistas de carne. Con sus ojos rojos como la sangre observaban con recelo ese paisaje devastado. Aunque marchaban con gran precisión, la impaciencia reinaba entre la Guardia Vil, pues vivían únicamente para masacrar. De vez en cuando, uno de esos guerreros con colmillos daba un empujón a otro I y la anarquía amenazaba con desatarse.

No obstante, bastaba con un rápido latigazo propinado desde arriba para mantener a esos guerreros a raya. Los miembros de alas ígneas de la Guardia Apocalíptica revoloteaban por encima de las filas de todos los regimientos, vigilando por si se producía algún desorden. Eran un poco más altos que sus hermanos de allá abajo, de los que se diferenciaban muy poco, salvo por el hecho de que eran menos en número y poseían una mayor inteligencia.

Aunque ahora una espantosa niebla cubría Zin-Azshari, los monstruosos ejércitos no tenían ninguna dificultad a la hora de desplazarse a través de ella. La niebla, que formaba parte de ellos al igual que las espadas, hachas y lanzas que empuñaban, poseía una tonalidad verde pálida, la cual encajaba a la perfección con el color de las temibles llamas que irradiaban cada uno de esos demonios.

Desde las ruinas, los cráneos de los elfos de la noche contemplaban con tristeza cómo marchaba la Legión Ardiente. Ellos, e infinidad de otros como ellos, habían perecido a las primeras de cambio, traicionados por la misma reina a la que veneraban. Los únicos elfos de la noche que seguían vivos en la capital eran los Altonato, los sirvientes de la soberana. Ocupaban una sección aislada de la ciudad, rodeada de murallas gigantescas, que impedían que su delicada sensibilidad se viera afectada por la dantesca carnicería. Ataviados con los ropajes llamativos y multicolores de su elitista clase social, se ocupaban de satisfacer sus propias necesidades mientras aguardaban las órdenes de Azshara.

Los guerreros de la guardia de palacio, cuyas miradas refulgían con la furia de un fanatismo digno de la Legión, todavía ocupaban la muralla. El capitán Varo’then era su comandante (quién a pesar de su título, era más un general a esas alturas que un mero oficial) y actuaba como los ojos y la boca de su monarca cuando esta no podía ser molestada ni distraída en sus momentos de esparcimiento Si se hubiera dado la orden, los soldados habrían combatido codo con codo con los demonios contra su propia gente. Ya habían observado con indiferencia cómo masacraban a los habitantes de la ciudad. Tal y como sucedía con todos los que se encontraban dentro del palacio, eran tanto unas criaturas de Azshara como unos siervos del Señor de la Legión Ardiente.

De Sargeras.

Alguien que no era una títere ni de la reina ni del demonio se hallaba colgada en una celda situada en las profundidades del palacio, donde intentaba acallar ese insistente miedo que le devoraba las entrañas rezando constantemente a su diosa.

Al despertarse, Tyrande Susurravientos se había encontrado viviendo una pesadilla. Lo último que podía recordar la sacerdotisa de Elune (la Madre Luna) era que se había hallado en medio de una terrible batalla. Al caer de su montura moribunda, se había golpeado en la cabeza. Malfurion la había arrastrado hasta un lugar seguro…, pero a partir de ahí, todo se volvía contuso. Tyrande recordaba vagamente algunas imágenes espantosas, algunos ruidos horrendos. Unas criaturas semejantes a una cabra con unas bocas maliciosas, que la habían agarrado con unas manos peludas provistas de garras. Los gritos desesperados de Malfurion y entonces…

Entones, la sacerdotisa se había despertado aquí.

Con unos largos y elegantes ojos plateados, escrutó la prisión por milésima vez. Sus atractivos labios se separaron para mostrar un gesto de arrepentimiento y aceptación de la situación. Sacudió la cabeza, de tal manera que unas ondas fluyeron por su larga melena de color azul oscuro (cuyos mechones plateados destacaban más ahora que no llevaba su yelmo de combate) cada vez que la agitaba en una dirección distinta. Nada había cambiado desde la última vez que Tyrande había echado un vistazo a su alrededor ¿De verdad esperaba que algo lo hubiera hecho?

A pesar de que no le habían colocado unas cadenas en las muñecas ni en los tobillos, era como si se hallara atada por algo de esa índole. Una brillante esfera, que flotaba a unos treinta centímetros de ese suelo de piedra frío y húmedo, la rodeaba de los pies a la cabeza. Dentro de ella, se hallaba con los brazos extendidos por encima de la cabeza y las piernas muy juntas. Por mucho que lo intentara, la recientemente nombrada Suma Sacerdotisa no podía separar las extremidades. La magia del gran demonio Archimonde era demasiado poderosa en ese aspecto.

Aunque Archimonde había logrado aprisionar por completo a Tyrande, no había conseguido su objetivo definitivo. No cabía ninguna duda de que deseaba torturarla y, por tanto, someterla a su voluntad y a la de su propio amo. Archimonde contaba no solo con su terrorífica imaginación, sino con las tenebrosas habilidades de los Altonato y los sádicos sátiros.

Aun así, en cuanto el demonio había intentado hacerle daño físicamente, una tenue aura del color de la luz lunar había envuelto a la acolita de Elune. Tanto Archimonde como sus esbirros eran incapaces de penetrarla. Ante ese ataque tan maligno, la armadura de placas que protegía su flexible figura habría sido tan inútil como la fina capa plateada que le habían arrebatado en un principio; sin embargo, esa aura transparente era como un muro de hierro de kilómetro y medio de espesor. Archimonde había arremetido contra él una y otra vez, pero había sido en vano. Dominado por la ira, ese gigante tatuado había agarrado del cuello a un guardia vil desprevenido y le había aplastado la garganta sin apenas hacer esfuerzo.

Desde entonces, la habían dejado en paz, ya que la campaña para erradicar a la hueste de los elfos de la noche era más importante que una sola sacerdotisa. Eso no quería decir que no tuvieran algo reservado para ella en un futuro, puesto que los sátiros que la habían traído a través del portal mágico ubicado en el campo de batalla habían informado a su amo de que tenía relación muy estrecha con alguien a quien Archimonde había señalado con su marca…, con Malfurion. Cuando menos, usarían a Tyrande en su contra y, ese era el fundamento de gran parte del miedo que sentía ahora. Tyrande no quería ser la causa que provocara la caída de Malfurion.

El ruido de unas pisadas la alertó de que unas nuevas visitas habían llegado a los corredores de la mazmorra. Alzó la vista con aprensión justo cuando alguien estaba abriendo la puerta. En cuanto se abrió, entró una figura a la que temía tanto al menos como a Archimonde. El oficial con el rostro desfigurado portaba una armadura de un reluciente verde esmeralda con un brillante patrón de rayos solares en el pecho. Tras él, ondeaba una capa suelta cuyo color era el mismo que el de los rayos. No parecía parpadear nunca con esos ojos rasgados y, cuando posó su mirada en ella, esta era tan intensa que Tyrande fue incapaz de mirarlo a los ojos.

—Está consciente —comentó el capitán Varo’then a alguien situado detrás de él.

—Entonces, no nos demoremos —respondió con languidez una mujer—. Veamos qué es eso que tanto valora lord Archimonde…

Tras hacer una reverencia. Varo’then se apartó a un lado para permitir el paso a quien había hablado. A pesar de que era quien esperaba. Tyrande tuvo que reprimir un grito ahogado.

La reina Azshara era tan hermosa y perfecta como describían los cuentacuentos. Su exuberante melena plateada caía en cascada por la espalda. Tenía unos ojos dorados y medio velados, unos labios llenos y seductores. Iba ataviada con un vestido de seda del mismo color que su pelo, que, además, era tan fino que permitía vislumbrar con bastante claridad la esbelta silueta que se hallaba debajo. Llevaba un brazalete enjoyado en cada muñeca y unos pendientes a juego, que pendían hasta casi rozarle esos exquisitos hombros desnudos. En la tiara arqueada que portaba en el pelo, había un rubí que reflejaba de un modo casi cegador la luz mortecina de la antorcha que un guardia portaba.

Detrás de ella había otra mujer, una que también habría sido considerada bastante hermosa, si no fuera porque su belleza palidecía en comparación con la de Azshara. La sirvienta vestía un atuendo similar al de su señora, salvo por el hecho de que era una de calidad un tanto inferior. También llevaba un peinado lo más parecido posible al de la reina, aunque su color plateado era, sin duda alguna, producto de los tintes y ni siquiera se acercaba a la intensa tonalidad de la melena de Azshara. En verdad lo único que destacaba de ella eran sus ojos; plateados, como los de la mayoría de los elfos de la noche, pero con un aire exótico y felino.

— ¿Esta es? —preguntó la reina con una indisimulada decepción mientras observaba detenidamente a la cautiva.

En verdad, en presencia de Azshara, Tyrande se sentía incluso más cohibida que la sirvienta. Quería limpiarse al menos la mugre y la sangre de la cara y el resto del cuerpo, pero no podía hacerlo. A pesar de que era consciente de que la reina había traicionado a su pueblo, la sacerdotisa sentía el deseo de arrodillarse ante esas sandalias, ante los esbeltos pies de Azshara, pues la soberana era así de carismática.

—No hay que subestimarla, Luz de Luces —replicó el capitán, cuyos ojos, que ardían de deseo, estaban clavados en Azshara—. Al parecer, Elune la protege.

A la reina no le pareció para nada en absoluto que eso fuera algo impresionante. Frunció su nariz perfecta y preguntó:

— ¿Qué es Elune comparada con el gran Sargeras?

—Hablas de un modo sabio, majestad”.

Azshara se aproximó aún más. Daba la sensación de que incluso el más leve de sus movimientos estaba calculado para lograr el máximo impacto en quienes la contemplaban. Tyrande volvió a sentir el deseo de arrodillarse ante ella.

—Es bonita, de un modo basto —añadió la figura de las trenzas plateadas de manera displicente—. Tal vez sea digna de ser una sirvienta. ¿Eso te gustaría… ? Dime otra vez como se llama, capitán. —Tyrande —respondió el capitán Varo’then, haciendo una leve reverencia.

—Tyrande ¿te gustaría ser mi sirvienta? ¿Vivir en el palacio? ¿Ser una de mis favoritas y de mi señor? ¿Mmm?

La otra mujer se sobresaltó al oír esa sugerencia y con su mirada felina pareció desollar a la sacerdotisa. Ni siquiera intentó disimular la inmensa envidia que sentía.

Apretando los dientes, la joven elfa de la noche contestó con voz entrecortada:

—He jurado lealtad a la Madre Luna, mi vida y mi corazón le pertenecen…

La belleza de la reina se vio súbitamente arruinada por una breve expresión que rivalizaba en maldad con la del capitán Varo’then.

¡Ramera desagradecida! ¡Y menuda mentirosa también! Entregas tu corazón con bastante facilidad, ¿verdad? ¡Primero a un hermano y luego a otro! ¿Hay más aparte de ellos? —Al ver que Tyrande no respondía, Azshara continuó—: ¿Acaso poder manipular a los varones no es algo maravilloso? ¿Acaso no es divertido que unos amantes se peleen por ti? ¡Es tan delicioso verlos derramar sangre en tu nombre! ¡En realidad, debo elogiarte! Sobre todo si son hermanos y, además, ¡gemelos! Quebrar sus lazos familiares hasta que deseen arrancarse la garganta el uno al otro, deseen traicionarse mutuamente… ¡y todo por obtener tu favor!

Varo’then se rio entre dientes. La sirvienta esbozó una sonrisa siniestra. Tyrande notó que se le escapaba una lágrima y se maldijo en silencio por dejarse dominar por las emociones.

¡Oh, cielos! ¿Acaso he sacado a colación un tema que te afecta mucho? ¡Discúlpame! ¡Vamos, lady Vashj! ¡Vayamos a ver si se ha hecho algún avance con el portal! Quiero estar lista cuando Sargeras lo cruce… —la reina mencionó el nombre del demonio con cierto tono jactancioso—. Quiere tener el mejor aspecto posible cuando lo reciba…

Los guardias se apartaron a un lado para dejar paso al capitán Varo’then, quien acompañó a Azshara y lady Vashj hasta a puerta. Cuando acababan de salir al pasillo, la soberana de los elfos de la noche miró hacia atrás, hacia la sacerdotisa cautiva.

— ¡Realmente deberías reconsiderar mi propuesta! ¡Deberías ser mi sirvienta, mi querida muchacha! Así, podrías quedarte con ambos, que seguirían vivos y manipularlos a tu antojo… una vez que yo me hubiera hartado de ellos por supuesto.

La puerta de hierro se cerró estruendosamente, sellando así el fin de las esperanzas de Tyrande. Se imaginó tanto a Malfurion como a Illidan. Como Malfurion había estado presente cuando la habían secuestrado, sabía que se encontraría afligido por haber sido incapaz de protegerla. Temía que tales emociones lo empujaran a cometer alguna temeridad, lo que le convertía en un objetivo muy fácil para los demonios.

Y luego estaba Illidan. Justo antes de la última batalla, este hermano había descubierto a quién quería realmente la sacerdotisa y no se lo había tomado nada bien. Aunque los comentarios que había hecho Azshara buscaban, sin lugar a dudas, minar su moral, Tyrande no pudo evitar ver que había cierta verdad en ellos. Conocía muy bien a Illidan y sabía que podría perder la cabeza. ¿Acaso esa forma de ser, así como la frustración por haber sido rechazado, lo habían empujado a hacer algo terrible?

—Elune, Madre Luna, vela por ambos —susurró—. Aunque Tyrande no podía negar que el que más le preocupaba era Malfurion, también le seguía importando su gemelo. La sacerdotisa también era consciente de lo mal que se sentiría Malfurion si le sucediera algo a su hermano. Tras pensar en eso, Tyrande añadió—: ¡Madre Luna, cualquiera que sea mi destino, por favor, salva a Illidan, hazlo al menos por Malfurion! ¡Haz que se tengan el uno al otro! No permitas que Illidan…

En ese momento, percibió otra presencia cerca de ella, una que ciertamente se hallaba dentro de los muros del castillo, pues la notaba muy cerca, fue un encuentro muy breve, brevísimo; aún así, la sacerdotisa supo qué era lo que había percibido.

¡Era Illidan! Illidan estaba en Zin-Azshari… ¡en el palacio!

Ese descubrimiento la estremeció por entero. Se imaginó que lo habían hecho prisionero, que lo estaban torturando de un modo horrible, ya que él no contaba con el milagroso amor de Elune para protegerlo con el que sí contaba ella. Tyrande se lo imaginó chillando mientras los demonios lo desollaban vivo, ya que su magia aseguraba que permaneciera totalmente consiente a lo largo de cada uno de esos momentos plagados de agonía. Lo torturarían no solo por lo mucho que él había hecho en contra de la Legión, sino también por lo que había hecho Malfurion.

Intentó alcanzar de nuevo sus pensamientos, pero fue inútil. Aun así, mientras lo intentaba, se percató de que había habido algo en ese contacto fugaz que la inquietó. Tyrande caviló al respecto, refugiándose aún más en sí misma. Había percibido algo en las emociones de Illidan que no encajaba bien, algo realmente malo…

En cuanto se dio cuenta de lo que era, Tyrande se quedó helada de espanto. ¡No podía ser! ¡No importaba lo que hubiera ocurrido en el pasado, Illidan no sería capaz!

—Él no volvería tan… —se insistió a sí misma Tyrande—. Por ninguna razón…

Ahora comprendía parte de lo que la reina había dicho. Illidan (aunque resultara imposible de creer) había venido a Zin-Azshari por voluntad propia.

Quería servir al Señor de la Legión Ardiente.

La torre del palacio de Azshara situada más al sur ardía envuelta en energías mágicas; ya fuera de día o de noche, los Altonato nunca cejaban en su empeño. Los centinelas apostados cerca intentaban no mirar en dirección a esa alta estructura, pues temían que esas poderosas hechicerías pudieran sepultarlos de algún modo.

Ahí dentro, los Altonato, ataviados con unas túnicas color turquesa, provistas de capucha y de unos elegantes bordados, que cubrían sus demacradas siluetas, se hallaban en pie, alternándose entre unas siniestras figuras cornudas cuya parte inferior recordaba al cuerpo de una cabra. En el pasado, esos seres también habían sido elfos de ‘a noche y. a pesar de que la parte superior de su fisonomía todavía conservaba algún parecido, habían sido transformados en algo más mediante brujería y maldad. En algo que ahora formaba parte de la Legión Ardiente y no del mundo de Azeroth.

En sátiros.

Pero incluso los sátiros parecían cansados mientras se esforzaban junto a sus antiguos hermanos por llevar a cabo ese hechizo que estaban confeccionando dentro del patrón hexagonal. Encima de ese diseño, flotando a la altura de los ojos, esa masa ígnea tenía en su centro una oscuridad que parecía extenderse eternamente, lo cual reflejaba lo tremendamente lejos, más allá de su plano de existencia, que habían llegado los taumaturgos. Habían ido más allá de las fronteras de la razón, de los límites del orden..para adentrarse en el caos del que procedían los demonios.

El reino de Sargeras, el Señor de la legión.

Una enorme sombra se cernía sobre los sudorosos taumaturgos. Esa monstruosidad alada se movía impulsada por cuatro piernas grandes como troncos. De su cara, similar a la de una rana, brotaban unos colmillos gigantescos. Bajo un prominente arco superciliar, se hallaban esos orbes llameantes que eran sus ojos, con los que contemplaban con furia a esas figuras diminutas. Con la coronilla de su cabeza escamosa casi rozaba el techo.

Al mismo tiempo que agitaba adelante y atrás su descomunal cola por el suelo, Mannoroth bramó:

— ¡Manténganlo estable! ¡Les arrancaré la cabeza y me beberé la sangre que mane de sus cuellos si fracasan!

Sin embargo, a pesar de lo que acababa de decir, él estaba sudando tanto como ellos, habían intentado confeccionar un nuevo sortilegio con la esperanza de lograr que el portal fuera más grande y robusto (lo suficiente como para que el propio Sargeras pudiera atravesarlo), pero en vez de eso, prácticamente habían perdido el control. Tal fracaso supondría la ejecución de algunos hechiceros, así como la muerte de un modo horrible del propio Mannoroth, Archimonde no toleraría más errores.

—Si me permites. —dijo alguien desde la entrada de la cámara.

Tras proferir un gruñido, Mannoroth dirigió su mirada hacia el diminuto elfo de la noche. A excepción hecha de sus perturbadores ojos ambarinos, vió muy poco que llamara su atención en ese recién llegado del que recelaba llamado Illidan Tempestira. Archimonde toleraba, muy a su pesar, que esa criatura siguiera viva porque había percibido en él cierto potencial, pero Mannoroth hubiera preferido colgar a esa hormiga arrogante de unos ganchos clavados en sus ojos y luego despedazarlo lentamente, miembro a miembro. Así, se vengaría del hermano de Illidan, el druida que había provocado ese desastre, cuya responsabilidad debía asumir un avergonzado Mannoroth.

No obstante, tal diversión tendría que esperar. Por ninguna otra razón salvo tal vez ver cómo Illidan fracasaba miserablemente, Mannoroth le indicó con una extremidad enorme repleta de garras que el elfo de la noche podía proceder. Illidan, ataviado con un jubón y unos pantalones de cuero negro y con el pelo recogido en una coleta, pasó junto al gran demonio, mostrando un total desprecio por el rango de Mannoroth. Tratar con él era aún peor que tratar con Varo’then, ese soldado que era el perrito faldero de Azshara.

Illidan se detuvo en el círculo y observó detenidamente el hechizo. Después de un momento, asintió y, entonces, con un sereno movimiento de su mano, se abrió un hueco entre un sobresaltado sátiro y un Altonato.

Unas ondas se propagaron por el portal. Mannoroth tocó el suelo con sus colmillos amarillentos. Si el elfo de la noche provocaba que el portal se desmoronara, Archimonde no podría echar en cara a su segundo al mando que hubiera aplastado al culpable contra la pared.

Illidan hizo un solo gesto en dirección hacia ese agujero ardiente… y, de repente, se mantuvo estable. La inestabilidad que el demonio había percibido se desvaneció. En todo caso, el portal era ahora más robusto que antes.

Mannoroth frunció su ceño verde. ¿Acaso esa esa criatura diminuta poseía el poder necesario para…?

Sin embargo, antes de que pudiera seguir cavilando, una presencia llenó la cámara de improviso, cuyo origen se encontraba en las profundidades más y más remotas del portal.

— ¡Arrodíllense! —rugió el cuadrúpedo.

Todos (tanto los taumaturgos como los guardias) obedecieron de Inmediato.

Todos. salvo Illidan.

Con suma calma el elfo de la noche permaneció en pie ante el portal a pesar de que era imposible que no percibiera la abrumadora presencia que emanada de él. Illidan contemplaba fijamente la negrura, de un modo expectante.

Eres el elegido…, se oyó decir a Sargeras.

Las antorchas titilaron exageradamente. Entre las sombras danzantes que proyectaron, casi dio la impresión de que una de ellas estaba más viva que el resto. No solo se elevó hasta el techo, sino que se extendió por él y alcanzó su máximo esplendor justo por encima del agujero llameante.

Illidan reaccionó ante esa manifestación con la misma aparente indiferencia que había mostrado ante todo lo demás. Mannoroth lo consideró el mayor necio con el que jamás se había topado.

Eres el que ha logrado lo que los demás no han podido conseguir…

El elfo de la noche por fin mostró algo de cordura al agachar la cabeza ligeramente en señal de deferencia hacia esa voz.

—Consideré que era necesario actuar.

Eres fuerte…, dijo Sargeras desde el más allá. Por un momento, remó el silencio, pero entonces…, pero no lo bastante fuerte…

Eso quería decir que, a pesar de todo su poder, Illidan no poseía los recursos necesarios para lograr que el portal fuera lo bastante robusto como para permitir que el Señor de la Legión pudiera llegar al plano mortal. Mannoroth unas sensaciones encontradas; por una lado se sentía frustrado ya que el camino seguía cerrado para Sargeras, por otro lado se sentía contento, ya que el elfo de la noche no poseía el poder necesario.

—Aunque tal vez conozca la manera de poner remedio a eso — comentó Illidan de un modo inesperado.

Una vez más reinó un completo silencio. La inquietud fue dominando más y más a Mannoroth a medida que este se prolongaba, puesto que Sargeras nunca había permanecido tan callado.

Entonces, al fin…

Habla.

Illidan alzó la mano izquierda con la palma hacia afuera. En ella cobró forma la imagen de un objeto, Mannoroth se estiró para poder verlo mejor y se sintió bastante decepcionado. En vez de tratarse de un amuleto intrincado o un cristal centellante, lo único que había mostrado el elfo de la noche, era un disco dorado de aspecto vulgar, cuya característica más destacable era que le cubría toda la palma de la mano. Si el objeto realmente se hubiera hallado ante él, el coloso alado lo habría pisado sin pensárselo dos veces.

Esperaba que Sargeras castigara a Illidan por hacerle perder el tiempo, pero en vez de eso el Señor de la Legión mostró un obvio interés por ese objeto.

Explícate…

Sin más preámbulos, el hechicero renegado dijo:

—Esta es la pieza clave que posee ese poder. Es el Alma del Dragón.

Ahora, tanto Mannoroth como todos los demás prestaron mucha más atención, pues todos ellos habían sido testigos de su furia, de su poder abrumador. Con ese objeto, el dragón Negro había masacrado tanto a demonios como elfos de la noche a centenares. Había hecho temblar la tierra a kilómetros a la redonda e incluso había enviado muy lejos a los demás dragones cuando habían intentado detenerlo.

Y todo eso lo había logrado con una pieza de aspecto tan humilde.

—Incluso desde ese lugar donde aguardas, la has visto —prosiguió Illidan—. Has percibido su glorioso poder y legítimamente ansias que sea tuya.

Sí…

—Con ella, podrías asesinar a millares valiéndote únicamente de tu mera fuerza de voluntad. Podrías aniquilar toda la vida que se te resistiera en una tierra…, toda la vida, punto.

Si…

—Pero no se te ha ocurrido que podría ser la fuente de poder que te permitiera alcanzar este mundo, ¿verdad?

Sargeras no respondió; una actitud que conllevaba implica contestación más que evidente. Mannoroth gruñó. El elfo de noche era demasiado listo para su propio bien. La Legión Ardiente codiciaba ese artefacto, pero seguía en posesión del dragón Negro. Y mientras aun tuviera que masacrar al pueblo de Illidan, los demonios no podrían contar con las fuerzas y los recursos necesarios para dar caza a esa bestia.

Sí, posee el poder necesario, afirmó al fin el Señor de la Legión. Podría abrir el camino…si fuera nuestra…

—Poseo los medios necesarios que nos permitirán dar con su localización, saber dónde la ha escondido el dragón.

Tras otra pausa muy reveladora, Sargeras contestó:

La bestia negra se ha ocultado muy bien… Incluso de mí…

Illidan asintió, con una sonrisa dibujada en la cara que, si hubiera sido cualquier otro, el Señor de la Legión se la habría arrancado (junto a toda la carne y todos los tendones unidos a ella) incluso desde el más allá.

—No se puede esconder de mí… sé cómo localizarlo… con esto.

El elfo de la noche hizo un gesto y, de repente, apareció en su mano izquierda una placa de ébano del tamaño de su cabeza. Mannoroth se inclinó hacia delante. Al principio, creyó que se trataba de un pequeño fragmento de una armadura de uno de los defensores de ese mundo, pero entonces vio que no estaba hecho de metal.

Era una escama de dragón.

La escama del dragón Negro.

—Un fragmento minúsculo, que una bestia tan enorme no echará de menos —señaló Illidan, a la vez que le daba la vuelta—. Como en el combate con la dragona roja recibió varios golpes, sabía que tenía que haber al menos alguna escama suelta por alguna parte…, así que fui en su busca a lomos de mi montura. En cuanto di con lo que buscaba, continué cabalgando hasta aquí.

Mannoroth lo fulminó con la mirada. ¿Acaso la audacia de ese hechicero no tenía límites? Como era incapaz de permanecer callado más tiempo, bramó:

— ¿Por qué no se la entregas a tus amigos? ¿A tu hermano?

El elfo de la noche miró hacia atrás.

—Porque merezco una recompensa, más poder.

El demonio aguardó a que siguiera hablando, pero Illidan ya había acabado. El hechicero volvió a mirar hacia el portal.

—Necesito tener un acceso ilimitado a las energías del Pozo. El dragón es poderoso, sobre todo gracias a ese artefacto. Pero si cuento con el Pozo para alimentarme de poder, lo encontraré, ¡sin que importe dónde esté!

—Y, entonces, ¿se lo arrebatarás sin más, mortal? —inquirió con un tono burlón el demonio provisto de colmillos—. ¿O acaso simplemente te lo entregará?

—Se la arrebataré a esa bestia de un modo u otro —respondió Illidan con indiferencia, mientras seguía con la mirada clavada en ese abismo turbulento—. Y la traeré aquí.

Mannoroth estalló en carcajadas; de repente, dejó de reírse al notar una tremenda presión alrededor del cuello, la cual se desvaneció de un modo casi inmediato, aunque el mensaje había quedado claro. Daba igual lo que pensara al respecto el demonio alado, al Señor de la Legión le interesaban las palabras de ese facineroso.

Así que me aseguras que me traerás esa creación del dragón, ¿verdad?, le dijo Sargeras a Illidan.

—Sí.

Bien, en caso de que lo logres, recibirás grandes recompensas como pago por tus esfuerzos.

El elfo de la noche agachó la cabeza.

—Nada me satisfaría más que presentarme ante ti con el Alma del Dragón en la mano.

Dio la sensación de que Sargeras se reía entre dientes.

Tal lealtad se merece una marca que te señale como mi protegido, una marca que al mismo tiempo te ayudará a llevar a cabo tu gesta, elfo de la noche…

Illidan alzó la mirada. Por primera vez, un leve gesto de incertidumbre planeó por sus estrechas facciones.

—Mi señor Sargeras, tu llegada a Azeroth será un honor más que suficiente y no necesito ayuda para…

Pero… insisto.

De manera súbita, brotaron del portal dos tentáculos gemelos, hechos de unas llamas de color verde oscuro.

Mannoroth se protegió los ojos inmediatamente. Illidan (el objetivo del encantamiento de Sargeras) no tuvo esa oportunidad, aunque eso tampoco le habría servido de nada.

Las llamas se adentraron en sus ojos.

Al instante, esos tejidos blandos quedaron abrasados. El chillido de Illidan retumbó por toda la cámara y, probablemente, más allá de los muros de palacio. De su semblante se había borrado todo rastro de arrogancia, puesto que ya solo se reflejaba en él una agonía pura y dura.

Las llamas se volvieron aún más intensas. Con los brazos extendidos, Illidan se elevó del suelo. Se arqueó hacia atrás de tal modo que pareció que se iba a partir en dos. Un fuego sobrenatural continuaba anegando sus cuencas ennegrecidas, incluso mucho después de que el último resto de sus ojos se hubiera quemado.

Si bien los Altonato y los sátiros no se atrevieron a abandonar su tarea, se encogieron de miedo e intentaron mantenerse alejados lo máximo posible del elfo de la noche que seguía retorciéndose. Incluso los guardias retrocedieron un par de pasos.

Entonces, tan repentinamente como habían brotado, las llamas se retiraron.

Aunque Illidan cayó al duro suelo de piedra, logró arreglárselas para aterrizar con las manos y las rodillas por delante. Jadeaba, y cada respiración era un suplicio. Tenía la cabeza gacha y casi rozaba con ella el suelo. Permaneció así, sin que, al menos aparentemente, quedara rastro alguno de su presuntuosa actitud anterior.

La voz de Sargeras invadió por entero la mente de todos los ahí presentes.

Alza la vista mi leal siervo…

Illidan obedeció.

No quedaba ni rastro de sus ojos. Solo se habían salvado las cuencas de los mismos, una cuencas abrasadas y desprovistas de carne, en cuyos bordes podían verse fragmentos del propio cráneo, ya que Sargeras le había calcinado totalmente los globos oculares.

Si bien era cierto que el Señor de la Legión había dejado sin ojos al elfo de la noche, también lo era que los había sustituido por otra cosa. Dentro de las cuencas ardían dos llamas gemelas; unas bolas de fuego de la misma malévola tonalidad que las llamas que habían desfigurado tan brutalmente el rostro del hechicero. Durante varios segundos más, esos dos fuegos ardieron intensamente… y, acto seguido, se fueron apagando hasta que parecieron ser nada más que unos restos humeantes. El humo, sin embargo, permaneció, sin menguar ni aumentar.

Tus ojos son ahora mis ojos, elfo de la noche, son unos dones que te ayudarán a servirme…

Illidan no dijo nada, pues se hallaba demasiado dominado por el dolor, sin duda alguna. De repente. Sargeras se dirigió a Mannoroth en particular.

Asegúrate de que descanse. En cuanto se recupere, partirá para demostrarme su devoción… y apoderarse del artefacto…

Mannoroth hizo un gesto y dos guardias viles se acercaron. Agarraron al tembloroso Illidan y lo sacaron a rastras de esa cámara para llevarlo a un aposento.

En el preciso instante en que el elfo de la noche se halló lo bastante lejos como para no poder oírlos, el teniente de Sargeras exclamó:

¡Es un error dejar que este mortal obre sin supervisión alguna, a pesar de la lección de humildad que acaba de recibir!

No viajará solo…. pues otro lo acompañará. El elfo de la noche llamado Varo’then se sumará a esta misión.

Al escuchar esa orden, el demonio flexionó sus anchos alas. Mannoroth sonrió de oreja a oreja, lo cual era algo muy macabro de contemplar, como poco.

¿Varo’then?

El sabueso de Azshara vigilará bien al hechicero. Si Illidan Tempestira cumple su promesa, haremos un hueco a ese hechicero entre nosotros…

A Mannoroth no le gustaba que se le pudiera encumbrar al elfo de la noche de esa manera.

— ¿Y si el hechicero resulta ser un traidor?

Entonces, Varo’then pasará a ser mi protegido, en vez del gemelo del druida… en cuanto el capitán me haya entregado esa creación del dragón…, así como el corazón aún palpitante de Tempestira…

La sonrisa de Mannoroth se tornó aún más amplia.

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