El Cataclismo – Prólogo

Una furia primigenia lo dominaba, lo desgarraba de manera implacable. El fuego, el agua, la tierra y el aire giraban desaforadamente a su alrededor, imbuidos por una magia pura y descontrolada. A pesar de que el gran esfuerzo que le suponía permanecer inmóvil amenazaba con despedazarlo, resistió. Era lo menos que podía hacer.

Más allá de su mirada, sobrevolaban infinidad de escenas, infinidad de objetos. Una desquiciada e infinita panorámica de la corriente temporal había tomado al asalto sus sentidos. Se desplegaban paisajes, batallas y criaturas que ni siquiera él era capaz de nombrar. Oyó las voces de todo ser que había vivido, vivía y viviría jamás. Todo ruido jamás generado atronó en sus oídos. Unos colores increíbles lo cegaron.

Y lo más perturbador de todo fue que se vio a sí mismo, a sí mismo en cada momento de la existencia, desde prácticamente el instante del nacimiento del tiempo hasta más allá de la muerte de este. Tal vez hubiera podido hallar consuelo en esa visión, de no ser porque cada una de sus presencias aparecía tan contorsionada como él mismo. Todas sus personificaciones de la corriente temporal luchaban no solo por salvar a su mundo, sino a toda la realidad, de sumirse en el caos.

Nozdormu sacudió la cabeza y rugió, presa de la agonía y la frustración.

Había adoptado forma de dragón; de un leviatán colosal de color bronce dorado del que las mismas arenas del tiempo parecían formar parte tanto como las escamas de su piel. Sus ojos eran unas gemas relucientes del color del sol. Sus garras unos diamantes brillantes. Era el Aspecto del Tiempo, una de las cinco grandes entidades que velaban por el mundo de Azeroth, o mantenían en equilibrio y lo protegían de los peligros tanto internos como externos. Aquellos que habían dado forma al mundo los habían creado a él y a sus homólogos y a Nozdormu le habían concedido unos poderes muy peculiares, podía ver la miríada de senderos del futuro e indagar en los laberintos del pasado. Navegaba por el río del tiempo como otros volaban por el aire.

Aun así, Nozdormu a duras penas lograba contener el desastre, a pesar de que contaba con la ayuda de sus otras encarnaciones, cuyo número era infinito.

¿Dónde se encuentra?, se preguntó a sí mismo el Aspecto, y no por primera vez. ¿Dónde se halla la causa? Pese a que tenía una idea general de dónde podía estar, no tenía aún nada concreto. En cuanto Nozdormu había percibido que la realidad se estaba desmoronando, había venido a este lugar a investigar, pero lo único que había descubierto era que había llegado por muy poco a tiempo de evitar la destrucción de todo. Sin embargo, en cuanto se puso manos a la obra, el Aspecto se dio cuenta de que él solo no podía hacer nada más.

Por esa razón, el coloso había recurrido a la ayuda de alguien cuyo poder era mil veces inferior al suyo, pero cuyo ingenio y dedicación le habían demostrado que era capaz como cualquiera de los cinco grandes Aspectos. Nozdormu se había puesto en contacto con Korialstrasz, el dragón Rojo, Rojo consorte de Alexstrasza, Aspecto de la Vida, mediante una visión fragmentaria. Había conseguido enviar al otro leviatán, que portaba un disfraz con el que se hacía pasar por el mago Krasus, para investigar uno de los síntomas más claros de la creciente catástrofe, con el fin de encontrar la manera de revertir la terrible situación.

Pero la anomalía que Korialstrasz y Rhonin, su protegido humano, habían ido a buscar en las montañas del este los había acabado engullendo. Al percibir su repentina cercanía, Nozdormu los había arrojado a una época en la que sospechaba que se hallaba la causa. Lo único que sabía era que habían sobrevivido, pero aparte de eso, daba la impresión de que no habían logrado nada apenas.

De ese modo, mientras el Aspecto esperaba que pudieran completar su misión con éxito, seguía buscando el origen de la perturbación de la mejor manera posible. El descomunal dragón ponía al límite sus poderes para continuar con la persecución de todas las manifestaciones del caos. Se abrió paso violentamente a través de turbulentas visiones en las que los orcos lo arrasaban todo, en las que reinos se alzaban y caían, en las que estallaban violentas erupciones volcánicas, pero siguía sin encontrar ninguna pista…

¡No! Por fin, daba con algo distinto…, algo que parecía ser el origen de esa demencia. Un poder que emanaba de un nexo situado muy, muy lejos de él. Nozdormu siguió ese tenue rastro como un tiburón perseguiría a una presa, mientras sus percepciones se sumergían en la monstruosa vorágine del tiempo. Aunque en más de una ocasión creyó haberlo perdido, de algún modo lograba encontrarlo de nuevo. Entonces, lentamente, una fuerza difusa cobró forma delante de él. Le resultaba en cierto modo familiar, tanto que estuvo a punto de rechazar la verdad cuando esta por fin se reveló. Nozdormu titubeó, pues estaba seguro de que tenía que estar equivocado. La fuente de la perturbación no podía ser eso. ¡Tal cosa era imposible!

Nozdormu tenía ante sí una visión del Pozo de la Eternidad.

El lago negro se agitaba con la misma virulencia que el resto del entorno del Aspecto. Unos fogonazos violentos de pura energía refulgían al batallar sobre sus oscuras aguas.

Entonces, oyó unos susurros.

Al principio, Nozdormu creyó que se trataba de voces de demonios, de las voces de la Legión Ardiente, pero como las conocía muy bien, tuvo que desechar rápidamente esa conclusión. No, el mal que se desprendía de aquellos susurros era más antiguo, más malévolo…

A pesar de que las fuerzas primordiales continuaban desgarrando su mismo ser, Nozdormu ignoró el dolor, pues lo que acababa de descubrir lo tenía absorto. Nozdormu creía que ahí, al fin, se hallaba la clave de la catástrofe. Aunque ignoraba si sería capaz de hacer algo al respecto, al menos si fuera capaz de descubrir la verdad, tal vez Korialstrasz aún tendría alguna posibilidad de tener éxito en su misión.

Nozdormu sondeó el lago más en profundidad. Era más consciente que la mayoría de que lo que parecía una mera extensión de agua era de hecho, mucho más. Las criaturas mortales no podían asimilar por entero lo que era. Probablemente incluso sus compañeros Aspectos no alcanzaban a comprender esas aguas tan bien como a Nozdormu, quien era consciente de que también le escondían algunos secretos a él.

A simple vista, parecía estar sobrevolando unas profundidades negras. Sin embargo, en realidad, la mente de Nozdormu percibía un reino distinto. Batallaba contra un laberinto de fuerzas entrelazadas que protegían el núcleo de aquello a lo que se denominaba el Pozo, con el fin de ocultarlo. Casi como si las propias aguas estuvieran vivas o como si algo se hubiera sumergido tanto en el Pozo que hubiera pasado a formar parte de él.

Una vez más, Nozdormu pensó en demonios, en la Legión Ardiente, ya que deseaban utilizar el poder del Pozo de la Eternidad para abrirse camino a Azeroth y erradicar toda la vida de ese mundo. Aun así, esto superaba su inteligencia con mucho…, incluso la de Sargeras, su amo.

Una sensación de intranquilidad fue creciendo en su fuero interno mientras avanzaba serpenteando. En varias ocasiones, estuvo a punto de quedar atrapado. Había senderos falsos, rastros que pretendían engañarlo, todo ello diseñado para unirlo por siempre al Pozo y devorar su poder, su esencia. Nozdormu avanzaba con suma cautela, ya que, quedar atrapado, no solo supondría su muerte, sino tal vez también el fin de todas las cosas.

Se sumergió aún más. La intensidad de las fuerzas que conformaban el Pozo de la Eternidad lo sorprendió, el poder que el dragón percibió le hizo recordar a los creadores, cuya ancestral gloria dejaba a Nozdormu por comparación a la altura de un gusano que se arrastra sobre el barro. ¿Acaso estaban relacionados de algún modo con los secretos del Pozo?

La imagen de que planeaba simplemente por encima de una superficie envuelta en sombras se mantenía. Únicamente él y el Pozo tenían alguna estabilidad en este lugar situado más allá del plano mortal. Las aguas flotaban en el espacio, de tal manera que el lago carecía de fondo y se extendía a través de los mundos.

Se acercó aún más a la superficie turbulenta. En el plano mortal, debería haber reflejado su imagen al menos, pero lo único que vio Nozdormu fue negrura. Expandió su mente aún más profundamente, penetraba y se aproximaba así al centro… y a la verdad.

Entonces, unos tentáculos de agua negra surgieron del lago y lo agarraron de las alas, las extremidades y el cuello.

El Aspecto apenas tuvo tiempo de evitar que lo arrastraran hacia abajo. Se resistió a esos tentáculos acuosos, pero estos lo agarraban con fuerza. Tenía las cuatro extremidades inmovilizadas y, entonces, el tentáculo que se le había enredado alrededor de la garganta apretó y le cortó la respiración. Si bien Nozdormu comprendía que esas percepciones eran una mera ilusión, eran muy poderosas y representaban la verdad. Su mente había caído en las garras de aquellos que acechaba dentro del Pozo. Si no se liberaba con rapidez, acabaría igual de muerto que si esas ilusiones fueran reales. Nozdormu exhaló…, y una lluvia de arena transformó el Pozo en un mar reluciente. Los tentáculos se agitaron y aflojaron la presión. Se marchitaron, pues la magia que los había creado se había disipado.

Pero mientras se desplomaban, otros surgieron a gran velocidad. Como se lo esperaba, Nozdormu aleteó con fuerza y se elevó con suma rapidez. Cuatro extremidades negras hendieron el vacío de un modo fútil y, acto seguido, se hundieron.

No obstante, el dragón se estremeció súbitamente, ya que un tentáculo lo había agarrado por detrás. Mientras Nozdormu intentaba zafarse de él, brotaron muchos más de las aguas. Se elevaron en todas direcciones; esta vez, eran tantos que el Aspecto no pudo evitarlos todos.

Apartó de un golpe a uno de ellos, luego otro y después otro… pero entonces acabó atrapado por más de una decena, que lo sujetaban con una fuerza monstruosa. El dragón fue arrastrado inexorablemente hacia el Pozo turbulento.

Una vorágine cobró forma por debajo de él. Nozdormu percibió su horrible succión incluso desde arriba. El espacio que separaba al Aspecto de las aguas se redujo. De repente, la vorágine cambió. Las olas que recorrían con rapidez sus bordes crecieron de una manera abrupta y se solidificaron. Pese a que el centro se tornó más profundo, de él brotó lo que en un principio parecía ser otro tentáculo, aunque era distinto. Era largo, nervudo y, mientras se alzaba hacia él, su extremo se abrió para mostrar tres puntas afiladas. Era una boca.

A Nozdormu se le desorbitaron los ojos dorados. Se retorció con aún más ferocidad.

Las fauces demoníacas se abrieron con voracidad, al mismo tiempo que los tentáculos lo acercaban hacia ellas. La «lengua» le golpeó en el hocico y el mero roce le abrasó terriblemente la piel.

Los susurros que procedían del interior del Pozo se volvieron más virulentos, más ansiosos. El Aspecto oyó unas voces peculiares que le recorriera un escalofrío. En efecto, no eran meros demonios…

Una vez más, exhaló las arenas del tiempo los tentáculos, pero en esta ocasión cayeron en cascada sobre las extremidades negras como si fuera mero polvo. Nozdormu se retorció, para intentar quitarse de encima aunque solo fuera uno de esos tentáculos, pero estos permanecieron aferrados a él con una pasión vampírica.

Esto no le sentó nada bien al Aspecto. Como era la esencia del Tiempo, sus creadores le habían concedido el conocimiento de su propia muerte lo cual se lo había revelado a modo de lección, para que nunca creyera que su poder era tan grande y terrible que no tenía que responder ante nadie. Nozdormu sabía exactamente cómo y cuándo perecería…, y este no era el momento.

Sin embargo, no era capaz de liberarse.

La «lengua» se le enrolló alrededor del hocico, apretaba tanto que Nozdormu tuvo la sensación de que la mandíbula se le estaba rompiendo. Una vez más, se recordó a sí mismo que todo aquello era una ilusión, pero ser consciente de ello no acabó ni con la agonía ni con la ansiedad que sentía. Una ansiedad que lo reconcomía por dentro como jamás lo había hecho antes.

Ya casi rozaba esas fauces, cuyos dientes rechinaron; en parte, claramente, para perturbarlo…, lo cual lograron. Además, la tensión de tener que mantener en pie los cimientos de la realidad añadió aún más estrés a sus pensamientos. Qué sencillo sería dejar que el Pozo lo arrastrase y acabar con tanto esfuerzo…

¡No!, pensó Nozdormu de un modo súbito. Se le ocurrió una idea, una muy desesperada. No sabía si tenía el poder necesario para llevarla a cabo, pero no le quedaba otra salida.

El cuerpo del Aspecto brilló y pareció retirarse dentro de su propio ser.

La escena fue hacia atrás. Todo movimiento que se había hecho se revirtió. La «lengua» se le desenrolló del hocico. Inhaló las arenas, los tentáculos se deshicieron y volvieron a sumergirse en las aguas negras…

En el preciso instante en que eso ocurrió, Nozdormu detuvo la reversión y, de inmediato, apartó su mente del Pozo.

Una vez más, se hallaba flotando en el río del tiempo, mientras se esforzaba por mantener la realidad en pie. El titánico esfuerzo le pasaba aún más factura ahora, tras agotarse en su desastrosa búsqueda, pero de alguna manera el Aspecto reunió fuerzas para continuar. Había logrado rozar ese mal que corrompía el Pozo y sabía ahora mejor que nunca que el fracaso traería consigo algo mucho peor que la mera destrucción.

Nozdormu al fin sabía qué era. Incluso la horrenda furia de toda Legión Ardiente palidecía en comparación.

El Aspecto no podía hacer nada para frustrar sus planes. Apenas era capaz de mantener a raya el caos. Ya no poseía la fuerza de voluntad necesaria para entrar en contacto con los demás, suponiendo que fuera capaz de conseguirlo

Entonces, no había esperanza. Salvo la misma de siempre, que parecía tan poca cosa ahora, tan insignificante, que Nozdormu apenas podía confiar en ella.

Todo depende de ellos…, pensó mientras las fuerzas puras lo des garraban. Todo depende de Korialstrasz y ese humano…

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