El Alma Demoniaca – Capítulo Trece

Los demonios teman cierta tendencia a masacrar a cualquiera, a arrasar cualquier cosa, que hallaran en su camino. Eso hacía difícil capturar prisioneros a los que interrogar, lo cual era necesario, según el capitán Varo’then. Por fin había logrado convencer a Archimonde de que le enviara unos cuantos, pero los que le llegaban más que unos seres vivos eran una maraña de miembros rotos.

El elfo de la noche marcado con una cicatriz estuvo unos minutos con el último de esa remesa y, a continuación, le hizo un favor a esa criatura destrozada al degollarla. Aunque los interrogatorios habían sido una completa debacle, eso no había sido culpa suya de ningún modo. Los comandantes de la Legión no parecían ser capaces de entender que los interrogatorios eran necesarios.

Si bien Varo’then habría preferido estar en el campo de batalla, tampoco quería abandonar el palacio, y menos últimamente. Hacía días que nadie había visto a esa cosa que antes había sido Lord Xavius, aunque durante ese mismo tiempo varios Altonatos se habían esfumado completamente. Mannoroth se lo tomaba con calma y el capitán creía saber cuál era la razón para que obrara así. Al oficial no le gustaba que le ocultaran información de ningún modo.

— Tiren esa basura —le ordenó a dos guardias.

Mientras lo obedecían, el capitán Varo’then limpió su daga y la volvió a colocar en su sitio. Recorrió con la mirada la cámara de interrogatorios; una habitación de dos metros por dos con forma de cubo, que contaba con un único cristal azul como fuente de iluminación. Las sombras se habían adueñado de una de las esquinas. Una puerta de hierro de unos ocho centímetros de grosor era la única salida.

El suelo estaba manchado de sangre, de una sangre que tenía siglos de antigüedad, la reina nunca visitaba los pisos inferiores de su residencia y Varo’then tampoco la animaba a ello, pues no era adecuado que alguien tan sensible fuera testigo de lo que se llevaba a cabo ahí abajo.

Los soldados arrastraron hacia fuera el cadáver de aquel desgraciado y el capitán se quedó ahí solo con sus pensamientos. No había recibido ninguna noticia sobre el maestro de canes. A pesar de que Mannoroth no se había mostrado preocupado al respecto, el elfo de la noche se preguntaba si le había ocurrido algo a ese poderoso demonio. Si era así, entonces alguien tendría que asumir la posibilidad de dar caza a los taumaturgos. Por ahora, los demonios habían fracasado y Varo’then ansiaba tener la oportunidad de redimirse en ese aspecto tras haber perdido a dos de ellos en un bosque encantado y hostil.

Pero eso supondría tener que abandonar el palacio…

Con ambas manos, se ajustó bien la espada que llevaba a la cintura; de repente, desenvainó la espada y atravesó con ella las sombras que había a su izquierda.

Su amolado filo se detuvo a un par de centímetros de una figura que se había encontrado escondido entre las sombras hasta entonces. Sin embargo, en vez de mostrarse sobresaltado, ese otro ser se limitó a mirar con malicia al capitán.

— Posees una espada afilada y una mente despierta, capitán Varo’then…

En un principio el soldado creyó que estaba tratando con Xavius una vez más, pero al escrutar su rostro más de cerca pudo ver ciertas diferencias, Varo’then, que poseía un intelecto muy analítico, repasó mentalmente los rostros de todos los Altonatos y, al final, logró que el semblante de esa criatura provista de pezuñas encajara con una de ellas.

— Maestro Peroth’arn… nos peguntábamos dónde te habías metido.

El antiguo hechicero abandonó las sombras al mismo tiempo que Varo’then envainaba su arma.

— He estado… aprendiendo de nuevo ciertas cosas.

El elfo de la noche contempló al ser transformado con un gesto que a duras penas disimuló su repugnancia. Para él, los sátiros eran una abominación.

— ¿Los demás también han estado “aprendiendo de nuevo”?

— Solo unos pocos escogidos.

Al fin, el capitán tenía una explicación sobre a dónde habían ido a parar los Altonatos desaparecidos. Seguían ahí, aunque habían sido transformados en esas grotescas parodias de sí mismos. La nueva forma que poseía Xavius había sido una de las pocas decisiones de Sargeras que Varo’then cuestionaba. Por mucho que supuestamente fuera más poderoso, la mente del antiguo consejero también había sufrido alteraciones, de eso no había duda. Había algo animal en él que iba más allá de su aspecto, bestial y retorcido.

Y a pesar de que solo había visto unos instantes a Peroth’arn tras su mutación, daba por sentado que el resto de los Altonatos desaparecidos eran, con casi toda seguridad, tan inestables mentalmente como su líder.

— ¿Dónde está Xavius? —le preguntó al sátiro.

— Allá donde deba estar, mi buen capitán —replicó la figura cornuda. — Haciendo lo necesario para que pronto se cumpla el deseo de nuestro glorioso dios…

— ¿Ya no se encuentra en palacio?

Peroth’arn se rio entre dientes.

— Posees una espada afilada y una mente despierta…

El capitán Varo’then sintió la tentación de desenvainar su espada de nuevo para empalar a esa criatura burlona, tal vez para colocar incluso la cabeza de Peroth’arn sobre una chimenea después. El sátiro sonrió de oreja a oreja, como si estuviera retando al soldado a reaccionar.

El elfo de la noche de la cicatriz prominente se contuvo e inquirió:

— Entonces, ¿qué es lo que estás haciendo aquí abajo? ¿Acaso le interesan los interrogatorios?

— Se podrá decir que he bajado a divertirme.

— No voy a perder el tiempo con tus payasadas y tus estúpidas réplicas. —Varo’then apartó de un empujón a Peroth’arn y agarró el plomo de la puerta. — Ni, ya puesto, para las de aquel que los lidera.

— Tú mismo estuviste a su servicio en su día. Y volverás a servirle de nuevo.

— ¡Sirvo al gran Sargeras y a mi reina, a nadie más! —replicó el oficial. — Y si crees.

Mientras hablaba, que capitán miró hacia el lugar donde el sátiro se había encontrado hacia solo unos instantes. Sin embargo, cuando buscó a Peroth’arn, solo halló sombras.

Tras lanzar gruñido, el elfo de la noche salto de esa cámara violentamente. Tendría que volver a insistir a la reina en que esos malditos sátiros no le inspiraban ninguna confianza. Sin lugar a dudas, ya no se fiaba de lord Xavius.

Oh, ojalá supiera adonde había ido el antiguo consejero…

Malfurion no se podía creer que pudiera existir ese mal absoluto que había percibido dentro del Alma de Dragón. ¿Cómo algo creado para salvar el mundo podía irradiar tal malevolencia? ¿Qué era lo que había creado el dragón Neltharion?

Con sumo cuidado el druida se dispuso a sondear el disco de nuevo. Su aspecto era tan simple, tan inocente. Únicamente si uno buscaba en su interior podía llagar a entender la espeluznante verdad.

Le sorprendió que Ysera fuera incapaz de percibirlo. Seguramente la Señora del Sueño Esmeralda habría entendido que sucedía si hubiera podido sentir esa maldad. No obstante, al igual que ocurría con los demás, ese disco estaba escudado ante sus percepciones de un modo tan sutil que, aunque lo hubiera sostenido en las garras, dudaba mucho que el Aspecto hubiera podido notar algo.

Tal vez… Tal vez si Malfurion desmantelaba ese sortilegio de protección, entonces los demás serían capaces de ver la verdad antes de que fuera demasiado tarde.

Haciendo de tripas corazón, se adentró aún más en el disco. Gracias a esos sentidos que había agudizado durante su aprendizaje, localizó el nexo del conjuro. A continuación el druida procedió a desenmarañarlo…

Al instante, una descarga equivalente a un millar de relámpagos cayó sobre su forma etérea carente de sustancia, que estuvo a punto de hacer añicos. Malfurion gritó en silencio. Buscó la ayuda de Ysera, pero comprobó horrorizado que no parecía percatarse de que estaba sufriendo una agonía.

Sin embargo, hubo otro ser que sí fue consciente de ello.

A pesar de que no miró directamente al elfo de la noche, sus pensamientos prácticamente cayeron como una avalancha sobre el druida herido. En un instante, la locura del creador del Alma de Dragón se reveló con suma claridad.

¡Oh, rugió Neltharion, a pesar de que en el plano mortal seguía hablando cortés y afablemente con los demás. ¡Así que has intentado robar mi gloriosa Alma de Dragón!

Una monstruosa e invisible fuerza aplastó a Malfurion por todas partes. Al principio, su mirada se tiñó de miedo a la vez que su cuerpo se deformaba. Entonces se dio cuenta de que esa imagen que tenía de sí mismo en su actual estado era solo eso: una imagen. Neltharion podría haberlo estirado hasta que solo fuera un hilo delgado y eso no habría supuesto ningún menoscabo en el estado de salud del druida. Pero eso no era lo que pretendía el Guardián de la Tierra; quería aplastar a Malfurion para encerrarlo en una prisión mágica para evitar que el intruso pudiera advertir a los demás o volviera a tocar el disco.

Espoleado por los espantosos recuerdos del tiempo que había pasado confinado a manos de lord Xavius, Malfurion logró librarse de ese conjuro antes de que pudiera ser sellado. De inmediato se concentró en Ysera, con la esperanza de que pudiera intuir que él se hallaba en peligro.

¡No! ¡No interferirán! El poder mental de Neltharion era asombroso. ¡No frustrarás mis planes, no después de todo ¡o que hecho! ¡Ninguno de ustedes lo hará!

Como Ysera seguía ignorando que se encontraba en peligro, el druida hizo lo único que se le ocurrió: abandonó esa cámara y el plano mortal, para refugiarse en el solitario Sueno Esmeralda.

Una sensación de calma lo envolvió de un modo inmediato. Flotó por esa visión difusa de montañas en la que había contactado por primera vez con la Señora de los Sueños. Aliviado, Malfurion intentó poner en orden sus pensamientos. Tras un rugido una enorme sombra intentó tragárselo entero. En el último instante el druida logró echarse hacia atrás. No se podía creer lo que acababa de suceder: ¡Neltharion lo había seguido hasta el reino de los sueños! Ahí el dragón tenía un aspecto aún más terrible que en el plano mortal. Su rostro estaba deformado, era una diabólica caricatura de su verdadero yo; todos los elementos malévolos que había imbuido en el Alma de Dragón se mostraban de un modo evidente en ese semblante desfigurado y deforme. Neltharion era el doble de

grande que en el mundo real y sus afiladas garras se extendían kilómetros y kilómetros. Con solo la sombra de sus alas, cubría la cadena montañosa entera.

¡No voy a renunciar a lo que me pertenece legítimamente! ¡Solo yo puedo gobernar, pues soy el más idóneo! No se lo contarás a nadie!

Neltharion abrió sus fauces y unas llamas verdes se expandieron por el Sueño Esmeralda.

Malfurion gritó en cuanto el fuego engulló su forma astral. Lo que estaba haciendo ese coloso debería haber sido imposible; no solo había invadido el dominio de Ysera, sin que ella lo supiera, evidentemente, sino que pretendía calcinar la esencia intangible del druida.

Súbitamente, recordó lección que le había enseñado en su día Cenarius. Las percepciones pueden ser muy engañosas, mi apreciado estudiante, le había explicado su shando. Lo que crees que debe ser real no siempre lo es. En el mundo del que ahora formas parte como druida las percepciones pueden ser moldeadas por la mente.

Aunque no estaba seguro de haberlo entendido do del todo, como ese fuego prácticamente lo estaba consumiendo ya por entero, Malfurion se negó a creer que esas llamas lo estaban matando, puesto que no podía existir en aquel lugar. Él había asumido que eran reales, a pesar de que no lo eran, al igual que había hecho con su propio cuerpo y la colosal forma de Neltharion. Solo eran unos espejismos, unas meras ilusiones

De este modo, ese fuego no podía quemarlo; era como si le estuviera quemando una peluca que llevara puesta sobre una cabeza imaginaria.

Tanto la agonía como las llamas se desvanecieron Sin embargo Neltharion seguía ahí, con su rostro y su cuerpo aún más deformados que nunca. Contempló a esa figura diminuta con cierta repugnancia, como si se estuviera preguntando cómo era posible que el druida se hubiera atrevido a negarse a perecer.

Como no tenía nada claro si iba a volver a tener tanta suerte con el siguiente ataque, fuera cual fuese, que pudiera lanzarle el Aspecto,

Malfurion optó por recurrir a la única vía de escape que le quedaba.

Se concentró en su cuerpo real y deseó regresar a él.

De improviso, esas montañas teñidas de verde se alejaron volando de él. Neltharion también menguó con rapidez en la lejanía. El druida percibió que su propio cuerpo se hallaba cerca…

¡No, oyó decir de nuevo a Neltharion con su voz aterradora. ¡Serás mío!

Justo cuando el elfo de la noche notó que volvía a entrar en su forma mortal, algo le golpeó con fuerza. Lanzando un gruñido, Malfurion, todavía medio dormido, se cayó hacia atrás, de tal manera que se golpeó la cabeza con el duro suelo rocoso. Los últimos vestigios del Sueño Esmeralda desaparecieron y, tras su marcha, dejó de oír los rugidos furiosos del dragón negro.

— ¡Druida! —exclamó alguien. — ¡Malfurion Tempestira! ¿Puedes oírme? ¿Vuelves a hallarte en tu cuerpo?

El elfo de la noche intentó concentrarse en quien le estaba hablando ahora.

— ¿K-Krasus?

Pero en cuanto Malfurion vio el semblante del mago, intentó alejarse de él al instante, puesto que una monstruosa cara de dragón cubría todo su campo de visión, cuyas fauces se abrían para engullirlo…

— ¡Malfurion!

El agresivo tono de voz de Krasus atravesó el velo de su miedo con suma facilidad. El elfo de la noche vio ahora con más claridad que no se trataba de un dragón, sino del pálido y decidido semblante que tan bien había llegado a conocer.

La expresión del mago dragón estaba teñida de preocupación. Ayudó a Malfurion a incorporarse y le dio un odre de agua para beber. Una vez que el druida ya había saciado su sed, Krasus le preguntó qué había sucedido.

— ¿Diste con la Señora del Sueño?

— Sí, y tuve que mencionar a Cenarius varias veces., como me indicaste

El mago dragón esbozó una fugaz sonrisa de medio lado.

— Sí, te lo dije porque logré recordar algunas cosas que Alexstrasza me contó en su día. Además, creía que en un pasado tan remoto esos sentimientos todavía serían muy intensos.

— Así que tenía razón al pensar que ella y mi shan’do…

— ¿Acaso te sorprende? Sus esferas de influencia se entrecruzan de muchas maneras. Las almas gemelas tienden a menudo a juntarse, con independencia de que tengan un pasado o unos orígenes muy distintos.

Malfurion no quiso ahondar en el tema, así que cambió de tercio:

— Se mostró de acuerdo en llevarme a ese lugar donde se habían reunido.

A Krasus se le desorbitaron los ojos.

— ¿Estaban ahí los cinco Aspectos? ¿Todos?

— Sólo vi a cuatro. A Ysera, a tu Alexstrasza, a un dragón plateado y azul con una expresión alegre…

— Ah, Malygos… Cuanto cambiará en el futuro.

— Y… Y.

De repente el elfo de la noche no pudo hablar. Tenía las palabras en la punta de la lengua, pero se negaban a salir. Cuanto más lo intentaba, más infantil sonaba el druida. Y los pocos sonidos que lograban escapar de sus labios no tenían ningún sentido.

Krasus posó una mano sobre el hombro de Malfurion y asintió con tristeza.

— Te entiendo, o eso creo. No puedes decir más. Pero había otro más.

— Sí…, otro.

Aunque fue lo único que pudo añadir Malfurion, vio que, en efecto, Krasus lo había comprendido. El elfo de la noche contempló a su camarada estupefacto, puesto que se acababa de dar cuenta de que el mago tampoco podía hablar sobre Neltharion. En algún momento del pasado, también Krasus había caído presa de ese hechizo del coloso negro.

Lo cual quería decir que era muy probable que Krasus también conociera la existencia del Alma de Dragón.

Se miraron mutuamente a los ojos; ese silencio expresó en gran parte lo que no podían decir en voz alta. No era de extrañar que el mago dragón hubiera insistido tanto en que tenían que contactar con sus congéneres para descubrir la verdad. Esos antiguos seres habían sido traicionados por uno de los suyos y los dos únicos seres que lo sabían no podían decir nada al respecto, ni siquiera comentarlo entre ellos.

— Debemos marcharnos —murmuró Krasus, a la vez que lo ayudaba a ponerse en pie. — Ya te puedes imaginar por qué.

Sí, Malfurion podía imaginárselo. Neltharion no iba a descansar hasta que consiguiera matarlo. El conjuro había sido un recurso que había utilizado el dragón negro en el último momento antes de que el druida escapara del Sueño Esmeralda, pero no se iba a conformar con eso. Estaba demasiado cerca de conseguir su objetivo. Era probable que Krasus se hubiera salvado de sus ataques con anterioridad únicamente por mor de las circunstancias, pero por lo que Malfurion había podido ver, ninguno de los dos iba a estar salvo por mucho tiempo de la locura del dragón negro. Y aunque Neltharion no se atreviera a actuar directamente…

— ¡Los centinelas! —acertó a decir con la voz entrecortada.

— Sí, quizá volvamos a verlos. Será mejor que regresemos donde están los hipogrifos y marchemos.

Al parecer, la idiosincrasia del conjuro que los hechizaba les permitía comunicarse, aunque fuera con indirectas. Un resquicio bastante inútil ya que podían hablan con circunloquios sobre el funesto destino que les aguardaba.

Como todavía estaba agotado tenía que apoyarse en Krasus para poder caminar. Haciendo un gran esfuerzo, lograron llegar hasta donde los animales los esperaban impacientemente. Uno de los hipogrifos graznó en cuanto reparó en la presencia de ambos, provocando así que el otro batiera las alas, sobresaltado.

— ¿Podrán llevamos de vuelta todo el trayecto? —preguntó el mago a Malfurion.

— Sí, Cenarius…

La tierra tembló de un modo violento. El elfo de la noche y Krasus se cayeron al suelo. Cerca de ellos, los hipogrifos aletearon y se elevaron un par de metros.

Desde debajo del lugar donde habían estado esperándolos las monturas, un gusano monstruoso alzó súbitamente una cabeza carente de ojos. En la punta de su cabeza, se abrió una grieta increíblemente amplia, revelando una boca redonda cuyos bordes estaban repletos de dientes. Con un tremendo estruendo, el gusano se tragó entero al más lento de los dos hipogrifos.

— ¡Huye! —le ordenó Krasus.

Los dos corrieron como alma lleva el diablo por ese paisaje hostil. A pesar de que acabada de comerse una buena pieza, el gusano se giró en dirección hacia ellos. Una vez más hizo un ruido estrepitoso y volvió a enterrarse en la tierra.

— ¡Debemos separamos, Malfurion! ¡Debemos separamos!

En cuanto cada uno de ellos siguió huyendo en una dirección opuesta a la del otro, la tierra estalló y esa espantosa criatura emergió violentamente del suelo. Batió las mandíbulas sin parar por toda la zona circundante y pareció sentirse frustrada al no hallar nada que añadir al plato anterior.

Aunque el gusano no poseía unos ojos que fueran visibles, percibía de algún modo donde había ido Malfurion. Retorció ese descomunal cuerpo segmentado en dirección hacia él, con esa boca redonda abriéndose y cerrándose de un modo constante y hambriento.

No podía tratarse de una coincidencia. Seguramente, Neltharion había enviado a esa monstruosidad subterránea para que les diera caza. La paranoia del dragón había alcanzado tales costas que ahora no estaba dispuesto a permitir que nada ni nadie pudiera poner en peligro la consecución de sus oscuras metas.

El gusano avanzó con gran celeridad. El hedor a podredumbre que emanaba de su boca estuvo a punto de abrumar completamente al druida. Malfurion corrió lo más rápido posible, a pesar de que era consciente de que eso no sería suficiente.

Pero justo antes de que el gusano le diera alcance, algo se interpuso en su camino volando. Al mismo tiempo que lanzaba un graznido salvaje, el hipogrifo que había sobrevivido le abrió varios tajos en esa cabeza carnosa con sus garras y le desgarró la piel con el pico; con casi toda seguridad, pretendía vengar a su compañero.

Al mismo tiempo que provocaba un estruendo ominoso, el gusano intentó morder a su adversario volador. El hipogrifo se alejó de su alcance con gran celeridad y, acto seguido, volvió a descender para abalanzarse otra vez sobre su cabeza.

— ¡Kylis Fortua! —gritó Krasus

Unos enormes fragmentos de tierra dura y roca, que la llegada del gusano había arrancado del suelo, se elevaron hacia el cielo y golpearon a la criatura. El gusano se movió adelante y atrás, intentando evitar esa lluvia letal. Si bien la mayoría de las piedras causaron muy poco daño real, el conjuro de Krasus había dejado muy frustrada a la bestia.

Tras tomar aire, el druida intentó ayudar a su manera. Aunque había muy pocas plantas en esa región montañosa, vio una cerca que llamó su atención. Después de disculparse con ella, Malfurion le arrancó varios pinchos de las ramas y, a renglón seguido, los lanzó contra ese enorme depredador.

El viento arrastró a los pinchos, propulsándolos cada vez a más y más velocidad en dirección hacia el objetivo. Malfurion se concentró y activó el mecanismo que controlaba el crecimiento de esos pinchos.

Justo antes de que impactaran, esas púas se hincharon. Su tamaño se triplicó una vez y luego otra. Para cuando alcanzaron al gusano, algunas eran tan grandes como el propio druida.

Y lo más importante de todo, eran también más duras. Cada una de esas agujas impactó contra el gusano con la fuerza de una lanza de acero. Decenas de espinas de más de un metro de largo acabaron clavadas en el cuerpo del monstruo.

Esta vez, la criatura profirió un rugido. Un pus verde y chisporroteante manó de sus heridas, derramándose sobre el suelo, donde continuó ardiendo. Los pinchos se quedaron clavados allá donde habían perforado la piel. El gusano se agitó adelante y atrás, pero ninguna púa se soltó.

— ¡Bien hecho! —exclamó Krasus, quien agarró a Malfurion del brazo y lo arrastró consigo. — ¡Intenta llamar al hipogrifo que aún sigue vivo!

Malfurion expandió su mente para contactar con el animal, para intentar que se acercara a ellos, pero la furia dominaba al hipogrifo que hacía caso omiso a su llamada. El gusano había devorado a su compañero y quería venganza.

— ¡Me ignora! —gritó el druida, con cierto tono de pánico en la voz.

— ¡Entonces, debemos seguir corriendo!

El gusano que todavía intentaba quitarse esas espinas de encima, los siguió. Aunque no se movía con la misma rapidez que antes, continuaba siendo lo bastante rápido como para obligar a ambas presas a correr al máximo.

El gigante segmentado se introdujo violentamente en el suelo de nuevo, excavando hasta una gran profundidad. El subsuelo vibró de una manera tan virulenta que Malfurion se trastabilló. Krasus logró mantener el equilibrio, pero avanzó muy poco.

— ¡He de intentar otra cosa! —afirmó a voz en grito. — ¡Desde que he llegado a tu tierra, no me he atrevido a hacerlo, pero sin el hipogrifo me parece que es la única esperanza!

— ¿Qué?

Krasus no respondió, el mago dragón ya estaba confeccionando el sortilegio. Malfurion notó que unas fuerzas perturbadoras se alzaban cerca de su compañero, el cual trazó un arco con el brazo derecho y murmuró unas palabras en un idioma que el elfo de la noche no había oído jamás. La mano de Krasus abrió un agujero en la realidad al hendir el aire.

No, no es un agujero, se corrigió a sí mismo Malfurion mentalmente. Era un portal.

Mientras el mago completaba ese enorme círculo, la tierra tembló. Krasus se volvió hacia el druida y gritó:

— ¡Atraviesa este portal, Malfurion! ¡Atraviesa el…!

El gusano irrumpió de nuevo en la superficie. Krasus cayó hacia atrás. El elfo de la noche, que estaba obedeciendo su orden, se volvió para ayudar a su compañero.

— ¡Deberías haberte largado! —le espetó Krasus.

Con las fauces abiertas de par en par, el monstruoso animal subterráneo se acercó a ambos. Malfurion levantó al mago del suelo y, a continuación, se lanzó hacia el portal y lo arrastró consigo. Pudo sentir cómo el gusano se aproximaba, pudo oler su hedor letal. Escapar parecía imposible…

En cuanto entraron en el portal, el gusano arremetió contra ellos…

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