El Alma Demoniaca – Capítulo Once

Los demonios no se reagruparon para contraatacar lo cual los elfos de la noche interpretaron como una prometedora señal, a pesar de que tanto Rhonin como Brox pensaban justo lo contrario. Cresta Cuervo hasta se atrevió a conceder otra noche de descanso a sus tropas y, aunque ambos forasteros se mostraron de acuerdo en que eso era necesario también eran conscientes de que la Legión Ardiente no permanecería ociosa durante ese tiempo. Cada segundo que sus adversarios se demoraran, Archimonde estaría maquinando, planeando.

A los elfos de la noche no les sentó nada bien descubrir que Krasus y Malfurion habían desaparecido. Por su aspecto, Jarod parecía que se dirigía al patíbulo, y tenía buenas razones para sentirse así, puesto que sobre él había recaído la responsabilidad de ocuparse de que nada les sucediera a esos taumaturgos a los que necesitaban desesperadamente; ahora, algunos de ellos habían abandonado la hueste delante de sus mismas narices.

— ¡Lord Cresta Cuervo va a reclamar mi pellejo por esto! — exclamó más de una vez el antiguo oficial de la guardia, mientras tanto él como los demás se dirigían a la tienda del noble, el hecho de que Tyrande, que acababa de regresar tras despedirse de Malfurion y Krasus, hubiera insistido en acompañarle para dar explicaciones, no reconfortaba a Jarod lo más mínimo. Estaba seguro de que iba a sufrir un castigo terrible por haber permitido que unos miembros tan importantes de la hueste se hubieran marchado sin más.

Y, en efecto, en un principio dio la sensación de que el anciano barbudo iba a hacer precisamente lo que Jarod había dicho. Tras escuchar la noticia, Lord Cresta Cuervo profirió un rugido iracundo y apartó de un golpe una mesita sobre la que había colocado diversos mapas y notas.

— ¡No he dado ningún permiso para cometer tales necedades! —vociferó el amo y señor del Bastión del Cuervo Negro. — ¡Al cometer tal ultraje, nuestras fuerzas corren el peligro de desestabilizarse! Si se corre la voz que dos de nuestros taumaturgos nos han dejado en la estacada en un momento tan crucial…

— No han dejado a nadie en la estacada —protesto Rhonin. — Han ido a pedir ayuda.

— ¿A los dragones? ¡Más les valdría a esos dos meterse directamente en las fauces del primero que vean, pues esa es la única ayuda que podemos esperar de esas criaturas! La mascota del mago nos prestó una gran ayuda bajo su guía, pero unos dragones salvajes…

— Los dragones son la especie más vieja, más inteligente de nuestro mundo. Saben más de lo que nosotros podremos aprender jamás

— ¡Y probablemente nos devorarán a la mayoría antes de siquiera tengamos la oportunidad de aprender nada más! — replicó Cresta Cuervo, quien, al mirar a Tyrande, adoptó un tono un poco más respetuoso. — Además, ¿qué tiene que ver una hermana de Elune con todo esto?

— Ya nos conocemos, mi señor.

El viejo líder la miró con más detenimiento.

— ¡Aaah, sí! ¡Así es! ¡Es tu amiga, Illidan!

El hechicero, que había permanecido al margen y en silencio, asintió. Illidan mantuvo un semblante imperturbable.

Cresta Cuervo cruzó los brazos.

— Albergaba la esperanza de que cualquiera de ustedes fuera capaz de ejercer alguna influencia, cuando menos, sobre el joven Malfurion. Ya sé que nadie puede dar órdenes al maestro Krasus, nadie, en efecto.

— Malfurion tiene intención de volver —respondió la sacerdotisa. — Pero su Maestro indicó que debía viajar con el mago.

— ¿Maestro? ¿Te refieres a esa tontería de que lo apoya un semidiós llamado Cenarius?

Tyrande frunció los labios.

— Illidan puede confirmar que el señor del bosque existe.

El gesto impasible del gemelo de Malfurion se desmorono cuando este masculló:

— Es cierto. Cenarius existe. Yo lo he visto.

— ¡Humf! ¡Primero dragones y ahora semidioses! ¡A pesar del poder y la magia se encuentran en abundancia a nuestro alrededor cada vez somos más débiles y no más fuertes! ¡Supongo que el tal Cenarius también tiene buenas razones para no apoyarnos!

— Él y los suyos batallan contra los demonios a su manera — contestó la joven.

— Hablando de demonios, ¿acaso ninguno de esos necios se ha parado a pensar que corren peligro de que acaben con ellos unos asesinos? ¿Qué pasaría si fueran atacados antes de que…? —Cresta Cuervo se calló al darse cuenta de que sus interlocutores se miraban unos a otros. — ¿Acaso ya los han atacado?

La sacerdotisa agachó la cabeza.

— Sí, mi señor. Pero mis hermanas y yo estábamos ahí. Los ayudamos a derrotar a los demonios. Ambos partieron ilesos. Junto a ella, Jarod esbozó una mueca de disgusto y un exasperado Illidan negó con la cabeza. Cresta Cuervo resopló y, a continuación, se reclinó sobre el pequeño banco que había estado utilizando como silla. Cogió una botella abierta de vino y dio buena cuenta de casi todo el líquido elemento. Entonces, dijo con un tono áspero:

— Cuéntamelo todo al respecto.

Y eso hizo Tyrande, quien le contó la versión resumida: le explicó cómo había descubierto que había asesinos rondando cerca y que se sintió horrorizada al descubrir que Malfurion y Krasus ya habían partido hacia el bosque a lomos de sus monturas. Tanto ellas como sus hermanas habían corrido tras ambos como el proverbial viento y les habían dado alcance justo cuando estaban lidiando un combate titánico. Las sacerdotisas habían cargado siendo perfectamente conscientes de que estaban arriesgando sus propias vidas, e incluso algunas perecieron, pero todas intuían de que Krasus y el druida serían unas piezas claves a la hora de obtener la victoria definitiva; por tanto, había que mantenerlos con vida y ningún sacrifico sería demasiado alto para conseguir tal fin.

En ese instante, Illidan resopló levemente de manera involuntaria, pero Cresta Cuervo parecía muy interesado en lo que estaba oyendo. Escuchó con suma atención los detalles de la batalla y, cuando Tyrande mencionó al demonio del látigo, se le iluminaron los ojos.

— Seguramente se trataba de uno de sus comandantes, del líder de sus asesinos. —señaló.

— Eso parecía. Aunque era muy poderoso, Malfurion invocó al relámpago del firmamento y lo mató.

— ¡Bien hecho! —El noble parecía hallarse atrapado entre la admiración y la frustración. — ¡Y precisamente por esa razón el druida, al menos, debería haber regresado con nosotros! ¡Necesitamos su poder!

— La Guardia Lunar y yo cubriremos el hueco que han dejado al marcharse sin permiso —insistió Illidan.

— No les quedará más remedio, hechicero. No les quedará más remedio. —Apartó la botella a un lado y miró fijamente a sus interlocutores, sobre todo a Rhonin. — ¿Tengo tu palabra, mago, de que no vas a seguir el mismo camino que tu compatriota?

— Quiero ver a la Legión Ardiente derrotada, lord Cresta Cuervo.

— ¡Humf! No es una respuesta satisfactoria, pero me la esperaba de alguien de tu calaña. Capitán Cantosombrío…

El joven elfo de la noche tragó saliva, dio un paso al frente y saludó:

— ¡Sí, mi señor!

— En un principio me he planteado la posibilidad de castigarte con severidad por tu fracaso para poder mantener a este grupo bajo control. Sin embargo cuanto más los conozco, más me cuesta imaginar que haya alguien capaz de logar algo así. El hecho de que hayas conseguido que sigan vivos e ilesos durante tanto tiempo, indica con claridad que tienes un gran mérito. Prosigue con tu labor… mientras sigas teniendo a alguien a quien proteger.

Jarod tardó unos segundos en asimilar. En cuanto se percató de que el noble en realidad le había hecho un cumplido por haber sido capaz de sobrevivir a los taumaturgos, el oficial volvió a saludar rápidamente.

— ¡Sí, mi señor! ¡Muchas gracias, mi señor!

— No me des la gracias… soy yo quien debería sentirse agradecido. —Cresta Cuervo se inclinó hacia delante y cogió uno de los mapas. — Pueden marcharse todos. Tú también, Illidan. —Negó con la cabeza mientras ojeaba ese papel y masculló: — Madre Luna, libérame todo taumaturgo…

El hermano de Malfurion se tomó esa orden como si su señor le hubiera cruzado la cara con su guantelete. Tras agachar la cabeza para hacer una reverencia a medias, el hechicero siguió al resto y abandonó la tienda del comandante.

Brox y Rhonin caminaban a grandes pasos, uno al lado al otro, en silencio. Tyrande acompañaba al capitán, quien todavía parecía sorprendido por haber podido marchar con la cabeza pegada al cuello.

Alguien agarró del hombro a la sacerdotisa.

— Tyrande…

Los demás siguieron avanzando mientras ella se giraba para mirar a Illidan. La breve ira que había sentido cuando su señor le había ordenado marcharse ya había desaparecido. Ahora mostraba un semblante intenso, similar al que había tenido la última vez que ambos habían hablado.

— ¿Illidan? ¿Qué…?

— ¡Ya no puedo permanecer callado más tiempo! ¡La terrible ingenuidad de Malfurion ha provocado esto! ¡Esta es la gota que colma el Vaso! ¡Se ha vuelto temerario y no te merece!

La joven intentó apartarse de él de manera cortes.

— Illidan, ha sido un día largo y difícil…

— ¡Escúchame bien! ¡Acepté que quisiera aprender “druidismo” porque comprendía que sus esperanzas eran distintas a las mías! ¡Yo más que nadie, entendía las ambiciones de mi hermano!

— Malfurion no es…

Pero una vez más, él no le dejó acabar. Con unos ojos ambarinos, que prácticamente parecían centellear, el hechicero añadió: que,

— ¡Sigue un camino errático, peligroso! ¡Un camino que lo llevará a la perdición! ¡Lo sé! ¡Debería haber seguido mi camino! ¡El Pozo es la respuesta! ¡Mira lo que yo he logrado en ten poco tiempo! ¡La Guardia Lunar se encuentra bajo mi mando y, gracias a ella, he enviado a muchos demonios a la muerte! El camino de Malfurion únicamente lo llevará a la destrucción… a la suya y posiblemente, ¡también la tuya!

— ¿Qué quieres decir con eso?

— Sé que te preocupas mucho por nosotros dos, Tyrande, y nosotros, a la vez te queremos mucho. Uno de nosotros será tu prometido, eso lo sabemos todos, pero si bien yo una vez estuve dispuesto a mantenerme al margen para dejarte elegir libremente, ¡ya no puedo hacerlo! —La agarró con tuerza del brazo. — ¡Tengo que protegerte de la locura de Malfurion!

¡Vuelvo a insistir en que el Pozo de la Eternidad es la única fuente de poder que puede salvamos! ¡Ni siquiera las sacerdotisas de Elune pueden lanzar los hechizos que yo lanzo! ¡Sé mía, para que pueda protegerte como es debido! ¡Aún mejor, podría enseñarte cosas que nunca podrías aprender en ese templo, podría hacer que entendieras el poder que el Pozo es capaz de ofrecerte! ¡Juntos podríamos llegar a poseer un poder mucho más formidable que el de toda la Guardia Lunar, pues seríamos un solo ser en cuerpo y espíritu! Seríamos…

— ¡Illidan! —le espetó súbitamente. — ¡Deja de desvariar!

Al instante la soltó. Fue como si la joven le hubiera clavado un puñal en el corazón.

— Tyrande…

— ¡Deberías avergonzarte de esas palabras que has dicho sobre tu hermano, Illidan! ¡Además estas sacando conclusiones sin ninguna base! ¡Malfurion ha hecho todo lo posible para salvarnos a todos la vida y el camino que ha escogido es muy estimable! ¡Quizá sea él el verdadero salvador de nuestra especie, Illidan! ¡El Pozo se está corrompiendo! Los demonios extraen energía de él de la misma manera que lo haces tú, ¿Qué crees que implica eso?

— ¡No seas ridícula! ¿Cómo puedes comparar a los demonios conmigo?

— Malfurion habría…

— ¡Malfurion! —exclamó, a la vez que su semblante se tornaba más torvo. — ¡Ya lo entiendo, te he debido de parecer inepto, un bufón! —Apretó el puño y un destello envolvió esa mano. — Ya has elegido, Tyrande, aunque no lo hayas dicho.

— ¡No he hecho nada parecido!

— Malfurion… —repitió Illidan, apretando los dientes con fuerza. —Espero que los dos sean muy felices… si sobrevivimos a esto.

Se giró y se dirigió hacia el lugar donde la Guardia Lunar se había apostado. Tyrande lo observó alejarse a grandes zancadas. Derramó una lágrima sin querer.

— ¿Chamán? —oyó preguntar a alguien a su espalda. La sacerdotisa se sobresaltó. — ¿Broxigar?

El orco asintió de un modo solemne.

— ¿Te ha hecho daño, chamán?

— N-no…, es solo un malentendido.

Brox clavó su mirada en la espalda de Illidan, el cual se alejaba. Un leve gruñido se le escapó a ese guerrero bestial.

— Ese malinterpreta demasiadas cosas… y subestima muchas más.

— Estoy bien. ¿Deseabas algo?

El orco se encogió de hombros y contestó:

— No, nada.

— Has vuelto porque estaba con Illidan, ¿verdad?

— Este ser indigno te debe mucho, chaman…, pero también tiene una deuda mucho mayor que saldar con ese otro.

La sacerdotisa frunció el ceño.

— No te entiendo.

Brox flexionó los dedos; los mismos dedos que Illidan en su día le había quemado.

— No es nada, chamán. No es nada.

— Gracias por haber acudido en mi ayuda, Broxigar. Estaré bien… y Malfurion también, lo sé.

El orco gruño.

— Este ser humilde así lo espera.

Sin embargo, su mirada seguía clavada en Illidan.

Rhonin se detuvo a observar cómo el orco y la sacerdotisa hablaban. Comprendía perfectamente por qué Brox había dado la vuelta de repente para ir a hablar con Tyrande. Lo que sentía Illidan por ella empezaba a bordear el terreno de la obsesión. El hechicero no parecía temer realmente por la vida de su hermano y (por lo que había podido ver el mago) había intentado valerse de la ausencia de Malfurion para ganarse el afecto de Tyrande.

No obstante, ese triángulo amoroso entre los tres elfos de la noche era la menor de las preocupaciones de Rhonin. Le inquietaba más lo que había sabido acerca del ataque en el bosque. Si bien Rhonin había sentido un gran alivio al enterarse de que tanto Krasus como el druida habían sobrevivido, esa victoria había tenido una consecuencia inesperada: había perturbado al humano más que cualquier otra cosa desde su llegada a ese lugar y ese tiempo.

Habían batallado contra el maestro de canes Hakkar, Rhonin recordaba ese nombre con espanto, pues el látigo de ese nauseabundo demonio era capaz de invocar a infinidad de jaurías de bestias viles, que eran la pesadilla de cualquier taumaturgo. ¿Cuántos magos de Dalaran habían perecido de un modo horrible por culpa de las mascotas de aquel demonio durante la segunda invasión de la Legión?

Si Rhonin tenía buenas razones para rendirse a la desesperación con solo oír el nombre de ese maestro de canes, pero temía a otra cosa todavía más. Temía las consecuencias de la muerte de Hakkar aquí, en el pasado. El maestro de canes había perecido en el futuro. El demonio había sobrevivido a la guerra contra los elfos de la noche.

Pero tal vez no había sido así. En esta línea temporal, Hakkar había sido asesinado…, lo cual quería decir que el futuro seguramente iba a ser distinto.

Lo cual quería decir que, a pesar de que habían podido aniquilar a un poderoso demonio, podrían perder la primera guerra.

Los hipogrifos sobrevolaban aquel paisaje y kilómetros con cada pesada batida de esas vastas alas. Aunque no podían volar con la misma rapidez que un dragón, muy pocas criaturas podían rivalizar con su velocidad. Esos animales vivían por volar, y Krasus podía notar cómo los embargaba la emoción mientras volaban raudos y veloces sobre las colinas, los ríos y los bosques adelantándose mutuamente.

El mago dragón, que era una criatura que había nacido para surcar el cielo, elevó el rostro hacia el viento, gozando de esa sensación que ahora le estaba vedada por culpa de su transformación. Sonrió cuando le asaltó un recuerdo de su primer vuelo con Alexstrasza. Ese día, acababa de convertirse en su consorte y la pareja por fin había iniciado el ritual que concluiría con su primer apareamiento.

Durante ese ritual, Krasus (o Korialstrasz en su verdadera forma) había dado vueltas en torno a esa hembra, que era mucho más grande que él, una y otra vez, para mostrarle así su fuerza y agilidad. Ella, a su vez, había volado trazando un vasto círculo alrededor del reino de los dragones. La hembra había mantenido una velocidad constante, ni muy rápida ni muy lenta. Su nueva pareja, supuestamente, iba a demostrar su pericia en todos los aspectos pero también tenía que guardar energías suficientes para luego procrear con ella.

Korialstrasz había llevado a cabo toda clase de maniobras aéreas para impresionar a su pareja. Voló de espaldas, pasó velozmente entre unos picos muy juntos. Incluso se dejó caer en picado hacia uno de los más escarpados, corriendo el riesgo de acabar empalado, lo cual no sucedió por escasos metros. Aunque había sido temerario a veces, eso formaba parte del juego, formaba parte del ritual.

— Mi Alexstrasza… —susurró Krasus mientras ese recuerdo se desvanecía. Tal vez una lagrimara se asomara brevemente a uno de sus ojos o quizá solo se tratara de humedad del cielo. De cualquier modo el viento se la llevó rápidamente y él volvía a concentrarse en la travesía que tenía por delante.

El paisaje se estaba volviendo más rocoso y predominaban las colinas. Casi habían recorrido ya la mitad de su trayecto. Si bien Krasus se sentía satisfecho de, también se sentía impaciente. Algo no iba bien y tenía bastante claro cuál era la causa.

Neltharion. El Guardián de la Tierra.

Conocido en la época de la que provenía Krasus como el monstruo Alamuerte.

Aunque había perdido gran parte de sus recuerdos durante su caída por las simas de la historia, Krasus no hubiera podido olvidarse de esa bestia negra de ninguna manera. En el futuro, Alamuerte era el mal encamado, siempre maquinando para traer la ruina al mundo, para que él pudiera alzarse como el amo y señor de los escombros. Neltharion ya había cruzado el umbral de la locura, y Krasus había sufrido por ello. La última vez que había viajado a su hogar (adonde lo había llevado su yo joven), Krasus había sido víctima de la paranoia del Guardián de la Tierra. Como temía que el mago dragón pudiera advertir a los demás de que los iba a traicionar (lo cual, en realidad, era una conjetura razonable), el leviatán negro había confeccionado un sutil conjuro que evitó que su enemigo pudiera hablar sobre él, por culpa del cual gran parte del resto de dragones creía ahora que Krasus estaba medio loco.

El silencio que primero había notado el joven Korialstrasz y ahora percibía su yo de más edad solo podía significar una cosa: que Neltharion había seguido adelante con sus planes; sin embargo, Krasus no podía recordar en qué consistían exactamente y le hacía sufrir mucho que precisamente hubiera olvidado eso. Si había algo que el mago cambiaría del pasado sin temer cuáles fueran sus repercusiones en el futuro, eso sería la traición del Guardián de la Tierra. Eso, por encima de todo, era lo que había provocado la decadencia definitiva de la especie dragón.

De improviso, Krasus se dio cuenta de que Malfurion lo estaba llamando. Sacudió la cabeza de lado a lado y miró al druida.

— ¡Krasus! ¿Te encuentras mal?

— ¡Sí, sufro un mal que nunca podrá ser curado! —replicó el taumaturgo de más edad, quien frunció el ceño al darse cuenta de que había bajado la guardia. A pesar de que había aprendido a disimular sus emociones con el paso de los siglos, había perdido esa capacidad al regresar a esos tiempos turbulentos. Ahora Krasus tenía menos autocontrol que Rhonin o incluso el orco.

El druida asintió, aunque no había entendido esa réplica, y apartó la mirada. Krasus siguió fustigándose en silencio. Tenía que mantener el control. Era algo fundamental si quería evitar que todo se sumiera en el caos.

Malfurion no comprendía cuáles eran las implicaciones de la muerte de Hakkar, pero ¿cómo podría entenderlo? No sabía que el maestro de canes era uno de los demonios que habían perecido en el futuro; no obstante, Rhonin sí lo entendería en cuanto se enterase. Las implicaciones eran inconcebibles. Ahora, Krasus ignoraba qué les podía deparar el futuro.

Si es que había un futuro.

Su viaje prosiguió. Los hipogrifos descendieron una vez para saciar su sed en un río, y ambos aprovecharon para hacer lo mismo. Tras compartir algunas raciones, montaron en sus bestias y se elevaron en el aire una vez más. La próxima vez que aterrizaran, Krasus esperaba que fuera en el dominio de su especie.

El paisaje se volvió más montañoso. Unos picos colosales se alzaban hasta el cielo. En la lejanía, un par de grandes pájaros negros volaban hacia ellos en dirección contraria. La tensión se apoderó del mago dragón. Pronto, muy pronto, se hallaría en casa.

Krasus hizo una plegaria únicamente para pedir que al llegar ahí todo siguiera intacto.

El hipogrifo de Malfurion graznó. El mago tardo en darse cuenta de que ambos pájaros continuaban volando hacia ellos… y de que eran más grandes de lo que en un principio había supuesto.

De hecho, eran demasiado grandes como para ser unos pájaros. Se inclinó hacia delante y entornó los ojos.

Eran dragones, unos dragones negros.

Krasus espoleó a su montura, al mismo tiempo que gritaba a Malfurion.

— ¡Vete al extremo sur de esa cadena montañosa! ¡Deprisa!

En ese instante, el druida también se percató de la amenaza y obedeció. Aunque los dos hipogrifos viraron, los dragones no cambiaron de rumbo. A pesar de que poseían una vista muy aguda, esos colosos aún no habían reparado en la presencia de esas criaturas más pequeñas.

Como era consciente de que eso podía cambiar en cualquier momento, Krasus instó a su bestia a volar a la mayor velocidad posible. Tal vez fuera una mera coincidencia que esos dos gigantes se encontraran ahí, pero el mago sospechaba lo contrario. Como sabía que la paranoia de Neltharion iba en aumento, Krasus creía que lo más probable era que Guardián de la Tierra hubiera enviado a esos dos guardianes a vigilar por si algún intruso entraba en las tierras de los dragones. Resultaba irónico que acabara teniendo razón gracias a su locura.

Los hipogrifos descendieron a una velocidad asombrosa, volando hacia las montañas más bajas. Una vez ahí, Krasus podría relajarse, puesto que los dragones negros seguramente pasarían volando por encima de ellos.

No obstante, uno de los dragones miró en su dirección justo cuando parecía que iban a pasar inadvertidos. En cuanto rugió, el otro giró su cuello nervudo para ver qué había atraído la atención de su camarada. En cuanto reparó en los dos jinetes, él también bramó furioso.

Con la perfección propia de unas criaturas nacidas para volar, los dragones se ladearon y corrieron en pos de sus presas.

— ¿Qué podemos hacer? —preguntó Malfurion a voz en grito.

— ¡Volar más abajo! ¡Podemos sortear las montañas mejor que ellos! ¡Tendrán que seguirnos o se arriesgarán a que les demos esquinazo, y seguramente no desearan disgustar a su señor!

Eso era todo lo que podía decir sobre Neltharion sin que el conjuro del Guardián de la Tierra se activara. Dio gracias a los Aspectos, ya que el druida no había intentado acribillarlo con preguntas estúpidas como por qué estaban huyendo de unos dragones cuando habían venido a buscar precisamente a unos dragones. No cabía duda de que Malfurion era consciente de que Krasus era un experto en la materia y comprendía que, si el mago quería que huyeran, tenían que hacerlo.

La más grande de esas dos bestias (y, por tanto, la de más edad) dejó atrás a su compañero. Rugió de nuevo y de sus salvajes fauces brotó algo que en un principio parecía ser una llamarada.

La cual pasó a escasos metros del mago, provocándole que su montura graznara estrepitosamente y calentando varios grados el aire alrededor de esas figuras voladoras. Esas “llamas” cayeron al suelo y, entonces, quedó claro que se trataba en realidad de una columna de lava fundida; el aliento mágico del Vuelo Negro.

Antes de que el dragón pudiera lanzar otra descarga, los hipogrifos se adentraron raudos y veloces en la cadena montañosa. Sus perseguidores, que les pisaban los talones, descendieron y se ladearon, para evitar chocar con esos picos tan duros.

Krasus frunció el ceño, pues era consciente de que su especie era capaz de maniobrar por las montañas con gran facilidad, ya que tenía un talento natural para ello. Los dragones jugaban a juegos similares desde el mismo momento en que eran capaces de volar. Tenía serias dudas acerca de si tanto el druida como él serían capaces de escapar, pero tenían que hacer todo lo posible.

Entonces, el mago pensó de nuevo en esos juegos y se sintió esperanzado.

Captó la atención de Malfurion e hizo varios gestos para intentar explicar lo que quería; el último consistió en señalar rápidamente con el dedo hacia un pico situado al nordeste. Por fortuna, el druida captó el mensaje enseguida. Por la expresión de Malfurion, se podía deducir que el elfo de la noche también tenía dudas, pero al igual que Krasus, comprendía que no tenían otra salida. Lanzar un conjuro capaz de hacer retroceder no solo a un dragón sino dos sería muy difícil hasta para el mago más entrenado.

Mientras caían en picado hacia un pico en particular, el druida obligó a girar abruptamente a su hipogrifo a la derecha. Krasus hizo lo contrario. El mago miró enseguida hacia atrás y vio que los dragones hacían lo mismo; el más grande era el que lo perseguía a él.

— Alexstrasza guíame… Esto debe funcionar… —murmuró.

No podía ver ni a Malfurion ni al otro dragón, pero eso era lógico. Krasus ya no debía preocuparse del druida; había dos maneras de que su plan tuviera éxito, pero ambas dependían de que su perseguidor no le diera alcance.

Lo cual no estaba resultando nada fácil. El enorme dragón negro volaba con suma habilidad, se inclinaba y giraba según le exigían esos estrechos huecos que buscaba su presa. Aunque el hipogrifo también volaba de un modo excelente, tenía que batir las alas demasiadas veces si quería igualar el ritmo del monstruo que tenía detrás. A pesar del gran esfuerzo que estaba haciendo, el dragón se iba acercando lentamente, centímetro a centímetro.

Un rugido alertó a Krasus y, unos instantes después, otra columna de lava pasó volando justo por el sitio donde acababa de estar. En esta ocasión, se había salvado gracias únicamente a su conocimiento de las tácticas de los dragones negros. No obstante, su túnica humeaba por varios sitios, allá donde le había alcanzado alguna que otra diminuta salpicadura, mientras su montura se retorcía por culpa de unas cenizas que le habían caído en una pata trasera.

Krasus pasó por debajo de un saliente descomunal con forma de pico que sobresalía de una ladera de la montaña y, a renglón seguido, atravesó volando una grieta que dividía en dos un pico. En todo momento, el dragón evitaba estrellarse a pesar de que iba a una velocidad increíble.

La montaña que el mago dragón había señalado a Malfurion se aproximaba con suma rapidez. A pesar de que corría un grave peligro al hacerlo, Krasus miró hacia el sur, donde debería haber estado el druida; sin embargo, no oyó ni vio nada, así que siguió con el plan, con la esperanza de que, de algún modo, todo acabara saliendo bien.

Una vez más, el dragón rugió. Una descarga pasó junto a Krasus, quien frunció el ceño ante la repentina falta de puntería de su seguidor.

Únicamente cuando vio que la ladera que tenía delante, a la derecha, se hacía añicos y los escombros volaban hacia él, Krasus fue consciente de que había caído en una trampa.

Obligó al hipogrifo a elevarse con premura. Aun así, no logró evitar que sobre ambos arreciara una lluvia de tierra y rocas. Un fragmento del tamaño de la cabeza de Krasus rebotó en el flanco del animal, lo que provoco que este chillara y estuviera a punto de arrojar a su pasajero al vacío. Krasus evitó caerse gracias a que se aferró a su montura como si la vida le fuera en ello, y así era.

Tanto el jinete como su montura percibieron un tremendo hedor. El dragón negro se hallaba justo detrás de ellos. Krasus alzó una mano y recitó el conjuro más rápido que podía invocar.

Una serie de explosiones de luz estallaron al azar delante del leviatán. Aunque eran prácticamente inofensivas, sobresaltaron al dragón e incluso lo cegaron momentáneamente. La bestia se retorció y rugió iracunda. Golpeó la montaña con una de sus alas, arrancando así toneladas de piedra.

La rápida reacción de Krasus le había hecho ganar unos escasos segundos, nada más. Esperaba que el druida se las hubiera ingeniado para dejar atrás al otro dragón, pero Krasus conocía bien la tenacidad de sus congéneres. Si Malfurion seguía vivo, casi seguro que no llevaba una mayor ventaja sobre su perseguidor que la que el mago.

Entonces, justo cuando la montaña que había elegido como punto de encuentro se alzaba ante él, Krasus atisbo al otro jinete. El hipogrifo parecía hallarse al borde la histeria, y Malfurion tenía enterrada la cabeza en el cuello del animal. Justo detrás de ellos se hallaba el segundo coloso.

Krasus guio a su montura hacia la de Malfurion, intentando colocarse un poco por delante del lugar donde se encontraría el druida, cuando sus trayectorias se cruzaran. Su animal gritó, alertando no solo a su compañero, sino también al druida. Malfurion alzó la cabeza, con ese único gesto, indicó que había reparado en la presencia de su camarada.

En cuanto se encontraron en la cara sur de la montaña, Krasus urgió a su hipogrifo a rodearla. Malfurion fue en dirección contraria. Un momento después, el dragón negro más grande ignoró a esa otra diminuta figura y siguió a Krasus, al mismo tiempo que su camarada continuaba persiguiendo al druida.

Si Krasus tenía una ventaja sobre los dragones negros, era esta: que no sabían que era un miembro de su especie. Ni, ya puestos, tampoco eran conscientes de que había volado por esa región muy a menudo a lo largo de su larga vida y que, por tanto, era probable que conociera la miríada de senderos de aquel lugar mejor que nadie.

Una vez más, el gigante que se hallaba detrás de él rugió, pero en esta ocasión la descarga pasó tan cerca que dejó el borde de la montaña calcinado, lo cual hizo que Krasus tragara saliva con dificultad. Aun así, el hipogrifo siguió volando con rapidez, pues confiaba en su velocidad y en que su jinete lo guiara como era debido. Krasus lo obligó a descender ligeramente y, acto seguido, hizo que aflojara el ritmo. Aunque el animal se resistió a obedecer la segunda orden, el mago hizo uso de su considerable fuerza de voluntad para vencer sus reticencias.

Justo cuando el hipogrifo obedecía sus instrucciones, Malfurion apareció rodeando la montaña.

Krasus y su bestia se elevaron levemente para compensar la trayectoria que seguía el druida que se aproximaba. Tanto él como Malfurion acabaron volando casi a la misma altura; sí hubieran estado más cerca, habrían chocado.

El mago divisó fugazmente el borde de un ala coriácea que se hallaba justo detrás de su compañero.

Obligó al hipogrifo abajar de nuevo.

Malfurion hizo que su animal ascendiera hacia d firmamento con tal velocidad y de y de un modo tan abrupto que el druida estuvo a punto de resbalarse de su lomo.

Al perseguidor Krasus no le dio tiempo a reaccionar ante ese cambio de dirección. Ni, ya puestos, tampoco al del druida. Ambos estaban tan obcecados con sus respectivas presas que no pudieron detenerse.

Con un atronador estruendo, los dos gigantes chocaron de cabeza. Los dragones rugieron por el dolor y la conmoción. Enredados giraron en el aire hacia un lado y se estrellaron contra el pico que Krasus había escogido anteriormente.

La región entera tembló cuando impactaron contra él. Desde las alturas. Krasus creyó oír el crujir de unos huesos, pero no quiso quedarse a comprobarlo. Mientras los dos dragones caían y desaparecían de su vista. Krasus indicó con una seña a Malfurion que prosiguiera. Para cuando los dos leviatanes se recuperaran, el mago y el druida ya se habrían ido.

Krasus contempló los picos que se elevaban por delante de ellos. Se encontraba muy cerca de su meta… y, más que nunca, necesitaba saber qué estaba ocurriendo.

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