El Alma Demoniaca – Capítulo Doce

Illidan debería haber estado repasando la estrategia con la Guardia Lunar, pero en ese momento la guerra le importaba más bien poco. Lo único en que podía pensar era en que había quedado como un necio de una manera terrible delante de Tyrande. Le había abierto su corazón y había descubierto que su hermano ya había conquistado ese reino que él ansiaba tomar. Tyrande había elegido a Malfurion.

Lo peor de todo era que, probablemente, su gemelo estaba demasiado absorto en sus artes druídicas como para darse cuenta de ello.

El hechicero personal de lord Cresta Cuervo se aproximó a una cerca. El guardia apostado ahí alzó su arma y, con un tono de voz que denotaba una ligera ansiedad, afirmó:

— ¡Todo el mundo debe permanecer dentro de los límites del campamento, maestro Illidan! Por orden de…

— Sé de quién es esa orden.

Illidan lo miró muy fijamente con sus ojos ambarinos. El soldado tragó saliva y se apartó a un lado.

La zona que había al otro lado de la cerca era todavía ligeramente boscosa, ya que la Legión Ardiente no había tenido la oportunidad de destruirlo todo durante su fugaz expansión. Aunque ese hecho insuflaba ánimo a muchos, a Illidan le habría dado igual que toda esa área hubiera acabado calcinada. Alzó una mano ligeramente e incluso se planteó la posibilidad de iniciar un gran incendio él mismo, pero enseguida desechó la idea.

Aunque Malfurion se había enfrentado a los demonios en las tierras del sur, su hermano no temía hacer lo mismo en este lugar. En primer lugar, porque Illidan se había alejado solo un poco del campamento, por lo cual no lo habían perdido del todo de vista. En segundo lugar, porque cualquier demonio que intentara atacarlo ahora habría quedado reducido a cenizas en un abrir y cerrar de ojos. La ira que sentía Illidan era tal que soñaba con luchar contra algo, contra cualquier cosa, para poder desahogarse, para poder liberar esa rabia que le hacía sentir esos celos hacia Malfurion.

Sin embargo, no apareció ninguna bestia vil que le arrebatara sus energías, ningún infernal intentó llevárselo por delante. Ningún eredar, ningún guardia apocalíptico, ni siquiera ningún miembro de la risible Guardia Vil. La Legión Ardiente por entero temía enfrentarse a solas con Illidan, pues sabían que era invencible.

Salvo cuando se trataba del amor de cierta persona.

Illidan dio con una enorme roca en la que se sentó y meditó sobre sus maravillosos planes. El hecho de que lord Cresta Cuervo lo hubiera acogido como uno de sus siervos más leales había sido un golpe maestro, ya que había permitido al gemelo plantearse seriamente al fin lo que llevaba rondándole por la cabeza desde hacía tres años. Hacía mucho que no consideraba a Tyrande una niña y que la veía como la hermosa elfa que era. Mientras Malfurion había estado hablando con los pájaros, él había estado pensando cómo iba a pedirle a Tyrande que fuera su pareja.

En su mente, todas las piezas habían encajado en su sitio perfectamente. Ostentaba una posición admirable y era perfectamente consciente de que muchas otras elfas se le habían insinuado, ya que lo deseaban. A lo largo de un breve período de tiempo Illidan se había hecho con el control de lo que quedaba de la Guardia Lunar y ahora lideraba a los miembros de este grupo que habían sobrevivido; además, gracias a él, muchos elfos de la noche se habían salvado de ser destruidos. Era poderoso, apuesto y un héroe. Tyrande debería haber caída rendida e sus brazos

Y no lo habría hecho si no fuera por Malfurion.

Tras proferir un gruñido, el hechicero señaló a una roca cercana, la cual se adaptó al instante a la forma del rostro de su hermano, que se parecía al suyo.

Illidan cerró un puño con fuerza.

La cara se hizo añicos y los fragmentos conformaron un montón deslavazado.

— ¡Ella debería haber sido mía!

Sus palabras retumbaron por todo el bosque. El hermano de Malfurion gruñó al oír su propia voz, puesto que cada repetición le recordaba lo mucho que había perdido.

— Ella habría sido mía… —se corrigió a sí mismo, sumido en la autocompasión. — Si no fuera por ti, hermano Malfurion, ella habría sido mía.

Siempre está por encima de ti, ese pensamiento cobró forma de manera repentina en su mente, cuando, sin lugar a dudas, deberías ser tú el que estuviera por encima de él.

— ¿Yo? ¿Lo dices porque tengo estos ojos? —Illidan se rió de sí mismo. — ¿Mis milagrosos ojos ambarinos?

Son una señal de grandeza… un presagio de que tu vida será legendaria…

— ¡Una broma de los dioses!

El hechicero se levantó y se adentró aún más en el bosque. A pesar de que se hallaba en movimiento, no podía escapar de esa voz, de esos pensamientos…; en realidad, una parte de él no deseaba escapar de ellos.

Malfurion ni siquiera sabe que ella lo desea. ¿Y si nunca llegara a saberlo?

— ¿Y qué se supone que debo hacer? ¿Mantenerlos separados? ¡Eso sería como intentar evitar que la luna se alzara!

¿Y si Malfurion pereciera en la guerra antes de que pudiera conocer la verdad? ¡Sería como si ella nunca lo hubiera escogido a él! Seguramente, caería rendida en tus brazos si Malfurion dejara de existir…

El hechicero se paró. Juntó ambas manos y las ahuecó; al instante una imagen de Tyrande danzando cobró forma en ambas palmas.

Era un poco más joven que ahora y vestía una falda suelta. Esa imagen representaba a la elfa tal y como Illidan la recordaba en un festival celebrado unos cuantos años atrás. Esa había sido la primera vez en que la había considerado algo más que una mera compañera de juegos.

Si Malfurion dejara de existir…

De improviso, Illidan cerró violentamente ambas manos dando una palmada, y la visión se disipó.

— ¡No! ¡Eso sería una barbaridad!

Aun así, Illidan se detuvo de inmediato, ya que ese pensamiento lo fascinaba de un modo perverso.

Aún le pueden pasar muchas cosas en medio de una batalla. Tal vez no haga falta matarlo, ya que los demonios deben de estar muy interesados en Malfurion en concreto. Destruyó el primer portal, asesino ai consejero de la reina, que ahora es uno de los comandantes de la Legión.., así que querrán capturarlo vivo… muy vivo…

— ¿Insinúas que debería entregarlo… al enemigo? No…

La confusión reina siempre en el campo de batalla y algunos combatientes se quedan atrás. Y nadie se responsabiliza jamás de algo así.

— Y nadie se responsabiliza jamás de algo así… —murmuró Illidan, quien abrió las manos y, una vez más, la imagen de Tyrande danzó para él. La observó un rato mientras cavilaba.

Pero una vez más el hechicero cerró las manos con fuerza dando una palmada. A continuación, asqueado por esos pensamientos tan siniestros, se pasó las manos por la ropa, como si así se las estuviera limpiando, y regresó rápidamente al campamento.

— ¡Jamás! —murmuró en voz baja. — ¡Jamás haré algo así a mi hermano! ¡Jamás!

El hechicero siguió murmurando entre dientes mientras caminaba. Por esa razón no reparó en la presencia de una figura que se separaba de los árboles y lo observaba desde la lejanía, mientras se reía por lo bajo de la brecha que se había abierto momentáneamente en el código de honor y la en la lealtad hacia su hermano del elfo de la noche.

— Los cimientos ya están puestos —susurró esa silueta de manera burlona, — y sobre ellos construirás un monumento a la traición, gemelo del druida.

Una vez dicho esto, se marchó sigilosamente en dirección contraria…, caminando sobre dos extremidades cubiertas de pelaje que acababan en unas pezuñas.

Como no quería esperar más a que el druida y el mago regresaran lord Cresta Cuervo ordenó a los elfos de la noche que al día siguiente reanudaran la marcha. No cabía duda de que la mayoría de sus seguidores habrían preferido marchar de noche, pero el noble no quería que sus maniobras fueran demasiado predecibles para los demonios. Sus guerreros se estaban acostumbrando poco a poco al sol en la medida de lo posible, aunque eso supusiera que sus fuerzas no se hallaran en su punto álgido. Cresta Cuervo confiaba en la determinación de su pueblo, en que comprendiera que, si fracasaban, este sería su fin.

La Legión Ardiente, a su vez, los aguardaba no muy lejos de ahí. A pesar de que los elfos de la noche marchaban siendo conscientes de que un derramamiento de sangre los esperaba más allá del horizonte, seguían avanzando. Y de este modo, una vez más, la batalla por Kalimdor continuó.

Mientras los elfos de la noche luchaban por su supervivencia e Illidan intentaba lidiar con sus repugnantes pensamientos, Krasus se enfrentaba a otra cuestión totalmente distinta, una que, según sospechaba Malfurion, lo había pillado desprevenido.

— Hay algo que se extiende hasta donde alcanzo detectar — comentó entre siseos el mago, presa de la frustración.

Ese “algo” era imperceptible para la vista, pero no para el tacto. Ese “algo” era un escudo vasto e invisible que los mantenía alejado a un día de viaje (según las estimaciones de Krasus) de su objetivo.

Lo habían descubierto de una manera muy dura. El hipogrifo de Krasus había colisionado contra la nada, el impacto había sido tan violento que el mago se había caído de su montura herida. Como

Malfurion era consciente de que con su propio hipogrifo nunca podría alcanzar a Krasus a tiempo, buscó la ayuda del viento. Una ráfaga muy fuerte procedente de la montaña elevó de nuevo a su compañero suficiente como para que el druida pudiera agarrarle del brazo al mago. A continuación, habían aterrizado para observar detenidamente ese nuevo obstáculo.

Tras examinarlo varias horas, Krasus no parecía hallarse más cerca de obtener una respuesta… y, al verlo tan desconcertado, el druida se había sentido más inquieto de lo que dejaba traslucir.

Al fin Krasus dijo algo inconcebible.

— Me rindo.

— ¿No eres capaz de dar con alguna forma de atravesarlo?

— No, y lo que es aún peor, druida, soy incapaz de contactar con nadie al otro lado. Ni siquiera mis pensamientos pueden atravesarlo.

Malfurion había llegado a sentir un hondo respeto por Krasus. El misterioso mago había prestado su ayuda para salvar al druida cuando lord Xavius había capturado el espíritu de éste. Krasus también había sido una pieza clave a la hora de que el elfo de la noche pudiera derrotar al consejero de la reina y destruir el primer portal, por lo cual verlo así ahora…

— Estamos tan cerca —continuó diciendo el mago. — ¡Tan cerca! ¡Esto es obra suya, seguro!

— ¿De quién?

Krasus entorno los ojos y en ese instante se pareció tanto a un mero elfo de la noche pálido que su expresión resultó mucho más perturbadora. Daba la impresión de que estaba evaluando a su compañero y, de repente, Malfurion se sorprendió al pensar que esperaba que lo considerara digno.

— Sí… deberías saberlo. Te mereces saberlo.

El druida contuvo la respiración. Fuera lo que fuese lo que Krasus deseaba revelarle, seguramente tenía que ser algo de una importancia trascendental.

— Mírame directamente a los ojos, Malfurion. —en cuanto el elfo de la noche, le obedeció Krasus añadió: — A tres de nosotros nos llaman “forasteros”. Uno es Rhonin, que afirmaba ser una humano, y el otro es Brox, el orco. No conoces a esas razas, son lo que ves que son: Un humano y un orco.

El anciano se calló. Como creía que tenía que responder algo, Malfurion asintió y repitió:

— Un humano y un orco.

— ¿Alguna vez he dicho yo lo que soy?; ¿Alguno de los otros dos lo han concretado?

El elfo de la noche hizo memoria, pero no recordó que nadie hubiera comentado cuál era el nombre de la raza a la que pertenecía Krasus.

— Tienes sangre de elfo de la noche. Por tu aspecto, podrías ser un miembro de nuestra especie si…

— En realidad, parezco un miembro de tu especie que llevara muerto un año o más, pero es una semejanza en la que ambos estamos de acuerdo, ¿no? No obstante, lo que ves es un mero disfraz; entre tu raza y la mía no hay ningún vínculo de sangre… ni, ya puestos, tampoco lo tengo con la raza humana, orca, enana o tauren.

Malfurion parecía hallarse confuso.

— Entonces…, ¿qué eres?

El elfo de la noche se sintió atraído por la mirada de Krasus con más intensidad si pudiera caber. Lo único que podía ver eran esos extraños ojos.

— Mira aún más adentro, druida. Mira aún más adentro y piensa en lo que ya sabes sobre mí.

Mientras contemplaba los ojos de su compañero, Malfurion recordó todo lo que sabía al respecto, que no era demasiado; se trataba de un taumaturgo que poseía unos conocimientos extraordinarios y un enorme talento. Incluso cuando se había hallado más débil. Krasus había estado envuelto por un aura que transmitía la sensación de que era un ser muy antiguo y poderoso. La hermandad de Elune lo había percibido, aunque ninguno de sus miembros había sido capaz de comprender exactamente por qué percibían eso, al igual que la Guardia Lunar. Incluso los sables de la noche lo trataban mejor que a los adiestradores que los habían criado.

Y por un tiempo, el mago incluso había trabado amistad con un dragón…

… Un dragón.

Cuando aquel coloso no se había hallado cerca, Krasus había sufrido tanto como si se encontrara en su lecho de muerte. Asimismo, el dragón también había mostrado unos síntomas de debilidad fuera de lo normal. Sin embargo, cuando se hallaban juntos era como si fueran un solo ser y sus fuerzas se habían incrementado.

Y no solo eso, Korialstrasz había hablado con Krasus como no lo hacía nadie, como si fuera un igual, casi como si fuera su hermano.

Krasus pudo ver que el rostro del druida se iluminaba con la luz de la revelación y susurró:

— Te encuentras en el umbral del entendimiento total. Crúzalo ya.

Acto seguido, se abrió a Malfurion por entero. En la mente del elfo de la noche, Krasus se transformó. Sus ropajes acabaron hechos jirones, pues su cuerpo creció y se deformó. Las piernas se le doblaron hacia atrás y las manos y los pies se le transformaron en unos apéndices largos y provistos de garras. Unas alas le brotaron de la espalda, expandiéndose hasta que fueron tan enormes como para tapar la luna.

A Krasus se le alargó la cara. La nariz y la boca se fusionaron y crecieron hasta conformar unas fauces salvajes. El pelo se le solidificó, conviniéndose en una cresta cubierta de escamas que le recorría toda la espalda a lo largo hasta llegar a la punta de la cola, que se había formado al mismo tiempo que las alas.

Mientras unas escamas carmesíes cubrían hasta el más mínimo rincón del cuerpo, Malfurion pronunció el nombre por el que todos conocían a esos leviatanes tan enormes y temibles.

— ¡Eres un dragón!

Entonces esa imagen se desvaneció con la misma rapidez increíble con la que había aparecido ante él. Malfurion sacudió la cabeza de lado a lado y contempló a la figura que tenía delante.

— Sí Malfurion Tempestira, soy un dragón. Un dragón rojo, para ser más precisos. Durante mucho tiempo, he portado la forma de alguna criatura mortal u otra, pues elegí caminar entre ustedes, para aprender y enseñar mientras busco que reine la paz entre todos nosotros.

— Un dragón…

Malfurion negó con la cabeza. Echando la vista atrás, eso explicaba tantas cosas… y planteaba muchas más preguntas a la vez.

— Entre los miembros de la hueste, únicamente Rhonin sabe quién y qué soy, aunque el orco tal vez lo intuya y la Hermandad de Elune es probable que lo sospeche.

— ¿Los humanos están aliados con los dragones?

— ¡No! Pero con este mismo disfraz con el que me ves, fui el maestro de Rhonin, un mago excepcional, ¡a pesar de pertenecer a una raza tan versátil! En cierto modo, confío en él más que en muchos de mis congéneres.

Como si quisiera enfatizar lo que acababa de decir, Krasus (a Malfurion aún le costaba aceptar que fuera un dragón) golpeó con una mano esa gigantesca barrera invisible.

— Y esto me reafirma en lo que acabo de decir. Esto no debería estar aquí.

— Un dragón…, pero ¿por qué no te has transformado para que pudiera venir volando hasta aquí? ¿Por qué me has obligado a invocar a los hipogrifos? —Entonces, el elfo de la noche recordó otra serie de incidentes peculiares. — ¡Podrías haber sido asesinado en más de una ocasión, incluso la última vez que combatimos contra los demonios!

— Algunas cosas deben permanecer ocultas, Malfurion, pero debo decirte que si no me transformo es porque no puedo. Por el momento, he perdido esa habilidad.

— Ya… Ya veo.

Krasus volvió a posar su mirada en esa muralla invisible, buscando una entrada que permitiera atravesarla.

— Ahora entiendes por qué estaba tan seguro de que sería capaz de hablar con los dragones, porque escucharán a uno de los suyos, porque también explicarán a uno de los suyos por qué están actuando de un modo tan misterioso. —De improviso, siseó fuertemente, lo que sobresaltó al elfo de la noche. — Si es que puedo contactar con ellos.

— ¿Quién habrá hecho esto?

Dio la impresión de que Krasus tenía intención de responder a esa pregunta, pero al instante cerró la boca. Después de varios segundos en los que obviamente no cabía duda de que estuviera librando una lucha en su fuero interno, contestó taciturnamente:

— Eso no importa, lo que sí importa es que hemos fracasado. La única esperanza que tenía para asegurar el resultado de la guerra está fuera de mi alcance.

Todavía había muchas cosas que el mago dragón no le había contado a Malfurion, y el elfo de la noche era consciente de ello. Sin embargo, el druida también respetaba a Krasus lo suficiente como para no insistir en el tema. Lo único que quería hacer Malfurion en esos momentos era ayudar, sobre todo ahora que comprendía la situación. Si Krasus pudiera convencer a sus congéneres de que se unieran a los defensores, entonces, seguramente, la Legión Ardiente estaría acabada en poco tiempo.

Pero no lograban abrir ese muro con sus conjuros y ninguno de los dos podía atravesarlo como si fuera un mero fantasma o… El druida tragó saliva con dificultad y afirmó:

— Tal vez sepa cómo atravesarlo; al menos, yo podría hacerlo.

— ¿Qué quieres decir?

— Podría caminar por el Sueño Esmeralda.

El semblante del mago se tornó sombrío y, a reglón seguido, se volvió pensativo. Malfurion quería que rechazase la idea sin pensárselo dos veces, pero en vez de eso, Krasus asintió.

— Sí… Sí, esa podría ser la única forma de entrar

— Pero ¿serviría de algo? Ni siquiera sé si serán capaces o no de oírme o verme. y si lo hacen, ¿me escucharán?

— Hay alguien que tal vez sea capaz de hacer todo eso. Debes buscarla a ella en concreto. Se llama Ysera.

Ysera. Cenarius había pronunciado ese nombre cuando se había ofrecido a enseñarle a su estudiante a caminar por el reino de los sueños. Ysera, era una de los grandes cinco

Aspectos. Ella gobernaba el Sueño Esmeralda. Sin lugar a dudas, Ysera sería capaz tanto de ver la forma espiritual del druida como de oírle…, Pero ¿acaso se tomaría la molestia de escuchar lo que tenía que decir?

Como vió que era obvio que el joven elfo de la noche se mostraba reticente, Krasus añadió:

— Si puedes convencerla de que logre que Alexstrasza, la dragona roja, te escuche, entonces tal vez ella, a su vez, le pregunte a Korialstrasz, que nos conoce a ambos. Alexstrasza seguro que a él le hará caso.

Por la manera en que su tono de voz cambiaba cuando pronunciaba ese otro nombre, Malfurion comprendió que esa otra dragona era muy, pero que muy importante para Krasus a nivel personal. Sabía que Alexstrasza era otro de los Aspectos y se preguntó cómo era posible que Krasus pudiera hablar de ella con tanta familiaridad. Su compañero no era solo un mero dragón que espiaba a las razas jóvenes, sino que debía de ser alguien importante entre los de su especie.

Ser consciente de eso hizo que Malfurion se sintiera más decidido a hacer lo que había que hacer.

— Haré lo que pueda.

— Si Ysera se muestra reticente —le aconsejó Krasus, —harías bien en mencionarle a Cenarius. Y más de una vez si es necesario.

Aunque no estaba seguro de por qué eso podría suponer alguna diferencia, el elfo de la noche asintió, ya que confiaba en la sabiduría de Krasus, y acto seguido se sentó ahí mismo, donde estaba. Krasus observó en silencio cómo adoptaba una postura de meditación. En cuanto se sintió cómodo y preparado, Malfurion cerró los ojos y se concentró.

En un principio, meditó para serenarse a nivel físico mientras se relajaba, el elfo de la noche notó las primeras sensaciones de sueño. Les dio la bienvenida y las animó a adueñarse de él. Cada vez más, el mundo mortal se fue alejando del druida. Una sensación de paz envolvió a Malfurion como una manta. Sabía que Krasus velaba por él, así que no temía dejarse llevar, puesto que el mago protegería su cuerpo indefenso.

En breve, Malfurion se durmió. No obstante, se sintió más despierto que nunca al mismo tiempo. El elfo de la noche se concentró entonces en abandonar el plano mortal. Hizo lo que Cenarius le había enseñado: Separó su espíritu de su cuerpo.

Le resultó tan fácil hacer ambas cosas, así como localizar hacia el Sueño Esmeralda, que Malfurion se sintió avergonzado por haber titubeado antes. Mientras permaneciera centrado en su misión, seguramente, podría viajar al otro reino sano y salvo.

Una tonalidad verde lo impregnó inmediatamente todo. Krasus se esfumó a la vez que el entorno de Malfurion cambiaba. Si bien esa región montañosa era sorprendentemente similar en ambas dimensiones, los picos del Sueño Esmeralda eran más puntiagudos, estaban menos desgastados por las inclemencias del tiempo. Ese era el aspecto que habían tenido cuando los creadores las habían erigido a partir del suelo primordial. A pesar de que su misión era muy urgente, Malfurion se detuvo a admirar la obra de los celestiales. La completa majestuosidad de todo lo que vio lo dejó asombrado.

Sin embargo, no quedaría nada del mundo real si la Legión Ardiente no era detenida, por lo cual el druida por fin siguió su camino. Extendió un brazo hacia la barrera, esperando hallar resistencia, pero nada detuvo su mano. Con casi toda seguridad, en el Sueño Esmeralda ese conjuro no existía. Los dragones esperaban que los intrusos que intentaran atravesar esa barrera fueran de una índole más terrenal, y por lo tanto, estuvieran sometidos a las leyes del mundo natural.

Malfurion cruzó el lugar donde se había hallado ese muro en el otro plano se dirigió hacia los picos más altos que se divisaban en lontananza. Antes de que hubiera chocado con la barrera, Krasus le había indicado dónde podría hallar a sus congéneres. Como el viejo mago no había dicho nada al contrario antes de que el druida iniciara su viaje, Malfurion dio por sentado que debería continuar en esa dirección.

Sobrevoló esa tierra silenciosa donde esas montañas colosales hacían que se sintiera muy insignificante. La tonalidad verde que lo coloreaba todo, junto a la ausencia total de vida animal, dotaba a ese entorno de una atmósfera surrealista.

Mientras se acercaba a lo que creía que era su destino, Malfurion se concentró. Esa tonalidad verde se desvaneció levemente y percibió ciertos detalles de desgaste provocados por el paso del tiempo. Si bien el espíritu del druida todavía “caminaba” por el Sueño Esmeralda, ahora también veía el mundo real y actual.

Y lo primero que vio fue el semblante feroz y abrumador de un dragón carmesí.

Sorprendido, Malfurion retrocedió. Aunque esperaba que el coloso arremetiera veloz como un rayo hacia él y lo mordiera, el centinela siguió mirando muy fijamente a algo, como si el druida fuera transparente. El gemelo de Illidan tardó unos segundos en darse cuenta de que el dragón no podía verlo.

La presencia de ese guardián, que se hallaba posado en la cima de ese pico alto y puntiagudo, corroboraba que el elfo de la noche tenía que estar cerca del lugar donde se habían congregado los dragones. Sin embargo, Malfurion intuía que no tenía tiempo para ir de una montaña a otra en su busca, así que reflexionó acerca de lo que ya sabía: sabía que Ysera era la Señora del Sueño Esmeralda y que ahora se hallaba tan cerca de ella que, seguramente, sería capaz de escucharle si la llamaba mentalmente.

No obstante, que Ysera contestara era otra cuestión.

Como sabía que lo único que podía hacer era intentarlo, el druida volvió a sumergirse en el Sueño Esmeralda y se imaginó a la dragona verde. Pese a que era consciente de que su forma real no tendría nada que ver con cómo se la imaginaba, sabía que de ese modo sus pensamientos tendrían un asidero al que agarrarse.

Ysera, Señora de la Tierra de los Sueños, Gran Aspecto, humildemente, solicito entrar en comunión contigo… Hablo en nombre de alguien que conoce a Aquella Que Es La Vida, a tu hermana Aiexstrasza…

Malfurion aguardó. En cuanto tuvo claro que no recibiría ninguna respuesta, volvió a intentarlo.

Ysera, Señora del Sueño, en nombre de Cenarius, el señor del bosque, te pido este favor. Te invoco para…

Interrumpió la llamada al percibir la presencia de otro ser que había interrumpido súbitamente. El druida giro la cabeza a la derecha y contempló a la delgada hembra de su raza, ataviada con una túnica traslúcida que ondeaba, a pesar de que no soplaba el viento. La capucha de la túnica no le tapaba la cara, que era hermosa y serena a la vez, cuyo único rasgo extraño eran los ojos… o, más bien, los parpados cerrados que los ocultaban.

Esa figura podría haberse parecido a un elfo de la noche, pero además del brillante pelo esmeralda que poseía (que era más llamativo que el verde de cualquier elfo de la noche de verdad), su piel, sus ropajes…, todo estaba tintado de un modo u otro del mismo color.

No podía haber ninguna duda de que se trataba de Ysera.

— Aquí estoy —respondió, con serenidad y firmeza a la vez, sin abrir en ningún momento los ojos, — aunque solo sea para poner fin a tus gritos. Tus pensamientos han reverberado por mi mente como un redoble de tambores incesante.

Malfurion hizo ademán de arrodillarse.

— Mi señora…

Ella agitó una esbelta mano en el aire

— No necesito sentirme halagada con tales gestos, me has llamado y he venido. Di lo que tengas que decir y vete.

El elfo de la noche seguía sorprendido por el hecho de que su llamada hubiera sido respondida. Ahí, abajo esa otra forma, se hallaba uno de los Grandes Aspectos. Casi no se podía creer que se hubiera dignado en contestar.

— Perdóneme. Jamás pretendía perturbarte…

— Y aun así, aquí estás

— He venido acompañado por alguien que te conoce bien… por un dragón llamado Krasus.

— Conozco su nombre, aunque sospecho sobre sus intenciones. ¿Qué desea?

— Quiere concertar una audiencia con Alexstrasza, pero no puede atravesar la barrera que rodea este lugar.

Mientras hablaba, Malfurion tuvo que hacer un gran esfuerzo para concentrarse en el Aspecto. Ysera titilaba constantemente como si fuera un mero producto de su imaginación. Su expresión no cambiaba salvo por el hecho de que, bajo sus párpados, sus ojos siempre se hallaban en constante movimiento. Malfurion no albergaba ninguna duda de que podía ver, pero sentía una gran curiosidad por saber cómo lo hacía.

— Esa barrera se ha alzado porque lo que planeamos hacer es extremadamente delicado —aseveró el Aspecto. — No se puede saber nada de lo que estamos haciendo hasta que llegue el momento adecuado… eso es lo que dice el Guardián de la Tierra.

— Pero Krasus debe entrar…

— Pero no lo hará. Es una cuestión sobre la que no tengo capacidad de decisión. ¿Es eso todo?

Malfurion recordó las instrucciones que le había dado Krasus.

— ¿Y si pudiera hablar con Alexstrasza a través de ti…?

Ysera se rio; ese cambio de humor tan repentino sorprendió tanto al elfo de la noche que se quedó sumamente desconcertado.

— ¡Eres audaz, criatura mortal! ¡Quieres que sea su mensajera, que sea el medio por el que él interrumpa a mi hermana durante un momento tan clave! ¿Hay algo más que quieres pedir?

— Juro por mi shan’do, Cenarius, que eso es lo único que quiero y que no lo pediría si no fuera necesario.

Algo muy curioso sucedió cuando mencionó el nombre semidiós. Ysera se tomó borrosa y dio la impresión de que esos ojos que se hallaban bajo esos párpados cerrados miraban hacia el suelo. Esa reacción, aunque fue muy breve, también fue muy evidente.

— No creo que haya ninguna razón para proseguir con esta conversación tan irritante. Regresa con tu compañero elfo de la noche, y…

— ¡Por favor, Señora del Sueño Esmeralda! Cenarius responde por mí. Él.

— ¡No hay ninguna razón que justifique que lo menciones! — le espetó de repente. Por un brevísimo instante, dio la impresión de que Ysera iba a abrir. Su semblante adquirió una expresión que a Malfurion le recordaba su infancia. En el pasado, había pensado que Cenarius e Ysera habían sido amantes, pero por el gesto que podía ver ahora dibujado en su rostro, ese no era el caso.

Ysera (la Señora del Sueño, una de los cinco grandes Aspectos) había reaccionado al oír el nombre del semidiós como lo haría una madre cariñosa.

Un tanto avergonzado, el druida se apartó de ella. Ysera no le hizo ningún caso, ya que su mente se hallaba sumida en algún recuerdo. Por primera vez desde que había conocido a Krasus. Malfurion estaba enfadado con él, puesto que su compañero no debería haberle ocultado esa información.

Aunque el druida hizo ademán de abandonar el reino de los sueños, Ysera dirigió sus ojos cerrados hacia él y, de improviso, afirmó: — Seré el puente que necesitas para alcanzar a Alexstrasza.

— Mi señora…

— No vas a hablar más al respecto, elfo de la noche, o si no, te expulsaré de mi dominio para siempre.

Malfurion se calló y obedeció. Fuera cual fuese la relación que tuviera con el señor del bosque, había sido muy profunda y larga en el tiempo.

— Guiaré a tu espíritu hasta el lugar donde ahora nos reunimos y esperaras hasta que te indique que ha llegado el momento de que converses con mi hermana. Solo entonces, le transmitiré tu mensaje a ella… tu mensaje y el de tu compañero.

La actitud con la que pronuncio esa última palabra dejaba bien claro que estaba furiosa con Krasus. El druida rezó para implorar que el plan improvisado de su compañero no acabara provocando que ambos murieran y asintió sin pronunciar palabra.

El Aspecto le tendió una mano.

— Cógeme de la mano

Con sumo respeto Malfurion obedeció. Nunca había tocado a ningún otro espíritu en el Sueño esmeralda y no tenía ni idea de que podía esperar. No obstante, para su sorpresa, la mano de Ysera tenía el mismo tacto que una mano mortal. No poseía ninguna cualidad etérea. Era como si le estuviera dando la mano a su madre.

— Recuerda mi advertencia —insistió el Aspecto.

Antes de que pudiera responder, se adentró en el plano mortal. La transición fue tan inmediata, a la vez que fue muy suave, que el elfo de la noche tardó un rato en asimilar que el entorno había cambiado. A continuación, tuvo que asimilar la repentina desaparición de Ysera.

No, no había desaparecido. La Señora del Sueño Esmeralda se hallaba a pocos metros del lugar donde él flotaba y se mostraba en toda su gloria y esplendor; se trataba de una dragona descomunal con unas escamas relucientes, que por comparación hacía que Korialstrasz, el único dragón que el druida había visto jamás, pareciera un enano.

Pero ella no era el único de esos seres que se encontraba ahí. Mientras se ubicaba, el elfo de la noche descubrió que ambos no se hallaban solos de ningún modo. Otros tres dragones gigantescos se hallaban cerca del centro de esa enorme cámara. La dragona roja tenía que ser Alexstrasza, seguramente, a la que Krasus buscaba. Aunque poseía una belleza y una dignidad a la par que las de Ysera era más animada, más vital. Junto a ella, había un macho casi igual de grande, cuyas escamas cambiaban constantemente de color (pasaban de ser plateadas a azules y a ser una mezcla de ambos colores) al parecer al azar. Para ser un miembro de esa especie, se podría decir que mostraba un semblante de perplejidad.

La colosal bestia negra que vio a continuación era completamente distinta al dragón azul y provocó que un escalofrío recorriera por entero su forma espiritual. Se trataba de un ser compuesto de puro poder, de la fuerza de la misma tierra…, pero había algo más en él. Malfurion tuvo que apartar la mirada de ese gigante de ébano, ya que cada vez que intentaba observarlo con detenimiento, una sensación de inquietud se apoderaba del elfo de la noche y, no era solo porque dos dragones del mismo color hubieran perseguido al druida y a su compañero; no, era por algo más…, era por algo espantoso.

No obstante, si esperaba hallar una mayor sensación de paz mirando para otro lado, Malfurion había escogido mal el lugar al que dirigir su vista, puesto que ahora contemplaba aquello que tanto habrá intrigado a esos gigantes.

Se trataba de algo diminuto, tan pequeño que al elfo de la noche le hubiera cabido en la palma de la mano. En las garras de ese dragón negro enorme, era apenas una motita.

— ¿Lo ves? —preguntó con una voz potente aquel ser que sostenía ese objeto. — Todo está ya preparado. Ya solo nos resta aguardar a que llegue el momento adecuado.

— ¿Y cuándo llegará ese momento? —preguntó Alexstrasza. — Cada día que pasa, los demonios arrasan más y más tierras. Si no fuera porque sus comandantes han centrado gran parte de sus esfuerzos en atacar a los elfos de la noche, a estas alturas habríamos perdido el resto de este mundo.

— Entiendo tu preocupación…, pero el Alma de Dragón cumplirá mejor su función cuando los astros se alineen en el firmamento como es debido. Así debe ser.

El Aspecto rojo contempló aquel disco dorado.

— Recemos entonces para que cuando se utilice todo suceda como tú dices, Neltharion. Recemos para que salve a nuestro mundo.

El dragón negro se limitó a asentir. Malfurion que todavía aguardaba a que Ysera le indicara que podría hablar con Alexstrasza, observó detenidamente ese objeto de aspecto tan sencillo y sus esperanzas crecieron. Los dragones estaban haciendo algo y habían dado con una solución: una especie de talismán que iba a liberar a Kalimdor del yugo de la Legión Ardiente.

Se dejó llevar por la curiosidad. Debilitó adrede el vínculo que lo unía a Ysera, con la intención de que, con todo lo que estaba pasando, la dragona no se diera cuenta de lo que intentaba hacer. Sondeó mentalmente ese disco brillante, cuyo aspecto era muy humilde, pero que al parecer poseía un poder tal que incluso los dragones le rendían pleitesía. En verdad, los demonios no tendrían ninguna oportunidad contra algo así…

No le sorprendió descubrir que un hechizo de protección rodeaba al Alma de Dragón. El druida, al estudiar el objeto, así como sus diversos elementos, detectó una peculiaridad. Cómo uno de esos grandes dragones poseía un aura propia y distintiva (como cualquier otra criatura) y Malfurion era capaz de percibir algunas de esas auras en ese instante. Notó la de Ysera (que era la que le resultaba más familiar), así como la de Alexstrasza y la del dragón azul. El dragón negro también estaba presente, pero de otra manera. La suya parecía hallarse entrelazada con la del resto, como si las mantuviera a raya. Al druida le dio la sensación de que ese encantamiento había sido diseñado para que los demás no pudieran percibir algo que había dentro de ese objeto.

Picado por la curiosidad más que nunca, Malfurion se infiltro en ese conjuro, valiéndose de las enseñanzas de Cenarius. Logró filtrarse a través de él con más facilidad de la esperada, tal vez porque al creador del disco jamás se le habría ocurrido que alguien como él podría siquiera intentar algo así. El druida se adentró más y más, hasta que por fin alcanzó esas fuerzas que anidaban ahí dentro.

Lo que descubrió provocó que saliera corriendo de ahí. Se hallaba pasmado y aturdido. A pesar de que seguía portando su forma espiritual, se estremeció, pues era incapaz de asimilar lo que había percibido. Malfurion volvió a mirar al dragón negro, atónito ante lo que había hecho ese leviatán.

El Alma de Dragón… que supuestamente iba a salvar a Kalimdor… poseía en su interior un mal tan terrible como la misma Legión Ardiente.

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