El Alma Demoniaca – Capítulo Ocho

Malfurion estaba soñando que él y Tyrande vivían en una hermosa casa árbol en medio de la gran Suramar. Era el momento más espléndido de todo el año y todo estaba en flor. La exuberante flora cubría la región como una bella alfombra. El inmenso árbol les proporcionaba frescor con la sombra de su espeso follaje, y flores de todos los colores y formas rodeaban la parte inferior del tronco.

Tyrande, vestida con un glorioso vestido en el que se combinaban el amarillo, el verde y el naranja, tocaba una lira de plata, mientras sus hijos, un niño y una niña, correteaban por el árbol, riéndose y carcajeándose. Malfurion se encontraba sentado cerca de la ventana de esa morada de la que estaba tan orgulloso, respirando el aire fresco y gozando de esa vida que había logrado construir. En el mundo reinaba la paz, y su familia únicamente conocía la felicidad…

Entonces, un violento temblor sacudió el árbol. Malfurion se aferró a la ventana y vio con horror cómo el resto de casas y torres de Suramar se desplomaban rápidamente. Otras estructuras también se vinieron abajo. La gente chillaba, y unos incendios colosales cobraron vida en todas direcciones.

Buscó a sus hijos, pero no había ni rastro de ellos. Entre tanto, Tyrande seguía sentada en una de esas gruesas ramas, fuera de la casa, pulsando las cuerdas de la lira para tocar una melodía.

Malfurion se atrevió a asomarse y gritó.

— ¡Tyrande! ¡Entra! ¡Rápido!

Pero ella lo ignoró, pues se hallaba absorta despreocupadamente en esa música, a pesar de que aquel desastre era cada vez mayor y de que se hallara muy expuesta.

La casa árbol se inclinó abruptamente. Aunque Malfurion, intentó valerse de sus poderes de druida evitar que se derrumbara, no logró nada. Según sus sentidos, el árbol (en realidad; toda la flora) había muerto.

La caída de la casa despertó por fin a Tyrande de su ensueño. Soltó la lira, chilló e intentó alcanzar a Malfurion, pero la distancia que los separaba era demasiado grande. La consorte de Malfurion perdió el equilibrio y se cayó de la rama…

Entonces, una figura vestida de negro se alzó en el aire a gran velocidad, cogiéndola de inmediato, Illidan sonrió de una manera magnánima a Tyrande y, a continuación, hizo un gesto de asentimiento a su hermano de un modo muy simpático. Sin embargo, en vez de ir en ayuda de Malfurion, su gemelo se alejó volando con su pasajera.

— ¡Illidan! —exclamó Malfurion, quien intentaba no soltarse. — ¡Vuelve!

Su hermano se detuvo en el aire. Sin dejar de aferrar con fuerza a Tyrande en todo momento, se volvió y se rio de Malfurion. Mientras se reía, Illidan se transformó; se volvió más grande y más horrendo. Se le rasgó la ropa bajo la presión de la armadura que llevaba debajo. Su piel adquirió un color más oscuro y, una cola dentada brotó de su parte posterior. Con una mano provista de garras, sostuvo a la pareja del druida sobre la ciudad en ruinas, a la vez que zarandeaba como si fuera una muñeca de trapo.

Malfurion contempló horrorizado como Archimonde zamarreaba a Tyrande delante de él.

— ¡Nooo!

Se incorporó rápido como un rayo, de tal modo que poco le faltó para caerse del sable de la noche en el que se hallaba mal sentado. Alguien que poseía una mano esbelta pero fuerte logró impedir que perdiera el equilibrio por entero y, luego, tiró de él con fuerza para acercárselo a su torso protegido por una armadura. El druida se acordó de Archimonde y, de manera instintiva, intentó alejarse de aquel individuo de la armadura.

— ¡Calla, Malfurion! ¡Y ten cuidado!

La voz de Tyrande hizo que recuperara la conciencia por entero. Alzó la vista y vio un rostro teñido de preocupación. Como llevaba el yelmo echado hacia atrás, podía ver su semblante con toda claridad, el cual era un regalo para la vista.

— He soñado que… —acertó a decir pero se detuvo. Había partes de su sueño que eran demasiado personales, que no podía contárselas a alguien que no estaba prometida con él. — Estaba… soñando —concluyó Malfurion, como si quiera disculparse.

— Lo sé. Te he oído hablar en sueños. Me ha parecido oír mi nombre y el de Illidan.

— Sí —respondió, pero no se atrevió a decir nada más.

La sacerdotisa le acarició la mejilla.

— Ha debido de ser una pesadilla terrible, Malfurion…, pero al menos has dormido por fin.

De repente, al ser consciente de lo pegado que estaba a ella, el druida se enderezó. Miró a su alrededor y se percató por primera vez que los rodeaba una gran multitud. La mayoría eran civiles, muchos de los cuales parecían estar muy confusos y totalmente desubicados. Muy pocos elfos de la noche habían sufrido tanto jamás. Este exilio, seguramente, había empujado a muchos hasta el límite de su aguante.

— ¿Dónde estamos?

— Cerca del monte Hyjal.

Se quedó boquiabierto ante aquel

— ¿Tan lejos? ¡No puede ser!

— Me temo que sí.

Malfurion agachó la cabeza. Así que, a pesar de lo mucho que se habían esforzado, a su pueblo le seguía aguardando un fatal destino. Si los demonios habían logrado obligar a retroceder a los defensores de esas tierras hasta tan lejos, ¿cómo podían albergar la esperanza de recuperarse siquiera?

— Elune vela por nosotros —le susurró Tyrande, al ver la inquietud reflejada en su rostro. — Rezo para que nos guíe. Ella nos salvará en el último momento estoy segura de ello.

— Eso espero. ¿Dónde están los demás?

— Tu hermano está ahí, con la Guardia lunar. —la joven señaló al norte.

— Pero no he visto ni a Krasus ni a los demás.

Iludan no era precísame con quien Malfurion quería hablar. Tras su enfrentamiento con Archimonde, el druida deseaba desesperadamente dar con los magos, pues tenía que advertirles de que ese poderoso demonio lideraba las fuerzas que los perseguían.

Aunque, claro, eso solo podría hacerlo si Krasus y el resto seguían vivos. ¿Acaso Archimonde les había dado caza después de haberse enfrentado a Malfurion?

— Tyrande, debo dar con los forasteros. Sigo creyendo que, si queremos sobrevivir, ellos serán una pieza clave para lograrlo.

— Nunca podrás hacerlo a pie; además, sigues muy débil. Será mejor que te lleves mi sable de la noche.

Se sintió avergonzado, ya que ella iba a sacrificar su propia montura para que él pudiera llevar a cabo una búsqueda posiblemente inútil.

— Tyrande, yo…

No obstante, ella lo miró como nunca antes lo había hecho, con una expresión decidida y firme, que Malfurion únicamente había visto en las sacerdotisas de mayor edad y más devotas de Elune.

— Es importante, Malfurion. Lo sé

Se bajó del felino antes de que él pudiera objetar algo más. Tras coger su mochila y sus armas, Tyrande alzó la mirada hacia el druida e insistió:

— Vete…

Incapaz de hacer otra cosa que un mero gesto asentimiento para darle las gracias, Malfurion acomodó la silla y, acto seguido espoleó al sable de la noche a avanzar a través de esa muchedumbre. Estaba decidido a no decepcionar a Tyrande, quien había depositado su confianza en él; demás seguían vivos, Malfurion los encontraría.

El felino se abrió paso como pudo a través de los soldados y civiles, gruñendo pero nunca golpeando a nadie, a pesar de que era obvio que no se sentía nada a gusto de hallarse rodeado de tantos elfos de la noche. El druida se sintió satisfecho al comprobar que los soldados habían mantenido el orden en su mayoría. Asimismo la mayoría de los civiles estaban siendo guiados de manera firme y delicada y avanzaban a un ritmo constante. Sin lugar a dudas los demonios contaban con que el caos se desataría al mezclar a dos grupos tan distintos. Al menos, por el momento ese peligro se había superado.

No obstante, como se había unido tanta gente a la hueste, dar con tres seres en concreto, con el orco, el humano y Krasus por muy peculiares que fueran era todo un reto. Solo cuando recorrió con la mirada a esa muchedumbre por duodécima vez, a Malfurion se le ocurrió recurrir a sus artes mágicas.

Sin embargo, aún no quería adentrarse en el Sueño Esmeralda; además, había otros medios con los que creía que podría percibirlos. El druida tiró de las riendas para que el sable de la noche se detuviera, cerró los ojos y expandió su conciencia. A lo largo de toda esa región, pasó por las mentes de los demás sables de la noche que era capaz de ver, con los que habló como había hecho con las bestias del bosque durante su aprendizaje. Malfurion incluso contactó con la mente de la montura de Tyrande para no descartar la más mínima posibilidad de detectarlos. Los felinos, que conocían bien a sus amos, seguramente serían capaces de percibir los olores tan distintos de los tres extraños.

Pero en un principio los animales fueron incapaces de detectar a aquellos que el druida buscaba. Armándose de valor Malfurion expandió aún más sus sentidos, alcanzando así a criaturas que estaban más allá de su vista. Algunos de los refugiados llevaban consigo algunas mascotas, a las que incluso Malfurion también pidió ayuda.

Cuantas más mentes contactara, más probabilidades tendría de localizarlos

Por fin, una de esas panteras negras contesto, la respuesta no se articuló a través de palabras, sino más bien mediante olores e imágenes. Aunque al druida le llevo un momento asimilar esa información al final, se dio cuenta de que esa criatura había visto hacía poco al orco. Brox era el más llamativo de los tres, por lo cual no era de extrañar que el sable de la noche lo recordara precisamente a él.

Para el felino, ese guerrero era una mezcla de olores embriagadores e intensos que le recordaba a la parte más salvaje de sí mismo que se hallaba enterrada en lo más hondo de su ser. El sable de la noche parecía considerar que Brox era su alma gemela. De hecho, en la imagen que le transmitió el animal del guerrero provisto de colmillo, este le recordaba a un sable de la noche que andaba sobre las patas traseras y que poseía un brazo que acababa en un par de garras descomunales, que debían de ser el hacha del orco.

Averiguar cuándo y dónde exactamente ese felino había visto a Brox resultó ser un poco más complicado. Los animales no medían el tiempo y el espacio del mismo modo que los elfos de la noche. Aun así, con algo de esfuerzo, el druida pudo determinar finalmente que la pantera había visto a Brox únicamente un par de horas antes, cerca de la parte central de ese gran éxodo.

Tras obligar a su montura a girarse en esa dirección, Malfurion continuó preguntando al resto de sables de la noche si habían visto a alguno de los seres que buscaba. Cada vez con más frecuencia, daba con uno que no sólo recordaba a Brox, sino también a Rhonin y Krasus. Había algo en ese mago anciano que llamaba la atención a esas criaturas; lo contemplaban con un respeto que unos depredadores tan capaces reservaban únicamente a los que eran muy superiores a ellos. Sin embargo, temían a Krasus como podrían haber temido a otra bestia, era casi como comprendieran, que era algo mucho, mucho más poderoso. En verdad, Malfurion pronto descubrió que los sables de la noche habrían estado más dispuestos a obedecer una orden de Krasus que de los adiestradores que los habían criado.

Consideró esto como otro más de los muchos misterios que rodeaban a ese mago que tanto se asemejaba a un elfo de la noche sin serlo realmente y espoleó a su felino para que corriera todavía más. Les costaba avanzar, ya que avanzaban a contracorriente en medio de una marea viva, pero gracias a la guía del druida, el sable de la noche se abrió paso sin lastimar a ninguno de los que encontró a su paso.

La situación empeoraba en general mientras se aproximaba al lugar donde temían que estar esos forasteros. El fragor de la batalla se volvió más intenso en la lejanía y unos inquietantes destellos de luz carmesí y verde gélido se alzaron en el horizonte. En aquella zona los soldados se hallaban más alerta y exhaustos, sin duda alguna se trataba de los que, recientemente, habían estado en la vanguardia conteniendo a los demonios. Las cicatrices y temibles heridas que Malfurion pudo ver eran un testimonio mudo de la furia inagotable de la Legión Ardiente.

— ¿Qué haces aquí? —exigió saber un oficial que tenía su armadura antaño inmaculada cubierta de sangre e icor. Tenía los ojos llorosos. — ¡Todos los no combatientes deben ir a la cabeza del gentío! ¡Lárgate de aquí!

Antes de que el druida pudiera explicarse, alguien exclamó detrás de él:

— ¡Se supone que debe estar aquí, capitán! ¡Con solo mirarle a la cara, eso debería quedar claro!

— ¿Illidan?

Malfurion miró hacia atrás y vio a su hermano, quien, prácticamente sin un rasguño, avanzaba hacia él en su montura. Illidan mostraba la única sonrisa que su gemelo había visto en ese viaje; parecía tan fuera de lugar en esa situación que Malfurion temió que su hermano se hubiera vuelto loco.

— ¡Pensaba que te habías perdido! Dijo el hechicero, al mismo tiempo que daba una fuerte palmada a Malfurion en el hombro. Illidan, que no se percató de que su hermano esbozaba un gesto de contrariedad, se volvió hacia el oficial. — ¿Alguna pregunta más?

— ¡No, maestro Illidan! —contesto el soldado, quién saludo rápidamente y se marchó.

— ¿Qué te ha pasado, hermano? —preguntó el hermano ataviado de negro.

— Algunos decían que habían, que tu montura había sido despedazada…

— Me salvaron…Tyrande me llevó a un lugar seguro.

En cuanto menciono su nombre, Malfurion se arrepintió de haberlo hecho.

A pesar de que siguió mostrando una amplia sonrisa, el júbilo que la había justificado se esfumó.

— ¿Ah, s? me alegra saber que estaba tan cerca de ti

— Illidan.

— Aunque me alegro de que esta vez estés aquí —prosiguió diciendo el hermano del druida, evitando así de que acabaran discutiendo sobre la sacerdotisa. — El viejo mago ha estado intentando organizar algo y parece pensar que túeres una pieza clave para ello.

— Krasus? ¿Dónde está?

La amplia sonrisa del hechicero adquirió repentinamente un matiz un tanto macabro.

— Está justo en ese lugar al que te diriges, hermano, donde se libra la batalla…

El viento ululó. Un calor opresivo azotó a los elfos de la noche que habían sido elegidos para formar la línea defensiva. De vez en cuando, se oía un grito procedente de algún lugar entre esas filas y, a renglón seguido, se oían los rugidos triunfales de algún demonio.

— ¿Dónde está Illidan? —preguntó Krasus, a quien también se le estaba agotando su infinita paciencia. — ¡La Guardia Lunar se niega a actuar sin él, salvo para protegerse a sí misma!

— Dijo que venía para aquí —señaló Rhonin. — Pero que tenía que hablar primero con Cresta Cuervo.

— Si triunfamos, sus méritos serán conocidos de manera suficiente y, si fracasamos, nadie le echará la culpa, pues todos estaremos muertos.

Rhonin no podía rebatir el argumento de su antiguo mentor, ya que Illidan en realidad solo quería satisfacer a su patrón. El hermano de Malfurion era todo lo contrario que el druida; ambicioso, impredecible e incapaz de darse cuenta de cuando ponía en peligros a los demás. A esas alturas, los dos ya sabían que tres de los guardias lunares con los que esperaban contar no estaban a su disposición y no porque los demonios los hubieran asesinado, sino porque se encontraban terriblemente exhaustos por haber alimentado el poder de Illidan con sus energías.

Aun así, a pesar de que estaba absorbiendo la fuerza de esos otros elfos de la noche de un modo imprudente y temerario, estos parecían sentir una gran lealtad hacia él; además cuando se trataba de lanzar cualquier tipo de hechizo, Illidan era capaz de lograr lo que ellos no podían conseguir; por otro lado contaba con el respaldo político de lord Cresta Cuervo, y los elfos de la noche daban mucha importancia al estatus social, aunque se hallaran al borde de la aniquilación total.

De repente, Rhonin se enderezó:

— ¡Cuidado!

Algo que se asemejaba sobremanera a un hongo volador hecho de niebla descendió sobre esa línea defensiva. Antes de que los taumaturgos pudieran reaccionar, los bordes de aquella cosa alcanzaron el lugar donde se hallaban los soldados.

Varios combatientes chillaron, pues, de improviso, se les llenó la cara de decenas de pústulas rojas que quemaban. Una tras otra, esas pústulas estallaron, volvieron a surgir y estallaron de nuevo, extendiéndose rápidamente por cualquier parte del cuerpo de la víctima que se encontrara desprotegida.

— ¡Jekar iryn! —exclamó entre siseos Krasus, quien señalo a la nube.

Una inmensa explosión de luz azul devoró por entero ese hongo infecto con tal celeridad que logro salvar a sí a decenas de tropas de esa horrenda plaga. Por desgracia, no nada que hacer por aquellos a los que ya había afectado. Cayeron uno tras otro, cuya carne destrozada recordaba a un campo repleto de volcanes en erupción.

Rhonin observó la escena, repugnado.

— ¡Qué horror! ¡Malditos! sean

— ¡Ojalá pudiéramos maldecirlos! ¡No podemos esperar más! ¡Si la Guardia Lunar no está dispuesta a seguir nuestras órdenes, entonces solo nos queda esperar que podamos hacer algo por nosotros mismo!

Pero mientras los magos se preparaban para hacer eso mismo, Rhonin divisó a un par de jinetes que se aproximaban.

— Allí viene Illidan… ¡y lo acompaña Malfurion!

— ¡Loados sean los Aspectos! —Krasus se volvió para recibir a ambos. Mientras se acercaban a lomos de sus monturas, se colocó delate del hermano de Malfurion. — ¡Llegas tarde! ¡Reúne a la Guardia Lunar! ¡Deben prepararse para seguir mis órdenes!

Con casi toda seguridad Illidan no habría aceptado una orden tan brusca de cualquier otro, pero tenía un gran respeto a ambos magos, sobre todo a Rhonin. Al mirar más allá de Krasus y comprobar que Rhonin mostraba un semblante sombrío, el hechicero asintió y, acto seguido, obedeció.

— ¿Qué pretendes hacer? —preguntó Malfurion a la vez que desmontaba.

— Hay que detener a los demonios aquí mismo. —contestó Krasus. — ¡Lo más importante es que no nos obliguen a retroceder más allá del monte Hyjal y que convirtamos esta retirada en un ataque agresivo!

El druida asintió y apostilló:

— Archimonde está con ellos. Apenas logré escapar con vida de él.

— Sospechaba que era así. —Krasus escrutó al elfo de la noche.

Y el hecho de que haya sobrevivido a una confrontación con él indica que no me equivocaba o al querer contar con tu presencia en estos momentos.

— Pero… ¿qué puedo hacer yo?

— Lo que te han enseñado a hacer, simplemente.

Una vez dicho esto, Krasus se volvió hacia Rhonin, quién ya se había girado para hacer frente a los demonios lejanos. El anciano mago se hallaba junto a su antiguo alumno. Malfurion hizo lo mismo unos instantes después.

Krasus contempló al humano.

— Rhonin, en cuestiones de magia, Illidan se fija en ti más que nadie. Dejo en tus manos la tarea de establecer un enlace con él.

— Como desees. — la figura de los bucles de color del fuego parpadeó una sola vez. — Hecho.

El mago volvió a centrar su atención en el druida.

— Malfurion, piensa en el conjuro más poderoso que crees que eres capaz de lanzar. Pero por lo que más quieras, ¡no me digas cuál es! Utiliza cualquier método, contacta con cualquier fuente de poder del mundo que sea necesaria, pero no completes el encantamiento hasta que yo te diga. Debemos ser implacables a la hora de combatir al enemigo.

— Lo… Lo entiendo.

— ¡Bien! Entonces, comencemos. Sigues mis órdenes ¿Rhonin?

— Estoy listo —respondió el joven mago. Ya sé lo quiero hacer.

A Krasus se le desorbitaron los ojos.

— ¡Ah! Una cosa más, Malfurion; prepárate para cambiar el objetivo de tus ataques al azar. Lanza el sortilegio allá donde dé la impresión de que nuestros esfuerzos flojean. ¿Lo entiendes?

— Eso creo.

— Entonces, que los poderes de la luz nos asistan.

Tras estas palabras, Krasus se quedó quieto súbitamente. Sin parpadear, miraba fijamente a ese espacio que separaba a los elfos de la noche de los demonios.

Al instante, Rhonin se inclinó hacia Malfurion.

— Pon toda la carne en el asador. No gastes energías en mantener tus defensas. Esto es una apuesta a todo o nada.

— Se aproximan al lugar clave. —informó Krasus a sus compañeros. — Ojalá Archimonde se encuentre en su vanguardia.

Todos podían percibir que esa horda se aproximaba. La maldad impregnaba el aire, irradiando perfidia en dirección hacia ellos. Incluso Krasus se estremeció, pero no por repugnancia, sino por miedo.

— Rhonin, Jarod Cantosombrío está preparado. ¿Lo está la Guardia Lunar?

— Si

— Ya está casi… —la tensión se apoderó de su pálido semblante y Krasus parpadeó. — Ahora

Ninguno sabía qué clase de ataque iban a lanzar los demás, tal y como había aconsejado Krasus, pues éste deseaba que el asalto fuera variado y al azar, para poder derribar las defensas, fuesen cuales fuesen, que Archimonde y el resto de enemigos habían podido preparar, no obstante, era un plan que podía llevarlos tanto al desastre como al éxito (aunque tal vez más a lo primero), pero el mago dragón contaba con ello.

De repente de las nubes surgieron unos relucientes carámbanos que cayeron sobre la horda enemiga. Al norte la tierra tembló y, súbitamente, los demonios se desperdigaron a medida que la tierra se levantaba. En otro lugar aparecieron de la nada unos pájaros negros, que se dirigieron hacia los efectivos capaces de volar de la Legión.

A lo largo de todo el frente, el enemigo sufrió los envites de un sortilegio tras otro. Si bien algunos se concentraban en zonas concretas, otros parecían actuar en todas partes. Ninguno era parecido a otro y, aunque unos pocos parecían entrar en conflicto con algún otro, a la hora de la verdad hacían más daño a la horda que se aproximaba que a cualquier otra cosa.

Los demonios murieron atravesados por el hielo, envueltos en llamas carmesíes o enterrados tierra fundida. Los que se encontraban en el cielo cayeron golpeados y desgarrados por centenares de garras o se desplomaban a una muerte segura después de que los vientos los empujaran unos contra otros.

Aunque los eredar intentaron contraatacar, Krasus ordenó de repente.

— ¡Cambien de objetivo!

De inmediato Malfurion, Rhonin y (al norte) la Guardia Lunar e Illidan, cambiaron el foco en el que se centraban sus conjuros. Krasus percibió que la confusión reinaba entre los brujos, pues no estaban seguros de donde debían dirigir los contraataques. En tierra, la Guardia Vil y otros guerreros demonios intentaban en vano defenderse de algo que no podían partir en dos ni empalar con sus armas.

El implacable avance de la horda enemiga por fin se detuvo.

— ¡Se han parado! —exclamó Krasus. ¡Cambien de nuevo el blanco y presionen aún más! ¡Debemos comenzar a recuperar el terreno perdido!

Una vez más, cambiaron el objetivo de sus ataques, a pesar de que unas pocas áreas se calmaron, en cuanto a la Legión Ardiente hizo ademán de aprovecharse de esos respiros, alguno taumaturgos volvió a la caga. Ahora los demonios eran incapaces de defender sus posiciones, y mucho menos de seguir avanzando.

— ¡Están cediendo terreno! —gritó Malfurion.

— ¡No dejen de presionar! —Krasus apretó los dientes. — ¡Rhonin voy a avisar al capitán!

El druida se atrevió a mirar por un instante al humano.

— ¿Qué quiere decir?

— ¡Costó convencerlo, pero Cantosombrío ha ido cabalgando hasta donde esta Cresta Cuervo! ¡Ha estado esperando a nuestra señal!

— ¿Para qué?

En respuesta, sonaron los cuernos de batalla. Una oleada de emoción embargó a los elfos de la noche, que se llevó por delante sus moribundas esperanzas y la resignación. Una vez más, los soldados respondieron a los bramidos de los cuernos con vigor, y la hueste avanzó.

Los taumaturgos los imitaron y, lentamente, avanzaron a pie. Con sus felinos adiestrados siguiéndoles de cerca, marcharon con los soldados hacia el enemigo.

Por fin, la Legión Ardiente inició una retirada total.

En primer lugar, los elfos de la noche cruzaron esa zona de terreno devastada que antes la Guardia Lunar había devastado para ganar tiempo. A continuación, se abrieron camino por encima de los primeros demonios muertos. También pasaron junto a muchos de sus propios caídos, que habían perecido horas antes, pero cada vez más y más eran los cadáveres de los demonios los que yacían ante los soldados. La Legión Ardiente, abrumada por los impredecibles ataques de los taumaturgos, cayó fácilmente ante el empuje de los elfos de la noche.

Otro conjunto de cuernos resonaron. A lo largo la hueste, estallo de un modo inesperado un rugido largo y jubiloso de expectación. Los elfos de la noche avanzaron en avalancha, doblando el ritmo.

— ¡Cresta Cuervo debe seguir el plan! —le espetó Krasus. — ¡No pueden perseguir a la Legión ni muy rápido ni muy lejos!

Una lluvia de flechas cayó sobre los demonios, matando a más decenas y decenas. Los jinetes de las panteras cargaron contra los fragmentos de la línea enemiga que todavía quedaban en pie, a la vez que esos grandes felinos desgarraban con ansia a sus presas.

A Malfurion se le aceleró el corazón.

— ¡Lo estamos logrando!

— ¡No retrocedan! —insistió el mago.

Y no lo hicieron. Empujados por el éxito que estaban obteniendo, el druida y los demás continuaron apoyando a las tropas. A pesar de que se hallaban exhaustos, comprendían perfectamente que se encontraban en un momento crítico. El monte Hyjal aún se alzaba imponente a sus espaldas, aunque lo iban dejando poco a poco atrás.

Entonces recibieron otra sorpresa que recibieron con los brazos abiertos, oyeron una serie de cánticos procedentes de la parte central de esa fuerza que avanzaba. La Hermandad de Elune, cuyos miembros relucían resplandecientes con sus armaduras de combate, animó a los combatientes a progresar. Aunque en esos momentos era de día, esos cánticos rítmicos de las sacerdotisas dieron fuerzas a esos guerreros nocturnos, era como si la propia luna brillara de repente sobre la hueste.

Lucharon por cada metro de terreno y, los demonios iban cayendo a cada paso que daban. Krasus miró hacia el cielo encapotado y dijo:

— Ahora ataquen a los eredar como quieran.

Todos los taumaturgos centraron sus esfuerzos en los brujos voladores. El trueno retumbó en el cielo. Los relámpagos centellearon en una amplia gama de colores discordantes. El viento ululó.

A pesar de que no podía ver cuáles eran las consecuencias de sus ataques, si eran capaces de intuirlo de otras maneras. Los eredar intentaron reagruparse, pero también debían proteger a sus portadores, lo cual los dejó más débiles al encontrase sometidos a una mayor tensión. Cada vez que mataban a uno de esos magos demonios con un hechizo, los defensores notaban que, de repente, el poder de las malévolas fuerzas reunidas para luchar contra ellas menguaba. A medida que eso ocurría con más frecuencia, con más fuerza atacaba el grupo de Krasus a los supervivientes.

Al final, los brujos se batieron en retirada de manera total, lo que provocó que los monstruos guerreros que se hallaban en tierra carecieran de protección frente a los magos y La Guardia Lunar.

— ¡Están huyendo! —susurró Malfurion, asombrado ante el éxito cosechado por su grupo.

— Son unos activos muy valiosos. Archimonde los necesitará en un futuro. —replicó Krasus de un modo arisco. — Sí, volverá a necesitarlos. Aunque no se ha ganado la guerra, hemos ganado la batalla.

— ¿No deberíamos seguir presionándolos hasta lograr que atraviesen ese portal y regresen a su dominio infernal?

Krasus se rio entre dientes, algo que no era nada habitual en él y que incluso sobresaltó a Rhonin.

— Eso que has dicho es más propio de tu hermano que de ti, Malfurion. No dejes que la euforia del momento te domine. Esta hueste no sobrevivirá a una batalla campal que se prolongara a todo el camino de vuelta a Zin-Azshari. Ahora mismo, el único motor de sus actos es su gran fuerza de voluntad.

— Entonces… ¿para qué hacemos todo esto?

— Mira a tu alrededor, joven elfo de la noche. Tu pueblo ha sobrevivido, y era algo impensable para que esta gente hace solo una hora.

— Pero ¿Cresta Cuervo va a seguir tus instrucciones? — preguntó Rhonin, quien miro hacia atrás en busca del estandarte del noble.

— Creo que lo hará. Mira ahí, al norte.

El avance se había ralentizado y ahora los soldados parecían más interesados en conservar el control del territorio conquistado que en adueñarse de más. Los oficiales montados sobre felinos, iban de aquí para allá para indicar a otros soldados que volvieran al grupo principal. Si bien algunos permanecían un tanto decepcionados, otros parecían contentos de poder descansar, aunque tuvieran que permanecer aún en pie.

En unos minutos toda la primera línea se había detenido al completo. Los elfos de la noche se dedicaron enseguida a apartar los cadáveres de en medio y crear una vanguardia sólida, donde apostaron a unos guerreros adustos y decididos, dispuestos a repeler a cualquiera que pretendiera deshacer ese milagro que habían obrado.

Únicamente entonces, Krasus dio un suspiro de alivio.

— Me ha hecho caso. Loados sean los Aspectos. Me ha escuchado. Por delante de ellos, solo alcanzaban a distinguir las siluetas borrosas de la horda. La Legión Ardiente se había alejado tanto como para quedar fuera del alcance de las flechas, incluso de los hechizos de los agotados taumaturgos.

— Lo hemos logrado —afirmó Rhonin con una voz medio ronca.

— Hemos logrado evitar que siguieran empujándonos hacia el monte Hyjal.

— Si —murmuró Krasus, que no tenía la mirada puesta en los demonios, sino más bien en esos defensores ojerosos. — Sí, lo hemos conseguido, ahora viene lo realmente difícil.

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