El Alma Demoniaca – Capítulo Nueve

Mannoroth se arrodilló ante el portal negro, con sus robustas piernas delanteras flexionadas y sus amplias alas coriáceas plegadas a su espalda. El demonio de grandes colmillos intentaba parecer lo más pequeño posible, pues ahora se hallaba en comunión con Sargeras, quien no parecía estar satisfecho de ningún modo.

El camino aún no está abierto para mí… Esperaba mucho más… — Nos estamos esforzando —se justificó Mannoroth. — Pero la tarea… Es como si este mundo intentara evitar tu llegada, Magno.

No podrá rechazarme…

— N-no, Magno.

El silenció reinó durante un espacio de tiempo y, entonces, la voz que Mannoroth oía en su cabeza dijo:

Hay una disrupción, una anomalía… Hay algunos que no deberían estar aquí y están, hay algunos que pretenden despertar lo que no debería despertarse.

A pesar de que el colosal demonio ni se molestó en fingir que lo entendía, respondió:

— Sí, Sargeras.

Ellos son la clave. Deben ser capturados.

— Archimonde está en el campo de batalla y el maestro de canes lleva tiempo siguiendo su rastro. Esos transgresores serán capturados.

Ese agujero de aspecto siniestro fluctuó, retorciéndose como si estuviera vivo. Mannoroth podía intuir que el Señor de la Legión deseaba entrar en este mundo tan fértil y próspero. La frustración que emanaba de Sargeras le heló la sangre incluso a su curtido teniente.

Uno de ellos debe ser traído ante mí ileso… para que yo pueda tener el placer de desmembrarlo lenta y delicadamente.

Una imagen cobró forma de manera súbita en la mente de Mannoroth. Una insignificante criatura que pertenecía a la misma especie que los Altonatos, era joven y vestía una ropa de colores verdes y marrones de un tono tanto apagado si se le comparaba con sus compañeros. En esa visión que le estaba mostrando el demonio, pudo ver a ese elfo de la noche en el palacio. Mannoroth reconoció aquella estancia: era la cámara en la que se había abierto el portal original…, un lugar que ahora solo era un montón de ruinas barridas por el viento.

No lo olvides.

— No lo haré, Magno. Archimonde, Hakkar y yo permanecemos alerta. Uno de nosotros lo acabará atrapando.

Lo quiero vivo, ordenó esa presencia del más allá, que estaba abandonando la mente de Mannoroth. Vivo.., para que pueda disfrutar del placer de torturarlo…

Mientras Sargeras se desvanecía, Mannoroth se estremeció, pues era perfectamente consciente de qué destino le aguardaría a Malfurion en cuanto se hallara en las manos del Magno.

La monumental labor que conllevaba reorganizar la hueste se complicaba aún más por tener que atender a la infinidad de refugiados que la acompañaban, pero había que reconocer que lord Cresta Cuervo lo hizo lo mejor posible. Hizo un inventario de todas las provisiones, sobre todo la comida y el agua, y las distribuyó de la manera más adecuada. Algunos de los refugiados de más alto extracto social protestaron por no recibir lo que creían que debían recibir legítimamente (es decir una porción más generosa en el reparto), pero bastó una mirada iracunda y torva del barbudo comandante para silenciar las quejas.

Tyrande y las demás hermanas también hicieron cuanto pudieron por los soldados y los civiles. Con el yelmo levantado, la sacerdotisa de Elune caminaba y tiraba de las riendas de un sable de la noche que había tomado prestado antes mientras se paraba para hablar con una persona tras otra. Todos, ya fueran viejos o jóvenes, de casta alta o baja, agradecían su presencia. Tal vez fuera algo únicamente momentáneo, pero le dio la sensación de que parecían hallarse especialmente reconfortados después de haber estado con ellos. Tyrande no consideró que esto fuera consecuencia de algún don especial que ella poseyera, sino que simplemente dio por sentado que la actitud amable de la que hacía gala era un verdadero alivio para los pacientes ya que esa gente había sufrido mucho últimamente.

Una figura hecha un ovillo llamó la atención de las sacerdotisas. Se trataba de una joven, a la que aún le quedaba por cumplir dos o tres años más para poder entrar al servicio de Elune, que estaba sentada en silencio y muy abatida, mirando a la nada.

Tyrande se arrodilló junto a ella y le puso una mano en el hombro, la muchacha se sobresaltó y le lanzó una mirada asesina, más propia de una bestia salvaje.

— Que la paz sea contigo… —le dijo Tyrande dulcemente, a la vez que le daba un odre lleno de agua. Esperó a que la chica hubiera acabado para añadir:

— Soy una sacerdotisa del templo. ¿Cómo te llamas?

Tras un momento de indecisión, la niña respondió:

— Sh-Shandris Plumaluna.

— ¿Dónde está tu familia?

— No-no lo sé.

— ¿Eres de Suramar?

Aunque la sacerdotisa no la recordaba, eso no quería decir que Shandris no pudiera ser de la ciudad.

— No…, de Ara-Hinam

Tyrande intentó disimular su inquietud. Shandris era uno de los refugiados que los demonios habían estado persiguiendo y que habían utilizado para tenderles una trampa. Por la información que la sacerdotisa había obtenido gracias a otros supervivientes, mucha gente había perecido antes de que la Legión Ardiente hubiera permitido escapar al resto. Por lo cual la familia de aquella cría podría seguir viva. pero también lo contrario.

— ¿Cuándo los viste por última vez?

Dio la impresión de que a Shandris se le iban a salir los ojos de las cuencas.

— Estaba con un amigo… cuando los monstruos aparecieron. Intenté huir a casa, pero alguien me agarró… y me dijo que tenía que correr en la dirección contraria. Y eso hice. —se llevó las manos a la cara, que se le llenó de lágrimas. — ¡Debería haber ido a casa! ¡Debería haber ido a casa!

Ese relato tan trágico no era precisamente lo que a Tyrande le hubiera gustado escuchar. Aunque la sacerdotisa indagaría al respecto siempre que pudiera, estaba casi segura de que ninguno de los parientes más cercanos de Shandris había sobrevivido y de que esa muchacha se hallaba ahora sola en el mundo.

— ¿Alguien ha cuidado de ti desde que huiste?

— No.

Los refugiados del pequeño asentamiento de Ara-Hinam llevaban dos días huyendo antes de toparse con la hueste. El mero hecho de que Shandris haya logrado sobrevivir por su cuenta ese corto periodo de tiempo ya era todo una proeza. Muchos elfos de la noche de más edad habían perecido ya que el pueblo de la sacerdotisa no estaba acostumbrado a esa clase de conflictos. Si bien los elfos de la noche no eran para nada débiles, no estaban preparados para sobrevivir fuera de las comodidades de su propio mundo, en el que habían vivido entre algodones, una flaqueza que ahora se había vuelto muy evidente. Tyrande dio gracias a Elune, puesto que tanto ella como Malfurion e Illidan habían crecido en un entorno muy distinto, pero eran una minoría.

Aunque muchos se encontraban en la misma situación que Shandris, había algo en esa niña que conmovió de una manera especial a la sacerdotisa. Tal vez porque, de algún modo, le recordaba a ella misma a esa edad. Fuera cual fuese la razón, la hermana le pidió a la cría que se levantara.

— Quiero que subas a lomos del sable de la noche, a partir de ahora, me acompañarás.

A pesar de que sabía que eso iba en contra las órdenes de la sacerdotisa obró de esta manera. Aunque no podía salvar a todo el mundo, haría lo que pudiera para ayudar a Shandris.

Con cara de agotamiento, pero sin lágrimas en los ojos por primera vez en mucho tiempo, Shandris se montó sobre el felino. Tyrande se cercioró de que estuviera bien agarrada y, acto seguido, siguió caminando mientras tiraba de las riendas del sable de la noche para que la siguiera.

— ¿A dónde vamos? —preguntó la niña.

— Tengo mucho que hacer. Encontrarás algo de fruta seca en la bolsa que pende del lado izquierdo.

Una ansiosa Shandris se giró para meter la mano en la bolsa, dentro de la cual revolvió hasta dar con esos sencillos alimentos. Tyrande prefirió no comentarle a la muchacha que también estaba devorando la ración que le correspondía a ella. La hermandad instruía a sus miembros para que aprendieran a sobrevivir en ciertos momentos con un sustento mínimo, incluso, a modo de ritual, había cuatro periodos de ayuno cada año, que normalmente se hacían para demostrar su devoción a la diosa. Ahora, esa capacidad aprendida era muy útil en tiempos de guerra.

Tyrande siguió avanzando y atendiendo al resto de refugiados. La mayoría se hallaban, simplemente, agotados de un modo increíble, pero algunos habían sufrido heridas. A estos últimos siempre intentaba ayudarlos en todo lo posible, por lo cual rezaba a la Madre Luna para que le diera las fuerzas y la sabiduría necesarias. Para su alegría, la diosa consideró adecuado bendecirla ese día con el éxito en todo lo que hiciera.

Pero entonces se topó con una herida infectada que la dejó perpleja. En un primer momento, le resultó muy difícil dictaminar si se trataba de una lesión hecha adrede o accidental. Tyrande examinó ese inquietante pus verduzco que la rodeaba y se preguntó cómo se habían producido esos desgarros tan peculiares. La víctima, un varón de edad respetable, yacía inconsciente y estaba pálido; además, respiraba aceleradamente entre jadeos. Su pareja, que llevaba el pelo recogido con lo que quedaba de un prendedor adornado con incrustaciones de rubíes y esmeraldas, le sostenía la cabeza mientras lo mecía.

— ¿Cómo se ha hecho esto? —inquirió Tyrande, quien no estaba ni siquiera segura de si sería capaz de detener el avance de la infección, puesto que había algo perturbador en ella.

— Él no se ha hecho nada. Se lo han hecho.

— No te entiendo.

La tensión se adueñó del rostro de la anciana mientras se esforzaba por mantener la calma el tiempo suficiente como para poder explicarse.

— Esa cosa… —dijo que parecía… un lobo o un can…, pero deformado, como si hubiera salido de una pesadilla horrible.

Tyrande se estremeció pues era consciente de que esa elfa le estaba describiendo a una bestia vil (Manáfagos). Esos demonios cuadrúpedos habían estado a punto de asesinar a Malfurion en más de una ocasión. Su objetivo principal era aquellos que dominaban cualquier tipo magia, que absorbían de sus víctimas hasta dejar únicamente una carcasa vacía.

¿Y ha hecho todo ese camino desde Ara-Hinam en este estado?

La sacerdotisa se quedó estupefacta ante el hecho de que alguien fuera capaz de sobrevivir tanto tiempo con una herida tan espantosa.

— No…, escapamos de ahí ilesos. —en ese instante, sus palabras se tiñeron de amargura. — Lo hirieron hace dos días, cuando se escabullo para buscar algo de comida.

¿Dos días? Entonces, debía de haber formado parte de esa muchedumbre que había sido empujada hasta el monte Hyjal. Sin embargo Tyrande, estaba segura de que ninguno de esos demonios había logrado adelantarse a la horda.

— ¿Me juras que lo hirieron hace solo dos días? ¿Y que esto le ocurrió cerca de aquí?

— Sí, lo juro, en las tierras boscosas que se hallan de nuevo al sur.

La sacerdotisa se mordió el labio, ese bosque se encontraba detrás de las líneas de los elfos de la noche.

Tyrande se inclinó sobre la herida y dijo:

— Permíteme echarle un vistazo para ver qué puedo hacer.

Tuvo que hacer un gran esfuerzo para obligarse a tocar la herida, ya que albergaba la esperanza de que, al menos, pudiera evitar que la infección se extendiera aún más. A sus espaldas pudo oír que Shandris profería un grito ahogado. La muchacha temía por la sacerdotisa, y con razón, pues uno nunca sabía que clases de secuelas podía dejar una herida infligida por un demonio; además la Legión Ardiente no vería con malos ojos la posibilidad de extender una plaga.

La luna no estaba presente en el cielo, pero eso no preocupó a Tyrande. Si bien era cierto que las sacerdotisas eran más fuertes cuando esta era visible, también lo era que eran perfectamente conscientes de que nunca se hallaba demasiado lejos. Su vínculo con Elune era muy fuerte, con independencia de cuál fuera la hora del día o la noche o en qué momento de la fase lunar se encontraran.

— Madre Luna, escucha mis plegarias —susurró. — Concede a tu humilde sierva la capacidad de reconfortar y sanar que tú posees. Guía mis manos hasta la fuente de esta abominación y permíteme eliminar esta ponzoña, para que este inocente pueda recuperarse…

A continuación, Tyrande canturreó en voz baja, lo cual la ayudaba a concentrarse en la tarea que tenía entre manos. Las heridas que le había tenido que curar a Broxigar palidecían en comparación con las que intentaba sanar ahora. Hubo de recurrir a toda su fuerza de voluntad y autocontrol para no dejarse llevar por la inevitable sensación de que iba a fracasar.

Sin previo aviso, una luz plateada y pálida le rodeo los dedos. La pareja de la víctima la miró con los ojos abiertos como platos y, una vez más Shandris dió un grito ahogado. Las llamas de la esperanza se avivaron en Tyrande, puesto que, nuevamente Elune respondía a sus ruegos. ¡En verdad, la diosa estaba con ella este día!

La sanadora recorrió con los dedos la herida, teniendo especial cuidado en aquellas zonas en la que la infección era peor. Tyrande no pudo evitar esbozar una mueca de repugnancia cuando tocó las áreas repletas de pus ¿Qué clase de demonios eran esos que eran capaces de provocar algo tan espantoso con una mordedura o arañazo?

Mientras tocaba con la yema de los dedos las partes más afectadas, la herida fue adquiriendo un aspecto menos espantoso. Las pústulas se encogieron hasta desaparecer por fin. El sangriento tajo se estrechó en los extremos, como si se estuviera curando solo lentamente.

Animada por esto, Tyrande continuó rezando a Elune. La infección se fue reduciendo hasta formar un pequeño óvalo, al mismo que la herida se transformaba en una cicatriz; primero muy marcada y luego apenas visible.

El varón gruñó de repente, como si se acabara de despertarse de un profundo sueño, pero Tyrande no cejó en su empeño. No podía dar por sentado que la desaparición de cualquier lesión externa supusiera que la herida se hubiera curado completamente por dentro; el veneno de la infección podría estar viajando por la sangre de la víctima.

Varios segundos muy tensos después, cuando el pecho de aquel elfo al fin se elevó y hundió a un ritmo más sereno al respirar y abrió los ojos parpadeando, la sacerdotisa fue consciente de que había vencido a la infección demoníaca. Tras lanzar un largo suspiro, Tyrande se echó atrás y dio las gracias a Elune. La diosa había obrado un milagro.

La elfa extendió un brazo y agarró la mano de Tyrande.

— ¡Gracias, hermana! ¡Gracias!

— Soy un mero instrumento de la Madre Luna. Si tienes que darle las gracias a alguien es a Elune.

No obstante, tanto el herido (que respondía al nombre de Karius) como su pareja siguieron su gratitud por lo que consideraban que había sido un esfuerzo heroico por parte de la sacerdotisa. Tyrande prácticamente se los tuvo que quitar de encima, ya que la abrumaron con sus agradecimientos.

— Para compensarme por lo que he hecho, bastará con que me cuentes con más detalle que es lo que te ocurrió. —le dijo la sacerdotisa.

Tras asentir, Karius le contó lo acaecido tal y como lo recordaba. En medio de esa situación tan apurada ambos se habían dado cuenta de que necesitaban comida. Sin embargo, el caos que reinaba en aquellos momentos había hecho imposible que fueran capaces de dar con alguien entre los refugiados que tuviera bastantes provisiones como para poder compartirlas; además la mayoría había huido únicamente con lo poco que podía llevar en los brazos.

En cuanto divisaron una zona boscosa donde creyeron que podrían encontrar bayas y agua dulce, Karius de alejó de su pareja con la promesa de que regresaría en breve. La desesperación lo empujó a cometer esa insensatez, ya que, seguramente, otros ya se habrían llevado todo lo que hubiera sido comestible en ese bosque mucho antes.

Karius se había visto obligado a adentrarse aún más en esa floresta de lo que en un principio había pretendido. Entonces, la preocupación se adueñó de él, pues temía que nunca volviera a estar con su pareja, a pesar de que ella le había prometido que se quedaría a esperarle aunque tardara demasiado. Cuando por fin dio con un arbusto repleto de unas bayas moradas, Karius intentó rápidamente llenar la bolsa que llevaba al cinturón con esos manjares, dándose el lujo de comerse alguna baya ocasionalmente para conservar las fuerzas.

Pero justo cuando ya había llenado la bolsa, escuchó unos ruidos: se trataba de algo enorme que estaba hurgando en el bosque. Lo primero que pensó es que podría tratarse de un tauren o un oso. Empezó a desandar el camino recomido, mirando constantemente hacia atrás, para evitar así que fuera lo que fuese que emergiera de entre la floresta no lo pillara por sorpresa.

De ese modo, resultó que estaba mirando en la dirección incorrecta cuando esa bestia arremetió contra él desde delante.

Como en su día había sido un guerreo del Bastión del Cuervo Negro, Karius aún era ágil y rápido a pesar de que aquél viaje lo había debilitado bastante. Se giró justo en el instante en que el monstruo (una especie de can demoníaco que poseía dos horrendos tentáculos que le brotaban de la espalda) intentaba abalanzarse sobre él. La bestia no logró alcanzarle la garganta, tal y como había pretendido; sin embargo logró agarrarlo con fuerza de la pierna.

De algún modo, Karius logró no chillar, a pesar de que todas las fibras de su ser se lo pedían a gritos. En vez de eso el elfo de la noche intentó coger algo, cualquier cosa, con la que pudiera defenderse. Buscando a tientas, dio con una piedra gruesa y puntiaguda, con la que golpeó con todas su fuerzas a la criatura en la nariz.

Oyó un crujido. Al instante, un quejido estridente retumbó en sus tímpanos y la bestia le soltó la pierna. Incluso entonces, Karius albergaba ciertas dudas acerca de si había logrado escapar del demonio o no pero entonces oyó el eco repentino de un estruendo procedente de algún lugar lejano.

El espantoso can había reaccionado al instante y de un modo sorprendente ante ese ruido. Al principio, se encogió de miedo e, inmediatamente, se dirigió hacia el lugar del que procedía aquel estrépito. Acto seguido, el instinto de supervivencia empujó a Karius a arrastrarse en dirección contraria. No se detuvo siquiera a hacerse un torniquete en la herida, de la que en esos momentos únicamente manaba sangre. El malherido elfo de la noche tuvo que hacer un gran esfuerzo para volver con su pareja, que lo seguía esperando; a cada paso que daba en su camino de vuelta, esperaba que la criatura regresara para acabar con él.

Tyrande asimiló ese relato como pudo, mientras cada vez más tenía la sensación de que eso era un mal presagio.

En efecto, Karius había sido realmente afortunado por haber sobrevivido a un encuentro con una bestia vil; sin embargo, lo que realmente le preocupaba era que podía haber estado haciendo esa abominación detrás de las líneas de sus adversarios. Si bien esa bestia era peligrosa, Malfurion o los magos podrían despacharla con suma facilidad, claro está. Pero ¿y si había más?

Con eso en mente preguntó.

— Haz mencionado que se marchó al oír un estruendo. ¿A qué clase de estrépito te refieres?

Karius se lo pensó un momento antes de responder:

— Fue como un crujido muy fuerte.

— ¿Como un trueno?

— No…. yo diría que me recordó al… al estallido de un látigo. La sacerdotisa se puso en píe.

— Les agradezco que hayan sido tan pacientes. Pero deben excusarme, ya que debo proseguir mi camino.

— ¡No! —protestó la elfa de la noche. — ¡Somos nosotros quienes debemos darte las gracias, hermana! ¡Creía que lo iba a perder!

Tyrande no tenía tiempo para seguir discutiendo. Dio a ambos la bendición del templo y, a continuación, sin más dilación se acercó a Shandris, quien la miraba con unos ojos como platos.

— ¡Lo has curado del todo! ¡Cre-creía que moriría antes de que pudieras hacer nada! MUC

— Igual que yo —replicó Tyrande, a la vez que se montaba detrás de la niña. — La Madre Luna ha sido muy generosa conmigo.

— Nunca había visto a una sacerdotisa curar una herida tan horrible… y el monstruo que se la hizo…

— Calla, Shandris. Debo pensar.

La sacerdotisa cogió las riendas del sable de la noche y obligó al felino a girar en dirección al lugar donde recordaba haber visto por última vez a los taumaturgos. Durante su labor como sanadora, Tyrande a menudo obtenía información que ni siquiera los estrategas de lord Cresta Cuervo eran capaces de conseguir. Ahora, una vez más, había llegado algo a sus oídos que Malfurion y Krasus necesitaban saber.

Los asesinos de la Legión les pisaban los talones.

Bajo el manto de la noche, los dragones negros regresaron a su guarida. Neltharion se había mostrado ansioso por volver a casa, pues había mucho que hacer. Su plan estaba tan cerca de completarse que podía paladear ya el sabor de la victoria.

Un macho pequeño, el cual se hallaba en la cima de un pico que recordaba a una garruda alzada, agachó la cabeza en señal de respeto. El Guardián de la Tierra no le hizo caso, ya que sus pensamientos estaban muy centrados en el momento presente. Aterrizó en la entrada de la principal caverna del Vuelo y, de inmediato, se volvió hacia sus consortes, que descendieron detrás de él. En las profundidades de caverna se podían oír los rugidos de otros dragones.

— Voy abajo, que nadie me moleste.

Las hembras asintieron, pues le habían oído dar esa orden muy a menudo. Jamás preguntaban qué hacía el Aspecto ahí abajo, como todos los miembros del Vuelo Negro; obedecer era el eje de su existencia. Cada una de las criaturas en esa montaña se veía afectada, en cierto grado por la misma locura que dominaba sobre todo a Neltharion.

El coloso negro recorrió unos túneles por los que apenas era capaz de pasar debido a su inmenso tamaño. Mientras descendía más y más, el bullicio propio del ir y venir de los dragones se desvaneció para ser sustituido por un nuevo y extraño ruido que reverberó una y otra vez. Para cualquiera que lo oyera, recordaba al estruendo propio de una herrería, puesto que se podía oír cómo alguien golpeaba repetidamente algo metálico. Ese martilleo no tenía fin y, a medida que aumentaba su cadencia, la terrible sonrisa de Neltharion se volvía más amplia, más satisfecha. Sí, todo iba cómo había planeado.

No obstante el dragón no se dirigió a la zona de la que procedía el martilleo, sino que giró en un pasaje lateral y continuó descendiendo. Después de u rato el martilleo se perdió en la lejanía, dejando así que la pesada respiración de Neltharion único sonido que retumbara en esos corredores oscuros. Nadie, salvo él, podía pasear por aquellas cámaras inferiores.

Por fin el Guardián de la Tierra llegó a una vasta cámara en la que había lanzados sus hechizos sobre el eredar. Sin embargo en cuanto entró, el dragón alzó la cabeza, ya que percibió que, al contrario de lo que parecía, no se hallaba sólo.

Las voces que oía en su mente, esas voces que habían sido unos meros murmullos constantes mientras había estado con los demás dragones, subieron su intensidad presas de la emoción y el frenesí.

Pronto…

Pronto…

El mundo será sanado…

Todos aquellos que te han traicionado serán puestos en su lugar…

El orden será restaurado…

Gobernarás, pues estás legitimado para ello…

Esto y mucho más le repetían una y otra vez al Guardián de la Tierra, quien se sintió henchía de orgullo y cuyos ojos relucieron expectantes. ¡Pronto ese mundo sería tal y como él deseaba que fuera!

— Topos han dado una parte de sí mismos. —dijo al aire vacío.

— Incluso el ausente Nozdormu.

Aunque las voces no replicaron, el dragón pareció dar por supuesto que se sentían satisfechas. Hizo un gesto de asentimiento y, a renglón seguido, cerró los ojos y se concentró.

Al ser invocada, el Alma de Dragón se materializó.

— Contemplen esta hermosura —señaló con voz potente, al mismo tiempo que aquel objeto flotaba a la misma altura de sus ojos, de una mirada plagada de admiración. — Contemplen su perfección, su poder.

Un aura dorada rodeaba a su creación, que refulgía con una intensidad que nunca antes había alcanzado. Mientras Neltharion centraba toda su fuerza de voluntad en ella, el Alma de Dragón vibró levemente. Al instante, por toda la cámara, las estalactitas y estalagmitas temblaron como si estuvieran cobrando vida.

La vibración del disco se incrementó al compás del ritmo de la impaciente respiración del Guardián de la Tierra. Ahora, la cámara entera temblaba. Fragmentos de roca se desprendieron del techo, y varias estalactitas enormes se estremecieron de un modo ominoso.

— Sí… —dijo el dragón ansiosamente entre siseos, cuyos ojos brillaron de impaciencia. — Sí…

Ahora mismo, la montaña rugía, como si alguna tremenda erupción volcánica o un gran temblor teniendo lugar. El techo se agrietó de un modo tremendo. Unas piedras gigantescas cayeron por doquier, golpeando el suelo con un estruendo capaz de reventarle a uno los tímpanos. Muchas de ellas rebotaron en la dura piel del descomunal dragón, pero este ni se inmutó.

Entonces unas siluetas etéreas subieron del Alma de Dragón. Se trataba de unas sombras de luz, de imágenes difusas que se movían velozmente de aquí para allá. La mayoría tenía alas y una forma similar a la de Neltharion. Algunas eran negras; otras, bronces; otras azules o rojas. Se fueron congregando por encima del disco y, rápidamente crecieron en número.

No obstante, ahí también había otras siluetas más pequeñas, pero más grotescas. Brillaban con un fulgor verde pálido y muchos contaban con cuernos y unas fosas profundas por ojos. Aunque eran muchos menos en número, poseían una maldad tan intensa que resultaban tan llamativos como los espectros entremezclados que se hallaban por encima de ellos.

Eran las esencias de todos aquellos que habían contribuido a crear el Alma de Dragón, ya fuera voluntariamente o no. Incluso el poder de un Aspecto como Neltharion palidecía en comparación con el poder total de esas energías ligadas al disco. Su mera aparición bastaba para provocar grietas y fisuras en esa montaña tan sólida mientras toda aquella región se estremecía en esos momentos con violencia. Súbitamente, una estalactita gigantesca se desprendió. Absorto en sus pensamientos, el Guardián de la Tierra no se percató de ello hasta que fue demasiado tarde.

Sólo una formación de ese gran tamaño podría haber herido al dragón negro. Golpeó a Neltharion en el lado izquierdo de la mandíbula, desgarrando incluso carne tan dura cubierta de escamas. Un trozo ensangrentado de una escama salió volando, cuyo duro borde impactó contra el mismo centro del Alma de Dragón.

Neltharion rugió horrorizado, no por lo que le había pasado a él, sino por lo que le había pasado a su valiosa creación. La escama dejó una profunda marca en el disco, arruinando así su perfección. Las siluetas que flotaban arriba y debajo de él giraron frenética y descontroladamente.

El dragón reaccionó con celeridad y dio por concluido el hechizo. Las espectrales figuras regresaron al disco pero de un modo más lento y titubeante del que hubiera deseado. Mientras se desvanecían, el temblor cesó, dejando únicamente polvo en el aire como recuerdo de su breve pero aterradora irrupción.

En cuanto fue seguro hacerlo, Neltharion agarró el Alma de Dragón y la acerco hacia sí. Si bien la mella no era tan profunda como había creído, el mero hecho de que existiera estuvo a punto de lograr que sufriera un nuevo ataque de histeria.

Jamás hubiera esperado que algo fuera capaz, y mucho menos él mismo, de ser un peligro para aquel disco.

— Te curarás —le susurró, mientras acunaba ese diminuto objeto en esa garra, como una madre acunaría a su hijo en brazos. — Serás perfecto una vez más…

Con el disco agarrado con fuerza, abandono la cámara lo más rápido posible, valiéndose de las tres patas que le quedaban libres, para ascender prácticamente a saltos. Neltharion estaba tan meditabundo, que su actitud habría perturbado incluso a sus consortes. La respiración del Guardián de la Tierra se tomó jadeante, como si todo lo que había hecho hasta ahora fuera inútil.

Sin embargo, en vez de regresar al lugar donde los de su propia especie moraban, el dragón se desvió por otra serie de túneles.

El martilleo retumbó con más fuerza a medida que el descomunal Neltharion progresaba a través de esos estrechos pasajes, hasta que se convirtió en el nítido ruido propio de un trabajo muy duro. Unas voces peculiares se perdieron en la lejanía; las palabras que pronunciaban esos seres se vieron tapadas por el martilleo.

Neltharion entró en una nueva cámara con una iluminación intensa que su vista tardó un momento en acostumbrarse a ella. En cuanto pudo ver con claridad, vio a decenas y decenas de pequeños goblins, de flexibles goblins trabajando en diversas fases de un proceso metalúrgico. Había hornos enormes por todas partes, alimentados todos ellos por la energía de la lava ardiente que surgía de las entrañas de la tierra. Media docena de esas criaturas de piel verde estaban realizando un gran esfuerzo para sacar de un colosal molde lo que parecía ser un escudo ovalado que sólo podría ser manejado por un gigante. El metal que había dentro brillaba con un intenso color naranja. Con rapidez, los goblins dieron la vuelta al molde de tal modo que lo que contenía cayó a un tanque de agua. Al instante una gran nube se alzó violentamente y poco faltó para que acabara hirviendo al vapor a un trabajador un tanto lento de reflejos.

Otros goblins se dedicaban a martillear diversas piezas. Unos pocos que vestían guardapolvos deambulaban entre el resto, asegurándose de que todo el mundo llevaba a cabo su labor de un modo adecuado.

Como no hallaba lo que buscaba en esa cámara, Neltharion bramó:

— ¡Meklo! ¡Meklo!, preséntate ante mí.

El grito del leviatán ahogó al resto de ruidos. Sobresaltados, los goblins dejaron de trabajar. Dos de ellos estuvieron a punto de arrojarle hierro fundido encima a un compañero.

— ¡Pónganse a trabajar, a trabajar! —les espetó alguien muy irritado, dotado de una voz muy aguda. — ¿Es que quieren echarlo todo a perder?

Los trabajadores obedecieron al instante. Desde una pasarela superior, un goblin larguirucho de edad avanzada, con un mechón de pelo gris coronando su, por otro lado, calva cabeza, bajó raudo y veloz hasta donde se hallaba el impaciente dragón. El jefe goblin masculló algo a lo largo del camino, pero en esas palabras no guardaba ningún rencor a su amo, sino que, más bien, parecía estar constantemente haciendo cálculos y evaluando la situación.

— Si debe tener una densidad de veinte centímetros en un área de once metros cuadrados, eso supone, aproximadamente, que hay que añadir veinte kilos más a la mezcla y… —el goblin tropezó con el dedo central de la pata delantera del dragón que tenía libre y alzó la mirada, reaccionando como si le sorprendiera ver ahí al leviatán. — ¿Mi señor Neltharion?

— ¡Meklo! ¡Mira esto!

El Guardián de la Tierra acercó la otra gigantesca pata delantera al goblin para que éste pudiera examinar el disco. Meklo entornó los ojos y dijo:

— ¡Vaya, yaya! ¡Un trabajo tan perfecto arruinado! ¡Era un disco inmaculado!

— ¡Le ha caído encima una de mis escamas, goblin! ¡Explícame por qué algo así ha podido lastimar algo supuestamente invulnerable!

— Veo que también hay sangre. —Meklo elevó la vista para poder escrutar la herida de Neltharion por un momento antes de volver a decir: — ¡Vaya, vaya! ¡Claro, todo tiene sentido! Mi señor Neltharion, has sido un elemento clave a la hora de que el disco cobrara forma, ¿verdad?

— Tú estuviste presente goblin, así que deberías saberlo.

— Sí. Tú creaste la matriz a partir de la cual se construyó. —El goblin jefe se detuvo, un m omento y, acto seguido, preguntó: — Los demás aportaron sus esencias, ¿no? Se hallan unidos a la matriz del disco, ¿verdad?

— Por supuesto.

— Aaah, pero tú no. Tú creaste la matriz del Alma de Dragón, le diste forma con tu poder y tu sangre, pero eres el único dragón que no está unido directamente a ella. —El goblin sonrió de oreja a oreja, mostrando así sus dientes amarillentos y puntiagudos. — Eso te convierte en su único punto débil, mi señor. La escama, tu sangre…. cualquier parte de ti es capaz de destruir el Alma de Dragón. Me imagino que podrías aplastar el disco muy fácilmente.

Meklo hizo como si aplastara algo entre el índice y el pulgar.

El Guardián de la Tierra abrió tanto los ojos y su rostro se tornó tan monstruoso que ni siquiera el goblin fue capaz de seguir mirándolo.

— ¡Yo nunca haría algo así!

— ¡Claro que no, claro que no! —balbuceó Meklo, a la vez que se postraba ante Neltharion. — Lo cual quiere decir que nada podrá destruirla jamás, ¿eh?

Las llamas de la furia que ardían en el fuero interno del dragón menguaron. Neltharion le mostro unos dientes más largos que el propio goblin.

— Sí nada. Por tanto, mi Alma de Dragón es…, es invulnerable.

— Siempre que no participes en su destrucción. —Se atrevió a recordarle esa figura larguirucha.

— ¡Lo cual nunca sucederá! —Neltharion posó la mirada en esa marca que mancillaba la perfección del Alma de Dragón. ¡Pero esto ha de ser reparado! ¡El disco debe ser perfecto de nuevo!

Será necesario lo mismo que la última vez.

El dragón replicó burlonamente:

— ¡Tendrás toda mi sangre, toda la que necesites! ¡El disco volverá a ser como era!

— Por supuesto, por supuesto. —Meklo miró hacia atrás, hacia los demás goblins. — Aunque esto supondrá demorar el resto de tus planes, ya que también necesitamos tu sangre y tu magia para eso.

— ¡Todo lo demás puede esperar! ¡El disco no!

— Entonces, empezaremos ahora mismo, mi señor. Deme un momento para poder concluir el resto de trabajos en marcha. Después, regresaré con la ayuda necesaria.

Mientras el goblin se alejaba, la respiración de Neltharion se volvió más normal. Su valiosa creación volvería a ser reparada. Al igual que él volvería a ser perfecta una vez más.

Y juntos, gobernarían todo cuanto existía…

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