El Alma Demoniaca – Capítulo Diez

Esto es intolerable! —Exclamó Lord Ojo Estrella mientras sacaba una pizca de esos polvos de su 1 bolsa para metérsela por un orificio nasal. — ¡Se ha desperdiciado una oportunidad perfecta, Kur’talos!

— Tal vez sí, Desdel. O tal vez no. Aun así, lo hecho hecho está y no hay que darle más vueltas.

Los dos nobles se encontraban dentro de la tienda de lord Cresta Cuervo, junto a unos cuantos más oficiales aristocráticos, debatiendo sobre qué plan iban a seguir ahora que ya no se veían obligados a batirse en retirada. Sin embargo, Desdel Ojo Estrella estaba convencido de que Krasus se había precipitado al decidir que la hueste debía detenerse justo cuando habían logrado que el enemigo huyera. Ojo Estrella estaba seguro de que los elfos de la noche podrían haber avanzado hasta Suramar sin ninguna traba si le hubieran hecho caso, una opinión que había expresado en más de una ocasión desde que Krasus y los demás se habían sumado al grupo.

— Los soldados han luchado valientemente, —replicó el mago con suma cortesía. — Pero son de carne y hueso y sus fuerzas flaquean.

Deben descansar.

— Y también comer —gruño Brox, quien había acompañado hasta ahí a los taumaturgos. Si bien era obvio que los elfos de la noche no deseaban hallarse en compañía del orco, como Cresta Cuervo no le había ordenado que se fuera, nadie, ni siquiera Ojo Estrella, se había atrevido a quejarse por su presencia ahí.

— Sí, eso también —admitió el amo y señor del Bastión del Cuervo Negro. — Los soldados y los refugiados están comiendo y durmiendo y no hay más que hablar. Ahora, pasemos a hablar de qué vamos a hacer a continuación.

— ¡Debemos ir a Zin-Azshari sin duda alguna! —soltó de sopetón lord Ojo Estrella. — ¡Hay que salvar a la reina Azshara!

Los demás nobles se expresaron en el mismo sentido. Krasus adoptó un gesto ceñudo pero no dijo nada. Había hablado al respecto con los demás antes de llegar ahí y todos habían estado de acuerdo en que sería imposible quitarles de la cabeza a los elfos de la noche la idea de que su monarca era una prisionera de los demonios. Como Zin-Azshari era también el punto de acceso por el que la Legión Ardiente entraba en

Kalimdor, parecía inútil plantear cualquier otro tipo de plan. Por una razón u otra, había que tomar la capital.

No obstante, Krasus no creía que el pueblo de Malfurion fuera capaz de lograr algo así por sí solo.

Haciendo caso omiso del protocolo, dio un paso al frente y dijo con firmeza:

— ¡Mi señor Cresta Cuervo! ¡Debo hablar una vez más sobre un asunto del que sé que no quieren volver a oír, pero que no se puede esquivar!

Cresta Cuervo aceptó la copa de vino que le había servido lord Ojo Estrella. En medio de aquella crisis, los altos jerarcas de los elfos de la noche insistían en disfrutar de ciertos privilegios.

— Debes referirte a que debemos pedir ayuda a los enanos y demás.

Ojo Estrella se hallaba junto a él, esbozó una mueca de burla. Unos gestos similares cobraron forma en los semblantes de la mayoría del resto de nobles.

A de que estaba claro que iban a volver a salir escaldado en esta discusión sobre seguir sobre esa materia, el mago insistió:

— En ese momento, los enanos, los tauren y las demás especies seguramente están librando sus propias batallas contra la Legión Ardiente. Por separado, tenemos muy pocas posibilidades de sobrevivir, pero si aunamos esfuerzos.

¡Podremos tomar Zin-Azshari sufriendo muchísimas menos bajas!

— ¿Sugieres que los tauren entren en Zin-Azshari? —le espetó un noble. — ¡Qué barbaridad!

— ¿Acaso prefieres que los demonios se queden ahí? —Musitó Rhonin a Malfurion.

— Jamás lo entenderás —respondió el druida de mal humor.

— No, jamás.

El barbudo comandante apuró su copa de vino y, acto seguido, la devolvió a lord Ojo Estrella. Después, contempló al mago como cuando uno mira a un venerable anciano que se equivoca de cabo a rabo.

— Maestro Krasus, te agradecemos en grado sumo las aportaciones que has hecho a nuestras estrategias. Tus conocimientos mágicos sobrepasan los que posee cualquiera de nuestros hechiceros. En todo lo relativo a la magia, confío a ciegas en tus consejos. —Cresta Cuervo frunció aún más el ceño. — Sin embargo, en todo lo relativo a otras materias, debo recordarte que no eres uno de los nuestros. No entiendes ciertas verdades irrefutables y básicas. Aunque hiciera algo tan demencial como pedir ayuda a los enanos y los tauren, sinceramente, ¿crees que nos la brindarían? ¡Desconfían de nosotros tanto como nosotros de ellos! Es más, en caso de que decidieran aliarse con nosotros, ¿acaso esperas que nuestros soldados luche codo con codo con ellos?

— Es más probable que los enanos se vuelvan en nuestra contra. —interrumpió Ojo Estrella. — Su avaricia es conocida por todos. — Nos robarían y, acto seguido, volverían corriendo a esconderse en sus agujeros.

Otro oficial apostilló:

— Y los tauren se pasarían todo el tiempo peleándose entre ellos. ¡Más que unas criaturas inteligentes, son unas meras bestias! ¡Su inherente caos se acabaría contagiando a nuestras tropas, provocando tal desconcierto entre nuestras filas que los demonios podrían barrernos muy fácilmente!

Lord Cresta Cuervo se mostró de acuerdo.

— ¿Lo ves maestro Krasus? No solo estaríamos invitando a que la confusión se extendiera por nuestro ejército, sino que, seguramente, eso nos arrastraría hasta una destrucción segura.

— A la que quizá también acabemos siendo arrastrados si seguimos avanzando solos

— Esta discusión en particular ha concluido, buen mago, y, con todo respeto debo ordenarte a que no vuelvas a sacar el tema a colación.

Ambos se miraron fijamente durante varios segundos…, y fue Cresta Cuervo quien apartó la vista primero. A pesar de haber obtenido esta pequeña victoria Krasus obedeció.

— Perdóname por haberme excedido, —dijo

— Maestro Krasus, como ahora vamos a debatir sobre cuestiones de suministros y logística, realmente no es necesario que esté presente ningún taumaturgo en esta reunión, salvo Illidan, quien está a mi servicio. Les sugiero, tanto a ti como a los demás, que disfruten de un merecido y más que necesario descanso. En cuanto volvamos a avanzar, sus habilidades nos serán muy útiles.

Krasus hizo una reverencia de un modo cortés y no dijo nada más. Salió con suma calma de la tienda, seguido por el resto.

Sin embargo, en cuanto se halló a una distancia en la que no podrían oírlo los que seguían dentro de la tienda, el pálido mago comentó con cierta amargura:

— Esta lucha tendrá un final trágico por culpa de su estrechez de miras. La clave de la victoria reside en aliarse con otras especies…

— Mi pueblo jamás aceptara algo así —insistió Malfurion. — Jamás luchará al lado de tales seres.

— Pues a Korialstrasz lo aceptaron enseguida —replicó Rhonin.

— Muy pocos son capaces de darle la espalda a un dragón, maestro Rhonin.

— Eso es muy cierto —masculló Krasus, quien parecía pensativo. — Rhonin debo ir a buscarlos.

— ¿A buscar a quién?

— A mis. A los dragones, por supuesto.

Brox resopló y Malfurion se sobresaltó. Aunque el druida sabía que Krasus tenía un cierto vínculo con Korialstrasz, en estos momentos ni siquiera intuía toda la verdad.

— ¿Los dragones, maestro Krasus? ¡Pero si son una de las fuerzas más poderosas de este mundo! ¿Y cómo piensa hacerlo?

— Tengo mis propios métodos…, pero para lograrlo necesitaré un medio de transporte rápido. Los sables de la noche no me valdrán para algo así. Necesito algo que capaz de volar.

— ¿Como un dragón? —inquirió Rhonin

— Con algo más pequeño me valdrá, amigo mío.

— Hay un bosque no muy lejos de aquí. Tal vez… Tal vez pueda contactar con Cenarius. Quizá él pueda aportar alguna solución.

Por la expresión de Krasus, se podía deducir que no se sentía satisfecho del todo con esa propuesta, pero a nadie se le ocurrió nada mejor. Al final, asintió y dijo:

— Entonces, tendremos que partir lo antes posible, ya que si no el capitán Cantosombrío intentará detenemos o, lo que es incluso peor, seguirnos con sus tropas. Y me temo que eso podría atraer la atención tanto de la Legión Ardiente como de los elfos de la noche sobre nosotros y nuestra misión.

A Jarod y al resto del cuerpo de guardia se les había dado tiempo para descansar y recuperase. Nadie pensaba que los magos pudieran hallarse en peligro mientras se hallaran entre la hueste; por otro lado, la mejor defensa que tenían los soldados ante cualquier asalto mágico eran sus protegidos. De todos modos en caso de que se reanudara la macha, los guardaespaldas volverían a desempeñar sus funciones inmediatamente.

Pero Krasus esperaba estar para entonces muy lejos.

— ¿De verdad crees que esto es necesario? —preguntó el mago pelirrojo.

— Me voy por dos razones, Rhonin. La primera es algo que ya hemos hablado: los dragones pueden lograr que se vuelvan las tornas. La segunda es una cuestión más personal. Me marcho para descubrir por qué la única respuesta que recibo de ellos es un muro de silencio. Eso no debería ser, como bien puedes comprender. He de descubrir la verdad.

No hubo más objeciones. Lord Cresta Cuervo pretendía que los elfos de la noche reanudaran la marcha en cuanto oscureciera, y Krasus tenía que estar muy lejos de ahí antes de que descubrieran que faltaba.

Rhonin hizo un gesto de asentimiento.

— ¿Y qué haremos Brox y yo?

— Si nuestro amigo druida es capaz de conseguir transporte, tal y como afirma, podrá regresar antes de que anochezca. Mientras tanto, Brox y tú deben procurar que lord Cresta Cuervo no los vea. Tal vez pregunte por nosotros. Y bastante se va a enojar en cuanto descubra que me he marchado.

— Tal vez sí o tal vez no. Así, al menos, no habrá nadie que cuestione sus decisiones en voz alta.

Krasus hizo oídos sordos al comentario jocoso del humano y se volvió hacia Malfurion.

— Debemos irnos. Si vamos con un par de sables de la noche hacia la zona de refugiados, los soldados no nos incordiarán demasiado. Después, podremos dar la vuelta y dirigimos al bosque. —En ese instante, lanzó un leve siseo. —Después, deberemos rezar para que tu maestro acuda en nuestra ayuda.

Rápidamente habían dejado atrás a los demás, para seguir el plan que había propuesto el anciano mago. A pesar de que los soldados los miraron con cierta suspicacia y curiosidad, como ambos no se dirigían a la vanguardia, dejaron de mirarlos enseguida.

Malfurion seguía sintiéndose bastante incómodo con la misión que pretendía llevar a cabo Krasus, pero no cuestionaba al hechicero. Respetaba su sabiduría y era consciente de que Krasus comprendía a los dragones mucho mejor que nadie que hubiera conocido jamás. A menudo, casi parecía uno de ellos. Seguramente, en algún momento de su pasado, Krasus había gozado la experiencia única de vivir entre esas antiguas criaturas durante cierto tiempo. ¿Qué otra explicación podría haber para justificar que tuviera un vínculo tan especial con esos leviatanes?

Aunque les costó, prácticamente, tres horas, al final lograron adentrarse en el bosque. En esta ocasión Malfurion no notó esa reconfortante sensación que había experimentado la última vez que había entrado en un lugar similar. Ese bosque había sido mancillado por la Legión y las secuelas de su paso aún eran perceptibles. Si los defensores de esas tierras no hubieran conseguido cambiar el signo de la batalla, aquel lugar podría haber acabado reducido a meras ruinas.

A pesar de que la sombra de esa amenaza inminente planeaba sobre el bosque, la vida todavía prosperaba ahí. Los pájaros cantaban y el druida podía percibir que esos árboles estaban avisando al resto de la floresta de la llegada de esos nuevos intrusos. El roce de las hojas se volvía particularmente intenso siempre que Krasus se acercaba, era como si el bosque también fuera capaz de notar que ese ser era distinto. Asimismo, también daban la bienvenida al elfo de la noche, pues claramente percibían su aura y que había recibido la bendición de Cenarius.

Sin embargo, el druida era incapaz de percibir la presencia del semidiós. Cenarius tenía muchos frentes abiertos; el más importante, intentar convencer a sus homólogos de que debían participar de manera activa y organizada en la defensa de ese mundo. Entonces ¿cómo podía Malfurion albergar la esperanza de que la floresta tuviera tiempo de responder a su llamada?

—  Estas tierras ya han sufrido mucho. —aseveró a su compañero. — Puedo intuir qué clase de mal ha estado aquí.

— Yo también. Krasus, no sé si, después de todo Cenarius será capaz de escucharme aquí.

— Lo único que te puedo pedir es que intentes contactar con él Malfurion. Si fracasas, no te lo echare en la cara. Simplemente, me las tendré que arreglar con el sable de la noche, aunque eso supondrá que tardaré mucho más en realizar mi viaje.

Llegaron a una zona situada en lo más hondo del bosque, donde el druida pudo sentir un poco más de tranquilidad. Informó a Krasus de esto y, a renglón seguido, ambos desmontaron.

— ¿Quieres que te deje a solas? —inquirió el mago.

— Si Cenarius decide venir, lo hará con independencia de que estés o no, maestro Krasus.

Malfurion buscó un sitio donde sentarse entre esa hierba mullida. Krasus se apartó a un lado respetuosamente, para no molestar al druida.

Malfurion cerró los ojos y se concentró. Primero expandió su conciencia hacia los árboles, las plantas y el resto de formas de vida, buscando en ellos alguna pista que indicara que el semidiós hubiera estado recientemente ahí. Si Cenarius había hecho acto de presencia en ese lugar, pronto lo sabría.

Pero el bosque no le ofreció ninguna pista acerca de esa deidad.

Frustrado, el druida se planteó otras opciones. Por desgracia, únicamente el Sueño Esmeralda le ofrecía una vía factible para contactar inmediatamente con su shan’do.

Al final, tuvo que hacer lo que temía. Malfurion exhaló y centró sus pensamientos en ese reino etéreo. No tenía que entrar en él por entero, solo rozar sus límites. Entonces, podría enviar sus pensamientos a Cenarius. No obstante, a Malfurion le inquietaba el hecho de tener que interactuar, aunque fuera tan levemente, con ese lugar, pero había que hacerlo.

Noto que se estaba separando de su caparazón mortal. Sin embargo, en vez de dejar que la transición se completara, el druida se quedó a medio camino. Aunque eso conllevaba mucha más tensión de la que había imaginado, Malfurion no tenía previsto permanecer en ese estado mucho tiempo. Se imaginó a Cenarius tal y como era, y se valió de esa imagen para poder entrar en contacto con él…

De repente oyó que alguien le susurraba el oído y perdió la concentración.

— ¡Malfurion! ¡No estamos solos!

El druida se estremeció al tener que volver a entrar en su cuerpo tan rápidamente, lo único que pudo hacer fue abrir los ojos… justo a tiempo para ver a una bestia vil cargaba hacia él.

Alguien masculló unas palabras poderosas y, al instante, ese espantoso can se marchitó. La bestia se retorció y se enroscó sobre sí mismo, hasta convertirse, en un visto y no visto, en un grotesco montón de huesos y tendones aplastados y deformados.

Krasus cogió a Malfurion de ambos brazos y tiró de él para levantarlo con una fuerza asombrosa. El anciano mago preguntó:

— ¿Eres ya capaz de defender?

El druida no tuvo tiempo de responder, ya que, súbitamente el bosque cobro vida, pero no solo gracias a esos canes demoniacos, sino también gracias a la irrupción de los bestiales y cornudo, guardias viles. Los dos taumaturgos se veían superados en número en una proporción de diez a uno. Sus monturas, que se encontraban atadas a un árbol, gruñeron y tiraron de sus ronzales, pero no pudieron soltarse. Los demonios, no obstante, ignoraron a las panteras, puesto que sus objetivos eran el mago y el druida, sin lugar a dudas.

Mientras dibujaba una línea invisible a su alrededor, Krasus recitó otro conjuro breve. Unas púas cristalinas brotaron repentinamente del suelo, hasta alcanzar la altura de un elfo de la noche.

Tres guardias viles fueron empalados por esas estacas. Una bestia vil aulló cuando otra de esas púas le arrancó parte del hocico.

La rápida reacción de Krasus permitió que Malfurion tuviera tiempo de pensar. Dirigió su mirada a los árboles más cercanos a esos demonios que se aproximaban y les pidió ayuda.

Unas ramas gruesas y repletas de follaje se estiraron hacia abajo y engancharon a cuatro de esos monstruosos. Elevaron muy alto a esos demonios, hasta que se perdieron de vista. Aunque Malfurion no pudo ver qué les sucedió, fue perfectamente consciente de que esas víctimas no volverían a aparecer.

Otros árboles se limitaron a desplegar las ramas en el momento justo en que la carga de la Legión pasaba junto a ellos. Una bestia vil rodó sin poder evitarlo al tropezarse con una rama; otra fue incluso menos afortunada, ya que se le rompió el cuello al colisionar con ese obstáculo inesperado.

Aun así, los demonios se arremolinaron en masa en tomo a ellos; sobre todo, los canes manáfagos. Mientras se aproximaban, daba la impresión de que los miraban de manera maliciosa; sin lugar a dudas, el hecho de tener ahí a dos taumaturgos atrapados les había despertado el hambre.

A pesar de lo eficaz que había sido el ataque de Malfurion, los demonios parecían temer más a Krasus, y por una buena razón. Como poseía un conocimiento mucho mayor de sus artes mágicas que el que poseía el elfo de la noche de sus propias artes místicas, el mago lanzó varios hechizos con gran rapidez y extremada crueldad. Ya no era ni por asomo esa figura pálida y enfermiza que había visto cuando se habían conocido. Si bien era cierto que Krasus parecía hallarse bajo una tensión inmensa incluso en esos mismos instantes, no flaqueaba de ningún modo a pesar de todo.

Un estruendo similar al bramido del trueno resonó por todo el bosque. Krasus se llevó las manos a la garganta, de donde le había agarra-un tentáculo delgado y abrasador, que se estaba tensando como el lazo de una soga. El mago perdió el equilibrio y fue arrastrado hacia atrás, hacia las mismas estacas que él había generado con su magia.

El elfo de la noche se atrevió a mirar hacia atrás y contempló algo casi tan aterrador como Archimonde; un caballero descomunal y esquelético, cuya cabeza era un cráneo provisto de cuernos que tenía unas llamas por ojos, y que sostenía un temible látigo con el que arrastraba a Krasus hacia un funesto destino. Aquel recién llegado era más alto que los demás demonios y, por la manera en que dejaban paso, Malfurion supuso que debía de ser su líder.

El druida cogió unas cuantas briznas de hierba y las arrojó hacia ese flagelo siniestro. Las briznas volaron rápidamente por el aire y, a continuación, destrozaron el látigo como si fueran unos cuchillos muy afilados hasta que uno de ellos lo cortó por entero.

Krasus jadeó en cuanto ese extremo del flagelo se separó del resto.

Cayó de rodillas e intentó quitarse de encima el resto de ese látigo.

Aunque el demonio trastabilló y dio unos pasos atrás, logró mantener el equilibrio. Echó esa fusta que seguía siendo enormemente larga, hacia atrás y se preparó para golpear al druida.

Como se encontraba rodeado de demonios y su compañero no podía hacer nada por el momento, Malfurion no albergaba muchas esperanzas de poder sobrevivir. Tanto él como Krasus no solo habían quedado expuestos ante esos asesinos demoníacos que siempre los estaban rastreando, sino que esta vez su líder había venido para cerciorarse de que no escaparan. Ni siquiera Jarod iba a acudir en su ayuda. Únicamente Rhonin y Brox sabían que habían marchado y, ambos daban por sentado que estarían bien. Se habían equivocado totalmente.

Sin embargo, para su sorpresa, el demonio no volvió a atacar de inmediato, sino que dijo a Malfurion entre siseos:

— ¡Ríndete, criatura, y ssse te perdonará la vida! ¡Te lo prometo en nombre de mi másss honorable amo, Sssargerasss! Esss tu única posssibilidad de sssobrevivir…

Krasus tosió e intentó aclararse la garganta.

— ¡R-rendirse a la Legión Ardiente e-es un destino mucho peor que la muerte más terrible! ¡Debemos luchar aun cuando estemos destinados a perder, Malfurion!

Los torvos recuerdos de su breve encuentro con Archimonde llevaron al elfo de la noche a pensar del mismo modo. Se podía imaginar de lo que los demonios les harían a los prisioneros; sobre todo a aquellos que habían jugado un papel clave a la hora de frustrar sus planes hasta esos momentos.

— ¡Nunca nos rendiremos!

Los ardientes orbes del demonio centellaron furiosamente y chasqueó el látigo cuatro veces. Unos relámpagos brillaron en cuanto el flagelo impacto contra el suelo. De repente, unas siluetas colosales cobraron forma delante del demonio. Con cada restallido, un can diabólico se materializaba.

— ¡Entoncesss, misss massscotasss ssse alimentarán con ussstedesss, taumaturgosss!

Krasus recobró la compostura y, acto seguido, se giró para clavar su mirada en el demonio líder y entornó los ojos amenazadoramente.

Pero aquel caballero esquelético estaba preparado para defenderse de su ataque. Giró el látigo en el aire, para crear una neblina, la cual refulgió súbitamente, como si algo hubiera explotado al impactar contra ella.

El elfo de la noche se mordió la lengua para no proferir un juramento. Su adversario había anulado con suma facilidad lo que debería haber sido un sortilegio muy poderoso.

— Tal y como temía —masculló Krasus, — ¡Se trata del maestro de canes Hakkañ.

Malfurion le habría gustado preguntarle qué sabía acerca de ese demonio, pero en ese momento los demás monstruos reanudaron el ataque. Aunque las estacas cumplieron su función de barrera defensiva, los demonios las rasgaron, desgarraron y destrozaron. Entre tanto, por detrás, su líder se reía a mandíbula batiente; sus carcajadas eran como el siseo de un centenar de serpientes furiosas.

Aun así, en cuanto el primer miembro de la Guardia Vil logró atravesar esas púas e hizo ademán de dirigirse hacia ambos, los guerreros que se encontraban montados a horcajadas sobre los sables de la noche cargaron y se sumaron a la batalla por todos los frentes; con sus bestias aniquilaron a algunos de los demonios antes de que pudieran darse cuenta de que los estaban asaltando. Mientras atacaban, los recién llegados se pusieron a cantar.

Malfurion los contempló boquiabierto y tardó en percatarse de que no se trataba de los soldados de Jarod Cantosombrío, ya que sus armaduras eran mucho más plateadas y, tras echar un segundo vistazo, comprobó que poseían una forma mucho femenina. La canción que estaba escuchando era una alabanza a la Guerrera de la Noche, la temible encarnación de la Madre Tierra cuando esta batallaba.

La hermandad de Elune había venido a rescatarlos.

Por primera vez, Malfurion veía la vertiente más guerrera de esas tranquilas y dulces sacerdotisas. Muchas de ellas empuñaban unas espadas largas y curvas, mientras que otras blandían unas lanzas cortas con puntas en ambos extremos. Unas cuantas hasta tenían arcos que no eran más largos que sus antebrazos, con los que disparaban velozmente un dardo tras otro.

Los demonios sufrieron las consecuencias de inmediato, las bestias viles cayeron acribilladas. Una sacerdotisa blandió su arma con la misma destreza que un soldado y decapitó a un guerrero cornudo. Dos sables de la noche arremetieron contra otro can, al que abrieron tajos repetidamente desde ambos flancos hasta que lo único que quedó fue un cadáver ensangrentado.’

Entre esas temibles figuras que estaban desatando el caos entre la Legión Ardiente, vio a Tyrande.

Antes de que pudiera llamarla a gritos, un demonio se abalanzó sobre él. El colosal guardia vil habría partido en dos al druida si este no hubiera hecho gala de unos reflejos extraordinarios. El elfo de la noche rodó por el suelo para alejarse y, a continuación, lanzó un hechizo.

El suelo bajo los pies de su adversario se volvió húmedo y arenoso. Aunque el guardia vil se hundió hasta la cintura, logró evitar que esas arenas movedizas siguieran tragándoselo. Al instante, se aferró al borde sólido con la mano libre e intentó salir de esa trampa.

Malfurion no le dio la oportunidad de lograrlo. De una patada en la mano, le arrebató el arma al demonio y, acto seguido, corrió a por ella. El monstruoso guerrero se giró e intentó agarrarlo por las piernas. Malfurion se resbaló, ya que su enemigo lo había cogido de un pie. Agarró la empuñadura de la espada justo cuando el demonio lo arrastraba hacia esas arenas movedizas.

Con todas sus fuerzas, el druida enterró la hoja en la cabeza del guardia vil.

Mientras el demonio se hundía con lentitud en ese lodazal, Malfurion se dio cuenta de que no todo iba bien. La hermandad tenía todas las de ganar, pero más de una de esas sacerdotisas se enfrentaba a una amenaza inminente. Mientras se erguía, una de las sacerdotisas fue derribada de la silla por una bestia vil, que le atravesó el cuello de un mordisco, como si hubiera rasga una seda. Otra hermana cayó al suelo, después de que un demonio le clavara su arma en las fauces abiertas a su sable de la noche, de tal modo que el otro extremo de la hoja emergió entre los omoplatos del felino. Un segundo guerrero acabó con la sacerdotisa un instante más tarde.

No obstante, lo que más aterrorizó a Malfurion, fue lo que vio cuando posó su mirada sobre Tyrande una vez más. Como se hallaba enzarzada en combate con un miembro de la Guardia Vil, no se había percatado de la presencia del maestro de canes y su látigo.

El flagelo debería habérsele enredado en la garganta, pero su montura se movió por casualidad en el último instante y acabó con los brazos atados. El caballero esquelético tiró con fuerza, consiguiendo así que Tyrande se cayera de la pantera, como si su cuerpo enfundado en esa armadura no pesara nada.

— ¡No! —exclamó Malfurion, a la vez que se dirigía hacia ella.

Krasus, que se hallaba en plena confección de un encantamiento, intentó agarrarlo del brazo.

— Druida, estás más seguro aquí…

Pero el elfo de la noche solo pensaba en Tyrande. Se había olvidado por entero de su adiestramiento y se abrió paso por la batalla. En cuanto se encontró lo bastante cerca, dio un salto…, pero no hacia su amiga de la infancia.

A pesar de que el inmenso maestro de canes resistió el impacto de todo el peso de Malfurion, consiguió que esa espantosa

figura perdiera la concentración. El látigo dejo de estar tan tenso y la sacerdotisa aterrizó suavemente sobre el suelo.

— ¡Necio! —le espetó el maestro de canes, al mismo tiempo que agarraba al druida del hombro. — Yo soy Hakkar y tú no eres nada.

No vio la daga que Malfurion sacó del cinturón. Le clavó esa pequeña hoja el brazo al demonio, justo en ese sitio en que la articulación del codo era vulnerable.

Hakkar lanzó un alarido y soltó a su presa. Se arrancó la daga cuya afilada hoja estaba cubierta de un icor espeso que era la sangre del demonio. Sin embargo en vez de atacar a Malfurion con la daga, el maestro de canes la tiró y recogió el látigo del suelo.

Avanzó hacia el druida, que estaba poniéndose de pie, con el brazo ya levantado.

— Sssusss órdenesss ssson mantener con vida sssi esss posssible… Aunque me temo que no ssserá posssible…

Hakkar lo atacó. Malfurion gritó de dolor cuando un relámpago le recorrió el cuerpo entero. Se sintió si se estuviera quemando vivo.

Sin embargo, una parte de él mantuvo la calma a pesar de la agonía. Malfurion puso en práctica las enseñanzas de Cenarius y logró dejar de notar ese dolor. El tormento de los latigazos se desvaneció. El maestro de canes lo azotó una segunda y una

tercera vez, pero para el druida no fueron más que la caricia de una leve brisa.

Malfurion comprendió que, aunque no sintiera ningún dolor el castigo que estaba sufriendo su cuerpo era tal que acabaría siendo aniquilado, no obstante, las enseñanzas de su shan’do le daban la oportunidad de defenderse de la mejor manera posible… si es que cabía alguna defensa frente aquello.

— Tal vez te mantenga apenasss con vida —dijo Hakkar con un tono burlón, a la vez que lo golpeaba de nuevo. — ¡Lo único que quiere esss que te quede un hálito de vida para poder torturarte! Sssolo eso dejaré…

El temible gigante volvió a alzar el látigo.

Malfurion dirigió la vista hacia el cielo. Esa capa de nubes era su mejor esperanza, y el maestro de canes, de un modo irónico, le había ayudado a tomar esa decisión.

El viento lo ayudó en un principio, puesto que empujó a las nubes, a las cuales no les gustaba ser perturbadas de este modo y, furiosas, se tomaron negras. Aunque eso fuera en contra de su propia esencia, Malfurion se alimentó de su ira y, a renglón seguido, las manipuló apelando a su vanidad, ya que les dijo que había alguien ahí capaz de dar órdenes al relámpago y que alardea de ello.

Hakkar creyó que, como seguía inmóvil, se había rendido. Con los ojos ardiendo, el maestro de canes echó el brazo hacia atrás.

— ¡Sssolo un latigazo másss! Un latigazo másss…

Las nubes se estremecieron de un modo estruendoso.

Un relámpago cayó y no uno, sino dos rayos acertaron de pleno en el enorme demonio.

Hakkar profirió un sonido de dolor que hizo que a Malfurion le temblaran todos los huesos del cuerpo. El maestro de canes permaneció de pie, bañado en una luz brillante, con los brazos extendidos, como si pretendiera abrazar eso que lo estaba destruyendo. El látigo que había quedado reducido a una cosa quemada y negra, se le cayó de su temblorosa mano.

Alrededor del escenario de la batalla, las bestias viles se detuvieron abruptamente en medio de sus combates y aullaron tristemente.

Al final esa luminosidad celestial se desvaneció… y el cadáver hecho cenizas del señor demoníaco cayó de manera inerte sobre la hierba.

Los monstruosos canes aullaron una vez más y, a continuación, refulgieron como cuando habían sido invocados por primera vez. Al unísono, las bestias viles se esfumaron, mientras todavía resonaban sus gritos.

Como ya no contaban con el apoyo de Hakkar y sus mascotas, los pocos demonios que aún quedaban en pie no plantaron demasiada cara a las sacerdotisas y Krasus. Cuando el último de ellos fue asesinado, Malfurion se acercó temblorosamente hasta Tyrande.

Ella se sentó en el suelo, todavía medio conmocionada. Sin embargo, en cuanto lo vió, una maravillosa sonrisa se dibujó en el rostro de Tyrande, lo cual hizo que Malfurion se olvidara de su propio dolor.

— ¡Tyrande! Este milagro ha sido cosa tuya…

— No ha sido un milagro Malfurion. Alguien a quien sané me hablo de una bestia vil que se hallaba tras nuestras líneas. También me explicó que había oído al que yo creía que debía de ser el demonio que los comandaba. —La joven lanzó una mirada fugaz hacia los restos de Hakkar. — Fui a advertirlos tanto a los demás como a ti, pero entonces me enteré que Krasus y tú habían partido hacia aquí. Tal vez Elune me hablara, pero lo cierto es que estuve segura de que corrían peligro.

— Así que pediste ayuda a la Hermandad. He visto muy pocos soldados que luchen mejor.

Ella le brindó otra sonrisa, esta vez fatigada, pero también, henchida de satisfacción.

— Hay muchas cosas del templo que los ajenos a él no comprenden. —Su semblante se tornó más serio. ¿Estás bien?

— Lo estoy…, pero temo que Krasus y yo hayamos venido hasta aquí para nada. Esperaba poder contactar con Cenarius, para que el mago pudiera obtener alguna montura capaz de llevarlo a la que tierra de los dragones.

— Rhonin y Brox me insinuaron algo así, pero apenas podía creérmelo… ¿De verdad cree que podrá reunirse con ellos?

El druida miró a Krasus, a quien dos hermanas habían ayudado a levantarse. Al igual que muchos otros, ellas lo trataban de un modo reverencial, a pesar de que no estaban muy seguras del porqué. El mago se encaminó hacia el lugar donde yacía el maestro de canes, con una expresión de inquietud en el rostro.

— Ya lo ves. Sé que tú también percibes algo en él, Tyrande. Creo que será capaz de lograrlo, si consigue llegar a su reino de alguna manera.

— Pero a menos que un dragón lo lleve hasta ahí, ¿cómo si no, va a poder hacer ese viaje a tiempo?

— No lo sé. No…

Una sombra planeó sobre ambos de un modo repentino. Malfurion alzó la mirada y su semblante plagado de desesperanza adoptó un gesto maravillado.

Trazaron tres veces un círculo por encima de aquel grupo y, acto seguido, ascendieron a una zona situada lejos del sable de la noche más próximo. Aunque los felinos bufaron, no intentaron atacar a los recién llegados, tal vez por qué ni ellos mismos sabían que eran.

Como poseían unas alas vastas y repletas de plumas, así como unas cabezas similares a las de los cuervos, recordaban a unos grifos de color negro azabache a primera vista. Incluso sus extremidades delanteras contaban con escamas y garras como las de esas criaturas mencionadas anteriormente. Sin embargo, aparte de eso, se trataba de unos animales completamente distintos. En vez de tener el torso y los cuartos traseros de un león, estos dos poseían el cuerpo de equino, incluso hasta tenían unas colas de caballo.

— Son hipogrifos—aseveró el sabio Krasus, cuya expresión de inquietud dio paso a una de suma satisfacción. — Unos seres voladores muy rápidos y seguros. Cenarius no podía haber escogido mejor. Tyrande no parecía hallarse tan entusiasmada.

— Pero son dos.

El mago y Malfurion se observaron detenidamente y ambos fueron conscientes de por qué Cenarius había enviado más de una montura.

— Según parece, voy a acompañar a Krasus —contestó el druida.

Tyrande le agarró del brazo y le espetó:

— ¡No, Malfurion! ¡No vas a ir ahí!

— Comprendo las razones que han llevado al Señor del Bosque a tomar esa decisión, —afirmó Krasus. — El druida podrá guiar mejor a los hipogrifos y su vínculo con Cenarius hará que sea tratado con respeto por parte de la reina de los dragones rojos… de Ella Que Es La Vida.

A pesar de que la sacerdotisa lanzó una mirada suplicante, Malfurion se vio obligado a mostrarse de acuerdo.

— Tiene razón, debo acompañarlo. Perdóname, Tyrande. —El druida se dejó llevar por el impulso de abrazarla. Aunque Tyrande titubeó, al final le devolvió ese breve abrazo. Malfurion la contempló y añadió: — Me meto que quizá tengas que ayudar a Rhonin y Brox a explicar nuestra ausencia, ¿harías eso por mí?

La joven se rindió al fin ante lo inevitable.

— Por supuesto que lo haré. Ya deberías conocerme bien.

Los hipogrifos graznaron, pues estaban impacientes por proseguir su camino. Krasus cumplió sus deseos al montarse rápidamente en uno de ellos. Malfurion subió a lomos del segundo, con los ojos aún clavados en Tyrande.

Ella lo agarró de la muñeca y, de repente, susurró algo. Ambos jinetes tardaron un instante en darse cuenta de que Tyrande estaba bendiciendo a Malfurion en nombre de Elune.

— Ve sano y salvo —concluyó de un modo sereno. — Y regresa de la misma manera… Hazlo por mí.

El druida tragó saliva, pues era incapaz de decir nada. Krasus puso punto y final a esa situación tan incómoda al darle sendos leves golpecitos con los talones en las costillas a su hipogrifo. La bestia graznó de nuevo y, a continuación, se giró, dispuesta a volar. La montura de Malfurion la imito de manera instintiva.

— Adiós y muchas gracias, Tyrande — gritó. — Volveré pronto.

— Más te vale cumplir esa promesa, Mal.

Sonrió al percatarse de que se había dirigido a él usando su apodo de la infancia y, al instante, se tuvo que aferrar con fuerza al hipogrifo, puesto que este se elevaba en el aire tras su compañero.

— Será un largo viaje —afirmó Krasus a voz en grito, — Pero no demasiado, ¡gracias a este regalo de ese semidiós!

Malfurion asintió, a pesar de que no le estaba prestando del todo atención. Seguía con la vista clavada en esa figura de allá abajo, que iba menguando. Observó cómo le devolvía la mirada, hasta que al final ya no pudo verla.

Aun así, siguió mirando y, en ese mismo instante, supo en lo más hondo de su corazón que Tyrande estaba haciendo exactamente lo mismo.

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