El Alma Demoniaca – Capítulo Uno

Unas voces susurraban en su mente mientras se desplazaba por esa enorme caverna. Si bien anteriormente habían sido algo ocasional, ahora nunca paraban de sonar. Incluso cuando dormía, no podía escapar de su presencia… aunque ya tampoco quería hacerlo. El colosal dragón negro llevaba tanto tiempo oyéndolas que ahora formaban parte de él, eran indistinguibles de sus propios pensamientos retorcidos.

Los elfos de la noche destruirán el mundo…

El Pozo está fuera de control…

No se puede confiar en nadie… quieren tus secretos, tu poder… Malygos te arrebatará lo que es tuyo…

Alexstrasza pretende dominarte…

No son mejores que los demonios..

Hay que tratarlos como a los demonios…

Una y otra vez, las voces repitan esas cosas tan espantosas, advirtiéndole que iban a engañarlo, a traicionarlo. No podía confiar en nadie, sólo en sí mismo. Las razas inferiores habían corrompido a los demás. Considerarían su decisión una amenaza, no la única esperanza para el mundo.

El dragón exhaló una nube de humo nocivo mientras resoplaba al pensar que esa traición la llevarían a cabo aquellos que antaño habían sido sus camaradas. Aunque poseía el poder suficiente como para salvarlo todo, tenía que ser cuidadoso, ya que sería una calamidad que descubrieran la verdad demasiado pronto.

No deben conocer este secreto hasta que no puedan alterar el destino de ningún modo, decidió. No pueden saber hasta que deba ser lanzado el conjuro. ¡No permitiré que arruinen mis esfuerzos!

Unas garras descomunales arañaron el suelo de piedra de la caverna mientras el coloso cubierto de escamas ingresaba a su santuario. Por muy gigantesco que fuera el dragón, era pequeño en comparación con aquella caverna redonda. Un río de lava fundida fluía por la parte central de aquel lugar, donde unas formaciones de cristal inmensas relucían en las paredes. Unas vastas estalactitas pendían como espadas del destino allá arriba, mientras que unas estalagmitas, tan afiladas que daba la impresión de que estuvieran aguardando a que alguien se empalara en ellas, brotaban del suelo y, de hecho, eso era lo que había sucedido con esa en concreto.

Mostrando los dientes, el gran dragón negro agachó la cabeza para contemplar a la diminuta figura que se revolvía en un vano intento por liberarse del pico de piedra que le atravesaba ese pecho agitado. Los restos de un túnica negra hecho jirones, negro y anchada de rojo por sangre, así como unos fragmentos de una armadura dorada y muy ornamentada, pendían de su torso de forma extraña. Unos grandes cuernos, parecidos a los de una cabra, le brotaban del cráneo y su semblante carmesí recordaba al de un dragón, pues poseía un cráneo largo que contaba con unas fauces amplias y repletas de colmillos. Aunque los ojos de esta criatura eran fosas oscuras que, al instante, trataron de absorber a aquel gigante en sus profundidades, no eran rivales para la fuerza de voluntad de su captor.

Además de hallarse empalado, aquella figura cornuda estaba atada al suelo de la caverna con unas gruesas cadenas de hierro. Las cadenas se encontraban especialmente tirantes, apretando así al demonio a la estalagmita, a la vez que tiraba sus extremidades extendidas hacia abajo.

Si bien el cautivo movía la boca constantemente, como si estuviera gritando algo con furia, no brotaba ningún sonido de ella. Aunque eso no le impidió seguir intentándolo, sobre todo, en cuando vio que el oscuro leviatán se aproximaba.

El dragón contempló meditabundo al prisionero por un momento, y luego parpadeó.

Inmediatamente, la voz ronca y teñida e inquina de la criatura reverberó por toda la cámara de la caverna.

—… ¡Es Sargeras! ¡Tu sangre derramará! ¡Se hará una capa con tu piel! ¡Alimentará con tu carne a sus canes! ¡Encerrará tu alma en un vial para para atormentarlo cuando le plazca! Te…

El Dragón parpadeó de nuevo y silencio una vez más al cautivo. Aun así, la figura demoníaca siguió lanzando amenazas y obscenidades, hasta que, por fin, el oscuro gigante abrió sus descomunales mandíbulas y exhaló una columna de vapor abrasadora que envolvió al prisionero, al que dejó temblando presa de la agonía.

— Aprenderás a respetarme. Te encuentras ante la presencia gloriosa de Neltharion, de mí —le espetó el dragón con una voz atronadora. — Soy el Guardián de la Tierra. Me tratarás con la veneración que me merezco.

El demonio golpeó las rocas situadas debajo de él con su larga cola de reptil y abrió la boca para lanzar, obviamente, más blasfemias silenciosas.

Neltharion sacudió su cabeza coronada por una cresta en señal de negación. Esperaba mucho más de los Eredar. Se suponía que esos brujos eran los comandantes de la Legión Ardiente, que esos demonios no sólo sabían lanzar hechizos sino que también estaban muy versados en tácticas de combate. El dragón había dado por sentado que tal criatura le proporcionaría una conversación mucho más inteligente, sin embargo, el Eredar podría haber sido perfectamente uno de esos bestiales infernales, de esos colosos de cráneos llameantes que actuaban como terribles arietes o misiles aéreos; el que había sometido a prueba antes de capturar a aquel Eredar tenía la misma inteligencia de una piedra, incluso menos.

No obstante, Neltharion no había enviado a su Vuelo a capturar a algunos demonios de esa horda enfurecida para conversar con ellos. No, esos cautivos tenían otro propósito, uno grandioso que, por desgracia, nunca podrían ser capaces de apreciar.

El eredar era el último de ellos, el más importante. Sus mágicos innatos lo convertían en una pieza clave para culminar la primera etapa de la misión del Guardián de la Tierra.

Es la hora…. le susurraron las voces. Es la hora…

— Sí… —respondió distraídamente Neltharion. — Tiempo…

El dragón alzó una enorme garra con la palma hacia arriba y se concentró. Inmediatamente, un aura dorada cobró vida en esa palma, aumentando su brillo de tal modo que incluso el demonio cautivo dejó de lanzar invectivas para mirar fijamente aquello que había invocado Neltharion.

Si bien el diminuto disco era tan dorado como el aura que había anunciado su llegada, por otro lado, era un objeto asombrosamente sencillo. Ni siquiera habría ocupado toda la mano de una criatura mucho más pequeña; como por ejemplo, un elfo de la noche. El disco recordaba a una moneda de oro grande y sin rasgos distintivos, con los bordes redondos y un revestimiento reluciente e inmaculado. Tenía ese aspecto modesto por decisión de Neltharion, puesto que si el talismán iba a llevar a cabo su tarea de un modo adecuado, tenía que parecer totalmente inofensivo e inocente.

Lo sostuvo en dirección hacia el brujo, permitiendo así que el eredar viera lo que le esperaba. Sin embargo, el demonio no pareció para nada impresionado. Su mirada se tiñó de burla mientras pasaba de posarse en el disco a clavarse en el dragón.

Neltharion se percató de esa reacción. Le agradó el hecho de que el eredar fuera incapaz de reconocer lo poderoso que era aquel disco, pues eso significaba que otros también serían incapaces de darse cuenta de la verdad…, hasta que fuera demasiado tarde.

Respondiendo a la silenciosa orden del Guardián de la Tierra, el objeto se elevó de la palma de su mano de una manera delicada. Flotó por encima de esa garra por un momento y, a continuación, se fue volando hasta el cautivo.

Por primera vez, una leve incertidumbre se adueñó del monstruoso semblante del brujo. Mientras el disco descendía, volvió a revolverse de manera fútil.

El talismán dorado se posó en la frente del demonio. Un fugaz destello carmesí bañó el rostro del eredar…; entonces el disco se enterró en su carne.

— Dilas… —le exhortaron las voces. — Pronuncia las palabras… consuma el acto…

De las brutales fauces desprovistas de labios del dragón brotaron unas palabras pertenecientes a un idioma cuyos orígenes no se hallaban en el mundo mortal. Cada una de ellas estaba teñida de tal maldad que incluso el demonio se estremeció. Para el Guardián de la tierra eran los sonidos más maravillosos que jamás había oído, unas notas perfectas…, el idioma de los dioses.

Mientras Neltharion las pronunciaba, el disco refulgió de nuevo. Su brillo iluminó la vasta cámara, creciendo en intensidad a cada sílaba.

De repente, resplandeció en una explosión de luz.

El brujo eredar abrió la boca lo máximo posible para proferir un chillido silencioso. Unas lágrimas de sangre anegaron sus horrendos ojos, al mismo tiempo que azotaba salvajemente las piedras con la cola. Se retorció bajo esas ligaduras con tal fuerza que se despellejó las muñecas y los tobillos; sin embargo, el demonio siguió sin poder escapar.

Entonces, la piel se le fue cayendo al eredar. Se separó de su cuerpo, a pesar de que no paraba de retorcerse; abandonó su semblante, a pesar de que no paraba de chillar. La carne del demonio adoptó el mismo aspecto que hubiera tenido si llevara mil años muerto, desmenuzándose hasta convertirse en polvo.

Se le hundieron los ojos. La cola se le ajó. El brujo quedó rápidamente reducido a una estructura de huesos que contenían unas entrañas que se pudrían de un modo veloz. A lo largo de todo ese macabro calvario, siguió gritando, ya que ni Neltharion ni el disco le habían permitido gozar el consuelo de la muerte hasta entonces.

Por fin, hasta los huesos cedieron; se vinieron abajo y se fragmentaron. Se le soltó la mandíbula y las costillas cayeron rodando de un modo estrepitoso. . Con una eficiencia terrible el poder desatado por el disco absorbió los restos del demonio de abajo a arriba.

El rastro de polvo se extendió con celeridad de los pies a las piernas y de ahí al torso hasta que lo único que quedó fue su calavera.

Sólo en ese instante el eredar se quedó quieto.

La siniestra luz se apagó. Las cadenas que hasta habían retenido al demonio colgaban vacías.

Como un padre cariñoso que adora a sus queridos retoños, el dragón negro cogió delicadamente con dos garras el talismán enterrado en el cráneo. Mientras hacía esto, la calavera también se deshizo en cenizas. El polvo gris se esparció por todo el suelo.

Contempló con admiración lo que había provocado. A pesar de que Neltharion era incapaz de percibir las extraordinarias fuerzas que se hallaban ahora dentro del disco, sí era consciente de que estaban ahí…. y que cuando llegara el momento, podría emplearlas a su antojo.

En cuanto pensó en ello, otra presencia emergió en su mente. Las voces se callaron de un modo abrupto, como si temieran ser descubiertas por aquel intruso. De inmediato, el Guardián de la Tierra reprimió sus deseos.

Neltharion conocía bien esa sensación, ya que se trataba de alguien al que antaño consideró una amiga; no obstante, ahora el oscuro leviatán sabía que no podía confiar en ella, al igual que no podía confiar en el resto.

— Neltharion… debo hablar contigo…

— ¿Qué es lo que deseas, querida Aiexstrasza?

El Guardián de la Tierra se la podía imaginar perfectamente, una dragona de aspecto impecable y del color del fuego un tanto más imponente que él. Del mismo modo que Neltharion representaba el Aspecto físico de la fuerza innata del mundo, ella era el Aspecto de la vida que florecía dentro, sobre y más allá de este.

—  Una vez más, unas fuerzas muy peligrosas conspiran alrededor del palacio de la reina de los elfos de la noche… por lo que debemos tomar una decisión pronto…

— No temas, replicó Neltharion con un tono tranquilizador. — Se hará lo que haya que hacer…

—  Rezo para que así sea… ¿Cuánto tardaras en llegar a la cámara?

El Guardián de la Tierra se imaginó ese otro lugar, una caverna gigantesca que hacía que la suya pareciera la madriguera de un solo gusano por comparación. La Cámara de los Aspectos, como la llamaban los dragones inferiores con sumo respeto, era un sitio perfectamente redondo y liso. Era como si en algún momento del pasado (Incluso anterior a la llegada de los dragones) alguien hubiera colocado una gran esfera en movimiento ahí dentro, con la que hubiera eliminado las protuberancias y rugosidades propias de toda cueva. Si bien Nozdormu, quien creía que todo lo relacionado con la historia de los creadores de aquel mundo la habían creado, ni siquiera él podía demostrarlo con total certeza. La Cámara que se encontraba escondida del mundo mortal gracias a un campo mágico, era el lugar más seguro o inexpugnable de toda la existencia.

Al pensar en ello, el dragón negro siseó levemente dominado por la expectación. Su mirada carmesí se posó en el disco. Tal vez debería ir ahí ya. Todos los demás iban a estar ahí. Si, podría hacerlo…

— No. aún no, le dijeron esas voces apenas audibles en los recovecos de su subconsciente. — Hay que hacerlo en el momento adecuado o te robarán lo que es tuvo…

Neltharion no podía permitir que eso ocurriera, no cuando se hallaba tan cerca de triunfar.

— Ahora no. —le contestó por fin a la dragona roja, — Pero pronto… te prometo que será pronto.

— Así deberá ser, —replico Alexstrasza. — Me temo que así deberá ser.

La dragona abandono sus pensamientos con la misma rapidez que se había adentrado en ellos. Neltharion titubeó mientras trataba de determinar si le había dado alguna pista o no lo que realmente estaba ocurriendo. Las voces, sin embargo le aseguraron que eso no había sido así, sino que en realidad, lo había hecho muy bien.

El dragón negro sostuvo en alto el disco y, acto seguido, con un brillo de satisfacción en sus ardientes ojos, mediante un conjuro, lo envió de vuelta al lugar donde lo mantenía escondido de los demás, incluso de aquellos de su propia sangre.

— Pronto… susurró, a la vez aquel objeto se desvanecía y una amplia sonrisa, con la que mostraba un gran número de dientes, se dibujaba en su monstruoso semblante.

— Muy pronto… después de todo lo prometí…

El imponente palacio se hallaba en una montaña, al borde de un precipicio que daba a un lago vasto y turbulento, cuyas aguas eran tan oscuras que parecían totalmente negras. Los árboles, a los que la magia había alterado, y la roca sólida habían dado lugar a unas altas torres en espiral que se alzaban como temibles guerreros. El enorme edificio estaba rodeado por unas paredes hechas de piedra volcánica que se mantenían unidas gracias a unas monstruosas enredaderas y raíces. Gracias a los poderes de los constructores, habían podido utilizar un centenar de árboles colosales para levantar el armazón del edificio principal: después, esa estructura redonda había sido cubierta de piedras y enredaderas.

Antaño, para cualquiera que lo hubiera contemplado, el palacio y su entorno habían sido una de las maravillas del mundo. . ., pero eso había cambiado, sobre todo últimamente. Ahora, la parte superior de la torre principal había desaparecido. Los fragmentos de piedra ennegrecidos y los restos destrozados de enredaderas que pendían aquí y allá revelaban con gran claridad lo intensa que había sido la explosión que la había destruido. No obstante, eso no era lo único que había provocado que ese palacio se transformara en un lugar de pesadilla, sino, más bien, lo que ahora rodeaba por todas partes a ese edificio, que en su día se alzaba imponente, salvo allá donde aquel lago siniestro imponía su dominio.

Había sido una ciudad magnífica, había representado el culmen del reino de los elfos de la noche. Se había expandido por aquel paisaje y había pasado a formar parte de él; las moradas situadas en esos altos árboles y las innumerables habitaciones construidas en la misma tierra habían creado un maravilloso entorno sobre el que se había erigido el palacio. Aquí se había construido Zin-Azshari: “La Gloria de Azshara” en la lengua antigua, la capital del reino de los elfos de la noche. Aquí se había alzado una metrópolis bulliciosa.

Cientos de guerreros demoniacos ataviados con armaduras de la Legión Ardiente peinaban Zin-Azshari mientras otros cuantos centenares más salían por las altas puertas del palacio para sumarse a las tropas que ya habían abandonado la capital. Tenían en sus manos este hermoso reino caído y, si se les presentaba la oportunidad, se extenderían por el resto de aquel mundo, matando todo lo que hallaran a su paso.

La mayoría medía dos metros setenta o más, por lo que se alzaban imponentes incluso por encima de los elfos de la noche de dos metros. A pesar de que unas intensas llamas verdes rodeaban perpetuamente a cada uno de ellos, estas no les hacían ningún daño. Si bien la parte inferior de sus cuerpos era extrañamente delgada, la parte torso era muy ancha. Sus monstruosos semblantes recordaban a unas calaveras provistas de colmillos y cuernos; además, todos poseían a unos ojos rojos como la sangre, con los que contemplaban el paisaje. La mayoría de ellos portaban unos escudos descomunales y puntiagudos, así como unas mazas o espadas relucientes. Se trataba de los guardias viles, quienes conformaban el grueso de la Legión

Por encima de ellos, con unas alas ígneas, los guardias apocalípticos vigilaban el horizonte. Eran muy similares a sus hermanos que se hallaban en tierra, salvo por el hecho de que tenían una altura distinta y parecían más inteligentes; además, volaban de aquí para allá a gran velocidad sobre Zin-Azshari cual buitres a la espera. De vez en cuando, alguno dirigía a los guardias viles de abajo y los enviaba hacia algún lugar donde alguien o algo podría estar escondiéndose.

Junto a los guardias viles, cazaban otras criaturas diabólicas dela legión; la mayoría de ellas eran unas monstruosidades enormes, horrendas y cuadrúpedas, que recordaban vagamente a canes o lobos. Esas abominaciones cubiertas de escamas, con vasto pelaje en los lomos, olfateaban ese suelo arrasado no solo con sus colosales hocicos, sino también con un par de tentáculos fibrosos que contaban con unas ventosas en los extremos. Las bestias viles corrían entre esa carnicería con un gran entusiasmo y, de vez en cuando se detenían a olfatear algún cadáver destrozado antes de proseguir su camino.

Pero mientras sucedía esto más allá del terreno del palacio, en la torre ubicada más al sur, tenía lugar una escena más serena, aunque no por ello menos horrenda. Dentro de ella, los Altonatos (Así se llamaba a los que servían directamente a la reina de los elfos de la noche) habían formado un circulo y se encontraban inclinados sobre m patrón hexagonal grabado en el suelo. Las capuchas de esas túnicas turquesas elegantemente bordadas les tapaban el rostro, del que solo podían verse sus ojos plateados carentes de pupila…, unos ojos teñidos ahora de un inquietante fulgor rojo.

Los elfos de la noche mascullaban repetitivamente las poderosas palabras de aquel conjuro sobre aquel símbolo. Un aura espantosa y verde los rodeaba, impregnando sus mismas almas. Aunque sus organismos se veían sometidos a una tremenda tensión por culpa del esfuerzo, no flaquearon. Aquellos que habían mostrado alguna flaqueza en el pasado habían sido eliminados a esas alturas. Ahora, únicamente los más duros manejaban la magia oscura extraída del lago situado fuera de aquellos muros.

— Más rápido, ordenó con voz ronca una figura de pesadilla situada más allá de aquel círculo brillante. — Esta vez hay que lograrlo…

Ese colosal demonio, provisto de colmillos con unas manos enormes con forma de garras y que poseía unas alas coriáceas que ahora llevaba plegadas, caminaba con cuatro patas titánicas. De manera impaciente, golpeaba el suelo con una cola de reptil tan gruesa como el tronco de un árbol, abriendo grietas en las robusta piedra. Casi rozaba el techo con esa cabeza que recordaba a un sapo mientras se abría paso entre los guardias viles, que eran mucho más pequeños y se apartaban de su camino sabiamente, para poder ver mejor lo que ocurría. La melena llameante y verde que le nacía en la coronilla y le llegaba hasta la punta de cada una de sus rechonchas pezuñas centellaba intensamente cada vez que daba un paso, con el cual hacía que la tierra se estremeciera.

Bajo un ceño prominente pero carente de cejas, unos orbes siniestros del mismo torvo color verde contemplaban sin parpadear esa escena. Él que dirigía a los elfos de la noche en esa inquietante tarea, estaba acostumbrado a infundir miedo, no a sentirlo. Aun así en esa noche tempestuosa el demonio llamado Mannoroth se veía dominado por esa emoción perturbadora. Su amo le había dado una orden y él había fallado a la hora de llevarlo a cabo. Nunca había sucedido algo así, pues él era Mannoroth uno de los comandantes de los elegidos del Magno…

— ¿Y bien? —preguntó el demonio alado con una voz atronadora a los elfos de la noche.

— ¿Acaso debo arrancarle la cabeza a otro más de vosotros, patéticas alimañas?

Un elfo de la noche cubierto de cicatrices ataviado con la armadura verde bosque de la guardia de palacio, se atrevió a hablar:

— Si haces algo así de nuevo, ella no lo aprobará, mi Señor.

Mannoroth se volvió hacia aquel tipo presuntuoso. Su fétido aliento golpeó el rostro enjuto de aquel soldado cuya cabeza estaba protegida por un casco

— Si decidiera ofrecerle tu cabeza. ¿También se quejaría capitán Varo’then?

— Es más que probable, respondió el ello de la noche con un semblante totalmente imperturbable.

El demonio extendió el brazo y mostró una mano enorme, lo bastante grande como para agarrar con ella el cráneo entero del capitán Varo’then, incluido el casco. Con unos dedos provistos de garras rodeó la cabeza del elfo y…, acto seguido, los apartó. El amo de Mannoroth le había ordenado que la reina de los elfos de la noche, así como todos aquellos que fueran importantes para ella, no debían sufrir daño alguno, puesto que eran unos peones muy importantes para el Señor de la Legión Ardiente

Al menos, por ahora.

Varo’then era uno de los pocos seres a los que Mannoroth no podía tocar, a él menos que a nadie. Tras la muerte del concejero de la reina Lord tura Xavius, el capitán se había convertido en el enlace con ella.

Siempre que la gloriosa Azshara decidiera no obsequiar con su magnífica presencia a aquellos que trabajaban en la cámara, el capitán de la guardia ocupaba su lugar. Varo’then informaba sucintamente a su señora de todo lo que veía u oía, y en el poco tiempo que Mannoroth había podido observar a la reina, había llegado a la conclusión de que no era una cabeza hueca como algunos podrían haber imaginado. Poseía una astucia que escondía muy bien bajo una actitud lánguida, pero no lo suficiente. El demonio sentía curiosidad por saber que pretendía hacer con ella su amo cuando por fin pisara este mundo.

Si es que por fin, lograba hollarlo.

El portal que daba a ese otro lugar, ese reino entre mundos y dimensiones donde la Legión Ardiente deambulaba entre una incursión y otra, se había colapsado ante un asalto mágico. Esa misma fuerza había destrozado la torre en la que, en un principio, habían aunado esfuerzos los demonios y los Altonatos. Aunque Mannoroth seguía sin saber con exactitud qué había sucedido, varios supervivientes de ese ataque destructor habían hablado de que había sido obra de un enemigo invisible, el cual también había asesinado al consejero. Mannoroth albergaba ciertas sospechas sobre quién podía ser ese intruso invisible, por lo que ya había despachado a unos cuantos cazadores para que partieran en su búsqueda. Ahora, estaba concentrado únicamente en restaurar ese portal tan importante a nivel estratégico… si era posible.

— No, pensó. — Lo lograremos.

No obstante, la ardiente bola de energía que flotaba por encima de aquel conjunto de símbolos se había limitado a arder hasta entonces. Cuando el coloso provisto de colmillos miraba en su interior, no percibía la eternidad, no percibía la sobrecogedora presencia de su amo. Lo único que percibía era la nada.

Y la nada suponía que había fracasado y, en la Legión Ardiente, el fracaso significaba la muerte.

— Se están debilitando… —comentó el capitán Varo’then con un tono carente de toda emoción. — Van a volver a perder el control del portal. Mannoroth se percató de que aquel soldado decía la verdad. El monstruoso demonio gruñó y expandió su mente para añadir su poder a ese entramado de hechizos. Pese a que esa intrusión estremeció a los hechiceros Altonatos y estuvo a punto de arruinarlo todo, Mannoroth logró hacerse con el control del grupo y que ese esfuerzo conjunto se centrara de nuevo en ese objetivo común.

— Esta vez lo lograremos. Si, lo…

Bajo su guía, los hechiceros se esforzaron como nunca. La determinación de Mannoroth los espoleó a todos a sumirse en un estado de sumo frenesí. Esos ojos carmesíes se les desorbitaron al máximo y la tensión tanto física como mágica provocó que se estremecieran.

Mannoroth contempló de manera torva e iracunda esa recalcitrante bola de energía, que se negaba a cambiar, que se negaba a permitir que su amo accediera a ese plano. Unas gotas amarillas de sudor bañaron al demonio. La espuma se acumuló en esa boca amplia similar a la de una rana. A pesar de que era consciente de que si fracasaba el Magno quedaría a muchos mundos de distancia, Mannoroth estaba seguro de que sería castigado de algún modo.

Nadie escapaba a la ira de Sargeras.

Con eso en mente, redobló aún más sus esfuerzos, arrebatándoles a los elfos de la noche todo el poder posible. Unos gemidos brotaron del círculo…

De repente, un punto de negrura total se formó en el centro de la esfera llameante. Desde lo más hondo de ella, surgió una voz que se apoderó de la mente de Mannoroth, una voz que le resultaba tan familiar como la suya propia.

— Mannoroth… eres tú…

Pero no la de Sargeras.

— Hemos esperado demasiado tiempo.., dijo en un tono frío y analítico que provocó que incluso en el enorme demonio se encogiera de miedo.

—  El camino debe estar totalmente abierto para él. Yo me ocuparé de que eso se haga ai fín. Prepárate para recibirme, Mannoroth… pues ya voy para allá.

Tras esas palabras, la oscuridad se expandió, transformándose en un enorme vacío que flotaba por encima de ese conjunto de símbolos. No obstante, el portal no era como lo había sido la primera vez que los elfos de la noche lo habían levantado, ya que aquel que hablaba desde el otro reino lo estaba reforzando con su poder. Esta vez no se desmoronaría.

— ¡Arrodíllate! —bramó Mannoroth. Como los hechiceros se hallaban bajo su influencia, no les quedó más remedio que obedecer de inmediato. Los Guardias Viles y los soldados elfos de la noche que se encontraban ahí lo hicieron lo mismo un instante después. Incluso el capitán Varo’then se arrodilló con celeridad.

Si bien el demonio fue el último en arrodillarse, lo hizo con suma deferencia. Casi temía tanto a aquel ser como temía a Sargeras.

— Estamos listos, le informó Mannoroth, quien mantuvo su mirada clavada en el suelo, puesto que cualquier gesto, por leve que fuera, que pudiera ser interpretado como un desafío, podría provocar su muerte entre terribles sufrimientos. Nosotros, los indignos, aguardamos a que te presentes… Archimonde…

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