El Alma Demoniaca – Capítulo Dos

El mundo que él había conocido, el mundo que todos habían conocido, había dejado de existir.

La región central del continente Kalimdor era una llanura devastada. Los demonios habían desatado una carnicería, que se extendía en todas direcciones y había destruido la complaciente y decadente civilización de los elfos de la noche. Cientos, tal vez miles, yacían muertos y la Legión Ardiente seguía avanzando de manera implacable.

Pero no por todas partes, se tuvo que recordar a si mismo Malfurion Tempestira. — Aquí hemos logrado detenerlos e incluso los hemos obligado a retroceder.

El oeste se había convertido en el lugar donde se estaba plantando cara principalmente a la monstruosa invasión. Gran parte del mérito era del propio Malfurion, ya que había sido el principal responsable de que el conjuro de los Altonatos, que había cortado el acceso al poder del Pozo de la Eternidad a todo aquel que se hallara fuera del palacio de la reina Azshara, hubiera sido destruido. Se había enfrentado a lord Xavius, el consejero de la reina, al que había destruido en un combate épico.

No obstante, aunque Lord Kur’talos Cresta Cuervo, el dueño y señor del Bastión del Cuervo Negro y el comandante de las fuerzas de los elfos de la noche, había reconocido ante los líderes ahí congregados que Malfurion había jugado un papel clave en la victoria, este no se sentía un héroe. Durante la batalla, Xavius lo había engañado más de una vez y únicamente gracias a la ayuda de sus compañeros había sido capaz de derrotar al siniestro consejero y a los demonios a los que Xavius servía.

Malfurion Tempestira destacaba entre los elfos de la noche debido a que su melena suelta, que le llegaba hasta los hombros, era de un llamativo color verde oscuro. Únicamente su hermano gemelo, Illidan (con el que compartía unas facciones estrechas y casi lupinas), concitaba más atención. Si bien Malfurion tenía unos ojos totalmente plateados, como era muy normal entre los suyos. Illidan poseía unos orbes relucientes y ambarinos, lo cual se decía que era un presagio de que realizaría grandes proezas; además, Illidan tenía cierta tendencia a vestir con la extravagancia típica de los de su raza, mientras que Malfurion iba ataviado con un atuendo más sencillo; una túnica de tela, un sencillo chaleco de cuero y unas botas que le llegaban a las rodillas. Como había optado por seguir el camino del druidismo, cuyo poder provenía de la naturaleza, Malfurion se habría sentido como un payaso si hubiera pretendido entrar en comunión con los árboles, la fauna y la tierra del bosque yendo vestido como un cortesano pretencioso a punto de participar en un gran baile.

Frunció el ceño e intentó por milésima vez poner punto final a esos pensamientos tan superfluos. El joven elfo de la noche había llegado hasta ese lugar solitario, ubicado en ese bosque todavía virgen de Ga’han, para serenarse y meditar a lo largo de los días siguientes. El descomunal ejército que había reunido Lord Cresta Cuervo pronto iniciaría su marcha…, aunque nadie sabía aún hacia dónde. La Legión Ardiente avanzaba por tantos frentes distintos que las fuerzas del noble podrían viajar en cualquier dirección durante infinidad de años batallando sin parar sin hacer ningún avance de verdad. Lord Cresta Cuervo había convocado a los mejores estrategas para debatir cual era la mejor manera de obtener una victoria decisiva lo antes posible. Cada día de titubeos suponía que más y más inocentes perdían la vida.

Malfurion adoptó un gesto ceñudo mientras intentaba, con más ahínco si cabe, sumirse en un estado de gran paz interior. Lentamente se relajó lo suficiente como para percibir el murmullo de las hojas; ese era el modo en que hablaban los árboles. Haciendo un gran esfuerzo pudo hablar con ellos, aunque por el momento el elfo de la noche se contentó con escuchar esas conversaciones tan melodiosas. El bosque percibía el tiempo de un modo distinto y los árboles reflejaban esa diferencia de un modo muy especial. Sabían que se estaba librando una guerra, pero hablaban sobre ella de una manera abstracta. Aunque eran conscientes de que los demonios habían arrasado otros bosques y eso les preocupaba, las deidades de la floresta que velaban por ellos no habían dado a los árboles de aquel lugar ninguna razón que justificara que debieran preocuparse de verdad. Si algún peligro se acercaba, lo sabrían con prontitud, eso seguro.

Su complacencia enervó una vez más a Malfurion, pues era obvio que la Legión Ardiente era una amenaza para todo ser vivo, no solo para los elfos de la noche. Aunque comprendía porqué el bosque quizá no fuera capaz de entenderlo del todo, seguramente sus protectores sí deberían hacerlo.

Pero ¿dónde estaban Cenarius y el resto?

Cuando había empezado a recorrer el camino del druida, una vida que ningún miembro de su raza había elegido jamás antes que él. Malfurion se había adentrado en lo más hondo de ese bosque, situado en las afueras de la ciudad de Suramar, para buscar al mítico semi-dios. No sabía por qué razón había pensado que sería capaz de dar con tal criatura cuando nadie lo había conseguido hasta entonces, pero al final así había sido. Si bien eso ya fue bastante sorprendente, cuando, además, el señor del bosque se mostró dispuesto a ser su maestro, Malfurion realmente fue incapaz de creérselo.

De ese modo, durante meses, Cenarius había sido su Shan’do, su honorable instructor. Malfurion habría aprendido gracias a él a caminar por el Sueño Esmeralda, ese lugar situado entre el plano mortal el onírico, y a invocar a las fuerzas de la naturaleza para confeccionar conjuros, Malfurion y los demás paladines habrían logrado sobrevivir.

Pero ¿por qué Cenarius y las demás deidades de la floresta no habían apoyado con sus prodigiosos poderosos a los desesperados paladines?

— ¡Ja! Ya sabía yo que estarías aquí.

Esa voz un tan similar a la suya le reveló al instante a Malfurion quien era ese recién llegado. Tras cejar en su empeño de hallar el equilibrio mental, se puso en pie y saludó solemnemente a otro elfo de la noche.

— ¿Illidan? ¿Por qué me has buscado?

— ¿Por qué no iba a hacerlo?

Como siempre, su gemelo llevaba su pelo azul medianoche recogido en una coleta. Iba vestido de un modo que hasta entonces no labia sido habitual en él; con pantalones de cuero y una chaqueta abierta, ambas de un color negro idéntico al de sus altas botas acampanadas Atada a la chaqueta, a la altura del corazón, llevaba una bolsita, sobre la que se había bordado la cabeza de un pájaro ébano rodeada por un anillo carmesí.

Esos ropajes eran nuevos y parecían ser un uniforme. El dibujo de la bolsa era el emblema de la casa de Lord Kur’talos Cresta Cuervo, el nuevo patrón de Illidan.

— Lord Cresta Cuervo va a hacer un anuncio en cuanto llegue la hora del crepúsculo, hermano. He tenido que levantarme temprano para poder dar contigo y llevarte hasta ahí a tiempo para escucharlo.

Al igual que la mayoría de los elfos de la noche, Illidan todavía seguía acostumbrado a dormir durante gran parte del día. Malfurión por otro lado, había aprendido a hacer justo lo contrario para poder extraer poder de un modo mejor de las fuerzas latentes que imbuían la naturaleza por entero. Si bien era cierto que también podía haber estudiado druidismo por las noches, también lo era que a plena luz del día era el momento en que el vínculo de su pueblo con el Pozo de la Eternidad se tornaba más débil. De esta manera, tenía menos posibilidades de sucumbir a la tentación de recurrir a la hechicería cuando intentaba lanzar un conjuro por primera vez, algo que había sido especialmente necesario a lo largo de los primeros días en que Malfurion había estudiado el camino del druida. Ahora se sentía más a gusto de día que de noche.

— De todas formas, estaba a punto de volver, replicó Malfurion, a la vez que se encaminaba hacia su gemelo.

— Si no hubieras estado aquí, habrías dado muy mala imagen. A Lord Cresta Cuervo no le gusta el desorden ni los retrasos de ningún tipo; sobre todo por parte de aquellos que son vitales para sus planes. Y eso lo sabes perfectamente Malfurion.

Aunque los caminos que habían seguido en el estudio de la magia habían divergido hasta seguir direcciones opuestas, ambos hermanos eran expertos en el campo de la magia en la que se habían especializado. El señor del Bastión del Cuervo Negro, tras haber sido salvado de un demonio por Illidan, lo había nombrado su hechicero personal; un rango que normalmente se concedía a un miembro veterano de la Guardia Lunar, los magos maestros de los elfo de la noche, Illidan también había jugado un papel clave a la hora de aplastar el avance de los demonios por el oeste; asimismo, había tomado el control de la Guardia Lunar después de la muerte de su líder y había guiado sus poderes de una manera muy eficaz en el combate contra los invasores.

— Tenía que dejar Suramar —protestó Malfurion. — Me sentía encerrado. No podía percibir el bosque.

— La mitad de los edificios de Suramar están hechos con árboles vivos, así que ¿qué más te daba?

¿Cómo podía explicarle a Illidan las sensaciones que asaltaban su mente cada vez más día tras día? Cuanto más dominaba Malfurion el arte de la magia, más sensible se volvía a cualquier elemento del mundo real. En el bosque, era capaz de sentir la tranquilidad general que emanaban los árboles, las piedras, los pájaros… todo.

En la ciudad, únicamente sentía las emanaciones raquíticas, casi rayanas en la demencia, que su propio pueblo había desatado. Los árboles que ahora eran casas, la tierra y la piedra cuya forma había sido modificada y tallada para convertir ese lugar en una zona habitable para los elfos de la noche…, ya no eran lo que habían sido en su estado natural, por lo cual sus pensamientos eran confusos y se habían encerrado en sí mismos. Ni siquiera se entendían ya a sí mismos, puesto que los constructores los habían alterado sobremanera.

Siempre que Malfurion paseaba por la ciudad. Percibía esa perturbación; no obstante, también sabía que su pueblo (y, de hecho, también los enanos y las demás razas) tenían derecho a fundar y desarrolla sus propias civilizaciones. No cometían ningún crimen al construir casas o al transformar la tierra para poder sacarle un provecho. Después de todo, los animales hacían lo mismo…

Sin embargo, esa sensación de desasosiego iba a peor.

— ¿Deberíamos regresar con nuestras monturas? —inquirió Malfurion, negándose así explícitamente a responder la pregunta de su hermano.

Illidan esbozó una sonrisilla de suficiencia y, a continuación, asintió. Los gemelos caminaron en paralelo por esa elevación boscosa.

Últimamente, muy a menudo, tenían muy poco que decirse, salvo cuando se trataba de cuestiones relativas a los combates. Si bien antaño habían actuado como si fueran un solo ser, ahora tenían muy poco en común, incluso ahora tenían más afinidad con cualquier extraño.

— El dragón pretende dejamos, probablemente para cuando el sol se ponga —comentó Illidan de manera abrupta.

Era la primera noticia que Malfurion tenía al respecto. Se detuvo y contempló boquiabierto a su hermano.

— ¿Cuándo ha dicho eso?

Entre los pocos aliados poderosos con los que contaban los elfos de la noche, se encontraba el colosal dragón rojo llamado Korialstrasz. El joven pero poderoso leviatán, del que se decía que era compañero de Alexstrasza, la Reina de los Dragones, se había presentado ante ellos con un misterioso viajero; el mago de pelo plateado conocido como Krasus. De alguna manera, Korialstrasz y Krasus están unidos de un modo muy profundo, pero Malfurion todavía no había descubierto cómo. Solo sabía que allá donde fuera esa figura pálida y flaca vestida de gris, el gigante alado lo seguía. Juntos habían demostrado ser una fuerza imparable capaz de lograr que los demonios huyeran presa del pánico y habían despejado el camino para que los paladines pudieran avanzar.

Sin embargo, cuando se encontraban separados, ambos parecían hallarse a las puertas de la muerte…

Malfurion había decidido no indagar en ninguna de sus cuestiones, en parte a que ambos habían optado por ayudar a los elfos de la noche, aunque también porque respetaba a los dos y le caían bien. Aunque ahora Korialstrasz pretendía marcharse, eso podría ser una terrible pérdida para los elfos de la noche.

— ¿El maestro Krasus partirá con él?

— No, se va a quedar con el maestro Rhonin.

Illidan pronunció ese nombre con el mismo respeto que su hermano había pronunciado el de Krasus. Rhonin, el mago de pelo rojo como el fuego, había venido con el mago de más edad desde las mismas tierras ignotas; un lugar sobre el que a veces hablaban brevemente cuando relataban ciertos hechos relacionados con sus propias experiencias con la Legión Ardiente. Al igual que Krasus, Rhonin era un mago con grandes conocimientos, aunque de aspecto mucho más joven. El taumaturgo barbudo vestía una adusta ropa de viaje de color azul casi tan conservadora como la de Malfurion, pero eso no era lo único que lo hacía destacar entre los que lo rodeaban. Si bien Krasus podía ser confundido con un elfo de la noche (aunque fuera uno muy pálido y de aspecto enfermizo), Rhonin, que era tan pálido como el, pertenecía a una raza que nadie conocía. Afirmaba ser un humano, pero algunos miembros de la Guardia Lunar habían divulgado que, según sus conocimientos, era algún tipo de enano que había crecido hasta ser mucho más alto que sus congéneres.

Fueran cuales fuesen sus raíces, Rhonin se había convertido en una pieza tan clave como Krasus y el dragón. Utilizaba la magia del Pozo con tal intensidad y habilidad que incluso superaba a la Guardia Lunar. Y lo que era aún más importante, había acogido a Illidan bajo su protección y le había enseñado mucho. Illidan creía que eso era debido a que Rhonin había visto que atesoraba un gran potencial, pero Malfurion comprendía que el extraño de la capa también lo había hecho para refrenar la impetuosidad de su gemelo. Si se le dejaba campar a sus anchas, Illidan tenía cierta tendencia a poner en peligro no solo su propia vida, sino también la de sus camaradas.

— No es una buena noticia, Illidan.

— No, no loes obviamente, —replicó su gemelo de ojos ambarinos, — Pero ya nos las ingeniaremos. Alzó una mano para que Malfurion pudiera ver una aura roja la envolvía. — Contamos con nuestros propios poderes. Illidan hizo desaparecer el aura.

Aunque dé la impresión de que te muestras un tanto reticente a aprovechar al máximo lo Cenarius te enseñó.

Con aprovechar al máximo, el hermano de Malfurion se refería a lanzar hechizos que desataban el caos no solo entre el enemigo, sino en el paisaje y todo aquello que se hallara en medio. Illidan seguía sin entender que el camino del druida requería colaborar con el sereno equilibrio de la naturaleza y que no consistía en alterarlo.

— Haré lo que pueda de la manera que debo hacerlo. Si tú…

No obstante, Malfurion no pudo explayarse más, puesto que en ese momento, una figura que parecía salida de una pesadilla descendió de un salto de un árbol y se plantó delante de ellos.

El guardia vil abrió sus espantosas fauces y les rugió a ambos. La armadura flamígera que portaba no provocó que Malfurion sintiera calor, sino que más bien hizo que el elfo de la noche sintiera un frio que le heló el alma. Con la espada en ristre, el demonio cornudo arremetió contra el adversario más cercano, contra Illidan.

— ¡No! —exclamó Malfurion apartando a su hermano a un lado, al mismo tiempo que invocaba al bosque y el cielo para que acudieran en su ayuda.

Un viento repentino e intenso azotó al demonio, que voló como una hoja varios metros hacia atrás. Impactó contra un árbol cuyo tronco se resquebrajó, y cayó al suelo.

Como si se tratara de los tentáculos de un calamar gigante, las raíces de todos los árboles de los alrededores se retorcieron y dirigieron hacia el atacante aturdido. El demonio intentó incorporarse, pero de repente tenía los brazos, las piernas, el torso y la cabeza clavados al suelo. Aunque se revolvió, lo único que logró fue que se le cayera el arma.

En cuanto lograron reducir a su presa, las raíces volvieron a hundirse inmediatamente en la tierra, atravesando en el proceso al demonio.

Un grito ahogado sibilante fue lo único que brotó de los labios del monstruoso asesino antes de que las raíces lo decapitaran. Un icor verde manó de esas espantosas heridas. Como si se trataba de un rompecabezas que alguien acabara de lanzar al suelo, las diversas partes del demonio cayeron rodando hacia los que habían sido sus objetivos.

No obstante, mientras Malfurion se ocupaba del primero, dos guardias viles más descendieron de un salto de los árboles. Illidan lanzó una maldición, se incorporó de rodillas y señaló al más cercano.

Un demonio que se estaba abalanzando sobre él giró abruptamente con su maza y sacudió a su camarada, aplastando así el cráneo de su desprevenida víctima con un golpe terrible.

De improviso, Malfurion intuyó un grave peligro. Se le erizaron los pelos del cogote y miró hacia atrás.

Una bestia cuadrúpeda descomunal se abalanzó sobre él. Un par de tentáculos que se retorcían en el aire y provistos de unas ventosas repletas de dientes en sus extremos se le clavaron en el pecho. Una hilera tras otra de colmillos amarillentos ocupó todo su campo de visión. Un hedor similar al de la carne putrefacta le invadió las fosas nasales.

Se hallaba en un apuro espantoso, pero entonces oyó a Illidan gritar; sin embargo, su grito se vio interrumpido por algo que se asemejaba vagamente al aullido de un can.

Los habían engañado, habían hecho que se centraran en el ataque frontal para que un adversario aún peor pudiera atacarles por detrás y los sorprendiera con la guardia baja. Las bestias habían estado preparadas para echarse encima de ellos en cuanto se presentara la oportunidad. Malfurion chilló mientras esas ventosas vampíricas absorbían literalmente la magia que albergaba su organismo del mismo modo que esos dientes en breve iban a rasgarle la carne. Para cualquier taumaturgo, las bestias viles eran un enemigo especialmente insidioso, ya que cazaban a aquellos que poseían el don de la magia, a los que arrebataban todas sus energías hasta que no quedaba nada más que un cascarón vacío. Y lo que era aún peor, si devoraban suficiente energía, esos canes demoníacos eran capaces de multiplicarse varias veces, reproduciéndose así como si fueran una epidemia maligna.

Pese a que intentó arrancarse esos tentáculos, se habían aferrado a él con fuerza. El elfo de la noche notó que sus fuerzas menguaban…

„.Y entonces, lo único que oyó fue un ruido que recordaba al chapoteo de la lluvia.

La bestia vil se estremeció. Los tentáculos soltaron a su presa y se agitaron en el aire hasta que, con un leve gemido, el demonio cayó a un lado y estuvo a punto de desplomarse sobre el brazo de Malfurion.

El elfo de la noche parpadeó en un intento de contener las lágrimas y descubrió que más de una decena de flechas afiladas sobresalían de la gruesa piel de la bestia vil. Cada una de ellas había sido lanzada con suma destreza para alcanzar las zonas más vulnerables. El demonio había muerto incluso antes de iniciar la caída al suelo.

De más arriba, del bosque, surgieron más de cuarenta jinetes ataviados con armaduras de color verde grisáceo, que iban montados sobre unas panteras negras con dientes de sable a las que llamaban sables de la noche. Estos felinos colosales corrían entre los árboles con una agilidad y velocidad que prácticamente ninguna otra criatura podía igualar.

— ¡Despliéguense! —gritó un joven oficial cuya voz le resultaba familiar a Malfurion. — ¡Cerciórense de que no haya más!

Los soldados reaccionaron con rapidez, pero también con cautela. Malfurion agradeció ese detalle, puesto que era consciente de que al ser de día, no estaban en su mejor momento. Aun así, el druida no podía negar que poseían unas destrezas admirables; además, le habían salvado la vida.

El oficial se acercó cabalgando hasta Malfurion y tirando de las riendas del felino hizo que este se detuviera, a pesar de sus bufidos. Aunque a los sables de la noche tampoco les gustaba la luz, poco a poco, iban a acostumbrándose a tolerarla.

— ¿En esto va a consistir mi destino?, preguntó aquel elfo de la noche de facciones un tanto redonda el cual parecía estar escrutando a Malfurion con sumo detenimiento, aunque este último sabía que eso se debía en parte, simplemente, a que ese oficial de mirada plateada tenía los ojos rasgados. — ¿En intentar evitar que acaben siendo masacrados? —Debería haberle implorado a mi señor que me permitiera seguir ocupando mi puesto en el Cuerpo de Centinelas de Suramar.

— Entonces, este combate habría tenido un resultado muy distinto, capitán Cantosombrío, replicó Malfurion.

— No…, eso nunca habría ocurrido, ¡puesto que Lord Cresta Cuervo jamás me habría dejado volver al Cuerpo de Centinelas de Suramar! ¡Por lo visto cree que la misma Madre Luna me eligió para guardarles las espaldas a sus sirvientes más especiales! — Tú volviste a Suramar acompañado por mí, una sacerdotisa novicia de Elune, un mago misterioso. y un dragón, capitán. Me temo que, debido a eso, te hemos dejado marcado ante los ojos de Lord Cresta Cuervo y los demás comandantes, pues nunca volverán a considerarte un mero oficial de los centinelas.

Cantosombrío esbozó un gesto de contrariedad.

— No soy ningún héroe, maestro Malfurion. Tú y los demás son capaces de matar demonios con solo agitar una mano en el aire. Yo me limito a intentar que sigan manteniendo la cabeza sobre los hombros para que puedan seguir haciéndolo.

Jarod Cantosombrío había tenido la desgracia de capturar a Krasus cuando éste había intentado entrar en Suramar. El mago había utilizado al capitán para obtener ayuda, lo que había tenido como consecuencia que Malfurion y los demás, incluido Korialstrasz, estuvieran juntos por fin. Desafortunadamente para el bueno del oficial, su voluntad de cumplir siempre con su deber lo había llevado a acompañar al prisionero durante todo aquel incidente, eso, sobre todo, era lo que había tenido en cuenta lord Cresta Cuervo cuando había decidido que sus taumaturgos necesitaban a alguien velara por ellos. De ese modo, Jarod Cantosombrío se había visto obligado a presentarse “voluntario” para comandar un contingente de soldados curtidos, la mayoría de los cuales tenían mucha más experiencia militar que él mismo.

— No era necesario que lanzaras esa carga, le espetó Illidan mientras se acercaba a su hermano. — Tenía la situación bajo control.

— Seguía mis órdenes, maestro Illidan. De hecho ustedes se habían ido por su cuenta, contraviniendo las instrucciones de nuestro señor. Po suerte los vi marcharse. Cantosombrío posó la mirada de nuevo sobre Malfurion. — Y en cuanto descubrí cuanto tiempo llevaban desaparecidos…

— Humff… —fue lo único que acertó a responder Illidan.

A los gemelos les importaba un bledo que Lord Cresta Cuervo hubiera exigido que los vigilaran constantemente, y esa era una de las pocas cosas en la que ambos habían estado de acuerdo a lo largo de los últimos días. Esa decisión lo único que había logrado era que ansiaran aún más escaparse. En el caso de Malfurion, eso era consecuencia de la propia índole de su vocación; en el caso de Illidan, eso se debía a que no tenía paciencia para soportar todas esas infinitas reuniones. A Illidan los planes de batalla no le importaban lo más mínimo; solo quería ir a destruir demonios.

Solo que esta vez… los demonios habían estado a punto de acabar con él. Ni Malfurion ni él habían percibido que se hallaban cerca, lo cual era algo nuevo y aterrador. La Legión Ardiente había aprendido a camuflar de un modo mejor a sus asesinos. Incluso el bosque había ignorado la presencia de esos seres corruptos que pululaban por él. Eso no presagiaba nada bueno para las futuras batallas.

Uno de los soldados se acercó a lomos de su felino hasta Cantosombrío. Tras saludarlo, le dijo:

— El área está despejada, capitán. No hay ni rastro de más…

Un grito estremecedor retumbó por todo el bosque.

Malfurion e Illidan se giraron y corrieron hacia el lugar del que procedía. Jarod Cantosombrío abrió la boca para ordenarles que volvieran, pero al instante la cerró y espoleó a su montura a seguirlos.

No podían ir muy lejos. A poca distancia, un poco más dentro del bosque, el grupo ahí congregado se detuvo ante una escena dantesca. Uno de los sables de la noche yacía en el suelo, con el torso desgarrado y las entrañas desparramadas. Los ojos vidriosos del enorme felino se hallaban clavados en el cielo sin ser capaces de ver ya nada. El animal había muerto no más de un par minutos antes, o tal vez incluso menos.

Sin embargo, no había sido esa bestia la que había proferido ese chillido capaz de helar la sangre. No, había sido el soldado que ahora se encontraba clavado con su propia espada a un robusto roble. Las piernas del elfo de la noche pendían en el aire a varios centímetros del suelo. Al igual que el felino, le habían desgarrado el pecho de un modo metódico, a pesar de que vestía una armadura. Bajo sus pies yacían gran parte de las vísceras que le habían caído. Tenía la boca abierta y sus ojos eran iguales totalmente a los orbes con la mirada vacía de la pantera.

Un ansioso Illidan escrutó los alrededores, pero Malfurion agarró con una robusta mano a su hermano del hombro y negó con la cabeza.

— Hagamos lo que ha dicho el capitán. Volvamos. Ya.

— Bajen ese cuerpo de ahí. —ordenó Cantosombrío, cuyo rostro había perdido su pigmentación violácea en parte. Acto seguida señaló a los gemelos. — ¡Quiero que los rodee un grupo de escota de inmediato! Después, el capitán se inclinó hacia ambos y añadió con cierta impaciencia. — Si no les importa, por supuesto.

Malfurion evitó que su hermano replicara. Los dos ascendieron por la pendiente obedientemente en dirección a sus monturas, gran parte del grupo de escolta los rodeaba constantemente como una manada de lobos rodearía a una presa. A Malfurion le resultaba irónico que, a pesar de que él y su hermano poseían más poder que todos esos soldados juntos, con casi toda seguridad habrían muerto si Jarod Cantosombrío no hubiera intervenido.

Todavía tenemos mucho que aprender, pensó el joven druida mientras se acercaba a su sable de la noche. Todavía tengo mucho que aprender.

No obstante, daba la impresión de que los demonios no iban a permitir a nadie contar con ese tiempo tan valioso que se necesitaba para aprender.

Krasus había vivido más que cualquiera que le rodeaban. Su silueta larguirucha y su pelo plateado dejaban entrever la sabiduría que había ido acumulando con el paso del tiempo, pero únicamente si se le miraba detenidamente a los ojos uno era capaz de atisbar lo realmente profundos que eran los conocimientos del mago y lo hondo que era su experiencia.

Los elfos de la noche pensaban que aquel ser pertenecía a otra rama de su propia raza, una especie de albino o mutante. Se parecía a ellos bastante, a pesar de que sus ojos se asemejaban más a los de un enano, puesto que tenía pupilas. Sus anfitriones aceptaban sus “deformidades” como una prueba que indicaba que poseía un gran dominio de la magia. Krasus utilizaba las artes arcanas mucho mejor que todos miembros juntos de la aclamada Guardia Lunar, y había una buena razón para ello.

No era un elfo de la noche, ni siquiera era un mero elfo… Krasus era un dragón.

Y no un dragón cualquiera, sino una versión de más edad del mismo leviatán con el que compartía gran parte de su tiempo, de Korialstrasz.

El mago encapuchado no había venido con el pelirrojo Rhonin de una tierra lejana, como le había explicado a otros, sino que, de hecho, tanto él como el mago humano venían de un futuro muy, muy lejano, de una época posterior a la segunda y decisiva batalla contra la Legión Ardiente. Sin embargo, no habían viajado en el tiempo por voluntad propia. Los dos habían estado investigando una curiosa y perturbadora anomalía en las montañas, cuando esta los había engullido y los había arrojado a través del tiempo y el espacio hacia la Kalimdor del pasado.

Aunque tampoco eran los únicos. Un orco (el veterano guerrero Broxigar) también había sido engullido por la misma anomalía. El pueblo de Brox también había luchado contra los demonios en esa segunda ocasión y su Jefe de Guerra lo había enviado con otro de los suyos a investigar algo que había visto un chamán en una inquieta pesadilla. Como el compañero de Brox había acabado destrozado al verse atrapado en el borde de la anomalía, el viejo orco quedó abandonado a su suerte cuando llegó al pasado.

Poco a poco, las circunstancias habían hecho que el dragón y el humano (quienes anteriormente habían sido enemigos) acabaran jumos. No obstante, las circunstancias no les habían proporcionado una manera de regresar al futuro, y eso ero lo que más preocupaba a Krasus por encima de todo lo demás.

— Vuelves a estar meditabundo. —dijo el dragón con una voz potente.

— Simplemente, estoy preocupado por tu inminente partida. —contestó Krasus a su yo joven.

El dragón rojo asintió con su descomunal cabeza. Ambos se encontraban en las amplias y sólidas almenas de Bastión del Cuervo Negro, la imponente ciudadela desde la que Lord Cresta Cuervo comandaba a sus fuerzas. Al contrario que los hogares extravagantes y alegres de sus contemporáneos, la residencia de Cresta Cuervo tenía aire muy marcial. El Bastión del Cuento Negro había sido tallado en una gruesa roca de ébano, lo que dotaba a esa estructura de una solidez sin parangón. Todas las cámaras tanto exteriores como subterráneas habían sido excavadas en la piedra. Para muchos, Cuervo Negro era una fortaleza inexpugnable.

Para Krasus, que conocía la monstruosa furia de la Legión Ardiente, no era más que otro castillo de naipes.

— No deseo partir —afirmó el dragón rojo, — Pero solo capto silencio entre los nuestros. Ni siquiera percibo a mi amada Alexstrasza. Tú más que nadie deberías entender que necesito descubrir la verdad.

Si bien Korialstrasz sabía que su compañero era un dragón como él, aún no había averiguado que era su yo futuro. Únicamente su reina y compañera, la Madre de la Vida, sabía la verdad y no se la había contado a su nuevo consorte, con lo cual le había hecho un favor a él…. o más bien, a su yo de mayor edad.

Krasus también era capaz de sentir ese vacío, por lo cual aceptaba que su yo joven tuviera que marcharse volando para descubrir la causa que lo había provocado, aunque eso significara que ambos corrieran un gran riesgo. Juntos eran un arma muy poderosa, a la que Lord Cresta Cuervo tenía en gran estima. Mientras Korialstrasz lanzaba llamaradas sobre los demonios, Krasus podía expandir esas llamas hasta transformarlas en una auténtica lluvia de fuego, pudiendo así matar a un centenar o más de enemigos con una sola exhalación de aliento ígneo. Pero cuando estaban separados, se sentían débiles y enfermos de tal modo que ambos acababan prácticamente desprovisto de todo poder y se sentían impotentes.

Los últimos vestigios de luz desaparecieron en el horizonte. Para entonces, la zona que rodeaba el edificio era un hervidero de actividad. Los elfos de la noche no se atrevían a caer en la complacencia en ningún momento, ya fuera de día o de noche. Demasiados habían perecido en un primer momento por haberse dejado llevar por sus hábitos. Aun así, la oscuridad siempre era bienvenida, ya que, si bien seguían unidos al Pozo de la Eternidad, los elfos de la noche también se veían reforzados por las energías de la luna y las estrellas.

— He estado pensando —dijo Krasus, al mismo tiempo que el viento acariciaba sus estrechas facciones. Por mor de su inmenso tamaño, Korialstrasz no podía entrar en el Bastión del Cuervo Negro. Sin embargo, como esa estructura de piedra era muy sólida, podía permanecer posado encima de ella. Por eso mismo, Krasus también había optado por dormir ahí, con una fina manta como único elemento que le proporcionaba cierto confort. Asimismo, comía cuando era debido y se pasaba casi todo el tiempo que estaba despierto en las almenas, únicamente descendía cuando así lo dictaba el deber. Para otras cuestiones, recurría a Rhonin, el único ahí, aparte de él, que realmente comprendía su situación. — Tal vez haya una manera de que podamos viajar juntos —prosiguió…, — Por así decirlo.

— Me muero de ganas de oír tu propuesta.

— Tienes, al menos, una escama suelta, ¿verdad?

El dragón extendió las alas y se sacudió como un perro enorme. Sus escamas repiquetearon de manera cadenciosa. El gigante frunció su gran ceño en cuanto se detuvo y, acto seguido, se detuvo a escuchar. Entonces, giró ese cuello serpentino para examinar una zona situada cerca de su pata trasera derecha.

— Aquí tengo una, o eso creo.

Normalmente, los dragones perdían escamas del mismo modo que otras criaturas perdían pelo. Las áreas expuestas solían encallarse y, al final, solían transformarse en nuevas escamas. A veces cuando más de una se desprendía, el dragón debía tener cuidado, ya que la carne blanda era, durante un tiempo, vulnerable a las armas y el veneno.

— Me gustaría quedármela…, con tu permiso.

Korialstrasz tal vez no hubiera accedido si se hubiera tratado de cualquier otro ser, pero había llegado a confiar en Krasus tanto como en sí mismo. Algún día, Krasus esperaba contarle la verdad, siempre que lograran sobrevivir hasta que llegara ese momento.

— Es tuya. —replicó el gigante carmesí sin ningún reparo. Con una pata trasera Korialstrasz rascó en ese sitio. Momentos después la escama suelta cayó al suelo.

Krasus la cogió rápidamente, la escrutó y decidió que serviría a su propósito. Alzo la mirada hacia su compañero.

— Y ahora, debo darte algo a cambio.

— Oh, eso no es necesario…

Pero el mago dragón sabía que eso no era así; le inquietaba que pudiera pasarle algo a su yo joven por culpa de Krasus y su injerencia en los acontecimientos del pasado.

— Sí lo es.

Apartó a un lado esa escama tan grande como una cabeza, clavó la mirada en su propia mano izquierda y se concentró.

Esos dedos finos y elegantes se arrugaron de repente, se transformaron en algo más propio de un reptil. Su piel se cubrió de escamas; primero en la punta de los dedos, luego se extendieron velozmente por toda la mano hasta la muñeca. Unas garras afiladas y curvas brotaron allá donde un instante antes solo había habido unas uñas planas…

Mientras esa transformación tenía lugar, Krasus sintió una tremenda agonía. Se retorció de dolor y estuvo a punto de desmoronarse. De manera instintiva, Korialstrasz hizo ademán de agarrar a esa diminuta figura, pero el mago le indicó con la mano que se apartara.

— ¡Sobreviviré!

Jadeando y todavía retorciéndose de dolor, Krasus se agarró la mano que había alterado e intentó arrancarse algunas de esas diminutas escamas, las cuales se le resistieron. Al final, apretó los dientes y tiró de un par de ellas lo más fuerte posible.

Las dos se desgarraron, dejando un rastro de sangre en el dorso de ese monstruoso apéndice. La demacrada figura tragó saliva con dificultad y, de inmediato, dejó que la mano revirtiera a su forma original, en cuanto eso sucedió, el dolor menguó.

Krasus ignoró esa herida que se había infligido a sí mismo y examinó con detenimiento ambos premios. Con una vista más aguda que la de cualquier elfo de la noche, buscó la menor de las imperfecciones.

— Ya sabes que lo que nos aflige a ambos no te permite adoptar tu forma natural al igual que a mí no me permite transformarme en nada que no sea un dragón —le reprendió Korialstrasz, — Corres un terrible riesgo cuando intentas llevar a cabo algo así.

— Era necesario —replicó Krasus, dando la vuelta a esos fragmentos, a la vez que fruncía el ceño. — Esta está agrietada —masculló, mientras dejaba que la escama en cuestión fuese arrastrada por el viento, pero la otra está perfecta.

— ¿Qué pretendes hacer con ella?

— Debes confiar en mí.

El dragón parpadeó.

— ¿Alguna vez no lo he hecho?

Con la diminuta escama en la mano, el mago se acercó a esa parte del cuerpo de Korialstrasz de la que este se había arrancado la suya. Esa zona seguía enrojecida y blanda; además, era lo bastante grande como para que cualquier buen arquero pudiera acertar en ella.

Al mismo tiempo que susurraba unas palabras más antigua que los dragones, Krasus colocó esa escama sobre el centro de esa zona herida y apretó.

La escama centelleó con una luz amarilla muy brillante justo en cuanto tocó la carne. Korialstrasz profirió un grito ahogado, pero esa fue su única reacción. El dragón se limitó a observar con determinación lo que estaba haciendo su compañero.

Krasus recitó esas palabras antiguas una y otra vez a modo de cántico; a cada repetición, aumentaba la velocidad a la que las pronunciaba. La escama palpitó y con cada palpitación parecía hacerse más y más grande. En solo unos segundos, era prácticamente igual que las que la rodeaban.

— Se adherirá a tu carne en cuestión de segundos. —le informó Krasus al leviatán. — Será imposible que se desprenda.

Un momento después, retrocedió y examinó el fruto de sus esfuerzos. El dragón volvió la cabeza para hacer lo mismo.

— No siento nada raro. —comentó el leviatán.

— Espero que no sea lo único que sientas. Ahora yo porto una parte de ti conmigo y tú, a tu vez, portas una parte de mí contigo. Rezo para que las magias sinérgicas que conforman este hechizo nos permitan hallarnos en un estado parecido, al menos en parte, al que nos encontramos cuando estamos uno en compañía del otro.

Korialstrasz desplegó las alas.

— Solo hay una manera de saberlo.

Krasus se mostró de acuerdo; si querían descubrir si el conjuro había funcionado o no, tendrían que alejarse el uno del otro.

— Entonces, me despido, mi buen Korialstrasz.

La enorme bestia agachó la cabeza.

— Lo mismo digo.

— Alexstrasza…

— Le hablaré sobre ti y lo que deseas, Krasus. — El dragón observó detenidamente a esa diminuta figura. — Albergo ciertas sospechas sobre de qué manera estamos relacionados, pero respeto que no debas revelarme ciertos secretos. Aunque hay una cosa que he sabido enseguida; que la amas tanto como yo a ella. Exactamente igual que yo.

Krasus no dijo nada.

— En cuanto pueda, te informare como se encuentra. —el dragón se aproximó al borde de las almenas y alzo la vista hacia el cielo. — Hasta que volvamos a vernos sangre de mi sangre.

Tras esas palabras, el titán carmesí dio un salto y se elevó en el aire.

Sangre de mi sangre… Krasus adoptó un gesto ceñudo al reflexionar sobre las palabras que había escogido Korialstrasz. Para los dragones esa expresión quería decir que tenían un vínculo muy estrecho; no se refería a que fueran camaradas o pertenecían a un mismo clan, sino a que tenían una relación aún más estrecha, como si fueran hermanos y hubieran pertenecido a la misma nidada o fueran padre e hijo.

O… fueran el mismo ser en dos cuerpos distintos…

Krasus se conocía a sí mismo mejor que nadie. No tenía ninguna duda de que su yo joven era inteligente. Si bien Korialstrasz intuía la verdad, el mago no tenía ni idea de lo que eso podría suponer para ambos.

Súbitamente, lo dominó una sensación de debilidad. A pesar de que los ojos enseguida se le llenaron de lágrimas, Krasus intentó agarrar la escama de Korialstrasz. En cuanto la cogió, el dolor y el agotamiento lo abandonaron en parte. Sin embargo, no le bastaba con tocarla, sino que tenía que mantenerla cerca de él para que lo vigorizara lo máximo posible.

El mago dragón mostró su pecho desnudo al frío viento nocturno y se colocó la enorme escama sobre la piel. Una vez más, masculló esas palabras antiguas, invocando así ciertas fuerzas que ningún elfo de la noche podría comprender, ni mucho menos emplear.

La misma aura dorada brilló alrededor de la escama. Krasus tembló y tuvo que hacer un gran esfuerzo para mantener el equilibrio.

Tan rápido como había aparecido, el aura se desvaneció. Se miró el pecho con detenimiento, en cuyo centro se hallaba ahora el regalo de despedida que le había dado su yo más joven.

Una leve sensación de agotamiento seguía dominándolo, aunque tanto eso como el tenue dolor que también sentía no suponían un sufrimiento insoportable para Krasus. Ahora, al menos, podría caminar entre los demás sin ser objeto de su piedad. Ahora podría luchar junto a ellos contra esos demonios. El mago se preguntó, por qué no se le había ocurrido esa solución antes; entonces, se acordó de que si lo había hecho, pero solo se había tomado la molestia de llevar esa idea a la práctica cuando Korialstrasz había expresado su intención de partir en busca de los demás dragones.

Según parece, resulta difícil despedirse de uno mismo. Oh, como se habría reído Rhonin ante esa muestra de arrogancia. La ironía de la situación provocó que hasta el mismo Krasus se riera entre dientes.

A Alexstrasza también le habría encantado esa broma, puesto que, en más de una ocasión, había sugerido que se entrometía constantemente en los asuntos de las razas inferiores por puar vanidad, pero este acto era la máxima expresión de todos…

Una repentina oleada de vértigo lo asaltó.

Hizo todo lo posible para evitar caerse de las almenas. El ataque concluyó rápidamente, pero las secuelas de este llevaron a que Krasus acabara apoyado en la muralla de piedra, jadeando con dificultad durante más de un minuto.

Cuando por fin pudo permanecer erguido el mago dragón clavó su mirada en algún lugar situado más allá del Bastión del Cuervo Negro, más allá de Suramar.

En la distante y siniestra Zin-Azshari.

Krasus tenía constantemente muchos encantamientos activos sin que nadie lo supiera; varios de ellos estaban diseñados para poder estar al tanto de que conjuros podían estar confeccionando otros hechiceros. Sin soberbia alguna, podía afirmar que él era el ser con mayor capacidad para percibir los cambios de intensidad en las fuerzas mágicas del mundo; no obstante, ni siquiera él había estado preparado para un cambio de tal magnitud.

Lo han logrado… susurró, con la mirada clavada en esa ciudad que ahora no podía ver. El portal se ha abierto de nuevo para que entre la Legión Ardiente.

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