El Pozo de la Eternidad – Capítulo Doce

-¡Debes permanecer en el templo!- Insistió Illidan.

-¡Malfurion piensa que es lo mejor y yo también lo creo!-

Pero Tyrande no se tambaleó. – ¡Tengo que saber lo que está pasando! ¡Viste cuántos montaron en su persecución! Si los capturan. –

-No lo harán.- Él entrecerró los ojos, el sol cegador no era en absoluto de su agrado. Podía sentir su poder menguar, sentir la adrenalina de la magia desvanecerse. A Illidan no le gustaba ese tipo de sensaciones. Saboreó la magia en todas sus formas. Esta había sido una de las razones por la que había tratado de seguir el camino de los druidas. eso, y el hecho de que lo que Cenarius supuestamente le había enseñado, no se vería afectado por la noche o el día.

Se mantuvieron peligrosamente cerca de la plaza, un lugar donde Tyrande había insistido en regresar cuando la situación se hubiera calmado un poco. La Guardia Lunar y los soldados habían cabalgado después que Malfurion, dejando sólo un par de ellos para que inspeccionaran la jaula en busca de pistas. Eso habían tratado de hacer, pero no encontraron nada para rastrear a los culpables, así como había esperado Illidan. En verdad, se consideraba a sí mismo al menos, tan competente como cualquiera de los más honorables hechiceros, o incluso más.

-Debería montar después de. –

¿Nunca iba a rendirse? – ¡Si lo haces nos arriesgarás a todos! ¿Quieres que ellos lleven a esa criatura que tienes por mascota al Bastión Cuervo Negro y a Lord Ravencrest? Lo que importa es que es posible que ellos nos lleven. –

Illidan de repente cerró la boca. Desde el extremo opuesto de la plaza habían ingresado varios jinetes acorazados… y en la delantera, el propio Lord Kur’talos Ravencrest.

Era demasiado tarde para esconderse. A medida que el comandante elfo de la noche pasó por delante, con su mirada adusta se fijó primero en Tyrande, y entonces en su compañero.

Al ver a Illidan, Ravencrest hizo un alto repentino.

-Te conozco, muchacho… Illidan Stormrage. ¿No es así?- Sí, mi señor. Nos reunimos una vez.-

– ¿Y esto?-

Tyrande se inclinó. – Tyrande, sacerdotisa novicia del templo de Elune…-

Los elfos de la noche montados hicieron respetuosamente la señal de la luna. Ravencrest amablemente reconoció a Tyrande, luego volvió su mirada una vez más a Illidan. – Recuerdo nuestro encuentro. Estabas estudiando las artes, entonces…- Él se frotó la barbilla. – Todavía no eres un miembro de la Guardia Lunar, ¿Verdad?-

Que Ravencrest le hiciera esa pregunta de tal manera indicaba que él ya sabía la respuesta. Es evidente que después de su primer encuentro había echado un ojo sobre Illidan, algo que hizo que al joven elfo de la noche más orgulloso e inquieto.

No había hecho nada que justificara atraer la atención del comandante. – No, mi Lord.-

-Entonces estás libre de algunas de tus restricciones, ¿No es así?- Las restricciones a las que se refería el comandante tenían que ver con los juramentos que cada hechicero hacia al entrar en la orden mítica. La Guardia Lunar era una entidad propia en sí y debía total lealtad a proteger a la reina… lo que significaba que no estaba en la entera disposición de aquellos como Lord Ravencrest.

-Supongo que si.- Bien. Muy bien. Entonces quiero que viajes con nosotros.-

Tanto Tyrande como Illidan se miraron confundidos. Probablemente temiendo por la seguridad de Illidan, la joven sacerdotisa dijo: – Lord Ravencrest, nos sería un honor…-

No consiguió decir más. El comandante elfo de la noche levantó una mano amablemente para hacerla callar. – No hermana, a pesar de que la bendición de la Madre Luna siempre es bienvenida. No, es con el muchacho con quien hablo ahora.-

Tratando de no demostrar su creciente ansiedad, Illidan preguntó: – Pero, ¿Para qué me necesita, mi Lord?- ¡Por el momento, investigar sobre el escape de la criatura que había estado encerrada aquí! La noticia sobre su fuga vino a mí hace unos momentos.

Suponiendo que no ha sido capturada aun, tengo algunas ideas de cómo encontrarla. Y puede ser que necesite la ayuda de un poco de magia, sin embargo, aunque la Guardia Lunar es capaz, prefiero alguien que escuche mis órdenes.-

Rechazar una solicitud de un elfo de la noche de alto rango como Ravencrest habría sido sospechoso, pero unirse a él arriesgaría a Malfurion. Tyrande miró disimuladamente a Illidan, tratando de leer sus pensamientos. Él por su parte, deseaba que ella pudiera decirle el mejor camino que tomar.

Aunque en realidad, sólo había una opción. – Sería un honor unirme a ustedes, mi Lord.-

-¡Excelente! ¡Rol’tharak! ¡Una montura para nuestro joven amigo hechicero!-

El oficial en cuestión trajo un sable de la noche libre, casi como si Ravencrest hubiera estado esperando a Illidan todo el tiempo. El animal se agachó para que su nuevo piloto pudiera montarse encima.

-El sol está casi sobre nosotros, mi Lord.- Comentó Rol’tharak a Ravencrest mientras él dejaba las riendas de la bestia al hermano de Malfurion.

-Veremos que hacer… no es así, eh, ¿Hechicero?-

Illidan entendió muy bien el mensaje. Sus poderes serían más débiles en la luz del día, pero el comandante todavía estaba seguro de que sería de gran utilidad. La confianza que tenía Ravencrest en Illidan, dio un grado de ego en su cabeza.

-No le fallaré, mi Lord.- ¡Esplendido, muchacho!-

A medida que se montaba encima de la pantera, Illidan le dio una mirada rápida a Tyrande, lo que indica que no debía preocuparse por Malfurion y el orco. Él viajaría con Ravencrest y ayudaría en todo lo que pudiese, siempre y cuando la pareja pudiese todavía escapar.

Tyrande dio una breve pero agradecida sonrisa de era toda la recompensa que él podía haber deseado. Sintiéndose muy bien consigo mismo, Illidan hizo una seña al comandante de que estaba listo.

Con un gesto y un grito, Lord Ravencrest lideró las fuerzas armadas. Illidan se inclinó hacia delante, decidido a seguir el ritmo del noble. De alguna manera complacería a Ravencrest mientras que al mismo tiempo mantendría a su hermano altruista a salvo de que sea enviado al Bastión Cuervo Negro. Malfurion conocía las tierras boscosas, lo que significaba que probablemente se mantendría por delante de los soldados y de la Guardia Lunar, pero en la terrible posibilidad que la persecución se topase con el gemelo de Illidan y la criatura de Tyrande, Illidan tenía que al menos considerar sacrificar a Brox para salvar a su hermano. Tyrande llegaría a entender eso. Él haría lo que pudiera para evitar eso, pero la sangre venia primero…

Como solía ocurrir, una niebla mañanera cubría el paisaje. La espesa niebla se disiparía pronto, pero eso significaba más esperanza para Malfurion. Illidan mantuvo su mirada en el camino por delante, preguntándose si era el mismo que su hermano había tomado. Podría ser que la Guardia Lunar ni siquiera había tomado la dirección correcta, lo que significaba que él y Lord Ravencrest ahora seguían un camino inútil.

Pero mientras corrían más y más por las tierras boscosas, la niebla daba paso al camino despejado rápidamente. El sol de la mañana parecía tan ansioso de drenar el poder de Illidan como lo hizo para drenarlo lejos de la niebla, pero él apretó los dientes y trató de no pensar en lo que esto significaba. Si se trataba de una especie de demostración de hechicería, no pretendía decepcionar a los nobles. La caza del orco había llegado a ser la excusa de Illidan para hacer nuevas conexiones dentro de la alta jerarquía de los elfos de la noche, y que tenía algo que ver con el escape de Brox.

Pero justo cuando llegaron a la cima de una colina, algo más abajo hizo a Illidan fruncir el ceño y a Lord Ravencrest maldecir. El comandante de inmediato frenó su montura, el resto hizo lo mismo. Más adelante parecía haber una serie de peculiares montículos dispersos a lo largo del sendero. Los elfos de la noche con cautela descendieron al otro lado de la colina, Ravencrest y sus soldados mantuvieron sus armas preparadas. Illidan de repente rezó para que no hubiese sobreestimado sus habilidades durante el día.

-¡Por los benditos ojos de Azshara!- Murmuró Ravencrest.

Illidan no pudo decir nada. Sólo podía quedarse boquiabierto ante la carnicería que se había revelado a medida que se acercaban.

Por lo menos media docena de elfos de la noche, incluyendo dos de la Guardia Lunar, yacían muertos ante los recién llegados, sus cuerpos despedazados y, en el caso de los dos hechiceros, aparentemente exprimidos por alguna fuerza vampírica. Los dos de la Guardia Lunar no parecían más que un fruto marchito dejado al sol demasiado tiempo. Sus formas demacradas estaban estiradas en posiciones de mayor agonía y que claramente habían luchado a lo largo de sus terribles y horrorosas experiencias.

Cinco sables de la noche también yacían muertos, algunos con sus gargantas arrancadas, los otros destripados. De las panteras restantes, no había ni rastro.

-¡Yo tenía razón!- Dijo Ravencrest bruscamente. – ¡Esa criatura de piel verde no estaba sola! ¡Debió haber habido dos docenas y más hacer esto… y con la Guardia Lunar presente!-

Illidan no le prestó atención, preocupado más con lo que le podría haber ocurrido a Malfurion. Esto no podía ser obra de su hermano ni de un orco. ¿Y si Lord Ravencrest tenía razón? ¿Brox habría traicionado a Malfurion, y lo llevó con sus compañeros salvajes?

-¡Debería haber matado a la bestia, cuando tuve la oportunidad!- Pensó Illidan, su puño se apretó y sintió que su rabia alimentaba sus poderes. Dado un objetivo,

Illidan podría demostrar su poder de hechicería a los nobles.

Entonces, uno de los soldados notó algo a la derecha de la carnicería. – ¡Mi Lord! ¡Venga a ver! ¡No he visto nada como esto!-

Girando sus animales alrededor, Illidan y Ravencrest miraron con los ojos abiertos a la bestia que el otro elfo de la noche había encontrado.

Era una criatura de pesadilla, con algunos aspectos de lobo en la forma, pero monstruosamente distorsionado, como si algún Dios loco lo hubiese creado en las profundidades de su locura. Incluso en la muerte la criatura no perdió algo de su horror inherente.

-¿Qué hacemos con esta criatura, hechicero?-

Por un momento, Illidan olvidó que él era la fuente de la sabiduría mágica ahí. Sacudiendo la cabeza, respondió con toda honestidad: – No tengo ni idea, Lord Ravencrest… ni idea.-

Sin embargo alguien había tratado fuertemente con el terrorífico monstruo, atascando una lanza improvisada abajo de su garganta y es probable asfixiándolo hasta la muerte.

Una vez más los pensamientos de Illidan se dirigieron hacia su hermano, la última vez que supo de él lo vio partir por este bosque. ¿Malfurion había hecho esto? Parecía poco probable. ¿Y si su gemelo en vez de eso estaba muy cerca, desgarrado con tanta facilidad como los dos de la Guardia Lunar?

-Muy curioso.- Murmuró Ravencrest. De repente se enderezó, mirando a su alrededor. – ¿Dónde está el resto del primer grupo?- Preguntó sin dirigirse a nadie en particular. – ¡Debería haber el doble de lo que encontramos!-

Como si quisiera responder a su pregunta, un débil soplido de un cuerno sonó desde el sur, donde el bosque bajaba bruscamente, llegando a ser más traicionero para atravesar.

El comandante señaló con su espada en la dirección que sonó el cuerno. – ¡Por ese camino!… Pero tengan cuidado… ¡Puede que hayan más de esos monstruos alrededor!-

El grupo comenzó a bajar por el sendero, cada miembro, incluido Illidan, observando el bosque cuidadosamente con temor. El cuerno no sonó de nuevo, no era en absoluto una buena señal.

Varios metros más abajo, se encontraron con otro sable de la noche, de un lado totalmente abierto por garras salvajes, su lomo también roto por dos enormes robles en los que se había estrellado. A poca distancia, otro de la Guardia Lunar yacía presionado contra una enorme roca, su cuerpo demacrado y su expresión de horror dio un escalofrió incluso los fríos soldados de Lord Ravencrest.

-Quietos…- Ordenó el noble en silencio. – Mantengan el orden…-

Una vez más, el cuerno sonó débilmente, esta vez mucho más cerca y justo delante.

El grupo siguió el camino hacia allá. Illidan tenía la horrible sensación de que algo en particular les observaba, pero cada vez que miraba a su alrededor, no veía más que árboles.

-¡Otra criatura, mi Lord!- El elfo de la noche Rol’tharak gritó, señalando justo por delante.

Efectivamente, una segunda bestia infernal yacía muerta, su cuerpo tendido como si incluso en la muerte siguiese buscado otra víctima. Además de una nariz aplastada y un hombro desgarrado, tenía varias marcas extrañas, que parecían sogas en sus patas. Lo que la había matado sin embargo, había sido la serie de estocadas certeras en la garganta por las espadas de los elfos de la noche. Una todavía permanecía encajada en la bestia.

Más cerca se encontraron con otros dos soldados, los guerreros altamente entrenados del reino destrozados como muñecos de trapo. La frente de Illidan se frunció con perplejidad. Si los elfos de la noche habían logrado matar a los dos monstruos, entonces, ¿Dónde estaban los sobrevivientes?

Momentos más tarde, se encontraron con lo que restaba.

Un soldado sentado apoyado contra un árbol, con el brazo izquierdo desgarrado. No había hecho nada para vendar la inmensa herida. Se quedó mirando sin ver a los recién llegados, el cuerno estaba en la única mano que le quedaba. La sangre cubría su torso.

Junto a él estaba el otro sobreviviente -si con sobrevivir significaba tener la mitad de la cara destrozada y una pierna torcida en un ángulo imposible.- Su respiración era entrecortada, su pecho apenas subía.

-¿Estás ahí?- Gritó Ravencrest al soldado del cuerno. – ¡Mírame!-

El sobreviviente parpadeó lentamente, luego tornó su mirada hacia la del noble.

-¿Esto es todo? ¿Hay alguien más?-

El sobreviviente malherido abrió la boca, pero ningún sonido escapó de ella.

-¡Rol’tharak! ¡Mire sus heridas! ¡Dele agua si lo necesita!- ¡Sí, mi Lord!- ¡El resto de ustedes ábranse en abanico! ¡Ahora!-

Illidan se quedó con Ravencrest, observando cautelosamente como los otros se establecían en lo que esperaba ser un perímetro de seguridad. Que muchos de sus compañeros, entre ellos tres hechiceros, hayan sido masacrados con tanta facilidad no hizo nada bien para la moral.

-¡Habla!- Gritó Ravencrest. – ¡Te lo ordeno! ¿Quién fue el responsable? ¿Fue el prisionero fugado?-

Ante esto, el sangriento soldado soltó una carcajada salvaje, sobresaltando tanto a

Rol’tharak que dio un paso atrás.

-¡N… no vio a esas cosas, m… mi Lord!- Respondió la figura mutilada.

-¡Probablemente se devoraron a. a sí mismos!- ¿Entonces fueron esos monstruos? ¿Esos perros?- El elfo de la noche malherido asintió.

-¿Qué pasó con la Guardia Lunar? ¿Por qué no detuvieron a esas cosas? Seguramente podrían incluso durante el día…-

Y otra vez el soldado malherido se echó a reír. – ¡M… mi Lord! ¡Los hechiceros eran las presas más fáciles… !-

Con esfuerzo, la historia salió. Los soldados y la Guardia Lunar habían perseguido a la criatura que se fugó y otro sujeto, una figura no identificada a través del bosque, siguiendo sus huellas, incluso a través de la niebla y la llegada del sol. No habían visto realmente a la pareja, pero estaban seguros de que sería sólo cuestión de tiempo antes de que los alcanzaran.

Entonces, inesperadamente, habían encontrado a la primera bestia.

Nadie había visto nunca nada igual. Incluso muerto había inquietado a los elfos de la noche. Hargo’then, el hechicero líder, había sentido algo mágico en la criatura.

Había mandado al resto a esperar unos pasos detrás de él mientras se acercaba para investigar el cadáver. Nadie había alegado.

-Una cosa antinatural.- Había dicho Hargo’then mientras comenzaba a desmontar de su montura. – Tyr’kyn…- Llamó entonces a uno de los otros de la Guardia Lunar.

-Quiero que…-

Fue entonces cuando la segunda bestia cayó sobre él.

– ¡Venía de salir detrás de los árboles más cercanos, m… mi Lord… y fue directamente por… por Hargo’then! M… mató a su montura de un golpe con sus g… garras y e… entonces…-

El hechicero no tuvo ninguna oportunidad. Antes de que los sorprendidos elfos de la noche pudieran reaccionar, dos terribles tentáculos salieron de la espalda de la criatura y fueron hacia el hechicero, adhiriéndoseles como sanguijuelas al pecho y la frente de Hargo’then. El líder de la Guardia Lunar gritó como ningún elfo de la noche antes lo había escuchado y delante de sus ojos se había marchito de repente como una cáscara seca y flácida, desechada rápidamente por la babeante monstruosidad de cuatro patas.

Finalmente cuando se recuperaron de su sorpresa, los otros elfos de la noche

tardíamente cargaron contra la bestia, buscando por lo menos vengar la muerte de Hargo’then.

Pero muy tarde se dieron cuenta de que ellos también por detrás estaban siendo perseguidos por una tercera bestia. Los atacantes se habían convertido en atacados, atrapados entre ambas fuerzas demoníacas.

La masacre resultante había sido clara para los recién llegados. La Guardia Lunar había perecido con rapidez, sus habilidades mágicas debilitadas por el día los hicieron presas mucho más atractivas. A los soldados les había ido un poco mejor, al menos sus espadas habían tenido algún efecto sobre los demonios.

Cuando el sobreviviente terminó su relato, se hizo menos coherente. En el momento que llegó a la conclusión, donde él y otros tres se habían unido a este punto, fue todo lo que Lord Ravencrest e Illidan pudieron entender de sus divagaciones.

Rol’tharak miró hacia arriba. – Se desmayó de nuevo, mi Lord. Me temo que no se volverá a despertar.-

-Haga lo que pueda por aliviar su dolor. Revise al otro también.- El noble frunció el ceño. – Quiero echar otro vistazo al primer cadáver. Hechicero, acompáñeme.-

Illidan siguió a Ravencrest a lo largo del sendero. Dos guardias se desprendieron de sus deberes para seguir al par. Los otros soldados continuaron inspeccionando la zona, tratando sin éxito de encontrar a más sobrevivientes.

-¿Qué piensas de la historia?- Preguntó el veterano comandante a Illidan. – ¿Has oído hablar de esas cosas?- Nunca, mi Lord… aunque yo no soy parte de la Guardia Lunar y por lo tanto no estoy al tanto de todos sus conocimientos arcanos.- ¡Pues que bien les hizo todo su conocimiento! ¡Hargo’then siempre fue muy confiado! ¡La mayor parte de la Guardia Lunar lo es!-

Illidan dio un ruido evasivo.

-Ahí está…-

La bestia macabra parecía como si todavía pretendiese eliminar la estaca de su garganta. A pesar de las heridas abiertas que llevaba, la criatura estaba desprovista de cualquier animal carroñero ansioso, incluso volador. Hasta la vida en el bosque parecía repelida por el intruso muerto.

Dirigiéndose a los dos soldados, Ravencrest ordenó: – Comprueben el camino que tomamos. A ver si el sendero que siguió el primer grupo y el nuestro continuaba. Aun quiero a esa bestia de piel verde… ¡Ahora más que nunca!-

En tanto los otros dos soldados cabalgaban, Illidan y el noble desmontaron, este último también desenvainando su espada. Los sables de la noche no estaban en absoluto cómodos en permanecer tan cerca del cadáver, por lo que sus pilotos los llevaron a un grueso árbol a poca distancia y les ataron las riendas en él.

Una vez de vuelta en el cadáver, Lord Ravencrest se arrodilló. – ¡Simplemente horrible! En todos mis años, nunca me había enfrentado a algo así tan bien diseñado para la matanza…- Levantó un tentáculo de cuero. – Curiosa cosa. ¡Así que esto es lo que utilizó para succionar a Hargo’then! ¿Qué es lo que hacemos de ella?-

Tratando de no retroceder ante la extremidad empujada a su cara, Illidan logró decir:

-N… naturaleza vampírica, mi Lord. Algunos animales beben sangre, pero éste busca la energía mágica.- Miró a su alrededor. – El otro tentáculo ha sido arrancado.- Sí, así parece. Probablemente por un animal… –

Mientras el noble continuaba con su horripilante examinación, Illidan pensó en la muerte de la monstruosa bestia. El soldado informó de que la primera había sido encontrada muerta. Para rápida mente del joven elfo de la noche, eso significaba que los únicos que podrían haber matado fueron Malfurion y Brox… y a juzgar por la lucha física que se había tenido lugar, Illidan habría apostado más por el poderoso orco.

A un lado, los felinos eran cada vez más insistentes en sus protestas por estar tan cerca de la criatura. Illidan trató de excluir los sonidos de sus gruñidos, todavía preocupado por su hermano. No habían visto ningún otro cadáver salvo el primero y el segundo de las tres bestias mencionadas, pero…

Enderezándose de nuevo, Illidan dijo: – ¡Lord Ravencrest! Nunca encontramos ninguna señal de…-

Los gruñidos de los sables de la noche aumentaron su intensidad.

Illidan sintió algo detrás de él.

Se lanzó hacia un lado, chocando accidentalmente con el noble desprevenido. Ambos cayeron al suelo, el elfo de la noche más joven cayendo sobre el comandante. La espada de Ravencrest voló violentamente, cayendo mucho más allá del alcance de cualquiera.

La enorme figura con garras que había saltado hacia Illidan aterrizó en dirección al cadáver de la otra bestia.

-En el nombre de. – Logró decir Ravencrest. Los sables de la noche lucharon para atacar, pero con sus riendas atadas, se mantuvieron alejados los felinos de ser una ayuda.

Recuperándose primero, Illidan levantó la vista para ver a la criatura infernal girar e intentar un segundo ataque. Había pensado que el muerto era lo suficientemente aterrador, pero al ver a uno con vida y que se lanzaba sobre él casi hizo a Illidan huir del pánico.

Pero en lugar de saltar de nuevo, la bestia horrorosa de repente azotó a Illidan con los dos tentáculos encima de su espalda. Los recuerdos de las cascaras secas que una vez fueron poderosos miembros de la Guardia Lunar llenaron la mente del elfo de la noche.

Sin embargo, como los tentáculos enormes buscaban su magia, buscó en su propio cuerpo, y el instinto de supervivencia se hizo cargo. Recordando cómo un tentáculo de la bestia muerta había sido arrancado, Illidan ideó rápidamente un plan de ataque.

No trató de atacar al monstruo directamente, sabiendo lo poco que eso ayudaría. Sería simplemente ir y que la bestia absorbiera el hechizo de Illidan y quizá le siga drenando directamente de su cuerpo. En cambio, Illidan decidió lanzar un hechizo sobre la espada perdida de Lord Ravencrest, que se encontraba fuera de la vista de su enemigo infernal.

La espada animada se elevó rápidamente en el aire y comenzó a dar vueltas, girando cada vez más rápido. Illidan dirigió la espalda hacia la criatura, con el objetivo de cortar esos terribles tentáculos parasitarios.

Con una precisión milimétrica, la espada giratoria se lanzó a través de los hombros del gigante con colmillos, cortando ambos tentáculos tan simple como se podría cortar un poco de hierba.

Con un aullido enloquecedor, la bestia se sacudió como perro. Espeso líquido verdoso se derramó sobre sus hombros y su parte trasera. La bestia gruñó, su inquietante mirada se fijó sobre quien lo había herido.

Envalentonado por su éxito y con menos miedo ahora que el peligro contra su hechicería había sido eliminado, Illidan dirigió la espada de Ravencrest de vuelta contra la bestia. A medida que el monstruo se preparaba para saltar sobre él, el joven elfo de la noche sonrió oscuramente a este.

Con una fuerza aumentada por su intensa voluntad, enterró el arma en el duro cráneo de la criatura.

El salto del monstruo se tambaleó, tropezó torpemente. Una mirada vidriosa llenó sus horribles orbes. La enorme bestia dio dos pasos vacilantes hacia Illidan… entonces cayó como un bulto inerte.

Un gran agotamiento venció al joven elfo de la noche, pero mezclado con un sentimiento de gran satisfacción y de triunfo. Lo había hecho con tan poca vacilación que incluso tres de la Guardia Lunar habían fallado en hacerlo. Eso lo había aprendido de sus errores, a Illidan no le importaba. Sólo sabía que él mismo había luchado contra un demonio y vencido fácilmente.

– ¡Bien hecho! – Una fuerte palmada en su espalda casi lo envía tropezando hacia el monstruoso enemigo. Mientras Illidan luchaba para mantener el equilibrio, Lord Ravencrest pasó junto a él para admirar el trabajo de su compañero. – ¡Un espléndido contraataque! ¡Remover el mayor peligro, y luego dar un golpe mortal mientras el enemigo trataba de recuperarse! ¡Espléndido!-

El noble puso una bota en una extremidad del demonio y luchó para retirar su espada. Desde el camino cabalgaban los dos guardias y más atrás de Illidan, otros gritos cuando comprendieron, que la amenaza se encontraba con el resto del grupo.

– ¡Mi Lord!- Gritó uno de los dos guardias. – Escuchamos…-

Rol’tharak se precipitó. – ¡Lord Ravencrest! ¡Mató a una de las bestias! ¿Está herido?-

Illidan esperaba que Ravencrest tomara el crédito -después de todo, el arma del noble fue la que atravesó la cabeza del monstruo- pero en lugar eso el viejo elfo de la noche extendió su mano y señaló al hermano de Malfurion. – ¡No! ¡Aquí se destaca él, quien, después de arriesgarse a quitarme del camino de la criatura, se enfrentó fácilmente al peligro con apenas una preocupación por su propia vida! ¡Tenía razón sobre ti desde el principio, Illidan Stormrage! ¡Eres más capaz que una docena de la Guardia Lunar!-

Sus mejillas se oscurecieron, el joven elfo de la noche aceptó los elogios del poderoso comandante. Años de oír cómo esperaba ser un héroe, un campeón para su gente, habían puesto una pesada carga sobre sus hombros. Sin embargo, ahora, Illidan sentía como si su destino por fin se hubiera revelado… y lo había hecho con la magia innata que casi había rechazado por los hechizos druidas más lentos y más sutiles que Cenarius le había estado enseñando.

-Fui un tonto a rechazar mi herencia.- Se dio cuenta Illidan. – El camino de Malfurion nunca fue destinado a ser el mío. Incluso durante el día, la hechicería elfa de la noche es mía para dominarla…-

Eso le animó en realidad, porque él se había sentido extraño tomando el camino de su hermano. ¿Qué héroe de leyenda se había registrado siguiendo los pasos de otro? Illidan tenía la intención de liderar.

Los soldados -soldados veteranos y capaces de Lord Ravencrest- lo miraron con un nuevo y saludable respeto.

-¡Rol’tharak!- El noble llamó. – ¡Siento que la suerte está conmigo este día! ¡Quiero que dirija la mitad de los soldados por el camino! ¡Todavía podemos encontrar al prisionero y al que lo dejó en libertad! ¡Vaya ahora!- ¡Sí, mi Lord!- Rol’tharak reunió a varios soldados, luego, después de que todos habían montado, les dirigió en la dirección que Malfurion y Brox probablemente habían ido.

Illidan apenas pensó en su hermano, ya asumiendo que el retraso que aquí había dado era todo el tiempo que Malfurion necesitaba para perder a sus perseguidores.

Él pensaba en Tyrande, quien no sólo estaría muy satisfecha por haber retrasado a los captores, sino también se impresionaría por el gran elogio que Lord Ravencrest le había dado al él.

Y parecía que el noble tenía más que conferirle ahora que pensaba que le había salvado la vida. Caminando hasta Illidan, Ravencrest puso una mano enguantada en el hombro del elfo de la noche, y luego dijo: – Illidan Stormrage, la Guardia Lunar puede ser ignorante de tu destreza, pero yo no lo soy. ¡Por lo que te nombro como uno del Bastión Cuervo Negro… y mi hechicero personal! ¡Como tal, estás un rango más allá de la Guardia Lunar, igual a cualquiera de los suyos y sin tener obedecer cualquiera de sus órdenes! ¡Responderás sólo a mí y a nuestra reina, la Luz de Luces, Azshara!-

El resto de los elfos de la noche puso su mano izquierda al pecho e inclino la cabeza en honor a la mención de la reina.

– Es… un honor… mi Lord…- ¡Ven! ¡Montemos de vuelta inmediatamente! ¡Quiero reunir una fuerza superior para llevar estos cadáveres a Bastión Cuervo Negro Mantenga! ¡Esto debe ser investigado a fondo! ¡Si vamos a ser invadidos por alguna horda infernal, tenemos que aprender todo lo que podamos, y luego alertar a su majestad!-

Atrapado en su euforia, Illidan prestó escasa atención a cualquier mención de Azshara. Si lo hubiera hecho, podría haber tenido por lo menos una ligera preocupación, ya que fue por ella que Malfurion había desafiado la ira del nuevo líder de su hermano. Fue ella a quien Malfurion insistió que estaba involucrada en la locura que podría resultar catastrófica para toda la raza elfa de la noche.

Pero por el momento, lo único que podía pensar Illidan era: – He encontrado mi destino, por fin…-

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