El Pozo de la Eternidad – Capítulo Siete

Sus captores se hicieron aún más aprensivos… y para Rhonin, eso los hizo más que una amenaza.

Tenía mucho que ver con el nuevo tramo de bosque al que acababan de entrar. Esta zona era diferente para Rhonin en comparación con los tramos oscuros que habían cruzado hasta ahora. Aquí sus captores no se parecían tanto a los amos de la tierra como ocurrió contra los intrusos no deseados.

El alba se acercaba rápidamente. Él y Krasus, que parecía estar todavía inconsciente, habían sido atados y arrojados sin miramientos en la parte posterior de uno de los animales. Ambos empujados por la enorme pantera que amenazaba con romper las costillas del hechicero, pero se obligó a no hacer algún sonido o movimiento que revelara a los elfos de la noche que estaba despierto.

Sin embargo, ¿Qué importa si supieran? Ya había intentado varias veces lanzar un hechizo, pero en sus intentos se había ganado sólo un gran dolor de cabeza. Alrededor de su garganta le habían colocado un pequeño amuleto esmeralda, una cosa de aspecto sencillo que era la fuente de su frustración. Cada vez que trataba de concentrarse demasiado en sus hechizos, sus pensamientos comenzaban a ser todos confusos y las sienes le palpitaban. Ni siquiera podía quitarse el amuleto. Los elfos de la noche lo habían asegurado bien. Krasus llevaba uno también, pero parecía que sus captores no temían de él. Rhonin también vio lo que había pasado cada vez que su antiguo mentor había tratado de ayudar en la lucha. Krasus tenían menos dominio sobre su poder que Rhonin, una noción inquietante.

— Este no es el camino que tomamos. — Gruñó el líder lleno de cicatrices, quien el humano había oído ser llamado Varo’then. — Este no es el camino que debíamos tomar… —

— Pero nos hemos devuelto tal y como debimos, mi capitán. — Respondió uno de los otros. — No hubo ninguna desviación… —

— ¿Esto luce como las agujas de Zin-Azshari en el horizonte? — Espetó Varo’then. — No veo nada más que estos malditos árboles, Koltharius… ¡Y hay algo que no me gusta de ellos! ¡De algún modo, incluso con nuestros ojos penetrantes y el conocimiento del camino, nos hemos dirigimos hacia otro lugar! —

— ¿Hay que dar marcha atrás? ¿Devolvernos por este camino? —

Rhonin no podía ver el rostro del capitán, pero podía imaginar la expresión de frustración.

— No…No…No… —

Sin embargo, mientras Varo’then aún no estaba listo para renunciar a la ruta, el hechicero estaba empezando a preocuparse por él mismo. Con cada paso en la espesa e imponente selva, sentía una presencia cada vez mayor, una presencia del tipo que Rhonin nunca había experimentado antes. En cierto modo, le recordaba cómo se sentía con Krasus, cuando el dragón mago se contactó con él, pero esto fue más… mucho más.

¿Pero qué?

— El sol está casi sobre nosotros. — Murmuró otro de los soldados.

Por lo que Rhonin había comprobado hasta ahora, sus captores podían actuar durante el día, aunque no les gustaba. En cierto modo, les debilitaba. Eran criaturas mágicas —incluso si individualmente no podían manejar gran parte de ella— pero su magia tenía que ver con la noche. Si pudiera librarse del amuleto una vez que salga el sol, Rhonin creía que las probabilidades girarían de nuevo a su favor.

Asegurándose de que nadie miraba, disimuladamente negó con la cabeza. El amuleto iba y venía, pero no se deslizaba. Rhonin finalmente intentó empujando su cabeza en alto, con la esperanza de que pudiera dañar la pieza. Corría el riesgo de ser notado por sus captores, pero era una posibilidad que tenía que tomar.

En la penumbra de la madrugada, un rostro miró hacia él desde el follaje cercano.

No… La cara era parte del follaje. Las hojas y las ramas forman las características, incluso creaban una frondosa barba. Los ojos eran bayas y una brecha entre la vegetación representaba lo que parecía una maliciosa boca.

Desapareció entre los arbustos tan rápido como había aparecido, por lo que Rhonin se preguntó si simplemente lo había imaginado. ¿Un truco de la luz que venía? ¡Imposible! No con tanto detalle.

Y sin embargo…

El roce de un arma siendo extraída de su vaina le llamó la atención. Uno a uno, los elfos de la noche se preparaban para una batalla que no entendían, pero sabían que se avecinaba. Incluso los feroces felinos detectaron problemas, no sólo porque tomaron un ritmo rápido, sino por sus espaldas arqueadas y sus feroces dientes al descubierto.

Varo’then de repente señaló a su derecha:

— ¡Por ese camino! ¡Por ese camino! ¡Rápido! —

En ese momento, el bosque entero cobró vida.

Enormes ramas y follajes de espesor bajaron, ocultando los rostros de los jinetes. Arbustos saltaron, volviéndose cortas y agiles figuras con silenciosos y sonrientes rostros verde. El suelo del bosque parecía enredar las garras de cada pantera, enviando a más de un piloto al suelo. Los elfos de la noche gritaron imprudentemente unos a otros, tratando de organizarse, en cambio sólo lograron más caos.

Un gemido se hizo eco cerca. Rhonin sólo echó un vistazo, pero estaba seguro de que había visto un enorme árbol inclinarse y barrer a dos elfos de la noche y sus monturas con su gruesa copa frondosa.

Gritos y maldiciones llenaban el bosque mientras Varo’then trataba de recuperar el mando de su grupo. Aquellos elfos que se mantuvieron sentados en sus monturas durante la confusión, intentaron no solo cortar el follaje a su alrededor, sino también mantener sus alteradas panteras bajo control. A pesar de su tamaño, los grandes felinos claramente no les gustó a lo que se enfrentaban, a menudo jalaban hacia atrás, incluso cuando sus jinetes insistían en que se movieran hacia adelante.

Varo’then gritó algo y de repente, unos tentáculos violetas de energía radiante salieron como una flecha en varios puntos de la selva. Uno chocó contra un arbusto cercano, convirtiendo instantáneamente a la criatura en un infierno. Sin embargo, a pesar de su aparente muerte horrorosa, la criatura siguió adelante sin pausa, dejando un rastro de llamas a su paso.

Casi de inmediato, el viento, que había sido casi inexistente antes de esto, aulló y rugió como si estuviese furioso por el asalto. Sopló con tal fuerza que la tierra, ramas de árboles rotas y hojas sueltas volaron en grandes cantidades llenando el aire y oscureciendo la vista de los elfos de la noche. Las llamas se extinguieron, ellos hubiesen salido lastimados de este fenomenal rescate como les hubiese pasado antes de esto. Una enorme rama golpeó al elfo de la noche que estaba al lado de Varo’then.

— ¡Reagrúpense! — Gritó el capitán con cicatrices.

— ¡Reagrúpense y retirada! ¡Dense prisa, maldita sea! —

Una mano frondosa cubrió la boca de Rhonin. Miró de nuevo la misma cara que estaba oculta en los arbustos. Detrás de él, sintió otras manos sujetando sus piernas.

Con un empujón bastante brusco, deslizaron al mago hacia delante.

La pantera que lo llevaba se dio cuenta de esto y rugió. Más figuras de arbustos pequeñas como se abalanzaron alrededor de la bestia, hostigándola. Mientras el mundo se sacudía a su alrededor, Rhonin divisó a Varo’then girando hacia atrás para ver lo que estaba sucediendo. El elfo con el ceño fruncido, maldijo al ver que sus prisioneros estaban siendo capturados, pero antes de que pudiera levantar una mano para detenerlos, más ramas bajaron, enredando los brazos y la cara del capitán, cegándolo.

Las criaturas arbusto agarraron a Rhonin mucho antes de que hubiera estado en peligro de golpear su cabeza en el suelo. En silencio y de manera eficiente, lo llevaron como un ariete dentro de la espesura del bosque. Rhonin sólo podía esperar que Krasus también hubiese sido rescatado, porque no podía ver nada más que las figuras de hoja que tenía delante. A pesar de su tamaño, sus compañeros eran obviamente fuertes.

Luego, para su sorpresa, solitario un elfo de la noche sobre una pantera gruñendo cortó su paso. El hechicero lo reconoció como el llamado Koltharius. Tenía una mirada desesperada en sus ojos, como si la fuga de Rhonin significaba algo peor para él. Por lo poco que Rhonin había aprendido del capitán, no lo dudó.

Sin desperdiciar palabras, el elfo de la noche instó a su bestia hacia adelante. Rhonin sabía que los elfos, sobre todo por su amada Vereesa, eran seres con el máximo respeto por la naturaleza. Koltharius, sin embargo, parecía que no le importaba un comino ella, cortaba ramas de los árboles y arbustos que lo frenaban con una furia desenfrenada. Nada le impediría atrapar a su presa.

O eso es lo que podía haber pensado. Enormes pájaros negros cayeron abruptamente del follaje de arriba, rodeando y atacando al elfo de la noche sin piedad. Koltharius atacó locamente, pero no cortó ni siquiera una pluma de sus atacantes.

Tan absorto estaba el elfo de la noche por este sorpresivo ataque que no se dio cuenta del otro peligro que se elevaba desde la tierra. Los árboles a través del cuales necesitaba pasar avanzaron en más de dos pies, como si extendiesen sus raíces.

La montura de Koltharius, conducida casi hasta la locura por las aves, no prestó suficiente atención a su camino.

El felino normalmente ágil primero se tambaleó, luego tropezó mientras sus patas se enredaban cada vez más. Un aullido lastimero escapó, mientras intentaba pilotear hacia un lado. Su jinete trató de aguantar, pero eso sólo sirvió para empeorar la situación.

La enorme pantera se torció, poniendo a Koltharius entre ella y dos enormes troncos de árbol. Atrapado, el elfo de la noche fue triturado entre ellos, su armadura se arrugó como papel bajo la tremenda fuerza. Su felino sufrió un poco mejor, un terrible sonido de rotura en el cuello acompañando el golpe.

Los arbolados compañeros de Rhonin se movían como si nada hubiera pasado. Durante unos minutos, el hechicero continuó escuchando la lucha de sus antiguos captores, pero los sonidos de repente se alejaron, como si Varo’then por fin hubiese llevado a sus desorganizados hombres a escapar.

Las pequeñas criaturas seguían llevándolo por la frondosidad. Vio un movimiento a su derecha vio lo que parecía ser la forma del dragón mago siendo traído de la misma manera. Sin embargo, por primera vez Rhonin empezó a temer de lo que este equipo de rescate intentaba hacer con ellos. ¿Si hubieran sido sacados de los elfos de la noche con el fin de enfrentarse a un destino mucho más horrible?

Los arbustos desaceleraron, finalmente se detuvieron en el borde de un área abierta. A pesar de la imposibilidad del ángulo, los primeros indicios de la luz del día iluminaban la abertura. Pequeños y delicados pájaros gorjeaban alegremente.

Una miríada de flores de cien colores floreció en un césped lleno y alto agitándose suavemente, casi a la entera disposición de los recién llegados.

Una vez más un rostro frondoso cubrió su mirada. La sonrisa abierta creció y para su sorpresa, Rhonin vio una pequeña flor completamente blanca que florecía en su interior.

Un pequeño soplido de polen se disparó sucesivamente, salpicando la nariz y la boca del humano.

Rhonin tosió. La cabeza le daba vueltas. Sintió que las criaturas se movían otra vez, que lo llevaban a la luz del sol.

Pero antes de que un rayo pudiera tocar su rostro… el hechicero se desmayó.

****

La creencia de Rhonin era errónea, Krasus no había estado inconsciente la mayor parte del tiempo. Débil sí, casi dispuesto a dejar que la oscuridad lo llevase, es cierto, pero el dragón mago había luchado tanto con su debilidad física y mental que, si no es un vencedor, al menos no había sufrido ninguna derrota.

Krasus también se había dado cuenta de los vigilantes en el bosque, pero de inmediato los reconoció como servidores del bosque. Con los sentidos aún más acordes a los de su compañero humano, Krasus entendió que los elfos de la noche habían sido atraídos a este lugar a propósito. Alguna fuerza deseaba algo de las figuras blindadas y no encontró otro sentido lógico que suponer que eran Rhonin y él lo que quería.

Y el dragón mago se había mantenido inmóvil durante todo el caos. Él se había obligado a hacer nada cuando el grupo fue atacado y las criaturas del bosque lo capturaban a él y a Rhonin bajo los ojos de los elfos. Krasus no percibió ninguna malicia en sus salvadores, pero eso no significaba que el par no podía sufrir daño posterior. Había permanecido en silencio, vigilante durante todo el viaje del bosque, esperando ser de más ayuda que la última vez.

Pero cuando llegaron a la abertura iluminada por el sol, calculó mal. El rostro había aparecido con demasiada rapidez, respirando inesperadamente sobre él.

Y como Rhonin, Krasus se había desmayado.

Pero a diferencia de Rhonin, él se había dormido por sólo unos minutos.

Despertó, un pequeño pájaro rojo en lo alto de una rama se posó en su rodilla. La ligera vista sorprendió tanto al dragón mago que se quedó sin aliento, enviando a la pequeña ave a huir a las mencionadas ramas.

Con mucha cautela, Krasus observó a su alrededor. Él y Rhonin yacían en medio de un claro místico, un área de gran poder mágico por lo menos tan antigua como los dragones. El sol brillaba tanto ahí, que la hierba, las flores y los pájaros irradiaban tanta paz, no fue casualidad llegar a ese lugar. Aquí estaba el santuario elegido de algún ser a quien Krasus debería haber conocido… Pero no tenía ni el menor recuerdo.

Y eso era un problema del que no le había dicho a su compañero. Los recuerdos de Krasus estaban llenos de grietas. Había reconocido a los elfos de la noche por lo que eran, pero otras cosas, muchas de ellas como lo mundano, habían desaparecido por completo. Cuando trató de centrarse en ellas, el dragón mago no encontraba nada más que un vacío. Su mente estaba tan débil como lo estaba su cuerpo.

Pero ¿Por qué? ¿Por qué había sufrido mucho más que Rhonin? Aunque era un mago humano de habilidades impresionantes, Rhonin todavía era un frágil mortal. Si alguien debería haber sido maltratado y golpeado en su alocada huida a través del tiempo y el espacio, debió haber sido justamente el más joven de los dos viajeros.

En el momento que pensó esto, Krasus se sintió culpable. Cualquiera que sea la razón que Rhonin sobreviviera más no importaba, Krasus se avergonzó de sí mismo por desear un cambio en sus fortunas. Rhonin casi se había sacrificado por su antiguo mentor varias veces.

A pesar de su gran debilidad y dolor persistente, se puso de pie. Krasus no vio señal alguna de las criaturas que los habían llevado hasta allí. Probablemente habían vuelto a ser parte de la selva literalmente, atendiendo a sus necesidades hasta el próximo llamado a la acción de su señor. Ellos habían sido los guardianes más simples del bosque y Krasus estaba muy consciente de eso. Los elfos de la noche eran una amenaza relativamente insignificante.

Pero, ¿Qué poder, que gobernaba aquí, necesitaba de dos viajeros extraviados?

Rhonin todavía dormía profundamente y, a juzgar por su reacción al polen, Krasus esperaba que lo haga bastante tiempo. Sin una amenaza evidente a la vista, se atrevió a abandonar el durmiente humano, eligiendo ahora investigar las fronteras de su libertad.

Un espeso campo de flores rodeaba la suave hierba, abierta como una cerca, había un similar número de ellas hacia el exterior y hacia el interior. Krasus se acercó a la parte más cercana, mirando las flores con cautela.

Al llegar a un pie de ellas, se volvieron hacia él, abriéndose totalmente.

Al instante, el dragón mago dio un paso atrás… y vio que las plantas reanudaron su apariencia normal. Una simple y suave pared de eficaces guardianes. Él y Rhonin estaban a salvo de cualquier peligro exterior, y al mismo tiempo se mantenían dentro para no causar problemas en el bosque.

En su estado actual, Krasus ni siquiera consideró saltar sobre las flores. Además, sospechaba que al hacerlo sólo desencadenaría a otro centinela oculto, posiblemente, uno no tan amable.

Sólo quedaba un recurso. Para conservar mejor sus fuerzas, se sentó y cruzó las piernas.

A continuación, Krasus hizo una profunda respiración, estudió el claro del bosque que lo rodeaba una última vez… y habló con el aire.

— Me gustaría hablar contigo. —

El viento tomó sus palabras y se las llevó al bosque, donde se hicieron eco una y otra vez. Las aves quedaron en silencio. La hierba dejó de agitarse.

Luego el viento vino otra vez… y con él la respuesta.

— Hablemos entonces… —

Krasus esperó. A lo lejos, oyó un leve ruido de cascos, como si algún animal pasara de casualidad por ahí en ese importante momento. Él frunció el ceño mientras el ruido se acercaba, luego notó una sombra que venía a través de los bosques. ¿Un jinete con cuernos, encima de alguna montura monstruosa?

Pero entonces, mientras se acercaba a los guardianes floridos y el sol, siempre brillante, lo atrapaba completamente, el dragón en su forma mortal solo pudo quedar embobado como un mero niño humano frente a la imponente figura.

— Te conozco… — Comentó Krasus. — A ti te conozco… —

Pero el nombre, así como tantos otros recuerdos, no lo recordaba. Ni siquiera podía decir con seguridad si se había topado a este mítico ser antes y seguramente dijo algo a raíz de los huecos de su mente.

— Y yo sé algo de ti. — Dijo la gran figura con un torso similar a un elfo de la noche y la parte baja como la de un ciervo. — Pero no tanto como me gustaría… —

Sobre sus cuatro fuertes patas, el señor del bosque se dirigió a través de la barrera de las flores, las que dieron paso como perros fieles harían hacia su amo. Incluso algunas de las flores y hierbas acariciaron sus piernas suave y amorosamente.

— Soy Cenarius… — Pronunció la gran figura sentada delante de él.

— Este es mi reino. —

Cenarius… Cenarius… connotaciones legendarias revolotearon por la andrajosa mente de Krasus, algunas echando raíces, pero la mayoría simplemente desaparecían de nuevo en la nada. Cenarius. Dicho por los elfos y otros habitantes de los bosques. No es un Dios, pero… casi. Un semidiós entonces. Tan poderoso a su manera como los grandes aspectos.

Pero había más, mucho más. Pero aunque se esforzaba como podía, el dragón mago no podía recordar a nada de eso.

Sus esfuerzos se debieron haber mostrado en su rostro, pues el rostro severo de Cenarius se hizo más amable.

— No estás bien, viajero. Tal vez debas descansar más. —

— No. — Krasus se obligó a sí mismo, de pie, alto y recto ante el Semidiós. — No… Me gustaría hablar ahora. —

— Como quieras. —

El astado semidiós inclinó su cabeza barbuda de un lado a otro, estudiando a su invitado.

— Eres más de lo que pareces, viajero. Veo indicios de elfos de la noche en ti, pero también siento mucho, mucho más. Casi me recuerdas… pero eso no es probable. —

La enorme figura miró a Rhonin.

— Y él es diferente a cualquier criatura que haya encontrado dentro o fuera de mi dominio. —

— Hemos recorrido una larga distancia y estamos, francamente, muy perdidos. No sabemos dónde estamos. —

Para sorpresa del mago, esto trajo la risa atronadora del semidiós. La risa de Cenarius hizo florecer más flores, los pájaros cantores trajeron ramas alrededor del trío, y trajo una suave brisa primaveral que tocó la mejilla de Krasus como una amante.

— ¡Entonces eres de lejos! ¿De dónde más podrías ser, mi amigo? ¡De dónde más podrías ser sino es Kalimdor! —

Kalimdor. Eso es, al menos tenía sentido, porque, ¿Dónde más podría uno encontrar numerosos elfos de la noche? Sin embargo, sabiendo que él y Rhonin han sido llevados ahí, respondió algunas otras preguntas.

— Es lo que sospechaba, mi señor, pero… —

— Sentí un cambio inquietante en el mundo. — Interrumpió Cenarius. — Un desequilibrio, un cambio. Busqué su origen y su ubicación en secreto… y aunque no he encontrado lo que buscaba… me condujo a ustedes dos. —

Dio un paso por delante de Krasus una vez más estudiando la figura dormida de Rhonin.

— Dos viajeros de la nada. Dos almas perdidas de la nada. Los dos son enigmas para mí. Preferiría que no hubieran estado ahí en primer lugar. —

— Sin embargo, nos salvaste de ser prisioneros… —

El señor de los bosques dio un resoplido digno del más poderoso alce.

— Los elfos de la noche se vuelven cada vez más arrogantes. Toman lo que no les pertenece y agreden lo que no quieren. Suponen que todo lo que cae en sus tierras queda bajo su dominio. Aunque ellos casi no se entrometen en mi reino, he optado por hacer que lo hagan con el fin de enseñarles una lección de humildad y modales. — Sonrió con gravedad.

— Eso… y que lo hicieron más fácil para mí, trayendo lo que deseaba hasta aquí. —

Krasus sintió que sus piernas tambaleaban. El esfuerzo por mantenerse en pie estaba resultando monumental. Con determinación, se mantuvo firme.

— Ellos también parecían ser conscientes de nuestra repentina llegada. —

— Zin-Azshari no está exento de sus propias habilidades. Después de todo, tienen acceso al Pozo en sí. —

El dragón mago tembló, pero esta vez no a causa de su debilidad. En su última declaración, Cenarius había dicho dos palabras que marcaron el miedo en el corazón de Krasus.

— Zin… Zin-Azshari? —

— ¡Así es, mortal! ¡La capital del dominio los elfos de la noche! ¡Situada en las mismas orillas del Pozo de la Eternidad! ¿No sabes siquiera eso? —

Sin tener en cuenta la debilidad que revelaba al semidiós, Krasus se dejó caer al suelo, sentado en el césped y trató de beber la asombrosa realidad de la situación.

Zin-Azshari.

El Pozo de la Eternidad.

Conocía a los dos, aun cuando su memoria se había convertido en una cavidad perforada. Algunas cosas eran de tal leyenda épica que habría sido necesaria la erradicación por completo de su mente para que Krasus olvidase eso.

Zin-Azshari y el Pozo de la Eternidad. El primero, el centro del imperio de la magia, un imperio gobernado por los elfos de la noche. Qué tontería por su parte que no se haya dado cuenta de eso durante su captura. Zin-Azshari había sido el centro del mundo durante un período de siglos.

El segundo, el Pozo, fue el lugar de la magia misma, la interminable y profunda reserva de poder que se mencionaba en susurros por los magos y hechiceros de todas las épocas. Había servido como el núcleo de los poderes mágicos de los elfos de la noche, dejando que lanzaran conjuros de los cuales incluso los dragones aspecto habían aprendido algo al respecto.

Pero ambos eran cosas del pasado… un pasado muy lejano. Ni Zin-Azshari ni el maravilloso y siniestro Pozo existían. Hacía mucho tiempo atrás que se habían desvanecido en una catástrofe que… que…

Y la mente de Krasus vaciló de nuevo. Algo terrible había ocurrido que había destruido los dos, había rasgado el mundo en pedazos… y la vida en él, pero no podía recordar qué.

— Todavía no te has recuperado. — Dijo Cenarius con preocupación.

— Debí dejar que descansaras. —

Siguiendo su lucha por recordar, el mago respondió:

— Voy a… voy a estar bien para cuando mi amigo despierte. Nosotros… vamos a salir tan pronto como nos sea posible y sin problemas. —

La deidad frunció el ceño.

— Pequeño, me malinterpretas. Los dos son un rompecabezas y huéspedes para mí… y siempre y cuando sigan siendo la primera, permanecerán como la segunda. —

Cenarius se apartó de él, dirigiéndose hacia las flores que custodiaban.

— Creo que necesitas alimentarte. Se te facilitará en breve. Descansa bien hasta entonces. —

Cenarius no esperó ningún reclamo, ni que Krasus se haya molestado con él. Cuando un ser como el Señor del Bosque insistía en que se quedaran, Krasus entendió que sería imposible argumentar lo contrario. Él y Rhonin eran invitados por el tiempo que Cenarius desee… y con un Semidiós podría ser el resto de sus vidas.

Aun así, eso no le preocupaba tanto a Krasus como la idea de que sus vidas podrían ser muy cortas.

Tanto Zin-Azshari y el Pozo habían sido destruidos en una monstruosa catástrofe… y cuanto más meditaba el dragón mago acerca de ello, más creía que el momento de la catástrofe se acercaba rápidamente.

— Te advierto, querido consejero, adoro las sorpresas, pero espero que esta sea muy, muy deliciosa. —

Pero Xavius solo sonrió mientras conducía a la reina de la mano a la cámara donde los Altonatos trabajaban. Había llegado a ella con tanta gracia como pudo comandar, cortésmente le suplicó unirse a él y ver lo que sus hechiceros habían logrado. El consejero sabía que Azshara esperaba algo bastante milagroso y ella no quedaría decepcionada… aunque no era lo que la reina de los elfos de la noche tenía en mente.

Los guardias se arrodillaron cuando entraron. A pesar que sus expresiones eran las mismas de siempre, al igual que Xavius, ellos también habían sido tocados. Ahora todo el mundo en la cámara entendía, a excepción de Azshara.

Para ella, sería sólo un momento más antes de la revelación.

Ella miró el remolino de la vorágine dentro del ritual, con un tono que goteaba la decepción dijo a su consejero:

— Esto no es diferente a lo de antes. —

— Tiene que verlo de cerca, Luz de Mil Lunas. Entonces entenderá lo que hemos logrado… —

Azshara frunció el ceño. Había llegado sin sus hechiceros que la aconsejaban y tal vez ahora lamentaría eso. Sin embargo, a la reina Azshara le correspondía demostrar que, incluso sola, estaba al mando de cualquier situación.

Con pasos gráciles, Azshara se acercó al borde mismo del ritual. Primero dirigió su mirada al trabajo en progreso de los Altonatos, luego se dignó a centrarla hacia el infierno que conllevaba.

— Todavía me parece sin cambios, queridos Xavius. Me esperaba más de… —

Dejó salir un jadeo y, aunque el consejero no pudo ver su expresión por completo, había entendido lo suficiente como para saber que Azshara, ahora, lo comprendía.

Y la voz que había oído antes, la voz de su Dios, dijo para que todos oigan…

Allá voy…

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