Corazón de lobo – Capítulo Once – Corazones ensombrecidos

Corazón de lobo—Nunca… ¡Ni yo ni ninguno de mis guerreros hemos actuado tan vilmente! —declaró Genn, visiblemente violentado— El valor de Gilneas…

—¿Valor? —interrumpió Varian Wiynn. El Rey de Ventormenta, alto, imponente y de facciones hermosas en un sentido melancólico, ya era para su pueblo un héroe de leyenda. De hecho, había tenido una vida increíble y peligrosa que no sólo lo había mantenido separado durante varios años de aquéllos a los que más amaba, sino que también lo privó durante un tiempo de la memoria. Sus cuitas eran pasto de relatos emocionantes que los bardos les cantaban a las damas impresionables. Y sus dos grandes cicatrices, una que le cruzaba las mejillas y el puente de la nariz y la otra que le bajaba por la parte izquierda de la frente hasta la mejilla, ambas recuerdos de las diferentes veces que apenas había conseguido escapar a la muerte, sólo añadían más sabor a las historias… historias que al propio Varían no le gustaban—. La definición de valor debe de ser diferente en Gilneas a la de las demás tierras. yo diría que hasta la contraria.

La insinuación de que Genn y los suyos eran unos cobardes absolutos demostró ser demasiado para el viejo monarca. Se le ensombreció la expresión. Algunos de los miembros de su escolta parecían dispuestos a dirigirse hacia Varian, pero Genn detuvo su avance con una mirada cortante.

Malfurion decidió intervenir.

—¡Rey Varian! No recibimos noticias de tu llegada y la de tu séquito…

—Lo prefería así —respondió el antiguo gladiador, actuando ahora como si Genn ni siquiera existiese. Varian se apartó un mechón de desordenado pelo castaño oscuro. Con sus ojos de cazador vigilando a todas las personas que estaban a la vista, Varian Wryrm marcó instintivamente a aquéllos que lo rodeaban según su potencial nivel de amenaza.

El Archidruida se colocó a propósito entre ambos.

—¿Y tu hijo? ¿Está Anduin contigo?

—Naturalmente —Varían lo dijo con un tono que hizo que Malfurion se sintiese un poco necio por haberlo preguntado, aunque muchos monarcas preferían dejar a sus únicos herederos en la supuesta seguridad de su hogar antes que llevarlos de viaje.

El Rey echó la cabeza hacia atrás por un instante. El elfo de la noche miró más allá de Varian, donde cuatro miembros de la guardia personal del Rey flanqueaban a una figura ligeramente más baja que iba vestida con el azul y oro reales de Ventormenta. El príncipe Anduin, de pelo rubio y corto, inclinó su cabeza en dirección al Archidruida. Llevaba una camisa de cuello alto cubierta de cota de malla que a su vez estaba cubierta por el escudo del león dorado de su reino. El Príncipe, excepto por un puñal que llevaba al cinto, no iba armado, pero con tantos guardias en el grupo de Ventormenta su seguridad estaba fuera de duda en prácticamente cualquier parte, no digamos en Darnassus.

En contraste con su padre, que era un auténtico luchador, Anduin era un joven estudioso. Más aún, tenía un aura de generosidad que le recordó a Malfurion a otro de los presentes. Sin pensar, Malfurion miró por encima del hombro buscando a Velen.

Para su sorpresa, los ojos del Profeta mostraban el mismo interés intenso en el muchacho humano. Velen notó exactamente lo mismo que Malfurion… quizá más.

Genn estaba inspirando y exhalando profundamente para recuperar la compostura. Varian no pareció impresionado por los esfuerzos del otro Rey.

El Archidruida siguió intentando atemperar la tensión.

—Rey Varian. ¡Discúlpanos por no haber estado presentes para recibirte! ¡Nos acabábamos de enterar de tu llegada y teníamos la intención de acudir a tus aposentos, pero tú, tu hijo y vuestros acompañantes sois bienvenidos a uniros al banquete si así lo deseáis! Vuestros asientos os esperan y la comida y la bebida llegará enseguida…

—No me siento inclinado a quedarme aquí —replicó crudamente el monarca de Ventormenta—. He navegado hasta Darnassus por el bien de la Alianza, no por él —señaló a Genn—. Si no te importa, Archidruida, el viaje ha sido cansado, así que creo que me voy a retirar ya.

Genn se acercó de nuevo a su homólogo. En voz baja, dijo:

—Varian… hablemos. Hice lo que creía que era mejor para mi pueblo.

¡Debes entenderlo! No me di cuenta de la necedad de mi arrogancia cuando decidí construir la muralla y lo que eso significaría, aislando a Gilneas del mundo exterior…

La mirada de Varian no se separó del Archidruida. A Genn no le dijo nada.

Esto sólo azuzó al Rey de Gilneas a hacer otro esfuerzo.

—¡Juraré que todos seremos como hermanos para todos los demás miembros de la Alianza, que ayudaremos como se necesite! ¡Gilneas no se apartará de su deber! No habrá un miembro más leal, especialmente al reino humano de Ventormenta…

—¡Ventormenta no quiere un hermano así a sus espaldas! —replicó Varían.

—Varían… —murmuró Malfurion.

El cuerpo del joven Rey tembló de furia. Bajó los ojos, mirando con amargura a Genn.

—¡Yo no pedí llevar el manto de la responsabilidad ni convertirme en el portador del estandarte de la humanidad! ¡Ya era suficiente gobernar Ventormenta y proteger a mi hijo! ¡Pero lo hice porque no tenía otra opción! ¿Quién más estaba allí? ¡No Gilneas! Ventormenta, con Theramore a su lado, ha tenido que enfrentarse a los peligros. ¿Y ahora quieres venir a protegerte bajo nuestra ala y fingir que esta vez sí permanecerás a nuestro lado?

—Permaneceremos…

—¡No es necesario que te preocupes, Cringris! Ventormenta y yo nos las hemos arreglado sin ti, sin Gilneas… y desde luego sin huargen… ¡Y seguiremos haciéndolo! Lo que de verdad deseas es redención por tus traicioneros crímenes. ¡Lo que no vas a conseguir de mí!

—Gilneas era una nación soberana. Nos seccionamos en tiempo de paz, no de guerra, y con buenos motivos. Ya lo sabes. En cuanto a la próxima votación.

Sin embargo, Varian le dio la espalda al otro humano.

—Disculpadme, Archidruida y Suma

Sacerdotisa. Os veré después…

Antes de que Malfurion pudiese siquiera contestar, Varían se volvió y empezó a andar. Tras él iba su séquito.

Malfurion miró a Tyrande, que ya les había indicado a dos sacerdotisas que se apresurasen tras el rey Varian. Al mirar en dirección a Malfurion, se le abrieron los ojos como platos.

De donde estaba Genn escapó un gruñido grave y animal. El Archidruida volvió inmediatamente la atención al humano.

Genn mostró los dientes en una feroz sonrisa que se estiró más allá de lo que los límites humanos habrían permitido. Se le hinchó el cuerpo.

Y, de nuevo, el humano recuperó el control de sí mismo.

—D-discúlpame, Archidruida

—murmuró la sudorosa figura—. Debería haberlo sabido. Debería.

—Te sugiero que vuelvas a tu asiento y—

—No. No, no puedo —Genn le hizo una señal a Eadrik y a los otros gilneanos. Encabezados por Genn, el grupo se fue silenciosamente hacia el bosque.

Los otros invitados murmuraban entre ellos. Tyrande les indicó a los músicos que volviesen a tocar, pero estaba claro que el banquete estaba terminando. El enfrentamiento había eliminado el humor esperanzado de los participantes, una situación que Malfurion tendría que esforzarse mucho para arreglar.

Sin embargo, al volverse para hablar con su compañera, se dio cuenta de que había un miembro del séquito de Ventormenta que no se había ido… Anduin, que en ese momento estaba hablando en voz baja con Velen.

Cuando los elfos de la noche se acercaron a ambos, oyeron al draenei decir:

—¡.y lo que sabes de la Luz es verdad, sí, pero eso es sólo la más superficial de muchas facetas, joven Anduin! ¡Para apreciar por completo la maravilla de la Luz debes mirarla desde la perspectiva que mejor te permita ver su lugar en el universo y cómo puede convertirse en parte de todos los seres! Eso requiere paciencia y aprendizaje…

—Eso puedo hacerlo, pero lo que yo quiero.

—¡Príncipe Anduin!

Dos de los miembros de la guardia personal del Rey habían vuelto. Sus rostros congestionados y sus movimientos apresurados delataban la intensa reprimenda que su monarca sin duda les había dedicado al descubrir que su hijo no estaba con el grupo. Los dos corpulentos soldados corrieron pasando junto a los elfos y llegaron a donde estaba su Príncipe, cada uno desde un lado.

El que había llamado al Príncipe, un encallecido veterano con una nariz que parecía haberse roto más de una vez en la batalla, se dirigió a Anduin, que no ocultaba su frustración al levantarse para hablar con los guardias.

—¡Príncipe Anduin! ¡Tu padre se disgustó mucho cuando se dio cuenta de que no nos habías seguido! ¡El Rey nos ha ordenado que vayas inmediatamente!

Anduin parecía estar a punto de gritarles algo a los desafortunados guardias, que todos sabían que sólo estaban cumpliendo con su deber y que probablemente temían ser castigados, pero se contuvo. Con un resignado movimiento de cabeza, el Príncipe se puso en marcha con sus protectores. Se giró por un instante para inclinarse ante los elfos de la noche y los demás. Sólo entonces les dirigió a los dos nerviosos soldados un gesto silencioso para que lo llevasen con su padre.

—El joven Anduin tiene una fuerza silenciosa —comentó Velen una vez que el chico se hubo ido—. Es una pena que su padre quiera encerrarlo como se encierra él.

—Varian estuvo a punto de perderlo más de una vez —contestó el Archidruida—. Su temor de que Anduin desaparezca o sea secuestrado no es infundado —Malfurion frunció el ceño—. Ni, lamento decir, tampoco lo son sus severas palabras hacia Genn Cringris.

—Genn hará las paces por todo —dijo Tyrande—. Lo sabes tan bien como yo. Ya sabemos cuánto ha sacrificado para llegar hasta este punto.

—¿Pero al final habrá merecido la pena? Casi se atacan el uno al otro. ¡Genn estuvo muy cerca de perder el control y con cierto motivo!

—Quizá deberíamos hablar de esto en otro momento —indicó la Suma Sacerdotisa—. Velen, si pudieras… —pero, para sorpresa de ambos elfos, el Profeta se había marchado subrepticiamente, casi como si supiera que estaban a punto de entrar en temas que era mejor que hablasen entre ellos dos.

—Bueno, podemos confiar en Velen, eso seguro —murmuró Malfurion. Luego, poniéndose serio, añadió— Tyrande… antes de que hables. tengo que decirte.

—Es él, Mal.

—¡Sé que te lo ha dicho Elune y entiendo que debería ser así, pero ya lo has visto! ¡Puede que Varian sea el líder que necesita la Alianza, pero también hay muchas posibilidades de que se convierta en el que guíe a la Alianza hacia el desastre!

—Estoy de acuerdo en que Varian está preocupado…

—Más que preocupado, aunque con razón —el Archidruida se mesó la barba pensativo—. Y su desprecio por Genn me parece que es tanto por sí mismo como por el Rey de Gilneas. Había en su tono algo que sonaba más a autorreproche…

—Yo también lo he notado —la Suma Sacerdotisa miró informalmente a un lado—. Los demás empiezan a marcharse. El banquete ha terminado.

—El banquete ha sido una debacle. ¡Los demás han visto que Varian declaraba que los huargen eran indignos de ser parte de la Alianza! No podemos dejar que esa idea permanezca.

—Hablaré con los demás. Quizá tú puedas hacer algo con Varían.

—Quizá… —Malfurion no podía ocultar sus dudas al respecto.

Ella puso la mano sobre la suya.

—Elune nos guiará. Ten fe.

Malfurion gruñó.

—De todos, yo soy quien debería tenerla, ¿no es cierto?

—Ve. Habla con Varian.

Malfurion sabía que no debía discutir con ella cuando usaba ese tono. Se dieron un beso y el Archidruida, inclinándose ante los invitados que aún quedaban, se fue tras el Rey de Ventormenta.

* * *

Para alguien que había dormido en jaulas infestadas de bichos y tenebrosas celdas empapadas en sangre durante sus días como esclavo y gladiador, los aposentos del bosque que sus anfitriones le habían ofrecido parecían demasiado blandos en comparación. Ni siquiera la habitación de Varian en Ventormenta era tan tranquila, tan pacífica. El Rey se planteó irse de Darnassus a la relativa familiaridad de su pequeño cuarto a bordo del barco, pero respetaba a sus anfitriones lo suficiente como para no insultarlos… o al menos no insultarlos

aún más de lo que ya lo había hecho al enfrentarse a Genn Cringris.

Varían no se arrepentía de aquello. De hecho, había sentido una gran satisfacción. Sabía que se había comportado mal, pero había encontrado en Cringris una válvula de escape para el fuego que siempre ardía dentro de él.

Oyó un golpe en la puerta. Los elfos de la noche se habían esforzado por hacer que sus invitados se sintiesen como en casa y las habitaciones apartadas para Varian y su séquito eran bastante humanas en diseño y comodidades. Desgraciadamente, todavía tenían esa sensación «natural» que él siempre asociaba con la raza del Archidruida. Eran mucho mejores los opresivos muros de piedra del castillo.

Uno de los guardias abrió cautelosamente la puerta. Incluso en Darnassus, uno no se arriesgaba. Varian ya se había dado cuenta de que había algo raro, algo que había ocurrido justo antes de su llegada.

Entraron Anduin y los dos guardaespaldas que había enviado para traerlo. Varian, más animado, fue directo hacia su hijo.

—¡Me tenías preocupado! —a los dos hombres les gruñóz— ¡Que no vuelva a ocurrir esto! Si le ocurre algo a mi hijo, haré…

—Déjalo, padre.

Anduin habló con voz queda, siempre tranquilo, pero hizo lo que nadie más podía… hacer callar al Rey.

—¡Anduin, debes entenderlo! ¡Eres el Príncipe de Ventormenta! ¡En ninguna parte, ni siquiera aquí, estás lo suficientemente seguro como para despistarte! Siempre necesitas que al menos un guardia esté contigo.

—Sí. No se me da muy bien defenderme solo —replicó el Príncipe—, no soy el gran guerrero que eres tú. Magni y tú ya habéis visto lo mal que empuño una espada, incluso durante las prácticas.

—No quería decir.

El Príncipe suspiró. Era un sonido que Varían oía a menudo y normalmente por algo que había hecho debido a la preocupación que sentía por su hijo.

—No, no querías. Nunca quieres, padre. He vuelto, sano y salvo.

Como de costumbre.

—Anduin… —contra cualquier enemigo, el Rey podía estar seguro de sus siguientes movimientos. Contra su hijo, se equivocaba constantemente.

—Buenas noches, padre —el Príncipe se marchó, siguiendo a sus guardias a la habitación que le habían asignado.

Por inquietante que sin duda había sido la conversación para sus guardias, Anduin había conseguido que la cosa empeorase cortándola de raíz. Varian lo sabía, incluso lo agradecía, pero eso no calmaba la punzada de la obvia reprimenda de su hijo.

Ahora, la serenidad de los aposentos de los elfos demostró ser demasiado para él.

—Quedaos aquí —le ordenó a los guardias, tan consciente como ellos de que los estaba colocando en una posición parecida a la de Anduin—. Necesito caminar.

Sabían que no debían discutir. Sin prestarles más atención, Varian se marchó. Sin embargo, como sus aposentos, la tranquilidad de la capital no hizo nada por calmarlo. Se quedó mirando al bosque.

Apretó el paso. El bosque lo llamaba.

—¡Rey Varían! Precisamente venía a verte.

El humano ocultó su decepción, aunque por un momento fijó una mirada de anhelo en los árboles de más allá de la ciudad.

—Archidruida —respondió dirigiéndose finalmente a su anfitrión—, gracias por nuestros cuartos. Nos servirán.

—Y precisamente por eso has tenido que salir de ellos a la primera oportunidad —le replicó el elfode la noche con una ligera sonrisa—. Por favor. No me andaré con ceremonias contigo. Llámame Malfurion.

—Entonces te pido que tú me llames Varían.

—Como desees. Si no te importa, esperaba poder tener unas palabras contigo.

El Señor de Ventormenta lanzó un suspiro.

—Mis más sinceras disculpas por estropear tu banquete.

—El banquete no tiene importancia. La reunión, sí. Tú aprecias la franqueza, Varian. Me preocupa más tu enfrentamiento con Genn.

La mera mención del nombre de Cringris avivó las ascuas. A Varian se le aceleró el pulso.

—Preferiría no hablar de eso, Malfurion.

El elfo de la noche no se dio por vencido.

—Varian, debo pedirte que consideres todo lo que ocurra antes, durante y después de la reunión bajo el prisma de lo que ha sido de Azeroth debido al Cataclismo. Todas las decisiones que tomemos deben ser pensadas cuidadosamente…

—Te estás refiriendo a la readmisión.

—Por supuesto. Espero que actúes razonablemente.

El Rey ya no tenía deseo alguno de dirigirse al bosque. ¿No hay ninguna parte donde pueda ser libre?

Obviamente, Malfurion estaba decidido a seguir hablando del tema. Varían sólo podía ver un modo de, al menos, acabar con la conversación.

—Les dedicaré a Genn y a los huargen mi más justa reflexión. Tienes mi palabra.

Malfurion notó la intención en la voz del Rey y sabiamente aceptó la respuesta tal como la había recibido.

—Gracias, Varian. Es cuanto puedo pedir…

Otra figura los interrumpió. Varian trató de contener su impaciencia con una situación que aparentemente no tenía fin. Sus ojos expertos miraron al recién llegado quien, aunque era un elfo de la noche, iba vestido con ropas coloridas que el Rey creyó que sin duda Malfurion encontraría de mal gusto.

—Archidruida Tempestira —lo saludó el recién llegado.

—Var’dyn.

Los agudos oídos de Varian notaron una ligera inflexión en la voz del elfo de la noche, como si el Archidruida no sólo supiera lo que el otro quería… sino que lo temiese por algún motivo.

Por fin Varian dedujo lo que era el otro elfo exactamente. Recordaba los informes. Así que esto es un altonato.

El altonato apenas pareció ver al humano. El Rey recordó la evidente arrogancia de la clase de Var’dyn.

También recordó que eran magos… Y magos imprudentes.

El Archidruida dijo:

—Gracias por tu tiempo y tu respuesta, Varían. Estoy deseando hablar contigo de nuevo.

El Rey aprovechó la situación.

—Por supuesto. Ahora, discúlpame; debo irme. Buenas noches.

Ni siquiera se dirigió al altonato al irse, pensando que el elfo se merecía lo mismo que había ofrecido. Varian los dejó a ambos agradecido, deseando en silencio no haber salido nunca de Ventormenta.

Con el rabillo del ojo detectó un ligero movimiento en los árboles cercanos. Varían no se concentró en él, consciente de que para cuando se girase el origen del movimiento ya habría desaparecido de la vista. Además, el Rey estaba bastante seguro de qué era lo que había estado acechando en el límite del bosque.

Frunció aún más el ceño. Para sí, murmuró:

—Malditos huargen.

* * *

Var’dyn no habló hasta que el humano se hubo marchado. Malfurion, consciente de la noticia que todavía no había tenido la oportunidad de darle al altonato, esperaba solemne. El Archidruida quería oír a Var’dyn para averiguar cuánto sabía.

—He venido por la desaparición —dijo directamente Var’dyn—. Ya lo sabes.

Malfurion esperó a que el altonato continuase, pero eso era aparentemente todo lo que el mago deseaba decir por el momento. Var’dyn miró expectante al Archidruida.

No tiene sentido retrasar lo inevitable, pensó Malfurion.

—Bueno, Maiev Cantosombrío ya ha informado a los altonatos de todo…

No continuó; la expresión de perplejidad de Var’dyn le dijo que el mago no tenía ni idea de nada que tuviese que ver con Maiev… ni con su descubrimiento.

—¿Qué deberíamos saber, Archidruida?

—Thera’brin está muerto. Asesinado.

Var’dyn se envaró.

—Cuéntamelo.

Eso hizo Malfurion sin dejarse ningún detalle. El hechicero permaneció impávido todo el tiempo. La única señal de su furia creciente eran sus manos, que había cerrado en puños y así habían quedado.

—Se nos devolverá el cuerpo inmediatamente —dijo Var’dyn cuando

Malfurion hubo terminado. Su voz no denotaba emoción alguna. Se quedó mirando fijamente más allá del elfo de la noche, como si estuviese viendo algo que estaba muy, muy lejos—. No se le profanará más por ningún motivo.

—Ésa era la intención. Maiev…

—Sí… La vigía. Puede continuar con su investigación, pero no hablará con nosotros. Si averiguamos algo, te lo contaremos a ti, Archidruida. Dejo a tu elección que le cuentes lo que necesite saber.

No era precisamente el sistema más lógico, pero los altonatos eran bastante desconfiados. y, en ese momento, Malfurion no podía recriminárselo.

—Hablaré con ella en cuanto pueda —le prometió a Var’dyn.

El mago no respondió. Su mirada estaba otra vez perdida. La comisura de sus labios se movió. Malfurion estaba cada vez más molesto.

—Var’dyn. ¡Te juro que la muerte de Thera’brin se investigará exhaustivamente y el asesino será llevado ante la justicia! Sólo pido que los altonatos tengáis paciencia…

—No podemos permitirnos tener paciencia, Archidruida —dijo Var’dyn. Vblvió a mirar directamente a Malfurion y, en esos ojos, el elfo de la noche notó el temor—. Verás, no había venido a hablar contigo sobre Thera’brin. Ha desaparecido otro de los míos.

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1 comentario

    • Nerve el 8 abril, 2019 a las 3:54 pm
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    Concho verdad q Varian le tiro duro a Genn, verdad q lo de gilnea no tenia perdon pero le dio una clase de chotea delante de to el mundo que vaya,, acabo con el.

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