Corazón de lobo – Capítulo Doce – La Horda ataca

Corazón de loboSeguía sin saberse nada de Darnassus, aunque Haldrissa esperaba noticias pronto. Sin embargo, continuó con sus propios planes para organizarse contra esa última invasión de la Horda. Por necesidad, eso significaba una ceremonia rápida y sencilla para el pobre Xanon.

La Comandante le dedicó al oficial muerto las palabras adecuadas y luego dejó los últimos momentos para Kara’din, uno de los dos Druidas asignados a ella en Vallefresno como parte de un proyecto de la Suma Sacerdotisa y el Archidruida para unir más a los elfos de la noche. El otro, Parsis, estaba en alguna parte del bosque que tenían detrás, vagando por el Sueño Esmeralda o algo así… Haldrissa no estaba segura. Era tan devota de los ritos de su pueblo como cualquiera de los demás elfos de la noche, pero los Druidas a menudo la confundían y la frustraban. A menudo parecían estar medio dormidos, o incluso del todo, y hablaban de aspectos del mundo que no tenían un uso práctico para un soldado.

En cuanto terminó el funeral, Haldrissa se fue. Denea la seguía de cerca. Aunque su lugarteniente obedecía cualquier orden que ella diese sin discusión, Haldrissa podía sentir que entre ellas estaba creciendo una brecha. Estaba segura de que Denea y algunos de los otros oficiales culpaban a su Comandante no sólo de la muerte de Xanon, sino también de las otras. Por supuesto, la mayoría de sus oficiales no llevaban en el ejército tanto como ella, así que por el momento les disculpó su ingenuidad. Si sobrevivían a la vida militar la mitad de tiempo que ella, aprenderían.

Pero ¿tendrán esa oportunidad?, se preguntó de repente. Esa última intrusión de la Horda parecía ser de mayor escala que las del pasado.

—Denea…

—¿Sí, Comandante?

—Quiero que una avanzadilla de cuatro vaya hacia el noreste con sus hipogrifos. No tan lejos como nosotros. Desde el aire deberían poder ver lo suficiente incluso sin llegar tan lejos.

—Sí, Comandante.

—Oh, ¿y cuándo estará listo todo el contingente montado?

—Podremos salir a primera hora de la mañana —aunque Denea trató de mantener la calma en su voz, se le escapó un tinte de emoción.

Haldrissa se aseguró de que su voz sonase tranquila y autoritaria.

—Si la avanzadilla regresa para entonces con su informe, lo haremos. No nos moveremos hasta entonces.

—Entonces, con tu permiso, iré a mandar la avanzadilla.

El asentimiento de Haldrissa era cuanto Denea necesitaba. Se fue deprisa, obviamente decidida a asegurarse de que los centinelas partían al día siguiente.

Recuerdo haber sido tan dispuesta, pensó la Comandante… e inmediatamente se maldijo por ser tan sentimental. La única diferencia entre Denea y ella era que Haldrissa tenía los milenios de experiencia para saber cómo atemperar el deseo con la precaución. Un rasgo de Comandante.

Un ruido grave la despertó. Desde el oeste llegaba un tren corto de vagones de suministros guiado por una escolta de centinelas armados. La capitana al mando de la escolta miraba con nerviosismo a su alrededor, lo que no era una buena señal.

Haldrissa se dirigió inmediatamente hacia ella.

La capitana saludó.

—¿Comandante Haldrissa?

—Sí. ¿Ha ocurrido algo? —miró los vagones, pero no vio nada fuera de lo ordinario.

Nada salvo que el último vagón llevaba una carga extra que sobresalía. Un cuerpo grande y alado. El hedor de la podredumbre, tan familiar para la veterana oficial, era fuerte incluso antes de que Haldrissa llegase al vagón.

—Hemos encontrado al hipogrifo como a un día de aquí —reportó la capitana mientras desmontaba—. Llevaba muerto un tiempo.

Atónita, Haldrissa se abalanzó hacia el enorme cadáver. Quería negar qué y quién era pero, al acercarse, las marcas distintivas confirmaron lo peor. Era sin duda Tormenta de Viento.

Y eso significaba sólo lo peor por lo que concernía a Aradria y al mensaje para Darnassus.

—Tenía muchas heridas, sobre todo de flechas, pero lo que finalmente lo remató fue un gran hacha —concluyó la capitana.

Haldrissa miró al vagón. El cuerpo de Tormenta de Viento se apoyaba sobre varios barriles. De Aradria Alzanubes no había ni rastro—. ¡La mensajera! ¿Dónde está?

—Sólo encontramos al hipogrifo, no a ella, aunque había rastros de sangre por otras partes que podían haber sido de la mensajera.

Descubrimos a varios orcos muertos…

—¡Olvídate de los orcos! ¿No encontrasteis ni rastro de la mensajera?

Acobardada por la furia de Haldrissa, la joven oficial murmuró:

—Como he dicho, no la encontramos por ninguna parte, pero.

—Por ninguna parte. —la Comandante se animó con esas palabras.

Podía ver cómo se había desarrollado la escena. Tormenta de Viento, gravemente herido en vuelo, sin duda había bajado a su jinete al suelo para que pudiese huir a pie con el saquito mientras él se sacrificaba para mantener a raya a la avanzadilla de orcos.

Que los orcos hubiesen penetrado tan profundamente la molestaba, pero la fuga de Aradria lo compensaba. Había lugares por el camino en los que una mensajera experta como Aradria podía conseguir otra montura.

La capitana había estado diciendo algo más, pero Haldrissa no le había prestado atención.

—¿Cómo dices?

—Que también encontramos esto allí.

Haldrissa no podía verla, pero su expresión debía de haber sido terrible, pues la capitana lanzó un grito ahogado.

Los saquitos destrozados eran la prueba de la necedad de las esperanzas de la Comandante. Aradria no había escapado. Nunca habría abandonado la misiva. O los orcos se habían deshecho de su cuerpo o algún animal se lo había llevado.

Y Darnassus seguía ignorando lo que estaba ocurriendo en Vallefresno.

Denea. Dejando a la confusa capitana, Haldrissa se fue corriendo en busca de su lugarteniente. Denea ya había preparado la avanzadilla para la misión. Sin embargo, en lugar de enviarla hacia donde había planeado, esta vez esperarían las cuatro hasta que ella hubiese hecho cuatro copias del mensaje anterior. Denea tendría que refrenar sus ganas de perseguir a los orcos durante un día o dos más. Aquello podría esperar al menos ese tiempo, o eso creía Haldrissa.

—¡Denea! —gritó. Su lugarteniente estaba con los cuatro exploradores, a punto de despedirlos—. ¡Denea!

Su voz no llegó con fuerza suficiente. Deseosa de marchar ella misma, la joven oficial les dio el permiso a las cuatro exploradoras para que partiesen con sus hipogrifos. El grupo se elevó rápidamente en el aire.

Al fin Denea se giró en respuesta a los gritos de Haldrissa.

—¿Comandante?

—¡Hazles señales de que vuelvan! ¡Aradria no llegó! ¡Quiero que los cuatro vayan a Darnassus! —había considerado la posibilidad de usar búhos para llevar los mensajes, pero no sólo los hipogrifos eran mucho más rápidos, sino que sus jinetes también podían defender las misivas.

La centinela se apresuró a tocar uno de los cuernos de señales que usaban para llamar a los guerreros a la acción. Era su única esperanza para llamar a las jinetes de los hipogrifos. Denea se acercó el cuerno a la boca y sopló lo más fuerte que pudo.

El bramido hizo que todos los centinelas dejasen lo que estaban haciendo. Haldrissa se dio cuenta, demasiado tarde, de que muchos de ellos, que ya se preparaban para la letal marcha, podrían creer que la llamada a las armas había llegado antes de lo que esperaban.

Pero, si el cuerno había alborotado la base por los motivos equivocados, al menos vio que también había servido para su otro propósito. La exploradora jefe miró por encima del hombro, vio a Denea haciendo gestos y ordenó el regreso.

—Alabada sea Elune… —Haldrissa se dirigió a recibir a los hipogrifos. Tenía unas cuantas instrucciones que darles a las exploradoras antes de ir a escribir los nuevos mensajes para Darnassus.

Un grito en el cielo hizo que trastabillase. Cerca de ella, Denea lanzó un juramento.

Una de las exploradoras cayó fláccidamente de su montura, abalanzándose hacia el suelo mientras los demás elfos miraban horrorizados.

Dos flechas le asomaban por la espalda cuando cayó. Haldrissa había luchado en demasiadas batallas como para no reconocer la marca de la Horda.

De repente, el cielo estaba lleno de flechas. Al principio la Comandante creyó que los arqueros habían calculado mal la distancia, pues las flechas iban demasiado altas como para descender con tino sobre los centinelas.

Sólo cuando otra de las exploradoras y su montura fueron alcanzadas varias veces, Haldrissa entendió la terrible lógica. El campamento no era el objetivo inmediato: eran las exploradoras.

La Horda ya estaba preparada para su plan.

Cuando las flechas derribaron a la segunda exploradora, se oyeron otros gritos. Haldrissa vio a varios guerreros señalando hacia el este.

Columnas de humo se alzaban desde otros dos puntos. No tuvo que adivinar su origen. Dos de los puestos avanzados se encontraban en esa dirección.

—¡Centinelas, formad! —gritó Denea— ¡Preparaos para un ataque inminente!

Mientras los centinelas, incluyendo cazadoras de armadura azul con escudos y gujas, se apresuraban a obedecer, Haldrissa se movía presa de la frustración. Ésas eran las órdenes que debía haber dado ella. Miró hacia el bosque, preguntándose cómo la Horda se había acercado tanto en un grupo tan numeroso. Obviamente habían hecho varias incursiones en la zona para poder tener una comprensión tan buena de su entorno.

Pero ella también conocía bien el terreno.

—¡Denea! ¡Veinte al límite sureste del puesto! ¡Tendrán que venir por ahí! ¡Quiero preparada una fuerza montada de cazadoras con escudos y lanzas preparados! — Dado que la presencia de la Horda en Vallefresno había crecido los meses anteriores, la general Shandris había decidido incluir al arsenal de armas de los centinelas lanceros, una figura rara vez utilizada en los ejércitos de los elfos de la noche desde el fin de la Guerra de los Ancestros—. Lleva a los demás…

El graznido de un hipogrifo la interrumpió. Otra criatura alada cayó. Su jinete, con una flecha atravesándole el brazo, consiguió saltar antes de que la criatura chocase contra el suelo.

La última exploradora consiguió aterrizar. Sin embargo, el suelo demostró no ser un refugio. \blaron más flechas, ésas diseñadas para alcanzar a los que se encontraban en el campamento y, como vio Haldrissa, especialmente la zona donde se guardaba a los hipogrifos. Peor aún, las exploradoras que habían aterrizado les habían dado a los arqueros una noción bastante buena de dónde se encontraba.

Entre los atacantes había alguien que sabía muy bien cómo hacer planes.

—¡Poned a los hipogrifos a cubierto! —ordenó Haldrissa. Desenfundó su guja. Aún no había ni rastro de los invasores, pero sin duda eso cambiaría en unos momentos. Haldrissa tendría que aprovechar el poco tiempo del que disponía.

Su mirada cayó sobre Kara’din, que corría de herido en herido usando sus poderes druídicos para curarlos lo mejor que podía. La Comandante escogió dejar a Kara’din con sus medios por el momento, dado que se le iban ocurriendo preocupaciones adicionales.

—¡Arqueros, formad! —vio que algunos ya habían empezado, pero que como grupo no se movían tan deprisa como Haldrissa hubiese deseado—, ¡Noreste, este, sureste! ¡A veinte pasos de la puerta!

Por necesidad, el puesto principal estaba rodeado de altos muros de madera, Cuando lo habían construido, los árboles sacrificados habían sido honrados como camaradas guerreros, Haldrissa rezaba ahora para que los árboles hubiesen conservado su gran fuerza incluso en la muerte, Sospechaba que los centinelas iban a necesitarla,

Los guardias del muro observaban agachados el bosque, Hasta entonces no habían mostrado señal de haber visto al enemigo, aunque unos pocos se movían creyendo por un instante haberlo avistado.

El letal silbido de otra lluvia de flechas inundó los oídos de Haldrissa. Denea gritó una advertencia a las cazadoras para que levantasen rápidamente los escudos.

Las flechas chocaron contra éstos. Desgraciadamente, algunas de las cazadoras no se movieron lo bastante deprisa. Se oyeron gritos cuando al menos tres guerreras cayeron con flechas clavadas y otras resultaron heridas. Haldrissa miró a sus propios arqueros y agradeció verlos preparados para devolver el ataque.

Con las flechas preparadas, los arqueros esperaban la orden. La comandante se la dio sin dudarlo.

Ahora que las flechas de los elfos de la noche cruzaron por encima del muro, el silbido se convirtió en una señal de esperanza. Haldrissa corrió hacia el muro, consciente de que no llegaría a tiempo de ver las flechas descender, pero esperanzada de que habría muestras de su éxito.

Mientras trepaba por el muro, oyó gritos de fuera. Más de unos pocos. Puede que los orcos tuvieran algunos arqueros buenos, pero no eran centinelas. Haldrissa estaba segura de que su gente infligiría mucho más daño.

Sólo esperaba que fuese suficiente.

Como en respuesta a su inquietud, cayó otra lluvia de flechas en el momento en que la Comandante llegaba arriba. Aunque consiguió agacharse, la centinela que tenía más cerca fue demasiado lenta con el escudo. La gruesa flecha le atravesó completamente el cuello y la elfa muerta cayó de espaldas.

Haldrissa miró hacia el bosque. Por primera vez, la Horda empezó a salir de la protección de los árboles. Se estaban extendiendo por el borde del bosque en distintas posiciones y, aunque algunos tenían arcos, otros parecían decididos simplemente a mirar.

No… a mirar, no. A contar. Contaban el fuego que devolvían y el número de centinelas en los muros.

Agachándose de nuevo, Haldrissa se dirigió hacia los que estaban más adentro.

—¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego!

Abajo, Denea creyó que su superiora se había vuelto loca. Dudó el tiempo suficiente como para que otra lluvia de flechas respondiese a la de la Horda. Haldrissa maldijo entre dientes mientras las flechas la sobrevolaban. Los orcos eran guerreros expertos; ahora podrían hacer un cálculo aproximado del número de arqueros entre los centinelas.

Y efectivamente, al volver a mirar hacia fuera, vio que los orcos del borde del bosque volvían adentro. Al mismo tiempo, el silencio se hizo en el bosque. No hubo más flechas que atacasen a los elfos.

—Se han retirado —murmuró ingenuamente un joven centinela a un camarada—. Se han ido.

—No —replicó la Comandante, asustando a esos dos y a otros que, con la emoción, habían olvidado que estaba allí—. No, sólo han vuelto a sus puestos por un rato. Seguimos estando bajo ataque. La primera persona que lo olvide no tendrá que preocuparse de si la castigo. La Horda ya la habrá matado.

Los guerreros se quedaron serios y varios apretaron las manos con las que sostenían las armas. Así era como Haldrissa los quería. Si estaban listos para lo peor, tendrían más posibilidades de sobrevivir.

Descendió rápidamente hasta Denea.

—¿Cómo están los arqueros?

—Unos pocos heridos, tres muertos. ¡Da la orden y les enviaré otra dedicatoria a esos gusanos!

—Olvídate de eso. ¡Los hipogrifos! ¿Han podido poner a cubierto a la mayoría?

—Cuatro están ilesos. Otros dos están heridos pero pueden volar. Dos más han resultado heridos en las alas y no se puede contar con ellos. Y hay otro gravemente herido que me temo que vaya a morir.

Seis hipogrifos útiles. Era mejor de lo que había creído Haldrissa, aunque menos de los que le hubiera gustado.

—No tenemos mucho tiempo. Mira a ver si Kara’din puede hacer algo por los heridos más leves primero —ordenó Haldrissa. Se detuvo cuando a Denea se le ensombreció el rostro—. ¿Qué ocurre?

—Quería decírtelo ahora. El druida está muerto. En la última lluvia de flechas un buen número cayó en su dirección. Estaba concentrado en nuestros heridos y no consiguió protegerse lo suficiente. Creo que murió rápidamente, atravesado por muchas flechas.

Haldrissa maldijo.

—Vieron la oportunidad de matar al druida. ¿Dónde está Parsis?

—Ni rastro. Puede que quizá ya esté muerto.

La Comandante no podía malgastar más tiempo en ese tema. Los centinelas habían sobrevivido durante milenios sin asistencia druídica y lo seguirían haciendo ahora.

—Pues sigamos adelante. Prepara rápidamente a todos los arqueros. La Horda no tardará mucho antes de empezar su ataque en serio. No sabemos cuántos puestos avanzados han destruido ya. Tenemos que avisar a Darnassus, pero esta vez quiero suficiente protección para los hipogrifos y sus jinetes.

—¿Cada uno llevará una copia del mensaje?

—¡Al cuerno el mensaje! A estas alturas lo único que tienen que decirle a la general Shandris es que Vallefresno está sufriendo un ataque total. ¡Ahora, prepáralos!

Denea salió corriendo con una velocidad que la veterana guerrera le envidió. Haldrissa ya se sentía como si hubiese librado una batalla entera, no sólo la escaramuza inicial.

En un principio los arqueros se agruparon en una formación lo bastante flexible de modo que, si los orcos disparaban hacia allí donde habían formado antes, hubiese menos bajas. A Haldrissa le molestaba pensar siquiera que el éxito se midiese por tratar de mantener las bajas al mínimo, pero eso era la guerra. Cuantos más guerreros salvase mejor, aunque eso significase que otros tendrían que sacrificarse… incluyendo a ella misma.

Los hipogrifos estaban preparados sólo unos minutos después. En todo ese tiempo los orcos no habían disparado una sola flecha ni tocado un solo cuerno. Eso le preocupaba a Haldrissa. Quien fuera el que estaba al mando del ataque tenía algo insidioso en mente, de eso estaba segura.

Denea le hizo una señal. Haldrissa advirtió en silencio a los arqueros que se preparasen. Cuando tuvieron los arcos listos y ya estaban apuntando, asintió dirigiéndose a los valientes exploradores e hipogrifos y luego a su lugarteniente.

Denea ordenó a la partida que se marchase. Las grandes criaturas aladas despegaron con sus jinetes agachados. Cada animal tomó una dirección ligeramente distinta, pero todos se dirigían hacia el oeste.

—¡Fuego! —ordenó Haldrissa.

La primera fila de arqueros disparó. Pero la segunda se contuvo, como ella había ordenado.

La lluvia de flechas cruzó el cielo hacia el bosque. En el mismo momento, los hipogrifos empezaron a batir sus alas con más fuerza. Se elevaron cada vez más.

De nuevo, Haldrissa dio orden de disparar. La segunda fila disparó. Mientras tanto, aquéllos que habían disparado primero prepararon sus arcos de nuevo.

Seguía sin haber fuego de respuesta. Haldrissa casi contuvo la respiración esperando que la Horda tratase de derribar a los hipogrifos. Pero no hicieron nada.

Al fin las criaturas aladas y sus jinetes estuvieron fuera del alcance de las flechas. La Comandante lanzó al fin un suspiro de alivio.

—¡Mirad ahí! —gritó alguien.

Haldrissa buscaba la muy esperada lluvia de flechas de la Horda, pero en lugar de eso la esperaba una visión más asombrosa. En lo alto y acercándose deprisa desde el este había casi una docena de motas borrosas que se unieron lo suficiente como para revelar unas figuras reptiles con alas membranosas. Figuras reptiles rojas.

—Dragones rojos… —Haldrissa lanzó un grito ahogado antes de reconocer que eran de apariencia más bestial y de formas más primitivas—.

No… protodracos rojos.

Sólo había oído de su existencia en Rasganorte, pero habían corrido rumores de que la Horda había intentado llevarlos a otras regiones. Eran criaturas con hocicos dentados más fuertes y que cruzaban el cielo con una intención clara. En las alas tenían extremos puntiagudos y los protodracos rugían con monstruosa impaciencia al acercarse.

Haldrissa se dio cuenta demasiado tarde de que había hecho justo lo que la Horda quería. Sufriendo ya un ataque, habían esperado a que tratase de enviar otro aviso a Darnassus.

Haldrissa acababa de enviar a los jinetes y a sus monturas a la muerte.

La Horda no podía tener muchos protodracos. Probablemente aquéllos eran la mayoría, si no todos. Sin embargo, eran cuantos necesitaban. Siendo casi el doble de hipogrifos, los protodracos se separaron en parejas para perseguir a los jinetes, que todavía no eran conscientes de lo que se les avecinaba.

Sonó el bramido de un cuerno; Denea trataba de avisar a los exploradores. Pero, aunque algunos reaccionaron, era demasiado tarde. Los protodracos, y sus jinetes orcos, habían estado esperando ocultos tan cerca que no tardaron mucho en alcanzar a sus presas.

Los hipogrifos no estaban ni mucho menos indefensos y los que trabajaban con los centinelas eran especialmente aptos en la batalla. Incapaces de distanciar a sus perseguidores, la mayoría de los hipogrifos se dio la vuelta para enfrentase a los protodracos. Los jinetes prepararon sus arcos.

Un afortunado arquero disparó una flecha que despachó rápidamente al orco que estaba subido sobre el protodraco. El guerrero muerto se deslizó por un lado de su montura y cayó como una piedra hacia Vallefresno.

Dos protodracos atraparon a un hipogrifo entre ellos. El hipogrifo atacó con sus garras, arañando el morro del protodraco más cercano. El jinete orco trató de apuntar con su arco, pero la herida hizo que se desviase. La jinete del hipogrifo devolvió el disparo con la misma puntería que el primer arquero, enviando otro cuerpo de la Horda hacia el suelo.

Desgraciadamente, al concentrarse en un protodraco, por necesidad, el hipogrifo no pudo prestarle mucha atención al segundo. La arquera trató de preparar otra flecha para enfrentarse al segundo; el proceso la dejó al descubierto para el hacha del jinete del segundo protodraco.

El orco golpeó fuerte y el hacha cortó armadura, carne y hueso. Con un grito, la exploradora se llevó la mano al sangriento muñón que le había quedado por brazo. Un segundo golpe de hacha remató a la elfa de la noche dejando al hipogrifo para que se defendiese solo mientras seguía llevando a su jinete muerta.

La valerosa criatura consiguió lanzar otro buen golpe, esta vez al bajo vientre del segundo protodraco. La bestia dejó escapar un rugido de dolor y se inclinó hacia un lado. El orco trató de aferrarse pero, con una mano todavía sosteniendo el hacha, no pudo.

Lo que lo salvó fue el primer protodraco, que apareció como por una orden silenciosa bajo el orco que caía. Agarrándose, el orco se recolocó en su nueva montura.

Tanto el protodraco gravemente herido como su camarada se lanzaron a por el hipogrifo. Los colmillos atravesaron un ala. Las garras rajaron un cuello.

El hipogrifo dio un último salto hacia el más herido de sus adversarios. Le rajó el cuello al protodraco. Éste plantó sus garras en una de las alas del hipogrifo.

Así enganchados cayeron a plomo hacia su muerte.

En un intento de cumplir la misión, dos de los hipogrifos trataron de huir hacia el oeste. Uno no llegó demasiado lejos y, aunque la exploradora trató de ayudar disparándole a sus perseguidores, un protodraco se las arregló para cortarle el camino. Al contrario que en la lucha anterior, el hipogrifo y la elfa de la noche fueron incapaces de presentar mucha resistencia antes de ser hechos pedazos por el conjunto de colmillos, garras y hachas.

El combate aéreo empezó rápidamente a venir a menos cuando los atrapados defensores cayeron uno tras otro. Dos protodracos más perecieron, al igual que sus respectivos orcos, pero pronto sólo quedó un explorador y un hipogrifo que aún trataban de superar a los dos protodracos montados que, lenta pero de forma segura, les comían terreno. La trampa había estado bien tendida y Haldrissa se sintió personalmente responsable por cada muerte que había visto.

Peor aún, no podía hacer más que mirar cuando el último fue atrapado. El explorador y su hipogrifo lucharon tan valientemente como sus camaradas, incluso derribando a uno de los protodracos y a su jinete, pero al final ellos también cayeron. La batalla completa había durado quizá cuatro minutos, aunque a Haldrissa le había parecido una espantosa eternidad.

Los centinelas no se habían quedado quietos mientras ocurría todo aquello. Lanceros montados sobre sables de la noche estaban listos para comenzar la carga saliendo por las puertas. Los centinelas a pie tenían sus gujas preparadas. Los arqueros detuvieron su fuego, esperando ahora la noticia de que la Horda estaba atacando.

Los guardias de los muros miraron cautelosamente a través de los huecos tallados esperando la primera oleada de orcos.

Pero no ocurrió nada.

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