Corazón de lobo – Capítulo Diez – El banquete

Corazón de loboCon todos presentes excepto Ventormenta, le correspondió a Malfurion encargarse de que la reunión comenzase. Para subir los ánimos, Tyrande y él habían decidido celebrar un banquete para todos los invitados. Acostumbrados a tratar con razas diurnas, los elfos de la noche celebraron la cena a la puesta de sol en una zona abierta justo en los confines de Darnassus. Con la incontable variedad de comida y bebida y la tranquilidad del bosque cercano, los gobernantes, emisarios y sus acompañantes se relajaron gradualmente. Incluso Drukan se esforzó y permitió que se sirviese a los Hierro Negro comida que no provenía de su barco… pero sólo después de que su catador hubiese comprobado que no había nada envenenado.

Músicos elfos tocaron música no sólo compuesta por su raza, sino también las obras favoritas de los pueblos representados por los invitados. Sólo había un denominador común entre las canciones, todas habían sido escogidas para animar los corazones y sugerir un futuro prometedor.

Pero a pesar de eso todavía había problemas subyacentes. Malfurion había hablado con más de un representante buscando comprobar sus sospechas sobre el estado de cada reino. Lo que averiguó lo desanimó mucho más de lo que su rostro confiado reflejaba.

Entre los enanos empezaba a escasear la comida y las viejas y amargas rivalidades amenazaban con engullir a la raza. Además, muchos de sus pasajes subterráneos se habían derrumbado durante el Cataclismo y todavía había que despejarlos. Hasta entonces las cosas no se habían descontrolado, pero sólo hacía falta un incidente para que ocurriese algo así.

Los humanos también tenían que reconstruir sus dominios y algunos de ellos estaban en conflicto allí donde se encontraban las fronteras actuales. La comida y el alojamiento eran problemas comunes, y Tyrande y Malfurion ya habían prometido ayudar como pudieran. Había Hermanas de Elune y druidas viajando a cada reino de la Alianza para usar sus poderes para sanar a la gente y a la naturaleza.

Pero, por lo que había oído Malfurion, eso no era suficiente.

No obstante, en líneas generales el banquete empezó a tener el efecto deseado. Los enanos ni siquiera discutían entre ellos y los gnomos no habían puesto en marcha ningún invento desastroso.

Sentado junto a Tyrande, Malfurion miró los asientos vacíos a su derecha.

—Genn dijo que vendría pronto —informó la Suma Sacerdotisa a su esposo—, Eadrik acaba de llegar con el mensaje.

—Me pareció haber visto a Eadrik, pero no estaba seguro. Debería haber… —se interrumpió al ver una forma que se acercaba a las mesas del banquete—. Qué raro. ¿Quién viene ahora? Parece ¡un draenei!

Tyrande forzó la vista, algo que tenía que hacer cada vez más a menudo, hacia donde Malfurion estaba mirando.

—¡No es cualquier draenei! Es Velen.

Los demás empezaron a darse cuenta de la presencia de la extremadamente alta figura que medía casi treinta centímetros más que Malfurion y vestía con ropajes dorados. Tenía la piel alabastrina y sus piernas acababan en gruesas pezuñas hendidas. El Profeta tenía una cabellera plateada que le llegaba más allá de los hombros, recogida en complicadas trenzas. También tenía una barba del mismo color que le llegaba casi a la cintura.

Los ojos de Velen eran de un azul brillante y literalmente relampagueaban. Pero lo más llamativo de todo era el halo luminoso que tenía sobre la cabeza, una señal del don que los naaru místicos, seres de energía de más allá de Azeroth, más allá del reino de Terrallende. Eran criaturas con afinidad por la Luz Sagrada, de la que

Velen era en ese momento el profeta jefe. Otros draenei ostentaban el poder del don, pero ninguno tanto como la figura que se encontraba ante los reunidos. De hecho, la Luz no sólo emanaba del halo, sino que en ciertos momento también parecía rodear débilmente al augusto recién llegado… aunque podría haber sido tan sólo un efecto óptico.

El propio Velen irradiaba cierta intemporalidad. Sólo tenía arrugas alrededor de sus viejos ojos. Sin embargo, de cerca, se podían distinguir arrugas diminutas en su piel alabastrina como si fuese una estatua con eones de antigüedad. Malfurion no sabía la edad de los draenei. Desde luego, eran mucho mayores que cualquier elfo vivo.

Incluso Drukan se puso en pie cuando Velen se unió al banquete. Casi al unísono, los invitados inclinaron la cabeza en señal de respeto. Había algo en el draenei que hablaba de paz interior y conocimiento que la mayoría sólo podía soñar con conseguir. No era extraño, dado que Velen no sólo era el líder de su gente sino también sacerdote.

El draenei alzó la cristalina empuñadura de su largo bastón púrpura en dirección a Malfurion y Tyrande. Tanto el cristal grande como el pequeño situado en el extremo del bastón brillaron por un instante.

—¡Salve, Archidruida y Suma Sacerdotisa! Disculpad esta intrusión…

—La presencia del Profeta nunca es una intrusión —respondió Tyrande de modo igualmente solemne, dirigiéndose tanto a los otros como al nuevo invitado—, y Velen es siempre bienvenido aquí como amigo de todos. Os estamos agradecidos a los draenei por la ayuda que nos prestaron durante el reciente conflicto con los demonios de la Legión Ardiente.

El sacerdote inclinó la cabeza.

—¡Son los draenei quienes debemos agradecer a la Alianza que nos aceptaran y además que se enfrentara a la maldad de la Legión Ardiente! ¡No creáis que es poca cosa! ¡Nunca había habido un mundo que pudiese rechazar a los demonios no sólo una vez, sino más!

Tyrande se dirigió de nuevo a todos los asistentes, pero más personalmente al Profeta.

—No se podría haber conseguido la victoria final sin tu ayuda y la de tu pueblo, Velen. Ninguno de los presentes lo negará.

—Me siento honrado de que pienses así, pero sabes que siempre estaremos en deuda con Azeroth. He venido a prometeros que los draenei haremos cuanto podamos para ayudar a todas las tierras de la Alianza en cuanto podamos.

Hubo un murmullo inquieto por parte de los asistentes, elfos de la noche incluidos. Malfurion se inclinó hacia delante.

—¿No vais a volver a Terrallende? Habíamos supuesto…

Velen sonrió como si fuese perfectamente consciente de que se enfrentaría a esa pregunta.

—Algunos han vuelto para revitalizar nuestra civilización allí, pero los demás permaneceremos en Azeroth mientras se nos necesite.

La Suma Sacerdotisa miró a los otros.

—Creo que hablo por todos cuando digo que éste es un noble gesto por el que volvemos a expresar nuestra gratitud.

La mayoría de los representantes de la Alianza murmuró con aprobación. Los Hierro Negro fueron los únicos que no parecieron completamente satisfechos con la revelación. Velen quedó complacido por la aceptación general.

—Por favor, únete a nosotros, reverendo —añadió Tyrande, haciendo inmediatamente una señal a los sirvientes para que añadiesen un asiento nuevo junto a Malfurion y ella. Los dos se aseguraron de que a ninguno de los otros representantes les faltase espacio debido a esta inesperada adición.

—Estaría encantado de unirme a todos mis amigos presentes. Lo único que necesito es un poco de agua.

A pesar de la insistencia, Tyrande pidió que trajesen también un poco de comida y vino. Aparte de la ligera sorpresa por su anuncio, el draenei era un invitado bienvenido.

El banquete se calmó. El humor general se aligeró. Tyrande intercambió una esperanzada mirada con Malfurion.

Desde su derecha, justo al lado de Velen, Kurdran dejó escapar una risotada por algo que había dicho el draenei, llamando la atención de los elfos. El Profeta parecía ligeramente divertido por el efecto que sus palabras habían causado en el enano. Kurdran se giró para comentarle a uno de sus compañeros algo sobre lo que había dicho Velen… y se detuvo para mirar a un grupo que se acercaba. Al mismo tiempo los músicos, obviamente conscientes de los recién llegados, se detuvieron.

Genn Cringris había llegado al fin.

El Rey de Gilneas estaba acompañado por cuatro escoltas de su pueblo, tres hombres y una mujer. Eadrik era uno de ellos y, en ese momento, estaba escuchando algo que susurraba Genn.

Como antes, los gilneanos tenían el mismo aspecto que cualquier otro humano, aunque la escolta de Genn estaba obviamente formada por avezados guerreros. De no ser por su segura manera de andar y sus modales, Genn podría haber sido sencillamente otro miembro más del grupo; llevaba pocos adornos que señalaran su estatus real. La prueba más evidente de su rango era el escudo gilneano en relieve que llevaba en la camisa justo encima del corazón, que Genn se tocó distraídamente al acercarse al banquete. La caída de su reino había vuelto muy humilde al antiguamente arrogante monarca.

Si había algo que distinguía a los gilneanos de la mayoría de los demás humanos, era la mirada precavida que tenían al acercarse. No era una mirada de desconfianza, sino de desafío. Pero no un desafío contra nadie en particular sino contra el mundo en general.

Al acercarse al centro del banquete, Genn levantó la mano. Los otros gilneanos se detuvieron. El Rey dio media docena de pasos más y se detuvo delante de los elfos de la noche.

—Mis disculpas. El retraso ha sido inevitable —fijó la mirada en Velen—. Tú debes de ser el profeta Velen. He oído muchas cosas sobre ti. No sabía que fueras a estar presente. Soy Genn Cringris.

El Profeta inclinó la cabeza.

—Saludos, Rey de Gilneas. Yo también te conozco.

Tyrande y Malfurion se levantaron, y aquélla dijo:

—¡Bienvenido, Genn Cringris! ¡Por favor, siéntate con nosotros!

—Antes de hacerlo, debo decirles algo a los presentes.

El anuncio provocó miradas de curiosidad y preocupación entre los otros líderes y emisarios. Malfurion se esforzó por no fruncir el ceño.

—Habla, por favor, Genn —lo animó al fin el Archidruida—. Estaremos encantados de escucharte.

Las palabras de Malfurion silenciaron a los demás aunque algunos, especialmente los Hierro Negro, todavía miraban con precaución e inquietud.

El Rey asintió.

—Seré breve. Hace años tomé algunas decisiones terribles. Abandoné la Alianza creyendo tomar el rumbo correcto para mi pueblo. Aquello demostró ser un lamentable error —carraspeó—. Lo que os quiero decir es que os doy las gracias por darnos esta segunda oportunidad.

Con eso, Genn saludó a los demás invitados y condujo a su grupo a sus asientos. En lugar de prolongar lo que obviamente había sido un momento incómodo para el humano, Tyrande inmediatamente les indicó a los músicos que continuasen tocando. También se aseguró de que sirviesen rápidamente a los gilneanos y que se llevase más comida y bebida a los demás invitados.

La comida continuó. Empezaron las conversaciones personales y cierta seriedad apareció en algunos momentos. Kurdran se había acercado a Tervosh para hablar de algo que había hecho que el Archimago frunciese el ceño, aunque asintiendo. Enfrente de ellos, Drukan lo observó con los ojos entrecerrados y luego volvió a dedicarse a su comida. Pero un momento después se levantó y, para sorpresa de todos, se dirigió a hablar en privado con el manitas mayor.

—¿Crees que estas conversaciones son señales de esperanza o de desunión? —le preguntó Malfurion a su compañera mientras su rostro sereno desmentía su preocupación.

—Todas las tierras tratan de recuperarse, igual que nosotros. Sin duda quieren ver lo que podrían conseguir de los demás. En cierto sentido eso podría unirlos… pero sólo si no creen que tendrían que sacrificar demasiado a cambio.

—Lo que significa que crees que estas conversaciones son ambas cosas.

Tyrande le acarició la mano.

—Sí, amor mío, tristemente lo creo —sonrió débilmente—. Pero al menos están hablando, y eso es algo sobre lo que trabajar.

Malfurion notó que ella miraba a su espalda.

—¿Qué ocurre?

—Hay dos centinelas que quieren hablarnos.

El Archidruida se giró calmadamente en esa dirección. Que «querían» hablar con ellos era un eufemismo; estaba claro que lo único que evitaba que los centinelas acudiesen a sus líderes era el hecho de que hubiese reunidos tantos representantes de la Alianza. Ambos agarraban sus armas y no hacían más que mirar por encima de sus hombros a algo que había tras ellos.

—¿Ventormenta, quizá? —preguntó él.

La Suma Sacerdotisa se puso en pie.

—Si es así, por sus movimientos no pueden ser buenas noticias.

Malfurion miró a sus invitados y luego murmuró:

—Voy contigo.

Ella no intentó detenerlo. Velen la miró mientras se alejaba, asintiendo como si quisiera mostrar que, si necesitaban su apoyo, fuese cual fuese el problema, se lo daría.

Algunos de los demás invitados los miraron irse, pero los elfos de la noche fingieron no darse cuenta. Moviéndose con paso tranquilo, llegaron al fin a los dos centinelas.

Y allí descubrieron que tras ellos había al menos media docena más junto a una muy adusta Maiev.

Tyrande no perdió el tiempo.

—Habla.

Pero fue Maiev, no el centinela, quien habló. Avanzando un paso, respondió:

—Suma Sacerdotisa… Hay un cadáver.

El Archidruida pareció sombrío.

—Muéstranoslo.

Tyrande dio órdenes a una de sus principales sacerdotisas de que se hiciese cargo de los invitados. Solucionado el problema, ella y Malfurion siguieron a los demás.

Maiev y los centinelas se dirigieron directamente al templo.

—Yo lo decidí —los informó la

vigía—. Pensé que sería mejor.

—Hiciste bien —reconoció la Suma Sacerdotisa.

En una de las cámaras menos usadas llegaron al fin a dos centinelas vigilando el cuerpo de un elfo de la noche cubierto por una tela.

—¿Quién? —preguntó al fin Tyrande, que no quiso esperar a que retirasen la improvisada mortaja.

Maiev se quitó el casco y se lo puso bajo el brazo. La hermana de Jarod miraba directamente a Malfurion.

—Un altonato. El que, según me han dicho, te dijeron que había desaparecido.

Una de las centinelas le destapó la cara. Como había dicho Maiev, era un altonato. Y Malfurion supo inmediatamente cuál.

—Thera’brin… —dijo el Archidruida con voz ronca—. ¿Dónde lo han descubierto?

—No muy lejos de donde entrenamos yo y las otras vigías —respondió Maiev frunciendo el ceño.

Tyrande estaba seria.

—No murió en un accidente, ¿verdad?

Maiev agarró la tela y tiró de ella. Las salvajes heridas que el altonato tenía justo debajo de la barbilla asombraron a Malfurion y a Tyrande.

—Sólo si se decidió a cortarse el cuello dos veces… La segunda por placer, supongo. —se incorporó—. Y se aseguró de que una carta que encontramos con él permaneciese pegada a su cuerpo cuando cayó.

Lo dijo en tono frío, como si estuviese describiendo la forma y apariencia de una roca en lugar del asesinato de uno de los suyos. Ni a Malfurion ni a Tyrande les extrañó oírla hablar así; Maiev siempre era concreta, siempre cuando se trataba de cumplir su deber.

—¿Qué decía la nota? —preguntó el Archidruida mientras un nuevo escalofrío lo atravesaba.

Maiev estaba preparada. Le dio un pedazo irregular de pergamino, manchado en parte con la sangre del desafortunado Thera’brin. En él habían garabateado, en lo que también parecía ser la sangre del mago, un mensaje escrito en un estilo de escritura élfica que había estado largo tiempo en desuso y que les trajo recuerdos de los días en que Zin-Azshari era todavía la capital y la maldad de la Reina Azshara era aún desconocida.

No tolero traidores…

—Sabíamos que habría gente que no los perdonaría nunca —dijo Tyrande.

—Pero creímos que atenderían a razones, al menos para no cometer un acto tan repugnante —el Archidruida le devolvió la mirada a Maiev—. ¿Le encontrasteis cerca de donde entrenáis?

—Sí. Alguien pensó que sería un regalo o decidió que se podría culpar a los vigías.

En sus palabras no faltaban motivos. Maiev y sus vigías estaban entre los muchos que se sentían incómodos con el previsible regreso de los altonatos a la sociedad.

—Esto no permanecerá en secreto —dijo Tyrande— Y no debería.

Malfurion estuvo de acuerdo.

—Y, más aún, debemos encontrar a los asesinos y hacer justicia antes de que esto empeore. ¡El momento no puede ser una coincidencia! No se trata sólo de los altonatos; tiene la intención de provocar el caos durante la reunión.

—Tienes razón, amor mío. Le pediré a Shandris…

Arrodillándose de repente ante Tyrande, Maiev inclinó la cabeza y declaró:

—¡Déjame descubrir a los culpables! ¡Conozco los hechos mejor que nadie! ¡He investigado el cuerpo en busca de pistas y he estudiado la zona donde se encontró! No hay nadie que pueda hacer más. ¡Encárgamelo! ¡Juro que haré todo lo que esté en mi poder para encargarme de que aquellos que quieren provocar la inquietud entre nosotros reciban su merecido!

Ahora su voz denotaba una fuerte emoción. Tyrande miró a Malfurion, que asintió.

La Suma Sacerdotisa colocó la mano cariñosamente sobre el hombro de Maiev. La elfa alzó la vista con la mirada resuelta.

—Se me ocurren pocas personas más dedicadas a nuestro pueblo y a sus necesidades. Encárgate de esta investigación, Maiev, y hazlo con mi bendición.

Algunos de los centinelas no parecieron muy contentos con la elección, pero no dijeron nada.

El aspecto de Maiev era como si Tyrande le hubiese concedido el mayor deseo de su vida. Se incorporó y los saludó a ambos.

—¡Lo solucionaré sin importarme lo que deba sacrificar!

—Insisto en que tengas cuidado, Maiev.

La hermana de Jarod asintió desganadamente, pero sus ojos no mostraron aceptación. Tanto Tyrande como Malfurion sabían lo dedicada que Maiev podía ser en una misión. En ese caso necesitaban esa dedicación y por lo tanto ninguno de los dos añadió nada más para no desanimar a la vigía de hacer lo que necesitase.

—Los altonatos querrán el cuerpo de Thera’brin —dijo Malfurion—. Creo que será mejor si estoy con ellos. Ya creen que los demás preferiríamos verlos eliminados de la faz de Azeroth; esto no mejorará su ánimo.

—Hazlo —la Suma Sacerdotisa le acarició la mejilla—. Pero ten cuidado cuando estés entre ellos.

—Sabes que lo tendré.

Maiev volvió a inclinar la cabeza.

—Con vuestro permiso, empezare la caza inmediatamente.

Tyrande asintió. Volviendo a colocarse el casco, Maiev se fue en silencio.

—Te llevarás a cuatro centinelas cuando vayas a ver a los altonatos —le dijo Tyrande a su esposo—. Actuarán de portadores del cuerpo.

—Permíteme buscar la ayuda de algunos de los míos. Puede que en este momento no sea buena idea que los altonatos tengan delante a luchadores armados.

A ella le pareció buena idea.

—¿Vas a ir inmediatamente?

—Aún no. Quiero oír la opinión de Velen sobre éste y otros asuntos. No esperaba su llegada, pero puede que sea fortuito. Necesitaremos su firme disposición para evitar que los ánimos se calienten una vez se conozca el asesinato. Todas las desconfianzas entre los distintos pueblos se harán patentes repentinamente.

Se decidió que los centinelas permanecerían de guardia el tiempo que fuese necesario. Tyrande también llamó a otras dos sacerdotisas versadas en el arte de la conservación para que hiciesen cuanto pudiesen por mantener el cuerpo en buen estado.

Conscientes de que no podían hacer esperar demasiado tiempo a los altonatos para contarles su descubrimiento, el Archidruida y la Suma Sacerdotisa regresaron rápidamente al banquete. Temían que su ausencia hubiese podido provocar cierta inquietud entre los participantes, pero para su alivio todos parecían calmados. De parte de aquello era responsable

Velen, que se había levantado de su asiento para hablar con los Hierro Negro. Ninguno de los dos elfos podía adivinar qué asunto podía haber unido al draenei con los enanos, pero de algún modo Velen había conseguido no sólo mantener distraído a Drukan, sino también alegrarlo.

—Ciertamente, la Luz se mueve por extraños caminos —le murmuró Malfurion a su esposa.

—Y desde luego Velen es ducho en el arte de la diplomacia — Tyrande se interrumpió al ver llegar a otro centinela—. Más noticias…

El centinela saludó y dijo inmediatamente:

—Suma Sacerdotisa, ha llegado Ventormenta.

La noticia provocó en Malfurion y en su compañera alivio y preocupación al tiempo. Tyrande preguntó:

—¿Cuánto hace?

—Cuando salí con esta noticia acababan de desembarcar. Os busqué aquí, pero no os encontré.

La Suma Sacerdotisa miró a su esposo.

—Los ayudantes que estaban de plantón en el portal tenían órdenes de llevar al grupo a sus aposentos, pero debería ir y saludar a Varian…

Al otro lado, se oyó de repente la voz de Genn Cringris por encima del alboroto. Su audiencia consistía de la mayoría del grupo de Kurdran. Genn, obviamente mucho más relajado ahora después de la aceptación mostrada por los demás, pero también por la cerveza de los enanos que acababa de beberse, había empezado a relatarle a los demás algunas de sus pasadas batallas contra la Horda.

—La clave era mantener unido nuestro frente —estaba diciendo el Rey mientras Malfurion y Tyrande se dirigían hacia Velen—. ¡Divídenos y seremos pasto de los cuervos! ¡Todos sabían que flojear significaría la muerte de sus compañeros y ninguno de nosotros lo toleraría! Lanzamos el grito de guerra gilneano…

—Que consistía en un ruego de clemencia tan potente que los orcos sin duda os dieron la espalda asqueados. —dijo una voz burlona.

El efecto que tuvieron esas palabras sobre Genn Cringris fue inmediato. Saltó de la mesa, barriendo en su furia la comida y la bebida sin importarle dónde o sobre quién aterrizase. Sus facciones se ensombrecieron y, por un momento, pareció hincharse e incluso empezar a cambiar.

—¿Quién osa lanzar tan monstruoso insulto contra mí y contra Gilneas? ¿Quién?

Su enfurecida mirada pasó rápidamente por todas las personas allí sentadas en busca del culpable. La mayoría sencillamente se lo quedó mirando, tan asombrados como él por las insultantes palabras. Unos cuantos miraban nerviosamente a su alrededor.

Y unos pocos, como Malfurion y Tyrande, miraron de Genn Cringris hacia donde se encontraba el que había hablado. Malfurion dio unos pasos hacia la imponente figura, pero la Suma Sacerdotisa lo detuvo con una mano.

El Rey de Gilneas vio su movimiento. Siguió su mirada hasta quien lo acusaba.

—Tú…

—Y, habiendo espantado tan elocuentemente a los orcos, sin duda hicisteis lo que todos los valientes gilneanos hacen tan bien… arrastrarse y esconderse hasta que hubo pasado la batalla.

Era obvio que Genn deseaba lanzarse al cuello del otro. Movió los dedos en el aire, como si ya estuviese aplastándole la tráquea. Pero de algún modo consiguió quedarse donde estaba y sencillamente gruñir.

Por su reacción no recibió más que una mirada de desprecio del recién llegado que luego, de un modo mucho más respetuoso, se volvió hacia los anfitriones del banquete y se inclinó.

—Suma sacerdotisa Tyrande.

Archidruida Malfurion. Es un placer volver a veros —dijo tranquilamente Varian Wrynn.

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