Antes de la Tormenta – Epílogo – Tierras Altas de Arathi

Velen había aconsejado a Anduin que fuera al Templo de la Luz Abisal, que hablara con Saa’ra y que escuchara lo que el Naaru dijera. Entonces, Velen había sugerido que Anduin sería capaz de encontrar a su pueblo en los muelles y “Si la Luz lo quiere, sabrás que decirles para ayudar a sus corazones heridos.”

El draenei había tenido razón.

Cuando los barcos llegaron al Puerto de Stormwind, Anduin estaba ahí para recibirlos, pero no para darles la bienvenida a casa. Estaba ahí para llevarlos de vuelta a las Tierras Altas de Arathi.

Trajo consigo a los talladores de lápidas y a los cavadores de tumbas. La gente de Lordareon —de Undercity— no serían abandonados para pudrirse olvidados en un húmedo campo verde. Anduin había invitado a aquellos que desearan volver a quedarse en el barco; los otros eran bienvenidos a volver a sus hogares.

La mayoría se quedó.

Ahora caminaba entre ellos, observado, pero sin sentirse perturbado, por los renegados que estaban en la Caída de Galen, cerca de la Muralla de Thoradin, mientras ellos identificaban, hablaban y enterraban a aquellos que habían sido lo suficientemente valientes para tratar de ir más allá del prejuicio y el miedo. Anduin escuchó mientras los humanos contaban historias acerca de los caídos mientras los renegados eran, al final, puestos a descansar.

Velen podía desviar cumplidos acerca de su sabiduría, pero Anduin sabía más. Eso era sanación. Eso era respeto. Cuando enterraron a Jem, Jack y Jake —Anduin no creía que podría olvidar sus nombres jamás— Emma se rompió. Philia estaba ahí, deslizando un brazo a su alrededor para apoyar a la mujer mayor, sus propios ojos enrojecidos por el llanto.

—Ahora se han ido, todos ellos —dijo Emma—. Estoy completamente sola.

—No, no lo estás —dijo Philia—. Nos ayudaremos.

* * *

Genn había regresado a las Tierras Altas de Arathi con Anduin. Él aún no había tenido la oportunidad de hablar con el muchacho y no le apetecía dejarlo volver sin acompañarlo. Ahora él escuchaba mientras Philia y Emma se reconfortaban mutuamente y observaba como Anduin, claramente conmovido, se alejaba unos cuántos pasos.

Genn se acercó detrás de él.

—Sabía que los gatos eran silenciosos, pero los lobos son casi tan cautelosos —dijo Anduin.

Genn hizo un mohín.

—Sabemos cómo movernos para acoplarnos a la tarea —dijo.

—Es lo que descubro… repetidamente.

—He llegado a conocerte bastante bien en los últimos años —dijo Genn, ignorando el golpe—. Te he observado crecer, una tarea más dura para ti de lo que debería haber sido. Pero parece ser que nada es fácil en éste mundo.

—No —aceptó Anduin. Sus ojos azules observaron el campo—. Ni siquiera mantener la paz por un solo día.

—Ya deberías saber que la paz es una de las cosas más difíciles de mantener en éste o en cualquier mundo, mi muchacho —dijo Gen, sin ser poco amable.

Anduin sacudió la cabeza con pena e incredulidad.

—No puedo borrar las imágenes del Concejo Desolado corriendo tan rápido como podían hacia lo que creían era un futuro con sus seres queridos. Me siento responsable.

Por ellos. Y por ellos —dijo, haciendo un ademán a los vivos aun moviéndose en el campo.

—Sylvanas mató a su propia gente, Anduin —le recordó Genn—. No tú.

—Claro que lo sé, racionalmente. Pero no importa. No en mis huesos. Y no aquí —Anduin apoyó una mano en su pecho durante un momento, después la dejó caer—. Aquellos que perecieron en éste campo, lo hicieron porque el Rey Anduin Wrynn de Stormwind les había prometido que estarían a salvo mientras se reunían con sus seres queridos. Y ellos murieron por esa promesa. Por culpa mía.

La amargura en su voz fue cómo ácido. Genn, quien nunca la había escuchado de él antes, se quedó en silencio. Después de un rato, Anduin habló.

—Has venido a sermonearme, obviamente. Adelante. Me merezco cada palabra.

Genn olisqueó y se mesó la barba por un momento, sus ojos en el horizonte.

—De hecho, he venido a disculparme.

La cabeza de Anduin giró violentamente, y no se molestó en ocultar su sorpresa.

—¿Disculparte? ¿Por qué? Todo lo que hiciste fue advertirme en contra de esto.

—Me pediste que observara. Así que lo hice. También escuché —señaló una de sus orejas—. Los lobos tenemos una audición excelente. Observé sus interacciones. Vi lágrimas. Escuché risas. Vi el miedo abrirle camino a la alegría —él mantuvo su mirada en la gente de Stormwind honrando a sus muertos mientras continuaba hablando—. También vi otras cosas. Vi a un guardia de Stormwind salir hacia éste campo. Habló con una mujer renegada, su esposa o hermana, tal vez. Pero finalmente él sacudió la cabeza y se alejó de ella, de vuelta a la fortaleza.

El ceño de Anduin se frunció en confusión, pero permaneció callado.

—La renegada bajó la cabeza y se quedó quieta un momento. Sólo… se quedó ahí. Y entonces, muy lentamente, caminó de regreso a la Muralla de Thoradin.

Ahora Genn miraba de frente a Anduin.

—No hubo violencia. Ni. ira u odio. Pareció que ni siquiera palabras duras. Y mientras esas reuniones felices fueron notables, extraordinarias, me pareció que eso era mucho más importante. Porque si los humanos y los renegados podían reunirse, con tanta emoción implicada, y discrepar, disgustar o incluso sentirse repelido él uno al otro, y simplemente alejarse. —Greymane negó— todo lo que había visto de los renegados era traición, engaño, y un hambre de acabar con la vida. —He visto a mi muchacho morir en

mis brazos, dando su vida por salvar la mía, pensó mas no lo dijo—. Vi terribles monstruosidades que arrastraban los pies, descendiendo hacia seres vivientes con ningún otro deseo que no fuera respirar esa luz de vida. Nunca había visto lo que vi hoy. Nunca pensé que podría.

Anduin escuchó.

—Creo en la Luz —declaró Genn—. La he visto, me he beneficiado de ella, así que debo hacerlo. Mas nunca la había sentido realmente. No pude sentirla de Faol. Solamente vi lo que consideraba como un desgarrador juguete de trapo, un viejo amigo, muerto, animado como alguna clase de chiste. Declamando cosas que no podían ser verdad. Entonces dijo algo que era cierto. Demasiado cierto. Cortó como una cuchilla y no pude escucharlo. —Genn respiró hondo—. Pero estaba en lo cierto. Tú estabas en lo cierto. Todavía creo que lo que les hicieron a los renegados contra su voluntad fue aterrador. Pero me queda claro ahora que algunos de ellos no han sido corrompidos por ello. Algunos de ellos todavía son las personas que fueron alguna vez. Así que estaba equivocado y me disculpo.

Anduin asintió. Una sonrisa surcó su rostro fugazmente, entonces se fue. Estaba claro que aún estaba afectado con culpa y testarudamente no renunciaría al dolor. Todavía no.

—Tenías razón sobre Sylvanas —dijo Anduin, esa fría amargura persistiendo en su voz—. La Luz lo sabe, ojalá hubiera escuchado.

—Tampoco tenía razón acerca de ella —dijo Genn, asombrando a Anduin po r segunda vez en muchos minutos—. No totalmente. Sabía que no podía dejarlo ir sin hacer algo. Creí que nos atacaría. No a su propia gente.

Anduin se contrajo del dolor y apartó la mirada

—Pudo haberlos matado, pero yo le prometí al Concejo Desolado que tendrían un paso seguro. Esas muertes ahora están en mi consciencia. Me perseguirán.

—No, no lo harán —dijo Genn—. Porque mantuviste tu parte de la negociación. Nadie sabía qué tan mal Sylvanas Windrunner podría lidiar con algo que no fuera de su completa y absoluta obediencia. Si me preguntas, el Concejo Desolado firmó su propio certificado de muerte al existir como un cuerpo gobernante. Ella les hubiera hecho algo tarde o temprano. Sus fantasmas, si los renegados pueden tener fantasmas, no te perseguirán a ti, mi muchacho. Hiciste algo maravilloso por ellos.

Ahora Anduin se giró hacia Greymane, mirándolo completamente a los ojos.

—Respóndeme esto: ¿Habría sido suficiente para ti, Genn? ¿Ver a tu hijo una vez más y pagar ese encuentro con tu vida?

La pregunta era completamente inesperada, y por un momento, Genn se desconcertó. Un viejo dolor lo atravesó y tensó la mandíbula. No quería responder, pero había algo en el rostro del joven que no permitió que el mayor se negara.

—Sí —dijo al fin—. Sí. Lo habría sido.

Y era verdad.

Anduin tomó un hondo y tembloroso respiro y asintió a Genn.

—No obstante, es una tragedia, y le ha hecho un gran daño a cualquier oportunidad de paz. Ha destruido el prospecto de trabajar junto con la Horda para sanar al mundo. La Azerita continuará amenazando el equilibrio del poder. Ha herido a la Alianza también. Sylvanas utilizó un momento que pudo haber sido un verdadero cambio como una oportunidad de eliminar gente que ella veía como sus enemigos. Y lo hizo con tanta delicadeza, tan bien, que ni siquiera pude recriminarla por eso. Ella no faltó a su palabra. Calia era una posible usurpadora. No puedo pedirle a Stormwind que vaya a la guerra porque el Jefe de Guerra de la Horda escogió ejecutar a individuos que ahora hará ver como traidores. Así que se sale con la suya. Ella ha ganado. Eliminó a la oposición, mató a la legítima heredera de Lordaeron, y lo hizo mientras parecía una líder noble por no atacar a la Alianza y empezar una guerra.

Genn no dijo nada. No necesitaba hacerlo. Simplemente se mantuvo junto a Anduin y dejó que el joven rey lo averiguara por sí solo.

Los minutos pasaron, y entonces, Anduin finalmente habló.

—Yo nunca, jamás dejaré de esperar la paz —dijo. Su voz tembló con emoción—. He visto mucho bien en demasiadas personas para pintarlas a todas como malvadas y merecedoras de una matanza. Y, además, jamás dejaré de creer que la gente puede cambiar. Pero ahora me doy cuenta que he sido como un granjero esperando cultivar en un campo envenenado. Simplemente no es posible.

Greymane se tensó. El muchacho se dirigía a algo.

—La gente puede cambiar —repitió Anduin—. Pero algunas personas nunca, nunca desearán hacerlo. Sylvanas Windrunner es una de esas.

Él respiró profundamente. El dolor y la tristeza lo hicieron parecer mayor. Genn había visto expresiones similares en los rostros de aquellos que habían sido encomendados con un deber desgarrador.

Cuando el chico habló, Genn estaba satisfecho por las palabras, pero entristecido por su necesidad de decirlas.

—Creo —dijo Anduin Llane Wrynn—, que Sylvanas Windrunner está verdaderamente perdida.

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