Antes de la Tormenta – Capítulo Treinta y cuatro – Campo de Las Tierras Altas de Arathi

Durante un terrible momento, la matanza alrededor de Calia Menethil se sobrepuso y se mezcló con el recuerdo de aquellos dos atemorizantes días, años atrás, cuando ella se había quedado quieta en una zanja mientras no-muertos enloquecidos destrozaban todo solo a unos cuantos pies de distancia. Ella estaba congelada y sólo podía mirar con horror mientras las forestales oscuras de Sylvanas Windrunner lanzaban sus flechas sobre los miembros del Concejo Desolado.

Ellos habían llegado sin odio en sus corazones hacia Sylvanas. Ellos eran gente que únicamente quería ver a sus amigos y familiares que creyeron estaban fuera de su alcance para siempre. Pero su Jefe de Guerra, su propia Dama Oscura, aquella que los había creado y que sobre todos los demás debería estar salvaguardando su bienestar, había ordenado a sus forestales disparar en medio de ellos.

Ni siquiera están armados, dijo la mente de Calia estúpidamente, como si eso fuera lo más importante en esa horrible traición. Solamente habían llevado anillos, cartas de amor y juguetes a ese campo. Ellos no querían nada más que cariño y conexión.

No era mi intención que esto ocurriera, pensó. Pero eso no importaba. Ni tampoco importaba que la idea inicial de buscar asilo con la Alianza hubiera venido de Parqual. Ellos habrían sido su pueblo de haber vivido, y ellos eran su pueblo en la no-muerte también. Y ella no huiría a la salvación como una cobarde mientras su gente estaba siendo masacrada por una celosa reina usurpadora por atreverse a correr hacia lo que ellos creían que era un santuario.

Ella era Calia Menethil. Heredera al trono de Lordaeron. Y lucharía —y moriría— para defender a su pueblo. Solamente debía ponerlos a salvo en el Castillo de Stromgarde y mantener una barrera de Luz entre ellos y las flechas que seguían reclamándolos.

—¡A la fortaleza! —gritó —¡Corran!

Y se apresuró a hacer lo que pudiera para proteger a su gente de la ira de la falsa reina.

Tierras Altas de Arathi, Muralla de Thoradin

—Mi reina, ¿qué estás haciendo?

Sylvanas escuchó la sorpresa en la usualmente calmada voz de su campeón. Ella escogió no prestarle atención. En la superficie, lo que se desarrollaba debajo, el disparo de las flechas, los gritos y súplicas del Concejo Desolado mientras probaban sus Últimas Muertes podía parecer confuso y perturbador.

—Lo único que podía hacer y seguir teniendo mi reino tal cual es —dijo—. Estaban desertando.

—Algunos estaban volviendo aquí, a un lugar seguro —respondió.

—Lo estaban —aceptó— ¿Pero cuánto de eso era miedo? ¿Qué tan tentados estaban hasta ese punto? —negó con la cabeza—. No, Nathanos. No puedo arriesgarme. Los únicos miembros del Concejo Desolado en quiénes confío son los que regresaron a mí más temprano, rotos y amargados. Realmente Desolados. Todos los demás… No puedo permitir que ese sentimiento, esa esperanza, crezca. Es una infección lista para esparcirse. Debo deshacerme de ella.

Lentamente, aceptando sus palabras, asintió.

—Estás dejando ir a los humanos.

—No tengo deseos de comenzar una guerra cuando no estoy lista para hacerlo —ella miró al creciente número de cadáveres renegados inmóviles en el campo. Muchos habían optado por la muerte—. No creo que el niño rey arreglara esto. Era estúpido. Él es ingenuo, pero no es estúpido. No arriesgaría una guerra por un puñado de renegados mercantes y obreros —su sospecha inicial se había evaporado rápidamente. Si hubiera pretendido una deserción, la hubiera planeado mejor. No, Sylvanas ponía toda la culpa en la chica Menethil, tan temeraria y engañosa como su odiado hermano. Había embaucado tanto al rey de Stormwind como al Jefe de Guerra de la Horda.

Y estaba a punto de morir por eso.

—Me cansé del juego —dijo Sylvanas—. Materé a la usurpadora yo misma. Y entonces los renegados volverán a casa a donde pertenecen. Conmigo.

Le regaló una sonrisa fría a su campeón.

—Uno de los deseos del Concejo Desolado era no renacer una y otra vez. Así que les he otorgado dos regalos hoy. Una reunión con sus seres queridos y sus muertes finales.

—Y ahora —dijo, agarrando su arco y saltando ligeramente hacia un murciélago que esperaba—. Estoy a punto de consignar a Calia Menethil a los anales de la historia de la realeza muerta.

Campo de Las Tierras Altas de Arathi

Anduin rezó a la Luz como nunca antes había hecho. Esas personas —tanto humanos como renegado— no habían hecho nada excepto tratar de ver más allá de su viejo odio, sus miedos. Se habían acercado en amor y en confianza…

…confía en mí.

.para hacer lo que es correcto, y bueno, y noble.

Incluso aunque instó a su grifo a ir a su máxima velocidad, se dio cuenta con un horror enfermo y devastador que llegaría demasiado tarde.

Más adelante, Osric Strang corría junto a su amigo Tomas. El joven rey se acercó a la Luz, pero antes de que pudiera lanzarla sobre el renegado que corría, una flecha silbó más allá de su oreja y se clavó en el huesudo pecho de Tomas. Lo atravesó limpiamente, clavándose en su espina con una precisión inhumana.

No…

Anduin miró alrededor salvajemente. Ahí estaba Philia con su padre, Parqual, corriendo con un brazo protectoramente alrededor de él, como si ella fuera el padre y no él. Pero las flechas de las forestales oscuras eran tan inmisericordes como quienes las disparaban. El golpe fue certero y Parqual se tambaleó a media zancada. Philia cayó de rodillas, sus brazos yendo alrededor del cuerpo en descomposición y sus sollozos destrozando a Anduin en pedazos.

No pudo alcanzar a ninguno de ellos a tiempo. Ni siquiera a los chicos Felstone, quienes corrían hacia la fortaleza tan rápido como podían sus piernas. Uno de ellos acunó a la atemorizada y anciana Emma en sus brazos, tratando de protegerla con su propio cuerpo, sin entender que él y sus hermanos no-muertos eran quienes estaban en peligro, no su madre.

Tres flechas silbaron. Tres flechas alcanzaron sus objetivos. Tres cuerpos cayeron al suelo, su madre golpeando la tierra fuertemente y gritando sus nombres.

Los otros renegados en ese mortífero campo estaban demasiado lejos. Anduin supo que no podía salvarlos. Pero podía salvar a Emma.

Él llevó el grifo hacia abajo y saltó de su lomo, abrazando a la llorosa mujer y llamando a la Luz. Ahora los ha perdido a los tres. Por favor, dale esperanza, así como sanación. Sus hijos querrían que viviera.

Los ojos de Emma se movieron ligeramente. Los abrió y alzó la mirada hacia él. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Todos ellos —dijo.

—Lo sé —dijo Anduin—. Y debes vivir por ellos, ya que ellos no pueden —él la levantó —era tan delgada, tan frágil— y la acomodó en lo alto del grifo—. Te llevará de regreso sin peligro.

Ella asintió, llamando a su coraje y se aferró fuertemente mientras la bestia se preparaba y ascendía hacia el cielo lleno de murciélagos y grifos que llevaban forestales oscuras y sacerdotes. A pesar de la provocación, los sacerdotes de Anduin no habían atacado, algo que Anduin agradecía.

Sylvanas Windrunner había matado a su propia gente. Pero había ordenado que se abstuvieran en cuanto a los humanos. Al menos hasta ahora. La mirada de Anduin barrió el campo. Había algunos residentes de Stormwind corriendo hacia la fortaleza, pero no fueron lastimados por las forestales oscuras.

Pero una advertencia comenzó a sonar en su mente. Si ya habían terminado con la matanza de su propia especia y no querían atacar a los humanos que habían participado en la Reunión, ¿por qué estaban ahí?

Y la respuesta golpeó su cabeza. Comenzó a escanear desesperadamente el campo por la única persona, viva o no-muerta, que podría presentar una posible amenaza a Sylvanas Windrunner: Calia Menethil.

Ella corría lo más rápido que podía. Un campo dorado y cálido la envolvía: la Luz, protegiéndola de cualquier daño. Por ahora. Anduin hizo un hechizo en sí mismo mientras corría tras ella, tratando de cerrar la distancia entre ambos.

Una sombra pasó sobre ellos. Anduin miró hacia arriba y su corazón se agitó al ver a un único murciélago volar sobre él, bajo y cerca, una intimidación y una mofa. Él vislumbró unos brillantes ojos rojos, y entonces el murciélago ya no estaba, moviéndose más rápido de lo que jamás pudo haber corrido hacia la reina sin corona de Lordaeron protegida por la Luz.

Sylvanas la estaba cazando como un halcón a un conejo. El escudo protegería a Calia, pero no duraría para siempre y entonces habría un par de latidos durante los cuales estaría totalmente vulnerable. Si él pudiera alcanzarla justo a tiempo, podría llamar a otro escudo para ella. Pero su decisión de enviar a la anciana Emma de regreso a un lugar seguro en su grifo significaba que estaba confiando en sus propios pies. Llamó a la Luz por fuerza y rapidez y un escudo propio.

Sabía que se había hecho el objetivo perfecto. Que así fuera. Si Sylvanas quería una guerra, la dejaría comenzar una.

Pero incluso cuando cerró la distancia, sabía que no sería suficiente. El grito de negación desgarró viva la garganta de Anduin mientras lo profería. El mundo a su alrededor pareció romperse como cristal; todos sus brillantes fragmentos de esperanza a idealismo y alegría fueron hechos añicos dentados y filoso.

La resplandeciente aura de protección alrededor de la verdadera reina de Lordaeron brilló y luego se desvaneció.

Él miró, sólo a unas cuántas yardas de distancia, demasiado lejos para salvar a Calia, como Sylvanas Windrunner sacó una flecha negra, despacio, lánguidamente, saboreando el momento, y después la dejó volar.

Zarcillos violáceos de humo se enredaban alrededor del arma mientras volaba infaliblemente hacia su objetivo. El tiempo pareció desacerlerarse cuando Calia, su capucha abajo y su cabello dorado volando, fue golpeada en el centro de la espalda, directamente a través del corazón. Ella se arqueó y cayó hacia adelante, golpeando el suelo fuertemente, sus brazos y piernas en jarras, haciendo sus últimos movimientos torpes y sin gracia.

Anduin llamó a la Luz, pero estaba muy lejos, muy lento y no hubo respuesta.

Calia Menethil, heredera al trono de Lordaeron, estaba muerta.

Ahora, más allá de toda habilidad para ayudar, para sanar, la alcanzó y cayó de rodillas a su lado. Una vez más, una sombra cayó sobre su cuerpo, así como sobre su corazón, y miró hacia arriba, devastado y furioso de ver a Sylvanas Windrunner sonriéndole satisfecha, otra flecha lista en la cuerda de su arco.

El aire se llenó con el sonido de alas membranosas batiéndose mientras se le unía una multitud de sus forestales. Ellas, también, tenían flechas listas, todas dirigidas a él.

Un arranque de miedo lo recorrió velozmente, después una ira absoluta al rojo vivo. El escudo de Luz todavía resplandecía a su alrededor, pero no duraría. Tenía una opción. Podía salvarse y correr de inmediato hacia la fortaleza, protegido por la Luz o podría agarrar la figura flácida de Calia, vulnerable para una simple y ordinaria flecha, y llevarla fuera del campo.

Turalyon seguía llamándolo un campo de batalla. Continué diciéndole que estaba equivocado.

Silencisamente, Anduin recogió el cuerpo todavía cálido de Calia en sus brazos y se levantó. Miró hacia las forestales oscuras y a su señora oscura y miró fijamente a esos brillantes ojos rojos.

—Tú no quieres una guerra —dijo tranquilamente.

—¿Ah no? —ella tensó aún más la cuerda del arco. Anduin pudo escuchar el hueso del arco crujir—. Si te mato hoy también, tendría una pareja de realeza muerta: una reina y un rey.

Él negó con la cabeza.

—Si quisieras guerra, no estaríamos teniendo ésta conversación. Pero tengo el derecho a declararla. Prometiste no matar a nadie de los míos —levantó el cuerpo de Calia, dejando que su figura inmóvil dijera todo lo que necesitaba decirse.

—Ah, pero ella no es de los tuyos, ¿no es así? —la voz de Sylvanas tenía un borde frío pero enojado, y el vello en los brazos de Anduin se erizó—. Ella es, era, una ciudadana de Lordaeron. Su reina. Trajiste a una usurpadora al campo, Anduin Wrynn. Haría bien dentro de mis derechos al considerar eso una acción hostil. ¿Quién violó el tratado primero?

—¡Ella vino como sanadora!

—Ella se va como un cadáver. ¿Creíste que no descubriría lo que habías hecho?

—Te juro por la Luz que actué de buena fe. No le ordené a tu gente que desertara. Puedes creerlo o no. Pero si me matas, mi pueblo y todos los aliados de Stormwind tomarán represalias. Y lo harán sin contenerse.

Sus ojos se entrecerraron. Anduin supo que ella entendía la lección de los trágicos eventos de ese día. Ella no era universalmente querida entre su pueblo. Él sí. Ella reinaba con puño de hierro. Él reinaba con compasión. Ninguno de ellos estaba listo para una guerra. Anduin dijo una plegaria silenciosa para que Sylvanas no comenzara una.

El silencio se alargó.

—Me aflijo por los caídos el día de hoy —dijo Anduin—. Pero ellos no murieron por mi mano. Calia Menethil en efecto no era mi súbdito. Y acerca de lo que ella pensaba que podría lograr… realmente no lo sé. Cualquiera que fuera, pagó el precio por ello. Me llevaré su cuerpo de vuelta al Templo de la Luz Abisal y al Cónclave que tanto amó. Si quieres guerra, puedes empezarla ahora.

Él giró, sintiendo un hormigueo fantasmal en su espalda expuesta mientras comenzaba a andar tranquilamente, sin apresurarse, hacia el Castillo de Stromgarde. El escudo a su alrededor se desvaneció y desapareció.

Nada pasó. Entonces escuchó a los murciélagos proferir sus desconcertantes y agudos sonidos y un rápido y ruidoso aleteo de alas correosas. Y entonces ya no estaban.

No habría guerra entre la Alianza y la Horda ese día.

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