Antes de la Tormenta – Capítulo Treinta y cinco – Tierras Altas de Arathi, Castillo de Stromgarde

Los días siguientes fueron un emborro de arrepentimiento, dolor y un examen a conciencia para Anduin Wrynn.

Genn, predeciblemente, había estado furioso, pero para sorpresa de Anduin, se había mordido la lengua cuando el joven rey había atravesado las puertas de Stromgarde cargando el cuerpo de Calia Menethil. Faol estaba destrozado, recibiendo el cadáver de su querida amiga humildemente de los brazos de Anduin, tan aturdido como había estado Anduin por giro de Calia y acribillado con remordimiento por no anticiparlo.

—Nunca la habría traído aquí hoy si hubiera tenido la menor idea —dijo.

—Lo sé —dijo Anduin—. Llévala a casa. Y yo haré lo mismo con mi gente. Iré al templo tan pronto como pueda.

To destrozó ver a la gente que una vez había estado llena de esperanza verse tan sorprendidos y devastados mientras abordaban los barcos que los habían llevado a las Tierras Altas de Arathi y a sus fantasmas. Incluso aquellos que no se habían despedido bien de sus contrapartes renegadas parecían afectados. Normalmente Anduin era capaz de encontrar las palabras correctas en el momento preciso, pero ahora no encontró ninguna.

¿Realmente qué podría decirles? ¿Cómo podría reconfortarlos? No había un camino fácil y obvio de vuelta de esto, así que se retiró a su camarote, perdido en oración por guía.

Llegó en la forma de un golpe en la puerta y la aparición de un viejo amigo.

—No deseo molestar —dijo Velen.

Anduin sonrió cansado.

—Jamás podrías —dijo e invitó al draenei a pasar. Le ofreció un refresco, pero Velen declinó.

—No me quedaré mucho—dijo Velen—. Pero sentí que debía venir. Ahora eres el rey, no el joven que guie apenas unos cuántos años atrás en el Exodar, pero siempre estaré ahí si alguna vez deseas la sabiduría que la Luz ve correcta para que te otorgue.

Sin duda, Velen pensó que el recordatorio del tiempo de Anduin entre los draenei sería reconfortante. Pero en lo único que Anduin podía pensar era en lo mucho que añoraba esos días. Por esa paz. Y antes de que supiera lo que estaba sucediendo, había soltado

—Me siento impotente, Velen. Le prometí a mi pueblo una reunión con sus seres queridos. En cambio, ellos los vieron ser asesinados. Quiero reconfortarlos, pero no tengo palabras. Extraño mi tiempo aprendiendo de ti. Extraño el Exodar. Extraño O’ros.

Velen sonrió con tristeza.

—Todos lo hacemos —dijo—, pero no podemos volver a los tiempos felices. Solamente podemos vivir el presente, y justo ahora el presente es doloroso. Pero sí tenemos una forma de estar con un Naaru. Somos sacerdotes, Anduin, pero no podemos sanar a otros hasta que no estemos tranquilos y serenos en nuestro interior. Ve al Templo de la Luz Abisal ahora. Comparte tu dolor con Faol y al hacerlo, ayúdense mutuamente. Habla con Saa’ra. Ve lo que tiene que decirte. Hay tiempo. Entonces podrás saludar a tu gente en los muelles y, si la Luz lo quiere, sabrás que decirles para ayudar a sus corazones heridos.

Anduin sonrió.

—Jamás seré tan sabio como tú, viejo amigo.

Velen rio y negó tristemente con la cabeza.

—Mi única sabiduría es entender que no lo soy.

El Templo de la Luz Abisal

Cuando Anduin entró at templo, vio de inmediato que algo estaba sucediendo. Parecía como si todos en el templo se hubieran amontonado alrededor de la entrada a la cámara de Saa’ra, que estaba marcada por su constante resplandor. Con el ceño fruncido, Anduin se apresuró hacia la multitud, abriéndose paso entre los sacerdotes que estaban de pie o arrodillados, silenciosos, reverentes. Más adelante, Anduin pudo ver la resplandeciente forma liliácea de Saa’ra, y a pesar de su dolor y confusión, sintió el roce reconfortante del Naaru sobre su espíritu.

El cuerpo de Calia Menethil estaba suspendido frente a Saa’ra. Ella estaba en el aire como si estuviera durmiendo, sus manos plegadas en su pecho. Su cabello rubio resplandecía casi tan brillantemente como el propio Naaru, cayendo suavemente, su túnica blanca y dorada vistiendo su esbelta figura.

Faol se arrodilló frente a la entidad cristalina, su cabeza agachada en una plegaria. La Suma Sacerdotisa Ishanah se colocó junto a Anduin y dijo en voz baja.

—Algo le está sucediendo a Calia. Su carne no ha comenzado a descomponerse. Faol ha estado con ella desde que la trajo aquí —la draenei giró, mirando hacia abajo a Anduin mientras ella decía—. Saa’ra le dijo que esperara por ti, mi joven rey.

Un escalofrío recorrió la espalda de Anduin y tragó. Respiró hondo y caminó hacia el arzobispo.

—Estoy aquí, Su Ilustrísimo —dijo en voz baja—. ¿Qué necesita que haga?

Faol giró su rostro para mirar a Anduin.

—No estoy seguro —dijo—. Pero Saa’ra insistía en que tú debías ser parte de esto.

Y entonces Saa’ra, que había estado en silencio, habló en sus mentes.

Calia venía a mí cuando sus sueños de lo que era pasado eran demasiado dolorosos para soportarlo, dijo Saa’ra. Le advertí que debía tener paciencia. Había cosas que ella debía hacer antes de que sus sueños cesaran, cosas que ella debía entender. Personas que necesitarían su ayuda.

Y le aseguré de ésta aparentemente extraña verdad: que a veces los regalos más hermosos e importantes venían envueltos en dolor y sangre.

La verdad de esas palabras golpeó el corazón de Anduin. Esos eran regalos que nadie jamás quería, que uno haría lo que fuera para que no le fueran otorgados. Pero ellos eran verdaderamente como Saa’ra dijo: hermosos e importantes.

Ahora no habrá más de esas batallas para ella. Calia Menethil será liberada de los dolores de los vivos, de las pesadillas que alguna vez rasgaron su corazón.

Ella entendió que aquellos en ese campo eran su gente. Y ella aceptó esa responsabilidad al dar su vida para tratar de salvarlos. No humanos, como eran cuando ella era joven, sino renegados, como eran en ese momento.

Luz y oscuridad. Sacerdote renegado y sacerdote humano. Juntos deberán traerla de vuelta como la Luz y ella misma tendría que ser.

La boca de Anduin estaba seca y él tembló. Miró a Faol, pero el sacerdote solamente asintió. Se movieron sin palabras junto a Calia, de pie mientras ella flotaba en el aire, y cada uno tomó una de sus pequeñas y pálidas manos.

Tráiganla de vuelta como la Luz y ella misma tendría que ser, había dicho Saa’ra. Él no sabría a qué se refería el Naaru con esas palabras, y sospechaba que Faol tampoco.

Pero de alguna forma, él supo, Calia lo sabía.

Anduin sintió la Luz venir a él, cálida y tranquilizadora. Se filtró a través de su cuerpo, calmando su espíritu y su mente tumultuosa. Era una sensación familiar, y sin embargo, había algo distinto. Normalmente el experimentaba el poder de la Luz fluyendo a través de él como un río. Pero ahora parecía como si un océano entero lo estuviera usando como contenedor. Anduin sintió un pequeño atisbo de miedo. ¿Sería capaz de contener y dirigir algo tan poderoso?

Él esperaba sentirse abrumado, estirado hasta su límite, pero la marea de la Luz que se precipitaba a través de él ahora era una que lo revitalizaba incluso cuando le pedía estar totalmente presente, que diera todo de sí para la tarea a continuación.

Sí, dijo en su corazón. Lo haré.

La Luz lo iluminó con su tono cálido y envolvió el inmóvil pero completamente intacto cuerpo de la reina de Lordaeron y giró sobre el arzobispo renegado. Anduin lo sintió aumentar como una ola, entonces crecer y romperse, vaciándolo mas no agotándolo.

La fría mano en la suya apretó.

Anduin jadeó mientras Calia abría los ojos. Resplandecían con un suave y amable blanco, no el misterioso tono amarillo de un renegado. Una sonrisa surcó el rostro que no tenía un rubor de vida en él. Lentamente su cuerpo se inclinó de horizontal a vertical y sus pies se apoyaron en el piso de piedra.

Calia Menethil estaba muerta, pero vivía. No era un salvaje no-muerto, pero tampoco era un renegado. Había sido resucitada por un humano y un renegado, ambos usando el poder de la Luz, bañados en el resplandor de un Naaru.

—Calia —dijo Faol y su voz tembló—. Bienvenida, querida muchacha. ¡No me atreví a esperar que volverías con nosotros!

—Alguien me dijo una vez que la esperanza es lo que tienes cuando todo lo demás te ha fallado —Calia le dijo. Su voz tenía un eco sepulcral, pero igual que la de Faol, era cálida y amable. Su mirada blanca viajó a Anduin. Ella sonrió gentilmente.

—Donde hay esperanza, se hace espacio para sanar, por todas las cosas que son posibles, y algunas que no lo son.

Anduin observó mientras todos respondían a la… ¿qué? ¿Resurrección? De Calia. No, ella todavía estaba muerta. ¿Un regalo oscuro? Eso tampoco sería correcto, porque fue la Luz que estuvo presente hoy. No había nada de oscuridad en esa mujer no-muerta.

Aunque, después de un corto momento, ella giró hacia Anduin y le sonrió con tristeza.

—Gracias —dijo—, por ayudar al arzobispo a traerme de vuelta.

—La Luz no necesitaba mi ayuda —dijo.

—Bueno, entonces por no abandonarme en el campo.

—No podía hacer eso —frunció el ceño y preguntó en voz baja— ¿Ese fue tu plan? ¿Usar mi trabajo en la Reunión como una oportunidad de reclamar tu trono?

La pena revoloteó su pálido rostro

—No. En realidad no. Ven a sentarte conmigo. —encontraron una pequeña mesa y todos les dieron privacidad.— Desde que conocí al Arzobispo Faol, había creído que un día, si tenía la oportunidad, podría mostrar que aunque no fuera un renegado, podía tratarlos como mi pueblo y gobernarlos bien. Mi hermano había tratado de destruirlos. Yo quería ayudarlos.

—Así que cuando escuchaste de la Reunión, quisiste participar.

Ella asintió.

—Sí. Quería conocer a más renegados que no fueran sacerdotes. Quería ver cómo reaccionaría a una reunión con sus familias. Pero eso era todo lo que pretendía para la Reunión. Lo juro.

—Te creo —dijo, la vio relajarse visiblemente.

—No lo merezco, pero gracias.

Él plegó sus manos en la mesa y la miró fijamente.

—¿Entonces que cambió tu mente?

—Parqual Fintallas se me acercó y dijo que ellos… ellos me necesitaban ahora. Que era tiempo. No supe a qué se refería al principio, pero entonces me di cuenta de que estaban desertando. Tenía una opción: apoyarlos, revelar mi identidad y llevarlos a ellos y a otros a un lugar seguro, o rechazarlos y hacer que los mataran — ella apartó la mirada—. Pero hice que los mataran de todos modos.

—Casi comenzaste una guerra —dijo Anduin, su voz severa—. Pudiste haber sido responsable por la muerte de cientos de miles. ¿Comprendes eso?

Ella pareció llevar una carga.

—Sí lo sé —dijo—. Nunca me enseñaron como gobernar, Anduin, porque nadie esperaba que lo hiciera. Nunca estudie política formalmente o estrategia. Así que cuando salí.

—Solamente seguiste a tu corazón —dijo Anduin, su molestia volviéndose pena—. Lo entiendo. Pero un gobernante no siempre tiene ese lujo.

—No. No estoy lista para reinar. Pero deseo servir a la gente de Lordaeron. Ellos son mi pueblo, y ahora soy como ellos. Se siente… correcto —sonrió—, Aprenderé. Y del arzobispo aprenderé lo que es ser… esto. Ser un no-muerto y aun así caminar en la Luz.

Debió haber sido horroroso. Debió haber sido macabro. Pero mientras Calia Menethil, cambiada pero todavía ella, miraba al rey de Stormwind, en lo único que

Anduin podía pensar era en las palabras del Naaru: Calia estaba libre para siempre de las pesadillas que la atormentaban.

Y él estaba feliz.

Era el único consuelo en uno de los días más sombríos que hubiera conocido.

Regresar al índice de Antes de la Tormenta

Share

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.