Antes de la Tormenta – Capítulo Treinta y uno – Tierras Altas de Arathi, Castillo de Stromgarde

A pesar de las duras palabras de parte de la líder de la Horda mientras se iba, Anduin se sintió esperanzado. Él le creía… Las fuerzas de la Legión habían estado apareciendo por todos lados, le había dicho Genn. Si los soldados de la Horda habían sido sorprendidos en esa cresta, y Anduin creía el reporte de Baine de que así era, no era irrazonable suponer que permanecer ahí los habría condenado a ellos y a la Alianza.

Había pensado que nunca sabría la historia real y completa. Pero si las cosas iban bien ese día y en futuros encuentros así, entonces tal vez muchas preguntas podrían ser respondidas, y no solamente las suyas.

Un escudero se acercó y tomó las riendas de Reverence mientras el rey se deslizaba del lomo del caballo.

—Volviste en una pieza —observó Genn.

—No suenes tan decepcionado —bromeó Anduin.

—Entonces todo fue bien —dijo Turalyon.

Anduin se puso serio mientras contemplaba al paladín. Era un gran héroe personal para el joven rey como lo era Faol. Turalyon amaba a una mujer que bordeaba la línea entre el Vacío y la Luz, cuya hermana era con quien justo se había reunido.

—Sí —dijo—. Así fue —tomó una decisión en el momento—. Le pregunté sobre Papá —le dijo a Genn—. Dijo que no había nada que ella pudiera haber hecho para salvarlo. Y le creo.

—Claro que diría eso —se burló Genn—. Anduin… —negó con la cabeza—. A veces simplemente eres muy ingenuo. Me temo que algo vendrá y te lo quitará uno de estos días.

—No soy ingenuo. Esto. se sintió verdadero.

Genn siguió frunciendo el ceño, pero Turalyon asintió.

—Lo entiendo.

Anduin se colocó entre ellos, palmeando el hombro de cada uno.

—Comencemos. Hay gente ansiosa por estar con sus familias.

—Le diré a los sacerdotes que se mantengan listos junto a los grifos —dijo Turalyon.

Que sean requeridos solamente para bendiciones, pensó Anduin, pero no lo dijo. En voz alta únicamente dijo “Gracias, Turalyon”.

Caminó al frente, mirando a las diecinueve personas que esperaban de pie. En sus rostros había expresiones de aprensión y emoción. Su rey entendió ambas emociones totalmente.

—Es tiempo—dijo—. Que hoy sea un día de cambio. De conexión. De esperanza y de mirar hacia adelante a un día en el que reunirse con sus seres amados se vuelva una ocurrencia normal en lugar de una histórica. Estarán vigilados y protegidos.

Ya habían sido bendecidos por dos sacerdotes, pero esa bendición sería de su rey. Él alzó sus manos y llamó a la Luz sobre aquellos reunidos. Los ojos cerrados. Los labios se volvieron sonrisas suaves y él pudo sentir la tranquilidad posarse en aquellos presentes. Incluyéndose.

—Que la Luz esté con ustedes —dijo Anduin. Primero miró al Arzobispo Faol, quien puso una mano en su quieto corazón e hizo una reverencia, y después a Calia, quien se había quedado despierta con él toda la noche distrayéndolo con historias. Ella sonrió, sus ojos brillando. Ese momento era tanto de ellos como lo era para los participantes activos.

Hizo un gesto a Turalyon, quien agachó la cabeza y saludó a Genn Greymane. El ceño fruncido del jefe consejero de Anduin no había desaparecido desde que llegaron, pero ahora sintió y gritó órdenes.

Lo que quedaba de las enormes puertas de madera rechinaron y se estremecieron al abrirse. Anduin recordó su conversación con Turalyon. El paladín había dicho que todos estarían combatiendo “no por propiedades o riquezas sino por los corazones y las mentes del futuro.”

Por un momento, el grupo simplemente se quedó quieto. Entonces uno de ellos —Philia— se abrió paso entre la gente y comenzó a caminar al frente valientemente, su cuerpo erguido, su mandíbula apretada, sus pies cubiertos por botas viajando rápidamente sobre el césped verde.

Como si fuera la señal que los demás habían estado esperando, comenzaron a moverse también, algunos con pasos más veloces que otros. Nadie tenía permitido comenzar a correr a menos que alguien confundiera la prisa con el peligro. Pero ellos fluyeron fuera de la puerta y hacia el grupo de personas que ahora salían de la Muralla de Thoradin.

Sobre los sonidos de conversaciones, una risa feliz sobresalió, sonando amable y extrañamente vacía. Era el Arzobispo Faol. Y de pronto Anduin encontró lágrimas de alegría escociéndole los ojos.

Tú lideras el Ejército de la Luz, Turalyon, pensó Anduin y su corazón se animó. Pero éste es el ejército de la esperanza.

* * *

La vieja Emma seguía preguntándose si eso estaba de verdad sucediendo o era solamente uno de sus sueños. Decidió que el dolor en sus articulaciones mientras caminaba a través del suave césped, a un paso mucho más rápido de lo usual, era prueba de que en verdad era real. Emma caminaba mucho a diario, llevando agua desde el pozo a su pequeño y limpio hogar, así que la resistencia no era un problema. La velocidad lo era. Ella deseaba mucho ser como Philia y todo menos correr hacia el centro del campo, pero su edad no se lo permitiría. Se dijo que, sin duda, Jem, Jack y Jake habían aprendido a ser pacientes en sus años como no-muertos. Podrían esperar un poco más para verla.

Ella era quien no quería esperar.

Alguien la alcanzó. Él llevaba un yelmo hermosamente tallado y se presentó como Osric Strang.

—Soy Emma Felstone —dijo Emma—. Eso parece muy pesado.

Osric, un hombre poderosamente musculoso con cabello rojo y una barba, rio.

—Lo suficientemente pesado para hacer su trabajo. Hice esto para la, la persona que voy a ver hoy. Tomas fue como un hermano para mí. Solíamos discutir sobre quien hacía la mejor armadura cuando servíamos como guardias, él en Lordaeron y yo en Stormwind. Creí que lo había perdido para siempre ese fatídico día. —Osric hizo un gesto hacia el yelmo—. Pensé que, si había sobrevivido su conversión en un renegado con su cerebro intacto, era mejor que hiciera lo que pudiera para mantenerlo así —le sonrió—. ¿A quién va a ver?

—Mis muchachos —respondió Emma. Pudo escuchar la sonrisa en su voz—. A los tres. Estaban en Lordaeron cuando… —no pudo terminar.

Osric la contempló con profunda simpatía.

—Yo. Siento mucho que los hayas perdido. Pero estoy muy feliz de que se unieran al concejo para que puedas verlos de nuevo.

—Oh, yo también lo estoy —dijo Emma—. Tienes que centrarte en lo que tienes, ¿no es así?

—Eso mismo —el armero pasó el yelmo hacia el pliegue de un brazo y extendió el otro hacia Emma—. Puede ser un poco complicado caminar en éste terreno. Agárrese.

Es un buen muchacho, pensó mientras se agarraba con agradecimiento. Igual que los míos.

El punto de reunión —exactamente a medio camino entre el Castillo de Stromgarde y la Muralla de Thoradin— había sido preparado para el evento. Había dos mesas, una en cada lado. Una era para que la Horda pudiera colocar sus regalos para la Alianza, y la otra era para que la Alianza pudiera poner sus propios regalos. Osric caminó hasta la mesa de la Alianza y puso el yelmo, entonces se reunió con Emma. Los sacerdotes que los habían entrevistado sonrieron victoriosos bajo sus capuchas a los participantes reunidos, entonces les pidieron que formaran una larga línea de frente a sus equivalentes de la Horda.

Antes, el clima había sido húmedo y frío, el cielo nublado. Ahora, las nubes estaban desapareciendo y la luz del sol se asomaba. Mientras todos se ponían en posición, Emma miró alrededor ansiosamente buscando a sus hijos. Con una punzada de preocupación, se preguntó si hubiera sido capaz de reconocerlos. Aunque había conocido al Arzobispo Faol, Emma no estaba del todo preparada para qué tan mal se veían algunos de los renegados.

Nadie los confundiría con seres vivientes y la luz del sol no era amable con ellos. Huesos sobresaliendo a través de la piel gris verdosa. Sus ojos brillaban misteriosamente y ellos se encorvaban y arrastraban los pies al caminar.

Bien, se dijo. Mi piel está toda arrugada y a veces también me encorvo y arrastro los pies.

Hubo un largo silencio. El Arzobispo Faol se movió al frente.

—Si desean marcharse ahora, pueden hacerlo —dijo en esa extraña, pero agradable voz. Al principio, nadie se movió, pero entonces Emma vio cerca de cuatro o cinco humanos, sus rostros llenos de sorpresa y casi tan grises como los de los renegados, girar y apresurarse de vuelta al fuerte. Uno de los que habían sido rechazados, gritó a una de las figuras con una voz vacía que cargaba un mundo de dolor. Los otros se quedaron de pie por un momento, entonces giraron y comenzaron la larga caminata por donde habían venido, sus cabezas agachadas. Oh, pobrecitos, pensó Emma.

—¿Alguien más? —preguntó Faol. No hubo ninguno —Excelente. Cuando diga su nombre, por favor acérquense a mí. Se les unirá su ser querido y entonces podrán recorrer el campo libremente.

Desenrolló un pergamino y leyó.

—¡Emma Felstone!

El corazón de Emma se agitó. Consultó a Osric con voz temblorosa

—¿Ya es hora de que los vea? ¿Después de tanto tiempo?

—Si quieres —dijo la sacerdotisa—. Si no, puedes volver a la fortaleza.

Emma negó con la cabeza.

—Oh, no. No, no. No voy a decepcionarlos como esa otra gente —Osric palmeó su mano tranquilizadoramente y Emma se apartó, erguida y caminó sin ayuda hasta donde se encontraba Faol.

—Jem, Jack y Jake Felstone —llamó el arzobispo.

Tres renegados altos caminaron al frente desde su propia línea, avanzando dubitativos. Emma los miró fijamente mientras se acercaban. Todos habían sido altos y corpulentos en vida. Ahora eran carne y huesos y de pelo lacio. Le tomó un momento leer sus expresiones.

Sus hijos, una vez confiados y risueños parecían… asustados.

Tienen más miedo aquí, frente a mí, que, en un campo de batalla, notó Emma. Y entonces todas las diferencias entre ellos y ella de pronto ya no importaban.

Ella comenzó a llorar, aunque sintió su boca curvarse en una enorme sonrisa.

—Mis muchachos —dijo —¡Oh, mis muchachos!

—¡Mamá! —dijo Jack dando tumbos hacia ella.

—¡Te hemos extrañado tanto! —dijo Jem. Y Jake simplemente agachó la cabeza, superado por el momento. Entonces, los tres renegados se inclinaron para abrazar a su madre.

* * *

Gracias, le dijo Calia a la Luz mientras miraba a la matriarca de esa familia reunida derramar lágrimas de alegría. Gracias por esto.

Ella escuchó, sonriendo, mientras se llamaban otros nombres. Ellos dieron pasos al frente, titubeantes o alegres. Algunos simplemente negaron con la cabeza e, incapaces de dar esos pasos finales ahora que había llegado el momento, regresaron en silencio, dejando a sus renegados solos de pie hasta que ellos, también, se giraron y volvieron al muro. Calia rezó por ellos: por los que se habían negado y por aquellos que habían sido rechazados. Todos estaban dolidos. Todos necesitaban la bendición de la Luz.

Pero sorprendentemente eran pocos. La mayoría de las reuniones habían sido cautelosas al principio: afectadas, incómodas. Pero eso también estaba bien.

—Philia Fintallas —leyó el arzobispo. Philia estaba en la primera línea y su padre, Parqual, ya la había encontrado. Al escuchar su nombre, ella corrió directo a él, gritando:

—¡Papá!

Esos dos no necesitaban ser instados o meditar. Corrieron hacia el otro, deteniéndose a poco de tocar y ambos tenían sonrisas tan grandes como se sentía el corazón de Calia.

—De verdad eres tú —dijo Philia, cargando demasiado en una sola palabra.

Después de las primeras presentaciones, las cosas fluyeron mucho más rápido y sin problemas. Los renegados y los humanos estaban hablando. ¿Quién hubiera podido creer que ese momento pasaría? Un hombre, un rey, lo había hecho.

Y si eso podía suceder, entonces tal vez más también. Más eventos que debieron haber pasado pero que Arthas había destruido de forma trágica.

Hay tal cosa como un nuevo comienzo, ella pensó. Para todos nosotros.

—¿Crees que habrá otra reunión? —preguntó Calia.

—Eso espero, pero eso queda totalmente en Sylvanas. Tal vez incluso ella encontrará que todavía tiene un corazón, igual que éstas personas.

—Podemos tener esperanza—dijo Calia.

—Si, por supuesto —respondió Faol—. Siempre podemos tener esperanza.

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