Antes de la Tormenta – Capítulo Treinta y dos – Tierras Altas de Arathi, Muralla de Thoradin

Sylvanas Windrunner estaba de pie en lo más alto de la antigua muralla.

Nathanos, como siempre, estaba a su lado. Su mirada estaba fija en la escena desarrollándose en la distancia.

—Parece estar yendo sin contratiempos —dijo Sylvanas—. ¿Alguna razón para creer que no sea así?

—Ninguna que yo sepa, mi reina —dijo Nathanos.

—Aunque he visto que algunos humanos han despreciado la interacción con aquellos que tenían esperanza —dijo—. Eso fue cruel de su parte.

—Lo fue —aceptó Nathanos. No dijo nada más.

—Estaba reacia a acceder a ésta reunión, pero tal vez es algo bueno. Ahora mis renegados comienzan a entender cómo los perciben aquellos que alguna vez dijeron amarlos.

—Fuiste sabia por haberlo permitido, mi reina. Déjalos ver por ellos mismos cuál es la situación. Si es doloroso para ellos, entonces no desearán repetir la experiencia. Si es agradable para ellos, tienes algo con que sobornarlos para que se mantengan obedientes. No —añadió—, que hubiera algo que temer de éste grupo.

—Fue bueno para mí presenciar esto. He aprendido mucho.

—¿Lo repetirás?

Sylvanas entrecerró los ojos por el sol.

—El día aún es joven. No he terminado de observar. Ni tampoco relajaré mi vigilancia. Al cachorro de Varian le gusta aparentar como si no tuviera absolutamente nada de astucia, pero podría ser más astuto de lo que parece. Podría haber planeado un ataque en su propio pueblo con intención de culparnos por ello. Entonces sería visto como un líder fuerte para declararnos la guerra. El más grande protector de los débiles.

—Es posible, mi reina.

Ella le regaló una de sus extrañas y torcidas sonrisas.

—Pero tú piensas de otra manera.

—Con todo respeto, eso suena más a una estrategia que tú emplearías —dijo.

—Lo es —dijo—, Pero no hoy. No estamos preparados para una guerra —ella miró a las forestales oscuras que había posicionado en lo alto del muro. Sus carcajes estaban llenos, sus arcos atados a sus espaldas para un alcance rápido.

Atacarían en el momento que ella se los ordenara.

Sylvanas sonrió.

Campo de Las Tierras Altas de Arathi

Parqual y Philia habían deambulado por la mesa de intercambio de los renegados. Elsie los observó felizmente mientras Parqual señalaba a un viejo y andrajoso oso de peliche y las lágrimas recorrieron el rostro de la muchacha.

—Quiero abrazar a Bizcocho —Elsie la escuchó decir—. Quiero abrazarte, Papá.

—Oh, mi pequeña, o no tan pequeña —rio—, Bizcocho está fuera los límites hasta que tu rey diga que es seguro. Y en cuanto a mí, mi piel no puede soportar esos abrazos de oso que recuerdo.

Philia se secó el rostro.

—¿Puedo sostener tu mano si lo hago con cuidado?

La gente pensaba que, porque la piel de los renegados estaba muerta, estaba limitada en cuanto a lo que pudiera comunicar. Nada podía estar más lejos de la verdad. Una miríada de expresiones surcó el rostro de Parqual: alegría, amor, miedo, esperanza.

—Si quieres, hija —dijo.

Los renegados venían en todas las etapas de la muerte: recientemente muertos, parcialmente podridos, casi momificados. Parqual era el último de estos a pesar de que había empeñado en guardar una bolsita en su bolsillo y Elsie quería abrazarlos a los dos mientras él extendía su mano marchita y frágil como pergamino y la posaba en la suave y viva de su hija.

Elsie quería permanecer con Parqual y Philia para saborear la reunión de padre e hija. Pero había otros que se encontraban sin palabras o no sabía cómo reaccionar y podían apreciar la ayuda de alguien. Esos dos estarían bien. Habían llegado con amor y azoramiento es sus corazones. Pero también habían venido con algo más: esperanza.

—¿Madre? —la voz pertenecía a Jem, el mayor de los chicos Felstone. Parecía preocupado. Elsie lo buscó. Lo encontró con Jack y Jake, formando un círculo alrededor de su pequeña madre; entonces uno de ellos se apartó, buscando ayuda.

Elsie vio que su madre, Emma, pálida y parecía tener dificultad para respirar

—¡Sacerdotisa! —gritó uno de ellos, su voz sepulcral teñida de miedo —¡Por favor, ayúdela!

La mujer con capa se apresuró y levantó una mano. La Luz llegó a ella, llamada como si fuera del propio sol y entonces lo envió directo a la madre. La mujer mayor jadeó suavemente. Su rostro pálido retomó un humanamente cálido y rosado tono, y parpadeó buscando a la mujer que la había sanado. Sus ojos se encontraron y la sacerdotisa sonrió.

—Muchas gracias —dijo Elsie.

—Es un honor estar aquí —respondió la sacerdotisa—. Discúlpeme, no pude evitar darme cuenta que estás sola. ¿Tu reunión no fue bien? —su rostro estaba en su mayoría ensombrecido, pero Elsie vio que su sonrisa era amable.

—Oh, cariño, eres tan dulce —dijo Elsie—. Estoy bien. Solamente estoy aquí para compartir la alegría del concejo.

La sacerdotisa jadeó suavemente y se movió hacia Elsie.

—Debes ser la Primera Gobernadora Benton —dijo. Buscó las manos de la mujer renegada —Escuché lo de Wyll. Lo lamento.

Elsie comenzó a retirarse, entonces se detuvo. Ciertamente alguien en quien Faol confiaba para ayudarle no encontraría repugnantes las manos correosas y frías de Elsie. La sacerdotisa las tomó entre las suyas con mucho cuidado, ya consciente, como la valiente y joven Philia estaba descubriendo, que debían ser cuidadosos con los renegados. Su carne era muy frágil. Y, aun así, Elsie había observado, muchos de ellos parecían añorar el contacto físico.

Las manos de la sacerdotisa eran suaves y cálidas. El toque se sentía muy placentero. Entonces ella soltó las manos de Elsie pero se quedó cerca.

—Gracias —dijo Elsie—. El arzobispo ha sido muy amable con nosotros. Estamos agradecidos de que tú y él estén hoy aquí con todos nosotros.

—Estoy más feliz de estar aquí de lo que crees —le aseguró la mujer humana—. Quería asegurarme de encontrarte y agradecerte por estar tan dispuesta a trabajar con nosotros. Debes saber que el Rey Anduin se arrepiente profundamente de no poder agradecerte en persona.

Elsie agitó una mano displicente.

—Éste no es el lugar más seguro para el rey humano. Tiene que pensar en su pueblo. Tengo una deuda con él que nunca podré pagar. Él estaba con Wyll cuando murió, cuando yo no pude estarlo. Y te lo diré, Wyll amaba a los muchachos Wrynn como si fueran sus hijos.

Las dos mujeres se mantuvieron juntas, mirando el evento que seguía desarrollándose. Aquí y allá escuchaban el sonido de la risa. Le sonrieron a la otra.

—Esto es bueno —dijo Elsie—. Algo muy bueno.

—Su Majestad espera que, si todo va bien hoy, su Jefe de Guerra pueda aceptar otra reunión de éste tipo más adelante.

La sonrisa de Elsie se desvaneció un poco.

—No creo que eso suceda —dijo la Primer Gobernadora—. Pero de nuevo, nunca creía que pasaría en lo absoluto. Así que supongo que demuestra lo que sé —ella rio.

—Si hay una segunda Reunión —prosiguió la sacerdotisa—, el Rey Anduin quisiera conocerte.

—Oh, cielos, ¡eso sería adorable! —Elsie miró atrás hacia la fortaleza. Estaba lo suficientemente lejos para que ella no pudiera distinguir los rostros, pero parecería que el joven rey no se avergonzaba sobre dejar que lo vieran. Se paró usando su distintiva armadura cubierta con un tabardo azul con el león dorado de Stormwind. Los relucientes rayos de sol parecían buscarlo, atrapar el resplandor de su armadura y su cabello dorado.

—La Reina Tiffin era una belleza. Y muy amable —Elsie pensó—Anduin tiene su cabello. “Un chico del sol” lo había llamado Wyll. ¡Nadie sabía en ese entonces, cuando yo todavía respiraba, que el chico del sol sería algún día el rey de la Luz!

Mientras observaban, otro se paró junto al rey de Stormwind: alto, robusto, con cabello blanco.

—¿Quién es ese caballero? —preguntó Elsie.

Durante un momento, una sombra más profunda surcó las facciones de la sacerdotisa.

—Él es el Rey de Gilneas, Genn Greymane —dijo.

—Oh, cariño —dijo Elsie—. Imagino que no estará muy feliz con todo esto.

—Puede que no lo esté —respondió la sacerdotisa—. Pero está de pie junto a su rey, y nos está cuidando —alzó el brazo—. Es posible que no seas capaz de conocer al Rey Anduin, pero puedes saludarlo —le dijo a Elsie.

Titubeante, Elsie la imitó. Al principio, sus movimientos eran cortos y avergonzados, pero cuando el rey Anduin las vio y devolvió el gesto, la alegría la recorrió y saludó con más vigor. Como era de esperar, Greymane no se unió. Pero eso estaba bien. Él estaba ahí. Tal vez vería algo ese día que lo conmovería.

—¡Imagíname a mí, Elsie Benton, saludando a un rey! —murmuró. Y cuando Anduin le hizo una reverencia, la Primera Gobernadora del Concejo Desolado se rio animadamente por la sorpresa.

Tierras Altas de Arathi, Muralla de Thoradin

Sylvanas tenía la intención de hablar con cada miembro del concejo que habían regresado, enojados y desilusionados, al muro. Ella estaba afligida y satisfecha mientras hablaba con ellos.

—Temía que esto sucedería —les dijo—. Ahora entienden, ¿no es así?

Lo hacían. El golfo entre los humanos y los renegados no podía juntarse. Sylvanas se sintió particularmente validada cuando Annie Lansing, quién había trabajado en hacer bolsitas aromáticas y bufandas para hacer que los renegados parecieran más atractivos a los humanos, caminando penosamente de regreso lentamente.

—Te esforzaste tanto por agradarlos —dijo Sylvanas.

—Creí que si no se distraían por nuestro aspecto… por nuestro aroma… podrían vernos realmente —Anne respondió con tristeza—. Verme realmente.

—¿Quién fue?

Hubo una pausa.

—Mi madre.

—El amor de una madre es supuestamente incondicional —dijo Sylvanas.

—Aparentemente no lo es —dijo Anne amargamente. Ella se quitó la bufanda y Sylvanas vio sin inmutarse su rostro mutilado—. Debimos haberte escuchado, Dama Oscura. Estábamos terriblemente equivocados.

Las palabras eran tan dulces como la miel. Tan dulces como la victoria. El concejo estaría dividido y el conflicto entre sus miembros lo destruiría. Y Sylvanas no tuvo que hacer nada.

Sylvanas ascendió el muro con pasos rápidos y ágiles y sacó su catalejo. Con algo de suerte, vería a más renegados recientemente iluminados, volviendo a donde pertenecían. ¿En dónde se encontraba la Primera Gobernadora en medio de todo esto? ¿Estaría sacudida por el desgaste?

Sylvanas la encontró. Toda su satisfacción se evaporó.

Vellcinda estaba de pie cómodamente junto a una sacerdotisa cubierta y encapuchada que Faol había llevado con él. La Primer Gobernadora miraba hacia la fortaleza, hacia arriba, a alguien en lo alto de la misma. Y entonces saludó.

Rápidamente, Sylvanas movió su catalejo, las imágenes que revelaron ante ella girando locamente hasta que se posaron sobre la figura del rey de Stormwind.

Anduin, sonriendo, saludaba también. Mientras Sylvanas observaba, la furia hirviendo dentro de ella, él puso la mano en su corazón y se inclinó.

Se inclinó.

A Vellcinda Benton, la Primera Gobernadora del Concejo Desolado.

Sylvanas abrió la boca para ordenar la retirada. Pero no. Todavía no. Eso no era suficiente para condenar a Vellcinda en los ojos del concejo. Sylvanas necesitaba proceder con cautela.

Le dijo a Nathanos

—Quiero a alguien vigilando a Vellcinda en todo momento. Y —añadió— también a la sacerdotisa.

Campo de Las Tierras Altas de Arathi

Se ríe como una niña pequeña.

Casi como algo viviente.

El corazón de Calia estaba lleno, muy lleno. Trató de grabar ese momento en su mente para que pudiera recordarlo cuando despertara con brazos dolorosamente vacíos por las pesadillas que aún la perseguían en sueños. Cuando escuchaba palabras horribles proferidas por los dos bandos de la aparentemente interminable guerra de Azeroth entre la Horda y la Alianza. Ella recordaría estar de pie en ese campo mientras el crecido chico del sol saludaba a la mujer cuyo esposo lo había cuidado toda su vida. Ella recordaría ese día y todos sus obsequios, como el día cuando todo comenzó a cambiar.

—Yo traje algo para él para que le dé a Wyll cuando lo entierren —Elsie palmeó su pecho, tocando un simple anillo dorado que colgaba de una cadena alrededor de su cuello—. Quiero usarlo hasta el último momento posible y después lo colocaré en la mesa. Es mi anillo de bodas. Lo utilicé hasta el día que morí… y también después, hasta que ya no pude —ella mostró sus huesudos dedos—. Se vuelve difícil mantener los anillos puestos. O dedos, en general. Pero me quedé con esto. Estaría muy agradecida si te aseguraras de que llegue al rey.

La sacerdotisa miró fijamente el anillo y pensó en su familia. En su hija, a quien imaginaba haber crecido como Philia: valiente, leal y amable. En su propio esposo, quien había mantenido el secreto y la había amado por quien era. En toda la gente de Lordaeron, quienes no merecían lo que les había ocurrido y que habían luchado con valentía. En cada uno de aquellos en el campo hoy, suficientemente valientes para mirar más allá de la fealdad hacia una belleza interior o a la inversa, suficientemente valientes para superar su miedo al rechazo y ver a sus seres querido una vez más como tales y no cómo el enemigo. En Philia, que quería abrazar a su padre. En Emma y sus hijos, reunidos en el crepúsculo de los ojos de una madre. En el incalculable número de personas igual que ellos, en ambos bandos, deseando volver a unirse.

En su hermano, que era responsable por todo el dolor, toda la pérdida.

Un Menethil había hecho esto.

Un Menethil tenía que repararlo.

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