Antes de la Tormenta – Capítulo Veintiocho – Tierras Altas de Arathi, Castillo de Stromgarde

Anduin estaba de pie en lo más alto de las arruinadas murallas del Castillo de

Stromgarde. El viento que revolvía su pelo rubio era húmedo y frío, y el cielo nublado hacía poco para despejar el sentimiento de tristeza que permeaba ese lugar.

Las Tierras Altas de Arathi eran parte de la rica historia de los humanos y los renegados. Aquí, la poderosa ciudad de Strom se irguió alguna vez y antes de eso, el imperio de Arathor, que había dado luz a la humanidad. El antiguo Arathi había sido una raza de conquistadores, pero habían reconocido la sabiduría en extender cooperación, paz e igualdad a las tribus desterradas. Esas cualidades habían hecho fuerte a la humanidad. Esas tribus antiguas de los Reinos del Este se habían unido, triunfando en tallar a una nación que había cambiado al mundo.

Éste, también, era el lugar de nacimiento de la magia para la humanidad, un regalo de los asediados elfos nobles de Quel’Thalas a cambio de la ayuda del poderoso ejército contra su enemigo común, los trolls. Todas las grandes naciones humanas habían sido asentadas por aquellos que dejaron Arathor: Dalaran, fundada por el primer magi instruido por los elfos, igual que Lordaeron, Gilneas y más tarde Kul Tiras y Alterac. Aquellos que se quedaron atrás habían construido una fortaleza en la que ahora estaba de pie el rey de Stormwind.

Escuchó el sonido de botas en la piedra y se giró para contemplar a Genn. El hombre mayor se paró junto a él, sus ojos recorriendo pensativamente por el paisaje de pinos y colinas verdes.

—La última vez que me paré aquí —dijo Genn—, Gilneas era una nación poderosa y la estrella de Stromgarde era menguante. Ahora ambos reinos están en ruinas. Éste es hogar solamente para criminales, ogros y trolls. Y el mío es su hogar.

Señaló al otro lado de las colinas hasta la piedra gris de lo que era conocido como la Muralla de Thoradin. Anduin, Greymane, Turalyon, Velen, Faol y Calia, junto a exactamente doscientos de los mejores de Stormwind, habían llegado unas cuantas horas antes del Puerto de Stormwind. Había sido aleccionador ver esas ruinas aparecer tras la neblina, su piedra tan gris como el mismo cielo; aún más, el pararse en dónde lo hacía ahora.

La Muralla de Thoradin y el pequeño campamento renegado a las afueras marcaban el punto más lejano del alcance de la Horda en esa tierra que era el lugar de nacimiento de la humanidad. Gilneas no se encontraba muy lejos, envuelto por la plaga, invadido por los renegados que habían llevado al pueblo de Genn a convertirse en refugiados y habían asesinado al hijo del rey.

Genn levantó un cantalejo, gruño suavemente y le tendió el instrumento a Anduin. Anduin lo imitó. A través de la herramienta gnómica, pudo ver figuras armadas patrullando el antiguo muro. Justo como hacía su gente en las murallas del Castillo de Stromgarde.

Todos eran renegados.

Mañana, a primera hora, el Concejo Desolado se reuniría en el arco de la Muralla de Thoradin. Marcharían hasta un punto medio marcado por una bifurcación en el sencillo camino de tierra. Al mismo tiempo, los diecinueve humanos seleccionados para reunirse con sus amigos o parientes se acercarían. Calia y Faol conducirían las reuniones. No habría otra interferencia de la Horda o la Alianza, aunque cada bando había aceptado permitir que un grupo de sacerdotes volara sobre ellos por si acaso.

Anduin le devolvió el catalejo a Genn.

—Sé que debe ser difícil para ti.

—Sabes muy poco acerca de esto —respondió.

—Entiendo más de lo que piensas —prosiguió Anduin—. Tengo a Turalyon y a Velen para asistirme —amablemente, añadió—. No necesitabas hacerte pasar por esto.

—Claro que sí —dijo Genn—. El fantasma de tu padre me perseguiría de no haber venido.

Igual que Liam te persigue, porque lo hiciste, pensó Anduin tristemente

—Todo terminará pronto —dijo—. Hasta ahora, Sylvanas parece haber mantenido su palabra. Los Exploradores reportan que todo parece estar en orden con los términos que discutimos.

—Si realmente honra su promesa, sería la primera vez —dijo Genn.

—Cualquier cosa que pensemos de ella, debemos estar conscientes de que es una gran estratega y que por lo tanto acceder a esto beneficiará a la Horda y a ella.

—Eso es lo que me temo —respondió Genn.

—Está preocupada por perder su control en Undercity por el Concejo Desolado, pero es suficientemente inteligente para saber que no son una amenaza real. Así que accede a un día en el que únicamente miembros del concejo se encuentren con sus seres queridos. El concejo está satisfecho. Además, es algo honorable y eso aplaca a cualquier orco, troll o tauren. Es política astuta.

—Ella podría traicionarnos fácilmente y asesinarnos a todos.

—Podría. Pero sería una idea terrible. ¿Ir a la guerra por esto justo cuando la Horda se está recuperando de una brutal guerra? ¿Cuándo podría estarse enfocando en Silithus y la Azerita? —Negó con la cabeza—Una terrible pérdida de recursos. No confío en ella para mantener su palabra por el bien del honor. Pero sí confío que no será estúpida. ¿Tú no?

Genn no tenía respuesta para eso.

—Sus Majestades —llegó la voz grave de Turalyon—. He puesto a los sacerdotes en posición. Según lo acordado, veinticinco de ellos montarán sus grifos mañana y serán sus ojos en el campo de batalla.

—No es un campo de batalla, Turalyon —le recordó Anduin—. Éste es un sitio de reunión pacífico. Si todo va de acuerdo al plan, nunca será un campo de batalla.

—Mis disculpas. Me expresé mal.

—Las palabras tienen poder, como sé que sabes. Asegúrate de que los soldados bajo tu cargo se abstengan de utilizar ese término.

Turalyon asintió.

—No hemos visto nada que indique engaño de parte de la Horda. Ellos parecen tener a los números correctos y mantener sus posiciones.

Anduin sintió un revuelo dentro de su pecho que rápidamente calmó con un respiro hondo. A pesar de toda su insistencia de que esto no provocaría una guerra, compartía las preocupaciones de sus consejeros. Sylvanas era de verdad una buena estratega y casi con certeza tenía planes que incluso el SI:7 se había visto incapaz de descubrir.

Aunque, por el momento, haría a un lado esa aprensión. El Arzobispo Faol y Calia estarían liderando un servicio dentro de poco y antes de eso él tendría que moverse entre aquellos que habían sido lo suficientemente valiente —y quienes amaban lo suficiente— para aceptar la oportunidad de reunirse con la gente que no sería como eran en los recuerdos pero que estarían presentes. Estarían, tanto como le era posible a los renegados, vivos.

Aunque quedaba algo del viejo santuario del fuerte. Era más que suficiente para albergar a diecinueve civiles que habían venido a formar parte de la reunión, los sacerdotes y otros soldados que quisieran unírseles. Faltaban algunas maderas en el techo y gotas de la llovizna cayeron en algunos de los que se habían reunido. A nadie parecía importarle. La esperanza brillaba en sus rostros en el día gris, y Anduin se conmovió con esas expresiones. Esto, meditó, es cómo combates el miedo y los largos rencores. Con esperanza y corazones abiertos.

Calia y Faol esperaron hasta que todos estuvieran reunidos y entonces Faol habló.

—Primero, quisiera asegurarles que pocas personas disfrutan aguantar hasta el final un servicio religioso durante mucho tiempo en los mejores momentos. Y hoy —continuó, mirando hacia las nubes grises—, basta con decir que les ahorraré pasar una prolongada sesión de pie en un viejo edificio con corrientes de aire.

Hubo algunas risillas y sonrisas. Turalyon estaba de pie junto a Anduin y dijo en voz baja

—Todavía se están acostumbrando a la idea de un sacerdote renegado.

Anduin asintió.

—Era de esperarse. Por eso le pedí a Calia que participara también. Verlos a los dos lados a lado, sacerdotes de la Luz, obviamente cómodos con el otro, es una buena introducción para lo que van a encontrar dentro de poco.

—¿Alguien ya la reconoció?

Calia se había puesto un vestido práctico y nada revelador vestido y una pesada capa con capucha. Casi todos tenían puestas sus capuchas en la suave lluvia, así que ella no destacaba. Valeera alguna vez le había dicho que los mejores disfraces eran sencillos; ropa apropiada, comportarse como si uno encajara. Hoy nadie estaba buscando a una reina que creían muerta.

—No que haya escuchado. Para ellos, ella es una sacerdotisa rubia.

Turalyon asintió, pero todavía parecía preocupado.

Faol continuó.

—Su rey ya les ha dicho lo que esperamos demostrar y les ha aconsejado acerca de lo que hay que hacer si se levanta un estandarte ya sea en la Muralla de Thoradin o aquí en el fuerte. Deseo evitar repeticiones tediosas, así que solo diré que estén alertas y se muevan rápido. Pero de verdad espero que eso no suceda. Mi compañera sacerdotisa y yo estaremos ahí afuera con ustedes. Otros estarán cerca para prestarles ayuda si lo necesitan. Podrán ser tenderos, o herreros, o granjeros. Pero hoy son mis hermanos y hermanas. Hoy todos somos sirvientes de la Luz. Si tienen miedo no se avergüencen de ello. Están haciendo algo que nadie ha hecho antes y eso siempre asusta. Pero sepan que están haciendo el trabajo de la Luz. Y ahora, acepten éstas bendiciones.

Calia y él levantaron los brazos, levantando sus rostros hacia el cielo. El sol podía estar oculto tras las nubes, pero eso no significaba que no estuviera ahí, enviando sus rayos dadores de vida a aquellos que moraban en la faz de ese mundo. Era lo mismo con la Luz, pensó anduin. Siempre estaba presente incluso cuando parecía estar más allá del alcance de uno.

Un destello dorado llenó el área: no una explosión de iluminación cegadora, sino un gentil resplandor que hizo que la opresión en el pecho de Anduin se soltara mientras inhalaba profundamente. Había estado despierto toda la noche, incapaz y reacio a dormir, pero mientras cerraba los ojos y se abría a la energía sanadora, se sintió renovado, refrescado y tranquilo.

Salió justo cuando las nubes se apartaron por un momento y algunos solitarios y hermosos rayos de sol cayeron sobre el grupo mientras caminaban fuera del santuario. Esto, también, era una bendición de la Luz, aunque sencillo y mundano si algo tan magnífico como si el propio sol pudiera ser llamado de esa manera.

Muchos de los presentes —incluyendo al propio Anduin— nunca habían estado en ese sitio histórico. Se les permitía recorrer dentro de los confines de la fortaleza mas no afuera de ella. Anduin no pondría a nadie en riesgo innecesario al permitirles aventurarse demasiado lejos. Él creía que Sylvanas mantendría su palabra, pero ninguno de ellos había dicho nada acerca de espías. Su presencia era otro motivo para preocuparse por Calia y ella estaba bajo instrucciones estrictas de mantener la capucha de su capa puesta cada vez que se aventuraba fuera de un espacio cerrado.

Muchos regresarían a los barcos a dormir, aunque otros habían pedido quedarse dentro del Castillo de Stromgarde. Se les había suministrado mucha comida, agua potable, tiendas y leña seca para su comodidad. Anduin los observaba mientras se marchaban de la capilla, algunos en grupos de nuevos amigos encontrados, otros en soledad. Algunos se quedaron atrás para hablar con Calia y Faol y eso hizo sonreír a Anduin. Entre ellos, notó a la apasionada y voluntariosa Philia, que parecía casi de forma palpable, irradiar alegría a Emma, una mujer mayor que había perdido a muchos por la guerra de Arthas contra los vivos, una hermana y su familia y más trágicamente, a los tres hijos de Emma. “La vieja Emma” como Anduin había aprendido que algunos la llamaban, no era la mujer más resistente y su mente tenía una tendencia a divagar. Pero parecía alerta y su color era bueno mientras hablaba primero con Calia y después, con precaución, con Faol.

—En muchas formas, he aprendido que lecciones en los últimos meses que en mil años —dijo Turalyon, siguiendo la mirada de Anduin—. Hay mucho sobre lo que he estado equivocado.

—Genn todavía piensa que es una mala idea.

—Tiene todo el derecho de preocuparse. Sylvanas es… resbaladiza. Pero nadie puede conocer de verdad el corazón de otro. Tienes que tomar la mejor decisión con la información que tienes, y con tus propios instintos. Genn se alimenta de ira y odio, no todo el tiempo, pero seguido. Tú y yo nos alimentamos de otras cosas.

—La Luz —dijo Anduin en voz baja.

—Sí, la Luz —convino Turalyon—. Pero debemos dejar que nos guíe, no que nos ordene. También tenemos nuestras propias mentes y corazones. También deberíamos usarlos.

Anduin no dijo nada. Había escuchado de las batallas que Turalyon y Alleria había librado por un milenio. Sabía que habían sido devotos de una Naaru llamada Xe’ra, quienes, pensaban, había personificado lo que más amaban de la Luz. En cambio, Xe’ra se había revelado dura e implacable y también peligrosa.

—Un día pronto —dijo Anduin al final—. Hablaré contigo sobre tus experiencias con la Luz. Pero por ahora, entiendo tus palabras y concuerdo con ellas.

Turalyon asintió

—Compartiré lo que pueda con la esperanza de que te ayude a ser el gobernante que fueron tu abuelo y tu padre. Y le pediré a mi hijo, Arathor, que venga pronto a Stormwind. Ustedes dos con muy similares.

—Por lo que he oído, él es un mejor espadachín —Anduin sonrió.

—Casi todos los espadachines que conozco dicen lo mismo, así que estás en buena compañía —Turalyon miró al cielo—. Todavía es el final de la tarde. ¿Qué planes tienes?

—Caminaré con Genn. Que me cuente lo que recuerda de éste lugar. Ayudará a distraernos a ambos. Después… —hizo un mohín— no creo que tendré mucho descanso ésta noche.

—Ni yo. Raramente duermo antes de la batalla.

—Esto no es una batalla —dijo Anduin, no por primera vez. Turalyon lo contempló amablemente con sus cálidos ojos marrones, la insinuación de una sonrisa en su rostro con cicatrices.

—Mañana, tú, las cuarenta y un personas en éste campo y todos los observadores estarán participando en una batalla no por propiedad o riqueza sino por los corazones y mentes del futuro —dijo Turalyon—. Yo lo llamaría batalla, Su Majestad, y una que vale la pena luchar.

* * *

Esa noche, se encendieron antorchas a lo largo de las murallas de la vieja fortaleza, algo que las murallas no habían visto en muchos años. La cálida luz danzante ahuyentó la oscuridad, pero coexistía con las vacilantes sombras de su propia creación. La noche estaba extrañamente clara, y la luz de la luna era amable con el área.

Anduin se había envuelto en una capa y ahora estaba de pie mirando sobre el paisaje ondulado. La Muralla de Thoradin era únicamente una leve mancha de piedra pálida en la distancia. Anduin no vio nada moverse ahí o en el campo que se extendía entre los dos puestos de avanzada.

Cerró los ojos por un momento, respirando el aire frío y húmedo. Luz, me has guiado y formado durante casi toda mi vida. Y desde que murió mi padre, me he despertado cada mañana con la fe de decenas de miles de personas descansando en mis hombros. Me has ayudado a cargar éste peso y he sido bendecido teniendo a muchas personas sabias en las cuáles apoyarme. Pero ésta vez recae en mí. Se siente como si fuera lo correcto. Los huesos que fueron destruidos por la campana están tranquilos ésta noche. Mi corazón está despejado, pero mi mente…

Sacudió la cabeza y dijo en voz alta

—Padre, siempre pareciste tan seguro. Y actuabas rápidamente. Me pregunto si alguna vez dudaste como lo hago yo.

—Nadie excepto un loco o un niño están completamente libres de duda.

Anduin giró, riéndose un poco avergonzado.

—Mis disculpas —le dijo a Calia—. Te tropezaste en mis balbuceos.

—Yo me disculpo por entrometerme —dijo ella—. Pensé que tal vez querrías compañía.

Consideró declinar su oferta, entonces dijo:

—Quédate si quieres. Aunque tal vez no sea la mejor compañía.

—Ni yo —admitió—. Entonces estaremos incómodos juntos.

Anduin rio. Comenzaba a encariñarse con Calia. Casi a los cuarenta, ella era mucho mayor que él, pero se sentía menos como una figura paterna, como lo había sido Jaina, y más como una hermana mayor. ¿Era la Luz en ella lo que lo hacía sentir tan tranquilo en su presencia? ¿O era simplemente lo que ella era? Ella había sido una hermana mayor una vez.

—¿Te dolería hablar de Arthas? —preguntó— Antes de que. Antes.

—No. Amé a mi hermano pequeño, pero muy pocas personas parecen comprenderlo. No siempre fue un monstruo. Y ese pequeño niño es como siempre lo recordaré —una repentina sonrisa atravesó sus facciones—, ¿Sabías —dijo—, que era muy malo manejando la espada?

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