Antes de la Tormenta – Capítulo Treinta – Tierras Altas de Arathi

Por supuesto, Anduin había visto a Sylvanas antes. Todas las grandes figuras políticas en Azeroth se habían congregado en el Templo del Tigre Blanco para atestiguar el juicio hecho a Garrosh Hellscream. Él sospechó, mas no supo a ciencia cierta que ella estaba involucrada en la conspiración contra la vida de Hellscream. Ciertamente él no lo dejaría pasar. Sylvanas, ella quien estaba muerta y sin embargo “vivía”, no tenía remordimientos acerca de acabar con las vidas de otros.

No había duda en la mente de Anduin que prohibirle a Genn acompañarle a ese encuentro había sido lo correcto. Greymane había probado ser un aliado digno y valioso y había sido honesto acerca de su afección hacia Anduin. Pero había algunas situaciones por las que simplemente no podías hacer pasar a alguien. Tan cerca de la persona que Genn odiaba más que a nadie en el mundo era una de ellas. Anduin confiaba en Genn y le tenía cariño, pero sabía que ahí, a unos cuántos pasos lejos de sus enemigos, Genn probablemente hubiera atacado. Y ya fuese que Genn muriera o Sylvanas, la guerra se desataría en el peor momento posible.

Anduin no necesitaba a Shalamayne o siquiera a su mazo más familiar, Fearbreaker. Su arma era la Luz. Y por supuesto, Sylvanas ya era bastante mortífera sin su arco. Todo lo que necesitaba era abrir su boca y pronunciar un gemido y todo perecería.

Mientras cabalgaba a Reverence a lo largo del camino de tierra suave hacia el punto de reunión, una pequeña colina a medio camino entre sus respectivas fortalezas, vio una pequeña figura acercándose.

Sylvanas iba montada en uno de sus desconcertantes corceles esqueléticos. Las fosas nasales de Reverence se abrieron al captar el aroma a muerte y descomposición, pero fiel a su nombre, el caballo no titubeó. Los caballos comunes se habrían inquietado por el aroma a sangre o a cuerpos. Ellos habrían evitado pisar a otras criaturas de ser posible. No los caballos de guerra. En batalla, Reverence sería una extensión de Anduin y un arma adicional, atropellando enemigos y pisoteándolos bajo sus patas. El caballo fue entrenado para actuar en contra de sus instintos.

Igual que yo, pensó Anduin. Ambos estamos preparados para ir contra nuestras naturalezas de ser necesario.

Continuó acercándose a la Reina Alma en Pena. Podía verla con más claridad ahora. Sylvanas había llegado desarmada, cómo él había exigido que fueran. Pudo ver sus ojos rojos brillando bajo la capucha que usaba, su piel de un verde-azul apagado no del todo fuera de lugar en la tierra sombría y con llovizna, las marcas bajo sus ojos viéndose extrañamente como manchas de lágrimas. Era hermosa y letal, tan hermosa y letal como las flores de la hierba tóxica Tormento de Doncella.

Las emociones le abatieron por dentro por la vista: Aprehensión. Esperanza. Y, sobre todo, ira. Baine le había dicho que Vol’jin ordenó la retirada; Sylvanas la había llevado a cabo. ¿Pero realmente Vol’jin lo había hecho así? ¿De verdad no hubo otra alternativa? ¿Sylvanas había traicionado a su padre y lo había dejado a él y a todos en esa nave de guerra para morir? Y si lo había hecho… ¿debería Anduin siquiera estar hablando de paz con ella ahora?

Las palabras que había dicho recientemente sobre Varian Wrynn a la multitud reunida en Reposo del León, volvieron a él. Él sabía que nadie —ni siquiera un rey— es más importante que la Alianza. Anduin también lo sabía. Si todo iba bien ese día, la Alianza pronto podría estar más a salvo de lo que jamás había estado. Lo que fuera que Sylvanas hiciera o no, Anduin tenía la certeza de que ese era el camino correcto. Y a veces el camino correcto era uno peligroso y doloroso.

Se acercaron a diez pies de distancia del otro y detuvieron sus monturas. Durante un largo momento, simplemente se midieron el uno al otro. Los únicos sonidos eran los suaves suspiros del viento que revolvía los cabellos dorados y plateados, las patas de las pezuñas de Reverence y el chirrido de la silla cuando el gran caballo se desplazaba. Sylvanas y su montura no-muerta se quedaron perfecta y antinaturalmente quietos.

Entonces, impulsivamente, Anduin se balanceó para bajar y dio unos cuántos pasos hacia Sylvanas. Ella alzó una ceja. Después de una pausa, ella lo imitó, caminando casi lánguidamente hasta que estuvieron separados por menos de una yarda.

Anduin rompió el silencio.

—Jefe de Guerra —dijo y asintió en reconocimiento—. Gracias por honrar mi petición.

—Pequeño León —dijo en ese tono gutural y extrañamente lleno de eco que tenían los renegados.

El término le dolió más de lo que debía. Aerin, la valiente enana que había muerto tratando de salvar vidas, lo había llamado así con calidez. A él no le gustó que Sylvanas torciera esa memoria en un insulto.

—Rey Anduin Wrynn —dijo—, y ya no tan pequeño. Harías bien en no subestimarme.

Ella sonrió levemente

—Aun eres lo suficientemente pequeño.

—Estoy seguro de que podremos usar mejor nuestro tiempo que quedándonos aquí lanzando insultos.

—Yo no —ella lo estaba disfrutando. Él imaginó que, para ella, de verdad parecía pequeño. Después de todo, por sus acciones en la Costa Abrupta, órdenes o no, ella había sellado la muerte de Varian. ¿Qué era su hijo para ella si no una mota, una pulga, un inconveniente menor?

—Sí, lo tienes —dijo, no permitiéndose ser hostigado—. Eres Jefe de Guerra de la Horda. Sus miembros lucharon valientemente contra la Legión. Y la gente más cercana a ti, los renegados, te ha solicitado algo que significa mucho para ellos, y has escuchado.

Ella encontró su mirada de forma implacable. Él no tenía idea si estaba consiguiendo llegar a ella. Probablemente no, pensó tristemente. Pero esa no era la razón por la que se habían encontrado.

—Esto no es una ofrenda de paz —continuó—. Tan sólo un cese al fuego por un periodo de doce horas.

—Así lo dijiste en tu carta. Y yo respondí que aceptaba tus términos. ¿Por qué estamos teniendo ésta conversación?

—Porque quería verte en persona —respondió el rey—. Quiero escuchar por tus propios labios que ningún miembro de la Alianza será herido.

Ella rodó los ojos.

—¿Tu preciosa Luz te dice si alguien está mintiendo?

—Lo sabré —dijo simplemente. Eso no era exactamente cierto. Él pensaba que lo sabría. Él creía que lo sabría. Pero no estaba seguro. La Luz no era una espada. Siempre podía confiarse que una hoja bien afilada cortaría la carne si el golpe se daba de cierta manera. La Luz era más nebulosa. Respondía a la fe, no solo a matar. Y extrañamente, era por esa razón que confiaba más en ella que en Shalamayne.

Algo se movió en su rostro y entonces se marchó. Alzó la barbilla levemente y respondió.

—¿Entonces no confías en que mantendré mi palabra?

Él hizo un mohín.

—Ya lo has hecho antes.

Ahí estaba. La muerte de Varian. Sylvanas no respondió enseguida. Entonces, casi cortésmente dijo

—Te doy mi palabra. Como la Dama Oscura de los renegados y como Jefe de Guerra de la Horda. Ningún miembro de la Alianza será herido por ningún miembro de la Horda hoy. Incluyéndome. ¿Eso te satisface, Su Majestad?

Hubo un énfasis extra en las últimas palabras. Ella no estaba mostrando al usarlas. Ella usaba su nueva posición como un no tan sutil cuchillo entre las costillas. Porque ambos sabían que en un mundo mejor habría sido Varyan Wrynn quien hablara con ella. Y esa reunión habría sido menos teñida con tensión, resentimiento y desconfianza.

Anduin habló antes de que pudiera evitarlo.

—¿Traicionaste a mi padre?

Sylvanas se tensó.

El corazón de Anduin se aceleró, golpeando contra su pecho. No era una pregunta que había tenido intención de hacer. Pero era la que necesitaba hacer. Tenía que saber. Tenía que saber si Genn Greymane estaba en lo cierto, si Sylvanas había enviado a su padre y al ejército de la Alianza a morir.

* * *

Las palabras estaban ahí.

Sylvanas se quedó quieta como una roca, su rostro inexpresivo. Su pecho no subía y bajaba con aliento. Su corazón no bombeaba sangre. Pero, aun así, ella estaba sorprendida de que el muchacho tuviera el coraje de confrontarla tan francamente y tan rápido.

Ella no había pensado mucho en los eventos de la Costa Abrupta. Había mucho más para captar su atención y ella no era mucho de meditar. Pero ahora sus pensamientos viajaron atrás hacia ese sangriento y caótico momento como si de nuevo estuviera de pie en ese risco con el ejército de la Alianza debajo de ella, luchando ferozmente mientras la Horda dejaba todo su poderoso corazón en el ataque.

Nosotros aguantamos aquí, había dicho a sus arqueros. Y así lo habían hecho, disparando flecha tras flecha, como una lluvia letal, una tormenta sobre el enemigo ágil y alimentado de energía vil. Y estaba funcionando. La Legión llegó, ola tras ola de monstruosidades demoniacas, cada una más horrible y aterradora que la anterior. Pero la gente de Varian era buena. Igual que los suyos.

Los bramidos de sorpresa y advertencia habían causado que se agitara. Sylvanas había observado, aturdida, cómo un flujo de demonios caía a través de la abertura detrás de ella. Ella observaba a Thrall, poderoso guerrero y chamán, el fundador de la Horda actual, de rodillas, su cuerpo verde temblando por el simple esfuerzo de tratar de ponerse de pie. Baine se mantuvo sobre él, defendiendo salvajemente a su amigo. La sorpresa la paralizó por un momento.

Y entonces las palabras de su Jefe de Guerra: ¡Están llegando por la retaguardia! ¡Cubran el flanco!

La lanza. La horrible lanza atravesando el torso de Vol’jin mientras él gritaba esa orden. Debió haberlo matado de inmediato, pero Vol’jin no estaba listo para morir. No todavía. El propósito lo alimentó. Antes de que Sylvanas lo supiera, ella estaba en su caballo, cabalgando hacia su líder, levantándolo para llevarlo fuera del campo de batalla hacia un lugar seguro.

En lo que debió ser un esfuerzo agonizante, el troll giró y la miró. Él le susurró la órden en el oído, su voz demasiado débil para que otros lo escucharan sobre el ruido de la furiosa batalla.

No dejeh ’ que la Hoh ’da muera éh ’te día.

Era una orden directa de su Jefe de Guerra. Y era la correcta. El esfuerzo de la Alizana abajo, valiente como era, dependía de la asistencia de la Horda. Si la Horda se retiraba ahora, el ejército de Varian caería.

Pero si la Horda se quedaba y luchaba, ambos ejércitos caerían.

Sylvanas había cerrado los ojos, cada opción inaceptable para ella, pero tomó la única decisión que pudo: obedecer la voluntad de su Jefe de Guerra, quien más tarde moriría por la lanza envenenada y, para sorpresa de todos, señalaría a Sylvanas Windrunner como líder de la Horda.

Ella llevó el cuerno a sus labios e hizo sonar la retirada. No le había dicho a nadie acerca del remordimiento que había sentido cuando, de pie en la popa de su nave, vio el humo verde de la explosión abajo, en dónde Varian había caído y se preguntó si estaba mirando los últimos y enloquecedores momentos de un guerrero poderoso.

Sylvanas no le diría nada de eso a nadie ahora tampoco. Pero mientras se paraba ante el joven rey, ella pudo ver trazos de su padre en él, que habían venido con los últimos años. No sólo físicamente, en la estatura y el físico más musculoso de Anduin o incluso en la línea fuerte de una quijada determinante. Ella vio a Varian en su porte.

¿Traicionaste a mi padre?

Más tarde, ella se cuestionaría su decisión en responder. Pero en ese momento, ella no tenía deseos de ofrecer falsedad.

—El destino de Varian Wrynn estaba grabado en piedra, Pequeño León. Los números de la Legión se habrían asegurado de eso sin importar la decisión que tomara ese día.

Sus ojos azules buscaron en los de ella la mentira. No encontró ninguna. Algo en su interior se relajó levemente. Asintió.

—Lo que suceda aquí hoy beneficia a la Horda y a la Alianza. Estoy feliz de que hayas accedido a honrar éste cese al fuego. Por esto te juro que yo también acataré a ello y ningún miembro de la Horda será herido por ninguna mano de la Alianza éste día —inclinó la cabeza en reconocimiento añadió, imitando sus palabras—. Incluyendo la mía.

—Entonces no hay nada más que decir.

Él sacudió su cabeza dorada.

—No, no tenemos. Y me arrepiento de eso. Tal vez otro día nos volvamos a reunir y hablemos de otras cosas que podrían ayudar a ambos pueblos.

Sylvanas se permitió una pequeña sonrisa.

—Lo dudo mucho.

Sin mediar otra palabra, Sylvanas giró, ofreciéndole una clara vista de su espalda, saltó hacia la silla de su corcel no-muerto y galopó camino abajo hacia el lugar por el que había venido.

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