Antes de la Tormenta – Capítulo Veintisiete – Tanaris

—Sabes —observó Grizzek mientras él y Saffy preparaban su huida—, la vida contigo nunca es aburrida.

—Seguimos saltando, ¿no es así? —respondió y le dio una mirada que derritió su corazón.

Grizzek, no siendo un completo idiota, había anticipado que, en algún momento, alguien que no le deseaba arcoíris y sol y una vida larga y feliz, podría llegar a molestarlo. Se había preparado para esa eventualidad excavando -bueno, modificando un segundo destructor para que cavara- un túnel que se abría en un lugar aleatorio en Tanaris. Después de que Gallywix se marchara, habían decidido utilizarlo. Empacaron todo lo que pudieran llevar con ellos en un pequeño carrito de mina, incluyendo unos cuantos barriles herméticos de Azerita y todo lo demás… bueno, algunas de esas cosas no podían destruirse, pero habían desmantelado lo que pudieron.

La bomba ajustada para detonar una hora después que se hubieran marchado debía ayudar.

Todas sus notas iban con ellos. Habían programado a Feathers para volar a Teldrassil con una advertencia acerca de lo que había pasado y una petición de rescate en un lugar específico.

Le ofrecerían a la Alianza lo que habían descubierto con la condición de que crearían cosas que solamente pudieran ayudar, no dañar.

Era un riesgo. Uno loco y glorioso, pero era la única opción que tenían. Habían decidido que ninguno podría vivir sabiendo que sus descubrimientos serían utilizados para matar con tanta efectividad.

Justo antes de marcharse, Grizzek echó un último largo vistazo alrededor.

—Echaré de menos éste lugar —admitió.

—Lo sé, Grizzy —dijo Saffy, sus grandes ojos llenos de simpatía—. Pero encontraremos otro laboratorio. Uno en dónde podamos crear lo que hay en nuestros corazones.

El giró a verla.

—En cualquier lugar del mundo. Siempre y cuando sea contigo —entonces, mientras sus ojos se abrieron por la sorpresa, él se arrodilló frente a ella—. Sapphronetta Flivvers… ¿te casarías conmigo? ¿De nuevo?

En su larga mano verde, sostenía uno de los anillos de Azerita que habían creado. La base era áspera porque ninguno de ellos era un joyero y la Azerita era una imperfecta gota que habían permitido que se endureciera. Pero cuando Saffy dijo “¡Oh! ¡Grizzy, sí!” Y lo deslizó en su pequeño dedo, él pensó que era el anillo más hermoso del mundo.

La abrazó fuertemente.

—Soy un goblin feliz —besando su coronilla—.Vamos, Punkin. Encaminémonos a nuestra próxima aventura.

Ellos bajaron hacia el túnel.

—Espero que no haya caído —dijo Grizzek—. No lo he revisado en un par de años.

—Supongo que lo averiguaremos —dijo Sapphronetta sonriendo.

Era un largo camino subterráneo desde el laboratorio de Grizzek hasta las colinas que separaban Tanaris de Thousand Needles, en dónde Grizzek prometió a Saffy que emergerían. Durante el camino, hablaron abiertamente por primera vez. Acerca de lo mucho que se querían y que siempre había sido así. Acerca de lo que habían hecho mal y cómo sentían que habían fallado. Durante las comidas, analizaron lo que había resultado esa vez que no lo había hecho la vez anterior. Y cuando dormían, se acurrucaban muy cerca del otro.

Afortunadamente ni hubo derrumbes. Y, finalmente, la pareja llegó el final de esa fase de su viaje.

—De acuerdo con mis cálculos, es cerca de media noche —dijo Saffy. Grizzek le creyó.

—Perfecto —dijo Grizzek—. Es un lugar bastante remoto, pero, aun así, no me gustaría salir de éste agujero en plena luz del día. ¿Cómo es que los gnomos soportan vivir bajo tierra, Saffy? Me vuelvo loco sin sol.

—Hay sol ahí —Saffy le aseguró.

—Pero estaremos viviendo con elfos de la noche.

—También hay sol en Teldrassil; solamente prefieren dormir cuando lo hay.

—Ustedes la gente de la Alianza son muy extraños —la besó—. Pero lindos. Definitivamente lindos.

Grizzek había dejado una escalera al final y la subió primero para quitar el pestillo. —Cuidado abajo —dijo.

—¿Eh? —después —¡Hey!

—Lo cubrí con arena —explicó cuando los granos amarillos cayeron sobre ellos. A él no le importó. La libertad y una vida con el gnomo a quien le había dado su corazón años atrás lo esperaban arriba. Se limpió el rostro y subió el resto del camino, sacando la cabeza y parpadeando incluso en la tenue luz de las lunas y las estrellas.

Nada parecía fuera de lo común. Grizzek ladeó la cabeza, escuchando. No escuchó nada.

—Bien, creo que estamos bien —dijo y se alzó hasta el suelo. Extendió una mano para ayudar a Saffy. Ambos se pusieron de pie, se estiraron y se sonrieron.

—Fase uno completada —dijo—. Iré abajo y traeré el resto de nuestras cosas.

—De hecho —llegó una voz—, eso no será necesario.

Ambos se giraron. Un goblin alto se dibujó contra el cielo estrellado. Grizzek conocía esa voz. Buscó la mano de Saffy y la aferró con firmeza.

—Druz, tú y yo siempre nos llevamos bien. Te diré algo. Yo volveré y trabajaré para Gallywix. No más trucos. Haré lo que quiera. Puedes tomar todo lo que tenemos. Sólo deja que Saffy tenga algo de comida y agua y déjala ir.

—Grizzy…

—No te dejaré morir, Saffy —dijo Grizzek—. ¿Tenemos un trato, Druz?

Druz bajó, seguido de no menos que tres altos y visiblemente irritados goblins.

—Lo siento, amigo. Los estuvimos siguiendo todo éste tiempo. Apenas cinco minutos después de que te metieras en tu agujero, desactivamos la bomba que dejaste en tu laboratorio. Y en cuanto a tu perico, le disparamos. Solamente necesitamos lo que tomaste y entonces… —él hizo un mohín.

—¿No vas a matamos? ¿A sangre fría? —Saffy tartamudeó.

Druz la miró y suspiró.

—Pequeña dama, tu amado aquí sabía en lo que se metía. Esto viene directo del jefe. Está fuera de mi alcance.

Los otros goblins saltaron hacia adelante, agarrando a Grizzek y a Saffy sin cuidado. Grizzel hizo un puño y lo estamó en el estómago del más cercano. Escuchó un jadeo y un gruñido de Saffy y descubrió que también había asestado algún tipo de buen golpe. Pero cualquier resistencia de su parte era solamente un gesto. En unos pocos minutos, el goblin y la gnoma habían sido registrados, golpeados un poco y atados espalda con espalda. Incluso sus pies estaban atados.

—¡Hey, Druz! Tengo algunas notas del gnomo —dijo uno.

—Buen trabajo, Kezzig —dijo Druz.

—Esto es estúpido, Druz —murmuró Grizzek a través de su boca llena de sangre y dientes rotos—. Y tú no eres estúpido. Valgo mucho más para ti vivo que muerto.

—No realmente —dijo Druz—. Tenemos todas las cosas que hiciste en el laboratorio. Tenemos todas las cosas que intentaste robar. Y ahora tenemos las notas del gnomo. Podemos encargarnos a partir de aquí. Eres un riesgo muy grande.

—Mantenme prisionera —comenzó Saffy—. Garantizarán que no escape.

—¡Saffy, cállate! —siseó Grizzek con enojo—¡Estoy tratando de salvarte!

—Tengo mis órdenes —dijo Druz, casi sonando arrepentido—. Molestaste al jefe y esto es lo que nos han ordenado hacer contigo —hizo una seña con la cabeza a Kezzig—. Pon la bomba.

—¿Q-qué? —espalda a espalda con Saffy como estaba, Grizzek no podía verla. Pero ella sonaba pálida.

—Intentaste explotar tus propias cosas, nosotros te explotamos a ti. Aunque con una bomba más pequeña —Kezzig se aproximó y metió algo duro y frío entre la atada pareja—. Lamento que no haya funcionado, Grizz. Míralo de ésta forma: será rápido. No tenía que haberlo sido.

Y entonces se marcharon, riendo y charlando.

Grizzek analizó la situación. No era buena. Él y Saffy estaban sentados espalda a espalda, atados fuertemente juntos con lo que parecía ser una fuerte soga. Sus manos estaban inmovilizadas, presuntamente para que no pudieran liberarlas y después liberarse ellos.

—Crees que, si nos sacudimos, ¿podemos alejarnos de eso?

Saffy. Siempre pensando. A pesar de lo malo de esa situación, Grizzek se sintió sonriendo.

—Vale la pena —dijo, aunque no añadió que tal vez podría causar que la bomba explotara de inmediato. Probablemente ella ya lo sabía—. A la cuenta de tres, corremos hacia la izquierda. ¿Lista?

—Uno… dos… tres… ¡corre! —Se movieron cerca de seis pulgadas a la izquierda a través de la irregular superficie del angosto camino. La bomba seguía pegada sólidamente entre ellos— Eso no va a funcionar. Punkin, ¿puedes ponerte de pie?

—E-Eso creo —dijo.

A la cuenta de tres, lo intentaron. Se tambalearon hacia la derecha la primera vez. Después intentaron una segunda vez apenas se habían enderezado. El pie de Grizzek se torció en una piedra suelta y se cayeron de nuevo.

—¡Uno, dos, tres! —dijo Grizzek nuevamente y entonces, con un gruñido, se levantaron.

La bomba estaba firmemente calzada entre ellos.

—De acuerdo, Pookie, no se va a caer por sí sola. Tenemos que movernos.

—Eres el experto en explosivos, pero no puedo imaginarme que sería productivo mantener una bomba que no ha explotado.

—Creo que es la única oportunidad que tenemos.

—Yo también.

De nuevo, a la cuenta de tres, comenzaron a saltar arriba y abajo. Sin creerlo, Grizzek sintió la bomba cambiar. Había estado presionando, silenciosamente amenazante, contra su espalda baja. Ahora estaba en su coxis.

—¡Está funcionando! —chilló Saffy.

—Creo que sí —respondió Grizzek, tratando de no estar muy esperanzado. Continuaron saltando. La bomba se deslizó más y más abajo.

Y entonces Grizzek ya no sentía esa presión. Se preparó para lo que secretamente pensó inevitable: detonación en contacto con el suelo.

Pero su suerte parecía continuar. La escuchó caer en la arena, pero nada más.

—¡Lo hicimos! —Saffy gritó felizmente— Grizzy, lo…

—Guarda silencio un momento —dijo Grizzek. Saffy obedeció. Grizzek cerró los ojos.

En el silencio de la noche del desierto, pudo escuchar el tic-tic. La bomba tenía temporizador.

—Todavía no salimos de ésta —dijo—. Brinca a la derecha y sigue brincando.

—¿Por cuánto tiempo?

—Hasta que lleguemos a Gadgetzan.

Brincaron. Incluso cuando creyó que la bomba estaba contando los segundos de su vida segundo a segundo, Grizzek se maravilló de lo que habían hecho juntos. Incluso ahora, estaban trabajando juntos en perfecta coordinación. El cliché de la máquina bien aceitada.

—¿Grizzy?

—¿Sí? —Brinco. Brinco. Brinco.

—Tengo una confesión.

—¿Qué es, Pokie?

—No te dije de algo que hice porque pensé que te enfadarías conmigo —brinco. Brinco. Ahora estaban a tres yardas de la bomba. Si tan sólo los dos tuvieran piernas más largas.

—No puedo enfadarme contigo por nada, Punkin.

—Quemé las notas.

Grizzek estaba tan sorprendido que casi tropezó, pero logró mantener el ritmo.

—¿Tú. qué?

—Rompí todas nuestras notas y las quemé —brinco. Brinco. —No hay forma de que Gallywix pueda recrear nuestros experimentos. Tiene algunos prototipos y un par de venenos ya mezclados, pero eso es todo. Cualquier cosa horrible que trate de hacer con la Azerita, no será por nosotros.

Brinco. Brinco.

—Saffy… ¡aw, eres un genio!

En ese momento, el pie derecho de Grizzek se torció en una roca resbalosa cubierta por arena y escuchó algo romperse. Se tambalearon, y ésta vez, supo con amargo miedo que no iba a ser capaz de volver a levantarse. Tumbado bocabajo en la arena, no pudo determinar cuánta distancia tendrían que poner entre ellos y la bomba, y en la oscuridad, no había logrado identificar el tipo de explosivo que Druz había metido entre los dos. ¿Estarían lo suficientemente lejos para sobrevivir si detonaba?

Hizo rechinar sus dientes contra el dolor mientras decía.

—Saffy, se me rompió el tobillo. Tenemos que gatear, ¿de acuerdo?

La escuchó tragar.

—De acuerdo —dijo valientemente, aunque su voz tembló.

—Rueda para que ambos estemos de nuestro lado izquierdo; de esta forma puedo impulsarme con mi pierna buena.

Lo hicieron y comenzaron a alejarse.

—¡Grizzy! —Saffy respobló mientras jadeaba— ¡Aún tengo mi anillo! ¡Mi anillo de compromiso!

El anillo, hecho de un vulgar y feo metal. Y adornado con una pequeña y brillante gota de Azerita.

—¡Podría ser suficiente para protegemos! —dijo.

—Podría ser —dijo Grizzek. Esperanza, vertiginosa y maravillosa, fluyó a través de él, y comenzó a retorcerse con ganas—. También tengo una confesión que hacer, Punkin.

—Lo que sea, te perdono.

Él se mojó los labios. Todos esos años, él nunca lo había dicho. Desperdiciados, estúpidos años. Pero todo eso iba a cambiar a partir de ahora.

—Sapphronetta Flivver… Te a… La bomba explotó.

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