Antes de la Tormenta – Capítulo Veintiséis – Stormwind

—Gracias por venir —dijo Anduin a sus invitados—. Sé que es tarde, pero es importante.

—Así decía su carta —respondió Turalyon. Era en verdad tarde, muy pasada la medianoche, pero el joven rey sospechaba que ni Greymane ni Turalyon habían visto su cama. Demasiado estaba ocurriendo.

El rey había solicitado sus presencias en la Catedral de la Luz. Algunos acólitos y novicios estaban activos incluso a esa hora, pero muchos de los sacerdotes no estaban. Los esperó en el nártex de la catedral y les indicó que debían unírsele mientras caminaba por el pasillo hacia el altar.

—Quería darles una actualización sobre nuestra opinión por la Reunión —dijo Anduin.

Ellos fruncieron el ceño, intercambiando miradas.

—Su Majestad —dijo Genn—, ya le hemos dado nuestra opinión sobre esto.

—Es verdad —dijo Turalyon—. Con todo respeto, Su Majestad, tenemos una discrepancia fundamental sobre las intenciones y el propósito de la Luz —dudó—. Yo no lo condeno por sus sentimientos. No sería la primera vez que un devoto haya malinterpretado la Luz. Sé que lo he hecho. No pretendo ser perfecto o tener una comprensión verdadera al respecto. Nadie puede.

—¿Pero ambos sienten que esto está mal? —Anduin presionó— ¿Qué no hay nada que ganar al tener a los renegados y humanos reuniéndose cuando un lazo previo ha existido entre ellos?

—Hemos dejado eso claro, Su Majestad —declaró Turalyon—. Si nos ha pedido venir aquí a ésta hora simplemente para reavivar éste argumento con usted…

—No —dijo Anduin—. No conmigo.

—Conmigo —dijo una voz rica, cálida y extrañamente llena de eco.

Ellos se giraron.

El Arzobispo Alonsus Faol estaba de pie en los escalones azules que llevaban al altar.

Estaba vestido con una túnica que hablaba de su estatus en vida. Anduin había buscado concienzudamente los adornos. Era, se dio cuenta, más fácil para los humanos el reconocer los adornos externos de un arzobispo que lo que quedaba del propio hombre.

Ambos, Greymane y Turalyon parecían aturdidos. Anduin esperó, pero no habló. Eso tenía que desarrollarse entre Faol y sus más viejos y queridos amigos sin interferencia externa. Anduin dijo una plegaria silenciosa, que todos en esa habitación pudieran mirarse con ojos que recordaran la amistad y vieran verdaderamente.

—Estoy bastante consciente de que no me veo cómo me recuerdan —continuó Faol—. Pero creo que reconocen mi voz. Y mi rostro está casi intacto, aunque le falta esa abundante barba blanca que tanto me gustaba.

Turalyon se quedó tan quieto como si fuera la estatua que se encontraba en la entrada de Stormwind. Lo único que probaba que no era así era el rápido subir y bajar de su pecho. La expresión en su rostro era una de gran adversión, pero no se movió ni habló.

Si la reacción de Turalyon era fría, la de Genn era fuego puro. Él giró hacia Anduin, su rostro desencajado por la ira. No por primera vez pues el joven rey estaba consciente del poder puro del hombre incluso aunque no estaba en su forma huargen. No necesitaba ni garras ni dientes, ni siquiera una espada para matar. Y en ese momento, se veía como si estuviera a punto de destrozar a Anduin con sus propias manos.

—Has ido demasiado lejos, Anduin Wrynn —Greymane gruñó—. ¡Cómo te atreves a traer ésta cosa a la Catedral de la Luz! Estás persiguiendo éste ideal retorcido de lo que es realmente la paz. Y ahora has traído eso aquí —su voz tembló— Alonsus Faol era mi amigo. Era el amigo de Turalyon. Habíamos aceptado que se había ido. Fue enterrado en la Tumba de Faol. ¿Por qué nos haces esto?

Anduin no retrocedió. Había estado esperando esa reacción. Cuando no obtuvo respuesta, Greymane se giró hacia la fuente de su aborrecimiento.

—¿Tienes al chico bajo alguna clase de hechizo, desgraciado? —bramó— Sé que hay sacerdotes que pueden hacer esa clase de cosas. Deja ir a Anduin, márchate y no haré trizas ese pútrido cuerpo tuyo. Tú escogiste ésta… ésta existencia rastrera. Escogiste ser ésta criatura de pesadilla. Y debes saber lo que me ha pasado. A mi pueblo. Lo que los tuyos me hicieron y cuánto repudio lo que te has convertido. Si tuvieras alguna decencia, cualquier respeto por aquellos que alguna vez llamaste amigos, ¡te hubieras lanzado al fuego durante el primer Halloween y nos hubieras ahorrado todo esto!

Anduin cerró los ojos, dolido por la hostilidad que Greymane le arrojaba al hombre que había amado en vida. Sabía que eso sería difícil, pero no había esperado que Genn fuera tan malvado en su furia.

Aunque Faol parecía no estar sorprendido en lo absoluto por la reacción y miró tristemente a Genn.

—Tú te paras aquí, a algunos pasos de un viejo amigo y me atacas con palabras escogidas por su poder para herir —dijo Faol—. Y sé por qué lo haces.

—¡Lo hago porque eres una monstruosidad! ¡Porque tu gente son una abominación y nunca debieron ser creados!

Faol negó con la cabeza. Su voz se mantuvo tranquila, teñida con una pizca de pena.

—No, mi viejo amigo. Haces esto porque estás asustado.

Anduin parpadeó, sorprendido. Genn Greymane era muchas cosas, pero no era un cobarde. Anduin no quería entrometeré, pero si parecía que Faol estaba en peligro, lo haría. Aunque Faol era probablemente un sacerdote muy poderoso, incluso en su estado actual, más de lo que Anduin podría llegar a ser.

Greymane se quedó totalmente inmóvil.

—He matado por insultos menores a ese —las palabras salieron con un tono bajo, un gruñido.

—Eso lo sé —continuó Faol—. Y de nuevo lo digo: estás asustado. Oh, no de mí —puso una mano marchita en su huesudo pecho—. Estoy seguro de que crees que puedes derrotarme en uno de tus latidos. Puede que tengas razón en eso, pero yo no lo averiguaría tan pronto —negó tristemente con la cabeza—. No, Genn Greymane. Estás asustado porque crees que, si reconoces aquí, ahora, conmigo, que los renegados no son monstruos irredimibles, si muestras cualquier señal de entendimiento o amabilidad o compasión o amistad, entonces significará que tu hijo murió por nada.

Un grito humano de ira y dolor se convirtió en el aullido de un lobo cuando el rey gilneano arqueó la espalda. Su forma cambió, cubierta en un humo místico tan gris como la piel del lobo. Mucho más alto, masivo, se agachó en sus patas de lobo y se preparó para saltar hacia Faol. Turalyon agarró al huargen por el brazo, negando.

—No derrames sangre en éste lugar —dijo.

—La criatura ni siquiera tiene sangre —gruñó Genn, su voz grave y ronca—. ¡Está cosido junto como una marioneta de palo con icor y magia!

—Sé algo acerca de pérdida —prosiguió el arzobispo. Anduin se maravilló ante la calma de Faol—.Y sé algo también de ti. Te has aferrado a ese dolor. Te ha servido bien. Te ha permitido pelear con una ferocidad desenfrenada. Pero como cualquier arma afilada, puede cortar de ambos lados. Y justo ahora, lo hace entre tú y un entendimiento que podría cambiar tu mundo.

—¡No puedo cambiar mi mundo! —chilló Grenn en una voz entrecortada. Las palabras todavía destilaban furia, pero entre ellas había un profundo hilo de dolor que hizo que a Anduin le doliera el corazón —¡Quiero a mi hijo de vuelta, pero esa Alma en Pena lo asesinó! ¡Ella y su gente, tú gente, casi destruyeron a mi pueblo!

—Sin embargo, estás aquí —continuó Faol casi plácidamente —Muchos de ustedes todavía están sanos. Fuertes. Vivos —por primera vez desde que comenzó el enfrentamiento, el sacerdote no-muerto dio un paso al frente—. Respóndeme esto, viejo amigo. Si no hubiera venido solo, si hubiera traído a Liam conmigo, levantado, como yo, y aún fuera él mismo, como yo, ¿tu respuesta sería diferente?

El huargen se hizo hacia atrás con palabras que se le hacían más daño que cualquier hoja afilada. Jadeó, las orejas se aplanaron hacia atrás en su cráneo, su cola azotando el aire. El mismo Anduin, tambaleándose por la sorpresa de las palabras del arzobispo, alzó las manos, ahuecándolas en preparación para recibir la Luz. Antes de que pudiera actuar, Greymane aulló con furia, cayó en las cuatro patas y corrió fuera del cuarto.

Anduin comenzó a ir tras él, pero Faol lo detuvo.

—Déjalo ir, Anduin. Genn Greymane siempre tuvo un temperamento y ahora se le forzó a mirar a algo triste y horrible dentro de él. Él volverá en su propio tiempo o no lo hará. Pero ahora, no importa lo que diga, se dio cuenta que no puede medirnos a todos con la misma vara. Es una pequeña victoria, pero la aceptaré.

—Victoria.

Esa única palabra estaba imbuida del más frío aborrecimiento que Anduin jamás había escuchado, tan llena de molestia que le dolió físicamente. En esos momentos tan tensos con Genn, casi se había olvidado del silencioso paladín. Los dos hombres habían reaccionado diferente, pero con la misma repelencia.

Turalyon no tenía espada ni usaba armadura. Sin embargo, todavía se vislumbraba alto y poderoso en la catedral mientras se enderezaba en su estatura verdadera. Si Genn había sido golpeado por una furia angustiosa, Turalyon, uno de los primeros paladines de la Mano de Plata, estaba rebosante de ira justificada.

—Tú blasfemias a los que una vez fue un buen hombre —soltó—. Has robado su forma y lo paseas, usándolo como si fuera una pieza de ropa. Tu boca rota no sirve para nada excepto escupir sucias mentiras. Los no-muertos son impíos. Los que sean tus poderes sacerdotales han venido de las sombras de la Luz, no de la Luz misma. Si queda algo en ti de ese buen y amable hombre que amé tanto, tú pedazo de carnaza, acércate a mí y lo explotaré hacia un olvido misericordioso.

¿Cómo era posible que Turalyon no viera lo que veía Anduin? ¡El alto exarca había acogido a un señor del terror redimido como compañero y soldado! El joven rey, al principio, también había estado horrorizado. Pero, aunque el legendario paladín había encontrado más cosas oscuras sin dudarlo, incluidos renegados realmente malvados, que Anduin jamás encontraría, el hijo de Varian había visto valentía demostrada por una de las creaciones de Sylvanas. Se había aferrado al recuerdo de presenciar a Fandris Ferley siendo asesinado por atreverse a oponerse a la crueldad innecesaria y a la violencia. Recordó la carta de Elsie, cómo casi había roto su corazón. Había visto cosas que Turalyon, en sus mil años de guerra contra la Legión, jamás había presenciado.

Y ahora Turalyon se estaba negando a ver algo —a alguien— que estaba de pie justo frente a él.

—Yo creé la Orden de la Mano de Plata —lo amonestó Faol, su voz volviéndose más fuerte—. Vi en ti algo que nadie más tenía. Eras un buen sacerdote, pero eso no era lo que la Luz quería que fueras. La Luz necesitaba campeones que pudieran pelear tanto con las armas de la humanidad como con el amor y el poder de la Luz. Los otros eran más fuertes con lo primero y vinieron a la Luz después. Tú eras lo contrario. Eran amables, buenos hombres. Eran paladines nobles. Pero todos se han ido y tú te has convertido en el alto exarca de la Luz. Eres demasiado sabio, Turalyon, para negar la verdad. Niega eso y estarás negando a la propia Luz.

Para Horror de Anduin, Faol cerró la distancia entre él y el paladín. Abrió los brazos. Turalyon tembló y sus puños se apretaron, pero no atacó.

—Busca la Luz en mí —le indicó Faol—. La encontrarás. Y si no lo haces, entonces te ruego que acabes conmigo, pues no deseo existir como un cadáver roto que la Luz ha abandonado.

Anduin bajó la mirada para ver que Calia se había parado a su lado. Ella alzó la vista hacia él y vio que estaba asustada por su amigo. Él también lo estaba, aunque había conocido al arzobispo recientemente.

Todo será como la Luz lo quiera, pensó.

Durante un momento, Anduin pensó que el paladín estaba tan iracundo que ni siquiera lo intentaría. Pero entonces Turalyon alzó un brazo. Un rayo de lo que parecía un puro y dorado rayo de sol, imposible a esas horas de la noche cuando ese orbe escondía su cabeza, brilló sobre ambas formas.

El rostro de Turalyon era tan duro como una roca. Era la imperdonable expresión de la justicia lo que parecía ser lo correcto. Pero entonces, mientras Anduin observaba, estupefacto por la lucha silenciosa que se desarrollaba entre la creencia y la fe, que ese rostro de granito se suavizó. Los ojos de Turalyon se abrieron; entonces la luz dorada y radiante que envolvió al vivo y al muerto atrapó el brillo de lágrimas no derramadas. La alegría se expandió por su rostro y entonces, mientras Anduin observaba, conmovido más allá de las palabras, Turalyon, paladín de la Mano de Plata, alto exarca del Ejército de la Luz, cayó de rodillas.

—Su Excelencia —exhaló—. Discúlpame, mi viejo amigo. Mi arrogancia me cegó hacia lo que estuvo claro todo el tiempo si hubiera visto con los ojos correctos.

Y agachó la cabeza para recibir la bendición del arzobispo.

Faol también luchaba con la emoción.

—Querido muchacho —dijo con una voz que temblaba—, querido muchacho. No hay nada que perdonar. Hubo un tiempo en el que habría concordado contigo. Eres el único miembro viviente de la Orden original, el último de los únicos hijos que jamás tendré. Estoy agradecido de no haberte perdido también, ni por la muerte, o el Vacío, o por tus propias limitaciones.

Él apoyó la mano, descompuesta y sin vida, sobre la cabeza gris y dorada del paladín. Turalyon cerró los ojos en alegría silenciosa.

—Mi bendición, tal cual es, está sobre ti. No hay nadie, vivo, muerto o en cualquiera de las misteriosas sombras entre ellas, que no se beneficie de siempre mirar con ojos, corazón y mente bien abiertos. Levántate, mi querido muchacho y guía mejor ahora que tienes un entendimiento mayor sobre los caminos de la Luz.

Turalyon lo hizo, pareciendo torpe por un momento antes de enderezarse. Miró hacia Anduin.

—También te debo una disculpa —dijo—. Pensé que era alguien que esperaba lo major a costa de la sabiduría. No podía haber estar más equivocado.

Anduin escuchó a Calia suspirar con alivio.

—No hay necesidad —respondió—. Nos enseñan a temer a los renegados. E incluso el arzobispo entiende que hay muchos cuyo renacimiento los volvió fríos y crueles. Pero no a todos.

—No —convino Turalyon—. No todos. Estoy extasiado de tener a mi viejo amigo y mentor de regreso.

—Trabajaremos juntos —le aseguró Faol.

—Si tan solo Greymane hubiera presenciado esto —dijo Calia.

—Como todas las personas, lo verá cuando esté listo —dijo Turalyon—. Definitivamente lo tranquilizaré de la mejor manera que pueda. Pero por ahora, permítanme hacer lo que pueda para ayudarles. Otros deberían ser capaces de tener el obsequio que el arzobispo y yo hemos recibido ésta noche.

Anduin sonrió. No podía ver el futuro. Sin embargo, podía ver ese momento y su corazón estaba lleno

—Aceptaré felizmente tu ayuda.

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