Antes de la Tormenta – Capítulo Veinticuatro – Stormwind

Durante los días siguientes, Anduin y Calia tomaron la lista de nombres humanos que Sylvanas les había proporcionado y enviaron cartas a todos los mencionados. El mismo Anduin las escribió en lugar de que lo hiciera un escriba. Dejó claro que la participación en la Reunión, como él y Calia se encontraron llamándola, era completamente voluntaria.

No habrá ninguna consecuencia sobre ti o tu familia si te rehúsas, decía él en la misiva. Ésta no es una orden sino una invitación, una oportunidad de ver a tus seres queridos nuevamente, aunque son diferentes de aquellos que recuerdas.

Los mensajeros entregando las cartas habían sido ordenados no marcharse sin una respuesta. Algunos en esa lista eran letrados y escribieron sus propias respuestas; otros se las dictaron a los mensajeros. Anduin vio a la pila de respuestas y suspiró.

—Contando el montón de hoy, hay más rechazos que aceptaciones —dijo.

Calia sonrió triste pero amablemente.

—Eso no debería sorprenderte —respondió.

—No. No lo hace —Y es por eso que es doloroso, pensó, pero no lo dijo.

—Pero hay algunos que aceptaron de inmediato —le recordó—. Y cada miembro del concejo presentó cinco nombres, anticipando que algunos no querrían involucrarse.

—Cierto —era bueno para él recordar eso. Su tarea aún estaba comenzando; toda la gente que respondió positivamente tendría que ser entrevistada para asegurarse de que su deseo de reunirse con su familia o amigos provenía del amor y la preocupación mas no por la venganza. Otros de sus consejeros se habían ofrecido a ayudar a Calia y Anduin en el proceso, pero el joven rey los había rechazado. Era algo amargo, pero no confiaba que fuera imparcial. Había visto que tan infeliz había estado Genn con Fredrik Farley. La gente necesitaba entender lo que podrían encontrar, pero no necesitaban ser intimidados a negarse.

Anduin había sido informado de que el sentimiento negativo no era limitado a sus consejeros. Guardias y la gente de Shaw habían reportado que había murmullos en algunas tabernas y en las calles. A los guardias se les había ordenado interrumpir esas conversaciones si rozaban la sedición o se volvían violentas. Hasta ahora nada adverso había sucedido: el odio expresado, reportaban los guardias, era hacia Sylvanas y la Horda por lo que le habían hecho a sus seres queridos. Algunos aún creían que la muerte era mejor que convertirse en “monstruos”.

La comunicación entre él y la Reina Alma en Pena continuó de forma sorprendentemente buena. Habían elaborado un conjunto de reglas a la cual cada uno aceptó atenerse y que incluso había sido revisada por sus consejeros para propósitos de seguridad. Todos estaban, aunque no precisamente felices, aprobando el lugar seleccionado, los números escogidos y los pasos que se seguirían desde la llegada de las fuerzas de cada facción hasta el tiempo y la forma de su partida.

En un punto, Genn había confrontado a Anduin y le había preguntado sin rodeos.

—¿Cómo puedes trabajar tan fácilmente con la criatura que traicionó a tu padre? ¡Hay más sangre en sus manos que agua en el océano!

—No es fácil —había respondido Anduin—. Y efectivamente ella tiene sangre en sus manos. Todos la tenemos. No, Genn. No puedo cambiar el pasado. Pero si esto se desarrolla bien, entonces puedo cambiar el futuro: una persona, una mente, un corazón a la vez. Y tal vez eso será suficiente para que un nuevo brote de guerra provocado por la Azerita no nos aniquile a todos.

Los días pasaron. Anduin y Calia continuaron reuniéndose con aquellos cuyos nombres estaban en la lista proporcionada. Algunos eran como Fredrik: individuos que batallaban con el concepto de un renegado como “persona” pero anhelaban una conexión. Otros, aunque habían expresado una disposición a reunirse con su pariente renegado en la carta, fueron considerados no aptos. Calia era una observadora perspicaz y Anduin confiaba en las viejas heridas que había obtenido por la Campana Divina para guiar sus decisiones. Y a veces, tristemente, era bastante obvio que la “reunión” hubiera resultado en violencia.

Había una tendencia subyacente a la hostilidad, un acallado deseo de castigar a los renegados simplemente por el acto de haber muerto y ser renacidos. Otros, usualmente con razón más que suficiente, estaban abiertamente enojados con Sylvanas. Se les habían dado monedas y refrigerios por su tiempo y se les había despedido.

—El odio —le dijo una vez Anduin a Calia—, siempre me sorprende. No debería. Pero lo hace.

Ella asintió tristemente con su dorada cabeza

—Como sacerdotes, no podemos endurecer nuestros corazones y seguir haciendo lo que la Luz nos hace hacer. La vulnerabilidad es tanto nuestra fortaleza como nuestra debilidad. Pero no lo querría de otra forma.

Las velas casi se habían consumido en la cámara en el último día mientras la última persona se colocaba en la silla. Su nombre era Philia Fintallas y la persona que había solicitado por ella era su padre, Parqual.

Philia parecía tener alrededor de quince años, si eso. Tenía ojos grandes y expresivos y una pequeña nariz como un botón. Con la vitalidad de su comportamiento, ella parecía tan remotamente lejana de un renegado como el verano del invierno.

—Mi padre era un historiador en Lordaeron y yo nacía ahí —dijo—. Pero teníamos familia aquí, tías, tíos, primos, y yo había venido de visita. Se suponía que debía haberme ido a casa el día anterior… —ella dejó de hablar y las lágrimas se agolparon en sus ojos. Anduin sacó un pañuelo y se lo ofreció. Ella lo aceptó con una sonrisa de agradecimiento temblorosa y bebió el agua que Calia le había servido.

—A la llegada de Arthas —Anduin terminó por ella. Miró de reojo a Calia. No podía contar el número de veces que el nombre de su hermano había sido mencionado durante esas reuniones con los sobrevivientes. Y cada uno de ellos lo había maldecido enérgicamente. En algún nivel debía herir a la hermana del hombre. Anduin nunca identificó a Calia por su nombre, y ella nunca reaccionó a las infames cosas que se decían acerca del Rey Lich. Él admiraba su fuerza, tomando en cuenta especialmente lo que ella había dicho sobre no endurecer el corazón.

Philia asintió miserablemente, después respiró hondo y prosiguió.

—Nunca escuchamos nada de Mamá y Papá, así que asumimos que habían muerto. Esperamos que estuvieran muertos, tomando en cuenta todo lo que habíamos escuchado acerca del Azote. Oh, no es tan malo ahora que lo sé. Debo decirle que mi tío no quería que viniera cuando recibí su carta, Su Majestad. Pero debía hacerlo. Si por algún milagro todavía es él, tengo que verlo. ¡Tengo que ver a mi papá!

Su voz se atoró mientras las lágrimas que había luchado tanto por contener rodaban por sus mejillas.

Indudablemente Calia había sido amable y había consolado a todos con los que ella y Anduin habían hablado, pero el amor indudable claramente la había golpeado poderosamente. Ella se levantó y fue con Philia, abrazándola fuertemente, dejándola llorar en su hombro. Anduin pensó haber visto lágrimas en los ojos de la sacerdotisa mientras las dos mujeres se aferraban a la otra y un pensamiento lo atacó. Era un tema delicado, pero era uno que debía tratar con Calia apenas terminaran su tarea.

—Es verdad, te lo prometo —él le dijo a Philia—. No he conocido a tu padre, pero me he encontrado a muchos renegados que recuerdas quiénes eran y que estarían muy felices de volver a reunirse con aquellos que creían muertos o destruido más allá de reconocimiento.

Calia se apartó de la chica un paso, apoyando las manos en sus hombros.

—¿Philia? Mírame —La chica obedeció, tragando, sus ojos rojos e hinchados—. He escuchado de tu padre por alguien que lo conoce como es ahora. Habla muy bien de él y me dice que todavía es amable e inteligente. Creo que será una reunión muy feliz para ambos.

—¡Gracias! ¡Muchas gracias! ¿Cuándo se llevará acabo?

—Enviaremos a un mensajero con las indicaciones —le prometió Anduin—. Esperamos que sea pronto.

Cuando la chica se fue, radiante de alegría, Calia le sonrió a Anduin a pesar de que su rostro todavía estaba sonrojado por las lágrimas de empatía que había derramado.

—Espero que veas ahora el bien que haces, Anduin Wrynn.

Él le sonrió ladino.

—Espero que sea bueno —dijo—. Me relajaré cuando todo haya terminado. No podría haberlo hecho sin ti, Calia. Tienes un don para leer a la gente.

—Eso es algo que aprendí a temprana edad como una niña real, igual que tú. Trabajar tan cercanamente con tantos compañeros sacerdotes solamente me ha ayudado a afilar ese don y templarlo con compasión.

Hubo una pausa. Calia misma le había dado un sigue hacia la conversación que deseaba tener con ella, pero, aun así, Anduin se armó de valor.

—Calia —comenzó con cuidado—, has sido una ayuda muy grande. Y no eres una ciudadana de Stormwind. Si éste plan lleva eventualmente a la paz, serás una heroína de la Alianza.

Ella sonrió con un toque de tristeza.

—Gracias, pero no me considero un miembro de la Alianza. Soy una ciudadana de ningún lugar excepto, tal vez, el Templo de la Luz Abisal —dijo—. Voy a dónde la Luz me guíe. Realmente creo que éste es el camino correcto para zurcir otras y más grandes grietas.

Anduin no pudo dejarlo ir sin estar completamente seguro. Había demasiado en riesgo.

—El reino de Lordaeron es tu derecho. Pocos estarán dispuestos a dejar ir ese título y el poder que les daría —presionó—. Entiendo tu razonamiento, pero muchos no. Puede que tengas algunos campeones nacionalistas levantándose, listos para tomar la ciudad en tu nombre.

De pronto su expresión se volvió pensativa y ella buscó sus ojos.

—¿Estarás entre ellos, Anduin? ¿Es por eso que preguntas? ¿El rey de Stormwind haría guerra con la Horda y purgar Undercity, para garantizarle a la reina de Lordaeron su reino vacío?

El trono era suyo por derecho. ¿Pero valía la pena una guerra si ella mostraba un deseo de reclamarlo? Ella vio el conflicto en su rostro y puso una mano en la de él.

—Entiendo. No te preocupes. Aquellos que actualmente habitan Lordaeron vivieron ahí en vida. Los renegados son los verdaderos herederos. Ahora les pertenece. Lo mejor que puedo hacer por aquellos a los que hubiera gobernado es exactamente lo que estoy haciendo. He encontrado paz y una vocación en la que de verdad importo. Eso es más importante que una corona ensangrentada.

—Sacrificar paz y una vocación es usualmente el precio de una corona —dijo Anduin.

—Tú no has dejado que sea así. Stormwind es afortunada de tenerte. Pero si realmente deseas agradecerme, tengo un favor que pedirte. A ti y al arzobispo. Me gustaría participar en la Reunión.

Anduin frunció el ceño levemente.

—No creo que sea sabio —dijo—. Puede que haya algunos que te reconozcan. Podría ser peligroso. Podría ser… malinterpretado —podría, de hecho, llevarlos a la guerra.

—Si alguno de los renegados me reconoce, me dará la oportunidad de mostrarles que no represento ningún peligro —contraatacó —Que no tengo deseos de sacarlos del lugar que ha sido su hogar durante tanto tiempo. Quiero que ellos se queden ahí. Quiero que estén seguros.

Anduin la miró cuidadosamente, respirando y centrándose. Luz, hazme saber si ella quiere hacerles daño. Él no sintió ningún dolor en sus huesos como respuesta, ninguna señal de que Calia Menethil estuviera planeando alguna clase de golpe asesino. Sus intenciones estaban alineadas con la Luz a la que ambos servían.

—Ya establecí un lazo de confianza con ésta gente que hemos entrevistado —continuó—. Y nadie conoce al arzobispo mejor que yo.

Eso era cierto. Y nadie la conocía mejor que Faol.

—Hablaré con el arzobispo —dijo al final Anduin—. Si él acepta, entonces yo también.

Calia estaba radiante.

—Gracias —dijo—. Significa mucho más de lo que crees.

Había una cosa más que se sentía obligado a decir.

—Tengo una pregunta y es importante que sepa la respuesta.

Su cabello dorado, tan dorado como el de Arthas, tan dorado como el suyo, cayó en una brillante cortina para esconder su rostro mientras bajaba la mirada. Su voz estaba disminuida cuando habló.

—Confío en ti, Anduin —dijo—. Si sientes que debes saber la respuesta, entonces pregunta.

Él respiró hondo.

—Calia… ¿Hay un niño? ¿Tienes un heredero?

Regresar al índice de Antes de la Tormenta

Share

Deja un comentario

Tu email nunca se publicará.