Antes de la Tormenta – Capítulo Veinticinco – Stormwind

Las palabras no dichas se quedaron entre ellos, pesadas y tristes y Anduin supo la respuesta antes de que ella la diera.

—Había un niño —dijo Calia Menethil tan suavemente que él tuvo que esforzarse para escucharla. Era suficiente, pero Anduin esperó para ver si estaba lista para contar su historia. Al tiempo que él tomó aire para cambiar el tema, ella comenzó a hablar.

—Debes entender… mi padre era ordinariamente un hombre bueno y comprensivo, pero había una cosa en la que era firme. Él iba a escoger el hombre con el que me casaría y yo debía aceptarlo.

Sus ojos verde mar llenos de tristeza se alzaron de las manos apretadas en su regazo.

—He cometido muchos errores y he tomado muchas malas decisiones en mi vida. Todos lo hemos hecho, pero como realeza, nuestras decisiones importan más que las de otros porque afectan a muchas más personas. Debes sentir que necesitas encontrar a una reina, tener un heredero. Tus consejeros querrán que tengas un casamiento políticamente bueno. Otros serían capaces de vivir con cosas como esa. Pero no la gente como nosotros. Prométeme esto, Anduin: cualquier cosa que sea que otros te digan que debes hacer, no te cases si tu corazón no te dice que lo hagas.

Su rostro era fiero, pero todavía hermoso y encantado, y sus palabras lo golpearon con la fuerza de la verdad. Aun así, Anduin supo que al final tendría que hacer lo que era mejor para su reino.

—No puedo hacer una promesa que tal vez no sea capaz de mantener —dijo—, pero si vale de algo, comparto tus sentimientos al respecto.

—Todos hacemos lo que debemos —dijo Calia—. Yo no era la heredera directa. Yo no tengo tus responsabilidades. Si las tuviera, hubiera accedido sin protestar. Pero Arthas era el heredero, el primogénito y mientras crecía, Papá comenzó a centrarse más en él. Parecía como si él y Jaina pudieran ser la pareja perfecta, una unión por amor además de una simplemente política. Al menos hasta que Arthas por alguna razón decidió que no era perfecta.

Ella hizo una pausa, entonces alzó la mirada hacia él.

—Jaina… He temido preguntarte. Ella…

—Ella está viva —se apresuró para tranquilizarla—. No sabemos en dónde se encuentra, pero puede cuidarse por sí sola —no le habló de los esfuerzos de Jaina o de su aparente abandono de la Alianza. Calia ya tenía suficientes tristezas en su corazón. Anduin no tenía deseos de añadirlos a menos que ella lo pidiera.

Sus palabras parecieron ser suficientes para ella. Ella sonrió, sus ojos distantes y dijo.

—Me alegro. Era muy querida para mí cuando éramos jóvenes. Cuando el mundo era menos cruel que ahora. Y con lo que Arthas se convirtió. Estoy muy agradecida de que ella no se hubiera casado con él.

—Pero mientras los ojos de Papá estaban en mi hermano, yo dirigía mi propia rebelión silenciosa. Me enamoré de alguien a quien Papá jamás habría aprobado: uno de los lacayos. Nos robamos todos los momentos que pudimos, y una vez, en la oscuridad de la noche, nos escapamos y le rogamos a una sacerdotisa que nos casara. Al principio se negó, pero insistimos. Volvimos una y otra vez, mi dulce amor y yo, y al final, con la bendición de la Luz, nos casamos.

Su mano bajó hasta su vientre, ahora plano pero alguna vez abultado por un hijo.

—Cuando estuve segura de que estaba encinta, se lo confié a Mamá. ¡Oh, estaba furiosa conmigo! Pero se dio cuenta por mi cara que eso era amor verdadero y le aseguré que mi hijo sería legítimo. Padre estaba demasiado ocupado con Arthas para objetar demasiado cuando mi madre y yo nos fuimos a un largo retiro a las partes más alejadas del reino.

La mano de Calia dejó de moverse en su abdomen y ambas manos se volvieron puños.

—Llegué a abrazar a mi pequeña y hermosa hija y cuidarla durante algunas semanas antes de que se decidiera que mi esposo la criaría lejos de Lordaeron e ignorante de su derecho de nacimiento. Mamá prometió que cuando llegara el momento correcto —cuando Arthas finalmente se hubiera casado y procreado un heredero— podríamos reconocer a mi hija y tal vez elevar a mi esposo a un estatus de noble para que su nombre quedara inmaculado. Ese día jamás llegó. Pero el Azote sí.

Anduin escuchó, su corazón lleno de simpatía. Calia estaba describiendo el ser vendida como ganado al mejor postor. Se había rebelado, enamorado y concebido un bebé. Una hija. Durante un breve momento, Anduin se preguntó cómo se vería un hijo o una hija suyo. Sin importar la apariencia o el género, ese bebé gobernaría el mundo un día… y hasta ese momento sería amado profundamente.

—No recuerdo mucho de esa época. Recuerdo estar tumbada en una zanja mientras el Azote pasaba sobre mí. Hasta éste día creo que fue gracias a la Luz que nunca me encontraron. Me abrí camino hasta Costa Sur, en dónde mi esposo y mi bebé se habían estado escondiendo. Los tres lloramos cuando nos reunimos. Pero no duró.

No. No una segunda vez. Anduin se acercó por una de las manos hechas puños. Por un momento, estaba tensa bajo la suya y entonces, lentamente, el puño se relajó mientras Calia permitía que sus dedos se entrelazaran con los de él.

—No tienes que decir nada más, Calia. Lamento haberte molestado.

—Está bien —dijo—. Ya he empezado. Creo que quiero terminar.

—Sólo si es lo que quieres —le aseguró.

Ella le dedicó una leve sonrisa.

—Tal vez si le digo a alguien, las pesadillas se detendrán.

En su interior, él se contrajo por el dolor; no tenía una respuesta para eso. Ella prosiguió.

—Nadie me reconoció. Todos asumieron que estaba muerta. Fuimos felices durante un tiempo. Y entonces vino el Azote. Huimos. No estaba dispuesta a abandonar nuevamente a mi familia, pero nos separamos en la multitud. Me paré en medio de la calle, gritándoles. Alguien se apiadó de mí, subiéndome a su caballo y galopando hasta pasar los límites de la ciudad apenas a tiempo. Había un grupo de refugiados en el bosque. Muchos de nosotros esperamos, desesperados por noticias de nuestros seres queridos. A veces las plegarias eran respondidas y hubo reuniones que fueron. —Su voz se desvaneció— Nunca los vi de nuevo.

Y entonces, con una realización que hizo que dejara de respirar por la sorpresa, Anduin entendió por qué Calia había decidido hacer amistad con un renegado. Por qué, en lugar de verlos como destructores de su ciudad, su modo de vida y toda su familia, había escogido identificarse con ellos.

—Estabas esperando que tu esposo y tu hija también se hubieran convertido en renegados en lugar de morir como el Azote —dijo suavemente— Esperabas que podrías tener noticias de ellos en la Reunión.

Calia asintió, secándose las lágrimas con una mano. La otra se mantuvo aferrada a la del joven rey.

—Sí —dijo—. No fue hasta que conocí al arzobispo que comencé a entender que los renegados no eran monstruos. Ellos eran… nosotros. Las mismas personas que tú y yo seríamos si nos hubieran asesinado y otorgado un tipo de vida diferente.

—No sabes si tu familia hubiera sido así —advirtió Anduin—. Pudieron haberse vuelto locos o crueles. Podría ser devastador para ti verlos de ese modo —las palabras de Genn a Fredrik volvieron a él mientras hablaba.

—Lo sé. Pero debo resistir por la oportunidad. ¿La Luz no se trata de eso, Anduin? ¿Esperanza?

La mente de Anduin regresó al juicio de Garrosh Hellscream. Cuando ese orco había ejecutado su escape, lo había logrado gracias al caos levantado por un inesperado ataque en el templo. En esa batalla, Jaina había sido herida de gravedad.

No, se corrigió. Se había estado muriendo.

Muchos, tanto de la Alianza como de la Horda, intentaron sanarla. Pero la herida era demasiado. Anduin recordó haberse arrodillado en el suelo de fría piedra del templo, viendo le respiración trabajosa de Jaina y viendo burbujas rojas formarse en sus labios, sus manos en su capa ensangrentada. Por favor, por favor, había rezado, y la Luz había venido. Pero él, igual que otros, estaba exhausto. Y la Luz que él llamó no sería suficiente para salvarla.

Recordó a otros decirle que se retirara, que había hecho todo lo que podía. Pero él se quedó ahí en esos desoladores e impotentes momentos ante la muerte de esa mujer que había amado como una tía. No, le había dicho a aquellos que querían que él se retirara. No puedo.

Y entonces la voz de su maestro, Chi-Ji, la Grulla Roja. Y así, el estudiante recuerda las lecciones de mi templo.

Anduin citó a Calia las palabras de Chi-Ji

—La esperanza es lo que tienes cuando todo lo demás te ha fallado —dijo—. En dónde hay esperanza, haces espacio para la sanación, pues todas las cosas que son posibles, y algunas que no lo son.

Sus ojos brillaron y ella le dedicó una sonrisa temblorosa.

—Tú entiendes —dijo.

—Lo hago —dijo— Y sé que tenerte participando en la Reunión es lo correcto —mientras hablaba, sintió una calidez y una calma invadirlo. Esa calidez viajó desde sus manos aferradas a Calia, y vio que las arrugas alrededor de sus ojos y boca disminuyeron, su cuerpo se relajó.

Lo que sea que ocurriera, ese actor de bondad era lo correcto. Anduin tenía que esperar que no pagaran un precio muy alto por ello.

Tanaris

El equipo del ingeniero goblin y la mineralogista gnoma encontró su ritmo. Saffy interrogó a Grizzek acerca de todo lo que sabía acerca de su “jefe”, y lo destrozaba ver su rostro, usualmente tan alegre y animado —especialmente en los últimos días— volverse sombrío y más retraído. A veces Grizzek se reprimía acerca de cómo su gente eran consideraros o, con mayor exactitud, injuriados. No todos los goblins estaban dispuestos a vender objetos peligrosos a precios descabellados. Había algunos que incluso eran bien considerados: Gazlowe, quien operaba a las afueras de Trinquete, al sur de Orgrimmar, vino a su mente.

Pero Jastor Gallywix era el epítome de lo peor que podía decirse posiblemente acerca de los goblins. Era astuto, egoísta, arrogante, completamente despiadado y libre de remordimiento. Él incluso había vendido a su propia gente en la esclavitud justo después de que llegó el Cataclismo, por todos los cielos. Grizzek y su querida Punkin se habían vuelto tan absortos en la asombrosa magnificencia de la Azerita, que había perdido de vista lo que seguramente estaba realmente en el corazón del deseo de Gallywix de aprender sobre ella: su habilidad para matar a quien el goblin escogiera.

—Todo esto es mi culpa —dijo Grizzek en algún momento, más miserable de lo que jamás había sido en su vida—. Nunca debí haber confiado en que Gallywix mantendría su promesa. Debí haber sabido que él quería que fabricara armas. Y lo peor de todo, nunca debí haberte arrastrado hasta eso. Lo siento mucho.

—Hey —dijo Saffy, deslizándose entre sus brazos y acurrucándose contra su hundido pecho verde—. Aunque no puedo aprobar tus métodos, me alegra que estemos trabajando juntos en esto. Tenías razón. Sabías que me gustaría estar involucrada. Puede que haya venido aquí pateando y gritando, literalmente, pero me quedé porque lo quería. Y porque…

Grizzek contuvo el aliento. ¿Ella iba a decir. ?

—Porque me alegra que nos hayamos encontrado de nuevo. Ésta Azerita es algo poderoso. En su estado natural se inclina hacia el crecimiento y la sanación. Tal vez incluso Gallywix entenderá que es mucho mejor utilizarla para esos fines.

—Pookie —dijo—, es un goblin. Nos gusta hacer estallar cosas.

Por supuesto, ella era incapaz de negar la verdad en eso.

—Bueno —dudó—, construir y sanar es casi tan importante como destruir y matar.

Sapphronetta era tan ingenua. Y la amaba mucho por eso.

Para cuando Gallywix se apareció, todo enorme barriga, mala actitud y enorme sonrisa, ellos estaban listos.

—Príncipe Mercante —dijo Grizzek—, por favor permítame presentarle a mi compañera de laboratorio: Sapphronetta Flivvers.

Saffy hizo una reverencia, que se vio ridícula pero adorable pues estaba usando overol y botas gruesas. Gallywix pareció encantado.

—Encantado, encantado —retumbó con su abrasiva y áspera voz, tomado su mano y presionando sus labios en ella. Saffy se puso pálida pero no se apartó—. Valiste cada centavo del secuestro, querida, y aún no he visto tu trabajo.

—Uh… gracias —dijo ella. Sus ojos se entrecerraron y era obvio que ella no quería nada más que golpearlo, pero de nuevo ella se abstuvo de hacer algo que probablemente resultarían en el encarcelamiento de ambos y/o ejecución.

—Hemos estado trabajando en una variedad de cosas —comenzó Grizzek pero Gallywix lo interrumpió.

—Gran cantidad de armas, espero —dijo Gallywix mientras se arrastraba a través de la puerta hacia el patio—. Nuestra Jefe de Guerra está extremadamente interesada en cosas que explotan. Y le dije “Jefe de Guerra, yo digo, no te preocupes, cariño. Tengo al mejor tipo que hace que las cosas exploten”.

—De hecho —dijo Saffy, forzando una sonrisa—, los goblins ya sobresalen en hacer que las cosas exploten. En lo que hemos estado trabajando es mucho más valioso.

Lo guiaron al interior del laboratorio. Arreglados para impresionar estaban todos sus trabajos de amor. Procedieron a poner los objetos a su ritmo mientras Gallywix observaba, sus pequeños ojos fijos en la Azerita.

Primero mostraron los objetos usables: la joyería y las baratijas.

—Obtuvimos nuestra inspiración de ti —dijo Grizzek—. ¡Tu bastón fue el primer adorno hecho de Azerita! —Gallywix sonrió de alegría y acarició el brillante orbe dorado del que hablaban. Saffy habló de las propiedades de las diferentes baratijas y Grizzek sacó la armadura que habían hecho.

—Santo cielo —exclamó Gallywix mientras miraba la armadura recibir minuto tras minute de fuego directo proveniente del Lightning Blast 3000. Lo siguiente era la demostración de Crunchy. Grizzek había reconstruido la mano dañada e hizo una mueca nuevamente al ver que era destruida cuando el destructor modificado trató de aplastar el pedazo de Azerita.

—¡Vaya, vaya! —dijo Gallywix— Ésta cosa es dura.

—Piensa en el material de construcción que podrías producir a partir de ella —dijo Saffy—. Podría aguantar incendios, terremotos…

—¡Piensa en los destructores que podríamos hacer!

—Eh… sí. Continuemos —luego, Saffy demostró lo que Grizzek llamaba su “mejor truco” de neutralizar veneno y lamerlo de su propia mano.

—No necesitarás crear antídotos específicos —dijo—. Solamente lleva contigo un poco de esto y mantenlo líquido, y sin importar el veneno, ¡ya no será un problema!

—¡Ja ja! ¡Cuando lo usemos, el veneno nunca será un problema! —todas las papadas de Gallywix, y también su barriga, se sacudieron con sus carcajadas.

Grizzek comenzaba a sentirse enfermo del estómago. Su pobre Saffy parecía sentirse de la misma forma.

Para el final de la demostración, Gallywix no se veía muy feliz.

—Pedí armas —dijo—. Específicamente. Por su nombre.

—Ah, sí —dijo Grizzek—. Acerca de eso. Nosotros, eh…

—Algunas cosas podrían modificarse en armas —dijo Saffy, sorprendiendo a Grizzek—. Pero yo recomiendo encarecidamente no hacerlo. Lo que te hemos mostrado podría salvar vidas. Vidas de la Horda —admitir eso era difícil para ella, pero persistió—. Pueden construir estructuras que la Alianza no puede atacar. Pueden extender vidas, sanar heridas, salvar personas que de otro modo hubieran muerto. Esto ayuda a la Horda. No necesitan armas.

Gallywix suspiró y miró a Saffy con una expresión que era casi amable y respetuosa.

—Eres una belleza y una sabelotodo —dijo—, así que te lo diré amablemente. Estamos en un mundo que siempre estará en guerra, cariño, y los únicos que sobrevivan son aquellos con las armas más grandes. Grizzek entiende. Ustedes los gnomos parecen tener problemas con ese concepto. Seguro, seguro, ésta Azerita hacer todas las cosas que dices que hará. Construiremos edificios y curaremos enfermedades y salvaremos vidas. Pero también vamos a aplastar a la Alianza bajo nuestros talones y Señorita Sabelotodo, necesitas decidir si estarás en el bando ganador cuando todo eso pase. Créeme cuando te digo que eso espero.

Él miró a Grizzek, señalándolo con un dedo para remarcar sus palabras.

—Armas. Pronto.

Entonces inclinó su espantoso sombrero a Saffy y se marchó.

Durante un largo momento ni Grizzek ni Saffy hablaron. Entonces, en voz baja, Saffy dijo.

—Lo que él hará con la Azerita… esos serán crímenes contra la gnomanidad. Y humanidad, y goblins, y orcos, y todos. Todos, Grizzy.

—Lo sé —dijo también en voz baja.

—Y nosotros habremos hecho posible que lo haga.

Grizzek se quedó en silencio. Eso también lo sabía.

Ella giró hacia él, sus ojos abiertos y humedecidos por las lágrimas.

—La Azerita es parte de Azeroth. No podemos permitirle que le haga eso a ella. No podemos permitir que nos lo haga a nosotros. Tenemos que detenerlos de alguna forma.

—No podemos detenerlo, Saffy —respondió Grizzek. Sus ojos observaron las cosas magníficas que ambos habían hecho gracias a su pasión por la ciencia y a jugar, y por el otro. Todos ellos hicieron que su corazón se hinchara con orgullo y después doliera con el miedo a cómo podrían ser usados.

Ella se acercó a él y comenzó a lloriquear suavemente. Él la rodeó con sus brazos, tratando de abrazarla lo suficientemente fuerte para apagar el dolor de su complicidad.

Entonces un pensamiento vino a él.

—No podemos detenerlo —repitió—, pero creo que tengo un plan sobre cómo detener algo.

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