Poco después de que Saffy hubiera accedido —“por tu propio libre albedrío”, había enfatizado Grizzek— para ayudarle a sondear el potencial de la mágica, maravillosa, milagrosa Azerita, Gallywix les había enviado un único y gran barril con cosas junto con una nota: ¡Ustedes dos chicos creativos vuélvanse locos!
Los primeros experimentos habían cubierto los pasos básicos: intensificar las propiedades del material probándolo bajo varias condiciones. Expuesto a la luz del sol y de la luna. Sellado y expuesto al aire. Sumergido en varios líquidos, incluyendo ácido y otros químicos altamente peligrosos. Esa había sido la parte preferida de Grizzek hasta ese momento.
Durante un experimento, Saffy notó que la sustancia de un veneno peligroso, espesa parecida a la brea que habían esparcido en un pedazo de muestra había cambiado de color.
—Mira esto —dijo ella. Rápidamente ella agarró una ampolleta del antídoto y lo dejó a una distancia de fácil acceso. Entonces, antes de que Grizzek pudiera siquiera aullar de sorpresa, había estirado una mano y tocado el veneno descolorido.
—¡Saffy, no! —Se lanzó hacia ella y tomó su brazo con una mano y el antídoto con la otra.
—Espera un minuto —dijo Saffy—. Ésta cosa ya debería estarse comiendo mi piel. Pero mira. Estoy bien.
Ambos miraron fijamente el veneno en la mano de ella, después el uno al otro.
—Nada arriesgado, nada ganado —murmuró Saffy. Y lamió la cosa de sus dedos.
Grizzek dejó escapar un grito ahogado. Saffy apretó los labios.
—¡Sorprendente! Ésta sustancia altamente corrosiva y venenosa ahora sabe a fruto solar y cerezas —dijo.
—Tal vez siempre ha sabido así —ofreció Grizzek. Su voz tembló un poco.
—No, se supone que es totalmente insípido.
—Sí, como sea, sólo… sólo no hagas cosas como esa, ¿de acuerdo, Saffy? —Ella lo miró y vio que se había puesto pálido. Se había preocupado por ella. No preocupado como oh, voy a perder a mi compañera de laboratorio sino preocupado como si.
Saffy no podía permitirse pensar en eso. Tenían trabajo que hacer. Traer viejos sentimientos de vuelta solamente sería una distracción. Además, siempre se habían llevado mejor como compañeros de laboratorio.
Ella volvió su atención a su mano.
—Esto es. importante, Grizzy. Realmente importante. A largo plazo, ¿quién sabe lo que pueda hacer ésta cosa? Solamente hemos visto que puede neutralizar veneno. Apuesto que también puede sanar heridas. Tal vez pueda alargar la vida —sacudió la cabeza con incredulidad—. ¡Qué regalo! ¡Vamos, de vuelta a ello! ¡Hay mucho que necesitamos saber!
Después de que terminasen todo, probaron la Azerita en su forma líquida, después estuvieron las pruebas para determinar si, una vez endurecida, se podía romper.
Nada podía.
Ni una espada, ni un martillo, ni un destructor goblin, ni siquiera un aparato que Grizzek había llamado Crunchola, del cual le hizo una demostración a Saffy. Era un destructor modificado, pero uno de sus miembros operados mecánicamente estaba equipado con una mano incrementada por un rayo de energía.
—La idea —explicó Grizzek—, es que el pulso de energía aumente la presión para que sea siete veces más fuerte que una mano normal.
—Ese es un número raro —observó Saffy, perpleja.
—¡Lo es!
Le tomó un segundo, entonces dijo llanamente.
—Me refiero a que es inusual. ¿Por qué no diez o quince?
Él hizo un mohín.
—Se supone que el siete es de la suerte.
Ella rodó los ojos. Sacaron una cubeta de la Azerita líquida de un barril fuertemente sellado que Gallywix les había proporcionado y lo dejaron a la intemperie para que se endureciera. La sustancia se deslizó fácilmente una vez que estuvo lista y era sorprendentemente liviana. La Crunchola o “Crunchy”, como Grizzek, quien parecía inexplicablemente encariñado con esa cosa, la apodaba, agarró el trozo de Azerita en su mano suertuda energéticamente mejorada. Grizzek subió el switch. La Crunchola apretó, fuerte… muy fuerte.
Y entonces Grizzek chilló aterrado mientras sus cuatro dedos se rompieron.
—¡Tu mano! —gritó— ¡Crunchy, lo siento!
Saffy miró sus notas y tachó “PRUEBA NÚMERO 345: Crunchola” y escribió “Azerita 1, Crunchola 0.”
—Un recurso que nos hace falta es un mago —comentó Saffy, echando un vistazo a Azerita intacta y con forma de cubo—. ¡ Sería fascinante ver cómo la afecta la magia!
—Si de verdad quieres que se unos una uno, podría preguntarle a Gallywix —Grizzek no sonaba muy convencido de ello y Saffy se tensó ante el pensamiento.
—Ta vez después. Por ahora llevamos un buen ritmo solamente con nosotros dos —Estaba sorprendida por lo que decía, pero era innegablemente cierto. El pensamiento de una tercera persona entrando al laboratorio se sentía equivocado de alguna forma.
Grizzek pareció alegrarse por sus palabras.
—Sí, es verdad —dijo. Se bajó de la Crunchola, tocando su brazo tristemente—. Te repararé, amiga —prometió. Entonces respiró hondo y se volvió hacia Saffy.
—La magia puede ser la segunda fase —dijo Grizzek—. Primero acabemos con nuestros propios recursos y nuestra imaginación. Dale al pequeño Gally una base de lo que podemos hacer con ciencia pura.
Saffy rio
—¿Pequeño Gally?
Grizzek se rascó la enorme nariz y rio un poco entre dientes.
—Sí —dijo—. Tonto, pero el “chico” me molesta mucho”.
—Creo que es perfecto —anunció Saffy. Sus ojos se encontraron y la expresión de Grizzek era desprevenida.
—¿Lo crees? —preguntó con sorpresa.
—Síp —respondió—. Las bolsas de aire ostentosas necesitan de vez en cuando un firme pinchazo. Desinflarse es mejor que explotar.
—¿Para él o para nosotros?
—Oh, para él, definitivamente. No me importa si él explota.
Se rieron juntos, igual que hacían en los viejos tiempos, en esa estrecha banda en la que todo había sido perfecto y se habían vuelto locos por el otro, en lugar de volver loco al otro.
Ten cuidado, Saffy, se recordó la gnoma. No lo eches a perder. Todo está yendo demasiado bien para que las cosas se arruinen.
—Hemos reunido una buena base de referencia en la naturaleza de ésta sustancia en aislamiento —dijo ella—. Reuniré mis notas y después podemos seguir para ver lo que sucede cuando tratemos de darle forma o manipularla, o combinarla con otros objetos.
—¡Oooh! Deberíamos hacer objetos usables.
—¿Cómo anillos y cadenas?
—¡Sí! El pequeño Gally me dio la idea involuntariamente. Usó el primer trozo conocido de ésta cosa como un adorno para su bastón. Podemos experimentar con ello y ver cómo hacer amuletos, anillos y otras baratijas. ¿Crees que lo podamos mezclar con otros metales?
—Lo averiguaremos! —esa era su especialidad— Pero primero debería reunir éstas notas.
Sin embargo, Grizzek negó con la cabeza.
—No. Eso puede esperar. Ve afuera, despeja tu cabeza.
—Nunca salgo.
—Lo sé. Pero debes hacerlo. Las Lunas saldrán pronto. Anda, vete. Yo me encargaré de la cena —No lo dijo de forma desagradable.
—¿Aún quemas todo cuando cocinas? —preguntó.
—Estos días no tanto —Hizo un ademán como si apartara algo. Con un mohín, Saffy caminó lentamente a la playa. No estaba sola, por supuesto; los rufianes de Gallywix estaban colocados alrededor del enclave e incluso patrullaban las palayas. Pero mantenían sus distancias y no molestaban demasiado ni a Grizzek ni a ella.
Había puesto una silla y había una mesa. También estaba puesta una sombrilla, aunque no era como si se necesitara una a esa hora. Mientras Saffy se acomodaba en la silla, tuvo que admitir que el cielo era totalmente glorioso y la luz de la luna en el océano era asombrosamente relajante.
Normalmente a Saffy le tomaba un momento relajarse cuando su cerebro estaba filtrando cosas rápidamente. Ella escuchó el ruido de algo estruendoso detrás de ella y giró para ver a Grizzek equilibrando una bandeja en una mano y cargando una silla con la otra. No dijo nada mientras colocaba la bandeja en la mesa y colocaba la silla.
—Vino —dijo Saffy, sobresaltada—. Serviste vino.
—Sí —gruñó—. Tenía una botella por ahí. Sabía que te gustaba esa cosa.
Realmente él no había cocinado, razón por la que probablemente el lugar seguía de pie. Solamente había recalentado algo de estofado de mariscos que ella había hecho para almorzar y agarró algo de pan. Comieron en silencio, escuchando el sonido del mar. Saffy estaba pensando mucho y no acerca de la Azerita, aunque eso quería aparecerse en las esquinas de su cavilación.
—Grizzek —dijo ella.
—¿Sí?
—Cuando llegué me llamaste por mi sobrenombre —al menos uno de ellos; ellos tenían bastante durante ese periodo de tiempo donde las cosas iban bien.
Su matrimonio había sido, bueno, bastante corto. Primero habían sido compañeros de laboratorio, y eso había ido bien, pero entonces habían sido lo suficientemente idiotas para enamorarse. Su primero mes había sido glorioso, el epítome de una gran historia de amor. Y entonces se había desmoronado igual que uno de los defectuosos y mal diseñados dispositivos de Grizzek. De pronto, todo lo que uno hacía irritaba al otro más allá de la tolerancia. Muchas cosas fueron arrojadas y rotas, y una vez Saffy se halló gritando tanto que perdió la voz. Ese había sido un día horrible. Grizzek se había sentido libre para mofarse de ella y ella no pudo lanzar una réplica concisa.
No obstante, ni siquiera la molestia de ese terrible día parecía coartar su colaboración actual. Trabajaban juntos casi impecablemente, escuchando lo que el otro tenía que decir, ofreciendo sugerencias, formando una verdadera asociación. Saffy estaba reacia a admitirlo, pero las últimas semanas trabajando junto a Grizzek habían sido bastante buenas. Maravillosas, de hecho. Eso era casi tan increíble como el extraño material que ella y su ex-esposo habían estado trabajando.
Lo escuchó olfateando y aclarándose la garganta.
—Sí —dijo—. Creo que sí te llamé Punkin. Lo siento, creo.
Saffy bebió un sorbo de su vino y pensó un poco más.
—Estas últimas semanas han sido buenas.
—Sí, tienes razón.
—Me recuerda viejos tiempos —dijo con cautela.
—También a mí —dijo en voz baja.
Ella quería hacer mil preguntas. ¿Todavía me extrañas? ¿Por qué crees que ya no nos odiamos? ¿La Azerita está afectando lo que sentimos por el otro? ¿Solamente estamos bien cuando trabajamos? ¿Sería un error volver a intentarlo?
En su lugar, dijo.
—Ésta Azerita… es muy sorprendente. Podría ayudar a mucha gente.
—Eres un genio, Saffy. Una absoluta genio. Vas a crear muchas cosas.
—Y tú, Grizzy —dijo Saffy con entusiasmo—. Tus robots y tus lanzadores y esas pequeñas naves de guerra individuales, ¡la Azerita ayudará con todo eso también!
—¿Lo crees?
—¡Lo sé!
—Saffy, haremos que éste mundo nos tome en cuenta, a ti y a mí. El cielo es el
límite.
Despacio, su corazón latiendo tan rápido como el de un conejo, Sapphronetta Flivvers deslizó la mano al otro lado de la mesa. Y sintió la zarpa grande y callosa de Grizzek cerrarse sobre ella. Gentilmente, protectoramente, como si fuera lo más preciado en el mundo.
Y Saffy sonrió.
Entre besos y coqueteos, la reunida y reinteresada pareja tuvo una asombrosa cantidad de investigación hecha. Mezlcaron la Azerita con una gran variedad de metales diferentes e inlcuso la utilizaron como pintura. Hicieron colgantes, anillos, brazaletes y aretes. Y fabricaron una armadura. Era fea, una cosa con diseño goblin, pero no pretendía ser bonita. Sobrevivió tres minutos enteros de bombardeo por un reconstruido Lightning Blast 3000. El único daño fue un leve derretimiento del metal.
Todo eso había requerido únicamente una pequeña porción de Azerita.
Entonces Saffy decidió volverse una completa alquimista gnómica. Comenzó a experimentar con pociones. Con una sola gota en la cabeza totalmente suave y verde de Grizzy, creció una magnífica melena de grueso y brilloso cabello negro que le llegaba a la espalda.
—¡Aaaah! —se quejó— ¡Córtalo, córtalo!
Cuando una gota de veneno se mezcló con Azerita caliente, se logró un resultado similar al anterior experimento en el que Saffy había lamido el veneno. Cuando vertió la mezcla en una planta con problemas, la palmera dobló su tamaño.
—Esa es una proporción elevada de Azerita al veneno —reflexionó—. Veamos lo que pasa cuando invertimos la proporción.
—Ten cuidado, Punkin —dijo Grizzek con preocupación—. Apenas te encontré de nuevo.
El corazón de Saffy se sintió cálido, dio un vuelco en su pecho y se volvió pasta. Figurativamente, por supuesto. Ella se acercó y lo besó profundamente.
—Tomaré cada precaución e incluso más.
Él rondaba ansiosamente mientras ella preparaba el veneno, entonces se ofreció a ser quien la mezclara con la Azerita.
—¡Oh, Grizzy, eres tan dulce! Pero no sabes con exactitud cuánto usé.
Sacando la lengua para poder concentrarse mejor, Saffy vertió la cantidad exacta de Azerita en el vaso de veneno. No hubo cambio visible en la sustancia mientras la movía suavemente para mezclar los contenidos. Entonces respiró hondo y vertió una sola gota en la planta.
La reacción fue inmediata.
La planta pasó de ser casi absurdamente de un saludable y vibrante color verde esmeralda, a un amarillo enfermo primero y después a negro. Se marchitó, totalmente muerta.
La miraron fijamente, después al otro. No dijeron nada. Saffy lo probó en otra planta. Pero ésta vez, antes de que los efectos del veneno se manifestaran visualmente, cortó una parte. Los dos científicos juntaron sus cabezas mientras observaban la sección pudrirse ante sus ojos, como si cada fragmento que componía la planta hubiera sido atacada al instante.
Saffy habló primero.
—Aumentemos la cantidad de Azerita.
Mientras lo hacían, Feathers voló dentro de la habitación e hizo círculos sobre sus cabezas.
—¡Grandes y feos invitados! ¡Grandes y feos invitados! —graznó.
Se miraron con los ojos abiertos.
—Espero que no sea Gallywix —murmuró Grizzek—. Con algo de suerte sólo son los rufianes. Me desharé de ellos. Ya vuelvo.
Los ojos de Saffy lo siguieron mientras se marchaba. Ella nunca antes había contemplado “sólo los rufianes” como una frase esperanzadora, pero la alternativa podría ser mucho peor. Todavía no estaban listos para mostrarle nada al líder del Cártel Pantoque y decir que lo que acababan de presenciar la había dejado intranquila era subestimarlo igual que decir que la Espada de Sargeras era un cuchillo clavado en el suelo.
Se tomó un momento para revisar sus notas, catalogando las proporciones exactas, después doblando la cantidad de Azerita en la mezcla mortal. Solamente había vertido una porción en otra planta con resultados casi idénticos cuando Grizzek volvió. Su color normalmente de un sano verde esmeralda se había empalidecido a un verde enfermizo.
—No te ves bien, Grizzy —murmuró Saffy.
—Bueno —dijo con pesar—. Tengo buenas y malas noticias. Las buenas noticias son que de hecho solamente eran los rufianes.
Saffy dejó escapar un suspiró que no se había dado cuenta que había estado reteniendo.
—Gracias al cielo por esos pequeños milagros —dijo.
—Las malas noticias son que Gallywix quiere una demostración en dos semanas. Y, —Grizzek agregó con pesadez— quiere que nos enfoquemos en armas.
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