Antes de la Tormenta – Capítulo Veintitrés – Stormwind

Francamente Anduin había esperado o un rechazo inmediato de parte de Sylvanas o una cadena de comunicación de ida y vuelta muy retrasada. Para su alegría —y sorpresa— la líder de la Horda había respondido prontamente que estaba en verdad interesada en apoyar su propuesta. Pero, Sylvanas había escrito:

Empezaremos con un pequeño y bien examinado grupo. No me arriesgaré a tentar a los menos nobles entre tu gente para asesinarlos.

También había una segunda carta. Ésta había cimentado la rectitud de la decisión en su mente, y también había tocado su corazón.

Querido Rey Anduin,

Gracias por tomarte el tiempo de escribir una nota tan amable informándome del fallecimiento de mí querido Wyll. Él estaba terriblemente encariñando con tu familia y me alegra saber que el niño que él cuidó se conviritió en el hombre que lo reconfortó mientras él dejaba éste mundo.

Eventualmente todos moriremos, incluso nosotros los renegados. Me conmueve más de lo que pudieras imaginarte saber que sus últimas palabras fueron para mí. Él nunca ha estado alejado de las mías.

El Arzobispo Faol ha sido una presencia muy amable aquí y te escribo hoy no sólo para agradecerte sino para hacerte saber que los veintidós miembros del Concejo Desolado aceptaron alegremente tu propuesta de reunirse con sus seres queridos que aún respiran, si ellos quieren reunirse con nosotros.

Nuestra amada Dama Oscura ha pedido a cada miembro del concejo por cinco nombres para enviarle. De ésta forma, si una persona ya no vive o no desea presentarse, habrá otras opciones para la reunión.

En cuanto a mí, no me queda nadie para ver durante ésta reunión de los vivos y los no-muertos. Wyll y yo no éramos jóvenes cuando la muerte nos separó, y gran parte de nuestras conexiones eran con familias reales y sirvientes.

Si me presionan, diría que me gustaría mucho reunirme contigo para expresar mi gratitud en persona, pero entendería que algo así serían demasiado riesgoso para ti. Incluso el sugerir ésta reunión muestra mucho valor y te elogio.

Debes saber que tu carta es una de mis más apreciadas pertenencias, tal y como están, en segundo lugar, solamente por el anillo de bodas que Wyll me dio hace tanto tiempo, cuando ambos éramos jóvenes y felices y el mundo estaba lleno de esperanza.

Gracias por haberme sentir nuevamente llena de esperanza, aunque fuera sólo por un día.

Con respeto,

ELSIE BENTON

 

Anduin se sintió sonreír. Se desvaneció mientras mentalmente reconocía que había otros que, aunque estarían ciertamente sorprendidos por ambas respuestas, no estarían muy felices.

Un golpe en la puerta lo trajo de vuelta de sus cavilaciones

—Adelante —llamó. Se preparó para otro regaño por parte de uno de sus consejeros, pero se sorprendió cuando el guardia abrió la puerta y entró Calia Menethil.

Se levantó y se acercó a ella.

—Calia —exclamó—, es bueno verte. ¿A qué debo éste placer inesperado? —Había estado trabajando en su mesa y ahora acercaba una segunda silla para su invitada.

Ella se deslizó en el asiento proporcionado.

—Hablé con Laurena. Estaba preocupada por tu amigo. Lo lamento mucho, Anduin —sus ojos, del mismo color del azul del mar que Anduin había visto en viejas pinturas de Arthas, estaban llenos de simpatía—. Entiendo que Wyll te pidió que no lo curaras. Como sacerdote, sé cuán difícil es honrar esa petición. Especialmente cuando es alguien que quieres.

—Gracias. Wyll era una presencia constante en mi vida, y también en la de mi padre. Me apena saber que sabía muy poco sobre él a nivel personal. Para mí, él solamente era… Wyll —Anduin hizo una pausa—. Has estado con los moribundos, Calia. Tú sabes que a veces cuando la gente fallece, ellos creen que ven a sus seres queridos.

Ella asintió su cabeza dorada.

—Sí. Pasa con frecuencia.

—En sus últimos momentos, Wyll estaba buscando a su esposa, Elsie —la miró intensamente—. Ella estaba en Lordaeron.

Calia inhaló rápidamente.

—Oh —dijo—. Y ahora estás mucho más determinado a hacer que ésta reunión suceda.

—Estoy totalmente comprometido a ello. Mis consejeros no estaban… exactamente felices con la idea, pero va a pasar —alzó ambas cartas—. Dos cartas. Una es de la Jefa de Guerra. Aceptó.

El rostro de Calia se derritió en una sonrisa.

—Oh, Anduin, ¡estoy feliz! ¿Y la segunda?

—De Elsie Benton. La líder del Concejo Desolado de Undercity. Ella era la esposa de Wyll. Y ella también quiere ésta reunión.

De pronto Calia ya estaba de pie lejos de su silla y lanzaba los brazos alrededor de él, riendo encantadoramente. Él también rio un poco, la primera risa que había abandonado sus labios desde la muerte de Wyll. La abrazó de vuelta. Calia tenía casi la edad de Jaina, un poco mayor. Había echado de menos a su “tía” y estaba feliz de haber podido encontrar a alguien tan similar en Calia.

Ella se apartó, dándose cuenta de pronto de lo que había hecho.

—Mis disculpas, Su Majestad. Estaba tan contenta…

—No debes disculparte. Es bueno tener a alguien que. bueno, que es parecido a mí de muchas maneras. Ambos crecimos como niños reales y ambos fuimos llamados por la Luz para convertirnos en sacerdotes. Si Moira decidiera aparecer ahora, podríamos formar un club.

Anduin se arrepintió de haber mencionado de una sola vez la antigua vida de Calia. Ella se tensó y bajó la mirada. Era claramente algo que ella todavía no deseaba discutir. Antes de que ese momento se volviera incómodo, él habló de nuevo, cambiando el tema.

—Sylvanas envió una lista de nombres reunidos de todos los miembros del Concejo Desolado. Me preguntaba: ¿Te gustaría asistirme cuando entreviste a estas personas?

Ambos sabían, pero Anduin no lo dijo, que ella sería particularmente de ayuda porque podría recordar a algunos del Concejo Desolado por su tiempo como seres vivientes. Y ella tal vez podría reconocer algunos de los nombres en la lista del concejo.

Ella asintió.

—Por supuesto. Estaré feliz de hacerlo.

—Antes de que empecemos con las entrevistas, hay alguien que creo que deberíamos conocer —le dijo a Calia—. Estará aquí ésta tarde.

—¿Oh? ¿Quién?

—Alguien que, espero, nos dé una idea de cómo podrían responder otros. Llamémosle probar las aguas.

* * *

Fredrik Farle estaba acostumbrado a preveer comida, bebidas y entretenimiento para una posada llena. También estaba acostumbrado a romper las subsecuentes riñas que resultaban por esa combinación. Había limpiado sangre una vez o dos y había tenido que expulsar a algunos individuos demasiado ruidosos de la Posada Orgullo de León, pero más que nada él simplemente hacía feliz a la gente. Sus clientes, ya fuesen locales o aquellos que solamente iban de paso, venían a cantar canciones, contar historia o sentarse cerca del fuego con un tarro de cerveza. A veces abrían sus corazones a él o su esposa, Verina, mientras ellos ofrecían un oído comprensivo.

A lo que Fredrik Farley no estaba acostumbrado era a estar frente al rey de Stormwind.

Su primera reacción cuando se le presentó con la citación fue terror. Él y su esposa habían sufrido mucho para dirigir una posada legítima en Orgullo de León. Había estado en la familia Farley por años y había ofrecido infusiones a visitantes sedientos desde los tiempos del Rey Llane. ¿Alguien había presentado una queja por alguna riña reciente? ¿Los habían acusado de rebajar la cerveza?

—El Joven Rey Anduin tiene una reputación amable —había dicho Verina, tratando de alentarlos a ambos—. No puedo imaginármelo arrojándote al almacén o cerrando nuestro establecimiento. Tal vez quiera hablar contigo acerca de alguna fiesta privada.

Fredrik amaba a Verina, lo había hecho desde que ambos estaban en sus veintes. Y ahora la amaba más que nunca.

—Creo que, si el Rey Anduin quisiera hacer una fiesta, tiene un bonito fuerte en dónde hacerla —dijo, besando su frente suavemente—. Pero quién sabe, ¿cierto?

La carta que el mensajero le presentó hablaba de un “asunto personal” y le pedía presentarse “a su conveniencia más pronta”. Eso, por supuesto, significaba buscar su abrigo y sombrero después de la rápida conversación con su esposa y acompañar al mensajero de vuelta al Castillo de Stormwind.

Fue escoltado a la Cámara de los Ruegos. Era una habitación grande y austera. Alumbrada por lámparas y velas, incluía un área con una alfombra gruesa y lujosamente bordada y unas cuántas bancas además de una pequeña mesa al centro con cuatro sillas. Un noble con una barba elegantemente recortada y dos largas y entrecanas trenzas lo recibió, presentándose como el Conde Remington Ridgewell. Fredrik fue invitado a tomar asiento.

—No, gracias, mi lord… eh… Conde —tartamudeó. ¿Cómo se dirigía uno a un conde? —Prefiero quedarme de pie si no le importa —dijo.

—No me importa en lo absoluto —dijo el conde. Retrocedió algunos pasos y aferró sus manos detrás de su espalda, esperando.

Fredrik se quitó el sombrero y lo sostuvo, pasando de vez en cuando una mano por su cabeza calva. Esperaba que lo mantuvieran esperando durante un buen rato. Los

Reyes, suponía, tenían bastantes cosas que hacer en un día. Miró alrededor de la gran cámara. ¡Es tan grande! Podría meter a todo el Orgullo de Leon aquí y todavía quedaría espacio, reflexionó.

—¿Me estoy dirigiendo al posadero Fredrik Farley? —llegó una agradable y juvenil voz.

Fredrik volteó, esperando ver a un escudero, y en su lugar se encontró cara a cara con el Rey Anduin Wrynn. Pero el gobernante de Stormwind no estaba solo. Una mujer mayor estaba de pie junto al rey, vestida con una túnica blanca suelta. Y ligeramente detrás de él había un hombre mayor musculoso con cabello blanco, una barba recortada prolijamente y unos penetrantes ojos azules.

—¡Su Majestad! —dijo Fredrik, su voz escalando con sorpresa— Discúlpeme, no estaba…

Es tan joven, pensó Fredrik. Mi Anna es mayor que él. No me había dado cuenta…

Ese sorprendente joven rey sonrió fácilmente y le indicó una silla

—Por favor, siéntate. Gracias por venir.

Fredrik bordeó hacia la silla y se sentó, aun sujetando su sombrero. El rey se sentó frente a él y la sacerdotisa y el hombre mayor que lo había acompañado hizo lo mismo. El Rey Anduin entrelazó sus manos y contempló a Fredrik firme pero amablemente. El hombre mayor cruzó los brazos y se recargó en su asiento. En contraste con el rey y la sacerdotisa, parecía casi enfadado. Fredrik pensó que le resultaba familiar pero no pudo ubicarlo.

—Lamento todo éste misterio, pero es un asunto un poco delicado y quería hablar personalmente contigo.

Fredrik supo que sus ojos eran tan grandes como huevos en ese punto, pero era totalmete incapaz de hacer algo al respecto. Tragó. Anduin hizo una seña al noble encargado.

—Vino para el Sr. Farley, por favor, Conde Ridgewell. ¿O prefiere una cerveza?

El rey de Stormwind me está preguntando si quiero vino o cerveza, pensó Fredrik. El mundo se había vuelto loco.

—Lo mismo que usted, Su Majestad.

—Una botella de Gran Vino Tinto de Dalaran —dijo y el conde asintió y se fue. El rey volvió la mirada a Fredrik—. Eres un posadero. Estoy seguro que estarás familiarizado con mi selección.

Fredrik en verdad estaba familiarizado con la cosecha, pero no era algo que se pidiera mucho en el Orgullo de León pues el precio era muy elevado.

—Te estoy ofreciendo una copa ahora porque vamos a brindar por un hombre muy valiente —prosiguió el rey— Y entonces voy a pedirte si tú estarías, si fuera posible, dispuesto a hacer algo muy valiente.

Fredrik asintió

—Por supuesto, señor. Como usted desee.

La sacerdotisa apoyó una mano gentil en su brazo.

—Sé que es difícil no estar nervioso, pero te prometo que eres libre de marcharte en cualquier momento. La petición de Su Majestad es sólo eso, no una orden.

Fredrik sintió un poco de su temor disminuir, y su corazón, que había estado latiendo furiosamente desde que el mensajero había llegado a la posada, finalmente comenzó a desacelerarse a pesar del ceño fruncido del hombre mayor.

—Gracias, Sacerdotisa.

Anduin continuó.

—Tengo entendido que perdiste a tu hermano por el Azote. Quiero que sepas que lamento mucho tu pérdida.

Eso no era en lo absoluto lo que Fredrik estaba esperando. Sintió que le habían dado un golpe en el estómago. Pero los ojos azules del joven rey se mantuvieron amistosos y compresivos y Fredrik se halló hablando libremente.

—Sí —dijo Fredrik—. Éramos cercanos de niños. A Frandis siempre le gustó jugar con espadas. Era bueno en ello, mucho mejor que yo. Obtuvo un trabajo cuidando caravanas con provisiones de los rufianes. Iba de aquí a Ironforge o a donde quiera que las caravanas fueran. Ese día fueron a Lordaeron.

El muchacho —¡no, Fredrik, el rey!— bajó la mirada por un minuto.

—Y tú pensaste que Frandis murió, ¿verdad?

Esperanza repentina embargó al posadero.

—Él no… ¿él está vivo?

El rey negó tristemente con su rubia cabeza.

—No. Pero él eventualmente se convirtió en un renegado. Y fue como un renegado que se volvió un héroe. Fue asesinado porque desafió a un tirano, el Jefe de Guerra de la Horda, Garrosh Hellscream. Murió porque no siguió órdenes que sabía que eran crueles y equivocadas.

El Conde Ridgewell regresó cargando una bandeja con cuatro copas y el vino prometido. El rey agradeció con un asentimiento y llenó las copas. Fredrik se acercó por la suya, cuidando de no agarrar el frágil vidrio soplado demasiado fuerte. No eran los pesados tarros a los que estaba acostumbrado en su taberna, eso era seguro.

Frandis —su hermano— había sido un renegado. Fredrik comenzó a temblar abruptamente y su vino bailoteó alrededor del hermoso cáliz. Tomó un trago para calmar sus nervios, después se reprendió por no saborear la extraña cosecha.

—Un héroe —dijo Fredrik, repitiendo las palabras del Rey Anduin—. Eso no suena como un renegado —añadió con cautela, preguntándose si era alguna clase de juego.

—No por lo que pensamos de los renegados —dijo la mujer. A su lado el hombre de cabellos grises comenzaba a parecer más irritado.

—¿Pero suena como Frandis? —preguntó el rey.

Las lágrimas relucieron en los ojos de Fredrik

—Sí —dijo—. Era un buen hombre, Su Majestad.

—Lo sé —dijo el rey—. Y era un buen hombre incluso después de morir. Hay otros renegados que todavía se mantienen aun después de. su transición. Ciertamente no todos. Pero algunos.

—No parece posible —murmuró Fredrik.

—Déjame hacerte una pregunta —dijo el rey—. Supongamos que, por alguna razón, Frandis todavía estuviera con nosotros. Como un renegado. Sabiendo que todavía era mayormente él mismo, todavía el buen hombre que era tu hermano, ¿te hubiera gustado encontrarte con él?

Fredrik clavó la mirada en su regazo. Vio que sus grandes y fuertes manos habían estado agarrando y torciendo su sombrero hasta que había perdido totalmente su forma.

¡Qué pregunta! ¿Le gustaría eso?

—Ten en cuenta mientras respondes, que podría ser tu hermano, pero también sería un renegado —por primera vez, el más viejo había hablado. Su voz era grave y casi gruñía—. No estaría vivo. Podría estarse pudriendo. Probablemente los huesos estarían emergiendo de su piel. Podría haber hecho cosas terribles como miembro del Azote. Y serviría a la Reina Alma en Pena. ¿Todavía estarías interesando en reunirte con tu “hermano”?

El Rey Anduin no parecía complacido con las palabras del otro hombre, pero tampoco lo había silenciado. Fredrik se sintió helado, atemorizado por la imagen tan gráfica que le habían pintado. Sería aterrador encontrarse cara a cara con…

¿Con qué? O, más importante, ¿con quién? ¿Con un monstruo? ¿O con su hermano?

Fredrik tendría que averígualo por sí mismo, ¿no era así?

El posadero tragó con dificultad y primero miró directamente el rostro aniñado de su rey, después al gentil de la sacerdotisa, luego, con menos disposición, al casi enfadado hombre mayor.

Su respuesta fue para su rey.

—Sí, Su Majestad —declaró—. Me hubiera gustado verlo. Y si él era como dice que era, alguien que trató de detener algo malvado, entonces aún sería mi hermano.

El rey y la sacerdotisa intercambiaron miradas de satisfacción y el rey rellenó la copa de Fredrik mientras el hombre mayor negaba con la cabeza y suspiraba con frustración.

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