Antes de la Tormenta – Capítulo Veinte – El Templo de la Luz Abisal

Lu, la lu, mi querido hijo,
Lu, la lu, lu la lay,
Lordaeron dice, “ve a dormir”
Azeroth dice, “que sueñes bien”
Lu, la lu, la lu, la lay,
Seguro en mis brazos te quedarás.

Calia cantó suavemente al niño soñador que sostenía. Esa preciosa pequeña algún día sería heredera al trono de Lordaeron.

No. No, ya no había Lordaeron, no más. Solamente estaba Undercity, habitada por los muertos. La corona de su padre estaba rota y ensangrentada y ahora estaba perdida. Caliar jamás la usaría ahora. Ese adormecido y soñador infante jamás la usaría tampoco. Y eso le dolía. Una solitaria lágrima rodó por su rostro para aterrizar en la mejilla más rosada y suave del mundo.

La niña que era por todos los medios una verdadera heredera nacida para el trono parpadeó, la pequeña boca formando un puchero. Calia levantó el bulto y besó la lágrima, saboreando la sal en sus labios.

Y el bebé rio mientras su madre volvía a cantar de nuevo esa vieja, vieja canción de cuna, echando un vistazo mientras su esposo se acercaba a besar la coronilla de la cabeza de su esposa. Apoyó una mano en su hombro, apretándolo suavemente…

.. .La huesuda garra enterrándose profundamente y.

Calia gritó. Se levantó de un salto, su corazón golpeando contra su pecho, mientras buscaba respirar. Durante un interminable y horrible momento, pudo sentir el dolor de la mano no-muerta que la agarró. Entonces parpadeó y el horror se convirtió en recuerdo.

Escondió el rostro en sus manos, notando que estaba húmeda por las lágrimas y trató de controlar su temblor.

Era sólo un recuerdo. No era real.

Pero alguna vez lo fue.

Se escabulló de la cama, alcanzó su albornoz y entonces fue descalza a Saa’ra.

Sin importar la hora, normalmente siempre había alguien en el Templo de la Luz Abisal. Siempre había alguien entrando o saliendo. Aquellos que habían hecho de ese lugar su hogar sabían de los terrores nocturnos de Calia y habían dejado claro que estarían disponibles a cualquier hora si necesitaba compañía o charlar. Pero ella solamente quería hablar con Saa’ra.

El Naaru la esperaba, como siempre. Se desplazó sobre ella, una entidad cristalina delineada con un púrpura luminoso y emitía una débil, incesante y exquisita música. Saa’ra a veces hablaba con palabras que todos podían escuchar y a veces directa y privadamente a la cabeza y el corazón de alguien como hacía ahora.

Querida. Lamento mucho que ese sueño te haya molestado una vez más.

Calia asintió hundiéndose frente a Saa’ra y torciendo los dedos incómodamente.

—Sigo pensando que en algún punto se detendrán.

Lo harán, aseguró la amable voz. Una vez que estés lista para que se detengan.

—Eso has dicho. ¿Pero por qué no puedo estar lista ahora? —se rió un poco, escuchando la petulancia en su propia voz.

Hay cosas que debes hacer antes de que se te conceda esa paz. Cosas que debes entender, que debes integrar a tu propio ser. Gente que necesita tu ayuda. Lo que uno necesita para sanar siempre vendrá a nosotros, pero a veces es difícil reconocerlo. A veces los regalos más hermosos e importantes vienen envueltos en sangre y dolor.

—Eso no me está haciendo sentir mejor —dijo Calia.

Podría cuando te des cuenta de que todo lo que te ha sucedido esconde un regalo en su interior.

Calia cerró los ojos.

—Discúlpame, pero es difícil pensar de esa forma —la corrupción de su amado hermano y el asesinato de su padre, de tanta gente de Lordaeron… su fuga, su terror… la pérdida de su esposo e hijo, la pérdida de todo.

No. No todo. Nos beneficiamos de aquello en lo que somos partícipes. Por cada fiebre que has curado, cada hueso que has arreglado, cada vida que has mejorado… eso y la alegría que ha conllevado, ahora es tan parte de ti como tu dolor. Honra a ambos, querida hija de la Luz. Diría que confíes en que hay un propósito, pero ya lo sabes. Has visto los frutos de tu trabajo. No los ignores ni los minimices. Saboréalos. Pruébalos. Ellos son tan tuyos como de los demás.

Su apretado pecho se calmó mientras la paz se adentraba en su corazón. Calia se dio cuenta de que había estado apretando las manos y mientras las relajaba, vio pequeñas medias lunas en donde sus uñas se enterraron en las palmas de sus manos. Tomó un hondo respiro y cerró los ojos.

Ésta vez no vio los horrores de su escape. O, más difícil de asimilar, la visión de su hija. Solamente vio oscuridad, amable y suave. Apaciguó aquello que era tan difícil de asimilar en la totalidad radiante de la luz. Proveía seguridad para las criaturas salvajes y privacidad para aquellos que deseaban crear, sólo por un tiempo, un mundo con solamente dos.

Calia sintió la calidez de Saa’ra rozarla como la caricia de una pluma.

Duerme ahora, luchadora. No más batallas, no más horrores para ti. Solamente paz y descanso.

—Gracias —dijo Calia hacienda una reverencia con la cabeza. Mientras caminaba de vuelta a su habitación, una mano en su brazo, la carne fría y anormalmente suave, la hicieron detenerse. Era Elinor, una de las sacerdotisas renegadas.

—¿Calia? —dijo.

Calia no quería nada más que dormir. Pero había prometido siempre estar ahí para aquellos que la necesitaran, y Elinor parecía preocupada. Sus ojos brillantes se movían rápidamente y su voz tenía un tono grave.

—¿Qué sucede, Elinor? ¿Pasa algo malo?

Elinor negó con la cabeza.

—No. De hecho, algo podría ir bien por primera vez en mucho, mucho tiempo. ¿Podríamos hablar en privado?

—Por supuesto —respondió Calia. Llevó a Elinor a su pequeña alcoba y las dos se sentaron en la cama. Una vez solas, Elinor no pareció tener más necesidad de hablar. Las palabras escaparon atropelladamente y tan rápido de sus labios curtidos que Calia tuvo que pedirle más de una vez a la sacerdotisa renegada que se repitiera.

Los ojos de Calia se abrieron mientras escuchaba y su mente volvió a lo que el Naaru le había dicho: Hay cosas que debes hacer antes de que se te conceda esa paz. Cosas que debes entender, que debes integrar a tu propio ser. Gente que necesita tu ayuda. Lo que uno necesita para sanar siempre vendrá a nosotros, pero a veces es difícil reconocerlo.

Los ojos de Calia se llenaron de lágrimas y abrazó a su amiga suavemente. Su corazón se pareció se sentía lleno y esperanzado por primera vez desde que Lordaeron cayó. Ahora tenía un propósito.

La sanación venía a ella.

El Palacio del Placer de Gallywix, Azshara

Había muchos lugares en Azeroth en los que Sylvanas Windrunner preferiría no estar. El asquerosamente llamado Palacio del Placer de Gallywix no estaba en lo alto de su lista, pero estaba cerca.

Azshara había sido alguna vez una tierra hermosa, llena de espacios abiertos y colores otoñales, y abierta al océano. Entonces los goblins se habían unido a la Horda bajo Garrosh y habían desfigurado la región con su ostentosa marca. El “palacio” en donde ahora se sentaba en una silla demasiado mullida junto a Jastor Gallywix había sido tallado de una ladera. El acantilado de la montaña se había convertido en una “cara” literal para que así el semblante grotesco de Gallywix mirara de soslayo la destrucción de la tierra debajo.

El palacio en sí era aún más feo, en la opinión de Sylvanas. Afuera había un gran cesped verde con un camino para alguna clase de juego que incluía una pequeña pelota blanca, una piscina enorme con una zona con calefacción y cantineros y meseras actualmente holgazaneando exceptuando a los que atendían a Gallywix. Por dentro no era mejor. Las mesas escupían comida, mucha de la cual jamás se comerían y unos barriles enormes servían como decoración. Escaleras arriba estaba la habitación del príncipe mercante. Sylvanas escuchó decir que él dormía sobre montones de dinero y ella no tenía ninguna prisa por averiguar si los rumores eran ciertos.

Él había estado encantado de recibir su mensaje y siguió ofreciéndole bebidas. Ella declinó todas las veces. Mientras él se daba un capricho, ella le dijo acerca de la reunión en Cima del Trueno, omitiendo la sutil amenaza que le había hecho a Baine, por supuesto. Solamente le daría a Gallywix la información que necesitaba saber.

—Confío en que sus esfuerzos por sanar el mundo no dañarán tus esfuerzos para reunir Azerita —finalizó.

Gallywix rio, su inmensa barriga rebotando y tomó un sorbo de su espumosa y afrutada bebida.

—Nah, nah —le aseguró, moviendo su gran mano verde—. Ellos pueden tener sus pequeñas ceremonias. En éste punto mi operación es demasiado vasta para ser afectada. Y oye, si los mantiene felices, ese es el punto, ¿tengo razón?

Sylvanas ignoró el comentario.

—Hasta ahora tú operación no ha producido mucho que pueda usar —le recordó.

—Relájate —dijo—, tengo…

—Gente en ello. Sí, lo sé.

—No, en serio. Tengo a las mejores mentes que conozco en un pequeño lugar en Tanaris. Les di una generosa porción de pegote dorado. Les dije que se volvieran locos —tomó otro trago y pegó los labios.

—¿Y?

—Y están trabajando en eso —desvió la mirada.

—¿Exactamente en qué están trabajando?

—Yo, ah. les dije que podían hacer lo que quisieran. Pero ya conoces a los científicos. Ellos pensarán en cosas que ni tú ni yo podríamos imaginarnos. La mejor forma de trabajar.

—Quiero armas, Gallywix.

Se terminó la bebida e hizo una seña para que le dieran otro.

—Claro, claro, tendrán armas para nosotros.

—Quiero que se centren en armas. De otro modo enviaré a cada renegado, elfo de sangre, tauren, troll, orco y pandaren que pueda encontrar y me haré cargo de tu “operación”. ¿Está claro?

Huraño, el príncipe mercante asintió. Sin duda sabía que enviaría a su propia gente a tomar las armas que se fabricaban, mientras sus científicos podían hacer otros artículos que él podría vender por su parte para tener una ganancia limpia.

Una distracción para Gallywix llegó en forma de un hobgoblin que avanzó pesadamente dentro de la habitación y balbuceó algo que solamente su jefe podía entender.

—Claro, idiota —dijo el goblin—. ¡Muéstrale el camino de una vez al Campeón Blightcaller!

Sylvanas pensó que estaba casi tan aliviada como Gallywix por la interrupción. Nathanos entró, le dio a Gallywix un mínimo asentimiento e hizo reverencia a su reina.

—Mi lady —dijo—, perdone la intromisión, pero creí que lo mejor sería entregarle ésta carta de inmediato —se arrodilló frente a ella y le tendió el pergamino. Estaba sellado con cera azul y estampado con la cabeza de un león.

—¡Oh! ¡Conozco ese sello! —exclamó Gallywix, después dio un sorbo a su cóctel de banana. Sylvanas también lo sabía. Apartó los ojos del pergamino y apuñaló al goblin con una mirada helada.

—Nos disculparás —dijo ella.

Él esperó un momento. Cuando ella se mantuvo en su asiento, alzando una pálida y rubia ceja, Gallywix hizo una cara y se levantó de la silla.

—Tómate tu tiempo —dijo—. Estaré en el jacuzzi por si quieres venir cuando hayas terminado con éste sujeto —movió las cejas, entonces se excusó—. Oye, cariño, tráeme otro ponche de piña, ¿quieres?

—¡Claro, jefe! —respondió la voz chillona de una mujer goblin.

Los ojos carmesíes de Nathanos se quedaron fijos en la lejana figura del príncipe mercante.

—Lo mataré —dijo.

—Oh, no. Ese placer será mío.

Sylvanas se puso de pie y miró hacia el pergamino que sostenía.

—Entonces. ¿Esto es de parte del cachorro de Varían? ¿Entregado en Undercity? El rostro de Nathanos era ilegible.

—Sí. Me lo dio el Arzobispo Faol en la mano. Ahora es un renegado.

Sylvanas dejó escapar una corta y mordaz risa ante eso.

—Su Luz trabaja de maneras extrañas.

—Así parece.

Sylvanas rompió el sello y leyó:

Sylvanas se puso rígida. Oh, sí. Ella, más que nadie, sabía acerca de familias divididas. Seres queridos asesinados. Ella lo había perdido todo por culpa de Arthas: sus amigos, su familia, su amado Quel’Thalas. Su vida. Su habilidad para cuidar, cuidar de verdad, para sentir realmente cada emoción excepto odio e ira sobre esas cosas.

Y ella había intentado una reunión. Había aceptado la oferta de su hermana mayor para llamar a los que Arthas Menethil dejó de toda su familia, para retomar la Aguje Windrunner y limpiarla de todas aquellas oscuras cosas que vagaban ahí. Y tal vez limpiarse ellas mismas de su propia oscuridad al remontarse a un tiempo cuando no existían sombras entre ellas.

Pero había sido una tarea inútil. Fueron soles y lunas cuando eran jóvenes. Brillante Alleria, con sus deslumbrantes vestidos dorados, y el joven risueño Lirath. Sylvanas había sido Dama Luna, y Vereesa, la más joven de las tres hermanas, había sido la Lunita.

Vereesa se había encorvado y mancillado con la tristeza de un amor perdido. La muerte de su esposo Rhonin en Theramore, una de las tantas víctimas de la bomba de maná de Garrosh Hellscream, la había destrozado. La había destrozado tanto que, por un perdido, solitario, adorable momento, había buscado a su sombría hermana, Sylvanas, y habían conspirado juntas. Vereesa había estado muy cerca de unirse a Sylvanas en Undercity.

Muy cerca de unirse a ella en la no-muerte.

Pero en el último minuto, el amor por sus hijos vivos había eclipsado el lamento de la Lunita por su esposo muerto. Y así Vereesa se había quedado con la Alianza. Y Alleria, perdida durante tanto tiempo y después milagrosamente devuelta, había invitado a la insondable oscuridad del Vacío en su interior. Le otorgó poderes y fuerza. Pero cambió su aspecto y también quién era, en quién se estaba convirtiendo. Sylvanas sabía lo suficiente acerca de lo que esos poderes podían hacer, para reconocer la marca de dedos fríos en Alleria.

En cuanto a sus propias sombras y oscuridad, Sylvanas los conocía demasiado bien para examinarlos ahora.

El plan del niño rey era uno muy tonto. Él todavía creía que la gente podía cambiar. Oh, ciertamente podían. Alleria, Sylvanas y Vereesa eran la prueba.

Pero no era un cambio para mejor; al menos, Anduin no lo vería de esa forma.

¿Por qué estaba tan enfadada? El cachorro se había metido bajo su piel aún más que el Lobo.

—Es todavía más tonto de lo que creí si piensa que no veo a través de su trampa —dijo Sylvanas, haciendo la carta una pelota—. ¿Qué piensas de ese Arzobispo Faol que te dio la carta?

—Realmente es un renegado. Parece genuino, aunque cuando sugerí que te jurara lealtad a ti y a la Horda, él objetó. Dijo que prefería servir a la Luz antes que a reyes o reinas.

—¡Ja! —dijo Sylvanas con humor— Lo liberé para ser un renegado para que pudiera tener libre albedrío y así me pagan. No importa. Te creo si dices que es inofensivo.

—Es poderoso, Dama Oscura. Pero no es un enemigo. También le llevó una carta a la cabeza del Concejo Desolado.

Sylvanas se tensó.

—Veo que los espías del rey están trabajando duro si Wrynn sabe del Concejo —Wrynn. Durante mucho tiempo significó Varían. Extraño.

—Posiblemente. Debemos recordar que muchos de los nuestros se mueven libremente en el Templo de la Luz Abisal. Además, la carta que le envió no mencionaba al concejo. Resulta que hasta hacer muy poco, Elsie estaba entre los renegados que tenían familia viva. Su esposo, Wyll Benton, sirvió a Varian y Anduin Wrynn.

—¿Elsie?

—Era el nombre que Wyll tenía para Vellcinda y ahora lo ha reclamado —explicó Nathanos.

La mayoría de los renegados habían tomado nuevos nombres o apellidos. Lo habían hecho para marcar su renacimiento como renegados, para dejar a un lado sus viejas identidades y comprometerse juntos como un grupo unificado. Sylvanas se sorprendió al ver que su pecho dolía al escuchar que Vellcinda había rechazado su nombre de renegada. “Vellcinda” era un nombre con dignidad, serio. “Elsie” era… bueno, evocativo de lo que la mujer había sido en vida. Común y ordinario. Y humano.

Sylvanas se centró en la otra parte de la información que su campeón le había proporcionado. Éste plan de Anduin de pronto parecía mucho menos estratégico que personal si había perdido a un sirviente devoto. Lo cual lo hacía mucho menos amenazador. Aun así.

—Es probable que Vellcinda haya servido también a la familia real —Sylvanas no iba a dignificar el nuevo nombre de la Primer Gobernadora al utilizarlo.

—Sí. Ella trabajaba en las cocinas —prosiguió Nathanos—. Se entristeció al escuchar sobre el fallecimiento de su esposo. Ésta propuesta tiene su aprobación, pues ella cree que ella ya no está tan sola al tener buenos recuerdos de sus familiares.

Sylvanas negó con la cabeza.

—Éste cese al fuego es un error. Tan sólo llevará dolor a mi gente. Ellos no pueden ser humanos y poner ésta tentación de reunión con sus seres queridos solamente resultará en ellos desconectándose de lo que verdaderamente son, renegados. Ellos se volverán cáscaras con el corazón roto, deseando algo que jamás tendrán. No tengo deseos de verlos sufrir así —De nuevo, ella pensó en su propio intento de conectarse con los vivos y cómo lo único que hizo fue remover viejos fantasmas que estaban mejor descansando en paz.

—Podrías sacar ventaja de esto —dijo Nathanos—.Vellcinda dijo que muchos renegados desean que su próxima muerte sea su Última Muerte. No desean seguir existiendo. Y una razón bastante citada es que ellos desean estar con aquellos que amaron mientras vivían.

Sylvanas giró lentamente la cabeza hacia él, considerando sus palabras.

—Si autorizas ésta experiencia, ésta reconexión con personas que amaron en vida, y se los presentas como algo que tú les has concedido generosamente, tal vez estén más dispuestos a aceptar tu solución: encontrar maneras de evitar que los renegados se extingan.

—Es fraternizar con el enemigo —dijo Sylvanas—. Dejarlos interactuar con la vida y los vivos.

—Tal vez. Pero, aun así, es solamente por un día. Dales ésta esperanza, éste momento con personas que creyeron jamás volverían a ver. Entonces…

—Entonces yo tengo poder sobre su felicidad, al menos en ese aspecto —finalizó—. O tal vez decidan que odian a los vivos y serán aún más devotos a su Dama Oscura —De cualquier manera, Sylvanas ganaría.

Él asintió

—Por lo menos les demostrará que escuchas sus preocupaciones. De verdad creo que el Concejo Desolado es completamente inofensivo. No son traidores radicales. Dales esa oportunidad, una vez. Si ves beneficios, puedes decidir si deseas repetirlo.

—Tienes un buen punto —abrió la arrugada carta y la leyó de nuevo —Será difícil para mis arqueros detener sus manos con tantos humanos frente a ellos.

—Te obedecerán, mi reina —Dijo Nathanos. Era la verdad. Sus forestales oscuras jamás soltarían una flecha sin sus órdenes. Y Sylvanas no estaba lista para una guerra con la Alianza, no por esto, al menos.

Ella tomó una decisión

—Aceptaré ésta invitación en nombre de mis renegados. Regresa a Undercity. Informa a Vellcinda Benton que su reina es solidaria con su deseo y que la visitaré para discutir con más detalle ésta reunión. Haz que comience por recopilar una lista de los miembros del concejo que tengan parientes vivos en Stormwind. Obtén sus nombres y su información. Le daré la lista a Anduin para que pueda localizarlos y determinar si ellos también desean participar.

—Hay más que solamente miembros del concejo que desearían poder participar —dijo Nathanos—. Muchos fueron a la ceremonia conmemorativa y son solidarios con ellos.

Pero Sylvanas negó con la cabeza.

—No. Esto debe ser un número reducido para que pueda controlar la situación. Sólo miembros del Concejo.

—Como mi reina desee. Si me permites hablar libremente, creo que has tomado una sabia decisión. Por lo que he visto, creo que esto calmará cualquier rumor de descontento.

—Lo hará de una forma o de otra —sonrió fríamente—. También pavimentará el camino para tomar Stormwind. Había pensado que un ataque sería la única forma de tomarlo. Pero si el joven rey confía en nosotros, un día cercano podremos cruzar esas magnificas puertas en una bienvenida amigable.

Una vez más, sus pensamientos viajaron a la asombrosa sustancia que era la Azerita. Lo que podía hacer. Lo que podía crear.

Lo que podía destruir.

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