Genn estaba esperando a Anduin afuera de la puerta. Cuando el rey apareció, Genn lo miró con ojos que albergaban demasiadas tristezas.
—Estoy bien —dijo Anduin. No era del todo verdad, pero ahora tenía un propósito y eso ayudaba—. Necesito que hagas algo por mí.
—Por supuesto. ¿Qué necesitas, mi muchacho?
—Por favor pídele a la Suma Sacerdotisa Laurena que prepare el cuerpo de Wyll para enterrarlo con todos los rituales para un amigo cercano de la familia Wrynn. Después diles a mis consejeros que se reúnan conmigo en el salón del mapa en dos horas. Notifica al Alto Exarca Turalyon y a Alleria Windrunner que deseo que vengan también.
Las cejas tupidas de Genn se elevaron al escuchar eso, pero se detuvo antes de preguntar la razón. En su lugar, dijo.
—Sabes que no necesitas hacer nada justo ahora. Tu cabeza…
—Está despejada —respondió Anduin—. Pero agradezco tu preocupación. Estaré en mis aposentos preparándome para la reunión.
Se giró y se marchó antes de que Genn pudiera seguir presionándolo. Había estado a solas con el cuerpo de Wyll y su propio dolor durante una hora antes de salir y la primera ola de dolor había aparecido y retrocedido. Ahora necesitaba enfocarse.
Anduin pasó las horas antes de la reunión escribiendo furiosamente y consultando varios tomos, después dijo una pequeña oración para tranquilizarse y fue a encontrarse con sus consejeros en el salón del mapa.
Todos a quienes había llamado estaban ahí: Genn Greymane, Mathias Shaw, Catherine Rogers, Alleria Windrunner y Turalyon. Incluso Velen había viajado desde el Exodar estaba presente. Cuando Anduin les informó acerca de sus planes, Velen lo apoyó.
Rogers, por supuesto, no fue ninguna sorpresa.
—¿Ha estado en Costa Sur recientemente? —habló retóricamente— ¡La criatura con la que ha estado negociando deliberadamente desató la plaga en contra de una ciudad de la Alianza! Tenía amigos, familia, ahí. Ahora solamente hay renegados.
—Los renegados no son el Azote —le recordó Anduin—Algunos de ellos aún tienen una idea de quiénes fueron y extrañan a sus parientes vivos.
—No los creo capaces de algo así —replicó Catherine.
Anduin se giró hacia Shaw.
—¿Maestro Espía? —preguntó con calma.
Shaw asintió.
—Su Majestad está en lo correcto. Hace poco, me pidió que enviara agentes extra a Undercity. Un cuerpo gubernamental se formó en la ausencia de Sylvanas. Se hacen llamar el Concejo Desolado. Tengo una razón para creer que la propuesta del rey de una reunión será muy bien recibida entre sus líneas. Pero ellos no representan una mayoría de renegados.
Rogers pareció aturdida. Anduin dio un paso hacia ella, suplicándole.
—Catherine… tu familia y amigos… ellos podrían estar en el concejo.
Durante un momento, él vio algo suave cruzar por el rostro de la almirante del cielo. Entonces apretó la mandíbula y su faz se endureció más de lo que él hubiera visto antes.
—Ellos están muertos —ella casi escupió esas palabras—. Peor que muertos, monstruos. ¿Cómo es posible imaginarse que me gustaría verlos como son ahora?
—Recuerda, Almirante del Cielo —dijo Anduin, su voz todavía amable—, estás hablando con tu rey.
Todo el color que había abandonado su rostro, volvió rápidamente. Hizo una reverencia inmediatamente.
—Mis disculpas si lo he ofendido, Su Majestad. Pero los rastreros restos de mis seres queridos son lo último que me gustaría ver. Preferiría recordarlos como eran. Vivos, sanos, felices… y humanos.
—No te preocupes, Almirante —respondió Anduin—. Y tu punto es comprensible. ¿Rey Greymane?
—Conoce lo que pienso de los renegados —gruñó Genn. Su voz tan áspera y grave, el viejo rey pudo bien haber estado en su forma de huargen —concuerdo con la almirante. Son monstruos. Si nos importan un poco nuestros parientes renegados, deberíamos intentar darles muertes reales, no aceptar lo que se han convertido.
El corazón de Anduin se hundió más ante cada opinión dicha.
—Las reuniones pueden ser decepcionantes muchas veces —dijo Alleria sin rodeos—. Puede que no lo sepa, pero Vereesa y yo nos reunimos con Sylvanas recientemente. No fue. bien.
—No, no lo sabía —dijo Anduin, la tensión sigilosamente inundando su voz. Pensó en sus palabras hacia Valeera: Parece que cada día que pasa se reduce el número de personas en las que puedo apoyarme—. Tal vez te importaría iluminarme.
—Nos reunimos únicamente para ver qué quedaba de nuestros lazos familiares —dijo—. Le diría más si lo desea. Pero es suficiente con decir que no pondría mi fe en ella, Anduin Wrynn. Ella ha estado demasiado tiempo en la oscuridad y se ha comido lo que quedaba de la hermana que amaba tanto —su voz era fuerte, sin embargo, tembló un poco. A pesar de lo que le había sucedido, a pesar de su alarmante familiaridad con el Vacío, era obvio para Anduin que ella todavía era capaz de amar profundamente. Todavía era Alleria. Y el fracaso de la reunión entre las tres hermanas la había lastimado. No auguraba nada bueno por su plan de convencer a ese grupo del poder de los lazos familiares.
—Ni tampoco confiaría en los cerebros plagados de podredumbre de los renegados para ser capaces de distinguir entre un aliado si se encontraran cara a cara con sus antiguos seres queridos —continuó Alleria—. Aconsejaría en contra de ese camino.
—Igual que yo —dijo Turalyon, sorprendiendo a Anduin. Más que nadie, el paladín entendía el poder de la Luz y cómo podía cambiar las mentes y los corazones. Él incluso había hecho amistad y había peleado junto a un demonio que había sido inundado con la Luz—. Le pregunto cómo estratega: ¿De verdad desea arriesgar el fracaso? Comenzaría una guerra. Si, aunque sea un renegado repentinamente mata a un miembro de la Alianza.
—Maldita sea —explotó Genn—, si uno de los miembros de la Alianza estornuda demasiado fuerte, habrá una guerra. Es demasiado arriesgado, Su Majestad —se tranquilizó antes de continuar con una voz más baja—. La Luz sabe que su corazón está en el lugar correcto. Y es un corazón más grande y generoso que el mío. Pero debe ser un buen rey igual que un buen hombre.
Valeera había dicho algo similar. Anduin supo la verdad en sus palabras, no obstante, también debía ser fiel a sí mismo.
Genn prosiguió.
—Tenemos más que suficiente para mantenemos ocupados y sin dormir por las noches gracias a los goblins, la Azerita y el mundo lastimado. No empecemos una guerra ordinaria sobre, ¿qué, unas cuantas docenas de individuos en total? Ganamos muy poco y nos arriesgamos a perder mucho.
—Nos arriesgamos a ganar paz —interrumpió Velen con voz baja.
—Las acciones de unas docenas de… personas —y Rogers pronunció la última palabra con un tono ligeramente ahogado—, no determinan la paz.
—No —dijo Anduin—. No en ese instante, quizás. Pero con el tiempo. Si esto va bien.
—Sí —enfatizó Greymane.
Anduin le regaló una mirada afilada.
—Si esto va bien —repitió y añadió—, y creo que será así, esto podría plantar una semilla. Si éstas pocas personas pueden encontrar un punto medio, ¿por qué no cientos, o miles, o cientos de miles, o más?
Consciente de que las emociones negativas se estaban alzando y amenazaban con ensombrecer otros factores, trató de apelar a sus mentes tácticas.
—¿Por qué Sylvanas empezaría una guerra abiertamente? Ella tiene mucho que perder y poco que ganar. La Horda está preocupada con las mismas situaciones que enfrenta la Alianza: cómo recuperarse de la devastadora guerra con la Legión. Cómo sanar a Azeroth y cómo evitar que la Azerita caiga en manos de la oposición. ¿Creen que ella querrá pelear otra guerra abierta con todo eso llevándose a cabo?
—Siempre existe un plan con esa Alma en Pena —dijo Genn—. Siempre está pasos delante de nosotros.
—Entonces permitámonos desarrollar esos mismos pasos. En ningún escenario una guerra favorece a la Horda ni a la Alianza.
—Que sepamos —dijo Alleria—. Y hay mucho que ninguno de nosotros sabemos acerca de Sylvanas ni cómo piensa.
—¿Hay alguien presente que crea que ella desearía ver que el peligro llega a los renegados? —los retó Anduin.
Hubo silencio.
—Los renegados son su pueblo. Sus creaciones. Sus hijos de alguna manera. Hemos visto montañas de evidencia de que ella está tratando de salvarlos, de encontrar maneras para alargar sus existencias.
—Como dije antes, ella quiere hacer más de ellos con nuestras muertes —dijo Genn—, ¿Y qué si ella piensa esos humanos podrían ser susceptibles a convertirse en renegados? De alguna manera podrían estar con sus seres queridos para siempre.
—Así como podría matar a nuestra gente, reclutar un par de docenas de nuevos renegados, e inmediatamente entrar en guerra. Esa es una táctica excelente —intentó Anduin, mas no pudo evitar el sarcasmo en su voz.
Genn guardó un infeliz silencio. Anduin los miró uno por uno.
—Estoy consciente de que esto podría salir mal. Los renegados podrían sentirse envidiosos de los vivos, lo cual podría solidificar una actitud moderada a una celosa. Lo mismo podría decirse del bando de la Alianza. Podrían encontrarse repelidos por gente que alguna vez amaron y volverse más determinados que nunca en destruir a los renegados. Pero creo que ellos merecen una oportunidad de averiguarlo. Ambos, los humanos y los renegados.
Los halcones del grupo se levantaron con los brazos cruzados y los labios apretados. Les era claro que Anduin había tomado una decisión. A pesar de que lo sobrepasaban por cuatro a dos —Shaw pareció no tomar partido— ellos sabían que el encuentro seguiría adelante.
Genn trató una última vez.
—Creo que los otros necesitan saber lo que yo —dijo, sin dejar de ser amable—. Que perdiste a tu viejo amigo hace unas horas. Me dijiste que Wyll quería ver a su esposa, quien murió en Lordaeron. Estás haciendo esto por él y entiendo tus razones. Pero no puedes arriesgar vidas inocentes para hacerte sentir mejor.
—Tienes razón parcialmente, Genn —dijo Anduin tranquilamente—. Mentiría si dijera que no deseo con todo mi corazón que Wyll y Elsie hubieran sido capaces de volver a verse. Es muy tarde para Wyll, pero no lo es para los demás.
Apoyó las manos en el mapa sobre la mesa y se inclinó hacia adelante
—Si Sylvanas responde con condiciones que son aceptables para mí, términos que yo creo que protegerán adecuadamente a los ciudadanos de Stormwind, esa reunión se llevará a cabo. Espero que todos ustedes lo acepten y centren su atención en seguir mis órdenes para asegurar que todo va de acuerdo al plan. ¿Estoy siendo claro?
Asentimientos y algunos “Sí, Su Majestad” murmurados se escucharon alrededor de la mesa.
—Bien. Ahora comencemos los preparativos.
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