Antes de la Tormenta – Capítulo Dieciséis – Stormwind

Genn estaba ahí para encontrarse con Anduin y Laurena mientras ellos atravesaban el portal. La mirada en los ojos del mayor parecía una mano helada alrededor del corazón de Anduin.

—Su Majestad —comenzó.

—¿Está… ?

—No, no. No todavía. No soy ningún sanador, pero creo que no tardará mucho.

Anduin negó con la cabeza. No. Todavía había tiempo. La Luz estaba con él.

—No aceptaré eso —dijo, casi atropelladamente mientras corría hacia el ala de la servidumbre.

—Anduin —Genn lo llamó. Pero el joven rey no lo escuchó. Aerin. Bolvar. Su padre. Había perdido a demasiados que le importaban. No iba a perder a Wyll. No ese día.

Como era propio de alguien con tan alta estima en la casa, Wyll tenía una habitación bastante grande. Estaba impecablemente limpia, igual que el hombre. Había un lavabo con un cuenco sin manchas, un espejo y suministros para afeitarse junto con un guardarropa, un baúl con ripa y una silla cómoda para leer. Una taza de té y un pequeño recipiente con granos cocidos ahora fríos reposaban en la mesa junto a ella.

La única razón por la que la cama no estaba perfectamente hecha era porque Wyll la ocupaba. El corazón de Anduin latió dolorosamente. Wyll jamás decía qué tan viejo era, pero Anduin sabía que había atendido a un joven Varían Wrynn y él había dado a entender que tal vez incluso había servido a Llane Wrynn, el abuelo de Anduin, cuando él, también, era joven. Sin embargo, en la mente de Anduin, Wyll no tenía edad.

Él había sido viejo desde que el rey podía recordar, pero siempre había tenido la energía para seguirle el paso al joven a su cargo. Ahora, mientras Anduin contemplaba la figura tendida en la cama, sintió como sí todos los años de Wyll hubieran descendido sobre él al mismo tiempo. Su rostro normalmente rubicundo estaba pálido y sus altos pómulos que siempre lo habían hecho parecer distinguido ahora solamente enfatizaban sus mejillas hundidas. Recordaba haber notado que Wyll había estado perdiendo peso incluso antes de viajar a Ironforge. No había prestado atención entonces. No obstante, era como si el peso simplemente se hubiera esfumado de su alta figura. Parecía disminuido, muy pequeño. Frágil. Anduin sintió una repentina y avergonzada descarga de culpa.

—Wyll —dijo y su voz se quebró.

Los párpados del anciano, como hojas de papel y con venas azuladas, se abrieron.

—Ah —dijo, su voz aguda—. Su Majestad. Por favor discúlpeme si no me levanto. Les pedí que no lo molestaran.

Anduin acercó una silla junto a la cama de Wyll, buscando la mano nudosa.

—Tonterías —dijo—, me alegra que lo hicieran. Estarás bien en un momento. Wyll, hasta estado aquí desde que recuerdo. Siempre anticipando mis necesidades y deseos como por arte de magia. Me has cuidado durante toda mi vida. Ahora deja que yo te cuide —respiró hondo y pidió por la Luz. De una sola vez, su mano se volvió cálida.

Pero para su sorpresa, Wyll hizo un suave sonido de protesta y apartó su mano.

—Por favor… no. Eso no será necesario.

Anduin lo miró fijamente.

—Wyll. Puedo sanarte. La Luz.

—Es algo hermoso y encantador. Y te ama, mi muchacho. Igual que tu padre. Igual que yo. Pero creo que es hora de que me marche.

El estómago de Anduin se cerró. Sabía que no podía devolver su juventud al anciano. Aunque no creía que eso estuviera más allá del poder de la Luz, si algo así fuera posible, no era garantía para los sacerdotes ni otros que usaran la Luz para sanar. Pero Anduin podía curar cualquier enfermedad que estuviera drenando la vida de su viejo amigo. Él podía deshacerse de dolores y achaques y rigidez. Wyll, aunque con renuencia, le había permitido realizar cosas similares en el pasado. ¿Por qué se negaba a recibir ayuda ahora, cuando era más importante que entes?

—Por favor. Yo… te necesito, Wyll —dijo Anduin. Era egoísta, pero era verdad.

—No, no es así, Su Majestad —dijo Wyll con gentileza—. Se ha convertido en un buen jovencito. Necesita un valet, no al sirviente de un niño. Hice una lista de personas que puedo recomendar.

Wyll giró su blanca cabeza y señaló con un dedo tembloroso. Seguro, en la pequeña mesa, había un pergamino enrollado junto a un libro. Anduin notó que había un separador insertado a tres cuartos en el interior. Él se aprovechó de eso y dijo:

—Pero tu libro… no has terminado con tu historia.

Wyll rio, silbando.

—Oh —logró decir—, me temo que he terminado mi historia. Y ha sido una muy buena, si me permite decirlo. He llegado a servir a tres reyes, muy buenos. Justos. Uno que necesitaba un poco de guía para estar seguro. Y no te preocupes, mi muchacho. He tenido un propósito y amor verdadero y el peligro justo para hacer las cosas interesantes.

Posó los ojos llorosos en Anduin

—Pero estoy cansado, querido muchacho. Estoy muy, muy cansado. Creo que he vivido lo suficiente. La Luz tiene mejores cosas que hacer que sanar a gruñones ancianos que han vivido largas, plenas vidas.

No, pensó Anduin. No, creo que sea así.

—Por favor, déjame ayudarte —dijo, intentando por última vez—. Apenas empiezo mi reinado. He perdido demasiado. A demasiados.

—Los he perdido a todos —dijo Wyll casi de forma conversacional. Anduin supo que el anciano no lo estaba reprendiendo, pero aun así sintió el calor subir por su rostro—. Sus abuelos. Sus padres. Mis hermanos y hermanas y sobrinas y sobrinos. A todos mis viejos amigos. Y a mí amada Elsie. Todos esperan por mí. Aún no logro verlos, pero lo haré. Será algo grandioso marcharse sin achaques ni dolores, debo admitirlo. Pero será algo más grande abandonar todas estas cargas y estar con aquellos que amé.

Anduin no pudo pensar en nada que decir. Se preguntó qué era lo que finalmente se estaba llevando a Wyll. ¿Una enfermedad? Él podría curarla. ¿Un corazón débil u otro órgano que fallaba? Él podría repararlo.

Él podría, pero se lo habían prohibido. Le escocían los ojos.

—Está bien —dijo—. Serás un rey maravilloso, Anduin Llane Wrynn. Uno para los libros de historia.

Anduin cubrió su mano con la propia. No llamó a la Luz. Respetaría los deseos de ese buen hombre que había servido a la familia real toda su vida.

—Sería uno mejor contigo asegurándote que mi corona estuviera bien puesta en mi cabeza —dijo, recordando su viaje a Ironforge unos años antes, cuando Wyll se había tardado unos buenos quince minutos arreglando el anillo del príncipe.

—Oh, te las arreglarás —dijo Wyll.

—Wyll —dijo Anduin con cariño—, ¿Me permitirías al menos amainar tu dolor?

El viejo sirviente, el viejo amigo, asintió. Agradeciendo esa pequeña oportunidad para ayudar, para hacer al menos un débil intento por pagarle a Wyll todo lo que había hecho, Anduin pidió a la Luz por eso, únicamente por eso. Una suave luz iluminó su mano. La iluminación viajó rápidamente hacia la mano de Wyll, entonces recorrió su cuerpo entero por algunos segundos, brillando intensamente antes de desvanecerse.

—Oh, sí, se siente bien —dijo Wyll. Se veía mejor. No tan pálido y su respiración pareció volverse más fácil con su pecho moviéndose uniformemente. Pero el propio pecho de Anduin estaba apretado por la tristeza.

—¿Qué más puedo hacer? ¿Algo de comer, tal vez? Escuché que el chef a perfeccionado algunas pastas —Wyll era igual que un niño de seis años cuando se trataba de dulces.

—No, no lo creo —dijo Wyll—. Creo que ya he terminado con eso. Gracias, de todos modos, Su Maj…

—Anduin —su voz se quebró—. Soy sólo Anduin.

—Eres bueno con éste viejo, Anduin. No debería retenerte. Por favor, no te reprendas por esto. Nada es más natural que lo que haré en breve.

—Me gustaría quedarme si me lo permites.

Wyll lo miró.

—No quisiera causarte más dolor del que ya he causado, dulce muchacho.

Anduin negó con la cabeza.

—No. No lo harás —no era mentira. No del todo. Perder a Wyll sería devastador, ya fuera que Anduin estuviera presente o no. Pero al menos si estuviera ahí cuando el viejo tomara su último aliento, Anduin sabría que había hecho todo lo que podía. Se le había negado la oportunidad de estar con su padre cuando Varian murió. Se habían abrazado cuando el rey se fue y sus últimas palabras habían sido amables. Pero Varian había fallecido solo, excepto por la presencia de demonios y su asesino y ni siquiera pudieron recuperar su cuerpo.

Wyll se había ganado el derecho de tener a alguien a su lado al final. Se lo había ganado miles de veces.

—¿Qué te parece si te leo el resto del libro? —dijo Anduin

—Eso sería agradable —dijo Wyll—, ¿Recuerdas que te enseñé a leer?

Anduin lo hacía. El recuerdo lo hizo sonreír.

—Solía enfadarme cuando corregías mi pronunciación —recordó.

—No, no era así. Eras un niño muy tranquilo. Tan sólo te frustrabas. Hay una diferencia.

A Anduin se le formó un nudo en la garganta. Esperaba poder leer a pesar de eso. Por lo menos le debía eso a Wyll.

—De acuerdo. Leeré. Permíteme darte un poco de agua.

Salió para llamar a alguien y encontró a Genn paseándose por el pasillo.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó Greymane en voz baja.

Anduin no pudo hablar y le tomó un momento recomponerse.

—Se está muriendo —respondió—. No me permite sanarlo.

—Le dijo lo mismo a la Suma Sacerdotisa Laurena cuando la llamé para que lo viera —dijo Genn.

—¿Qué? Genn, ¿por qué no me lo dijiste?

Genn lo miró.

—¿Habría hecho alguna diferencia para ti?

Anduin se encorvó.

—No —dijo—. Le hubiera pedido que me dejara intentarlo igualmente.

—Si sirve de algo, lo lamento. Y esa es su decisión. No puedes salvarlos a todos.

—Parece como si no pudiera salvar a nadie —dijo Anduin.

—También conozco ese sentimiento —dijo Greymane. Anduin pensó en lo que el otro rey había pasado y supo que era verdad. Apenas unos pocos refugiados habían escapado de Gilneas y fue solamente por la amabilidad de los elfos de la noche que habían sobrevivido.

El joven rey asintió, su corazón se sentía pesadísimo dentro de su pecho. Respiró hondo.

—Le leeré durante un rato. ¿Te importaría llamar a alguien para que nos traiga agua y vasos?

Genn pareció a punto de hablar, después asintió.

—Por supuesto. ¿Quisieras que alguien se quede contigo?

—No. Estoy bien. Yo solo… bueno. Si hay alguna emergencia, sabes en dónde encontrarme. Creo que será pronto.

El mayor asintió comprensivamente.

—Dejaré a alguien afuera sólo por si acaso. Estás haciendo algo bueno, mi muchacho.

—Desearía creerlo.

—Cuando tengas la edad de Wyll o la mía, lo harás.

* * *

Las siguientes horas se escabulleron. Wyll se había animado por un momento y aceptó un poco de agua, aunque no le permitió a Anduin hacer demasiado alboroto. Escuchó el libro, que era una historia acerca de los Dragones Aspecto e inicialmente hizo un comentario o dos. Después habló menos y menos y finalmente Anduin se dio cuenta que el anciano se había dormido.

O no.

Cuando Anduin se inclinó hacia adelante para asegurarse de que el pecho de Wyll seguía moviéndose, los ojos de Wyll se abrieron de golpe. Anduin notó que Wyll miraba algo que el rey no podía ver.

—Papa… —murmuró Wyll— Mamá…

Anduin bajó el libro y tomó la mano del anciano. Cuán delgada estaba su piel, cuán torcidos sus dedos, igual que raíces de un árbol. Pero, hasta sus últimos días, Wyll había completados sus deberes. Los ojos de Anduin volvieron a escocerle mientras veía esas manos realizando cosas con dificultad que él mismo podía hacer fácilmente.

¿Cómo no lo notó? Lo lamento, Wyll. No quise ver.

Entonces, de pronto, Wyll comenzó a quejarse.

—Pero. ¿en dónde está mi Elsie? Debiste haber muerto, querida. Si hubieras sobrevivido al Azote, habrías encontrado una forma de volver a mí. Elsie, ¿en dónde estás? —extendió el brazo buscando a su fantasmal esposa— ¡No puedo encontrar mi camino sin ti!

El corazón de Anduin se estaba rompiendo. Con cuidado, llamó a la Luz y apoyó su radiante mano en el ceño fruncido del anciano.

—Shh —dijo suavemente—. Tranquilízate. Se encontrarán, viejo amigo. Lo harán. Cuando sea el momento. Pero ahora descansa.

Wyll parpadeó rápidamente, frunciendo un poco el ceño y cuando se volvió hacia Anduin, pareció como si hubiera reconocido su carga.

—¿Anduin? ¿También estás aquí?

—Sí. Soy yo. Estoy aquí. No te dejaré.

Wyll volvió a tranquilizarse, cerrando los ojos.

—Fuiste un buen muchacho. Fue una alegría cuidar. —se quebró a media oración. Anduin se mordió el labio inferior.

Entonces el anciano continuó.

—Dile que siempre la amé sólo a ella. Mi pequeña Elsie con sus cabellos rojos como el fuego. Si la ves. Dile que la esperaré.

Las lágrimas hicieron escocer los ojos del rey.

—Claro que se lo diré. Lo prometo —tragó con dificultad—. Puedes marcharte.

—Creo que lo hare. Es de verdad bastante hermoso —Wyll suspiró—. Gracias por no retenerme.

Anduin comenzó a decir algo, pero entonces cerró la boca. Pudo sentir el pulso del anciano alentándose… alentándose… escuchó un suave suspiro desde la cama.

Despacio… Despacio…

Y se detuvo.

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