Antes de la Tormenta – Capítulo Dieciocho – Tanaris

Sapphronetta Flivvers despertó con dolor.

La gnoma estaba golpeada y amoratada y sus manos y pies estaban atados seguramente. Los flexionó, solamente para asegurarse de que aún tenía buena circulación y comenzó a analizar su situación actual.

No era prometedora. Estaba tendida bocabajo sobre algo cálido y podía sentir sus músculos tensándose y contrayéndose bajo ella y podía escuchar el lento batir de unas alas. ¿Un Grifón? No; las alas emplumadas sonaban distintas cuando se movían. Un Wyvern.

Ella sabía que su equipo sería abordado. Esa era la razón por la que habían reforzado la seguridad. Saffy sintió una horrible punzada por sus amigos y por las Centinelas que habían sido asignadas para ayudarles.

Que el ataque hubiera llegado no era tan sorprendente. ¿Pero por qué le habían permitido sobrevivir? La Horda, por supuesto, no era aficionada de ninguna de las razas de la Alianza, pero tenían poco uso particularmente para los gnomos. Sin embargo, ahí estaba ella, no solamente perdonada sino atrapada. ¡Secuestrada!

Trató de recordar las palabras exactas que había escuchado:

¡Kezzig, es una dama gnomo!

Sí y voy a golpearla… oh. Tal vez ella no sea la indicada.

Ella se ajusta perfectamente a la descripción. Sabes las reglas.

Sí, sí, estúpidas reglas.

Habían ido a asesinar a los miembros de la Liga de Expedicionarios y a sus guardianes; eso era obvio. No habían estado buscándola sino a alguien que se parecía a ella y querían a la “dama gnomo” con vida. Si tan sólo pudiera descubrir lo que buscaban tal vez sería capaz de fanfarronear para obtener seguridad, y una oportunidad para escapar.

Saffy no podía sentir el cómodo y agradable peso familiar de su enorme cinturón de herramientas. Obviamente lo habían tomado. Era una pena que hubieran usado sogas en ella en lugar de encadenarla pues estaba bastante segura de que no le habían quitado las horquillas. No había nada que pudiera usar como un arma y alguien debía estar sentado cerca de ella para asegurarse de que la gnoma por la que se habían esforzado tanto por secuestrar no se cayera a medio vuelo.

Urf. Ahora había un pensamiento. Saffy reprimió su leve retorcer y se quedó quieta, pensando furiosamente. Tendrían que aterrizar y tendría que sacarla del saco en el que la habían aventado. Ellos debían querer algo de ella o de quien quiera que pensaban que era, pero no podía imaginarlo…

Oh, espera. Sí, sí podía. Podía imaginarlo muy bien. Habían estado en Silithus y sabían que había goblins movilizándose. La actividad de los goblins significaba una de dos cosas: ganancia o tecnología. Bueno, está bien, tres cosas: ganancia, tecnología o mina. Bueno, no: ganancia, tecnología, mina o golpear gente.

Y goblins también significaba. Oh, vamos, Saffy, se dijo. Hay muchos goblins en éste mundo. Las probabilidades delo que estás pensando son aproximadamente 5,233,482 a 1. Alguien tendría que saber tu ubicación y…

Oh, cielos. No tenían que saber su ubicación. Ellos estaban secuestrando a cada “dama gnomo” que encontraran que encajara con la descripción.

El wyvern aterrizó con un golpe. Saffy comenzó a deslizarse y no pudo reprimir un jadeo. Entonces el saco que la atrapaba fue arrastrado abruptamente de la montura y Saffy dejó escapar un uff mientras la echaban en un huesudo hombro.

Escuchó sonidos de chirridos, zumbidos y pitidos y una amortiguada conversación en, cómo era de esperarse, goblin. Un lenguaje que había conocido hace tiempo, cuando era joven, inocente y.

Estúpida. Vamos, admítelo, Saffy. Estúpida.

No pudo entender mucho de lo que estaban diciendo, pero entendió lo suficiente: …muerte… tómala… más vale… saber qué hacer.

Su corazón se aceleró. No. No podía ser. Las probabilidades eran.

La dejaron caer en el suelo sin miramientos.

—Más vale que esté bien —habló una voz del pasado de Saffy. Una voz atada a un goblin que ella despreciaba con cada fibra de su ser. Un goblin que ella había esperado no tener que ver jamás por el resto de su vida.

Debía guardar silencio. No darle ninguna gratificación. Pretender cooperar con cualquier ruin, despreciable intriga que estuviera planeando.

El saco se abrió y ella pestañeó, cegada momentáneamente por la luz. Unas manos ásperas sujetaron sus brazos y la mantuvieron quieta mientras un cuchillo cortaba las sogas. Entonces la pusieron de pie.

—Oye, oye, ¿qué le hicieron? —llegó una voz aborrecida—. Su cara está…

Con un rugido de furia avivado por tantos años de latente resentimiento, Saffy logró zafarse de los dos matones a cada lado y lanzarse como un mini-cohete con ardiente cabello rojo, hacia su archienemigo.

El símbolo de la miseria, la frustración y la ira.

Tuvo la satisfacción de ver esos pequeños ojos abrirse con horrorizada sorpresa y sus manos grandes y anchas ir hacia su cara.

—¡Tú mentiroso, manipulador, holgazán, horrible, malo, sucio miserable! —giró Saffy, sus manos, dedos se volvieron garras alargadas para sacarle los ojos.

Trágicamente, los matones la detuvieron antes de que pudiera rasguñar ocho perfectas arrugas en esa fea cara verde. Un harapiento trapo con quién sabe qué fétido material fue introducido a su boca y volvieron a atarla de nuevo. ¿Alguna vez aprendería a mantener su temperamento bajo control? Aparentemente no. Entonces de nuevo, ese era Grizzek. Él se merecía todo lo que pudiera arrojarlo. El simple pensamiento la hizo retorcerse con ira impotente.

—Cambiarás de parecer, nos encargaremos de eso —dijo el más grande y corpulento.

—No hay necesidad, Druz —dijo el detestable cobarde—. Ustedes lárguense. Yo me encargo.

Saffy siguió retorciéndose mientras Grizzek mostró la salida a los matones.

—¡Hola, Saffy! ¡Hola, Saffy!

Él no podía haberlo… pero lo hizo. Ahí estaba, el hermoso y exquisito perico que ella había creado. Oh, si tan sólo pudiera liberarse por dos minutos.

—Lamento que te hayan lastimado. No se suponía que lo harían.

—¿Mmmphh mhphfmpp oo? —repitió con incredulidad y lanzó una hermosamente larga pero tristemente ininteligible maldición.

—Lo gracioso es que ese grupo ni siquiera te estaba buscando. Estaban tras tus amigos. Yo. Yo lamento eso también, pequeña.

¡Pero no lamentas haberme secuestrado! intentó decir. Todo lo que emergió fueron más ruidos sordos.

—No, no lamento eso. Además —dijo, negando con la cabeza, esas grandes y feas orejas aleteando levemente por el movimiento —suena descabellado, pero creo que para cuando todo esto termine, tampoco lo estarás.

Ésta vez se estremeció ante sus negativas.

—Si sigues así, no te quedará nada de voz —Hizo una pausa —Lo que, si lo ponemos a consideración, tal vez no sea tan mala idea.

Ella mordió el trapo que tenía un sabor horrible, sus ojos apuñalándolo. Después de que su respiración menguó un poco, Grizzek se acercó y desató la mordaza, manteniendo sus grandes dedos lejos de los filosos y pequeños dientes de Saffy.

Se miraron mutuamente.

—Aw, Saffy. Debo decirlo, es bueno verte de nuevo.

—El placer es todo tuyo —soltó Saffy.

—¿Me extrañaste?

—Sí. Repetidamente. Como podrías recordar, mi Lightning Blast 3000 falló cada vez que apunté.

—Te dije que ese pedazo de basura no funcionaría.

—Aww, cariño, también te odio. Te diré algo, —dijo la gnoma—tú desátame, dame agua y comida y devuélveme a mi perico y me marcharé y no te reportaré a las autoridades —por supuesto lo haría. En un minuto Gadgetzan, lo haría. Tomando en cuenta que hubieran “autoridades”, donde quiera que estuvieran.

—No puedo hacer eso, Punkin —dijo, negando con la cabeza—, y no es tu perico.

—¡Es mi perico!

—No, lo hicimos juntos. Vamos —dijo casi con expresión herida—, debes recordarlo. Fue nuestro primer regalo de aniversario para el otro.

También había sido el último. Saffy no quería pensar lo locamente enamorada que estaba de ese tonto verde. Bueno, corrigió, simplemente loca, por lo menos.

—Además. Agárrate a tu sombrero un minuto y lo entenderás.

—¡Tus rufianes tomaron mi sombrero! —gritó detrás de él mientras él se alejaba. Su hermoso y antiguo casco que le dieron expresamente para esa misión.

—Ellos no son mis rufianes —dijo—. Nunca te hubieran herido si hubieran sido mis rufianes. O tus camaradas. Sabes que no trabajo de esa forma, Punkin.

—¡No me llames así! —se tensó contra las sogas con toda la fuerza de su pequeño cuerpo, pero los nudos eran buenos. Por supuesto que los nudos eran buenos. Estamos en Tanaris, cerca del océano. Todos son marineros. Incluso los rufianes.

Ella estaba hambrienta, sedienta, quemada por el sol y exhausta y cedió contra las ataduras.

—Aquí —Grizzek dijo casi con amabilidad y tomó una de sus manos que estaban atadas detrás de su espalda. Saffy se retorció con molestia, pero él presionó algo en su palma y cerró los dedos a su alrededor.

Ella jadeó una vez. El dolor en su quemado y amoratado rostro se calmó. Su boca ya no estaba seca ni su estómago gruñía por comida. Se sentía alerta, fuerte, aguda. Su mirada se dirigió al perico.

—Hay cerca de cinco cosas diferentes que puedo hacer para mejorar a Feathers si me das una llave inglesa, tres pares de tornillos y un buen destornillador —anunció. Y después parpadeó.

¿Cómo supo eso?

Grizzek soltó su mano. Ella mantuvo su puño bien cerrado alrededor de… lo que fuera que estaba presionado contra su palma.

Se movió detrás de ella, sentándose en una sola silla, observando su reacción.

—Es algo, ¿no es así? —dijo, su voz suave y llena de devoción.

—Sí —exhaló, tan sobrecogida como él.

El silencio se alargó entre ellos. Entonces, finalmente Saffy preguntó:

—¿Qué es?

—El jefe dice que se llama Azerita —dijo Grizzek.

¡Azerita! La sustancia por la que la habían llevado a ese feo desierto a analizar. Ahora Saffy entendió la razón. Su cerebro estaba en llamas, pero calmado, no frenético. Esa cosa era increíble.

—En realidad, el jefe realmente la llama “Mi camino para gobernar Azeroth con muchas estatuas gloriosas de mí.”

Saffy de pronto recordó una de las cosas que le había dicho mientras ella estaba gritando y luchando para escapar. No son mis rufianes, él había dicho. Lo que significaba que eran los rufianes de alguien más. Lo que significaba…

—Oh, Grizzek —dijo ella horrorizada—, ¡Por favor dime que no estás trabajando con ese feo monstruo verde con un terrible sentido de la moda! —hizo una pausa— Eso podría aplicar a muchos goblins, de hecho. Lo que quise preguntar era.

—Sé a lo que te referías —dijo, bajando la cabeza y desviando la mirada—. O más bien, a quién te referías. Y sí.

—¿Jastor Gallywix?

Asintió miserablemente.

—No creo que jamás haya estado más decepcionada de ti. Y eso ya es decir algo.

—Mira. Él vino a mí con ésta cosa. Ya tuviste una probada de lo que puede hacer. Él accedió a dejarme decidir qué hacer, qué crear y, más importante, cómo usarlo. Y me ha dado todo lo que he pedido en cuánto a suministros para que pueda entenderlo, refinarlo y hacer fantásticas e increíbles invenciones con él.

—Todo, ¿eh? Creo que eso explica por qué me secuestraste.

—Punkin, yo.

Ella negó con la cabeza

—No. Lo entiendo. Yo. —ella tragó. Tragarse su orgullo era difícil—. Es probable que yo haya hecho lo mismo. Haya hecho. Tal vez no. Pero podría haberlo hecho.

Sus ojos se abrieron en una expresión de gratitud y sus orejas decrecieron levemente con alivio.

—Entonces… ¿me ayudarás?

—Te ayudaré.

—Aw, Punkin, éramos un gran equipo entonces —dijo.

Ella sonrió

—Sí. Lo éramos. Qué mal que nos casamos y lo arruinamos todo.

—Bueno, ahora no estamos casados, así que yo digo que pongamos manos a la obra.

—Primero tienes que desatarme.

—¿Oh? Sí, claro —él se bajó de la silla, buscando un cuchillo con una mano y se apresuró tras ella. Sus ataduras fueron cortadas por segunda vez esa mañana.

Tardadamente, él se detuvo

—¿Lo. lo dices en serio, verdad? ¿No vas a golpearme con algo y huir con Feathers?

Se le había ocurrido, pero Saffy no externó esa información. No, ella estaba en eso a largo plazo. Cualquier cosa que pudiera hacer lo que esa Azerita hacía era algo de lo que ella quería ser parte. Qué vehículos, qué aparatos y baratijas, ¡qué dispositivos podrían crear!

—No. No haré eso —ella se puso de pie tan fácilmente como si o hubiera pasado demasiado tiempo en un saco maniobrando a través de un continente—. Pero tengo una condición.

—¡Lo que sea!

—Cuando terminemos, me quedo a Feathers.

Él hizo una mueca, entonces estiró la mano. Ella abrió su pequeña mano rosada, viendo el suave brillo dorado y azul de la Azerita y después quedó atrapada entre sus dos manos mientras lo estrechaban.

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