Antes de la Tormenta – Capítulo Diecinueve – Undercity

Vellcinda no extrañaba dormir.

No se había percatado hasta después de su muerte, cuánto tiempo había desperdiciado con sus ojos cerrados y el cuerpo quieto. Había un viejo dicho “Tendrás mucho tiempo para descansar en la tumba”, sin embargo, ella había encontrado que la realidad era totalmente lo opuesto. Había dormido demasiado mientras vivía: una tercera parte de esa vida, qué admirable. Ahora que era una renegada, había hecho todo lo que había podido para hacer de lo que ella, con lo que le quedaba del optimismo incorregible que había tenido en vida, veía firmemente como una segunda oportunidad.

Había sido un sirviente cuando murió. Así que, por supuesto, cuando Vellcinda “despertó” como una renegada, lo primero que hizo, mientras su mente se acostumbraba gradualmente a su nueva realidad, fue servir. Era lo que sabía hacer. Había sido amable y paciente con aquellos que despertaron aterrados y desorientados y los había ayudado a re-enterrar a aquellos que habían rechazado el oscuro regalo de Lady Sylvanas.

Una parte de ella entendió el rechazo. ¿Quién entre ellos no había estado confundido y asustado ante la realización de su propia piel descomponiéndose? Nadie con medio cerebro. Y por supuesto, algunas de esas pobres cosas ni siquiera tenían la mitad del cerebro.

Vellcinda pareció ser una de las pocas afortunados que despertaron con su mente totalmente intacta, gracias al cielo, y habían decidido firmemente darle un buen uso.

Ella extrañaba a su esposo y apenas despertó, había querido buscarlo. Él había estado en Stormwind y Vellcinda estaba en Lordaeron haciendo una visita familiar cuando murió. Había estado en el castillo cuando Arthas regresó. Había esperado poder echar un vistazo al amado paladín y su bienvenida triunfal, pero había tenido que quedarse a trabajar en las cocinas mientras él marchaba a través de una lluvia de pétalos de rosa hacia la habitación del trono. No obstante, había estado dentro del rango de lo que se desarrolló inmediatamente después de que Arthas cometiera parricidio y regicidio con un solo movimiento de una ignominiosa espada.

Su amado había evitado eso y ella estaba agradecida por ello. Otros le dijeron que intentos de contactarlo únicamente los llevarían a un corazón roto para ambos. Él creía que ella había muerto, y al final, Vellcinda decidió que era mejor así. Él era un buen y amable hombre. Él merecía encontrar a una mujer viva para amar.

Muchos otros renegados, tal como su amigo y compañero Gobernador Parqual, parecían echar de menos a sus seres queridos tanto como ella. Otros parecían indiferentes y a otros más no les importaba en lo absoluto. Otros incluso eran… malvados. ¿Qué le había pasado a ella, a ellos, para tener tan diferentes ideas y personalidades? Era uno de los misterios acerca de ser renegados.

Ella no tenía recuerdos de su momento como una criatura irracional y eso era algo bueno.

Aunque, conforme los años siguieron, Vellcinda se cansó de servir. Pero su cerebro era tan ágil como siempre y Vellcinda comenzó a querer aprender, a tener logros, en lugar de solamente hacer cosas por los demás.

Ella encausó su naturaleza genuinamente amable hacia cómo encargarse de los, ah, desafíos únicos de ser un cadáver activo y sentimental. Como, por ejemplo, las heridas.

—¡Ven —solía decirle a los heridos— sabes que la carne de los renegados no sana por sí misma! —coser; injertar en músculos nuevos, tendones y piel; y las pociones mágicas eran opciones para su gente en lugar de solamente limpiar una herida, vendarla y confiar en la habilidad innata del cuerpo para repararse solo.

El tiempo invertido en reparar carne no-muerta eventualmente la llevó a desear estudiar con maestros boticarios. Aunque Sylvanas hacía que la mayoría trabajara en pociones, Vellcinda estudió formas de mantener a los renegados activos y sanos, física y mentalmente.

Ella se dio cuenta que algunos de los heridos parecían estar más asustados de morir ahora que cuando vivían. Mientras inspeccionaba la adecuación de una mano nueva en el brazo derecho de un herrero —un accidente con acero fundido había acortado el trabajo de la original— él le dijo:

—Siempre me pone nervioso venir aquí.

—¿Por qué, cariño? —Vellcinda no había sido tan anciana cuando murió. Una joven sesentona, siempre decía— Soy mucho menos aterradora que el Doctor Halsey.

El herrero, Tevan Whitfield, había reído, un sonido vacío y ronco.

—Eso es verdad. No, lo que quiero decir… cuando estaba vivo, me sentía inmortal. No cuidaba de mí y era un poco imprudente. Ahora soy inmortal, técnicamente. Pero al ser una lesión lo único que puede amenazar eso, de pronto estoy consciente de lo frágil que es la carne.

—La carne siempre ha sido frágil —inspeccionó la mano. La había cosido bien. Notó de nuevo que no tenía callosidades ni los músculos estaban fuertes. El antiguo dueño de la mano que el herrero Tevan usaba ahora tal vez había sido un artista o un animador.

Dio golpecitos suaves en la carnosa palma de la mano con los huesos de sus índices.

—¿Puedes sentir eso? —Sí —dijo.

—Excelente —lo contempló—. Debo hacerte saber que ésta mano no será tan fuerte como acostumbras.

—Unas cuantas semanas de martillar serán suficientes.

Vellcina lo miró con compasión.

—No, cariño —dijo amablemente—, no lo harán. Ya no puedes hacer crecer músculo.

Su rostro decayó. No literalmente. Su rostro no se había descompuesto tanto en lo absoluto. Era, de hecho, bastante guapo para ser un renegado.

—Vuelve si no puedes usarla apropiadamente —dijo—. Veremos si podemos encontrar una mejor para ti —golpeó la mano con gentileza.

—¿Ves? —dijo Tevan— Esto es a lo que me refiero. Con el tiempo, solamente. nos desharemos de nosotros mismos.

—Eso es lo que sucede también en la vida —le recordó Vellcinda rápidamente—. No podemos ser cosas hermosas, casi inmortales como los elfos. La actitud adecuada es que debemos aceptar lo que tenemos y agradecerlo. Tú y yo y los otros estamos aquí. Y eso es algo bonito. Nada dura para siempre, y si morimos y no podemos regresar, bueno, tuvimos una segunda oportunidad y eso es más de lo que muchos han tenido.

Tevan sonrió. En su cara intacta había una expresión agradable. Vellcinda no tenía falsa modestia acerca de su propio rostro, que era de alguna forma peor para tener por ser una vaga holgazana en su tumba durante tanto tiempo. Había sido normal incluso mientras era un humano vivo que respiraba. Aunque su esposo siempre le decía que le resultaba hermosa y ella le creía.

Eso era el amor, ¿no era así? Mirar con el corazón, no con los ojos y encontrar la belleza ahí.

—Tienes razón —dijo el herrero—. No creo haberlo visto antes de esa manera. Escogí recibir el Regalo. Sé que otros no lo hicieron. En ese entonces, creí que eran tontos. Pero ahora me pregunto. Sé que Lady Sylvanas está tratando de encontrar formas para continuar con nuestra existencia. ¿Pero qué si nunca debimos? —hizo una seña a su nueva mano sin callos— ¿Cuánto más debemos hacer, qué tan lejos debemos ir, sólo para seguir existiendo?

Vellcinda sonrió

—Cielos, para ser un herrero, tus pensamientos son bastante filosóficos.

—Tal vez sea mi mano nueva.

Tevan había sido el primero con quien Vellcinda había tenido esa discusión, mas no sería el último. Una vez que la idea había llegado a su cabeza, Vellcinda se dio cuenta que no podía dejar de pensar en ella.

Ahora, meses después de esa conversación, el líder del Concejo Desolado se paró en el salón del trono de Undercity, en el lugar donde Sylvanas Windrunner se había parado durante tanto tiempo hasta que tuvo que marcharse para liderar a la Horda. A un lado de Vellcinda en el estrado más alto estaba los otros cuatro miembros líderes del concejo gobernante, que eran llamados, simple y llanamente, los Gobernadores. En el segundo escalón, justo debajo de ellos, estaban los siete conocidos como los Ministros, quienes implementarían las políticas que los Gobernadores crearan. Al fondo estaba aquellos que Vellcinda pensaba eran realmente los miembros más importantes del concejo: los diez Escuchas. Cada día ellos se reunían y hablaban con aquellos entre los renegados que tenían preguntas, comentario o quejas acerca de cómo gobernaban los líderes. Ellos le reportaban directamente los Gobernadores. Aunque cada ciudadano de Undercity era libre de pedir ayuda a cualquier miembro del concejo —incluyendo a la Primer Gobernadora, la propia Vellcinda— los Escuchas estaban más disponibles.

Hasta ahora, las cosas parecían ir a pedir de boca. Vellcinda miraba hacia la tranquila multitud que llenaba el salón hasta sobrepasarlo y continuaba afuera. Ella estaba muy complacida. Hoy, más que nunca, necesitaban estar juntos, trabajar juntos para la mejoría de todos hasta que la Dama Oscura regresara.

Hoy estaban ofreciendo un servicio para aquellos renegados que habían experimentado su Última Muerte, peleando contra el terrible mal que era la Legión Ardiente. Vellcinda había hablado con el campeón de la Dama Oscura, Nathanos Blightcaller, durante su visita más reciente a Undercity y le había implorado que persuadiera a Sylvanas para volver.

—Sé que tiene muchas responsabilidades —le había dicho—. Pero sin duda puede pasar algunas horas con nosotros. Por favor, dile que venga a la ceremonia que estaremos oficiando para aquellos que han aceptado voluntariamente su muerte en beneficio de la Hora. Ella no tiene que quedarse mucho si sus deberes la llaman, pero significaría mucho.

Nathanos había dicho que llevaría el mensaje. Pero no había señales de que Sylvanas fuese a ir.

Esperó unos momentos más sólo por si acaso. Los renegados en la multitud esperaban pacientemente, como siempre. Finalmente, su líder suspiró.

—Supongo que todos quieren que hable —dijo Vellcinda—. Así que trataré de decir algo. Discúlpenme si aclaro mi garganta algunas veces; ¡todos estamos familiarizados con el cosquilleo del icor!

Eso trajo algunas risas, ásperas y guturales. Vellcinda prosiguió.

—Primero quiero reconocer a nuestros amigos que han hecho el viaje para estar aquí hoy. Veo elfos de sangre, trolls, orcos e incluso a unos cuántos goblins y pandaren. Gracias por estar con nosotros para honrar a aquellos que cayeron de nuestras cada vez más escasas líneas. Estoy particularmente agradecida con todos los tauren. Si no fuera por ustedes, tal vez todos nos habríamos extinguido.

Había representantes de todas las razas de la Horda ahí, pero ella vio más tauren que cualquier otro. Fue gracias a los tauren que los renegados habían sido admitidos en la Horda. Vellcinda tuvo escalofríos al pensar en lo que le pudo haber pasado a su pueblo sin esa protección.

—A pesar de eso, con la excepción de nuestros amables amigos que se encuentran con nosotros, me temo que, tristemente, es preciso decir que muchos de los vivos todavía no nos aceptan. Y estos individuos parecen pensar que, porque ya hemos muerto, no nos importa la vida, o como sea que escojan llamar a nuestra existencia. Parecen pensar que deberíamos sufrir menos cuando los nuestros perecen. Bueno, están completamente equivocados. Nos importa. Nos afligimos.

—Nuestra reina está buscando una forma de incrementar nuestros números trayendo de la muerte a los caídos. Creando más renegados. Pero lo todos los que nos hemos reunido aquí hoy realmente deseamos de ella es saber que valore a los renegados que ya tiene. No solamente a nosotros como su gente, que por supuesto somos, sino como individuos. Que acepte que algunos de nosotros estamos conformes con sólo una segunda oportunidad y tal vez no queramos una tercera o cuarta sino una Última Muerte.

—Nos reunimos aquí hoy, pensando en aquellos que sí experimentaron sus Últimas Muertes. Se han ido al fin. Su sangre ya no corre por las venas de sus hijos ni en las generaciones, por lo menos nos generaciones que algún día vivirán aquí y tendrán interacciones con nosotros. Perdimos a esos renegados, pero también están finalmente en paz. Reunidos al fin con aquellos a quienes amaron en vida. Honremos sus pérdidas nunca olvidando sus nombres. Quiénes fueron. Lo que hicieron.

Vellcinda se endureció

—Yo empezaré. En éste día, recuerdo a Tevan Whitfield. Él era un herrero y una vez me dijo que estaba más asustado de la muerte como renegado de lo que había estado como un hombre vivo. Y, aun así, cuando se le pidió servir, lo hizo. Fabricó armas que permitieron a otros combatir al enemigo. Reparaba armaduras cuando se dañaban igual que nosotros reparábamos cuerpos cuando se dañaban. Enfrentó a su más grande temor y perdió esa apuesta. Siempre te recordaré, Tevan. Fuiste un buen amigo.

Asintió a Parqual Fintallas, quien estaba de pie junto a ella. Se aclaró la garganta y comenzó a hablar acerca de una mujer que había sido una guerrera en vida y en su no- muerte, hasta que su cuerpo fue hecho pedazos por un atacador vil. Sus restos se extendieron como ondas en un lago. El primero de los que se encontraban en el estrado, después los Ministros y después los Escuchas. Entonces, uno a uno, los miembros de la multitud comenzaron a hablar.

Muchos de ellos habían perdido a sus familias en ese horrible y lejano día, cuando Arthas volvió, que era extraño ver a alguno intacto. La mayoría de los renegados formaron nuevas familias, uniones hechas con aquellos que jamás conocieron en vida pero que eran igual de importantes.

Conforme Vellcinda escuchaba, abrazando a su amigo Tevan en sus pensamientos, estaba triste, pero también conforme. Todos lloraban, pero ninguno mostraba lágrimas. Nadie despotricaba en contra de la injusticia. Pero lo más importante para ella era que nadie estaba enfadado. Ella había llegado a creer que la ira no era buena para los renegados. Muchos ya no pensaban con claridad, con sus cerebros usualmente podridos a algún grado u otro. En lo que a Vellcinda respectaba, la ira solamente enlodaba las aguas hasta que nadie podía ver hacia dónde trataban de nadar.

Había algunos en Undercity que resentía el papel que el Concejo Desolado había creado, sin embargo, Vellcinda había sido firme en que solamente era una medida provisional. Las provisiones necesitan entrar. Los miembros de reemplazo debían unirse.

—Estaríamos honrados —había sido Vellcinda alguna vez en una reunión pública—, si nuestra querida Sylvanas entrara por esa puerta, estaría más que feliz de decirle “Hola, Dama Oscura, la hemos extrañado mucho. Por favor vuelve a tomar tu puesto gobernando a ésta gran ciudad. ¡Es una cosa muy desgastante!”

Como sirviente, había preparado comidas, atendido a los enfermos, había limpiado bañeras y vaciado orinales. Había hecho lo que necesitaba hacerse y en lo que a ella respectaba, preferiría dar un paso atrás y dejar a quienes fueran mejores liderando tomar el puesto. No podía recordar la última vez que se había sentado y disfrutado de ver el flujo tranquilizante de los canales verdes.

Se volvió a los presentes, reprendiéndose por soñar despierta. Cuando la última persona terminó de hablar, miró a la multitud reunida.

—Cielos, estoy tan orgullosa de todos ustedes. Y de aquellos que lo dieron todo por la Horda. Gracias por venir.

Y eso era todo. La multitud se dispersó y ella los observó irse. Estaba decepcionada de que Sylvanas no hubiera aceptado su invitación para asistir, pero no era inesperado.

—Primer Gobernadora Vellcinda —dijo una voz tranquila. Se giró, sorprendida y encantada.

—Oh, Campeón Blightcaller —dijo—. Qué bueno que bueno que vino. Yo… ¿No se supone.?

Él negó con la cabeza.

—No. Nuestra reina tenia asuntos urgentes que atender. Pero, —añadió— me envió para aprender más acerca de lo que sucedía en su ausencia y para hacerte saber que ella pretende visitarlos pronto. Lamenta no haber podido estar aquí hoy.

—¡Oh, es tan amable de su parte! Estoy encantada de escucharlo —Tocó su brazo—. Soy lo suficientemente anciana para leer entre líneas, jovencito. Lady Sylvanas teme que tenga a otro Putress en sus manos. Pero no teman. Solamente somos un grupo de ciudadanos preocupados, cuidadores de alguna forma, cuidando la casa mientras la señora no está. ¿Por qué no vuelves para una visita ésta tarde? Estaremos felices de discutir lo que hemos tratado de hacer. ¿Tal vez quieras una taza de té? —a Vellcinda le gustaba hacer té, olerlo, sostener la cálida copa entre sus manos, incluso si ella no bebía la preparación.

Él parecía ligeramente desconcertado y abrió la boca para responder. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, Vellcinda escuchó otra voz.

—Ah, precisamente la persona a quien he venido a visitar. Bueno, no tanto, pero cerca.

Vellcinda y Nathanos se giraron para ver a un renegado bastante bajo vestido con ropas de sacerdote. Ella no lo reconoció, pero eso no era sorprendente. Undercity no era grande pero todavía había mucha gente ahí, sin mencionar a aquellos que simplemente estaban de paso.

—No he tenido el placer —dijo ella.

El recién llegado hizo una reverencia.

—Arzobispo Alonsus Faol —dijo. Vellcinda estaba sorprendida. Había sido un nombre reconocido no hacía mucho. Estaba encantada de ver que no había perecido como otros tantos.

—Oh, cielos —dijo—. Es un honor.

Incluso Nathanos Blightcaller hizo una reverencia al arzobispo.

—De verdad lo es. ¿Qué es lo que desea de mí, señor?

—Tengo una carta. Dos, de hecho. La primera es para su Jefe de Guerra. La segunda es para alguien llamada Elsie Benton.

Vellcinda se tambaleó levemente. Nathanos la tomó del brazo, mirándola con preocupación, pero ella sonrió y lo apartó.

—Ha pasado mucho tiempo desde que escuché ese nombre. Sólo mi familia y mis amigos más cercanos me llamaban así.

La expresión del arzobispo se suavizó.

—Entonces… Tomen. Sus cartas.

Les tendió cada una, un pergamino bien enrollado, y Vellcinda tomó la suya con una mano temblorosa. Sus ojos se abrieron desmesuradamente cuando vio el sello, que era azul, con la figura del león de Stormwind.

Y supo enseguida lo que era.

También Nathanos.

—Esto es del rey de Stormwind —explotó, sus ojos rojos centelleando de ira mientras se giraba hacia Faol—. ¿Qué haces fraternizando con un enemigo de la Horda?

—Pero como no soy un miembro de la Horda, el rey no es mi enemigo —dijo el arzobispo amablemente—. Sirvo a la Luz. Soy un sacerdote al igual que el Rey Anduin. Pero —añadió—, no es tan terrible. Te sugiero que hagas lo que tenías planeado. Pasar tiempo aquí en Undercity. Toma tus pensamientos y la misiva de regreso a la Jefe de Guerra. Y tú, querida dama…

Faol apoyó una mano amablemente en su brazo.

—Ésta carta, lamento decir que sí, contiene malas noticias. Lo siento mucho.

Vellcinda estaba agradecida por la advertencia mientras rompía el sello, desenrolló el pergamino y leyó:

Para Elsie Benton,

No si se aún existes. Pero me veo obligado a pedirle al Arzobispo Faol que te busque mientras está en Undercity. Si estás leyendo esto, asumo que su empresa fue exitosa.

Es con una profunda tristeza que debo informarte que tu esposo, Wyll Benton, falleció apaciblemente ésta tarde. Espero que te reconforte saber que no murió solo; yo estaba con él.

Wyll sirvió a mi padre y a mí con devoción durante muchos años. Él no me habló de su familia; sospechaba que era muy doloroso para él recordar aquellos tiempos y lo que creyó fue tu destino. Te llamó antes de morir y esperaba verte de nuevo.

Sigo el camino de un sacerdote, como debes saber, y le rogué que me permitiera sanarlo. Él se negó y yo respeté su deseo.

He decidido hacer todo lo que pueda para que todos los renegados puedan reunirse con sus amigos y familiares humanos, aunque sea por un momento. Hay muchas cosas, creo, que trascienden las políticas de reyes, reinas y generales. La familia es una de ellas. Con éste propósito, he enviado una carta a tu Jefe de Guerra. Espero que concuerde conmigo.

Concluyo cumpliendo una promesa que me hizo mi amigo Wyll: decirte que él siempre te amo a ti y que te esperará.

Nuevamente, por favor acepta mis más sinceras condolencias.

Y una firma de una elegante y educada mano: Rey Anduin Llane Wrynn.

—Mi pobre Wyll —dijo Vellcinda, su voz temblorosa—. Arzobispo, por favor agradézcale al Rey Anduin por mí. Estoy muy agradecida de que mi esposo no haya muerto solo. Nadie debería morir solo. Dígale al rey que creo que es un buen plan. Espero que nuestro Jefe de Guerra lo piense también. Hubiera estado muy contenta de haber podido ver a Wyll una vez más.

—¿Qué plan? —exigió Nathanos, mirando tanto a Vellcinda como a Faol de forma sospechosa.

—Esto —dijo Vellcida, dándole el pergamino.

Mientras Nathanos leía, Faol dijo:

—El esquema de la propuesta del rey de Stormwind está más detallado en el pergamino que debe recibir la Jefe de Guerra Sylvanas. Todavía me quedaré unos días y estaré más que feliz de responder las preguntas que tú o Vellcinda puedan tener.

Luciendo disgustado, Nathanos devolvió la carta. Aferrándose al preciado pergamino, la Primer Gobernadora del Concejo Desolado corrigió a Faol.

—Elsie —dijo—. Creo que es momento de que me llamen Elsie otra vez.

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