El momento de paz que inundó a Anduin apenas entró en el Templo de la Luz abisal fue un bálsamo para su espíritu todavía herido por las noticias de Valeera acerca de Baine. Sonrió suavemente para sí y una vez más se maravilló ante la habilidad de la Luz para reconfortarlo.
El Arzobispo Faol alzó la vista de un viejo tomo que había estado examinando mientras Anduin se acercaba. El brillo en sus ojos muertos aumentó con placer y sus labios se torcieron en una sonrisa.
—¡Anduin! —exclamó con esa curiosamente cálida voz, obviamente recordando que el rey de Stormwind le había pedido no utilizar su título forma— No esperaba verte de nuevo tan pronto. ¡Siéntate, siéntate! —señaló a una silla a su lado.
Anduin le devolvió la sonrisa al renegado con una propia, aceptando el asiento que le ofrecía. Incluso cuando lo hacía, mentalmente negó con la cabeza. Se sentaba cómodamente junto a un renegado. Era algo que él pensaba que jamás sucedería.
Si todos pudiéramos experimentar la paz del Templo de la Luz Abisal, pensó. Tal vez entonces dejaríamos de intentar matarnos.
Faol rio, ese sonido áspero, como dos pedazos de pergamino restregándose.
—Háblame sobre tu visita a Teldrassil.
Un sacerdote elfo de sangre se acercó con una botella de néctar de fruta y un vaso. Anduin le agradeció. Mientras se servía, dijo.
—Los elfos de la noche son siempre confiables para cuidar el mundo. Para cuando visité Damassus, ellos ya habían enviado a varios grupos de sacerdotisas y druidas a Silithus para crear pozas de la Luna.
—Ah, pozas de la Luna. Nunca vi una mientras vivía y, bueno, estos días trato de no mojarme. Pero he escuchado que son dignos de admirar.
—Lo son. Si los kaldorei tienen éxito, esto podría ayudar en gran medida a Azeroth. También enviarán Centinelas para acompañar a las menos militarizadas organizaciones como la Liga de Expedicionarios.
—Todo esto suena bastante positivo —dio Faol.
—Lo es —dijo Anduin—. Pero creo que podemos hacer más. Voy a imitar a los elfos de la noche y a enviar también a algunos de los mejores de Stormwind. Lo que le está ocurriendo al mundo… no podremos permitirnos perder a aquellos que podrían ser capaces de encontrar una solución a todo esto. Pensé que podría volver y ver cómo les iba a tus sacerdotes en esto de correr la voz.
—¡Por supuesto! —dijo Faol— Estoy orgulloso de decir que todos estamos listos para el desafío —miró hacia arriba e hizo señas—. Calia, querida, ¿no te unes a nosotros? —conforme Calia se aproximaba, Faol continuó—. Ella tiene muchas ganas de ayudar. La he designado un vínculo para las razas de la Alianza, mientras tanto me he estado familiarizando con todos los tipos de nuevas partes de Azeroth visitando a miembros de la Horda. ¡Ha sido muy esclarecedor!
Calia ahora estaba de pie junto a Anduin, mirando a uno y luego al otro.
—Es bueno verte de nuevo, Anduin —dijo.
—Nuestro joven amigo acaba de regresar de Teldrassil —dijo Faol—. Dice que los elfos de la noche ya están trabajando arduamente y le informé que tampoco estamos escatimando en nuestros deberes.
—Me alegra escucharlo —dijo Anduin—. De hecho, vine con la esperanza de poder hablar con ustedes dos de otro tema también, si tenemos tiempo.
—¡Ja! —dijo Faol, extasiado, mientras Calia se sentaba grácilmente en el asiento junto a Anduin— Saa’ra estaba celosa; usualmente todos vienen a verla. En cuanto a tiempo, no tenemos otra cosa que no sea eso en éste lugar. Le ha hecho bien al Cónclave no quedarse enclaustrados aquí y ser independientes en el mundo nuevamente. Ahora, entonces. Has visitado Ironforge y Teldrassil y parece que ambos ya tomaron acciones inmediatas.
Durante los siguientes minutos, Calia y Faol le dieron a Anduin un resumen de a dónde habían viajado y a dónde habían enviado a otros.
—Tratamos de tomar en cuenta a aquellos con quiénes hablaremos—dijo Calia—. Por ejemplo, si viajamos a las Islas del Eco, enviamos a uno de nuestros trolls. Un elfo de sangre a Tranquilien.
—Algunos han escuchado —dijo Calia—, y lamento decirte que otros aún están más interesados en minar Azerita que en ayudar a Azeroth.
Anduin asintió.
—No es inesperado, aunque es verdaderamente desafortunado —suspiró—. Suena cómo que hemos hecho todo lo que podemos. Solamente debemos proteger la Azerita tanto como sea posible y tratar de asegurarnos de que la Horda no obtenga demasiada.
Incluso cuando dijo esas palabras, Anduin supo que la idea no era nada más que ilusiones. Por alguna razón, los goblins lo habían descubierto primero. Habían bajado a Silithus en masa y habían puesto minas y formas de procesar el material antes de que Shaw pudiera reportar a Anduin. Esa batalla podría estar ya perdida y el pensamiento le hizo daño.
Pero tal vez existía una forma de luchar contra la Horda sin tener que pelear en lo absoluto. Anduin esperaba tener a Baine ayudándolo en silencio desde el otro lado, pero eso no era posible. Si esa idea iba a funcionar, sería responsabilidad de Anduin.
Cruzó las manos frente a él y miró a Calia y luego a Faol.
—Quería hablar sobre los renegados —dijo—. Y me disculpo de antemano si parezco ignorante u ofensivo.
Faol no dio importancia a sus palabras.
—No necesitas disculparte en lo absoluto. Preguntando es cómo aprendemos y resulta que yo tengo algunas respuestas.
A pesar de la garantía del arzobispo, Anduin estaba convencido de que sonaría grosero. Había empezado a pensar que la discreción era la mejor parte de la valentía y que lo mejor sería disculparse en ese momento
—He visto renegados antes de ahora —dijo—. Y estaba consciente de que ellos, ustedes, no son unos irracionales y delirantes miembros del Azote. Tampoco he pensado nunca que son propiamente malvados.
—Pero nos crees capaces de hacer cosas malvadas —dijo Faol—. No te preocupes por eso. Eso no es otra cosa que ser observador. Seré el primero en admitir que los renegados han hecho cosas terribles. Pero también lo han hecho los humanos. Incluso los tauren tienen un muerto o dos en sus armarios, metafóricamente hablando, claro está.
Anduin sonrió, complacido porque Faol lo entendía y continuó.
—Los encuentro… menos próximos que a las otras razas de la Horda, a pesar de que muchos solían ser humanos. Tal vez porque muchos solían ser humanos. La Alianza los rechazó. Personas a las que conocían en vida. Tal vez incluso que amaron.
—El miedo es una emoción ponderosa —dijo Calia con tranquilidad. Algo en el tono de su voz, en la forma en la que sostenía su propio cuerpo, le recordó a Anduin que su sorprendente viaje de supervivencia debió haber sido horrendo, probablemente más de lo que pudiera comprender. Se sentó con las manos en su regazo, apretadas firmemente y vio que temblaban.
—Calia —dijo antes de que pudiera detenerse—, ¿cómo fue posible que sobrevivieras?
Alzó sus ojos como el azul del mar hacia los de él. Nuevamente le recordaban que ella era la hermana de Arthas, familiar a pesar de que jamás la había conocido. Su sonrisa era triste.
—Por la fe y por la misericordia de la Luz —dijo—. Algún día te lo diré. Pero aún es muy. muy cercano. No solamente mi viaje, sino… verás, perdí a gente que amaba.
Anduin asintió.
—Por supuesto. Tu padre. y hermano —Era una dolorosa y horrible historia. Arthas, corrompido por la espada Frostmourne y empujado paso a paso hacia un camino alejado de la Luz por los susurros del Rey Lich, no había simplemente convertido a ciudadanos de Lordaeron en monstruos. Había usado una ceremonia pública de bienvenida como una oportunidad de asesinar a su padre mientras Terenas se sentaba en su trono. De pronto Anduin, enfermo, se dio cuenta de que era posible —no, probable, una cercana certeza— que Calia hubiera presenciado ese asesinato. De nuevo se maravilló de que hubiera sido capaz de escapar.
—No solamente ellos —dijo Calia— También a otros que amé —los ojos del rey se abrieron. ¿Tenía familia propia?
—Entiendo. Lamento si te causé alguna angustia —se mordió el labio, preguntándose si debía continuar. Ella pareció detectar su dilema y se enderezó un poco, sonriéndole de forma cálida.
—Adelante. Pregúntame lo que desees. No puedo prometer que responderé, pero lo haré si puedo.
—Debiste haber tenido una experiencia aterradora con los no-muertos —dijo en voz baja—, ¿Cómo es que seas tan cercana al arzobispo?
Calia se relajó y sonrió a su viejo amigo.
—Él ayudó a salvarme —dijo—, verás, yo lo recordaba. Y en medio de todo ese horror, cuando estaba huyendo constantemente de tantos a quien amé cuyas mentes y voluntades habían sido robadas… ver el rostro de alguien que todavía era quien solía ser…
Ella negó con la cabeza, aún parecía, con asombro por el momento.
—Fue como si la propia esperanza fuese una espada que me atravesaba limpiamente. Excepto que, en lugar de herirme, me ofrecía la oportunidad de seguir a través de mi sorpresa y dolor hacia un lugar de sanación. Así que verás, para mí, los renegados no eran monstruos. Eran amigos. Fue el Azote, las cosas trastabillantes, que arrastraban los pies que usaban los rostros de mis amigos, ellos se habían convertido en monstruos.
Faol pareció genuinamente conmovido por sus palabras y Anduin se preguntó si las había escuchado antes. El arzobispo tomó su mando, acariciando gentilmente la suave y sana carne humana con sus marchitos, casi momificados dedos.
—Querida hija —dijo. Su voz era gruesa, como llena de lágrimas no derramadas. ¿Los renegados podían llorar? Anduin supo que no tenía idea. Había tanto de ellos que no conocía—. Querida, querida hija. La alegría fue mía cuando te encontré con vida.
Anduin estaba feliz por haber venido. Había sido, sin duda, la decisión correcta.
—Hay algo que me gustaría hacer —dijo—. Y me gustaría que los dos me ayudaran.
—Por supuesto, si podemos —respondió Faol.
—Una Guerra terrible ha llegado a su fin. Una que ha mermado tanto a la Horda como a la Alianza. Decenas de miles de vidas se perdieron, incluidas las de Vol’jin y mi padre. Ahora escuchamos que nuestro propio mundo puede ser otra víctima, con una preciosa sustancia que no puedo permitir que caiga en manos hostiles. Los goblins ciertamente saben de eso y Sylvanas probablemente ya está planeando cómo usarla contra nosotros. Pero eso todavía no ha sucedido. Tenemos una oportunidad aquí para unirnos, unirnos de verdad, y trabajar a gran escala de la forma en la que lo hacen el Círculo Cenarion y el Anillo de la Tierra. De la forma que éste templo hace.
Ambos estaban escuchando. No se mofaron de su pasión por la paz como Greymane hizo o lo contemplaban con compasión escéptica como hizo Valeera. Animado, Anduin prosiguió.
—Ya sea Sylvanas u otra facción ya han asesinado a gente inocente que no han hecho nada excepto intentar aprender acerca de la herida del mundo. Tengo una idea sobre cómo podemos detenerlo. Pero no puedo implementarla directamente. No todavía —hizo una pausa. Lo que estaba a punto de decir debió haberse vuelto más fácil con el tiempo, mas no era así—. Muchos creen que Sylvanas traicionó a mi padre y a la Alianza deliberadamente en la Costa Abrupta. Nadie de nuestro bando va a promover una ofrenda de paz sin obtener algo a cambio.
Faol lo miró inquisitivamente.
—¿Tú crees que ella traicionó al Rey Varían? —preguntó con tranquilidad.
Anduin pensó en el reporte de Baine sobre el incidente.
—No sé qué creer —dijo finalmente—. Pero sé cómo mis consejeros, y gran parte de la Alianza, se sienten respecto a ella. Es el enemigo. Pero no está desprovista de la habilidad de preocuparse por una cosa.
Calia pareció un poco confundida, sin embargo, los ojos de Faol brillaban con entendimiento.
—Creo que sé a dónde vas con esto, mi muchacho.
—A ella le importa los renegados, gente a la que ve como sus hijos. Y a la Alianza le importan sus seres queridos caídos.
Los ojos brillantes de Faol se abrieron, mas fue Calia quien habló primero.
—Estás diciendo que la Alianza fue devastada después de Lordaeron porque muchos de sus seres queridos fueron asesinados, o convertidos en el Azote. Fue una pérdida personal —hizo una pausa—. Como la mía.
Anduin asintió.
—Sí —dijo en voz baja—. Y ellos han llegado a creer que los renegados son monstruos no-muertos. Para gran parte de mi pueblo, no son mejores que el Azote. Pero tú lo sabes. Tú encontraste esperanza y ayuda de un renegado quién había sido un amigo en vida y siguió siendo un amigo en la muerte.
Pero Faol negaba con la cabeza.
—Tú y Calia son individuos admirables, Anduin —dijo—. No estoy seguro de que un humano promedio sería capaz de dar los saltos que ustedes dos han hecho.
—Eso es porque no han tenido la oportunidad de hacerlo —insistió Anduin—. Calia fue rescatada por alguien a quien conoció y confió, alguien que no la decepcionó. En el juicio de Garrosh Hellscream, la Visión en el Tiempo me mostró a otro renegado valiente: Frandis Farley. Hay un Fredrik Farley que es un tabernero en Goldshire. Podrían ser parientes. Me pregunto si a Fredrik le gustaría saber que Frandis murió oponiéndose a un líder cruel e injusto. Quisiera pensar que le gustaría —se inclinó hacia adelante, hablando desde el corazón—. Ha habido muchas historias, Faol. Muchas. Lordaeron y Stormwind eran más que aliados políticos; eran amigos. La gente viajaba fácil y libremente a través de los reinos. Ha habido parientes que lloran a sus seres queridos como muertos cuando en realidad aún están…
El rey se detuvo, dándose cuenta de lo que estaba a punto de decir. Faol sonrió con tristeza.
—¿Vivos? —el arzobispo negó con la cabeza— Es probablemente misericordia que los piensen muertos. Demasiados no pueden apartar el prejuicio para siquiera tratar de vernos como realmente somos.
—¿Y qué si lo intentaran? —Anduin se inclinó hacia adelante en su asiento— ¿Qué si algunos de ellos estuvieran abiertos a la idea? ¿Reunirse con sus seres queridos que han sido… cambiados, sí, pero que aún fueran quiénes eran? ¿No es eso mejor que ellos estando realmente muertos?
—Para la gran mayoría no lo es.
—No necesitamos a la mayoría para empezar. Mira a Calia. Mírame a mí. Sólo necesitamos a algunos. Necesitamos una chispa de entendimiento, de aceptación. Eso es todo. Sólo una pequeña chispa.
Su voz tembló mientras lo decía y sintió la Luz bañándolo con su dulce y cálida bendición. Anduin supo que estaba hablando una gran verdad. Una que requeriría esfuerzo y cuidado, pero una que podría arder y barrer el mundo.
Y cuando lo hiciera, nada sería lo mismo.
—Creo que tiene razón —dijo Calia. Su voz era más fuerte de lo que había sido desde que la conversación empezó. Había color en sus mejillas, entusiasmo en su cara. Estaba iluminada desde adentro, igual que él, por el impresionante acto de la esperanza.
Calia giró hacia su amigo.
—Estaba perdida, Alonsus. Emocional, física y mentalmente. Me trajiste de vuelta de un lugar muy oscuro. ¿Qué otras maravillas podrías hacer eso de nuevo? ¿Tanto para los renegados como para la humanidad?
—He visto mucha oscuridad —dijo Faol y por primera vez sus rasgos no eran tranquilos ni cálidos. Estaba serio y las luces en sus ojos brillaron con un tono diferente mientras hablaba—. Mucha, mucha oscuridad. Hay maldad en éste mundo, mis jóvenes amigos y a veces no requiere de corrupción de una fuente externa para florecer.
—¿Pero lo contrario no es verdad también? —presionó Anduin— ¿No puede una pequeña semilla de esperanza encontrar suelo fértil también?
—Claro que puede, pero no estás hablando de una pequeña semilla —dijo Faol—. Primeramente, el único renegado que sabes que podrían apoyar algo así son algunos aquí en el Cónclave y yo. Puede que no haya otros que quieran. Y si los hay, entonces debes trabajar con el líder de la Horda, la Reina Alma en Pena. Puede que ella no quiera que su gente piense afectuosamente de su tiempo como seres vivientes. Y finalmente, ¿hay otros humanos además de Calia que quisieran siquiera desear conocer a sus, eh, parientes o amigos aún existentes?
Ante la expresión abatida de Anduin, el arzobispo renegado se suavizó.
—Lamento mucho desalentarte. Pero un gobernante, incuso uno sacerdotal, debe conocer todos los obstáculos en su camino. Quieres lo que es correcto, Anduin Llane Wrynn. Y es mi ardiente esperanza que ésta idea tuya tenga frutos. Pero tal vez la hora no ha llegado.
Anduin no cayó del todo, pero quería. Pasó una mano por sus cabellos y suspiró.
—Puede que tengas razón. Pero es una oportunidad de reunir familias. Para hacer que todos trabajemos juntos para que no estemos enfocados en tratar de matarnos los unos a los otros. Es una oportunidad de detener dañar a Azeroth. ¡Es muy importante de muchas maneras!
—No dije que estuviera en desacuerdo —Faol se quedó en silencio por un momento, pensando—. Te diré qué. Hablaré con el resto de los sacerdotes renegados para saber sus opiniones. Podemos empezar a trabajar en la base para esto.
El joven rey se iluminó un poco.
—Sí. Probablemente esa sea la mejor manera de proseguir. Pero las pausas en las agresiones entre la Alianza y la Horda parecen ser raras. Tenía la esperanza de sacar lo mejor de…
—¿Su Majestad? —Anduin giró a ver a la Suma Sacerdotisa Laurena. Su semblante normalmente amigable contenía una expresión de preocupación y su voz era sombría.
Anduin se quedó frío.
—¿Qué sucede?
—Es Wyll. Creo que es mejor que regrese. De inmediato.
![]()











































Comentarios recientes