Antes de la Tormenta – Capítulo Doce – Thunder Bluff

Sylvanas Windrunner se reclinó en una piel curtida en el gran tipi en el Alto de los Espíritus. Nathanos se sentó junto a ella. Él parecía incómodo por sentarse con las piernas cruzadas en el suelo, pero si a ella no le permitían sentarse en una silla o quedarse de pie, tampoco lo dejaría a él. Un mago elfo de sangre, Arandis Sunfire, la había acompañado también para que pudiera retirarse rápidamente si las cosas se volvían muy aburridas o si una emergencia requería su atención. Estaba parado firmemente a la izquierda de la pareja, con un semblante como si deseara estar en cualquier lugar excepto ahí. A la derecha de Sylvanas una de sus forestales, Cyndia, cuya perfecta quietud hacía ver la rigidez de Arandis intensa.

Sylvanas se inclinó hacia Nathanos y murmuró en su oreja.

—Estoy tan cansada de tambores —para ella, era el sonido unificador de la “antigua Horda”. Los orcos, los trolls y los tauren, por supuesto, parecían estar más que dispuestos a golpear felizmente los tambores a cualquier hora. Ahora, al menos, no era el golpe seco de los tambores de guerra de los orcos, sino el tamborileo suave y firme mientras el Archidruida Hamuul Runetotem hablaba sobre la “tragedia de Silithus”

En lo que a Sylvanas respectaba, lo que había sucedido no era realmente tan trágico. En su opinión, un titán loco insertando una espada en el mundo había sido un regalo. Estaba manteniendo el descubrimiento de Gallywix en secreto hasta que estuviera segura de cómo podría utilizar propiamente ese material tan particular para beneficio de la Horda. Gallywix le había dicho que tenía “a gente trabajando en eso también”.

También, ¿qué había en Silithus, realmente, sino insectos gigantes y cultores Crepusculares, sin lo que el mundo estaba mucho mejor? Pero los tauren en particular, cuyo pueblo había dado a la Horda sus druidas originales y quienes habían perdido muchos miembros del Circulo Cenarion, habían estado devastados ante la pérdida de vida.

Sylvanas se había sentado grácilmente durante un ritual para honrar y aliviar sus almas atormentadas. Y ahora estaba escuchando —y esperaba aprobar— planes para mandar a más chamanes y druidas a Silithus a investigar, todo porque Hamuul Runetotem había tenido un sueño horrible.

—Los espíritus gritan —estaba diciendo Hamuul—. Ellos murieron en un esfuerzo por proteger la tierra y ahora la muerte habita ese lugar. Muerte y dolor. No debemos fallarle a nuestra Madre Tierra. Debemos recrear el Fuerte Cenarion.

Baine estaba mirándola de cerca. Algunos días ella deseaba que él pudiera seguir su gran y sangrante corazón y llevara a los tauren hacia la Alianza. Pero su desprecio por la gentileza de los tauren no eclipsaba su necesidad de ellos. Mientras Baine se mantuviera leal —y hasta ahora lo era, cuando contaba— ella seguiría usándolo a él y a su gente para provecho de la Horda.

Junto a Baine se encontraba un representante troll, el anciano Maestro Gadrin. La Jefe de Guerra tampoco estaba emocionada por esa conversación. Había una aspiradora de poder en la jerarquía en ese momento y los trolls eran un pueblo caótico. Sólo ahora, tarde, ella se había dado cuenta cuán tranquilo y centrado había sido Vol’jin. Ciertamente, no se había dado cuenta de cómo había hecho parecer que liderar a la Horda era un trabajo sin esfuerzo. Los trolls exgirían una visita, también, sin duda, para que pudieran hablar sobre sus varias sugerencias para un líder.

Runetotem había terminado su apelación. Ahora todos la miraban, todas esas peludas cabezas con cornamentas giraron en su dirección.

Mientras sopesaba su respuesta, uno de los Caminamillas de Baine, Perith Stormhoof, llegó. Jadeaba pesadamente mientras se agachaba y susurraba en la oreja del Gran Jefe. Los ojos de Baine se abrieron un poco y su cola se movió. Preguntó algo en Taur-ahe, a lo que el corredor asintió. La atención de todos ahora estaba en el líder de los tauren.

Con un semblante solemne se levantó para hablar.

—He sido informado de que pronto tendremos un visitante. Desea hablar con usted, Jefe de Guerra, acerca de lo que sucedió en Silithus.

Sylvanas se tensó un poco pero por fuera estaba tranquila.

—¿Quién es el visitante?

Baine se quedó en silencio por un momento, entonces respondió.

—Magni Bronzebeard. El Portavoz de Azeroth. Requiere que envíe a un mago; es muy pesado para que el ascensor lo traiga con bien.

Todos comenzaron a hablar a excepción de Sylvanas. Nathanos y ella intercambiaron miradas. Su mente acelerándose a mil leguas por segundo. Magni no podría tener nada que decir que ella apreciaría escuchar. Él era el campeón del mundo, y en ese momento, las profundas fisuras de ese mundo estaban produciendo un tesoro espectacular. Tenía que detener eso, ¿pero cómo?

Todo lo que podía hacer, notó, era tratar de minimizar el daño.

—Sé que Magni Bronzebeard ya no es un verdadero enano —dijo—. Pero alguna vez lo fue. Y sé que, para ti, Gran Jefe, el solo pensamiento de acoger a un antiguo líder de una raza de la Alianza debe ser incómodo, si no enteramente repulsivo. Te dejaré la decisión de acogerlo. Soy Jefe de Guerra de la Horda. Cualquier cosa que él tenga que decir, me lo puede decir a solas.

Las fosas nasales de Baine se ensancharon.

—Pensaría que tú de entre todas las personas entenderías cómo una transformación física puede cambiar las opiniones propias, Jefe de Guerra. Una vez fuiste miembro de la Alianza. Ahora lideras a la Horda. Magni ya ni siquiera es de carne.

De ninguna forma era un insulto, sin embargo, de alguna forma, le dolió. Pero no podía contrarrestar la lógica.

—Muy bien. Si crees que es seguro, Gran Jefe.

Los tauren y los trolls siguieron mirándola y le tomó un momento darse cuenta que estaban esperando que ofreciera a su mago. Apretó los labios un momento, entonces se volvió a Arandis.

—¿Acompañarías a Perith a dónde el Portavoz nos espera?

—Por supuesto, Jefe de Guerra —dijo de inmediato. En los incómodos minutos antes de que escucharan el zumbido del portal, el cerebro de Sylvanas comenzó a trabajar en cómo manejar de la mejor forma la inminente conversación.

Cuando Magni apareció, innumerables aspectos de su cuerpo diamantino reflejando la luz del fuego, Baine lo saludó cálidamente.

—Estamos honrados con tu presencia, Portavoz.

—Sí, lo estamos —dijo Sylvanas de inmediato—. Me dijeron que querías verme.

Magni asintió a Baine, aceptando su bienvenida, antes de cuadrar los hombros mientras veía a Sylvanas de frente. Apuntó un dedo diamantino en su dirección.

—Así es —dijo—, y hay mucho que decir. Primero tienes que deshacerte de tus pequeños hombres verdes. Ellos solamente están empeorando algo malo.

Sylvanas esperaba eso.

—Están investigando el área —dijo, manteniendo su voz calmada y suave.

—No, no es así. Están pinchando y picando y a Azeroth no le gusta. Necesita sanar, o va a morir.

Todos los presentes escucharon atentamente mientras el Portavoz explicaba que Azeroth estaba en agonía, atormentada en un dolor que poco a poco la destruía. Su misma esencia estaba saliendo a la superficie y esa esencia era inimaginablemente poderosa.

La última parte ya la sabía Sylvanas. La primera era problemática.

—Tenemos que ayudarla —dijo Magni—, su voz raída y ésta vez ella no lo corrigió.

—Claro que debemos —ella dijo. Esa revelación podía deshacerlo todo—. Imagino que hablarás con la Alianza.

—Ya lo hice —dijo Magni, claramente esperando tranquilizarla—. El joven Anduin y la Liga de Expedicionarios, el Círculo Cenarion y el Anillo de la Tierra van a enviar equipo a Silithus pronto —El Magni Bronzebeard que una vez gobernó Ironforge jamás habría revelado lo que ese Portavoz de Azeroth había hecho. Esa era información valiosa.

—Bien —dijo Baine—. Estamos listos para hacer lo mismo.

No debió hablar antes que su Jefe de Guerra, pero Sylvanas comenzó a tener una idea.

—El Gran Jefe Baine habla por todos nosotros. Lo que has compartido son de verdad noticias graves. Por supuesto que haremos lo que podamos para ayudar. De hecho, —continuó— me gustaría pedirle a los tauren que organicen la respuesta de la Horda.

Baine parpadeó un par de veces, pero además de eso no dio otra indicación de cuán sorprendido estaba sin duda.

—Será un honor —dio y llevó su puño al corazón como saludo.

—Gracias por tu advertencia, Portavoz. Todos existimos en éste preciado mundo. Y los eventos recientes nos han traído a casa a todos, no quedan muchos lugares a los cuales huir si destruimos éste —dijo Sylvanas.

—Eso es… poderosamente iluminado por tu parte —concedió Magni—. Muy bien, entonces. Mi tarea terminó. Sé que los miembros de la Horda y de la Alianza tienen problemas imaginando que no son las únicas personas en éste mundo. Pero hay otras razas a las cuales debo avisar. Como dices, Jefe de Guerra, todos existimos en éste preciado mundo. Retira a tus goblins. De otro modo tendremos que intentar buscar un nuevo mundo para llamar hogar.

Sylvanas no prometió que lo haría, pero sonrió.

—Por favor, permítenos ahorrarte algo de tiempo para llevar a cabo tu tarea. ¿A dónde debería enviarte Arandis a continuación?

—Desolace, creo —Magni musitó —Necesito decirles a los centauros. Gracias, muchachita.

Sylvanas mantuvo esa sonrisa amable en su rostro mientras hervía por ese término demasiado familiar y condescendiente. Todos estaban callados mientras Arandis conjuraba el portal que abría la desolada y fea tierra y Magni lo atravesaba y se desvanecía.

Hamuul suspiró profundamente.

—Es peor de lo que temía —dijo—. Debemos comenzar a trabajar tan pronto como podamos. Gran Jefe, necesitamos a todos aquellos que han trabajado con la Alianza antes de.

—No.

La voz del Jefe de Guerra cortó la conversación con la eficiencia de una cuchilla arrancando una cabeza.

—Jefe de Guerra —dijo Bain tranquilamente—, todos escuchamos las palabras del Portavoz. Azeroth está gravemente herida. ¿Ya hemos olvidado las lecciones del cataclismo?

Las colas se sacudieron. Las orejas bajaron y se agitaron. Los trolls bajaron la mirada y sacudieron las cabezas. Oh sí, todos recordaban el cataclismo.

—No podemos permitir que algo así pase por segunda vez.

Debí haber hecho esto hace mucho tiempo, pensó Sylvanas. Se levantó con gracia y se dirigió al líder tauren.

—Tengo algo que sólo tus orejas deben escuchar, Gran Jefe —dijo, su voz casi un ronroneo—. Camina conmigo.

Las orejas de Baine se alisaron contra su cabeza por un momento, pero asintió y descendió los escalones que llevaban del tipi a lo alto.

Los Altos de Cima del Trueno —Alto de los Espíritus, Alto de los Ancestros y Alto de los Cazadores— estaban conectados por el Alto Central por unos puentes de cuerda y tablas. Sylvanas se maravilló en silencio ante la ingeniería. Parecían tan desvencijados y precarios, pero fácilmente aguantaban el peso de varios tauren cruzando al mismo tiempo.

Sylvanas caminó sin titubear por el medio del puente. Se tambaleó un poco. Desde ahí podía ver el suave brillo de la caverna que albergaba las Pozas de las Visiones. Antes de irse, tendía que visitar ese lugar; era la única congregación de renegados en la capital tauren. Necesitaba volver a casa, a Undercity también: para reunirse con el Concejo Desolado. Para valorar la amenaza —o falta de— por ella misma.

—¿Cuáles son esas palabras que deseas compartir conmigo, Jefe de Guerra? —preguntó Baine.

—¿Mi gente es feliz aquí?

El tauren ladeó la cabeza en confusión.

—Creo que sí —dijo—. Tienen todo lo que han querido y parecen satisfechos.

—Los tauren se hicieron amigos de los renegados cuando fueron rechazados por la Alianza. Por eso siempre estaré agradecida.

Hamuul Runetotem, actualmente una espina en su costado, había argumentado exitosamente que los renegados eran capaces de redimirse. Con libre albedrío, podían escoger expiar lo que habían hecho después de ser asesinados y esclavizados a voluntad del Rey Lich. Había convencido al Jefe de Guerra Thrall, quien sabía una cosa o dos acerca de pueblos vistos como “monstruos”, de admitir a los renegados en la Horda.

Sylvanas jamás olvidaría eso. Ella se giró a Baine, mirándolo.

—Y por eso fue que hice de la vista gorda cuando intentaste una amistad con cierto humano.

—Mi interacción con Jaina Proudmoore se conoce desde hace mucho tiempo —dijo Baine—. Se hizo de conocimiento público en el juicio de Garrosh Hellscream. Me ayudó cuando los Grimtotem estaban en rebelión contra los tauren. ¿Por qué esto te molesta ahora?

—No me molesta. Lo que me molesta es que has seguido intercambiando correspondencia con Anduin Wrynn. ¿Lo niegas?

Se mantuvo en silencio, pero su cola en movimiento lo traicionó. Los tauren eran muy malos mentirosos. Al final habló.

—Yo nunca, por palabra o implicación, promoví nada que pudiera hacer daño a la Horda.

—Te creo. Es por eso que no he interferido hasta ahora. Pero el Príncipe Anduin ahora es el Rey Anduin. Ya no es ese soñador ineficaz. Es el hacedor de políticas. Podría empezar una guerra. Si estuvieras en mi lugar, ¿perdonarías mensajes secretos enviados al rey de la Alianza?

—¿Qué harás? —Baine preguntó con una tranquilidad admirable.

—Nada —dijo—, siempre y cuando la conexión se rompa. Y para demostrarte que no guardo ningún rencor a lo que algunos podrían etiquetar como traición, mantengo mi oferta de permitirte liderar la respuesta para ayudar a sanar Azeroth. De hecho —señaló la entrada de la caverna debajo de ellos—. Hablaré con los renegados aquí y veré si las Pozas de las Visiones pueden ayudar de alguna forma. Dejaré atrás a mi guerrera Cyndia. Ella me mantendrá al tanto de todos los desarrollos.

Volvió a girar hacia Baine. Él se mantuvo tan quieto como si fuera la estatua de un tauren. Incluso su cola había dejado de moverse.

—¿Nos entendemos?

—Perfectamente, Jefe de Guerra. ¿Eso es todo?

—Lo es. Espero que ésta conversación marque el comienzo de un nuevo nivel de cooperación entre los tauren y los renegados.

Baine la siguió, una inminente mole de silencio, mientras regresaban al tipi. Ella informó a aquellos que habían estado esperando ahí acerca de su sugerencia de que los renegados en las Pozas de las Visiones trabajaran con los tauren mientras ellos buscaban sanar al mundo. Cuando Hamuul habló de un nuevo Fuerte Cenarion en Silithus, uno de los trolls habló.

—¿Y qué hay de los goblins? Deben estar tan hinchados como moscas —dijo el troll—. ¿Los retirarán como dijo el Portavoz?

—Los goblins —dijo Sylvanas— saben acerca de los lugares más profundos de la tierra mejor que cualquier otro miembro de la Horda. He hablado con Gallywix y él me asegura que están explorando e investigando —cuando pareció que muchos estaban listos para objetar ella se les adelantó diciendo—. Él me reporta directamente a mí. Y cuando esté lista, compartiré con la Horda lo que he aprendido.

—¿Pero no con la Alianza? —dijo Runetotem.

Cuidadosamente Sylvanas no miró a Baine mientras respondía.

—Magni ya habló con la Alianza. Estoy casi segura de que Anduin no enviará mensajeros a Orgrimmar con sus últimos descubrimientos. ¿Por qué debería hacerlo yo?

—Porque éste mundo nos pertenece a todos —dijo Runetotem con tranquilidad.

Sylvanas sonrió.

—Tal vez un día pronto “todos nosotros” significará “La Horda”. Mientras tanto, pongo los intereses y el bienestar de mi gente antes que a la Alianza que destruyó Taurajo. Sugiero que todos ustedes lo hagan también.

—Pero… —comenzó el archidruida.

Ella se giró a verlo, su rostro frío, sereno, pero sus ojos llenos de un ardiente e iracundo fuego.

—Objeta de nuevo y no lo tomaré bien. Vol’jin y sus loas me nombraron Jefe de Guerra de la Horda. Y como Jefe de Guerra de la Horda, yo decido qué es importante reverla y cuándo y a quién. ¿Se entendió?

Las orejas de Hamuul se aplanaron contra su cráneo, pero habló lo suficientemente calmado.

—Sí, Jefe de Guerra.

Undercity

Parqual Fintallas había sido un historiador cuando todavía respiraba. Sabía todo lo que había que saber acerca Lordaeron y recordaba, con mucho afecto, el tiempo que pasó con su esposa, Mina, y su hija, Philia, en su modesta pero cómoda cámara en la Ciudad Capital. Incluso ahora, podía recordar el olor de la tinta y el pergamino mientras garabateaba notas de varios mohosos tomos antiguos y el tono dorado como la miel de la luz que se filtraba. El chisporroteo del fuego, cálido y reconfortante mientras trabajaba hasta entrada la noche junto a la luz de las velas. A veces Mina enviaba a Philia para entregarle la cena cuando estaba demasiado absorto para ir a la mesa. Él la sentaba en su regazo cuando era más joven y la invitaba a sentarse con él cuando era más grande, animándola a buscar en la masiva biblioteca mientras él se daban un festín con la excelente comida de Mina.

Pero no había fuego chisporroteando en Undercity, ni aromas de pergamino y tinta y deliciosa comida preparada con amor por una cálida y sabia compañera de vida. No hija para acribillarlo con preguntas que habría querido responder. Sólo frialdad, humedad, el nauseabundo olor a podrido y el espeluznante brillo verde del río contaminado que fluía a través de la necrópolis subterránea.

Esos recuerdos estaban demasiado frescos para ser otra cosa que dolorosos, pero seguían siendo dulces. Los renegados estaban fuertemente desalentados de visitar lugares que habían amado en vida. Su hogar ya no era Lordaeron sino Undercity, un lugar que, igual que sus habitantes que ya no tenían necesidad de dormir, no distinguía entre día y noche.

Una o dos veces, Parqual se había escabullido a su antigua morada, llevando libros de contrabando a Undercity. Pero había sido atrapado una vez y amonestado. Sus libros habían sido confiscados. No hay necesidad de recordar la historia humana de éste lugar, le habían dicho. Sólo la historia de Undercity importa ahora.

Con los años, había hecho uso de aventureros para obtener más libros, cada uno preciado para él. Pero no podía usar aventureros que buscaban oro o fama para traer de vuelta lo que había perdido. Mina estaba muerta o era una monstruosidad que farfullaba. Y Philia, su brillante, preciosa muchacha, aún era humana, posiblemente estaría viva. Pero, aun así, estaría horrorizada ante lo que se había convertido su adorado padre.

Durante mucho tiempo, se había creído único en su melancolía. Pero entonces Vellcinda había fundado el Concejo Desolado para cuidar a la ciudad en ausencia de la

Dama Oscura. Lo que había empezado puramente como una necesidad, para Parqual al menos, se había convertido en algo más. Le había dado un sentido de camaradería y el conocimiento de que no todos estaban contentos con solamente servir sin preguntar. Los renegados tal vez no vivían, pero tenían necesidades, deseos, emociones que no estaban siendo atendidas.

Vellcinda creía que Sylvanas los visitaría pronto y que escucharía lo que el concejo tuviera que decir.

Parqual esperaba honestamente que ella tuviera razón, pero tenía sus dudas. Sylvanas necesitaba dejar de forzarlos a vivir de nuevo si no lo deseaban; necesitaba permitirles aceptar sus antiguas vidas igual que su no-muerte.

La historia enseñaba que aquellos que tenían poder generalmente estaban reacios a abandonarlo a menos que se les forzara a hacerlo.

Y en todos esos años de vida y no-muerte, Parqual pocas veces había visto que las lecciones de historia fueran erróneas.

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