Antes de la Tormenta – Capítulo Catorce – Stormwind

Era muy tarde cuando Anduin regresó de Teldrassil. Usó su piedra de hogar para evitar molestar a nadie. Wyll había estado durmiendo por varias horas y Anduin no estaba con ganas de discutir con Genn Greymane todavía. Sin embargo, había alguien con quien deseaba hablar y quería darle la oportunidad de reportarse con noticias antes de marcharse al Templo de la Luz Abisal.

Se había materializado en el recibidor en donde él y su padre habían compartido muchas comidas, debates y discusiones. El fantasma de una sonrisa tocó sus labios al igual que el dolor de la pérdida; entonces se giró y se fue a sus habitaciones privadas, encendió una vela y la colocó en la ventana. La tarea estaba hecha, así que se ocupó de otra, llenar su ruidoso estómago. Después de bajar hacia la cocina, en silencio por la hora, colmó un plato con pan, pinchos de Dalaran y manzanas de corteza de oro. Cuando Anduin volvió a sus aposentos, cerró la puerta detrás de él y dijo:

—Me sentiré tonto si estoy hablando conmigo mismo.

—No lo haces —Valeera estaba ahí. Anduin comenzó a sonreír, entonces vio la expresión en su rostro. De una vez perdió todo el apetito.

—Algo sucede —dijo. Cuando ella no lo negó, el corazón de Anduin se hundió—.

Dime.

Ella cerró los ojos y después, en silencio, le tendió una carta. Por un momento, Anduin no quiso leerla. Quería quedarse con esa inocente ignorancia. Pero eso no era propio de un rey, no uno que quería ser un buen líder para su pueblo, a cualquier precio.

Tragó con dificultad.

—¿Está bien?

—Por el momento —Valeera señaló la carta con la cabeza.

Al menos no ha sucedido lo peor, pensó Anduin. Pero sospechaba saber lo que decía esa carta.

Con mucho pesar abrió la carta, la cual estaba escrita en el código acordado. La tradujo mientras la leía.

Durante años he apreciado nuestra amistad.

Aún lo hago. Pero con gran pesar y

Por el bien de aquellos que me buscan por protección

Sé que ha llegado el momento de terminarla.

Anduin sintió un vacío en el estómago. Ella sabe. Continuó leyendo.

No te pondré ni a mi gente ni a ti, amigo, en Ningún riesgo.

Todavía creo que llegará el día cuando

Podamos hablar abiertamente, con el apoyo de toda nuestra gente.

Pero ese día aún no ha llegado.

Que la Madre Tierra te cuide.

Anduin había estado esperando eso a medias en cuanto Sylvanas se convirtió en líder de la Horda. Pero, aun así, se sintió como un golpe físico. Desde el día en el que se materializó por accidente en medio de una reunión entre Baine Bloodhoof y Jaina Proudmoore, le había agradado el líder tauren. Como Baine, Anduin había pensado que eran amigos. Pero de pronto ahora estaba siendo asediado por la duda.

Baine había expresado sus condolencias por la muerte de Varían, recordándole a Anduin que él, también, había perdido a su padre. Los reportes iniciales de Genn Greymane y otros eran que Sylvanas los había traicionado, abandonando a Varian y aparentemente a todos los miembros de la Alianza, a su muerte cuando ella se retiró de la Costa Abrupta sin avisar. Baine, que había estado ahí, le había contado una historia diferente a Anduin. Otra ola de demonios había aparecido, dijo, y Sylvanas reportó que un moribundo Vol’jin le había ordenado que empezara la retirada.

¿Baine le había mentido?

No. El corazón de Anduin estaba dolido, pero no había ninguna señal de peligro o engaño por parte de sus, alguna vez, destrozados huesos. Baine le había dicho la verdad y lo sabía. Sin embargo, nadie excepto Sylvanas, o eso parecía, habían de verdad escuchado la orden de Vol’jin.

No dejaré que Sylvanas destruya mi fe en Baine, pensó con decisión. Con un gran suspiro, se levantó y arrojó la carta al fuego, miró cómo las llamas se avivaban intensamente y reducían el pergamino a una retorcida bolla y después a cenizas.

—¿Perith aceptó mi carta? —Anduin preguntó, forzando su voz a ser calmada y llana.

—No —respondió Valeera. Otro golpe al estómago—. Pensó que pondría en peligro a su Gran Jefe. Hay muchos ojos sobre ellos.

—Perith es muy sabio —respondió Anduin.

—Pero dijo que le diría a Baine lo que decía la carta.

—Tenía la esperanza de que Baine apoyara mi plan.

—Puede que lo haga.

—O puede que no haga nada que pueda parecer una deslealtad. No puedo culparlo. Yo haría lo mismo. Un líder que pone en riesgo a su gente no es ningún líder —Anduin mantuvo su mirada en las llamas.

Valeera se paró junto a él.

—Hay una cosa más —dijo—. Baine quería que tuvieras esto.

Ella extendió la mano. Una pequeña pieza que parecía un hueso, no más grande que la uña de Anduin, descansaba en su palma enguantada. Le tomó algunos segundos a Anduin comprender qué estaba mirando, y cuando lo hizo, perdió el aliento.

Era un pedazo del cuerno de Baine, astillado en una ofrenda de respeto y amistad.

Su mano se cerró lentamente sobre él.

—Lo lamento, Anduin. Sé que es decepcionante.

Ella lo estaba también. La miró, sonriendo tristemente, recordando los días no tan lejanos cuando ella era mucho más alta que él.

—Lo sé —dijo—. Y te agradezco por esto. Por todo. Parece que cada día que pasa se reduce el número de personas en las que puedo apoyarme.

—Espero que siempre me cuentes dentro de ese grupo —dijo Valeera.

—Jamás lo dudes —le aseguró Anduin.

Sus ojos buscaron los de él durante un momento.

—Eres una persona amable, Anduin. Está en tu naturaleza pensar lo mejor de las personas. Pero también eres un rey —dijo Valeera tranquilamente—. No puedes darte el lujo de ser incauto.

—No —aceptó con tristeza —No puedo.

Se quedaron de pie junto al fuego durante un largo rato.

Silithus

Las dos lunas habían salido esa noche. Sapphronetta Flivvers, las miraba después de un largo día de viaje y de establecer el campamento, le dijo a su acompañante.

—Son muy hermosas, sabes.

La Centinela elfa de la noche, Cordressa Briarbow dijo:

—¿Sabes su nombres?

El calor se agoló en el rostro redondo de la gnoma.

—Uhm… Una es Azul… ah… algo —ante la suave risa de la elfa de la noche, Saffy se sonrojó aún más. Su ex esposo siempre le había dicho cuán adorable se veía cuando se sonrojaba, lo que Saffy detestaba y lo que la hacía ruborizarse —¡no sonrojarse!— por el enfado cada vez que él lo decía. Algo que por supuesto lo alegraba más.

—Lo lamento —dijo—. Verás, he pasado casi toda mi vida en el subterráneo o en un laboratorio. Me temo que no salgo mucho.

—Sabes mucho acerca de muchas cosas que jamás podría entender, Sapphronetta —dijo Cordessa amablemente—. Nadie puede saberlo todo.

—Intenta decirle eso a mi ex esposo.

De nuevo una suave risa.

—Las lunas se llaman la Niña Azul y la Dama Blanca, la madre de la Niña. La Dama Blanca tiene nombres distintos. Mi pueblo la llama Elune. Los tauren la llaman Mu’sha. Una vez cada 430 años, algo realmente maravilloso sucede. Las lunas se alinean con la otra y por unos preciosos, gloriosos momentos parece como si la Dama estuviera sosteniendo a su Niña. Nuestro mundo se baña en con una luz blanca azulada y parece que incluso el tiempo se detiene si lo miras con el corazón abierto.

Mirando a aquellos hermosos orbes, Saffy dejó escapar un suave suspiro de asombro.

—¿Cuándo pasó por última vez? —preguntó pensando si había aprendido ese interesante información a tiempo para apreciar el evento.

—Hace cinco años.

El rostro de Saffy se apenó.

—Oh —dijo—. Creo que posiblemente no estaré aquí para verlo.

La longeva elfa, quien probablemente estaría cerca para verlo, no respondió.

—Pero puedes verlas a ambas ahora en el despejado y hermoso cielo del desierto.

Esa era tal vez la primera vez que Saffy había escuchado la palabra “hermoso” para describir algo concerniente a Silithus. Incluso antes de tener una inmensa espada sobresaliendo de ella, era un lugar horrible. Su mirada viajó a la espada. Era difícil no verla. No sólo era enorme, sino que estaba rodeada de una espeluznante aura de luz roja, así que era una ofensa a la vista a cualquier hora del día y la noche. Esa monstruosidad negra había sido clavada a la mitad del pobre suelo. Fisuras vaporosas se habían revelado, produciendo la misteriosa Azerita en sus dos formas —fluido y pedazos endurecidos de color dorado y azul— Saffy se sentía más que frustrada de que Mekkatorque y Brann Bronzebeard la enviaran en una expedición antes de que ella tuviera la oportunidad de realmente tocar esa cosa. Sus notas ayudaban, pero ella no podía esperar para ver, y sentir, la sustancia por sí misma.

Y el desierto que rodeaba la espada era ardiente, llena de insectos de todos tamaños y formas, cultores, cosas misteriosas escondidas en las rumas… ¿eso era hermoso?

Bien, de acuerdo, Saffy podría aceptar que el cielo era hermoso. Ella miró de reojo a su compañera, su rostro respingado y bañado por la luz mientras sonreía un poco. Otros miembros de la Liga de Expedicionarios también se habían detenido para contemplar el par de lunas. De nuevo Saffy las miró. ¿Cómo podían ser tan tranquilas, la Niña Azul y la Dama Blanca? Sólo, navegando a través del cielo nocturno, dichosamente inconscientes de que debajo de ellas una ¡espada gigante sobresalía del mundo!

Fue ahí cuando Saffy se dio cuenta de que había hablado en voz alta. Se llevó una mano a la boca. Esperando risas o escarmientos por su arrebato, se sorprendió de que Cortessa hubiera apoyado una mano gentil en su hombro, teniendo que inclinarse para hacerlo.

—Dices todo lo que nosotros pensamos —dijo—. Su paz es envidiable. Pero nosotros lo sabemos. De alguna forma, envidio a los druidas del Círculo Cenarion y a los chamanes del Anillo de la Tierra. Todos están buscando forma de ayudar directamente a Azeroth. Eso debe ser muy gratificante.

Ahora era el turno de Saffy para tranquilizar a la elfa de noche.

—La Liga de Expedicionarios también tiene un papel aquí. La última vez que las cosas se pusieron feas en éste lugar, fue porque algo bastante antiguo se irritó.

Señaló con un dedo en dirección a la espada.

—Magni nos dijo que Azeroth estaba sufriendo. Pero tampoco sabemos que tan profundo llega esa cosa; lo que Sargeras pudo haber molestado o despertado que esté contribuyendo a su sufrimiento. Y ésta vez estamos caminando directamente en un área que sabemos es peligrosa. La Suma Sacerdotisa Tyrande y tú están ayudando a Azeroth protegiéndonos.

Nosotros. Era la primera expedición de Saffy, aunque había sido un miembro consultor en la Sala de Expedicionario durante un tiempo. Todo eso era terriblemente emocionante, aunque ella estaba mitigada por la proximidad de tantos goblins.

Cordressa le sonrió.

—No he trabajado mucho con tu pueblo —dijo—. Pero si eres una representante típica de los gnomos, claramente debo rectificarlo.

Saffy volvió a sonrojarse.

—Todos hacemos lo que podemos —dijo. Había sido escogida porque era una geóloga muy reconocida especializada en mineralogía. Los arqueólogos del equipo debían estar buscando a los Dioses Antiguos, tecnología antigua del día del juicio, las cosas usuales. A Saffy la había llamado específicamente para estudiar la Azerita.

Dado que realmente pudieran obtener algo de Azerita. Los goblins —oh, cuánto odiaba a los goblins— estaban agachado sobre los visibles surcos de esa cosa y estaban gestionando feas incursiones mineras. Durante los últimos dos días, los miembros de la liga se habían mantenido alejados y seguros, observando con sus telescopios y varios dispositivos con los que Mekkatorque los había equipado.

A pesar de ser un método frustrante y crudo, Saffy ya había aprendido mucho con su observación. Primero que nada, la Azerita era líquida cuando sangraba de la tierra, volviéndose sólida solamente cuando era expuesta al aire. ¡Fascinante!

La otra cosa era que el suelo cerca de la espada era cálido todo el tiempo, no solamente durante el día. Los desiertos tenían temperaturas salvajemente cambiantes, desde abrasador en el día, hasta si no exactamente frío sí considerablemente más fresco en la noche. Pero no Silithus, no ahora.

Saffy estaba ansiosa por poner sus manos en más de ese material. Había sido añadida al equipo después de que el rey de Stormwind hubo visitado Ironforge, dejándolos solamente con un pequeño pedazo para estudiarlo. La siguiente tarea sería enviar exploradores para adquirir más muestras de Azerita, de preferencia de lugares diferentes. Entonces Saffy podría hacer lo que más amaba: analizar, estudiar y comprender.

Le dolía -le dolía físicamente- pensar en todos esos goblins perdiendo el tiempo con esa sustancia preciosa. El único valor que tenía para ellos era cómo “transmutar” oro líquido en monedas de oro. Goblins. ¿Cómo era posible que alguien pudiera soportar hacer negocios con ellos? Cosas asquerosas. Todo se trataba de llamar la atención, no de la ciencia.

—Tus pensamientos no son felices, Sapphronetta —dijo Cordressa. Saffy se dio cuenta que, aunque su rostro aún miraba a las lunas, están haciendo muecas—. Ven. Vamos a comer algo. Después algunas de mis hermanas Centinelas se quedarán y te cuidarán mientras duermes.

—¿Algunas?

La elfa de la noche sonrió, sus ojos resplandeciendo en la oscuridad tan brillantemente como lo hacían las lunas.

—Algunas. Y algunas otras comenzarán la primera misión de exploración.

Eso tenía sentido. Los kaldorei eran llamados elfos de la noche por otra razón demás de los tonos crepusculares de sus pieles y cabellos. Estaban acostumbrados a cazar durante la noche.

Saffy estaba emocionada.

—¡Tal vez regresen con muestras que pueda estudiar!

—Tal vez, aunque espero que las muestras vengan después. Debes cultivar la paciencia. Es muy probable que regresemos ésta noche con información acerca de los números enemigos y su localización. Tal vez incluso información acerca de sus planes —Sonriendo con travesura, tocó una de sus largas orejas púrpuras—. No solamente vemos bien, también escuchamos bien.

Saffy rio.

* * *

La cena, como siempre era el caso cuando los enanos estaban involucrados, era abundante, una comida llenadora acompañada con bastante cerveza. Saffy no quería pensar demasiado acercad e qué era “rociarse con cerveza” ahí. Había escuchado a una de las Centinelas hablando afectuosamente acerca de las viscosas patas de araña que tuvo cuando crecía y eso había sido más que suficiente.

Después de la cena, dos Centinelas, incluyendo a Cordressa, se escaparon en silencio hacia la cálida noche. El líder de la expedición, Gavvin Stoutarm, junto a cinco miembros de la liga y les habló.

—Somos un grupo muy unido —dijo— y no estamos acostumbrados a que los elfos de la noche sean parte de nuestras filas —Aunque la Liga de Expedicionarios estaba abierta a todas la razas de la Alianza, parecía atraer principalmente a humanos y enanos, con los extraños gnomos y los huargen apareciendo de vez en cuando. Los elfos de la noche eran una vista extraña, pues ellos usualmente estaban en contra de molestar a la tierra con el propósito de remover artefactos de donde se encontraban escondidos.

—Estoy orgulloso de cómo todos ustedes han estado interactuando con ellos. Todos estamos juntos en éste pobre mundo y todos estamos aunando esfuerzos. Sin ofender a los otros guardias que hemos tenidos, pero creo que estaremos durmiendo más profundamente de lo usual ésta noche.

—¡Och, Gavvin, tú dormirás profundamente porque te bebiste alrededor de seis pintas de cerveza!

Las carcajadas llenaron el aire nocturno, con Gavvin Stoutarm, quien ciertamente satisfizo su sed, riendo más escandalosamente.

—A dormir —dijo.

A pesar de las palabras alentadoras, Saffy tuvo problemas para dormir. Dio vueltas en la cama, primero dentro su saco de dormir y después sobre él —estaba haciendo un calor terrible— y después de nuevo dentro porque se dio cuenta de que afuera de su saco de dormir significaba insectos y arena.

Estaba acurrucada, sofocada, escuchando los ruidosos sonidos nocturnos de cuatro enanos roncando lo suficientemente fuerte para despertar a los muertos. Era algo bueno que hubiera Centinelas montando guardia, pensó. Por otro lado, los jadeos y los bufidos de Stoutarm hubieran guiado a los goblins hacia ellos masivamente únicamente para callarlo.

Saffy debió haber estado más cansada de lo que pensaba. En algún momento entre los ronquidos y los insectos y el calor y la arena, se quedó dormida.

Se despertó por el asqueroso sonidos de goblins bramando, el chasquido de rifles y el estampido del acero contra el acero. Se enderezó y batalló por escapar de las limitantes hileras de tela, Saffy fue por la pistola que guardaba bajo su almohada y se recuperó. Su corazón palpitaba salvajemente en su pecho mientras observaba casi frenéticamente, apenas capaz de asimilar la escena que se desenvolvía ante ella.

La luz de las lunas, tan agradable y tranquilizante antes, ahora parecía fría e indiferente mientras iluminaba los cuerpos de dos Centinelas muertas. Su sangre se veía negra bajo la pálida luz azulada de la luna y el brillo había escapado de sus ojos, dejándolas como dos pozos oscuros de sombras. Había otro cuerpo también —un cuerpo que Saffy no quería mirar por temor, el pánico estaba arañando la parte posterior de su cerebro y se zambullía a la parte frontal apagando su habilidad para pensar, Saffy, pensar—.

Su ex esposo había insistido en que tuviera un arma. Ella le dijo que tomaría un laboratorio antes que un arsenal cualquier día, pero en ese momento deseó haber practicado con esa cosa. ¿Por qué no había llevado con ella el Lightning Blast 3000? Hubiera podido hacerlo funcionar.

Saffy agarró la pistola con sus pequeñas y temblorosas manos, sacudiéndola hacia el ruido de cada nuevo horror que se desarrollaba. Enanos fieros y escandalosos maldiciendo llevó una avalancha de lágrimas llenas de alegría a sus ojos. Por lo menos Gavvin Stoutarm aún estaba vivo, y golpeando y mordiendo por el furioso sonido de un goblin que chillaba.

La suave boca de la goblin se volvió una fuerte línea. Forzó sus manos a dejar de templar y se enfocó, no en los horribles y dolorosos sonidos que sus amigos hacían mientras peleaban y…

Morían, Saffy, están muriendo.

Y apuntó la pistola a una forma agachada de largas orejas que estaba borrando las estrellas del horizonte.

Apretó el gatillo. Hubo un grito de dolor muy gratificante. La bomba que resultó la envió hacia atrás y se revolvió un poco con sus pies solamente para descubrir con horror que el goblin no había sido despachado sino solamente enfurecido.

—Por qué, pequeña.

Saffy volvió a disparar, pero ésta vez el disparo se fue desviado mientras la forma oscura se acercó y la tomó del hombro. Él lo apretó fuertemente y con un grito de dolor y furia, la mineralogista fue forzada a dejar caer el arma.

—¡Oye! ¡Kezzig, es una dama gnomo!

—Sí —dijo el agresor de Saffy, haciendo un puño y retirando su brazo—, y voy a golpearla. oh —el puño se detuvo a medio camino—. Tal vez ella no sea la indicada.

—Ella se ajusta perfectamente a la descripción. Sabes las reglas.

—Sí, sí, estúpidas reglas —murmuró el goblin llamado Kezzig. Bajó el puño. Saffy tomó esa oportunidad para retorcerse, tratando al mismo tiempo de librarse y morder el brazo musculoso.

Kezzig chilló de dolor, pero no la soltó.

—De acuerdo, pequeña salvaje, se cerraron las apuestas.

La última cosa que Sapphronetta Flivvers vio fue un puño enorme y oscuro perfilado contra el demasiado calmado, demasiado imparcial cielo nocturno.

Regresar al índice de Antes de la Tormenta

Share

Deja un comentario

Tu email nunca se publicará.