Antes de la Tormenta – Capítulo Ocho – Ironforge

Magní Bronzebeard los esperaba en la Sala de los Expedicionarios.

Anduin, que alguna vez pareció desesperado por ayudar mientras el rey era agonizantemente transformado en una piedra brillante, había pensado que estaría preparado para encontrarse con el Magni despierto.

No lo estaba.

Magni estaba de pie debajo el esqueleto del pteranodón dando la espalda a la entrada, inmerso en una conversación con Velen y el Alto Expedicionario Muninn Magellas. Falstad y Muradin estaba de pie junto a ellos, escuchando atentamente, sus pobladas cejas casi juntas por la preocupación.

El Manitas Mayor Gelbin Mekkatorque, el líder de los gnomos de barba blanca cuya actitud alegre desmentía su profunda y callada sabiduría, también había sido requerido. Anduin había agendado una reunión con él para el día siguiente. Los gnomos habían sido invaluables contra la Legión y quería asegurarse de tener una oportunidad de agradecerle a los físicamente pequeños, pero, tal vez, intelectualmente grandes miembros de la Alianza. La presencia del consejero del manitas mayor, el tosco guerrero el Capitán Tread Sparknozzle, cuyo parche negro en el ojo era una prueba de sus años de experiencia en el campo de batalla, indicaban que esa no era una simple visita diplomática de parte de Magni.

Cuando la brillante figura giró hacia Anduin, el joven rey se sintió como si lo hubieran golpeado en el estómago. Una cosa hecha de piedra no debería moverse con tanta gracia, ni su barba de diamante debería agitarse con ese movimiento. Magni no era ni el enano que alguna vez fue ni la estatua en la que se había convertido; era ambas y ninguna y la yuxtaposición golpeó profundamente a Anduin. Sin embargo, un latido después, la gratitud y la alegría lo embargaron por las palabras de Magni.

—¡Anduin! ¡V aya, has crecido!

La frase que más detestaban los niños de todos lados se transformó por el poder de la nostalgia y la inexorable llegada de la juventud. Era una frase tan ordinaria, tan real, que la ilusión de “otro” quedó tan destruida como la prisión diamantina de Magni. La voz era cálida, vivaz y definitivamente muy Magni. Anduin se preguntó si la “piel” de diamante también sería cálida en caso de que pudiera tocar al ser que se acercaba a él dando zancadas. Pero los espolones y los fragmentos que salpicaban su forma enana impidieron los apretones de manos entusiastas y los abrazos estrujadores que a Magni le gustaba en su anterior encarnación.

¿Moira o Dagran habían encontrado una forma de hacerlo? ¿Magni alguna vez deseó poder otorgar esos gestos que daba tan libremente durante su vida como un ser de carne y hueso? Por el bien de todos, Anduin esperaba que sí. Moira había pedido a Belgrum que cuidara de Dagran quien había protestado pues quería encontrarse con su abuelo. Ya veremos, dijo. Su cara no era exactamente dura pero parecía preocupada.

—Magni —dijo Anduin—. Es bueno verte.

—Y a ti y a mi hija —Magni desvió sus ojos de piedra hacia Moira—. Me atrevo a pensar que una vez que mi deber hay terminado aquí, tal vez podré ver a mi nieto. Pero tristemente, ahora no he venido de visita.

Por supuesto que no. Magni hablaba por Azeroth ahora y ese era una gran y seria labor. La mirada de Anduin se desvió hacia el draenei. Velen no eran un alma sensible. Sonreía fácil y cálidamente y se reía constantemente. Sin embargo, había conocido tanto dolor que esas viejas arrugas en su cara lo recordaban, traspasando su semblante como si hubiera sido cincelado y ahora tenía una expresión triste.

Magni contempló seriamente a Moira, Anduin y Velen.

—Los he buscado a ustedes tres no porque sean los líderes de su gente sino porque son sacerdotes.

Moira y Anduin intercambiaron miradas sorprendidas. Anduin estaba al tanto de esa generalidad, por supuesto, pero por alguna razón no había pensado demasiado en ello.

—Ella está sufriendo mucho —dijo, su rostro diamantino, aparentemente duro, frunció el ceño fácilmente en una mueca empática. Anduin se preguntó si el ritual que había transformado a Magni significaba que podía sentir el dolor de Azeroth literalmente. Anduin pensó en la destrucción de Silithus, del inconcebible tamaño de la espada ahora destacando sobre el paisaje. Si el último intento de Sargeras de destruir Azeroth había estado tan cerca de tener éxito, era un pensamiento aterrador.

—Necesita sanación. Y eso es lo que los sacerdotes hacen. Ella dejó muy claro que todos deben sanarla o todos perecerán.

Velen y Moira se miraron.

—Creo que las palabras que tu padre ha dicho son verdaderas —dijo el draenei—. Si no nos hacemos cargo de nuestro mundo herido, tantos de nosotros como sea posible, entonces seguramente todos de verdad pereceremos. Hay otros que deben escuchar éste mensaje.

—Bien —dijo Moira—, y creo que es hora de que el muchacho conozca al resto de nosotros.

Y como si fueran uno, ambos giraron para mirar directamente a Anduin.

Anduin hizo una mueca llena de confusión.

—¿El resto de quiénes?

—Otros sacerdotes —dijo Moira—. El Profeta y yo hemos estado trabajando con un grupo que estás más que preparado para conocer.

Y entonces Anduin lo entendió.

—El Cónclave. En el Templo de la Luz Abisal.

Solamente el nombre pareció llenar de calma el alma de Anduin, casi como desafiando la historia del templo como la prisión de Saraka, un señor abisal y un Naaru caído, y su ubicación en el corazón del Vacío Abisal. Durante eones los draenei habían estudiado a ésta criatura. Apenas recientemente habían sido capaces de purificarlo. Ahora, como su verdadero yo, Saa’ra, el Naaru permaneció aceptando su antigua prisión como un santuario ofrecido a otros.

Anduin había escuchado acerca de la batalla que se había desarrollado en los primeros días de la invasión de la Legión. Y conoció a muchos de los que ahora caminaban por esos pasillos sagrados, como el propio Naaru, aquellos que habían caído en la oscuridad, pero habían sido llevados nuevamente hacia la Luz. Esos sacerdotes, conocidos como el Cónclave, se habían acercado a otros en Azeroth para que se unieran a ayudar en la resistencia al embate de la Legión. A pesar de que la amenaza había terminado, el Cónclave aún existía, ofreciendo ayuda y compasión a todos aquellos que buscaran la Luz.

—Lo que el Cónclave hizo y continúa haciendo es muy importante —dijo Anduin. Durante la guerra, habían deambulado por Azeroth reclutando sacerdotes para atender a aquellos que se encontraban en las líneas de ataque contra la Legión. Ahora ellos todavía atendían a aquellos valientes luchadores mientras lidiaban con las heridas duraderas en cuerpo, mente y espíritu. No todas las cicatrices eran físicas—. Ojalá hubiera podido asistir en sus esfuerzos durante la guerra.

—Querido muchacho —dijo Velen—, siempre has estado exactamente en donde necesitabas estar. Tenemos nuestros propios caminos, nuestras propias luchas. El destino de mi hijo era mío. El camino de Moira es sobreponerse a los prejuicios y defender a los Dark Iron que creen en ella. El tuyo era suceder a un gran rey y gobernar a la gente que te ha amado desde tu nacimiento. Es tiempo de abandonar los remordimientos. No hay lugar para ellos en el Templo de Luz Abisal. Es un lugar inundado solamente de esperanza y determinación para seguir a la Luz hacia donde nos guíe y llevarla a los lugares oscuros que necesitan su bendición.

—Como es usual, el Profeta está totalmente en lo cierto —dijo Moira—. Aunque debo admitir que estoy complacida de finalmente poder compartir éste lugar contigo. A pesar de la terrible naturaleza de ésta visita, yo sé que ahí encontrarás algún bálsamo para tu alma. Es imposible no hacerlo.

Habló como si ella misma hubiese encontrado tal bálsamo. Anduin pensó en ese extraño material a salvo dentro de su bolsillo. Había planeado mostrárselo a los Tres Martillos después de lo que se suponía sería una caminata agradable. Ahora se daba cuenta de que nadie podría identificar esa piedra mejor que Magni, quien todavía era uno con la tierra.

—Iremos, pero no todavía. Te agradezco por tu mensaje, Magni. Y… hay algo que necesito mostrarte. A todos ustedes. —Resumió brevemente lo que sabía acerca de ese material de color ámbar, dándose cuenta a medida que hablaba que era bastante poco.

—No sabemos mucho —finalizó—, pero creo que podrás decirnos más.

Sacó el pañuelo y lo desdobló. La pequeña gema brilló en aquellos cálidos tonos ámbar y azul.

Los ojos de Magni se llenaron de lágrimas de diamante.

—Azerita —exhaló.

Azerita. Por fin tenía un nombre para eso.

—¿Qué es? —preguntó Moira.

—Och —dijo Magni suavemente, tristemente—. Les dije que estaba sufriendo. Ahora pueden verlo por ustedes mismos. Esto… es parte de ella. Es… bah, esto es difícil de poner en palabras. Su esencia, supongo que eso servirá. Más y más de esto está saliendo a la superficie.

—¿No puede curarse a sí misma? —quiso saber Mekkatorque.

—Claro, ella puede y lo hace —respondió Magni—. No han olvidado el cataclismo, ¿verdad? Pero esa cosa vil con la que el bastardo la empal. —negó con la cabeza, parecía como alguien que estaba perdiendo a su amada. Anduin supuso que era así.

—Esto es un esfuerzo bueno y noble que ha hecho, pero uno que está destinado al fracaso. Azeroth no puede hacerlo por si sola. No ésta vez. ¡Es por eso que ella está pidiendo nuestra ayuda!

Todo tuvo sentido. Perfecto y devastador sentido. Anduin pasó la pequeña muestra de Azerita a Moira. Al igual que todos, sus ojos se abrieron mucho con la pregunta de qué era lo que sentía.

—Te escuchamos —le dijo a Magni, mirando profundamente en sus ojos diamantinos—. Haremos todo lo que podamos. Pero también debemos asegurarnos de que ésta. Azerita. no será usada por la Horda.

La piedra de Azerita ahora descansaba en las manos de Muradin. Frunció el ceño.

—Suficiente de esto y podrías destruir una ciudad entera.

—No estamos en guerra —dijo Anduin—. Por ahora nuestra tarea es doble y es clara. Necesitamos sanar a Azeroth y necesitamos mantener esto —y aceptó la Azerita— lejos de la Horda.

Contempló a Mekkatorque.

—Si alguno puede averiguar cómo darle a esta. esta esencia un buen uso para un propósito que valga la pena, es tu gente. Magni nos dijo que Azeroth está produciendo grandes cantidades de ésta sustancia. Te enviaremos muestras cuando las tengamos.

Gelbin asintió.

—Pondré a mis mejores mentes en ello. Creo que conozco a la persona correcta.

—Y yo hablaré con los otros miembros de la Liga de los Expedicionarios y enviaré a un equipo hacia Silithus —dijo Magellas.

—Todo eso es magnífico —dijo Magni igualmente mientras movía la cabeza con tristeza. A Anduin le dijo—. Oye, yo sé que todo esto ha sido una sorpresa para ti, muchacho. Váyanse los tres. Diríjanse a la sala de los sacerdotes y háganles saber que el mundo entero podría estar muriendo —se aclaró la garganta y se irguió—. Muy bien. Mi trabajo está hecho. Me iré.

—Padre —dijo Moira—. Si ella no… no te ha llamado entonces me gustaría pedirte que te quedaras un momento —respiró hondo—. Hay un pequeño muchacho que me ha estado molestando acerca de conocerte desde hace un tiempo.

El Templo de la Luz Abisal

Anduin atravesó un portal hacia un reino de maravillas tan hermoso, tan lleno de Luz que su corazón pareció romperse incluso mientras se hinchaba de alegría.

Había pasado tanto tiempo en el Exodar que estaba acostumbrado a la punzante luz púrpura y la sensación de paz que impregnaba el lugar. Pero esto. esto tenía la esencia del Exodar escrita a lo largo, pero con un toque diferente.

Las inmensas estatuas talladas de los draenei debieron ser intimidantes, elevándose sobre los visitantes al igual que ellos. En su lugar, se sentían como presencias protectoras y benevolentes. El sonido melódico de los afluentes de agua llegaba por ambos lados de la rampa por la que Anduin descendía; chispas de luz flotaban delicadamente, como si fueran creadas por el suave chapoteo.

Inspiró profundamente el dulce y limpio aire como si nunca antes hubiera expandido sus pulmones. Más al fondo del templo, siguiendo la larga y delicada pendiente había un grupo de personas. Él sabía quiénes eran o, mejor dicho, lo que representaban y el conocimiento lo inundó con una alegre y silenciosa anticipación.

Velen apoyó una mano en el hombro del rey como había hecho tantas veces durante los últimos años y sonrió.

—Sí —afirmó, notando la pregunta sin hacer de Anduin—. Todo están aquí.

—Cuando dijiste sacerdotes —dijo Anduin—, asumí que te referías a.

—Sacerdotes igual que nosotros —finalizó Moira. Hizo una seña hacia los muchos individuos arremolinándose a su alrededor. Entre ellos Anduin no solamente vio humanos, gnomos, enanos, draenei y huargen —esos que estarían en casa en la Catedral de la Luz de Stormwind— sino también a elfos de la noche quienes adoraban a la diosa de la luna, Elune; tauren que seguían a su dios sol, An’she y…

—Renegados —murmuró mientras se le erizaban los vellos de los brazos y de la nuca.

Uno de ellos se puso de pie, su encorvada espalda hacia él, hablando animadamente con un draenei y un enano. Había otro grupo acercándose a una de las alcobas de la sala, cargando cuidadosamente pilas de, sin duda, tomos antiguos. Éste consistía en un renegado, un elfo de la noche y un huargen.

Las palabras no le salían. Anduin se encontró a si mismo mirando abiertamente y resistiéndose a pestañear por temor a que todo resultara ser un sueño. En Azeroth, estos grupos se estarían matando mutuamente -o, al menos, sospecharían, temerían y estarían llenos de odio. El melódico sonido de una risa gutural de un elfo de la noche flotó hacia él.

Velen parecía completamente satisfecho, pero Moira lo miraba con cautela.

—¿Estás bien, Anduin?

Él asintió.

—Sí —dijo con voz ronca—. Podría decir con toda honestidad que nunca me he sentido mejor. Esto. todo esto. —sacudió la cabeza, sonriendo—. Es lo que he soñado con ver durante toda mi vida.

—Antes que nada, somos sacerdotes —llegó una voz. Era masculina, cálida y jovial, aunque tenía un timbre peculiar y, mientras Anduin se giraba, esperaba conocer a un sacerdote de la Luz humano.

Se encontró cara a cara con un renegado.

Anduin, a quien le enseñaron desde niño a no mostrar sus emociones, esperó haberse recuperado lo suficiente, pero por dentro se estaba devanando.

—Así parece —dijo, su voz traicionando su sorpresa muy a su pesar—. Y estoy feliz por eso.

—Su Majestad —dijo Velen —permítame presentarle al Arzobispo Alonsus Faol.

Los ojos del renegado brillaron con un espeluznante tono amarillo. Era imposible que brillaran con diversión como lo harían los de un hombre vivo, pero de alguna forma lo hicieron.

—No tema no reconocerme —dijo el arzobispo—. Sé que no me parezco a mi retrato —Alzó una mano huesuda y se acarició la barbilla—. Como puede ver, he perdido la barba. También he adelgazado un poco.

Oh, sí, esos ojos no-muertos estaban centelleando.

Anduin abandonó toda esperanza de comportarse de la forma típica real ahí. Antes que otra cosa somos sacerdotes, el ser no-muerto le había dicho y él descubrió que era un alivio dejar de lado la carga de la realeza, por lo menos temporalmente. Sonrió e hizo una reverencia.

—Es un hombre fuera de la historia, señor —Anduin le dijo al arzobispo con voz de asombro—. Fundó la orden de los paladines: La Mano de Plata. Uther el Lightbringer fue su primer aprendiz. Y Stormwind no estaría de pie hoy de no ser por sus diligentes esfuerzos. Decir que es un honor conocerlo no es suficiente. Usted fue… usted es uno de mis héroes.

Anduin era absolutamente sincero. Había hojeado todos los gruesos tomos acerca del benevolente, el sacerdote Gran Padre Invierno. Las palabras en esas páginas pintaban la imagen de un hombre que reía fácilmente, pero se mantenía tan fuerte como una piedra. Los historiadores, usualmente contentos con grabar simples datos, habían sido elocuentes acerca de la calidez y la bondad de Faol. Los retratos lo mostraban como un hombre bajito y corpulento con una barba tupida y blanca. El no-muerto que estaba de pie frente al rey de Stormwind aún era más bajito que la media, pero irreconocible de otro modo. La barba ya no estaba. ¿Afeitada? ¿Podrida? Y el cabello era oscurecido con sangre seca e icor. Olía como un pergamino viejo: polvoriento, pero no era desagradable. Faol había muerto cuando Anduin era un niño y nunca había llegado a conocerlo.

Faol suspiró.

—He hecho y he sido esas cosas que has dicho, es cierto. También he sido un descerebrado esbirro del Azote —alzó sus huesudos brazos señalando ese glorioso templo y a aquellos que estaban ahí—. Sin embargo, aquí lo único que importa es que primero soy un sacerdote.

—He estado trabajando con el arzobispo desde hace un tiempo —dijo Moira—. Me ha estado ayudando a mí y a los Dark Iron a encontrar y reunir sacerdotes para el templo. Necesitábamos hacerlo para poder hacer frente a la Legión, no obstante, incluso ahora que la crisis ha pasado, aún continúo viniendo aquí. El arzobispo es una buena compañía. Tomando en cuenta que él es, después de todo… tú sabes —se detuvo—. Un hombre sin barba.

Anduin rio. Sintió una calidez familiar y acogedora en el pecho mientras miraba alrededor, tratando de ser más considerado en su evaluación sobre el lugar. ¿Podría ser un modelo para el futuro? Seguramente si gnomo y tauren, humano y elfo de sangre, renegado y enano podían crear lazos juntos para un bien común, eso podría ser recreado en Azeroth a gran escala.

El problema era que los sacerdotes, al menos, tenían un punto en común en el que todos coincidían incluso si cada uno veía a la Luz a través de un lente distinto, como si lo fuera.

—Hay otra persona importante que creo que deberías conocer —le dijo Faol a Anduin— Ella, también es de Lordaeron. Pero no temas; ella aún respira, aunque enfrentó distintos peligros con coraje y la ayuda de la Luz. Ven aquí, querida —su voz se volvió afectuosa mientras llamaba a una mujer rubia sonriente. Ella se acercó tomando la mano disecada del arzobispo sin dudar para después girar a contemplar a Anduin.

—Hola, Su Majestad —dijo. Ella era, adivinó, un poco mayor que Jaina, alta, esbelta de largo cabello dorado y deslumbrantes ojos verdes. Le resultaba familiar de alguna forma, aunque Anduin supo que jamás la había conocido antes—. Por favor, permítame ofrecerle mis condolencias por la muerte de su padre. Stormwind y la Alianza perdieron a un gran hombre. Su familia siempre ha sido muy amable con la mía y me arrepiento de no haber sido capaz de ofrecer mis condolencias.

—Gracias —dijo Anduin. Estaba tratando de reconocerla y fallando—. Tendrás que perdonarme pero. ¿nos conocemos?

La mujer sonrió tristemente.

—No, me temo que no —dijo—, pero probablemente ha visto un parecido familiar en algunos retratos. Verá. Soy Calia Menethil. Arthas era mi hermano.

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