Antes de la Tormenta – Capítulo Nueve – El Templo de la Luz Abisal

Calia Menethil. El suyo era otro nombre directamente salido de los libros de historia. Calia, igual que el arzobispo, se creía perdida. Se pensaba que la hermana mayor del desafortunado Arthas Menethil había perecido el día en el que el heredero de Lordaeron, quien en ese entonces era un sirviente del aterrador Rey Lich, había marchado al interior de la sala del trono, asesinado a su padre a sangre fría y desató a la Plaga no- muerta en la ciudad. Sin embargo, su hermana sobrevivió y se encontraba ahí en el Templo de Luz Abisal. La Luz la había encontrado.

Conmovido de una forma que no podía describir realmente, Anduin cerró la distancia entre Calia y él en tres rápidas, largas zancadas y extendió la mano en silencio.

Calia dudó, después la tomó. Anduin estrechó su mano y sonrió.

—Estoy más contento de lo que podría decir de saber que estás aún con vida, mi lady. Después de tanto tiempo sin noticias, asumimos lo peor.

—Gracias. Le puedo asegurar que hubo momentos en los que pensé que lo peor se cernía sobre mí.

—¿Qué sucedió?

—Es… una larga historia —dijo, claramente incapaz compartirlo.

—Y no tenemos tiempo para una larga historia hoy —fue Velen. Anduin estaba lleno de preguntas para el arzobispo y la reina de Lordaeron, pues eso era ahora. Sin embargo, Velen estaba en lo cierto. A pesar de las agradables sorpresas que habían recibido recientemente, Anduin, Moira y Velen se encontraban ahí con un triste propósito.

Le sonrió a Calia y, soltando su mano, volvió a observar a los sacerdotes ahí reunidos.

Eran muchos. Como si Faol pudiera leer su mente le dijo:

—Parece que somos muchos, ¿no es así? Pero esto es solo un puñado comparado con todos los que podríamos ser. Hay mucho lugar para todos nosotros.

Anduin no era capaz de imaginarlo.

—Han hecho algo maravilloso aquí —le dijo a Faol—. Todos ustedes. Sabía que estaban trabajando para alcanzar esto, pero verlo con mis propios ojos es algo totalmente diferente. Ojalá esto no fuera más que una visita a un lugar que tanto he querido admirar, pero recibimos terribles noticias.

Movió la cabeza hacia Moira. Ella era la hija de Magni, “el Portavoz”, que les había llevado la advertencia. Ella también era conocida y bien vista ahí, mientras que él era alguien nuevo, un rey, en pocas palabras, pero en un lugar en donde no lo veían como la máxima autoridad. La reina de los enanos se irguió y se dirigió al grupo.

—Somos servidores de la Luz, pero vivimos en Azeroth —dijo—. Y mi padre ahora se ha convertido en el Portavoz de nuestro mundo. Vino a Ironforge, a donde el Profeta y el rey de Stormwind estaban de visita, con terribles noticias.

Su discurso contundente y firme flaqueó un poco. Y por un momento Anduin vio en ella el rostro de la niña que alguna vez fue, perdida e insegura. Se recuperó rápidamente y prosiguió.

—Chicos, chicas… nuestro mundo está sufriendo mucho. Está en problemas. Tiene mucho dolor. Mi padre nos dijo que necesita sanación; no puede hacerlo sola.

Algunos jadeos suaves escaparon entre el grupo de sacerdotes ahí reunido.

—¡Es una espada monstruosa! —gruñó un tauren, su voz grave le recordó a Anduin penetrante voz de Blaine Bloodhoof, el gran jefe de los tauren y su amigo.

—¿Cómo podríamos sanar al propio mundo? —dijo un draenei, una nota de desesperación hizo que su melódica voz se quebrara.

Era una pregunta válida. ¿Cómo? Los sacerdotes sanaban, pero sus pacientes eran de carne. Ellos atendían heridas, curaban enfermedades y maldiciones, y a veces, si la Luz así quería, revivían a los muertos. ¿Qué podrían hacerle a una herida del mundo?

Él sabía por dónde podrían esperar. Podía sentir la respuesta dentro de su abrigo, junto a su corazón en donde había colocado la pequeña y preciosa pieza de Azerita. Por un momento dudó, mirando los rostros de los renegados, trolls y tauren que giraban hacia ellos. Rostros de la Horda. ¿Eran confiables?

Hizo la pregunta de la Luz y de su propio cuerpo.

Anduin había sido gravemente herido cuando Garrosh Hellscream hizo que un enorme artefacto conocido como la Campana Divina cayera sobre él en Pandaria. Desde ese momento, sus huesos dolían siempre que estaba en el camino incorrecto (cuando estaba siendo cruel, irreflexivo o cortejando al peligro).

En ese momento no había dolor en su cuerpo. De hecho, se sentía mejor de lo que había hecho en mucho tiempo. ¿Era el Templo de la Luz Abisal o la pieza de Azerita lo que lo llenaban de calma?

No lo sabían. Pero estaba seguro de que ambas eran buenas influencias.

Además, la propia Azeroth les había pedido su ayuda.

Anduin dio un paso al frente, levantando las manos para silenciar a la muchedumbre que comenzaba a sentirse ansiosa.

—¡Hermanos y hermanas, escúchenme, por favor!

Guardaron silencio, sus rostros tan diferentes voltearon a verlo con expresiones exquisitas y hermosamente similares de preocupación y deseo de ayudar. Y él confiaba en ellos, esos sacerdotes cuyos pueblos le debían fidelidad a la Horda. Les permitió tocar la Azerita, observando sus reacciones.

—Magni alguna vez fue un enano, el padre de los sacerdotes —dijo Anduin mientras cada uno de ellos tomaba el pequeño ítem—. Tiene sentido que él se convirtiera en el primero de nuestra orden. Estoy seguro de que hay algo que nosotros podemos hacer en algún punto, pero primero necesitamos investigar. Preguntar. Y mientras tanto, debemos buscar a otra clase de sanadores. Chamanes. Druidas. Todos aquellos que tengan lazos más cercanos con la tierra y los seres vivos que nosotros.

Anduin hizo una pausa, mirando alrededor del gran salón. Se preguntaba cómo se vería el equivalente druida o chamán. Sin duda sería hermoso y perfecto para ellos, pues ese templo era para el Cónclave.

—Muy pronto viajaré a Teldrassil por mi cuenta —se corrigió—. No. No muy pronto, al amanecer. —Deseó haber podido pasar más tiempo en Ironforge. Quería reunirse con Mekkatorque y su gente y agradecerles por su contribución de cerebros y tecnología gnómicos que le ayudar a repeler a un enemigo tan terrible que habían dudado realmente sí podrían llegar a tener éxito. Pero la situación los había sobrepasado a todos. Mekkatorque entendería.

—Han estado ahí afuera encontrando a otros sacerdotes —continuó el rey de Stormwind—. Ahora necesitamos expandir esa sobre estirada mano de ayuda. Necesitamos extenderla a aquellos que tienen una mejor oportunidad de ayudar justo ahora. No será fácil. Así que le pediré a los miembros de la Alianza y la Horda presentes que busquen a los druidas y a los chamanes en sus propios bandos.

Todos comenzaron a asentir, más tranquilos ahora y Anduin se dio cuenta de lo que acababa de hacer. Había llegado, como un invitado, a ese salón y había asumido que tenía el derecho de dar instrucciones a los miembros del Cónclave.

Apesadumbrado, se volvió hacia Faol.

—Mis disculpas, arzobispo. Ellos son tu pueblo.

—Ellos son el pueblo que sirve a la Luz —le recordó el sacerdote no-muerto—. Igual que tú —Ladeó la cabeza y sonrió apenas—. Me recuerdas al hermano de Calia cuando era joven, cuando aún seguía a la Luz. Tienes el don de mandar, mi joven amigo. La gente te seguirá a donde quiera que los guíes.

Anduin entendió que la comparación pretendía ser un cumplido. Lo había escuchado antes, específicamente de Garrosh Hellscream.

Mientras que el antiguo Jefe de Guerra de la Horda había sido encarcelado debajo de El Templo del Tigre Blanco durante su juicio, había pedido que Anduin lo visitara. Garrosh había sacado a colación el fantasma del hombre que se había convertido en el Rey Lich. Alguna vez hubo otro venerado humano de cabellos dorados. Era un paladin e igualmente le dio la espalda a la Luz.

Después de todo no era una comparación inesperada dadas sus similitudes externas, sin embargo, era incómoda. Anduin vio que miraba a Calia quien sonreía con aprobación, la nostalgia marcando líneas prematuras en su rostro. Ni siquiera Jaina era capaz de sonreír cuando pensaba en Arthas. Nadie podía excepto aquellos que recordaban a Arthas Menethil como un niño inocente.

—Gracias —le dijo Anduin a Faol—. Pero no debería involucrarme de nuevo a menos de que me inviten a hacerlo. Respeto al Cónclave y su liderazgo.

Faol se encogió de hombros. Un pequeño trozo de piel momificada se le cayó y flotó hacia el suelo por el gesto. Debió haber sido repulsivo, pero Andiun se encontró observándolo de la misma forma como si hubiera sido una pluma cayendo de una capa tejida. Estaba aprendiendo a ver a la persona, no el físico.

De alguna forma, todos estamos atrapados en un cascarón, pensó. El suyo solamente se comporta de manera diferente.

—Aquí todas las voces son escuchadas —dijo Faol—. Hasta el acólito más joven puede tener algo importante que decir. Tu voz también es bienvenida aquí, Rey Anduin Wrynn. Igual que tu presencia.

—Me gustaría volver pronto —dijo Anduin. Miró a Calia y a Faol—. Veo muchas cosas aquí de las que creo que podría aprender.

Y demasiado, pensó más no lo dijo, necesito aprender. Una idea comenzó a formarse, atrevida, audaz e inesperada. Tendría que hablar con Shaw.

Faol rio, un sonido áspero, pero no desagradable.

—Admitir que no sabes algo es el comienzo de la sabiduría. Por supuesto. Cuando desees… sacerdote.

Inclinó la cabeza. Anduin miró a Moira y después a Velen.

—Debo regresar a Stormwind en breve y prepararme para mi viaje. Es urgente —le dio la muestra de Azerita a Moira—. ¿Por favor podrías llevarle esto a Mekkatorque por mí? Dile que siento mucho no poder hacerlo en persona.

—Claro —dijo Moira—. Compartiré cualquier cosa que aprenda, por supuesto. Sin duda, mi padre tendrá algunas sugerencias para nosotros.

—Estoy seguro de así será —dijo Anduin. La importancia de esa tarea volvió a anidarse en su corazón y en su mente, apartando la paz de ese lugar y su curiosidad acerca de Calia. y acerca de los renegados.

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