Cuando se sentía inquieto, Kalecgos, el antiguo Dragón Aspecto del vuelo azul y miembro presente del Consejo de los Seis del Kirin Tor, le gustaba caminar entre las calles de su ciudad adoptiva. Atendía, de forma responsable y confiable, las preocupaciones y problemas en el día (cuando necesitaba estar presente para ayudar a resolver un problema espinoso o sugerir métodos antiguos que el consejo podría no haber investigado). No obstante, en las tardes, sus problemas y preocupaciones eran propios.
Los dragones solían adoptar formas de miembros de razas menores. Alexstrasza la Protectora aparecía como un elfo noble. Chronormu, uno de los más importantes investigadores del tiempo dragones de bronce, se decantaba por disfrazarse como un gnomo conocido como “Cromi” Kalecgos hacía tiempo que se había asentado por el rostro y el cuerpo de un mitad humano, mitad elfo varón. Nunca estuvo seguro de la razón. Ciertamente no era porque lo ayudaba a pasar desapercibido: no había muchos medio elfos por ahí.
Había decidido que esa forma le gustaba porque representaba la mezcla de dos mundos. Porque él, “Kalec”, también sentía que era la mezcla de dos mundos: el del dragón y el del humano.
Kalec siempre se sintió atraído y protector de las razas menores. Como al gran dragón rojo Korialstrasz, quien había dado su vida para salvar a otros, a él le gustaban los humanos. Y a diferencia de Korialstrasz, quien hasta su último aliento había sido fiel a su adorada Alexstrasza, Kalec había amado a los humanos.
Dos, de hecho. Dos fuertes, valientes y gentiles mujeres. Las había amado y las había perdido a ambas. Anveena Teague —quien al final se dio cuenta que no era una verdadera humana después de todo— se había sacrificado para que ese demonio monstruoso y devastadoramente poderoso no pudiera entrar a Azeroth. Y Lady Jaina Proudmoore, ella, también, se había ido, hundiéndose aún más profundo en un pozo profundo de dolor y odio que él temía terminara consumiéndola.
Ella solía unírsele en esos paseos. Ellos caminaban juntos, tomados de la mano, usualmente para detenerse y mirar a Windle Sparkshine encender las lámparas de Dalaran a las nueve en punto. La hija de Windle, Kinndy, había sido la aprendiz de Jaina y una de las muchas víctimas del ataque de Garrosh Hellscream. No, pensó Kalec, dilo como es: la destrucción de Theramore. Windle había recibido permiso de crear un memorial nocturno para su pequeña hija; su imagen, dibujada con luces doradas mágicas, aparecía cuando Windle usaba su varita para encender cada lámpara.
Pero Jaina se había marchado, envuelta en dolor y frustración como si fuera una capa. Abandonó la organización de los magos conocida como el Kirin Tor y su posición de líder; lo dejó, también, con solamente algunas palabras iracundas dichas entre ambos. La habían llevado al límite y ahora se había ido.
Kalec pudo haberla seguido, pudo haberla forzado a hablar con él, exigido una explicación de por qué se había marchado repentinamente. Pero no lo hizo. La amaba y la respetaba. Y aunque cada día que pasaba se volvía menos y menos probable que volviera, él aún tenía esperanza.
Mientras tanto, se le había pedido que llenara la posición que dejó el abandono de Jaina y el Kirin Tor había estado muy ocupado durante la guerra contra la Legión. Él tenía un propósito. Él tenía amigos. Él se estaba abriendo paso en el mundo.
Había pensado en visitar a su buena amiga, Kirygosa, quien se había quedado en Tuercespina. Después pasar toda una vida en una parte del mundo que solamente conocía el invierno, Kiry ahora disfrutaba de un verano permanente. Tal vez hubiera bueno unirse a ella durante un tiempo. Pero por alguna razón nunca lo hizo. Si Jaina lo buscase alguna vez, sería ahí. Así que se quedó.
Esa noche, sus pies lo llevaron a la estatua de uno de los más grandes magos de Dalaran, Antonidas, quien había sido el tutor de Jaina. Había sido ella quien ordenó la estatua que se cernía unos cuantos metros sobre el pasto verde gracias a un hechizo. Y había sido ella quien escribió la inscripción:
ARCHIMAGO ANTONIDAS, GRAN MAGUS DEL KIRIN TOR
LA GRAN CIUDAD DE DALARAN SE LEVANTA UNA VEZ MÁS
UN TESTIMONIO DE LA TENACIDAD Y LA VOLUNTAD
DE SU MÁS GRANDE HIJO
TUS SACFRICIOS NO HABRÁN
SIDO EN VANO, QUERIDO AMIGO.
CON CARIÑO Y HONOR: JAINA PROUDMOORE
Fue ahí en donde él y Jaina una vez había tenido una horrible discusión. Destrozada por la brutal devastación de su ciudad, Jaina había deseado venganza. Cuando el Kirin Tor no la ayudó a atacar a la Horda, lo había buscado a él. Sus palabras, primero rogando, después mordaces por su ira alimentada por el dolor, aún lo acompañaban.
Una vez dijiste que lucharías por mí, por la dama de Theramore. Theramore no existe. Pero yo aún estoy aquí. Por favor. Tenemos que destruir a la Horda.
Él se había negado. Esto es implacable… bueno, el odio, no eres tú.
Estás equivocado. Ésta soy yo. Esto es en lo que la Horda me ha convertido.
De muchas formas, Jaina era una víctima de Theramore tanto como lo era Kinddy. Había sido decisión del Kirin Tor la de admitir a miembros de la Horda entre sus filas. Azeroth era demasiado vulnerable a la Legión como para rechazar la ayuda por miedo y odio. A Kalec le hubiera gustado hablar con Jaina, pero había desaparecido sin decir nada.
Entonces se le erizó la piel y un conocimiento repentino llenó su cerebro.
Lady Jaina Proudmoore había vuelto a Dalaran. La sintió y ella estaba en lo cierto.
—Creí que podría encontrarte aquí —dijo una suave voz detrás de él.
Con el corazón a mil por hora, Kalec giró.
Ella estaba tan hermosa como la recordaba mientras se quitaba la capucha de la capa. La luz de la luna brilló sobre sus cabellos blancos con ese único mechón dorado y dio la impresión de que estaba coronada por un plateado luminoso. Lo llevaba diferente, ésta vez en una trenza. Su rostro estaba pálido, sus ojos eran dos pozos sombríos.
—Jaina —suspiró Kalec—. E-Estoy tan feliz de que estés bien. Es bueno verte.
—Se dice que ahora eres un miembro del concejo —sonreía cuando lo dijo—. Felicitaciones.
—El rumor es cierto y gracias —respondió Kalec—. Aunque me retiraré gustosamente… Si volviste para quedarte.
—No —su sonrisa se desvaneció volviéndose triste.
Asintió. Era lo que temía y su corazón dolía, sin embargo, decirlo no haría ningún bien. Ella lo sabía.
—¿A dónde irás? —dijo en su lugar.
La luz era suficientemente brillante para atrapar la pequeña arruga entre sus cejas que era tan única de ella. Afectaba más a Kalec aún más que su sonrisa.
—No lo sé, la verdad. Pero ya no pertenezco aquí —su voz se endureció un poco con ira —No puedo aceptar lo que. —se detuvo y respiró hondo— Bueno. No estoy de acuerdo.
Esto es en lo que me convirtió la Horda.
Se miraron mutuamente durante un largo momento. Entonces, para sorpresa de Kalec, Jaina caminó hacia él y tomó sus manos. El toque, tan dulcemente familiar, lo conmovió más de lo que había esperado.
—Tenías razón acerca de algo. Quería que lo supieras.
—¿Qué? —preguntó, tratando de mantener su voz firme.
—Acerca de qué tan peligroso, cuan dañino es el odio. No me agrada lo que me ha hecho, pero no creo que pueda cambiarlo. Sé a lo que me enfrento. Sé lo que me llena de ira. Lo que odio. Lo que no quiero. Pero no sé lo que me tranquiliza, o lo que amo, o lo que quiero —su voz se volvió suave, aunque tembló con emoción. Kalec agarró sus manos firmemente.
—Todo lo que he sentido o he hecho desde Theramore ha sido una reacción contra algo. Siento. Siento como si estuviera en un pozo y cada vez que intento salir, vuelvo a caer dentro.
—Lo sé —dijo Kalec con gentileza. Sus manos se sentían tan cálidas entre las suyas. No quería dejarlas ir jamás—. Te he visto luchar muy duro durante tanto tiempo. Y no pude ayudar.
—Nadie podía —dijo Jaina—. Esto es algo que debo hacer por mí misma.
Él bajó la mirada, pasando el pulgar por sus dedos.
—Eso también lo sé.
—No me estoy yendo por el voto.
Kalec, sorprendido, la miró fijamente.
—¿No lo haces?
—No. Ésta vez no. La gente debe ser fiel a su propia naturaleza, igual que yo —rio suavemente con auto-desprecio—. Yo sólo… debo averiguar qué es eso.
—Lo harás. Y creo que no será nada cruel ni feo.
Ella lo miró.
—No estoy segura si yo creo eso.
—Yo sí. Y. Te admiro. Por tener el coraje de enfrentarte a esto.
—Sabía que lo entenderías. Siempre lo has hecho.
—La paz es una meta noble para el mundo —dijo Kalec—, pero también es una meta noble para uno mismo —se dio cuenta de que estaba sonriendo a pesar del dolor en su pecho humano—. Encontrarás tu camino, Jaina Proudmoore. Tengo fe en ti.
—Tal vez seas la única persona en el mundo que lo hace —dijo con ironía.
Él levantó las manos de ella y dejó un beso en cada una.
—Viaja con cuidado, mi lady. Y nunca lo olvides: si me necesitas, aquí estaré.
Ella lo miró un momento, acercándose. Ahora él podía ver sus ojos bajo la luz de la luna. La había extrañado. La extrañaría. Tenía el mal presentimiento de que no volverían a verse y esperaba estar equivocado.
Jaina soltó sus manos, pero únicamente para llevar las propias al rostro de él y acunarlo. Se paró de puntitas mientras él se inclinaba. Sus labios se encontraron, tan familiares, tan dulces, en un beso tan tierno que movió a Kalec hasta la médula. Jaina.
Él quería besarla para siempre. Pero demasiado pronto, esa preciosa calidez se retiró. Él tragó con dificultad.
—Adiós, Kalec —ella susurró y ahora él vio las lágrimas agolpándose en sus ojos.
—Adios, Jaina. Espero que encuentres lo que buscas.
Ella le dio una sonrisa temblorosa, después retrocedió algunos pasos. La magia giró mientras ella conjuraba un portal. Ella se adentró en él y se marchó.
Adiós, mi amada.
Kalec se quedó de pie ahí un largo tiempo, su única compañía era la estatua del archimago.
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