Antes de la Tormenta – Prólogo – Silithus

Kezzig Klackwhistle se enderezó después de arrodillarse durante lo que le pareció por lo menos una década, apoyando sus enormes manos verdes en su espalda baja y haciendo muecas por la consiguiente cascada de crujidos. Se mojó los labios secos y miró a su alrededor, entrecerrando los ojos por la cegadora luz del sol y secando su cabeza calva con un pañuelo tieso por el sudor. Por aquí y por allá se arremolinaban enjambres muy apretados de insectos. Y por supuesto la arena, en todas partes, y la gran mayoría probablemente acabaría dentro de su ropa interior. Igual que ayer. Igual que el día anterior.

Vaya, Silithus era un lugar horrible.

Su apariencia no había mejorado en lo más mínimo por la espada gigantesca que un titán furioso clavó en ella.

La cosa era masiva. Enorme. Colosal. Todas las grandiosas y fantásticas y multisilábicas palabras que pudieran decir los goblins más listos que él. Había sido hundida muy al fondo del corazón del mundo, justo ahí en la escénica Silithus. El lado bueno, por supuesto, era que ese enorme artefacto proveía una gran cantidad de lo que otros cientos o más goblins estaban buscando en ese preciso instante.

—¿Jixil? —le dijo a su compañero que analizaba una roca suspendida con el Spect-o-Matic 4000.

—¿Sí? —El otro goblin echó un vistazo a la lectura, sacudió la cabeza y volvió a intentarlo.

—Odio éste lugar.

—¿En serio? Huh. Eso habla bien de ti —mirando fijamente la pieza del equipo, el bajito y rechoncho goblin la golpeó sólidamente.

—Ja ja, muy gracioso —Kezzig se quejó—, no, lo digo en serio.

Jixil suspiró, se movió a otra roca y comenzó a escanearla

—Todos odiamos éste lugar, Kezzig.

—No, lo digo en serio. No estoy hecho para éste ambiente. Solía trabajar en Cuna del Invierno. Soy el tipo de goblin amante de la nieve, que se acurruca contra el fuego, muy alegre.

Jixil le lanzó una mirada fulminante

—¿Entonces qué sucedió para que vinieras aquí a molestarme en lugar de quedarte allá?

Kezzig hizo una mueca sobándose la parte posterior del cuello.

—La pequeña señorita Lunnix Sprocketslip sucedió. Verás, estaba trabajando en su tienda de artículos de minería. Solía salir como guía para el visitante ocasional de nuestra pequeña y acogedora aldea de Vista Eterna. Lunny y yo casi… sí —él sonrió nostálgicamente por un momento, después frunció el ceño—. Entonces ella va y se enfada conmigo cuando me vio cerca de Gogo.

—Gogo —Jixil repitió con voz monótona—. Cielos. Me preguntó por qué Lunnix se enfadaría porque estabas pasando el tiempo con una chica llamada Gogo.

—¡Lo sé! Dame un respiro. Puede ser muy frío ahí. Un hombre debe acurrucarse cerca del fuego de vez en cuando o se congelará, ¿cierto? De cualquier modo, ese lugar de pronto se volvió más caliente que aquí a medio día.

—No tenemos nada aquí —dijo Jixil. Obviamente había dejado de prestar atención a la descripción de Kezzig sobre su drama en Cuna del Invierno. Suspirando, Kezzig levantó el gran equipo, lo echó fácilmente sobre sus hombros y lo llevó al lugar en donde Jixil esperaba resultados favorables. Kezzig dejó que el equipo cayera en la tierra y llegó el sonido de sus delicadas piezas chocando peligrosamente unas con otras.

—Odio la arena —prosiguió—. Odio el sol. Y, oh cielos, de verdad, en serio odio los insectos. Odio los pequeños insectos porque les encanta arrastrarse dentro de tus orejas y dentro de tu nariz. Odio los insectos grandes porque, bueno, son insectos grandes. Es decir, ¿quién no odia eso? Es como una especie de odio universal. Pero mi odio particular quema como la luz de mil soles.

—Creí que odiabas los soles. —Lo hago, pero…

Jixil se tensó de pronto. Sus ojos magenta se abrieron cuando observó su Spect- o-Matic.

—Lo que quise decir fue que.

—¡Cállate, idiota! —Jixil explotó. Ahora Kezzig miraba también el instrumento.

Se volvía loco.

La pequeña aguja se movía de atrás para adelante. La pequeña luz en la parte superior destellaba un urgente, emocionado rojo.

Los dos goblins se miraron.

—¿Sabes lo que esto significa? —Jixil dijo con voz temblorosa.

Los labios de Kezzig se curvaron en una sonrisa que reveló casi todos sus aserrados y amarillentos dientes. Una de sus manos se volvió un puño y lo golpeó con firmeza en la palma de la otra.

—Significa —dijo—, que podremos eliminar a la competencia.

Regresar al índice de Antes de la Tormenta

Share

Deja un comentario

Tu email nunca se publicará.