Antes de la Tormenta – Capítulo Tres – Orgrimmar

El joven rey hambriento de paz, Anduin Wrynn había perdido a su padre y al parecer no lo había tomado bien. Circulaban rumores acerca de que había recuperado a Shalamayne y ahora luchaba con acero frío además de con la Luz. Sylvanas estaba dudosa. Tenía dificultad imaginando a un niño tan sensible haciendo tales cosas. Había respetado a Varian. Incluso le había agradado. Y el espectro de la Legión había sido tan temible que había estado dispuesta a hacer a un lado el odio que la alimentaba ahora como la comida y la bebida la habían alimentado durante su vida.

Pero el Lobo se había ido, y, realmente, el leoncillo aún era un cachorro y los humanos habían recibido pérdidas tremendas. Eran débiles.

Vulnerables. Las presas.

Y Sylvanas era una cazadora.

La Horda era resistente. Fuerte. Endurecida por la batalla. Sus miembros podían recuperarse con más rapidez que las razas de la Alianza. Necesitarían menor tiempo para todas las cosas que habían dicho anteriormente: los cultivos, la sanación, una oportunidad para detenerse y restablecerse. Muy pronto, estarían sedientos de sangre y ella les ofrecería ese fluido carmesí de los humanos de Stormwind, los enemigos más antiguos de la Horda, para calmar esa sed.

Y en el trato ella incrementaría la población de los renegados. Pues todos los humanos que cayeran en su ciudad serían revividos para servirla. ¿Realmente eso sería tan terrible? Estarían con sus seres queridos por toda la eternidad. No sufrirían más los puñales de la pasión o la pérdida. No necesitarían dormir. Podrían perseguir sus intereses tanto en la muerte como en la vida. Al final habría unidad.

Si los humanos entendieran los terrible que eran la vida y todo el sufrimiento que le acompañaba y con el que tendrían que lidiar, pensó Sylvanas, ellos tomarían esa oportunidad. Los renegados entendieron… al final, ella pensaba que lo habían hecho, hasta que el Concejo Desolado había concluido lo contrario inexplicablemente.

Baine Bloodhoof, Varok Saurfang, Lor’themar Theron y Jastor Gallywix no dudarían en considerar que Sylvanas tenía cierto interés en crear cadáveres humanos. Después de todo, no se habían convertido en líderes de su gente por ser estúpidos. Sin embargo, también estarían luchando contra los odiados humanos y tomarían su resplandeciente y blanca ciudad, con su tierra boscosa cercana y abundantes campos para ellos. No le envidiarían los cuerpos, no cuando ella les ofrecía una gran victoria, una tanto práctica como altamente simbólica.

Ya no existía un humano heroico para levantar y guiar a la Alianza contra ellos. No había un Anduin Lothar, quien fue destrozado por Orgrim Doomhammer, y no Llane o Varian Wrynn. El único que tenía esos nombres era Anduin Wrynn y era nada.

Sylvanas, Nathanos y su comitiva de veteranos habían ido todo el camino a través del Valle del Honor y volvieron, dirigiéndose al Valle de la Sabiduría. Ahí Baine la esperaba. Se paró con el ropaje tradicional de los tauren, solamente sus orejas y su cola se movían para espantar a las moscas que zumbaban en el ambiente veraniego. Muchos de sus valientes estaban reunidos a su alrededor. Montada, Sylvanas era lo suficientemente alta para mirar a los ojos de los hombres, y lo hizo fijamente. Baine la miró con tranquilidad.

A excepción de esos pandaren que escogieron aliarse con la Horda, Sylvanas tenía muy pocas cosas en común con los tauren. Eran personas muy espirituales, tranquilas y estables. Buscaban la tranquilidad de la naturaleza y honraban sus maneras antiguas. Sylvanas alguna vez comprendió esos sentimientos más ya no era capaz de relacionarse con ellos.

Lo que más le molestaba acerca de Baine era que a pesar del asesinato de su padre y mal sobre mal iba apilándose en su cabeza cornuda, el joven toro seguía apreciando la paz por sobre todas las cosas: la paz entre las razas y en el propio corazón.

El honor de Baine lo obligaba a servirla, y no lo mancharía. No hasta que lo llevaran a límites que Sylvanas aún no había alcanzado.

Apoyó una mano en su amplio pecho, sobre su corazón y estampó su pezuña en una versión taureana de un saludo. Los valientes le siguieron y el suelo de Orgrimmar tembló un poco. Entonces Sylvanas continuó y los tauren le siguieron en línea detrás de grupo de renegados y los elfos de sangre de Theron.

Nathanos todavía permanecía callado. Siguieron el serpenteante camino hacia el Valle de los Espíritus, el tradicional asiento de los trolls. Estaban muy orgullosos de sí mismos, estas pocas “primeras” razas. Sylvanas creía que nunca aceptaron realmente las siguientes razas -los elfos de sangre, los goblins y su propia gente- como miembros “reales” de la Horda. Le divertía que, desde que los goblins se unieron a la Horda, se habían asentado en el Valle de los Espíritus y casi habían arruinado su área asignada.

Al igual que los tauren, los trolls se encontraban dentro de los primeros amigos de los orcos. El líder orco, Thrall, había nombrado la tierra de Durotar por su padre, Durotan. Orgrimmar también fue nombrada para honrar a uno de los primeros Jefes de Guerra de la Horda, Orgrim Doomhammer. De hecho, hasta Vol’jin, todos los Jefes de Guerra habían sido orcos. Y hasta Sylvanas, todos habían sido miembros de las razas fundadoras originales. Y varones.

Sylvanas había cambiado todo eso y estaba orgullosa de ello.

Como ella, Vol’jin había dejado a su pueblo sin líder tras su ascensión a Jefe de Guerra. Los trolls se pararon sin ninguna cara pública que los representara, excepto potencialmente Rokhan; al menos los renegados la tenían en el papel de Jefe de Guerra. Sylvanas se recordó que debía nombrar a alguien como cabeza de los trolls tan pronto como fuera posible. Alguien con quien pudiera trabajar. A quien pudiera controlar. Lo último que necesitaba era que los trolls escogieran a alguien que tal vez deseara desafiar su posición.

Aunque muchos la habían recibido con vítores y sonrisas, Sylvanas no se engañaba pues no era universalmente adorada. Había llevado a la Horda hacia una victoria aparentemente imposible y por ahora al menos, parecía que sus miembros eran solidarios con ella.

Bien.

Asintió cortésmente a los trolls, después se preparó para encontrarse con el siguiente grupo.

A Sylvanas no le importaban mucho los goblins. Aunque su propio sentido del honor era fluido de alguna forma, podía apreciar el honor en otros. Era, como muchas otras cosas, un eco de algo que alguna vez escuchó. Sin embargo, en lo que a ella respectaba, los goblins eran poco más que parásitos feos, rechonchos y avaros. Oh, eran inteligentes. A veces peligrosos tanto para ellos mismos como para otros. Eran creativos e ingeniosos, de eso no cabía duda. Pero prefería los días en los que la única relación que tenía con ellos era únicamente financiera. Ahora eran miembros plenos de la Horda y debía pretender que le importaban.

Por supuesto, ellos no eran nada sin su líder: la avara masa verdosa con papada y revienta-cinturones que era el Príncipe Mercante Jastor Gallywix. Se paró frente a su variopinta pandilla de goblins, todos ellos sonriendo y enseñando sus afilados dientes amarillentos. Sus largas y delgadas piernas parecían ya demasiado cansadas por sostener su figura y llevaba su sombrero favorito de copa y bastón. Cuando ella se acercaba, él se inclinó tanto como le permitió su barriga.

—Jefe de Guerra —dijo con esa voz untuosa—. Espero que puedas encontrar algo de tiempo para mí más tarde. Tengo algo que tal vez te interese bastante.

Nadie más se había atrevido a introducir su propia agenda ese día. Hay que confiar que un goblin lo haría. Lo miró con desaprobación y abrió la boca para hablar. Después miró atentamente su expresión.

Sylvanas había vivido una larga vida antes de que Arthas Menethil acabara con ella. Y ahora vivía de nuevo, de cierto modo. Había pasado mucho de ese tiempo mirando rostros, juzgando la personalidad detrás de ellos y las palabras que decían.

Gallywix solía tener esa especie de alegría simpática que ella tanto despreciaba, pero no ese día. No existía ninguna presión desesperada por su parte. Estaba… calmado. Parecía como un jugador que sabía que iba a ganar. Que la hubiese abordado de forma tan audaz en ese momento, significaba que hablaba en serio acerca de conversar con ella. No obstante, su lenguaje corporal -no se jorobaba sumisamente sino que estaba firme, tal vez por primera vez- le hacía saber con más claridad que era alguien capaz de retirarse de la mesa sin excesiva decepción.

Ésta vez lo decía en serio. Él tenía algo que iba a ser de sumo interés para ella.

—Hablemos en el banquete —dijo.

—Como ordene mi Jefe de Guerra —dijo el goblin y se quitó el sombrero de copa ante ella.

Sylvanas se alejó para completar la ruta.

—No confío en ese goblin— Nathanos, que había permanecido demasiado tiempo en silencio, habló con disgusto.

—Yo tampoco —respondió Sylvanas —Pero los goblins entienden de una cosa y eso es dinero. Puedo escuchar sin prometer nada.

—Claro que sí, Jefe de Guerra —Nathanos asintió.

Los goblins y los trolls iban en línea detrás de ella. Gallywix iba en una camilla detrás de los propios guardias de Sylvanas. Cómo había alcanzado esa posición, Sylvanas no lo sabía. Él encontró su mirada y sonrió, mostrando un pulgar arriba y un guiño. Sylvanas luchó para no curvar los labios en total desagrado. Ya se estaba arrepintiendo de su decisión de hablar con Gallywix más tarde, así que se concentró en otra cosa.

—Todavía estamos de acuerdo, ¿no es así? —le dijo a Nathanos— Stormwind caerá y las víctimas de la batalla se volverán renegados.

—Todo será como desee, mi reina —dijo —pero no creo que necesite mi opinión. ¿Le ha mencionado esto a los otros líderes? Tal vez tengan algo que decir al respecto. No creo que hayamos presenciado una paz adquirida con tanta estima, ni más apreciada. Tal vez no quieran volcar el carrito aún.

—Mientras nuestros enemigos vivan, la paz no es victoria —No cuando una presa tan vulnerable seguía sin ser cazada. Y no cuando la continua existencia de sus renegados era incierta.

—¡Por la Jefe de Guerra! —bramó un tauren, sus pulmones de gran tamaño permitieron que el grito llegara lejos.

—¡ Jefe de Guerra! ¡Jefe de Guerra! ¡Jefe de Guerra!

La larga “marcha de la victoria” estaba llegando a su fin. Ahora Sylvanas se acercaba al Fuerte Grommash. Solamente la esperaba un líder más, uno a quien le daba un reticente respeto.

Varok Saurfang era inteligente, fuerte, fiero y, al igual que Baine, leal. No obstante, había algo en los ojos del orco que siempre la mantenían en alerta cada vez que los miraba. El conocimiento de que, si daba un mal paso, él podría no solo retarla, sino incluso oponerse a ella.

Esa mirada aparecía ahora en sus ojos mientras se acercaba. Encontró a Sylvanas cara a cara sin romper el contacto visual mientras hacía una breve reverencia y se hacía a un lado para dejarla pasar antes de que la siguiera.

Igual que los otros.

La Jefe de Guerra Sylvanas desmontó y entró al Fuerte Grommash con la cabeza en alto.

Nathanos estaba preocupado de que los otros líderes no apoyaran su plan.

Les diré lo que harán… cuando sea el momento correcto.

Una mesa de madera pesada, toscamente labrada y bancos fueron llevados al Fuerte Grommash. Un banquete de celebración se serviría a los líderes de cada grupo y a algunos guardias o acompañantes seleccionados. Sylvanas misma se sentaría en la cabecera de la mesa, de acuerdo a su posición.

Ahora, mientras Sylvanas contemplaba a sus acompañantes, reflexionó acerca de que ninguno tenía familia de ningún tipo. Su campeón era lo más cercano que había a un consorte formal o un compañero presente. Y su relación era complicada, incluso para ellos.

A cada una de las razas se le había animado a realizar un ritual de celebración de victoria o de honor a sus veteranos. Sylvanas estaba dispuesta a complacer esa petición; aplacaría a muchos y los fondos para tal evento no saldrían de las arcas de la Horda sino de las de cada raza. La idea la había sugerido Baine cuya gente, por supuesto, había practicado dichos rituales como parte de su cultura durante… bueno, desde que los tauren existían, asumió Sylvanas.

Los trolls también habían aceptado al igual que los pandaren de la Horda. Ellos tenían una posición única dentro de la Horda en la que era una colección de individuos que sentían una conexión con los ideales de la misma. Su líder y su tierra se encontraban muy lejos, pero habían probado su valía a la Horda. Habían asentido sus redondas y peludas cabezas a la posibilidad de presentar un ritual, prometiendo belleza y espectáculo para levantar los ánimos. Sylvanas había sonreído gratamente y les hizo saber que ese acto sería bien recibido.

Sylvanas recordó que alguna vez Quel’Thalas solía ofrecer ceremonias brillantes, deslumbrantes y magníficas con simulacros de batallas y esplendor. Sin embargo, en tiempos más recientes los antiguos elfos nobles, luchando con traición y adicción, se habían vuelto más sombríos. Quel’Thalas se estaba recuperando y los elfos de sangre aun amaban sus lujos y sus comodidades, pero ahora encontraban desagradables esas muestras tan ostentosas en vista de las implacables tragedias para su gente. Su contribución, según le había dicho Theron, sería breve y precisa. Ahora estaban amargados. Amargados igual que lo estaban los renegados; Sylvanas había rechazado rotundamente participar en lo que ella percibía como una pérdida de tiempo y oro.

En ese aspecto, los goblins estaban de su lado. Era un pensamiento macabramente divertido.

Esperó mientras varios chamanes de todas las razas comenzaban las ceremonias con un ritual. Los tauren ofrecieron una recreación de una de las grandes batallas de la guerra. Y finalmente los pandaren caminaron al centro del Fuerte Grommash. Vestían con trajes de seda —túnicas, pantalones y vestidos— en tonos verde jade, azul cielo y rosa nauseabundo. Sylvanas debía admitirlo, sin importar lo grandes, suaves y redondos que parecieran ser los pandaren, eran asombrosamente ágiles cuando bailaban, caían y presentaban sus batallas simuladas.

Baine se alzó para terminar con el evento. Despacio, su mirada recorrió el salón, observando no solo a los líderes en la mesa sino a los otros que se sentaban en alfombras y en pieles alrededor del abarrotado y sucio suelo.

—Es con dolor y orgullo que nos reunimos aquí hoy —retumbó —Dolor pues muchos héroes valientes de la Horda cayeron en la honorable y terrible batalla. Vol’jin, Jefe de Guerra de la Horda, guio a la vanguardia contra la Legión. Luchó con coraje. Luchó por la Horda.

—Por la Horda —se escuchó el murmullo solemne. Baine giró para mirar algo. Sylvanas siguió su mirada y vio las armas de Vol’jin y máscaras de rito colgando en un lugar de honor. Otros, también, inclinaron sus cabezas. Sylvanas inclinó la suya.

—Pero no olvidamos el orgullo que tenemos en esas batallas y su resultado. Pues contra todo pronóstico, hemos derrocado a la Legión. Nuestra victoria se pagó con sangre, pero se pagó. Sangramos. Ahora nos curamos. Nos lamentamos. ¡Ahora celebramos! ¡Por la Horda!

Ésta vez la respuesta no fue silenciada ni respetuosa sino un vítor a todo pulmón, con sentimiento que hizo cimbrar las vigas del fuerte. ¡Por la Horda!

Se sirvió jabalí asado y tubérculos con cerveza, vino o algún otro licor fuerte para beber. Sylvanas observó mientras los otros tomaban parte. Poco después de que el primer tiempo hubiera terminado, notó un sombrero de copa rojo y púrpura salpicado con estrellas acercándose a su lado de la mesa.

—Oh, ¿Jefe de Guerra? Un momento de su tiempo.

—Un momento —Sylvanas le dijo al sonriente goblin. Se detuvo junto a su silla—. Tienes mi atención. No la desperdicies.

—Estoy seguro de que reconocerá que no lo hago, Jefe de Guerra —dijo nuevamente con ese aire de confianza—. Pero primero un poco de historia. Estoy seguro que sabe de las tragedias y los retos que el Cártel Pantoque tuvo que enfrentar antes de ser invitados a unirnos a la Horda.

—Sí. Su isla fue destruida por un volcán en erupción —dijo Sylvanas.

Gallywix se veía inconvincentemente triste. Llevó uno de sus enguantados dedos a su ojo para limpiar una inexistente lágrima

—Tantas pérdidas —suspiró—. Tanto kaja’mita perdido, así de fácil.

Sylvanas modificó su pensamiento. Tal vez las lágrimas eran genuinas.

—Kaja’Cola —el goblin sorbió con nostalgia—. Te da ideas.

—Sí, estoy consciente de que ya no hay más kaja’mita —dijo Sylvanas simplemente—. Ve al grano, suponiendo que tienes uno —su conversación con el goblin estaba llamando demasiado la atención de Baine y Saurfang, entre otros.

—Oh, por supuesto que sí, de verdad tengo uno. Sabe —dijo, riéndose un poco—, es algo gracioso. Hay una clara posibilidad de que ese volcán… pudiera no haber sido acto de Deathwing o el cataclismo.

Sus ojos brillantes se abrieron un poco. ¿De verdad estaba diciendo lo que creía que decía? Esperó con una impaciencia que usualmente no se asociaba con los muertos.

—Verá, hmm. ¿Cómo decirlo? —tamborileó los dedos en su primera barbilla— Estábamos minando bastante profundo en Kezan. Debíamos mantener a nuestros clientes felices, ¿no es así? Kaja’Cola era una bebida deliciosa, estimulante que.

—No me presiones, goblin.

—Entendido. Entonces. De vuelta a mi historia. Estábamos cavando profundo. Muy profundo. Y encontramos algo inesperado. Hasta ahora una sustancia desconocida. Algo realmente fenomenal. ¡Único! Solo una pequeña vena de ese líquido que se solidificó y cambió su color apenas se expuso al aire. Uno de mis mineros más inteligentes, eh… recuperó un trozo en privado y me lo trajo como una prueba de su aprecio.

—En otras palabras, lo robó y trató de sobornarte con él.

—Esa es una forma de verlo. Pero ese no es el punto. El punto es que mientras el horrible Deathwing ciertamente tuvo mucho que ver con el despertar del volcán, cavar tan profundo, pudo, repito, pudo, no estoy seguro de eso, haber contribuido.

Sylvanas consideró al príncipe mercante con asombro hacia las profundidades de su avaricia y su egoísmo. Si Gallywix tenía razón, había destruido alegremente su propia isla y un buen número de inocentes —bueno, relativamente inocentes— goblins junto con ella. Todo por un pedazo de algún maravilloso mineral.

—No sabía que eras así —dijo casi con un tono lleno de admiración.

Él pareció a punto de agradecerle, pero lo pensó mejor.

—Bueno, debo decir que era un material bastante especial.

—E imagino que lo mantienes encerrado en un lugar seguro.

Gallywix abrió la boca, después entrecerró los ojos y miró con desconfianza a Nathanos. Sylvanas casi se rio.

—Nathanos, mi campeón, es bastante amargado. Casi no habla, ni siquiera a mí. Cualquier secreto que tengas que compartir conmigo, estará más que seguro con él.

—Como diga mi Jefe de Guerra —replicó Gallywix despacio, claramente poco convencido pero sin otra opción—. Está equivocada, Dama Oscura. No lo mantengo oculto. Lo mantengo a la vista, literalmente a la mano.

Utilizó la punta de color dorado de su bastón para retirar de forma casual su horrendo sombrero de copa. Sylvanas esperó por una respuesta. Después de un momento y no recibió ninguna, frunció el ceño. Los ojos del goblin se movieron, parpadeando hacia la punta de su bastón y después hacia Sylvanas.

¿El bastón? Lo miró de nuevo, ésta vez con más atención. Nunca le había prestado atención. Nunca prestaba atención a nada que Gallywix vistiera, llevara o dijera. Sin embargo, algo la inquietaba.

Entonces supo lo que era.

—Solía ser rojo.

—Solía serlo —concedió—. Ya no lo es.

Sylvanas se dio cuenta de que el pequeño orbe del tamaño de una manzana, realmente no estaba hecho de oro. Estaba hecho de algo que parecía… parecía…

Ámbar. Savia de un árbol que se había endurecido durante varios siglos hasta convertirse en algo que podía volverse joyería. En ocasiones insectos antiguos quedaban atrapados en ese líquido que fluía, envolviéndolos por siempre en él. Éste tenía esa misma calidez. Era bonito. Pero tenía sus reservas acerca de si esa aparentemente inofensiva decoración era de verdad tan poderosa como Gallywix quería hacerla creer.

—Déjame ver —ordenó.

—Lo haré gustoso, mas no frente a miradas curiosas. ¿Podríamos ir a un lugar más privado? —ante la mirada irritada, dijo con la voz más honesta que ella jamás escuchó— Mire. Querrá mantener ésta información privada. Confíe en mí.

Extrañamente, lo hizo.

—Si exageras, sufrirás.

—Oh, lo sé. Y también sé que le gustará lo que va a descubrir.

Sylvanas se inclinó y murmuró a Nathanos.

—Volveré en un momento. Más le vale tener razón.

Consciente de los ojos que la seguían, se levantó e indicó que Gallywix podía seguirla a la habitación detrás del trono. Él lo hizo y cuando la cortina de piel se cerró, dijo.

—Uh. No sabía que éste lugar estaba aquí.

Sylvanas no respondió, en su lugar simplemente extendió la mano hacia el bastón. Con una pequeña reverencia, se lo tendió. Cerró la mano alrededor de éste.

Nada.

La decoración era llamativa, sin embargo, Sylvanas pudo ver que era de una artesanía finísima. Se estaba cansando de los juegos del goblin. Frunció un poco el ceño y deslizó una mano hasta la punta del bastón, hacia la gema que estaba incrustada ahí.

Sus ojos se abrieron de inmediato y jadeó con asombro.

Alguna vez lamentó la vida que le había sido negada. Se había conformado con los regalos de su no-muerte: su devastador gemido de Alma en Pena, ser libre de hambre y cansancio y otros grilletes que ataban a los mortales. Pero esa sensación los eclipsó a ambos.

No solamente se sintió fuerte sino poderosa. Como si su agarre pudiera destruir un cráneo, como si una simple zancada pudiera cubrir una legua y más. La energía se enroscó dentro de cada músculo, forzándolos como una bestia de precisión pura y poder contra cualquier atadura. Los pensamientos avanzaron presurosos a través de su cerebro, no eran nada más sus pensamientos calculadores, audaces, inteligentes, sino unos brillantes, atemorizantemente brillantes. Innovadores. Creativos.

Ya no era una dama oscura, ni siquiera una reina. Era una diosa de la destrucción y la creación y estaba sorprendida de no haber entendido nunca la profundidad con la que ambos se conectaban. Ejércitos, ciudades, culturas enteras, ella podría levantarlos.

Y destruirlos. Stormwind se encontraba entre los primeros, cediendo a su gente para aumentar los números de los suyos.

Podría dar muerte a una escala que…

Sylvanas soltó el orbe como si la hubiera quemado.

—Esto. Esto lo cambiará todo —su voz temblaba. Convocó su fría calma usual— ¿Por qué no has utilizado esto ahora?

—Verá, era dorada en su forma líquida y era impresionante. Después se volvió sólida y roja y era bonita pero ordinaria. Siempre tuve esperanza de que hallaría más de esa cosa algún día. Y entonces. un día, ¡boom!, la punta de mi bastón se volvió dorada y maravillosa de nuevo. ¿Quién lo diría?

Sylvanas debía volver al banquete. Sin duda los otros líderes ya estarían hablando. Ella no tenía intenciones de darles más alimento quedándose ahí.

—Ve las posibilidades —dijo el goblin mientras volvían al fuerte. Como si estuviera hablando de algo pragmático y mundano, no algo que había sacudido el interior de Sylvanas Windrunner con una probadita de un poder inimaginable hasta ahora.

—Lo hago —dijo, su voz de nuevo bajo control, aunque aún temblaba en el interior —Una vez que el banquete haya terminado, tú y yo hablaremos largo y tendido. Esto le ayudará mucho a la Horda.

Únicamente a la Horda.

—¿La Alianza sabe algo de esto?

—No se preocupe, Jefe de Guerra —dijo, de nuevo su actitud superficial—. Tengo a gente encargándose de eso.

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